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Full text of "Los héroes del siglo XVII, novela historica"

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FELIPE GONZALEZ ROJAS, EDITOR 



LOS 

HÉROES DEL SIGLO M 

NOVELA HISTÓRICA 
POR 

DON FLORENCIO LUIS PARREÑO 



TOMO PRIMERO 




MADRID 

ADMINISTRACIÓN CALLE DE SAN RAFAEL, NÜM. 9 
(Barrio de Pozas) 
Teléfono número 1880 

1895 



Imprenta y Gasa Editorial de Felipe González Rojas, San Rafael, 9. 



CAPÍTULO PRIMERO 



Madrid en el primer tercio del siglo xvn.— Los dos héroes en minia- 
tura. —Una bella y angelical italiana —El rey.— La majestad sobre 
la razón.— La reina.— El primer triunfo de un héroe. 



Lector, trasladémonos al siglo xvir, para saber de 
esta manera lo que fué la corte de España," lo que ocu- 
rría en Madrid hace cerca de tres siglos. Es un viaje 
de recreo, de instrucción, acaso de deleite y positiva- 
mente de enseñanza. Será una excursión culta, porque 
culta es la historia, durante la cual veremos á nuestros 
infanzones, á nuestros héroes , á nuestros santos , á 
nuestros guerreros, á nuestros enamorados, á nuestros 
inquisidores, á nuestros verdugos, á nuestras víctimas, 
y cuanto se ha hecho en la mencionada época de gran- 
dioso, sublime, cruel y sangriento. 

No han de detener nuestro atrevido paso las custo- 
diadas puertas de los palacios, de la Inquisición, de las 
cárceles, de la morada oculta; ni hemos de hallar es- 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



torbos en los rugientes mares ni en los viejos y nuevos 
continentes que vamos á cruzar, 
lié aquí la prueba: 

Nos hallamos en Madrid y marca el calendario ro- 
mano el mes de Octubre de 1611, Todavía sirve de 
corte á España aquel feo y destartalado pueblo formado 
por calles estrechas y accidentadas, por barrancos, si- 
nuosidades, colinas y arroyos; por viejos y modernos 
edificios; por palacios, alcázares y casas de negra fa- 
chada y aspecto de villa antigua, en los que se hospe- 
dan una aristocracia que se eleva, una nobleza que se 
arruina y un pueblo que trabaja, paga y ahoga sus pe- 
nas entre diversiones. 

Son las diez de una noche oscüra y fría, y los pocos 
transeúntes que circulan á esa hora, van acompañados 
de pajes ó lacayos con blandones encendidos, por vieja 
linterna, y cuando menos, por una tizona, que no alum» 
bra, pero que abre paso á su dueño. 

De algunos portales sale un resplandor opaco, que 
rompe con dificultad las tinieblas de un corto pedazo 
de calle, y éstas son las únicas luces que á esa hora se 
ven en contados sitios. 

La Inquisición funciona; !as intrigas se multiplican, 
y sólo interrumpen el silencio de la noche las pisadas 
de algún enamorado, de algún nuda vida, de algún 
atrevido á las riñas de espada tan frecuentes, tan cons- 
tantes en la época que nos ocupa. 

A los pálidos resplandores de que hemos hablado 
antes, los cuales prestan á la villa y corte un tinte 
sombrío, también se ven algunos grupos de alguaciles 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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que en forma de ronda van de un lado para otro, cautos, 
silenciosos, aplicando el oido y dirigiendo la mirada á 
donde creen percibir un bulto ú sombra misteriosas. 

Este es Madrid en la presente noche. 

A la hora indicada se abrió el postigo de un palacio 
situado en la calle de Atocha, í rente al convento de 
Trinitarios, y por él salieron dos embozados. Un viejo 
criado cerró la pequeña puerta, y los otros se dirigie- 
ron por la Plaza M*yor hacia el real alcázar. 

No llevaban linterna, y se movían con segura plan- 
ta, y el brío que prestan el valor, la juventud y la 
superioridad. 

Iban embozados en mantos de grana, y cubrían el 
rostro cuanto les era posible. 

De esta manera continuaron hasta entrar «n la hoy 
calle Mayor. 

No había luz alguna, y á los pocos pasos que dieron 
escucharon una voz que les dijo: «Con quien vengo, 
vengo.» Esto quería decir en castellano: Dejad el paso 
franco ó desnudad las espadas. 

En más de un 1 * ocasión produjeron esas frases riñas 
que derribaron al suelo á muchos hombres por la ter- 
quedad de no franquear el paso i los que se lo deman- 
daban. «Con quien vengo, vengo», era un reto audaz 
que se hacía ¿ desconocidos, y que estaba tan arraigado 
en nuestras costumbres, en aquella época, que sa dió 
el deplorable caso de batirse dos hermanos, y hasta un 
padre con un hijo, por haberse reconocido después de 
cruzados los aceros. Si alguno de los dos grupos era 
mayor que el otro, quedaban de reserva los sobrantes, 



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LOS HÉROES DEL BIGLO XVII 



y no cesaba ia pelea hasta que los vencedores hallaban 
expedita la acera, y con la mayor tranquilidad cruza- 
ban por encima de las víctimas que habían inmolado. 
Era una costumbre funesta, pero que nos da la medida 
de lo querrán nuestros hombres de armas en principios 
del siglo xvu. 

Nuestros embozados eran dos, según hemos dicho, 
y los retadores cinco. Al oir la amenaza, contestó uno 
de los primeros: 

— ¡Paso a Flaviano de Osorio! 

— ¡Paso á Julio de Silva I — dijo el otro, y los cinco 
que oyeron estas frases dejaron expedita la acera, mur- 
murando: — ¡Los hijos de los Invencibles! 

Estos cruzaron sin detenerse ni pronunciar mis 
frases; los otros quedaron en fila con los chambergos 
en la mano. Los embozados al pasar junto á ellos les 
hicieron una reverencia sin detenerse. 

Un segundo después los unos continúan su marcha 
hacia palacio y los otros entraban en la Plaza Mayor 
comentando el encuentro que acababan de tener. Siga- 
mos á los primeros. 

Flaviano de Osorio, era el hijo del renombrado Du- 
que del Imperio, y se- decía que heredó el talento y 
todas las bellas cualidades que adornaban á su padre. 
Julio de Silva era el único hijo del príncipe de Italia, 
religioso trinitario, el cual después de haber dado prue- 
bas de un heroísmo que le aplaudió el mundo, se ence- 
rró en un oscuro y solitario claustro, siguiendo el ejem- 
plo del autor de sus días. 

Los dos jóvenes tenían la misma edad, veinticinco 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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años, eran huérfanos de madre y se igualaban en ta- 
lento, discreción y destreza. Flaviano tenía algunas 
bellas dotes, como eran las de ser poeta y cantor, única 
diferencia que existía entre los dos. Esbeltos, ágiles, 
con musculatura rígida y una belleza varonil que los 
presentaba incomparables ante el bello sexo, sin haber 
parecido en sus rostros, era muy difícil hallar una fac- 
ción, un perfil más perfecto en el uno que en el otro. 
Se habían educado juntos, tuvieron iguales maestros y 
desde la más tierna edad se profesaron un cariño fra- 
ternal tan grande y profundo corno el mayor que pue- 
da existir. No había medio de ofender al uno sin que 
el otro dejase de creerse ofendido, ni uno de los dos 
"padres podía reprender á su hijo sin que el otro tomase 
á la vez la reprensión como suya. Verdad es que el 
príncipe de Italia y el duque del Imperio apoyaban el 
mutuo cariño, la unidad, la cohesión y hasta la identi- 
dad de ideas y pensamientos que existían en sus hijos, 
y constantemente aplaudían aquella noble y cariñosa 
actitud de los jóvenes. 

Basta por ahora con lo expuesto para que nuestros 
lectores empiecen á conocer á los dos héroes de este libro. 

Los jóvenes continuaron su camino sin hallar es- 
torbo alguno ni alma viviente. Frente ya del real alcá 
zar y á los reflejos de las luces de aquel, vieron una 
casa recién construida, muy próxima al regio edificio, 
y ambos se dirigieron á un costado de la misma, que 
dando parados al pie de uno de los dos postigos que 
tenía. Flaviano sacó una llave, abrió y entraron, ce- 
rrando por dentro. 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Toma,— dijo aquél á Julio, — por si tuvieras nece- 
sidad de salir antes que yo. 

Y le entregó la llave que el otro se guardó. 

Subieron upa escalera alumbrada por un farolito 
que se hallaba fijo en la pared y cruzaron tres habita- 
ciones, quedando parados en la última. 

Flaviano meditó algunos seguudos, diciendo al aca- 
bar á su compañero: 

— Julio, hermano mío, apoyado en el quicio de esa 
puerta, puedes oir todo lo que se hable en la habitación 
contigua, y en caso de necesidad, obra según hemos 
convenido, ó como te inspire tu elevado talento. 

— Entra, Flaviano, y nada temas por el resultado 
del acontecimiento que vamos á provocar, — le contes- 
tó su amigo. 

Sin expresar más frases abrió el hijo del duque del 
Imperio una puerta que dejó entornada y entró, quedan» 
do su compañero apoyado al quicio de aquella y con el 
oido atento á lo que pudiera hablarse en la estancia en 
que acababa de entrar Flaviano. Era este un saloncito 
ligeramente amueblado y estaban en él dos jóvenes, una 
bellísima italiana que representaba veinte años de edad 
y su camarera nacida en Roma. Las dos jóvenes hallá- 
banse, reclinada la una en un diván forrado de damas- 
co, y de pie la otra frente á su señora. 

Al ver entrar á Flaviano de Osorio, se levantó la 
primera, exclamando: 
— ¡Qué felicidad! 

La camarera hizo una reverencia al recién venido 
saliendo del salón. 




¡Qué felicidad! 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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Nuestro joven tiró el manto y la gorra de tercio- 
pelo con pluma encarnada que cubría su cabeza, y se 
acercó diciendo: 

— No es poca mi dicha al hallarme cerca de tí, be- 
llísima A] ice. 

Y cogiendo una de sus manos, qué ella le abando- 
nó, estampó un beso con interés, pero sin entusiasmo. 

Luego se sentaron ambos en el diván; añadiendo el 
joven: 

— Cuénteme lo que te ha ocurrido. 

— Ya sabes, — le dijo Alice,— que me trajeron á esta 
casa por orden del rey, al cual he visto anoche por 
primera vez en este salón. 

— Supongo, — interrumpió Flaviano, — que se pre- 
sentaría don Felipe, tierno y afectuoso como un ena- 
morado. ¿Es cierto? 

-Sí. 

— ¿Qué notaste en él, Alice, que debas referirme. 

— Entró en esta casa galante y cortés. Luego me 
requirió de amores y notó que su vehemencia y pasión 
aumentaban á medida que el tiempo corría. Me hizo 
sentar á su lado, quedando ambos, como lo estamos tú 
y yo en este instante. Al terminar su relato quiso co- 
jerme una mano; pero la retiró á tiempo; y poniéndo- 
me en pie le dije: señor, soy una joven huérfana, pero 
tan honrada, que no basta el poder de un soberano para 
sumergirse en el vicio. Quedó sorprendido, vacilante 
y entre cortadas frases balbuceó algunas amenazas que 
ya escuché con desdén, y dió fin á su entrevista con 
estas ó parecidas palabras: Alice, os doy veinticuatro 

TOMO t 2 



10 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



horas para que meditéis en la torpeza que estáis come- 
tiendo esta noche. Quiero que seáis rica, poderosa, que 
os envidien las damas más elevadas de mi corte. Quiero 
que seáis mía á cambio de un mundo de grandezas, amor 
y ventura que el Rey de España os ofrece. Esto ha de 
ser ó vuestra suerte será funesta. Hasta mañana, niña 
hermosa. Y salió de este salón sin recibir de mí otra 
cosa que una reverencia. 

— Muy bien, — dijo Flaviano,— tu conducta merece 
un aplauso y un beso en tu pura frente. 

La joven inclinó la cabeza permitiendo que los la- 
bios de Flaviano llegaran á su blanquísima epidermis. 
Después le contestó: 

— ¿Muy bien has dicho? yo creo lo contrario. Fla- 
viano; ese monarca, su loco amor y la entrevista que 
acabo de refeiirte, tendrán fatales consecuencias para 
los dos, y sabe el cielo que temo por tí. 

— Es una desgracia temer, ángel mío,— añadió nues- 
tro joven coa indolencia, — yo jamás sentí el dolor de 
ese aguijón y me apena que á tí te suceda lo contrario. 
¡Temor! ¿por qué hemos de temer nosotros? 

— Es un león, Flaviano, que nos despedazará con sus 
garras. 

—Un león es efectivamente, pero el hombre domina 
y vence á la fiera. 

— ¿Qué vas á hacer Flaviano? * 

— Esperarle aquí y sorprendido con mi visita, ver 
el efecto que le hace nuestra presencia, sea ó no la de 
dos enamorados. ¿Qué le importa á él lo que ambos po- 
damos pensar, ni qué derecho tiene sobre ti? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



il 



— ¡El mismo corazón que su padre, — exclamó la 
joven con admiración-— la misma nobleza de alma, 
igual valor y acaso más entendimiento aún! 

— Alice, deja en paz al duque del Imperio que vale 
más que yo.... 

— Más que tú ni cuatro monarcas. 
— Es que mi padre vale por seis. 

— Entonces tú vales por ocho. 

— Bella niña, te inspira la gratitud, y la respeto, 
entre otras cosas, porque es tuya. 

Hazme un señalado favor, Osorio, — añadió la 
joven con energía, — el rey no debe tardar en presenc- 
iarse aquí; vete; te lo suplico; para defenderme de ese 
poderoso no necesito de tí. 

— No puede ser, Alice; don Felipe te vió y enamo- 
rado de tu encantadora belleza mandó á sus agentes 
que te arrancaran de la casa donde habitabas y te tra- 
jeran aquí sin enterarse de otra cosa que de tu orfandad 
y hermosura. Nada más quiso saber é hizo mal, porque 
esta noche ha de convencerse que la perla escondida 
entre el alga de la muchedumbre castellana no vino de 
Italia á satisfacer instintos groseros; hoy se convence 
rá de que la alhaja, tenga ó no dueño, hay quien la 
defiende con arrogancia y poder que le han de maravillar. 

— ¿Te atreverás á luchar con él, Flaviano? 

— No, Alice, me atreveré á vencerlo. 

— Flaviano, por el padre que tanto te ama, por la 
madre que con tanta ternura te cubría de besos, yo te 
suplico te ausentes por esta noche. Di al señor duque 
lo que ocurre y mañana.... 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



— Esta noche te he de sacar de entre las garras del 
león. 

— Vienes solo, á él le siguen muchos y tiene además 
una nación que le obedece. 

— ¡Solo, no, Alice, vengo acompañado de la razón y 
del derecho, y los Osorios tienen bastante con ambas 
cosas, para arrancar el triunfo á sus contrarios! 

— Si desnudan las espadas y te acometen... 

— ¡Ah! si me atacasen, entonces I03 vencerá de otra 
manera. Mi padre y el Santo, únicos seres á quien obe- 
dezco en el mundo, me prohibieron desnudar la espada, 
con la sola excepción de hacer lo contrario en propia 
defensa. ¡Qué más quisiera yo que me atacasen! 

— Pues lo harán, no abrigues la menor duda. 

—Me complace la noticia. 

— No quiero que te expongas por mí, Flaviano; la 
sóla idea de que pueden matarte me horroriza. 
— Razón más para que yo te defienda. 
— ¡Qué empeño tan cruel! 

— Con el mismo defiendo á la anciana, á la joven 
rica, á la doncella pobre y á todos los que necesitan de 
un corazón fuerte y de un alma noble que ampare el 
Lonor y la justicia. 

— ^Oyes? ¡Llega el rey! Flaviano, por, Dios te su- 
plico... 

— Silencio; no es hora de rogar, ha sonado otra dis- 
tinta y puesto que soy tu caballero, veamos si puedo 
6 no desempeñar mi papel dignamente. 

Un segundo después se descorrieron las cortinas 
que cubrían la puerta principal de aquel saloncito y 



LOS IIÉROE8 DEL SIGLO XVII 



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apareció un embozado el cual avanzó inquieto y vaci- 
lante. 

Las cortinas volvieran á correrse y la puerta se 
cerró, quedando á la parte afuera dos caballeros que 
habían acompañado al que acababa de entrar. Este se 
bajó el embozo, en cuyo instante, reconociéndolo Fla- 
viano, se puso en pie; haciéndole una reverencia. 
— ¿Aquí estabas, Osorio? 

Preguntó el recién llegado demostrando ira y 
asombro. 

— A.quí estoy, señor, — le contestó el joven con la 
mayor sangre fría, fijando en él una mirada serena y 
apacible. 

—¿Qué haces aquí?— volvió á preguntarle Felipe III, 
pues él era el que acababa de entrar, 

— Esta hermosa napolitana, — replicó Osorio,— me 
fué entregada por su moribundo padre como á su único 
protector. Juré sobre su lecho de muerte defenderla y 
velar por su honra día y noche, y ya lo ve vuestra ma- 
jestad, cumplo el sagrado deber que me impuse. 

— Está bien; en adelante yo seré su solo protector. 

— Es el caso, señor, que la protección se ofrece, no 
se impone y ella no quiere otra que la mía. 

— ¿Hay por ventura en España quien se oponga á la 
voluntad de su rey? 

— Cuando no es justo, señor, se sublevan contra ella 
la rectitud y la conciencia humana. La majestad no 
brilla tanto por el derecho divino como por la grande- 
za que le presta la justicia. 

El rey Felipe era austero como su padre, religio- 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



so hasta emplear mucho tiempo y dinero en funda- 
ciones religiosas y en distintas obras pías, su ca- 
rácter era débil, su indolencia grande, su talento os- 
curo, y si no fué un mal hombre distó mucho de ser un 
buen rey. 

Vió á Alice y se enamoró de ella porque no habia 
en sus reinos mujer más hermosa que la seductora na- 
politana. No fué nunca libertino ni dado á bastardas 
pasiones, mas seducido y dominado por los encantos de 
un ángel se dejó arrastrar, por una excepción de la re- 
gla, y ya en la pendiente debía rodar al abismo de 
la más potente y arrobadora de las pasiones. Como rey 
absoluto creía que su voluntad era omnipotente y cuan- 
tas más dificultades se le presentasen, más debían agran- 
dar su perturbación, deseo y enojo. 

Felipe no desconocía el talento, valor, preponde - 
rancia, poder y audacia de los Osorio y Silva; no 
ignoraba la unión de estas dos familias; su parentesco 
con casi todos los grandes, su influencia en el ejército 
y el amor que el pueblo les demostraba, pero ¿qué su- 
ponía todo eso para un rey absoluto? — Era el monarca 
de dos mundos el avasallador, el dueño de vidas y ha- 
ciendas, y según su creencia nada debía oponerse á su 
omnímoda voluntad. A pesar de la3 verdades expues- 
tas, don Felipe de Austria veía en estos instantes en el 
talento de Osorio un poder que le asombraba, un rival 
que le aturdía. 

Enamorado y fuera de sí, cargó sobre Flaviano con 
la arrogancia de un monarca. Nuestro joven fué paran- 
do todos sus golpes uno á uno hasta patentizarle que 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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estaba de su parte la razón, el derecho y la superior 
inteligencia del hombre 

En un diálogo, vivo, acerado, con tundente,, repre 
sentaba el uno el poder de la lógica y de la inteligen- 
cia, y el otro el de la fuerza bruta que se impone á la 
materia y á la moral. 

Alice escuchaba á Osorio con entusiasmo, á Felipe 
con desdén. El talento y el valor del primero le sedu- 
cían, la arrogancia del segundo le inspiraba desprecio. 

Cansado el joven de oponer razones, justicia y ver- 
dades exclamó: 

— Y por último, señor, Alice quiera que yo defienda 
su honor cumpliendo mi juramento. Pues bien, entre 
ella y vuestra majestad se interpone Osorio; para lle- 
gar á la casta doncella es preciso pasar por encima de 
mí, porque yo puedo dar á mi rey la vida, pero la 
honra no. 

— ¿Y qué es eso para Felipe III? 
— Es el estorbo de un hombre que vale tanto como 
la justicia y la razón. 

— ¡Hola! — gritó el rey descompuesto y fuera de sí, 
— prended á Osorio, — dijo á dos cortesanos que estaban 
á la puerta, y añadió: — llevadlo inmediatamente á un 
calabozo del alcázar. 

— Soy grande de España. 

— Eres reo de lesa majestad. 
— Tomad vos. 

Flaviano dió al rey su espada, y volviéndose á Ali- 
ce, le dijo: 

—Nada temas, ángel mío, te defienden mi padre, 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



mi hermano, el Santo, y Dios que no puede abandonar 
á sus ángeles. Cuando gustéis, señores... esbirros, — 
añadió, á los cortesanos, y salió en medio de los dos. 

Un momento antes de llegar á la puerta del salón 
se descorrían las cortinas, exclamando una voz varonil: 
— Su roajsstad la reina mi señora, 

Al cir estas frases el rey se echó atrás, quedando 
descoloridos los dos que llevaban preso á Osorio se des- 
cubrieron y éste retrocedió hacia donde estaba el mo- 
narca, le cogió la espada que éste soltó maquinalmente, 
quedando con la gorra en la mano junto á Alice. 

Esta escena fué rápida y obró tan acertadaménte 
Flaviano, que al verle la reina lo halló ya entre el rey 
y Alice. 

—-¿Qué te trae por aquí, Margarita? — preguntó el 
rey á su esposa disimulando su turbación. 

— Vengo, — le contestó ella, — á presenciar la miste- 
riosa entrevista que estás celebrando en esta casa. ¿Qué 
te propones en ella? 

— ¿Quién te ha dicho que me hallaba aquí? — pregun- 
tó á su vez el rey. 

— Un anónimo, Felip?, y ya veo que no mentía. Te 
ruego contestes a mi pregunta. 

Margarita, inspirada por los celos hablaba con re- 
solución y hasta con enojo. 

El rey no sabía qué contestarla, y salió del apuro 
con las siguientes frases: 

— Te acompañan tu camarera mayor, duquesa de 
los Andes y tres gentiles hombres, uno de los cuales es 
Julio de Silva, hijo del Santo. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



17 



— Eso no contesta á mi pregunta, Fe!ip9. 

— Me hallaba conversando con Plaviano de Osorio, 
y como vos me acompañaba el duque de Uceda y un ca- 
pitán de mi guardia. 

— ¿Con Flaviano ó con esa bella joven? 

— Señora, —dijo Flaviano: —Su Majestad el Rey mi 
señor no se atreve á dar explicaciones á Vuestra Ma- 
jestad, porque supone sin razón que han de perjudi- 
carme. ¿Me permite Vuestra Majestad que yo se lo re- 
fiera todo? 

— Ha b Ja Flaviano; pero ten en cuenta que los Oso- 
rios nunca mienten, según decís el padre y el hijo. 

—Todo el mundo añade lo mismo, señora. 

— Muy bien, refiéremelo todo. 

— Sentiré molestar demasiado la atención de Vues- 
tra Majestad porque para la fácil comprensión de la 
escena de esta soche, me veo en la necesidad de citar 
antecedentes que son indispensables para el esclareci- 
miento délos hechos. 

— No me molestas; cuenta toio lo que sea n9cesa- 
rio, sin oaiitir nada de lo que debas decir. 

El r?y miraba en estoa momentos con asombro á 
Osorio, y á su esposa con ¿emor. 

Margarita y Alice lo contemplaban con marcado 
interés, hallándose ambas pendientes da sus frases. Los 
cuatro formaban un grupo qne ocupaba el centro del 
salón. 

Las dos camareras de la jóven que habían acudi- 
do se hallaban á un extremo, y la servidu nbie de los 
reyes al otro. 

TOMO I 3 



18 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Con serenidad, calma y marcando mucho algunas 
de sus frases, dijo Fiaviano á la reina: 

— Señora, hará dos meses que tuvo noticia mi padre 
de que un maestre de campo italiano, al servicio de 
España, se hallaba moribundo; salvó la vida al autor 
de mis días, y no pudiendo partir el duque por causa 
harto conocida de Vuestra Majestad, fui yo en su lugar 
á Italia, encontrando al maestre de campo, tan grave • 
mente enfermo, que murió en mis brazos, pocos días 
después de mi arribo. Dejaba una bellísima hija solte- 
ra y sin protector alguno en Nápoles, y con Jas lágri- 
mas en los ojo» me rogó el anciano, momentos antes 
de espirar, que fuera yo la egida de su hija en la tie- 
rra. Hé aquí sus frases: tOsorio, conozco la nobleza 
de vuestro padre, del que sois un retrato moral y físi- 
camente considerado; yo os suplico amparéis á mi hija; 
yo os la entrego para que sea vuestra hermana, vues- 
tra protegida, y que Dios os colme de bienes en este 
mundo y en el otro si lo hacéis.» Le juré por mi honor 
cumplir con exactitud 3u enoargo; y el infeliz me 
abrazó, espirando en aquella postura. Pasados los días 
indispensables regresó á Madrid, trayendo conmigo á 
la hija del maestre. Conté á mi padre todo lo ocurri- 
do, aplaudió mi conducta y hospedamos ámi protegida 
como convenía á su clase y á la de su protector. Os 
juro, señora, que solo fui hasta este momento para ella 
un padre, ó por lo menos un hermano. Para que la ma- 
ledicencia no enlodara su nombre y el mío, la visito lo 
menos posible, pero álgaien ha de haber sospechado 
otra cosa distinta de la verdad, le habrá referido un 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 19 



cuento á vuestro augusto esposo, y he aquí que me ha 
sorprendido esta noche junto á ella, creyeado encon- 
trar á mi manceba y poder decir mañana en la corte, 
que el hijo del duque del Imperio se parecía á su padre 
hasta en algunas calaveradas qae achacan al autor de 
mis días, allá en sus mocedades. Esto debo pensar, esto 
debo creer en mi amado monarca; si me he equivoca- 
do, suplico al rey me desmienta. 

— No, — contestó Felipe, admirando el talento de 
Osorio y la facilidad en que le había sacado del más 
grave compromiso en que se halló durante la vida de 
su espesa Margarita de Austria, reina la más celosa de 
cuantas hubo en su época. — No, — repitió tranquilo ya; 
— Flaviano ha dicho la verdad, y debes quedar satis- 
fecha. 

— En ese <>a3o, — replicó Osorio, — permítame mi rei- 
na y señora le presente á mi recomendada. Aquí la tie- 
ne Vuestra Majestad. 

Y Flaviano cogiendo de la mano á Alice, la acercó 
á la reina, besando ambos la diestra que ésta les 
alargó. 

— ¿Iba á salir esta dama?— preguntó Margarita. 

— Sí señora, — contestó el joven; — no es conveniente 
continúe en esta morada y se traslade á otra hasta tan- 
to que el duque del Imperio determine lo que á bien 
tenga. 

—Sal con ella y sus camareras á presencia mía. Que 
te acompaña además tu inseparable amigo Julio de Sil- 
va, —añadió la reina. 

Los dos jóvenes se despidieron de los reyes, luego 



20 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



de la comitiva de estes, y salieron, yendo Alice entre 
Flaviano y Julio y detrás las dos camareras. 

Segundos después partían también la reina junto á 
su camarera mayor, quedando solos un momento en el 
salón el rey y su favorito Uceda. El primero dijo al oído 
del segundo: 

— Duque, me estorba Cteorio. 

— ¡Señor!... 

— Que desaparezca él y quede ella asegurada. 

Pronto S8 incorporaron á los que iban delante, 
entrando la reina en el alcázar al lado de su esposo. 

Los tres jóvenes y las dos camareras hallaron seis 
embozados al volver la esquina de la casa que aban- 
donaban. Eran el duque del Imperio y cincD deu- 
dos que despué3 de cruzar cuatro frases con Flaviano, 
siguieron á buen paso en dirección de su palacio. 

Cinco minutos después atravesaban una calle es- 
trecha y tan oscura que no se distinguían los objetos 
á cinco varas, y en aquel mismo instante cogió el du- 
que del Imperio del brazo á Alice, y se fué con ella por 
la mencionada estrecha callejuela. Nosa detuvieron un 
momento; Flaviano, las camareras y sus acompañan- 
tes continuaron su camino con la rapidez que les era 
posible, revueltos unos con otros, sin que en la oscu- 
ridad que reinaba hubiera podido ver al espía que pu- 
diera seguirlos si faltaban ó no los dos que riabían des- 
aparecido de entre ellos. 

De esta manera llegaron al palacio del duque del 
lar erio, en cuyo instante se cerraron las puertas y 
Bada más pudo verse. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



21 



El triunfo de Flaviano había sido completo; quitó 
al monarca la deliciosa mujer que la juzgaba tener en 
sus brazos y cuando aturdido ante sü casta esposa, ni 
aun frases hallaba con qué disculparse, la sacó del 
aprieto con facilidad admirable. 

Fué un triunfo completo, sin duda alguna, pero 
triunfo que auguraba desgracias sin cuento. 



CAPITULO II 



ün monarca celoso y ofendido.— El favorito y el rey.— El palacio de 
los Invencibles y lo que en él ocurría —El Santo. 



Después que Felipe III hubo dejado en sus habita- 
ciones á la reina Margarita, entró solo en su cámara, 
siendo así que el favorito duque de Uceda había des- 
aparecido al terminar las escenas que presenciamos en 
la casa de Alice. 

Ni una sola frase dirigió el rey á su esposa en el 
corto trayecto que acababa de andar; luego le dió las 
buenas noches y encerrado en su cámara paseaba aho- 
ra demostrando ansiedad y bastante disgusto. 

Su restro aparecía contraido, la mirada [sombría, 
algo encendido el rostro y una agitación nerviosa do- 
minaba su sér. 

Según transcurría el tiempo^le iba pareciendo más 
grande y humillante para él, el triuufo conseguido por 
el jóven Osorio. Le había librado de un conflicto un 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



23 



barbilampiño audaz; le odiaba ya cuanto odiar se puede 
y esta acción que debía á su rival le abrumaba más que 
hubiera podido hacerlo al cocflioto con todas sus con- 
secuencias. 

Alice se presentaba bellísima, iieal, y por lo mis- 
mo que concluía de perdarla aumentaba su deseo, ¿re- 
cía su pasión y se agitaba su alma en un Océano de 
amores, de celos y de odios. 

Era su antítesis; la antítesis esta noche de aquel 
piadoso monarca que dedicó casi toda su vida á la fun- 
dación de monasterios y á practicar obras plausibles 
en un particular, pero no tanto en un soberano que de- 
bía su tiempo, su interés y su anhelo al bien de una 
patria que tenía condenado al más sensible abandono. 
Por lo mismo que no supo ser un buen rey no comple- 
taba su obra de fundar y hacer obras pías, interrum- 
piéndolos para entregarse, aun cuando fuera pocas ve- 
ces y por escaso tiempo, á pasiones bastardas que lo 
empequeñecían y sepultaban en la mísera condición del 
más débil y vulgar de los hombres. Esta era su verda- 
dera situación en los momentos en que le estamos 
viendo pasear por su espléndida morada. 

Habitaba el mismo alcázar que su padre don Feli- 
pe II, si bien el duque de Lerma, su primer favorito, 
había hecho decorar las principales habitaciones con 
más lujo y riqueza que estaban en tiempo del austero y 
tétrico monarca. Todavía, sin embargo, conservaba 
el interior del alcázar el tinte sombrío de su anterior 
severidad; el aliento de Felipe II parecía existir en 
aquellos extensos salones, y la servidumbre proseguía 



24 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI 



muda y templada con la severa educación que había 
recibido de su anterior monarca. 

Las doce de la noche acababan de sonar en el 
reloj del alcázar, la situación de Felipe III era cada 
vez más insoportable, su enojo y desesperación aumen- 
taban, cuando apareció en el dintel Je la puerta del 
extenso salón la figura del duque de Uceda. 

— Entra,— le dijo el rey: — me tenías impaciente y 
anhelaba tu regreso. 

— Continuo á la disposición de vuestra majest3d, — 
le contestó el favorito llegando hasta quedar á muy 
corta distancia de su señor. 

— ¿Dónde han encerrado á la bella Alice? 

—Al retirarse Flaviano, Julio, la dama y sus ca- 
mareras, se incorporaron con ellos seis bultos y todos 
juntos partieron al palacio del duque del Imperio don- 
de entraron cerrándole la puerta después. 

— ¡Seis hombres que aguardaban cerca de la casa de 
Alice! ¿Es eso, duque? 

— Sí, señor. 

— Seis temerarios que intentarían arrancar á Alice 
de entre las garras del león. 
— Es probable, señor. 
— ¿Quien los ha seguido? 

— Yo; por el pronto no tuve de quien echar mano. 

— ¿Y decís, Uceda, que todos quedaron encerrados 
en el palacio de Osorio? 

— Señor, la noche está muy oscura y si bien pu- 
de distinguir con los resplandores que llegaban del 
alcázar, al incorporarse los seis bultos eran once 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



25 



creo que en el camino desaparecieron dos, pues al lle- 
gar á su morada vi á la luz que salía del zaguán que 
solo llegaban nueve. 

— [Dos quedaron en el camino; Plaviano y A.lice pro- 
bablemente! 

— No puedo asegurarlo, señor; iban tan juntos, tan 
depriaa, y se precipitaron de tal modo en su morada 
que sólo pula contar los bultos, en manera alguna dis- 
tinguirlos. 

— ¿Qié hiciste luego? 

— Cerca de allí hallé quienes de noche y de día, es- 
piarán el palacio y nos darán cuenta de cuantos entran 
y salgan de él. 

— Poco es eso, duque. 

— Me hallaba sólo, señor, y entre las negras som 
bras de la noche... 

—¿No te parece, como á mí, que Flaviano de Osorio 
me ha vencido y humillado? 

— Es mi primo, pero no se me oculta que tiene mu- 
cho talento, la misma sangre fría de su padre, idéntico 
valor y una audacia que asombra. 

— Valor, ¿dónde ha demostrado ese valor? 

—Señor, conoce el arte de pelear, mejor aun que los 
Invencibles, y su audacia habla muy alto de lo que es 
capaz de hacer. No debemos fiarnos de su falta de riñas 
y duelos, sería en nosotros un gran error; Julio de Sil- 
va y FJaviano de Osorio pueden llegar á sar dos 
héróe3. 

— ¿Quién dice eso, Uceda? 

— Caantos les conocen, incluso el Santo, vuestro tío, 

TOMO I 4 



26 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



que emplea una part3 de su vida en conteuer y dulci- 
ficar los instintos y costumbres de esos dos man- 
cebos, 

—Con Julio nada tengo que ver, no me ha ofendido 
y circula por sus venas sangre real y sangre de un san- 
to, á quien el mundo ama y respeta; pero el otro ha 
lastimado mi corazón con más íuria que la aguda punta 
de un puñal, manejada por brazo robusta, y me estor- 
ba, duque; Flaviano debe desaparecer. 

— Señor, Flaviano de Osorio y Julio de Silva, son 
un mismo ser dividido en dos partes; no hay idea, pen- 
samiento ni ofensa que no sea mutua; la muerte de 
Osorio convertiría á Silva en león, y es inalculable el 
daño que podría causar ei indisputado geuio de Julio, 
Todos afirman que vale tanto como su padre. 

— En ese caso qae muera el uno y sa destierra al 
otro. 

— Señor, ¿y sus padres, innumerables parientes ó in- 
finitos amigos? 

— Se hace salir de España á todo el que no acate la 
ley de su señor. 

— ¿Por qué matar á Oiorio? Se le destierra también. 

— No, duque eso no, Alice ama á Osorio tan pro- 
fundamente que, sólo la muerte de uno de los dos puede 
ahogar tan loca pasión. 

— ¡Ah, señor, cuántos males preveo! 

— ¿Tienes miedo? 

— En esta ocasión lo tengo, ¿£ qué ocultarlo? 
— ¿Qué temes , duque? 

— Señor, á un Santo, á dos héroes, á un Invencible, 




— Duque, me estorba Osorio. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



27 



á mil caballeros y á todo el ejército que adora á los 
cuatro primeros. 

— Ese temor tuyo, ó mejor dicho, la causa que lo 
motiva, lejos de amendrentarme excita más mi pasión, 
agranda los celos y me obliga á averiguar quién es el 
hombre que tiene más poder en España, quién es el 
que manda, quién es el obedecido. Si tú no puedes ó no 
quieres continuar á mi lado, si temes servirme en la 
presente ocasión, diio con franqueza y esta misma no- 
che serás reemplazado. 

— Eso nunca, señor. 

— Pues que muera Osario lo antes posible, y dime 
luego dónde han depositado á la bella Alice. 
— ¿Qué medios, señor? 

— Los que *e ocurran; los que mejor conduzcan al 
logro del fia que nos proponemos. Retírate ya, ó ínte- 
rin no termines lo que acabo de encargarte, no me ha- 
bles de asunto que no esté relacionado con ese otro. 
Nada quiero oir, nada quiero saber, sólo pienso, sólo 
anhelo, sólo puede ocuparme la muerte de Osorio y la 
posesión da una beldad italiana que no tiene rival en el 
mundo. Hasta mañana, duque. Dios te dé acierto y en- 
tiende, que la muerte de Oiorio salvará tu vida, y la 
posesión de Alice te elevará sobre todos los restantes 
seres de mis reinos. 

Y le volvió la espalda para entrar en su dormitorio. 

El duque le hizo una reverencia sin murmurar, y 
cuando lo hubo perdido de vista desapareció del salón, 
partiendo luego á su palacio, entre cuatro pajes que 
alumbraban la calle con blandones, y tres hombres de 



28 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



armas que seguían en pos, para defender al que llama- 
ban su jefe y señor. 

También el duque buscó su lecho, pero ni ól ni el 
rey pudieron conciliar el sueño hasta la madrugada, 
en que rendidos por el insomnio lograron descansar tres 
ó cuatro horas. 

Poco después de abandonar el duque la real mora- 
da salió del alcázar la duquesa de los Andes entre va- 
rios individuos de la servidumbre de la reina, que la 
acompañaron hasta dejarla en el palacio del duque del 
Imperio que lo era á la vez suya por herencia de su 
marido, el Invencible, Roberto Navarro. 

Es preciso retroceder un poco, para entrar con 
nuestros dos héroes en la morada de sus padres y ver 
lo que allí ocurría, con posterioridad á la llegada de 
ambos, cinco deudos y Ia3 dos camareras de Alice. 

Las últimas fueron destinadas á la «servidumbre de 
la duquesa de los Andes, los cinco deudos se retiraren 
á sus habitaciones, y los jóvenes entraron en un ele- 
gante salón que servía de antealcoba al dormitorio en 
que ambos tenían sus camas. Este salón presentaba una 
puerta secreta, que daba paso á una escalera, y ésta á 
una cava ó subterráneo que terminaba en otra escalera, 
la cual conducía á la celda del general de la Order de 
Trinitarios, Príncipe de Italia, y un varón tan emi- 
nente, tan sabio y tan noble y generoso, que era lla- 
mado el Santo. Padre de Julio de Silva se retiró al 
claustro meses después de enviudar, y se comuaicaba 
con su hijo y con todos los habitantes del palacio del 
duque del Imperio, por las escaleras y subterráneo que 



LOS' héroes del SIGLO XVII 



29 



atravesaba la calle Ancha, única distancia que dividía 
el palacio del convento, por estar situado el uno frente 
al otro. 

Nuestros dos jóvenes dieron á los pajes sus mantos 
y gorras, y ya solos en el salón de que hemos hablado 
antes, se dejaron caer en dos sillones. 

Después de meditar algunos minutos, dijo Osorio á 
Silva: 

— Con qné oportunidad mandaste á la reina, Julio. 

— Está cerca el alcázar, y con cuatro frases quo dije 
á la reina bastaron para la oportunidad que elogias. 
Después hablé con tu padre, que esperaba en el sitio 
convenido, y unido luego á la escolta de la reina me 
dispuse á salvarte, á salvar á Alice, pasando por onci- 
ma de todo lo que pudiera estorbar mi paso. 

—Sí, —añadió Oiorio,— obras como yo, me quieres 
como yo á tí, y es imposible que uno de los dos se vea 
lastímalo sin que también lo esté el otro. 

— Todo eso es cierto, Flaviano, pero ¡ay, hermano 
mió, cuantas de ; dic:ias preveo! El rey ha de oponer- 
nos una resistencia tan fuerte, que brotarán de ella 
gérmenes de desdichas. 

—¡Cómo ha de ser, J alio; ni nosotros podemos obrar 
de otra manera ni ha de detener nuestro paso el poder 
de un monarca! Siempre juntos, defendiendo siempre 
la razón, llegaremos á la muerte, que como dice muy 
bien el Santo, nuestro paire, es el fia de todas las 
desdichas humanas, el principio de las venturas ce- 
lestiales. La vida es corta, comparada con la eterni- 
dad, y un poco más ó menos de existencia, forma esca- 



30 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



sámente el aumento de una gota de agaa que cae sobre 
los mares. 

— Bien, Flaviano, yo quiero lo que tú, pienso como 
tú y haré cuanto tú hagas, más habrás de convenir 
conmigo en que la lucha empezada esta noche nos obli- 
gará á verter sangre. 

— Siendo en defensa propia... 

—Nos va á obligar en'alguna ocasión á velar la ver 
dad que tanto amamos. 

— En favor de la justicia todo se puede hacer. 

—Nuestros padres van á sufrir mucho. 

— Julio, no podemos corregir la plana al destino, y 
es inútil que nos molestemos en intentarlo. No era po- 
sible que nuestros amados padres obrasen con más rec- 
titud que nosotros cuando tenían nuestra edad. Recuer- 
da sus historias, que has escuchado como yo, con en- 
tusiasmo creciente; ¿has olvidado que hubo ocasiones 
en que convertían en arrojo de sangre el sendero que 
pisaban? 

— |Es verdad, hermaDo! 

— También ellos llevaron á cabo muchas empresas 
contra la voluntad del rey don Felipe II, que era más 
grande y poderoso que su hijo Felipe III. También ellos 
se vieron obligados en más de una ocasión á quedar 
frente á frente del austero monarca, que acabó por 
darles la razón. 

— Es verdad, Flaviano. 

— Pues si todo lo malo que hacemos en nuestra vida 
es imitar al Santo y al Héroe, que nos llaman hijos, 
debemos estar tranquilos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 31 



—Sea en buen hora, amigo mío, si es preciso llega- 
remos donde ellos llegaron. 
— Eso es. 

En esta momento se abrió la puerta secreta de aque- 
lla estancia, y apareció en el dintel la grave y hermo- 
sa figura del príncipe de Italia. 

Presentaba blanco y ralo el cerquillo, y aun cuando 
su actitud y fisonomía revelaban bondad y mansedum- 
bre, todavía su mirada era lo del Héroe, la del hombre 
ante la cual doblaron la cerviz sus enemigos é inclina- 
ron la testa algunos reyes. 

Vestía el hábito de Trinitario, y al verlo los jóve- 
nes corrieron hacia él, como el niño riente á los bra- 
zos que le alarga su tierna madre. 

— {Hijos! — exclamó el principe, y los estrechó con 
ternura. 

Después besó sus frentes, ellos la mano al religioso, 
y cuando éste los hubo contemplado un minuto, se 
sentaron los tres, teniendo el Trinitario uno ácada lado. 

— Sé,— les dijo, — que esta noche habéis estado ex- 
puestos por causa de un acto indigno, en el que debie- 
ra ser más fuerte que todos por ocupar el trono donde 
se sentaron el gran Carlos I y Felipe II. Referidme 
todo lo acontecido sin omitir detalle alguno. He con- 
cluido por esta noche de remedior los malas que hallé 
á mi paso y puedo dedicaros todo el tiempo que sea 
necesario. 

Su hijo Julio se adelantó á Flaviano, refiriendo al 
príncipe cuanto hemos presenciado en la casa en que 
vivía Alice y fuera de ella. 



32 



LOS I1ÉROE8 DEL SIGLO XVII 



El Santo le escuchaba con atención ó interés, pero 
su fisonomía estaba impasible; durante el largo relato 
del jóven no demostró sentir los efectos de ninguna 
impresión grata ó adversa. Al terminar, meditó; con- 
cluyendo por exclamar: 

— Habéis estado hábiles, discretos y vuestra conduc- 
ta al defender una virgen ha sido noble, generosa y 
digna de dos cumplidos caballeros. Terrible cosa es 
que vuestro contrario sea un monarca de la tierra, por 
el respeto y consideración que merece á todos; pero 
sobre los reyes están la justicia, la rectitud, la hidal- 
guía y el dedo de Dios, que marca al fuerte la obliga- 
ción de defender al dábiL Bien, hijos, muy bien; obrad 
siempre lo mismo, respetad al soberano, pero no con- 
sintáis que nadie, absolutamente nadie, atropello la 
virtud, ni sumerja en el vicio y la corruptión á las 
virgenes de la tierra. 

— Grande será nuestra pena, padre mió, — exclamó 
Julio, — sien alguna ocasión por torpeza ó error nos 
desviamos de la rectitud que habéis impreso en nues- 
tras almas. 

— Tengo la persuación, Julio, Flaviano, de que el 
Dios de la misericordia y de todas las grandezas que 
existen, os ha de continuar inspirando como lo hizo 
hasta aquí, como yo se lo pido constantemente. A vues- 
tra edad, mi hermano el duque del Imperio y yo obrá- 
bamos de otra manera. Siempre en guerras, siempre 
luchando contra los enemigos de nuestra patria y de 
nuestra religión, tuvimos que pelear, tuvimos que he- 
rir, y más fuertes y hábiles que nuestros contrarios, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



33 



cayeron á nuestros pies centenares de infelices, cuyo 
recuerdo tortura mi alma todavía. ¡Dios os libre de 
una época como aquella, de una cadena de aconteci- 
mientos tan crueles como amargos! ¿No ha regresado 
aún el duque? 

— Todavía no; se fué con Alice... 

—Le sé, Flaviano, y no debe tardar en llegar aquí. 
En efecto, segundos después entraba el duque del 
Imperio. Representaba algo más do cincuenta años, 
pero su rostro aun era bello, varonil, se movía con la 
rapidez de un joven, y si bien la madura reflexión ab- 
sorbía su sór, pensamientos é ideas, todavía se hallaba 
en actitud de demostrar en un caso dado que era el 
Invencible, que era el mismo Invencible de su edad ju- 
venil. 

Estrechó al príncipe, besó las frentes de Julio y 
Osorio sin preferencia ni mayor interés con el uno ni 
con el otro, y sentóse frente á los tres en un mullido 
sillón. 

Tenía delante sus grandes facciones de la vida; 
Osorio era su primogénito, Julio su hijo adoptivo y el 
Trinitario su querilo hermano, con el cual vivió hasta 
que aquel se hizo religioso. Posible es que los cariños 
fuesen distinto?, pero ni él mismo sabía á quien de los 
tres amaba más. 

En oste instante los miraba con fijeza, y se podía 
leer en sus ojos una gran i e y profunda satisfacción. 
Así continuó hasta que el príncipe le dijo: 

-Mi ha referido Julio lo ocurrido con Alice, el rey 
y la reina; consideró esos acontecimientos antes de que 

TOMO I 5 



34 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



tuvieran lugar lo mismo que después de efectuados. No 
me he equivocado. 

— No era posible otra cosa, hermano; tú siempre 

adivinaste. 

— No tanto como eso; conozco bien á nuestros hijos; 
sé de lo que es capaz ese débil y mísero monarca, y era 
fácil prever lo que yo he previsto: ¿Qué bas hecho tá, 
hermano? 

— Por calles extraviadas y sin ser reconocido por 
nadie, dejé á Alice en el Palacio del Nuncio de 
Su Santidad. La hermana del prelado la recibió en 
sus brazos, y cuidará de ella como de un sér que- 
rido. 

—¿Te esperaban? 

— Sí. Tus encargos en la nunciatura son órdenes que 
se obedecen con maravillosa exactitud. 

— Muy bien, ya están advertidos de todo lo que es 
capaz de hacer ese apasionado rey, y la defenderán 
como una virgen merece. 

— Me lo han dicho, y esa jóven se halla en mi con 
cepto á salvo de toda tentativa. Podemos, si á bien lo 
tienes, ocuparnos de nuestros hijos. 

—No lo imagines, hermano; esos jóvenes tienen ta- 
lento, discreción y cordura. En el difícil transe en que 
el destino los ha colocado, deben obrar por inspiración 
propia. 

— Los aconsejamos... 

— No lo necesitan; ni el duque del Imperio ni yo, 
podemos sobreponernos á lo que ellos alcanzan. Fla- 
viano, Julio, desplegad vuestro libre albedrío y seguid 



L~S HÉROES DEL SIGLO XVII 



35 



vuestro vuelo sin oir otras ideas que las nacidas en 
vuestros cerebros. 

— Si tú lo quieres, sea, hermano. 

— Nos falta, no obstante un detalle, no para acon- 
sejar á los que no necesitan nuestros consejos, sino 
para que los cuatro conozcamos algo de las consecuen- 
cias de la escena de esta noche. 

— ¿Un detalle, dices? 

— Sí, duque, nos lo traerá pronto nuestra hermana 
la duquesa de los Andes. 
— ¡Ah! comprendo. 

No tardó mucho en presentarse la dama á que aca- 
baban de aludir. 

Esta besó la diestra del religioso, y mirando al du- 
que le dijo: 

— Hermano, tu hijo Flaviano, ese joven modelo 'le 
caballerosidad y de bizarría acaba de ser sentenciado 
á muerte por Felipe III. 

— ¿Quién es el verdugo? —le preguntó el duque sin 
demostrar sorpresa ni abatimiento. 

— Nadie lo sabe todavía; queda encargado de nom- 
brarlo el du]ue de Uceda, — le contestó la dama mi- 
rando el efecto que habían hecho sus frases en sus cua- 
tro interlocutores; nada notó que llamara su atención; 
habían oido la noticia con indiferencia. El duque vol- 
vió á preguntarla: 

— ¿A qué han sentenciado á la bella Alice? 

— Tu primo Uceda queda encargado de buscarla, dar 
con ella y ponerla y disposición de su majestad. 

—¿Qué más, duquesa? 



36 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—El resto de la conversación que tuvieron el rey y 
su favorito carece de importancia. 

— En cambio, -añadió el duque del Imperio, —las 
dos órdenes del rey son concretas, terminantes, y no 
dan lugar á duda ni á interpretación equivocada. 

— Sí, cortan como el filo de una espada 

— ¿No te sientas? 

— No, es tarde y me retiro á descansar. 
— Permanece en palacio la mayor cantidad de tiem- 
po posible. 

— Por obligación tengo que hacerlo todo el día y 
gran parte de la noche. Su majestad la reina no ha 
quedado satisfecha de las explicaciones que le ha dado 
tu hijo, respecto de Alice y del rey, desea saber todo lo 
que habla su esposo con el favorito, y me ha dado el 
molesto encargo... 

— Comprendo y aplaudo tus futuras molestias. Su- 
pongo que la reina sabrá... 

— Le diré lo conveniente, lo que deba saber para no 
molestarle con relatos largos y estériles. 

— ¡Ah, deliciosa india! — exclamó el duque del Im- 
perio: —-tú, la reina Tolopalca, la descendiente de los 
Incas peruanos, no has necesitado aprender nada en 
este viejo continente; tú talento... 

Hermano, me es imposible oir hablar de ese mo- 
do teniendo delante dos genios... y por si no fuesen 
bastantes, veo también á sus hijos, que se elevarán so- 
bre los padres si hallan ocasión. Adiós, príncipe de 
Italia, sublime hermano; deja que bese tu noble diestra. 
Adiós, Julio, un beso en tu frente. Adiós, Flaviano, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



37 



otrc en la tuya, que sois mis hijos queridos. Y pa ra 
tí, duque, esta mano que con tanto placer estrechas. 

Todo lo fué haciendo, según lo expresaba, desapa- 
reciendo de allí un instante después. 

Quedaron solos los tres. El príncipe de Ifalia con 
las manos cruzadas y la vista baja, parecía absorto 
por una idea, por un pensamiento que embargaba todo 
su sér. 

Los tres restantes, fijos en el Trinitario, lo mira- 
ban sin atreverse á interrumpir su profunda medi- 
tación. 

Un cuarto de hora permaneció de aquel modo; lue- 
go se puso en pie sin alzar la vista del suelo, y empezó 
á salir de la estancia, murmurando: 

—No morirán; mi padre desde el cielo los defiende, 
la divinidad lo escuda, pero correrá la sangre; ¡cuánta 
sangre! ¡Dios mío, Dios mío; apiadaos de las víc- 
timas! 

Y continuó murmurando y desapareciendo, hasta 
que se perdió en la escalera del subterráneo. 

El duque del Imperio cerró la puerta secreta, di- 
ciendo á los dos jóvenes: 

—Nada puedo aconsejaros, nada puedo deciros, me 
lo ha prohibido el Santo; dormid, hijos míos, que es 
tarde, y continuad obrando con vuestra única inspira- 
ción; yo os secundaré con la mía. 

Los estrechó tiernamente y desapareció también. 

Los jóvenes entraron en su alcoba, se dejaron des- 
nudar por los pajes que en ella esperaban, y ambos 
quedaron solos. Una lámpara despedía en aquel dor 



38 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



mitorio rayos de luz opacos y tan tenues, que lejos de 
estorbar al sueño convidaban á él. 

De cama á cama habría cuatro ó cinco varas; Ju- 
lio, antes de cerrar los ojos, dijo á Osorio: 

— También tú adivinas, hermano; dijiste que corre- 
ría la sangre y el Santo ha venido esta noche á darte 
la razfn. 

—Pues que corra; los altos juicios de Dios son in- 
comprensibles. 

—¿Qué efecto te ha hecho la sentencia de muerte 
dictada por el rey? 

— Ninguno, Julio; estaba seguro de que lo haría así, 
y ni me hizo efecto la creencia mía, ni la confirmación 
expuesta por nuestra madre adoptiva la duquesa de los 
Andes. 

— ¿Quieres que hablemos sobre los medios de evi- 
tar?... 

— No, hermano, creo más conveniente dormir. 

— ¿Tienes mucho sueño? 

— Mucho. 

— Pues durmamos. 

Cinco minuto* después se hallaban ambos presa de 
un tranquilo sueño. 

Algo más tarde apareció el bulto de un sér huma- 
no; el cual, lentamente y sin promover ruido alguno, 
aplicó el oído y luego fijó su mirada en los dos jóvenes. 

Así permaneció cinco minutos. Una dulce sonrisa 
brilló en sus labios, retirándose acto continuo en la 
forma que había ido. 

Por el camino iba diciendo para sí: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



39 



— La misma sangre de los padras; idéntico valor 
con más talento acaso... Con esa tranquilidad, con ese 
sosiego dormíamos Julio y yo en los campamentos á 
cien varas del enemigo y cuando la muerte batía sus 
negras alas sobre nuestras cabezas. ¡A.h, Felipe III, si 
lograses asesinar á alguno de los dos, no le has de so- 
brevivir más de veinticuatro horas! ¡El duque del im- 
perio te lo jura! 

El bulto aquel se perdió bien pronto entre los an- 
chos pasillos de palacio. 

El juramento que acababa de hacer era otra sen- 
tencia de muerte, mucho más segura que la de Feli- 
pe III. 



CAPITULO III 



El primer ases' no. —Varias sorpresas, esperadas unas é inesperadas 
otras.— SI conflicto acrece.— La muerte. 



Nuestros dos jóvenes se levantaron á la hora de 
costumbre, continuando su vida ordinaria. La primera 
hora de la mañana la dedicaban á la gimnasia; la se- 
gunda á la esgrima; estudiaban las cuatro siguientes y 
comían. El resto de la tarde lo empleaban en la equi- 
tación y en hacer algunas visitas, pues se hallaban 
emparentados con casi todos los individuos de la aris- 
tocracia de Madrid. 

Tres días después de haber tenido lugar las esce- 
nas que hemos relatado, asistieron Julio y Flaviano á 
un sarao que dieron los duques de Pastrana, primos 
de Silva. 

A la media noche se retiraron los dos jóvenes, y 
siguiendo su costumbre se encaminaron á su palacio 
sin acompañamiento alguno. 



LOS HÉROES DHL SIGLO XYII 



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Poco antes de llegar á su morada vieron varios 
bultos y un movimiento entre ellos que hizo sospechar 
algo siniestro á los jóvenes. Grave debieron suponer 
lo que distinguían, cuando ambos, sin quitar el embozo 
de sus mantos, sacaron las espada*, pero sin dejar de 
andar, si bien se separaron lo indispensable para batir- 
se en caso necesario, sin que el nnc entorpeciera el 
juego del otro. 

Segundos después vieron^brillar diez ó doce aceros, 
gritando una robusta voz: 

- |A ellos I ¡mueran! 

Julio y Flaviano se hallaban á tres varas de sus con 
trarios. Ambos presentaron su3 espadas, y en guardia 
esperaron la acometida. Pero en vez de venir óita, gri- 
tó uno de aquellos: 

—No, no puede ser; son los hijos del Santo, al que 
debo la vida, la honra y mi ascenso á capitán. Huya- 
mos... Es una infamia lo que íbamos á hacer. 

El que así hablaba empujó á sus compañeros, aña- 
diendo: 

—Adelante... Corramos, y que Dios sea con nos- 
otros. 

Todos desaparecieron, dejando libre el paso á los 
mancebos. Estos continuaban parados, cuando oyeron 
ruido de pisadas por la espalda, y una voz muy cono- 
cida que les dijo: 

— Partamos, hijos míos; esos desdichados no han 
sabido cumplir la horrible misión qua les dieron. 

Era el duque del Imperio que llegaba seguido de 
varios jefes del ejército. 

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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Incorporados todos se encaminaron ai palacio del 
daque, donde se despidieron, entrando sólo el padre y 
los des jóvenes. 

Mddia «ora después decía Flaviano á Jalio, acosta- 
dos ambos: 

— Eran diez ó doce, Julio. 

— C¿n los dos bastaba, Flaviano. 

— Pero asesinos, cayo nombramiento llevaba el sello 
de toda la torpeza que abarca el cerebro de mi primo 
Uceda. 

— O estaban inspirados por la Providendia, porque 
si atacan, y la reserva que llevábamos, sin saberlo, 
toma parte en el combate, hubieran quedado tantos ca- 
dáveres como hombres eran. 

— Es verdad, más si esta noche huyeron, otra suce- 
derá lo contrario, y. puesto que mipadre vela como has 
visto, por nosotros, te voy á pedir un favor. 

— Negado, pero habla. 

—Iremos juntos da día, pero de noche no. 

—¿Porqué? 

— Porque soy yo sólo el sentenciado á muerte. 

— La s?rpresa anterior, Flaviano, te inspira chistes 
de mal género; los delirios no son para gente gi*ave y 
cuerda como nosotros. 

— No es chiste ni broma; lo quiero, tengo gran em- 
peño en que así suceda, y te ruego... 

— Flavhno, ¿lo harías tú conmigo? 

— Julio, hazme ese favor, por tu idolatrada madre. 

— Ni por mi padre; era preciso que me lo mandase 
Dios, y la divinidad me inspira lo contrario. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



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—¿Y si te hieren? 
— Tú me vengarás. 

— Tu infeliz padre, víctima de su caridad, de su vi- 
da austera, de sus virtudes, ¿qué motivo nos ha dada 
para que agrandemos el cúmulo de desdichas en que se 
mueve? 

—El Santo te ama tanío como á mí, y quiere que 
unidos siempre nos defendamos mútuamente, y juntos 
triunfemos ó perezcamos. 

— Aun cuando pudiera prescindir de lo sagrada 
que es para mí tu existencia; aun cuando no temie- 
ra nada por ti y me fuera dable aceptar tu concurso 
como recíproco del mió, como cumplimiento de un 
deber fraternal, existe todavía otra causa que me im- 
pide continuar á tu lado, Un sin excepción como hasta 
aquí. 

— ¿Qié caisa es esa Flaviano? 

— Qae me estorbas Julio. 

— ¡Te estorbo! Explícate, hermano. 

— O/e con atención. En distintas ocasiones tu pa- 
dre y su* cuatro compañeros llamados Invencibles, ha- 
blaron deiante de tí de la manera admira ole con que el 
duque del Imperio se descomponía el rostro, se disfra 
zaba y con sagacidad envidiable se deslizaba entre sus 
enemigos, penetraba sus secretos, y de este modo los 
seis Invecibles daban al traste con sus planes y los 
vencían, salvando Ja patria, la religión y el rey. ¿Re- 
cuerdas todo eso, Julio? 

—Perfectamente. 

— ¿Y no deduces las consecuencias? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



— Sí, nos disfrazaremos los dos, y lo que hicieron 
aquellos hóroas lo intentaremos nosotros. 

— No es eso, hermano; era ir i padre sólo el que se 
disfrazaba, y jamás fué acompañado de ninguno en sus 
difíciles y peligrosas excursiones. 

— ¿Sarán idénticos los casos que puedan ocurrir? 

— No, pero sí parecidos, y en los que ssrá necesario 
emplear más sagacidad y acaso más precisión y pru~ 
deucia. 

— En alguna ocasión se disfrazaron cinco de los ssis 
que eran. 

— Es verdad; fueron á casa de la prinsesa de Evolii 
tu tia, de lacayos y cocheros, y me complace el recuer- 
do para aceptar tu concurso aiempre que lo jazgue ne- 
cesario. 

— - Flaviano, comprendo todo lo que te propones, me 
consta que eres capaz de sobreponarte á tu padre y no 
desconozco la gravedad de L?s acontecimientos que 
han de sobrevenir. Acepto tu plan; no pudiendo reco 
nocerte tus enemigos coa dificultad te matarán; pero 
quiero yo poderte conocer. Diacurre una señal... 

— Cuando vaya disfrazado y me amenace algún pe- 
ligro, sagetaró con la mano izquierda un pañuelo 
blanco. 

— Yo haré lo mismo si me veo en la necesidad de 
imitarte. 

— No te extrañe si desaparezco de pronto y dejo de 
venir en dos ó tres dias. Qaedas encargado da tranqui- 
lizar á tu padre y al mío. 

— ¿Dónde podré adquirir noticias tuyas? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 45 



—En casa de la viada ó hijos de Ros. 

— Excelente idea; con cinco hermanos, algo calave- 
ras, pero valientes y tan decididos por tí, que se deja- 
rán matar por el hijo del duque dol Imperio. 

—¿Estamos conformes? 

—¿Cuándo das principio? 

— Mañana ó después; eso depende de lo que me im- 
pongan los acontecimientos. 

— Ya han empezado; lo de esta noche es el preludio, 
no se hará esperar el resto. 

— Sí, hoy nos han enviado valientes, y viendo que 
estos no les dan resultado, nos enviarán asesinos expe- 
rimentados. 

— De galeras... 

— O dú infierno, si los hallan. 

— Me hallo conforme con todo. 

— Pues á dormir, que 9S tarde. 
Los dos eran presa de tranquilo sueño diez minutos 
después. 

En este instante salió un hombre de detrás de una 
cortina, y antes de retirarse dirigió una mirada cari- 
ñosa á los jóvenes, exclamando para sí: 

— También yo me disfrazaré, y veremos quien en- 
seña á quien, si los discípulos al maestro ó éste á aque- 
llos. Hijos, os llevo una ventaja, os reconoceré por el 
pañuelo blanco en la mano izquierda, y á mí sólo Dios 
podrá conocerme. 

Y se retiró sin promover ruido alguno. 

Era el duque del Imperio que velaba por los dos 
jóvenes con paternal solicitud; era el hombre más ha- 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



bil, diestro y entendido de su siglo, Veremos ú su hijo 
legra sobreponerse á él; con igualarse debe darse por 
satisfecho. 

Julio y Flaviano habían terminado sus estudios del 
día siguiente, y se disponían á pasar al comedor, cuan- 
do vieron. entrar en la estancia en que se hallaban á la 
duquesa de los Andes, que llegaba en aquel momento 
de palacio. 

— Hijos,— les dijo después de estrecharlos, — el rey 
ha descubierto el paradero de Alice. 

— ¿Cuándo? —le preguntó con viveza Flaviano. 

— Esta mañana; hará sólo dos horas. 

— Gracias por tu interés, madre querida. ¿Quién hi- 
zo el descubrimiento? 

— Llevó la noticia Uceda, pero el descubrimiento lo 
hizo un sacerdote. Han indagado en conventos, en hos- 
terías, en casas particulares, y no han cesado hasta dar 
con m encierro. 

— ¿Quién es ese sacerdote? 

— Lo ignoro. Uceda no se lo dijo al rey pero ya lo 
sabremos. 

— Mucho se han movido. 

— Más de cien personas se ocupan de tí y de ella. 
— Incluso el duque, mi primo, que no hará otra cosa. 
— Cierto. 

—Así se gobierna la nación. ¿Sabe el rey lo ocurrido 
anoche? 

— No. Uceda sólo le dice lo que le sale bien, el resto 
lo oculta. 

— Es natural. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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— Tratará de enmendar su falta de ayer. 
— Lo doy por hecho y espero tranquilo. Vamos á 
comer, bellísima Inca. 
—Como su padre. 

—Lo mismo; ninguno de los dos faltamos á la verdad. 

Y los tres pasaron al comedor, en el cual esperaban 
el duque del Imperio y otros señores. 

Por la tarde salieron á caballo los dos amigos; por 
consejo del duque del Imperio se pusieron ambos una 
tupida y finísima cota de malla daba jo del traje que los 
cubría, y hasta las gorras iban forradas por dentro de 
delgada y fuerte plancha de acero. Escondían además 
en los bolsillos de süs anchos gre^üescos un par de 
pistolas cada uno; pistolas que sólo usaban entonces 
los grandes señores, y á las cuales daban el nombre de 
pistolets. 

Pasaban los dos mancebos por la pradera de San 
Fermín, cuando los detuvo la voz de un sirviente, di- 
ciendo á Osorio: 

—Señor, han llevado al palacio una carta para vos. 

—¿Quién? 

— Un caballero que no conozco. 
— ¿Dijo de parte de quién iba? 
—No, señor' añadió finicameute que pertenecía á 
la nunciatura. 
—Dámela. 

Fiaviano la leyó dos veces, despidiendo al criado 
con laa siguientes frases: 

—Está bien, puedes regresar. 

— ¿Qué es eso Fiaviano?— le preguntó Julio. 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVH 



— Avancemos un pooo y lo verás. 
Ya en el campo y solos añadió: 
— Lee esa carta y dame tu opinión. 
Julio leyó la carta que concluía de recibir Flavia- 
no y se la devolvió diciendo: 

— Te ruega Alice que la visites á las diez de esta 
nocln. ¿E3 saja esta letra? 
—No. 

— Lo sospechaba. Han escrito esa carta tus enemi- 
gos para asesinarte cuando vayas á la nunciatura. 

— Exactamente. 

— Las calles aquellas son apropósito para tender una 
emboscada. 

— En todo estamos conformes* Julio. 
— ¿Qué vamos á hacer, Flavíano? 

— Lo voy meditando. ¿Me obedecerás? 
— ¿Quién lo duda? 

— Pues oye. Pienso terminar la funesta intriga de 
esta noche con un golpe de habilidad que ha da descom- 
poner á nuestros contrarios. Pero habrá sangre, Julio. 

— ¿Quién será la víctima? 

Ün primo de Uceda. 
— Sí, Ramiro. 
—Lo has acertado, 
—¿Morirá? 

— Es posible que lo maten, Julio, pero nada se pier- 
de. Es calavera, disipador y no hay vicio desconocido 
para él, por lo mismo lo quiere y preteje Uceia. 

— Empiezo á comprender tu plan. ¿Qué papel me 
reservas? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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— Uao importante; en el palacio sabrás el resto. 

Y sin violentar el paso continuaron los jóvenes en 
dirección de su morada, segundos por dos lacayos que 
tenían más trazas de soldados que de sirvientes. 

Ya en un salón del expandido edificio, añadió Fla- 
viano: 

— Empieza á oscurecer, Julio; cuando baya anoche- 
cido, te cubres con un manto negro, un chambergo; y 
calzas botas altas, para que bien embozado no puedan 
reconocerte. Sales por una puerta escusada, siendo tu 
paso tan vivo que nadie logre seguirte. Entras en el pa- 
lacio del Nuncio, enteras á A.lice de la carta que he re- 
cibido, háblale de los medios que emplean sus enemi- 
gos contra ella y contra mí, y prohíbele en nombre de 
tu padre y del mío que no haga caso de carta alguna ni 
de recados, sea quien fuese el que loslievase. Lo que ten- 
gamos que decirle iremos uno de los tres y nunca nos 
valdremos de extraños. Di á monseñor y ásu hermana 
que han descubierto la presencia de Alice en su mora- 
da y que deben vigilarla y defenderla como ese ángel 
merece. Después les aconsejas que cierren antes de las 
diez las puertas del palacio y no abran á nadie ni se 
cuiden de lo que pase en la calle. 

— Muy bien. ¿Y luego? 

— Regresas aquí y me esperas. 

— ¿Qaó vas á hacer tú? 

— N > expongo mi vida esta noche, te lo juro. 

— Con eso me basta. 

Quince minutos después salía Julio en dirección del 
palacio del Nuncio. 

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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Y no tardó en ausentarse también FJaviano, sa- 
liendo por la puerta principal y llevando el mismo 
traje, manto y gorra que usaba ordinariamente. 

Convencido de que no le seguían, andubo dos ca- 
lles, entrando luego en una casa de buen aspeato si- 
tuada cerca de su palacio. En ella habitaban la viuda 
de Ros, criado y mayordomo que fué de su padre, y 
noble y propietario luego. 

Al verlo la viuda, que casi lo había criado, lo bes6 
y abrazó como si fuera hijo suyo. 

— Bista de caricias: — le dijo el joven, — tengo mu- 
cho que nacer, y el tiempo corre. ¿Están tus hijos? 

— Sí, los cinco. 

— Házlos entrar aquí. 

Los cmco salieron. Eran bien parecidos, su aspec- 
to varonil y tenían, el menor quince añas, y el mayor 
cerca de veintidós. Todos estrecharon su mano, que 
nuestro joven les alargó sonriendo; se sentó luego en 
un sillón de baqueta y tomando un aspecto grave les 
dijo: 

— Vengo poco por vuestra casa porque me consta 
que dais muchos disgustos á vuestra madre. No sois 
malos, pero sí tan gastadores que si mi padr3 y yo os 
dejásemos, acabaríais por ir los seis á la miseria. Y eso 
ha concluido ¿lo oís? Vuestra madre faó la camarera 
de confianza de la mía, casi su amiga y vuestro padre 
el hombre mis leal y valiente que sirvió á mi padre; 
tengo un derecho indisputable á corregiros y os obli- 
garé jvive Diosl á que seáis dignos de un padre que 
en su clase no tuvo rival. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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— Lo que tií quieras, Flaviano,— contestó el mayor, 
njanda y obedeceremos. 

— ¿Q jó dice vuestra madre? 

— Qué he de decir, que el hijo del duque del Impe- 
rio vale tanto como el incomparable autor de sus días 
y que lo escucao como á oráculo. Tú mandas en mi 
casa, Flaviano; en mí, en mis hijos; al verte entrar 
exclamé: He ahí la Providencia. 

— Está bien, desde esta noche quedan los cinco á mi 
servicio y sólo harán lo que yo les ordene. Toma, po- 
bre madre, esas cinco onzas en oro, para que repon- 
gas tu despensa por si algún día como con vosotros. 
Me tienes dispuesta además cama y habitación; es po- 
sible que os acompañe más de Jo que yo quisiera. Me 
preparáis un traje ordinario, aquel unto con que mi 
padre se descomponía el rostro... 

— Comprendo; otro duque del Imperio con tanta be • 
lleza y discreción... 

—No me adules. Tomad vosotros una onza cada 
uno; cuidado con pedir nada á vuestra madre; yo os 
daré un sueldo que baste á cubrir todas vuestras ne- 
cesidades faera de casa. 

—Y el os, si preciso fuera, morirán por tí, Flavia- 
no. ¿Lo haréis? 

— ¡Vaya una pregunta, madre! Haremos por él, si 
es posible, más de lo que nuestro padre hizo por el se- 
ñor duque del imperio. 

— S m muy valientes, Flaviano. 

— Ya lo sé. Estrechadme y esperad mi segunda vi- 
sita, que no ha de tardar. 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Nada te preguntamos; los seis te pertenecemos y 
que Dios te inspire, bijo mió, 

Oáorio se despidió de todos y salió embozado cuan- 
to podia. 

Poco después se hallaba paseando por una calle 
estrecha, próxima á la plaza Mayor. Andaba despacio 
y cuando escuchaba ruido de pisadas se volvía para 
encontrarse frente al que llegaba. 

Asi permaneció, dando sánales de impaciencia, 
hasta las nueve y media en que vió asomar á un caba- 
llero, el cual llevaba en la diestra una linterna para 
que su lnz le evitase los tropiezos de aquella época en 
la sinuosa superficie de la villa y corte de Madrid. 

— ¡Ramiro!— exclamó Osorio aparentando conocer- 
le en aquel momento. No esperaba encontrarte en tal 
instante. 

— Primo, mi querido primo, tú tan rico y poderoso 
te dignas... 

— Eso último es una broma tuya. ¿Cuándo sufriste 
desdenes míos, ni cómo desdeñar á un pariente casi 
favorito del duque de Uceda? 

— E*o de favorito si que es broma tuya, Flaviano. 

— Cuentan eso, Ramiro, y sentiré que no sea cierto 
¿Cómo andas de calaveradas? 

— Es más el ruido que las nueces. Con tan poco di- 
ñero como yo tengo, no se puede ser muy calavera. 

— Yo creí que estabas rico. 

— Me has juzgado por tí; soy hijo tercero; dicen que 
teügo mala cabeza y mi padre me ha sitiado por ham- 
bre, por hambre de dinero. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 53 



— Bien, pero nuestro primo tbeda... 

— Ese ya es otra co3a; me quiere como á hijo y algo 
me da, pero no mucho, se empeña en que lo gasto 
mal... Primo, á tí que tanto te sobra podías favore- 
cerme con un adelanto de dos onzas de oro. De qué 
compromiso me sacabas. 

—Concedido, pero favor por favor. 

— Lo que me pidas,|Flaviano. 

—Nos vamos entendiendo, Ramiro. Ya comprende- 
rás que el haberme encontrado solo y en esta calle 
obedece... 

—Sí, á alguna cita. ¿Y tu inseparable Julio, cómo?... 
— Me estorbaba esta noche. 
—Con {ue también tu te vas haciendo aficionado. 
— Pago á la edad su tributo y como hay mujeres 
tan hermosas... 
— Es verdad. 

—He ahí lo que á mi me sucede; tengo esta noche á 
las diez que visitar á dos y como no puedo dividirme y 
ya no me queda tiempo para buscar á Julio y rogarle 
que me disculpe con una de ellas, me quiero valer de tí. 

— ¿Ese es el favor que me ibas á pedir? 

—Sí. 

— Pues nada más fácil, primo. Vive en esta calle 
una de mis mejores amigas y me recibirá lo mismo á 
las diez que á las once de la noche; dame las señas de 
la tuya y dime lo que he de decirle. 

—Es una protegida del Nuncio, vive con su herma- 
na, me manda llamar esta noche á las diez para no sé 
que asunto, y deseo que vayas tú en mi lugar y me dis- 



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LOS HÉROES DEL SíGLO XVII 



culpes. Yo iré por la mañana. Oye, ai estuviera cerra- 
da la puerta, porque alli después de las diez no reci- 
ben á nadie, das uno ó dos golpes y si no te abren en- 
seguida te retiras. Con decir yo mañana que estuve y 
no abrieron habré cumplido. 

—Si entro ¿qué nombre doy? 

— E 1 1 uy o , añadiendo que eres mi primo ; con eso basta. 

— ¿Nada más? 

— Ego solo. 

—Están al caer las diez Flaviano y dista algo de 
aquí la Nunciatura. ¿Me das las dos onzas? 

— Sí, pero noto con sentimiento que llevas un man- 
to y una gorra impropia de tu clase y de la misión 
que acabo de encargarte. 

— Es verdad, pero como venía... ¿me comprendes? 

—Sí, y todo se puede arreglar; dame los tuyos y la 
linterna, toma los míos, las des onzas y en paz. 

— ¿En paz dicee? Tan generoso como tu padre. jQué 
manto tan bueno, chico! ¡Y qué pluma tiene la gorra! 
Coge la linterna del suelo; al bolsillo mió las dos on- 
zas. ¿Quieres algo más? 

— Quiero arreglarte el embozo; hay que llevarlo asi. 
Muy bien. Adiós, primo; cumple bien mi encargo. 

— Mañana te lo dirán. ¿Con que no tiene vuelta?... 

— Nada de lo que te doy esta noche. 
Y cada uno se fué por su lado; Ramiro sin violen- 
tar su paso natural, y Flaviano muy embozado y con 
la linterna debajo del raído manto negro, desapareció 
como un relámpago por el camino más corto en direc- 
ción del barrio de la Morería, procurando adelantar 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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mucho á su primo, pues llevaban ambos la misma di- 
rección. 

Flaviano llegó á la plaza de Puerta- Cerrada, llamó 
á una puerta, y cuando le abrieron se precipitó esca- 
lera arriba hasta llegar al piso principal, en el cual lo 
esperaba el dueño de la casa, pariente lejano de su pa- 
dre. Después de cruzar algunas frases con él, puestos 
ambos de acuerdo, le abrieron el balcón de una estan- 
cia que estaba completamente á oscuras, y muy embo- 
zado, quedó en aquél imitando á la dueña quintañona. 
El referido balcón daba á la calle del Nuncio. Desde 
allí hizo varías observaciones, notando que en una de 
las casas próximas de la acera de enfrente había una 
luz opaca, á cuyo resplandor sa distinguían varios bul- 
tos y un hombre que en el portal de la misma casa, 
embozado hasta los ojos, estaba inmóvil y como espa- 
rando a'go que debiera llegar por la mencionada plaza. 

El edificio en que estaba Oaorio tenía un frente á 
Puerta-Cerrada y otro á la calle del Nuncio, como ha- 
brán supuesto nuestros lectores, y esto le facilitaba 
observar desde su balcón hasta el palacio de la Nun- 
ciatura. 

El pariente de 03orio, á dos varas del balcón, mi- 
raba á Flaviano con interés. 

Diez minutos más tarde oyó el jóven ruido de pisa- 
das y, recatándose en lo posible, distinguió á Ramiro 
que se dirigía por bajo de sus balcones al palacio del 
Nuncio. Se convenció de que no se había equivocado 
cuando lo vió cruzar por, fren le á la casa donde salia el 
resplandor de la luz. En el mismo instante el emboza- 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVíI 



do que observaba en la calle entró en la casa; pero no 
tardó en salir previsto de una linterna. 

A la vez se apagaron los resplandores que salían 
del cuarto bajo, abriéndose los cristales y varios bultos 
aparecieron junto á la ventana. 

El embozado paseaba en un trozo de veinte varas 
solamentel 

Cuando[Rarairo llegó al palacio donde iba, estaban 
ya cerradas sus puertas y, sus luces apagadas; llamó 
una vez y no le contestaron, por cuyo motivo retroce- 
dió, intentando regresar por donde había ido. 

Cruzó por frente del embozado sin cuidarse de él 
para nada; pero éste sacó entonces la linterna y le di- 
rigió su luz, continuando de este modo á diez varas 
de Ramiro. 

Segundos después se oyeron dos tiros que salieron 
per la reja que ya conocemos. El de la linterna se 
precipitó portal adentro y cerró la puerta á la vez que 
sus compañeros hacían lo mismo con la ventana desde 
la cual hicieron fuego 

A las detonaciones siguió un jayl dolorido y el 
ruido de un cuerpo que chocaba con la tierra. 

Ramiro había caido herido ó muerto. Varias luces 
asomaron á los balcones y ventanas de la calle, pero 
ninguna puerta se abrió. 

El silencio que siguió á todo esto era sepulcral. 

Si algo hablaban las dueñas y los curiosos lo ha- 
cían en voz tan baja que no «e oían los unos á los otros. 

Por fin se percibió la carrera de muchos hombres, 
con linternas unos y todos con las espadas desnu- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



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das, que rodearon el cuerpo de Ramiro, gritando uno: 

— Alumbrad, alguaciles, ¡Lo han muerto! Tiene des- 
hecho el cráneo y atravesado el corazón. jDesgracia- 
do! Es Flaviano de Oiorio. 

— No,— exclamó nuestro jóven desde el balcón sin 
darse á conocer; — es Ramiro, primo hermano del se- 
ñor duque de Uceda. 

— |RamiroI — volvió á gritar el jefe de los alguaci- 
les. — ¿Quién ha dicho que es Ramiro? 

— Lo he reconocido con l*s luces de vuestras linter- 
nao. Vedlo, —repitió Flaviano. 

— Más luces, — añadió el jefe. 
Cteorio cruzó algunas frases con su tio y desapare- 
ció de la casa y barrio, saliendo por una puerta escu- 
sada de la primera. 

El dueño del edificio qu9 abandonaba salió al bal- 
cón en que estuvo Oáorio, diciendo á I03 alguaciles: 

— Cojed á los asesinos que se ocultan en aquel cuar- 
to bajo de eüfrente. De3de esa reja lo han muerto. 
¡Pobre don Ramiro! 

— ¡Desgraciados! — dijeron los vecinos que habían 
sálico á los balcones y ventanas. Varics añadieron. — 
Coged á los asesinos que van á huir. Han tirado con 
arcabuz. 

— A ellos, — gritó el jefe: obligaron á los vecinos de 
las casa á que abrieran la puerta y se precipitaron va- 
rios alguaciles, hallando á tres asesinos con los dos 
arcabuces que concluían de descargar. 

Se hallaban tan tranquilos y serenos como si nada 
hubieran hecho. Uno de ellos dijo al jefe muy quedo: 

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LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



— Obedecemos al duque; debia morir Fiaviano de 
Osorio. 

—Habéis asesinado al primo hermano del señor du - 
que de Ueeda, miserables. Ya os daré yo el Fiaviano de 
Oiorio. Saltadlos y á una prisión con los tres. Nos- 
otros recojamos el cadáver. Traed unas angarillas; 
abreviad. 

Meüii hora más tarde Puerta-Cerrada y todos sus 
alrededores habían vuelto á su estado normal en lo 
exterior. Reinaba la oscuridad anterior, nadie transi- 
taba por allí, el cadáver lo habían retirado, las puertas 
y ventanas se cerraron, y sólo en el interior de los 
edificios, reunidos en grupos amos y dueñas, comen- 
taban en voz baja los dos disparos que oyeron, el ase- 
sinato de don Ramiro y cuanto presenciaron desde los 
huecos de sus habitaciones. 

Algunos sospechaban que la ronda se hallaba apos- 
tada c*rca de allí, esperando la perpetración del cri- 
men, y hasta hubo quien añadió que existía complici- 
dad entre los asesinos y el jefe de alguaciles, y que la 
prisión de los primeros era una farsa. 

Da^estos maliciosos asertos no hemos de tarda^ en 
saber la verdad que puedan contener. 



CAPITULO IV 



I 



La ilusión de un delincuente.— Serenata.— Desesperación del 
favorito.— Otro triunfo de Osorio.- Nuevos acontecimientos. 



Habitaba el favorito duque de Uceia un expléndi- 
do palacio levantado juoto al real Alcázar y unido al 
del duque de Pastrana, pero sin comunicación interior; 
estaba el uno al lado del otro con entera indepen- 
dencia. 

Sepamos lo que hacía el favorito en los momentos 
en que tenian lugar las escenas de la calle del Nuncio, 

Contaba Uceda treinta y dos años de edad, su figu- 
ra no era mala y en la coi te se presentaba elegante y 
con pretensiones de dominador. Calecía en cambio del 
talento necesario á su elevada posición y si el rey lo 
conservaba á su lado, era simplemente porque rara vez 
le contradecían y era más probo que su padre el duque 
de Lerma, al cual derribó del poder para ocupar su 
puesto. 



60 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Carecía de conciencia, fué mal hijo y aun cuando 
su fallía de talento y sabiduría lo empujaban de la al- 
tura á que se había encumbrado, lo retenía en ella su 
desmedida ambición, la cual no menguaba á pesar de 
los mucíhos disgustos, sinsabores y compromisos que 
le ocasionaban sus torpezas, equivocaciones y caren- 
cia de aptitud. 

En estos momentos paseaba por uno de los salones 
de su explendida morada algo agitado, teneroso ó im- 
paciente. Cumplían sus esbirros la orden que les dió de 
asesinar á Flaviano de 03orio, estaba manejada por él 
la intriga que hemos presenciado, y conociendo de an- 
tiguo el talento, valor y habilidad de losQsorios temía. 

Después de meditar, dando paseos y entregando á 
movilidad nerviosa, se detuvo exclamando para sí: 

— Temible es el duque del Imperio, no es menos su 
hijo, pero entre obedecer al rey ó rodar al abismo, la 
elección no es dudosa. Ellos tienen mucho poder y gran 
talento pero nosotros contamos con la nación entera 
y sucumbirán. Lo siento, más no puedo avenirme á 
dejar el primer puesto de la corte. Aun cuando lo de- 
jase, el mal no se remediaría por eso, toda vez que mi 
sustituto se vería obligado á obedecer á don Felipe. 
Tengo que seguir adelante, tengo y quiero ser el pri- 
mer hombre de Estado, casi el único, y no dejo el do- 
minio de los españoles por nadie ni por nada. 

Hechas estas reflexiones, se animó su semblante y 
hasta parecía tañer la seguridad que presta el triunfo. 

— Sí } — dijo volviendo á pasear, — la supuesta carta 
de Alice fué una red tendida hábilmente al enamorado 



LOB HÉROES DEL 8IGLO XVII 



61 



mancebo irá á ¿a Nunciatura y ai salir cerrara lúa ojos 
para no volverlos á abrir. La hacen fuego los dos me- 
jores arcabuceros del reino y es su puntería tan certa 
ra, que no hay miedo de que yerren. Son más de las 
diez; ya estará el venturoso mancebo junto á su ama- 
da, libando amores, burlándose de su rey y formando 
castillos que muy pronto echará abajo mi potente dies- 
tra. ¡Qué golpe para el padre y qué placer causará en 
don Felipe la noticial La verdad es que el monarca 
ama y respeta al príncipe de Italia, pero no le sucede 
lo mismo con el duque del Imperio: dice, y no le falta 
razón, que el primero es un santo y el segundo un dia- 
blo. En cuanto al hijo, á ese bello Flaviano, le abo- 
rrece más, y yo, no obstante mi parentesco con ellos, 
los odio, ¡me han humillado tantas veces! Esta noche 
me vengo. 

En este momento se oyeron dos detonaciones se- 
guida la una de la otra. Sonaron á mucha distancia, 
pero con el silencio de la noche pudo percibirlas el 
duque. 

Su paseo por el salón fué más rápido, volvió á sen- 
tirse nervioso y un sudor frío bañó su cuerpo. Sin pre- 
tenderlo creyó hallarse frente al invencible duque del 
Imperio, que con mirada de fuego, rostro aterrador y 
voz que imitaba al trueno, le preguntaba: 

— ¿Y mi hijo, duque; qué has hecho de mi hijo? 

Y aligeraba el paso más y más como huyendo de 
la férrea mano del duque que le iba á oprimir la gar- 
ganta para estrangularlo. 

En tan insostenible actitud ordenó que todos los 



62 LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



hombres de armas que tenía en el palauio bajasen 
al zaguán, cerraran las puertas y solo dejasen franco 
el paso á Bermúdez, alcalde del Rastro. 

Poco á poco se fué tranquilizando; abrió un bal- 
cón y observó: la oscuridad era completa y el rilencio 
que reinaba parecido al de las tumbas. 

Cerró el balcón y esperó la llegada de Bermudez 
paseando. Ei tiempo que todo lo cura le quitó el sudor 
frío que había sentido largo rato y tranquilizado en 
parte discurría de la manera siguiente: 

— I Murió! Ha muerto sin duda alguna, ya está libre 
el rey de su terrible rival y yo me he vengado. Me 
vengué, sí, como lo hacen los de mi raza; duque del 
Imperio, me acabas de pagar tus desdenes, tus miradas 
altivas y aquellas frases que en más de una ocasión mj, 
sonrojaron llenando mi alma de saetas. Era Flaviano 
tu digno sucesor, ta encanto, tu delicia, era un hom. 
bre que valía tanto ó más que tú, y por eso lo amabas 
con delirante pasión. Ahora tu cabeza tan erguida y 
altanera la humillarás con el peso del dolor; ahora iru 
zarás los salones con la frente baja, la mirada sombría 
el surpiro en los labios y el |ay! profundo, lastimero 
en el corazón. Si me pidiera cuentas le escucharía con 
indiferencia, replicando á sus preguntas: Yo no sé de 
tu hijo: ¿me lo entregaste á mí por ventura? ¿era yo su 
defensor? y como en adelante estaré siempre rodeado 
de ocho ó diez hombres curtidos en la guerra y los 
combates, ellos contestarán á sus amenazas, si es que 
tiene la audacia de dirigírmelas. | Ah, buen Flaviano, 
toda aquella hermosura varonil, aquel talento, tan 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



63 



gran destreza y tan suma habilidad, quedarán sepulta- 
dos en un pedazo de carne inerte y en putrefacción ma- 
ñana, en gusanos luego que roerán hasta los huesos! 
Tu incomparable voz se ahogó para siempre; canta, 
canta ahora... (Jesús! qué escucho. 

Y retrocedió el duque sorprendido, confuso, casi 
aterrado. 

Habia llamado á la voz de Flaviano, y en el mis- 
mo instante se dejó aquella oir dulce, argentina y so- 
nora, hasta llegar desde la primera nota al do de pe- 
cho. Ni cabía más arte, ni mejor voz, ni más gusto en 
la elección de la trova que cantaba. 

En estos instantes se acompañaba Flaviano con una 
cítara y daba una serenata á la hija del duque de Pas- 
trana, prima de Julio, bellísima jóven que en una 
apuesta habia ganado á Osorio la serenata que en es 
tos momentos le ofrecía. Siempre hábil y entendido es- 
peró el cumplimiento de la apuesta, cuando á la vez de 
complacer á su amiga, creyó con razón sobrada que 
cada nota escapada de sus labios sería un dardo en el 
corazón del duque de Uceda. Este andaba ahora por el 
salón en que lo dejamos, aturdido, confuso, queriéndose 
tapar los oidos, sin dejar por eso de escuchar el acento 
más seductor que existía en España. 

— ¡No lo han muerto!— exclamó:— vive y su voz 
de infernal sirena viene á lastimar todas las ñbras de 
mi ser. jVivel... ¿Y los disparos que yo escuchó? ¿Si 
estaré soñando? ¿Si me habré vuelto loco! No, es su 
voz que contesta á mis pensamientos, á mis diabólicas 
ideas. ¡Me han vencido otra vez los Oáorios* |Una 



64 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



nueva humillación! ¡Le aplaudenl ¡no eotásolo! Mal- 
dita voz, ¡qué hermosa es por mi mal y en qué mo- 
meatos tan críticos sa ha dejado oir esta noche! Me 
han humillado otra vez; con habilidad suma han des- 
hecho mi intriga y me clavan la saeta qua yo les habia 
dirigido. No puedo con ellos, no. 

Qaedó parado, pues sudaba como el caminante al 
terminar una jornada durante el estío. 

Luego llamó, preguntando al paje que asomaba la 
cabeza por entre las cortinas que cubrían una puerta. 
—¿Quién canta? 

—El primogénito del señor duque del Imperio, 
vuestro primo, señor; el hombre más bello y afortuna - 
do que hay en la tierra. 

—No te pregunto eso último, bellaco. ¿Quiénes 
aplauden? 

— Los nobles y el pueblo, señor; se va cuajando la 
calla de gente, en todos los balcones hay hachas encen- 
didas y parece de dia el resplandor que alumbra al 
afortunado trovador. 

—¿Pero qué dicen de ese canto? 

— Dicen, sañor duque, que don Flaviano da una se- 
renata á la hija de los señores duques de Pastrana por 
habérsela ella ganado en una apuesta. 

— ;Y has visto mucha gente oyéndole? 

—Es una masa apiñada, y el número seguía cre- 
ciendo hasta hacerse incalculable. 

— Pero no habrá ningún noble. 

— Hasta grandes de España, señor, se ven desde 
estos balcones. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Y los duques de Pastrana? 

—Tienen todas las puertas del palacio abiertas y 
una iluminación que maravilla. Todos los habitantes 
del edificio están asomados á los balcones y ven- 
tanas. 

— Sal, y si viene Bermudez que pase al momento. 

—¿Encenderemos blandones, señor? 

—No. 

— Es el único del barrio en que no se ven luces. 

—Marcha, y que continúe como hasta aqui. 
El cantor sa hallaba ya entonando su tercera tro- 
va y llevaba recibidos veinte aplausos y muchos ví- 
tores. 

En un corto intermedio de canto, entre la tercera 
y cuarta trova se abrieron las cortinas, apareciendo 
en el salón en que se hallaba el duque, la tímida figu- 
ra de Barmúiez, alcalde del Rastro. Uceda le pregun- 
tó, levantando los brazos: 

— ¿Qué habéis hecho, insensato? 

— Yo nada, señor, que pueda disgustaros. 

—¿Qué ha sido de Osorio? 

— Debajo de esos balcones se halla dando una sere- 
nata á la bella hija de los señores duqaes de Pastrana, 
y en verdad que los padres y la hija lo están cubrien- 
do de hojas de flores. 

— No es esD, torpe, ¿por qué no ha muerto Flaviano 
esta noche? 

— |AL! señor, yo no lo sé. Mi misión era distinta y 
la he llenado tan cumplidamente, cuanto que en vez 
de favorecer á los matadores de Osorio, tengo sepulta- 

TOMO I 9 



66 LOS HÉROES DEL SIGLO XVU 



dos en ana mazmorra á los tres asesinos de vuestro 
primo hermano Ramiro. 

— ¿Qué estás diciendo, loco? ¿Quién ha muerto á mi 
primo Ramiro? 

— Los encargados de matar á Cfeorio. 

— ¡Qué barbaridad! ¿Por qué han cometido ese 
crimen? 

— Yo no lo sé, señor. Me ha faltado tiempo para 
averiguarlo. Oí los dos tiros corrí, al sitio con los al- 
guaciles que me acompañaban, y viendo que el muer- 
to era vaestro primo, mandé prender y encerrar á los 
tres asesinos, llevé el cadáver al corregimiento y vine 
corriendo á enteraros de lo que ocurría. 

— ¿Pero los matadores son los dos arcabuceros y el 
jefe!... 

—Si, señor, los mismos. 

— ¿Y qué dicen? 

— Que han muerto al que se les mandó matar. 

— |Una equivocación! 

—Es imposible. 

— ¿Qué causa la motivó? 

— No he tenido tiempo, señor, para averiguarlo. 
—¿Estás seguro que el asesinado es mi primo Ra- 
miro? 

— Le conocieron hasta los vecinos. Daspuás le re- 
gistré, hallándole encima estas cartas y estas monedas 
envueltas en ese papel que las cubre. 

El duque miró los sobres, murmurando: 
—Sí, eran suyas. 
Y maquic alíñente deslió las dos onzas que le dió 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



67 



Plaviano, leyendo en el interior del papel en que esta- 
ban envueltas les siguientes frases: 

«Miserable asesino, por tí me matan. Tu brutal 
ambición ni aún respeta el apellido y la sangre de los 
tuyos. » 

— ¡Jesús! — volvió á exclamar el duque palideciendo, 
— esto ya no es talento, ni habilidad, ni destreza; esto 
es contar con el poder de Dios ó del demonio. 

Y cayó sobre un sillón casi desfallecido. 

Bermúdez le prestó auxilio, pero el duque lo re- 
chazó dicióndole: 

— Partid de aquí, averiguad y volved mañana á de- 
cirme lo que sepáis. 

Salió el alcalde, quedando el duque como anonada- 
do y sin aliento para nada. 

No tardó en sacarle de aquel semiletargo la llega- 
da de un caballero de los que estaban á su servicio, el 
cual le dijo: 

— Señor, es necesario que permitáis poner luces en 
los balcones. 

— He dicho que no quiero, — le contestó Uceda con 
todo el imperio que le fué posible. 

— Siento contrariaros, señor, mas debo advertiros 
que el pueblo murmura ya á voces contra el dueño de 
este palacio, único que permanece á oscuras en todo 
el barrio. 

—Si ese pueblo me incomoda, haré que lo acu- 
chillen. 

— Es imposible, señor; está la reina en medio de él. 
— ¿Cómo la reina? 

/ 



68 



LOS HÉROES DEL 8IGLO XVII 



— Vino en una litera, acompañada de la duquesa 
de los Andes y de parte de su servidumbre. 
— ¿A dónde vino? 

—Frente al palacio del señor duque de Pastrana. El 
pueblo y la nobleza la han vitoreado, y ahí continúa. 
— Pero ¿á qué vino? 

— A oir desde cerca á ese inimitable cantor. 
— jEsto más! | Maldición! Que saquen luces; cum- 
plir con vuestro deber y dejadme en paz. 

Y Lbeda se fué á las habitaciones interiores de su 
palacio, para no oir ni ver nada de lo que pasaba en 
su calle, pero la arrogante voz de Flaviano traspasaba 
los muros y llegaba á todas partes en quinientas varas 
lo menos en su alrededor. 

Recostado el duque sobre un diván, quedó inmóvil 
y como presa de mortificante estupor. 
Volvamos con 03oríb. 

Nuestro jóven salió de la casa de su pariente, y no 
tardó en llegar por la plaza de Puerta Cerrada y calle 
de Toledo á la plaza Mayor, donde le esperaban dos 
pajes, uno que le llevaba otro manto encarnado y gorra 
y un segundo, la preciosa cítara que comunmente 
usaba. 

Cambió manto y gorra, mandó retirar con lo que 
se quitaba á uno de los pajes, y embozado y sin luz al- 
guna cruzá por la calle Mayor, h^sta quedar parado á 
la puerta del duque de Pastrana, donde le esperaban 
Julio y algunos parientes y amigos. 

Despnés de dirigir breves frases á todos ellos, le 
formaron círculo, quedando dentro los dos amigos y el 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



69 



paje que llevaba la cítara. Flaviano le dió el manto y 
comenzó á afinar el delicado instrumento que le alar- 
gó el paje. 

Peco después de dar principio al preludio, dejo oir 
su deliciosa voz. Era tan conocida y tan admirada de 
los madrileños, que instantáneamente se abrieron 
ventanas y balcones, se alumbró la calle y todos los 
huecos se llenaron de curiosos que ansiaban escuchar 
al cantor. 

Poco después fueron llegando gentes de las res- 
tantes calles, con hachas unos, con linternas otros, 
hasta quedar convertido el contorno en una ascua de 
oro. 

La multitud de abajo y de arriba aplaudían con en- 
tusiasmo, y tanto interés demostraba esta noche en 
complacer al público el afortunado trovador, que nun- 
ca había afinado t tanto ni emitido la voz con más va- 
ronil acierto. 

Hasta su mismo padre, que le oía desde un extre- 
mo de la calle y fué el primer cantor de su época, lo 
aplaudía con entusiasmo. 

— Me supera con mucho; yo nunca pude sostener 
esas altísimas notas con la valentía y la seguridad que 
ese endiablado chiquillo. 

Al terminar la quinta estrofa, que eran las cinco 
ofrecidas en la apuesta que perdió, iba á retirarse, 
cuando oyó varios vivas, notando á la vez que todas ' 
las miradas se dirigián á su izquierda. 

En aquel instante llegaban en una litera real la 
reina y la duquesa de los Andes. 



70 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



Con trabajo pudo llegar Flaviano, y después de 
besar la mano á doña Margarita, le dijo: 

— Señora, me retiraba en este instante; ¿quiere vues- 
tra majestad algo de mi? Deseo oir sus órdenes para 
cumplirlas. 

— Si, — le contestó la reina, — oí tú funesta voz des- 
de mi alcázar y atraída por ella vango á escucharla. 

—¡Funesta es, señora! Santiría que hubiera ofendi- 
do á vuestra majestad. 

— Es deliciosa porque te concedió el cielo la pri- 
mera del mundo, y es funesta porque me arrancó de 
mi cámara para venir á escucharla. 

— Gracias, señora; ni la voz ni el trovador merecen 
tan señalada honra. 

— ¿Cuántas trovas has cantado? 

— Cinco, señora; eran las que perdí y pagué. 

— Pues bien, canta otras cinco por mí pero distin- 
tas de las anteriores. 

— ¿Dónde me sitúo, señora? 

—Donde estabas cuando yo llegué. 

— Me apresuro á complacer á vuestra majestad. 
Flaviano cruzó por medio de las dos filas que for- 
maban sus amigos y parientes, luego le rodearon y co- 
menzó de nuevo á cantar, fijándose ahora mucho más 
en la letra que improvisaba que en el modo de emitir 
su magnífica Voz. 

Cada estrofa contenía ahora un oculto pensamien- 
to que permitía á la reina adivinar un £03reto sin que 
el pública pudiera comprender nada. De esta mane- 
ra supo doña Margarita lo que acontecía, incluso lo 



LOS HÉROES DEL. SIGLO XVU 



71 



ocurrido aquella noche; pocas preguntas tuvo necesi- 
dad de hacer á la duquesa de los Andes para penetrar- 
se de todo. 

La inmensa concurrencia que le escuchaba continuó 
aplaudiendo sin lanzar gritos ni frases por respeto á 
la reina. 

Cuando terminó, dijo á doña Margarita: 
— Señora, he concluido y continúo esperando las 
órdenes de vuestra majestad. 

— Gracias, audaz y afortunado O.3orio; tu primer 
enemigo fué un rey; Dios vela por la vida de ambos. 
En la horrible lucha que sostienes temo por los dos, y 
está la razán tan de tu parte que no puedo incliaarme 
en favor de ninguno. 

Dió la orden de partir, Osorio besó su mano y éste 
y Julio se colocaron á los dos lados de la litera, lle- 
vando cada uno un blandón encendido. 

La dejaron en el alcázar y 'se dirigieron á su pala- 
cio entre varios deudos, amigos y parientes. 

El público se habia retirado ya y la oscuridad y el 
silencio reemplazaron al canto, á los aplausos y á la 
animación que antes reinaron en una calle de Madrid. 

Era más de la media noche cuando se reunieron en 
el salón que ya conocemos el duque del Imperio y los 
dos jóvenes, los cuales fueron sorprendidos por la se- 
vera figura del principa de Italia que les estaba espe- 
rando en medio de aquella estancia, en pie, con los 
brazos cruzados y la cabeza inclinada. 

Los tres se ¿tatú vieron frente á él, quedando en 
actitud respetuosa. 



72 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



El Trinitario alzó por fia la cabaza, y fijándose en 
Flaviano le dijo: 

—-Hijo mío, se han valido de un hecho indigno, re- 
probado por toda conciencia recta para intentar asesi- 
narte. Te fué iaei! conocer el burdo engaño y yo he 
dado las gradas á Ja Providencia que así lo dispuso; 
pero si bien debiste defender tu existencia, no era co- 
rrecto sacrificar la vida de un desgraciado que ha 
muerto esta noche sin que le dieran tiempo ni aun 
para pedir á DÍ03 perdón de sus culpas. ¿Por qué no 
empleaste otro medio más humano? 

— Padre mío, yo no lo mandó para que lo asesina- 
sen*, querían una víctima y les mandé otra digna, sino 
de tan mala estrella, de castigos que yo no merezco. 
Me propuse, además, dar una lección á mis asesinos 
para ejemplo de su torpeza y estímulo de una enmien ? 
da qae yo desearía ver en ellos. 

— ¡A.h, Flaviano! ni lograrás esa enmienda, ni con- 
seguirás por ese camino otra cosa que cambiar de víc- 
timas. Yo he visto clara la protección conque la Pro- 
videncia te distingue; hazte digno de ella, hijo mío, 
porque si te la retira sufrirás mucho y perecerás 
pronto. 

— Son tan perversos, señor, mis enemigos. 

— Es una dicha no obrar como ellos; es una gran 
desgracia contarse en el número de los réprobos y 
puesto que eres bueno, puesto que tanto debes á Dios, 
imita á mi padre Alberto; su historia la has oído re- 
latar muchas veces. 

— Sería una ventura imitar al padre ó poder copiar 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



73 



las acciones del hijo; fué un santo aquél, éste es otro; 
¿pero quién puede llegar á alguno de los dos? 

— Tú, si te propones. Desvíate más del duque del 
Imperio, que si hoy es un modelo, se hizo á tu edad 
digno de algunas justas reprensiones. Tienes taDfco ta- 
lento como tu padre, acaso más, si en el bien lo em- 
pleas siempre, podrás llegar á sobreponerte á Alberto 
de Silva 

— Padre mío, es una rómora mi edad, lo son las crí- 
ticas circunstancias en que el destino me ha colocado. 

— Por eso, hijo mío, te aconsejo con tanto cariño; 
por eso nada te impongo. Tú eres valiente, |ohI si te 
hallases entre las guerras en que fuimos arrojados tu 
padre y yo, serías más temerario que nosotros; más ha- 
rías aun; pero luego te sentirías agobiado bajo el peso 
de un dolor que siente todo el que abriga en su alma 
la nobleza que tiene la tuya. No es necesario que te 
defiendas tanto, tienes varias egidas y si la rectitud y 
la grandeza de tus hechos se igualan á tu talento, no 
te matarán, está seguro, Flaviano. Fía en mis frases, 
hijo, y nada temas; no quiero yo que temor alguno te 
abrume, no. 

S9gun expresaba las anteriores frases fué besando 
las frentes de los dos jóvenes, y estrechó luego á Oso- 
rio desapareciendo por la puerta secreta que dejó ce- 
rrada al salir. 

Quedáronse los tres mirándose sin atreverse á ex- 
presar frase alguna. 

Por fin se dejó caer sobre un sillón el duque del 
Imperio, exclamando: 

TOMO I 10 



74 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Hijos, debemos los tres obedecer al principio, es- 
to es indudable, más la verdad es que como yo no soy 
santo corno él, me ha parecido el cambio que has lo- 
grado esta noche, delicioso, Flaviano; y la serenata que 
has dado, no á la hija del duque de Pastrana, sino al 
favorito Üceda, encantadora. Se hallaba en su palacio 
y esperaba la noticia de tu muerte con la ansiedad de 
un malvado, cuando tu voz mejor que la mía, más po- 
tante, más enérgica, le dijo: mientes, mienten todos 
los tuyos y sobre ellos y sobre el mismo rey se co- 
lumpia dulcemente el trovador Qsorio. Cuánto le ha- 
brás hecho sufrir; son dos hechos, hijo mío, que te 
han elevado donde yo no llegué jamás. 

— Padre, no halaguéis injustamente mi vanidad. 

— ¿Qué dices tú, Julio? — le preguntó el duque. 

— Nada, señor; como todo lo hacemos á medias Fia- ■ 
viano y yo, como no hacemos nada que deje de sernos 
común, os ruego como Flaviano que dejei3 en paz 
nuestro amor propio y nuestra vanidad. 

Pros : guieron hablando medía hora retirándose 
luego á descansar. 

Entremos nosotros por breves momentos en el real 
alcázar. 

Se hallaba don Felipe en su cámara de escribir tra- 
bajando con un secretario cuando el gentil-hombre de 
guardia le participó que don Francisco Sandoval le su- 
plicaba lo recibiese. 

— ¡A esta hora!— dijo el rey admirado. — ¿Qué le 
ocurre? 

— Dice, señor, —replicó el palaciego, — que desea 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



75 



enterar á vuestra majestad de un acontecimiento gra- 
vÍ8Ímo y pedirle un acto de justicia. Llega muy afec- 
tado y sus ojos han vertido lágrimas. 
— Sal y que espere. 

El rey acabó el trabajo con que debía terminar la 
velada y despidió al secretario mandando entrar á 
Sandoval. E^a este señor, tio carnal del favorito y 
entró en la Cámara afligido y descompuesto. 

— ¿Qué sucede? — le preguntó el rey. 

—Señor, ha tenido lugar un hecho inaudito, sor- 
prendente, horrible. 

— Sepamos. 

— Señor, hace poco más de una hora, han arcabu- 
ceado á mi desgraciado hijo Ramiro. 

Y Francisco rompió en llanto amargo que hubo de 
excitar la compasión del monarca. 

— ¡ Arcabuceado I ¿Quién? 

— Dos soldados de vuestra majestad en la calle de 
Nuncio y cuando mi hijo pasaba por allí solo y sin ver 
ni oir á nadie. Le dispararon desde una reja frente á 
la cual cruzaba. 

—Parece eso una novela, Sandoval. 

— Señor, cuanto acabo de tener la honra de referir 
á vuestra majestad es exacto. 

— ¿Has habíalo con tu sobrino Uceda? 

— No señor, esta noche no.quiere recibir á nadie. 

— Pues te va á oir. 

Y el rey llamó, ordenando que en el acto fuesen á 
buscar á su favorito y lo acompañaran hasta su regia 
cámaía. 



76 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Vivía tan cerca el duque que pudo presentarse ante 
Felipe á los pocos minutos de ser llamado. Al ver este 
á su tio palideció se semblante, pero disimuló la mala 
impresión que acababa de recibir, diciendo acto con 
tínuo al rey: 

—Señor, espero las órdenes de vuestra majestad. 

— ¿Sabes lo que ha ocurrido esta noche en la calle 
del Nuncio? 

— Perfectamente, señor. 

—Y cómo se explica, duque, que se asesine en la via 
pública por arcabuceros reales á tu primo hermano. 

— Solo podía ocurrir ese grave atentado siendo 
como es hijo de una equivocación. 

— No te comprendo, duque. 

— Sabe bien vuestra majestad lo mucho que yo esti- 
maba á mi primo Ramiro, comprenderá su elevada in- 
teligencia, que no era conspirador ni podía obedecer su 
muerte á otra cosa que á una fatalidad que no era po- 
sible prever. Señor, debo y deseo dar á vuestra majes- 
tad todas las explicaciones necesarias, indispensables, 
pero son de carácter tan reservado, que sólo vuestra 
majestad puede oirías. 

— Comprendo, pero di á tu tio, algo; lo más que 
puedas 

— El padre de tan desgraciado victima debe estar 
persuadido de que ya que otra cosa sea imposible he 
de satisfacer sus deseos, y los criminales serán sin du- 
da alguna castigados como merecen. No me es posible 
decir máe. ¡Ojalá y puliera devolver la vida que tan 
torpemente han arrancado á su querido hijo! 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Quieres algo más Sandoval? — preguntó el rey, 
— Señor, anhelo saber si están presos los asesinos. 
El monarca miró á Uceda, éste vaciló acabando 
por contestar: 

— Sí, encerrados están 

—¡Justicia! señor, ¡justicia! Eso únicamente deseo, 
—dijo Sandoval rompiendo otra vez en amargo llanto. 

—No es posible negártela; los asesinos pagarán con 
su vida la que han quitado á tu hijo. ¿No es cierto 
duque? 

Volvió á vacilar Uceda, más al fin contestó: 
— Sí, señor. 

Sandoval dió las gracias al rey, y haciendo una 
reverencia salió de la cámara. 

Quedó sólo el monarca con su favorito. El primero 
se sentó, diciendo al segundo: 

—¿Qué equivocación es esa que solo á mi puedes 
decirme? 

— Señor, esos arcabuceros desconocían á mi primo, 
creyeron que era Flaviano de Osorio, y por eso le nan 
muerto 

— ¿Qué ha motivado una equivocación tan funesta? 
— Todavía lo ignoro; creo no obstante que obedece 
á un golpe de habilidad de ese terrible joven... 
— ¿De Oiorio? 
—Sí, señor, de Osorio. 

— Tu cerebro, duque, se halla perturbado en la oca- 
sión presente, ni á Flaviano se le debe matar á tiros, 
ni dando lugar á equivocaciones que se pueden llamar 
insignes torpezas. 



78 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¡Estaba todo tan bien preparado; tan hábilmente 

dispuesto! 

— Refiéreme el hecho desde su origen con todos sus 
detalles; no omitas una sola frase. 

El duque le obedeció, añadiendo el rey al terminar 
aquél largo rato. 

— La intriga era hábil, pero á hombres como á 
Osorio, se les hiere después de reconocidos con arma 
blanca. 

— Señor, es difícil, casi imposible hallar quien se 
comprometa á llevar á cabo esa temeraria y peligrosa, 
empresa. 

— Por qué no buscas bien> duque. 

— Señor, Osorio por si solo es una potencia, y de- 
fendido y apoyado por su inseparable compañero Julio, 
por el duque del Imperio y el príncipe de Italia es in- 
contrastable. Esta noche reunió al pie de los balcones 
de mi casa más de cinco mil personas que escuchaban 
su canto con loco entusiamo. 

—Sí, posee la mejor voz del mundo, la emite con 
arte arrebatador y nada más natural que eso suceda. 

— Atrajo su mágico acento hasta á su majestad la 
reina que fué á escucharle en una litera. 

— Lo estraño no es eso, Uceda, lo raro es que odián- 
dolo yo cuanto es posible odiar, dejase el importante 
trabajo que me ocupaba para oir sus admirables notas 
desde ese balcón. 

— Señor, permitidme arrancar de la nunciatura la 
bella italiana que amáis y olvidémonos de Flaviano. 

— Jamás. Ha contrariado á su mñor; puso los ojos 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



79 



en el cristal donde yo me miraba, me robó el amor de 
la mujer mis bella que existe, y debe morir; si no 
hubiera quien fuera oapaz de hacerlo así mis propias 
manos... Duque, no me sirves si continúas pensando 
de Oiorio de ese modo. 

— Haré lo que vuestra majestad me ordene. 

—Quiero las dos, la bella Alice y la muerte de ese 
mancebo. 

— Os obdeceró, señor. 

— Y pronto. 

— Por mi ahora mismo, si posible fuera. 

— Comprendo que ta misión es grande; pero lo es 
más la confianza que he depositado en tí, y son mayo- 
res las omnímodas facultades que te he concedido. 

— ¿Me permite vuestra majestad que me retire? 

— Es preciso dar una satisfacción á tu tio, ¿has pen- 
sado en eso? 

— Sí señor. 

— ¿Qué vas á hacer? 

—Los dos arcabuceros saldrán mañana para la In- 
dia y nunca regresarán á España. A mi tío le diré que 
para evitar dilaciones han sido ejecutados en su pri- 
sión. 

— No es mala idea realizarla y vete á dormir. 
— El cielo guarde la vida de vuestra majestad. 
— Y la tuya, duque, que bien lo ha menester. 
Por una puerta del real alcázar salía el favorito, y 
poco después por otra una litera en la que iba la du- 
quesa de los Andes. 

Uceda no durmió aquella noche; era ya Qaorio para 



80 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



él un fantasma aterrador que le quitaba la tranquili- 
dad por el día y el sosiego por la noche. 

Flaviano despertó poco después de amanecer vien- 
do sobre la almohada en que apoyaba su cabeza un pa- 
pel escrito que leyó con afán. En él le daban cuenta 
de la escena habida aquella noche entre el rey, Sando- 
val y el favo vito. 

En el mismo instante se tiró de la cama y sin ha- 
cer raido se vistió, saliendo luego del palacio emboza- 
zo en la capa y cubierto con la gorra que fueron de 
Ramiro Sandoval. 

Nadie tuvo conocimiento de esta salida, realizada 
por una puerta secreta, cuya llave poseía el mancebo. 



CAPÍTULO V 



Las contrariedades de un favorito.— Golpe fatal.— Un callejón sin 
salida.— La audacia de la desesperación. 



Hemos dicho que el favorito no pudo dormir aque- 
lla noche, y, en efecto, llegó á su palacio, y después 
de hojear algunos papeles, estuvo escribiendo media 
hora. 

Después hizo llegar á su presencia á un jefe militar 
de su confianza, diciéndole: 

— Os voy á encargar una importante misión, y en- 
tended que me respondéis con vuestra cabeza de su 
exacto cumplimiento. Oid: el alcalde Berdúmez ha 
preso esta noche dos arcabuceros y á un alférez. Los 
dos primeros saldrán ahora mismo para Cádiz, se em- 
barcarán en la galera que parte para Méjico, é irán 
allí para no volver más á España. Les dais cuanto ne- 
cesiten para el viaje. El alférez partirá también esta 
noche con el grado inmediato para incorporarse al 
ejército de Portugal; que le adelanten dos mesadas. 

TOMO I 11 



82 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



Decid al que os pregunte, que los tres han muerto por 
sentencia del tribunal, ¿comprendéis bien? 
— Perfectamente, señor. 

— Aquí tenéis, las órdenes por escrito, salid al mo • 
mentó. 

Dos suspiros lanzó el duque y se retiró á su alcoba 
con deseo de dormir; pero no lo consiguió; la figura 
del duque del Imperio que no podia borrar de su men- 
te le asustaba; la del príncipe de Italia le imponía, y 
las de los dos jóvenes le aterraban. 

Se volvía de un lado para otro, cerraba los ojos, 
mas no le era posible conciliar el sueño. No dejaba de 
ver cual fantasmas imponentes esas cuatro figuras, ni 
de oir la voz de Osorio que vibraba en sus oidos tan 
varonil y funesta como el acento de un destino ad- 
verso. 

De ese modo trascurrió toda la noche. Ya había 
salido el sol cuando se rindió su materia, el espíritu la 
dejó y pudo entregarse á un sueño de dos horas. 

Despierto nuevamente, todos cuantos esfuerzos hizo 
para volver á dormir fueron inútiles. 

Trituraban ya su decaído espíritu el remordimien- 
to, la cobardía y Ja debilidad. Era, en efecto, muy pe- 
queño para luchar con aquellos jigantes en inteligen- 
cia, valor y sabiduría. 

A las diez de la mañana entró en su despacho, en 
el cual le esperaba el alcalde Bermúdez. 

—Me alegro hablaros aquí, alcalde, — le dijo:— ¿qué 
habéis descubierto? 

— Pasé la noche, señor, examinando á los vecinos, 



LOS HÉEOES DEL SIGLO XVH 83 



y cuando lo iba á hacer con los dos arcabuceros y el 
jefe, se los llevaron de orden vuestra, sin darme ex- 
plicación alguna. 

— No os habrá pesado; en lo relativo al aconteci 
miento de anoche nada tenéis que hacer en el caso de 
que seáis tan torpe, que no halléis medio de averiguar 
la causa de la funesta equivocación. 

— Habiendo muerto Sandoval, no veo medio.., 

— B9tá bien, el tiempo aclarará el misterio, si vos 
no lográis abrir el arcano. Comprendereis, señor al- 
calde, que el hecho es gravísimo, el rey sabe cuanto ha 
ocurrido, mi tío Sandoval le ha pedido justicia por la 
muerte de su hijo, D. Felipe necesita una víctima, y la 
verdad es Bermúdez, que os habéis colocado en una si* 
tuación muy mala. 

— ¿Por qué, geñor? Yo no he muerto á nadie, ni he 
hecho nada, y en el caso de resultar cargo será contra 
los matadores, no contra mí que me apresuré á pren- 
derlos. 

— Los arcabuceros y su jefe están ya recibiendo el 
castigo á que se hicieron acreedores; pero el rey quie- 
re más todavía, desea una verdadera víctima, y no veo 
otra que vos. 

— ¡Por mi patrón Santiago, que sería una injusti- 
cia, señor! 

— La frase justicia, alcalde, es muy lata |y se apli- 
ca de tantos modosl En fin, solo hallo un medio, de 
que libréis bien en las críticas circunstancias en que el 
destino os ha colocado. Hasta es posible que os hagáis 
acreedor á una recompensa. 



84 



LOS HÉROES DEL SCGLO XVII 



— Hablad, señor, y si lo que deseáis no es superior á 
mis fuerzas, lo haré con mucho gusto. Creo que para 
obedeceros, carezco de conciencia. 

— Así debe ser; la conciencia solo sienta bien eu la 
forma, en los labios de todo pecador y en los santos 
varones que dirigen la de los demás. Voy á daros el 
medio de que os he hablado antes: don Antonio Gaeta- 
no, arzobispo de Oapua, Nuncio de su santidad en Ma- 
drid, retiene en su casa, contra la voluntad de muchas 
personas, á una jóven y bellísima italiana, llamada 
Alice. Pues bien, arrancádsela al arzobispo por la fuer- 
za, si de otro modo no podéis, y depositadla donde yo 
os mande. 

— ¿He de entrar en el palacio del Nuncio de Su 
Santidad? ¿He de cometer un rapto en tan sagrado 
asilo? 

— ¿Por qué no? Si podéis realizar la idea sin pasar 
los umbrales del que llamáis sagrado recinto, mejor 
para vos y para nosotros. 

— Señor, me pedís casi un imposible. 

— La recompensa casi será regia, alcalde. 

— Lo creo, señor, pero el escándalo... 

— ¿Qué os importa eso, si en vez de atender las re- 
clamaciones del Nuncio, en vez de imponer castigo al 
raptor, lo van á premiar con más de lo que él se 
figura? 

— Está bien, señor, lo intentaré. 
— No, es necesario que lo hagáis, que lo ejecutéis, 
porque de lo contrario... 

— Yo he de llegar donde pueda, señor duque. 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



85 



— Pensad, discurrid con iría calma, estudiad el he- 
cho que vais á realizar, dad el golpe con acierto y la 
victoria será nuestra. Tomad, ahí tenéis las señas de 
la casa, donde depositareis á Alice. La recibirán un 
viejo mayordomo y dos camareras que ya aguardan 
desde esta mañana. 

— ¿Me dais vuestro permiso? 

— Partid, Bermúdez, y abreviad en lo posible. Es 
muy importante y urgente el asunto que concluyo de 
encargaros. 

— Y muy diíícil de realizar. 

En este momento entró un sirviente, alargando á 
su señor una carta que llevaba sobre bandeja de plata. 
Al ver la letra el duque abrió el escrito, demostrando 
impaciencia. No leía, su vista devoraba aquellas li- 
neas, y según se iba enterando iba palideciendo. 

Dos veces leyó la carta, quedando como anonada- 
do, confuso, sin acción. 

Bermúdez notaba con terror el mal efecto que la 
lectura acababa de hacer en el favorito. 

El duque hizo un esfuerzo supremo sobre sí, y apa- 
rentando tranquilidad, exclamó. 

— |Ah! ¡estábaís todavía aquí, alcalde! Me alegro. 
Os voy á pedir un favor. 

— Lo que queráis, señor. 

— No os admiréis, es cosa fácil. Suspended hasta 
nueva orden el asunto que os acabo de encargar. 

—¿El de la nunciatura? 
— Sí, ese. 

— Muy bien, señor. ¿Deseáis algo más de mí? 



86 



LOS HBR03S DEL SIGLO XVII 



— No, que el cielo os guarde. 
— El os inspire y defienda. 

Y Bermúdez salió más que á paso, pues tenia so- 
brada razón al suponer que aquella aparente calma del 
duque era precursora de una gran tormenta. 

Al quedar solo Uceda, se cubrió el rostro con las 
manos murmurando: 

— ¡Esos hombres adivinan; todo lo preven, no dejan 
cabo alguno suelto, maldición! Y cogiendo de nuevo 
la carta leyó por tercera vez lo siguiente: 

«Señor: En las primeras horas de esta mañana sor- 
prendieron mi casa cinco hombres, penetraron en ella 
y después de sujetar á mis criados, dejándolos inútiles 
para gritar, se llevaron la niña que dormía con su ca- 
marera. Yo conocí este hecho inaudito una hora des- 
pués de haberse cometido el rapto. Se han hecho varias 
preguntas, pero efecto de lo temprano que era, nadie 
ha visto nada. 

Los raptores no desplegaron sus labios, iban en- 
mascarados y parecían nobles, creo que se trata de una 
venganza, no contra mí que á nadie hice daño, sino 
contra vos. 

Si sois tan poderoso como cuentan, tan buen pa- 
dre como decís, demostrádselo á esta infeliz madre, 
devolviéndola la hija que acaban de robarle. — Leo- 
nor.» 

— ¡Una venganza, sil ¿Pero quiénes pueden ser? 
Un lacayo vino á contestar á la pregunta acercán- 
dole otra carta en una bandeja. 

El duque le despidió fijándose en el sobre. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



87 



— No conozco esta letra, — dijo, y abrió el escrito le- 
yendo lo siguiente: 

— «Señor duque: Vuestra hija está en poder de perso- 
nas que cuidarán de ella con solícito afán. La conser- 
van en rehenes y nada acontecerá á esa niña mientras 
Alice permanezca en la nunciatura ó salga de ésta por 
su propia voluntad; pero si algo se intentara contrario 
á lo expuesto, contra la protegida del Nuncio de Su 
Santidad, dejareis de ver esa niña para siempre.— Un 
italiano.» 

La carta venía escrita con letra gallarda, en rico 
papel y en el idioma del que la escribía, es decir, en 
italiano. 

—Me lo habia figurado, — exclamó el duque con do- 
lor, — es una lucha titánica, una pelea imposible; mis 
enemigos, si les doy un golpe de mano, serán capaces 
de atravesar mi corazón en mi propio lecho. 
Después meditó, añadiendo: 

— Estas intrigas tan hábiles, este secuestro tan au- 
daz y bien dirigido, sólo puede ser producto de los 
Osorio, ó de los Silva; de esos poderosos en riquezas, 
en talento, en valor y en habilidad, Yo qüe tan fuerte 
me juzgo ante los demás, soy un pgmeo írente á esos 
colosos. ¿Pero qué hacer? ¿Cómo contrariar la voluntad 
del monarca sin perder la privanza? ¡Horrible conflicto; 
y aun habrá insensatos que me envidien! Si yo pudiera 
combatir el funesto amor que se apoderó del corazón 
del monarca. ¡Es tan bella Alice y tan débil él! Pero 
debo intentarlo porque la verdad es que si continúo co- 
mo hasta aquí seré vencido y hasta dejaré de existir. 



88 



LOS HÉROES DEL SIGLO XHM 



Y quedó meditando largo rato hasta adoptar una idea 
que se propuso¡realizar con la energía de que era capaz. 

Pidió su carroza, y media hora después partía en 
dirección del palacio del duque del Imperio. Se hizo 
anunciar y el duque le recibió en su cámara de escribir 
sin demostrar impresión alguna agradable ni contraria. 

— Siéntate, Sandoval, — le dijo, — y perdona el que te 
haya recibido trabajando. Supongo que vendrás á tra- 
tar conmigo algún asunto y por esta causa no te he 
recibido con etiqueta alguna. 

— Tienes razón, Osorio, me trae aquí un asunto de 
mucho interés para mí, y me es igual el sitio elegido 
para tratar de él. 

— Pues di lo que quieras, que ya te escucho. 

— Somos parientes, nos igualamos en jerarquía so- 
cial, y todo cuanto nos rodea me aconseja que sea con- 
tigo franco, explícito, terminante. 

—Muy bien, habla. 

— Osorio, su majestad el rey ha tenido la debilidad 
de enamorarse ciegamente de la bella Alice. Esto es 
común en casi todos los monarcas, y no debe extra- 
ñarte el hecho ni el que yo te recuerde una cosa que 
ya sabes. 

—Continúa, Sandoval. 

— Mi posición se ha hecho dificilísima, y puesto que 
tanto talento tienes, y tan bueno fuiste siempre con tus 
allegados, te suplico me aconsejes qué debe hacer en el 
funesto trance en que el destino me ha colocado. 

— Debiste empezar, Sandoval, por pedirme ese con- 
sejo antes de escribir la carta que recibió mi hijo, fir- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



89 



mada por Alice, y antes de mandarle arcabucear en la 
calle del Nudcio. 

— No quiero defenderme de nada, no he venido á de- 
batir contigo; deseo que corramos un velo sobre el pa- 
sado y me des un consejo, si á bien lo tienes. 

— Sandoval, yo nunca cometí crimen alguno; maté 
á muchos hombres, porque mi oficio era guerrear, y el 
instinto de conservación me obligó á salvar mi vida á 
costa de la de otros, pero te juro que siempre rechacó 
el delito y huí del crimen. Tú no estás en ese caso, 
Uceda; tú sigues distinto camino del que yo anduve en 
el mundo, y no es posible que te avengas á tomar con- 
sejo alguno mío. 

— Osorio, só lo que vales, conozco perfectamente tu 
honrosa y brillante historia, no ignoro tu rectitud, y 
seguramente por eso te he pedido un consejo. 

— En ese caso voy á dártele. Combate con talento y 
habilidad esa funesta pasión del rey; no porque sea 
monarca tiene derecho á convertirse en criminal; np es 
dueño de otra honra que la suya, y es menguado abu 
sar del poder y de las grandes pasiones para ofrecer 
impunidad á los delitos. 

— 4 Y si no logro arrancar de su espíritu ese terrible 
amor que lo devora? 

— Después de poner todos los medios, si no lograses 
lo que tú deseas y lo que á él conviene, abdica tu 
privanza, y no vuelvas á pisar la corte. ¿Qué falta te 
hace á tí, rico y poderoso» un favoritismo que te hu- 
milla, empequeñece y amengua mucho más qne puede 
darte en poder y en satisfacción de si propio? Compara 

TOMO I 12 



90 



LOS HEROES DEL SIGLO XYII 



tu existencia con la mía, lo que ven en mí las gentes y 
lo que miran en tí, mi tranquilidad y tu vida agitada y 
llena de sinsabores. Si ésto hicieras me daría- la razón. 

— Me agrada la primer idea; la de arrancar del co- 
razón del monarca una pasión que sólo mancilla y de- 
lito puede producir. Pero dime la manera de hacerlo, 
los medios que he de poner en juego para lograrlo. 

— La persuasión, no hay otro. 

—¿Quieres ayudarme, querrá el príncipe de Italia?... 

— No continúes, Sandoval, ni mi hermano Julio ni 
yo, queremos pimr la corte, y menos ser consejeros 
de un rey tan débil. 

— ¡Ah, Osorio, no me hallo con fuerzas para empre- 
sa tan difícil! 

— Inténtale y en último caso te encierras en tu pa - 
lacio ó recorres tus Estados, ¿qué te puede faltar en el 
mundo? 

—Osorio, no es eso; peligra la honra de Alice; se halla 
sitiada la vida de tu hijo, y yo he venido principalmen- 
te á que me prestes tu poderosa ayuda, para salvar 
ambas cosas, porque debes estar tan interesado, 6 más 
que yo, en que no ocurra ninguna de las dos desgracias. 

—Ni yo soy favorito, ni puedo hacer otra cosa que 
defender la justicia y la razón; mas no con intrigas ni 
entre sombras palaciegas. 

—Puede ocasionarte una desgracia esa tenacidad, 
Osorio. 

— No lo dudo, Sandoval, y si llega, la recibiré con 
esa abnegación y paciencia de que tan heróicas prue- 
bas nos da ejemplo mi hermano Julio. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



91 



— Unidos los dos, y trabajando de común acuerdo, 
todo podría conseguirse. 

-No cabe esa unidad entre un cortesano y el duque 
del Imperio; ni tú podrías hacer lo que yo te mandase 
ni yo obedecerte en nada. Posible es que el rey te haya 
mandado atropellar la Nunciatura , y arrancar de ella 
á la casta virgen que proteje mi primogénito sin mira 
alguna bastarda, pues es la hija del valiente maestre de 
campo, que siendo italiano, vertió su saDgre por el 
monarca español, y salvó mi vida después de recibir 
dos heridas que pusieron en peligro su existencia. Todo 
eso y más seréis capaces de hacer, no lo dudo, pero no 
lo habéis de llevar á cabo sin dificultades, sin mucha 
exposición, y menos impunemente, os lo juro, que todos 
mis parientes y amigos os conocen, sabe lo que ocurre, 
y ¡ay de vosotros, el día que consumáis alguno de esos 
dos crímenes! 

— No es eso, Flaviano, yo no he venido aquí con 
amenazas, ni con deseo de que se cometa delito alguno, 
quiero lo contrario, te he pedido y ruego, que me ayu- 
des á evitar toda desgracia á Alice y á tu hijo. ¿Por 
qué no parte éste con su protegida el tiempo indispon • 
sable p^ra que el rey pueda olvidarse de ella, y ahogar 
Ja pasión que arde en su pecho? 

—Porque ella no ha vendido su honra á nadie, ni 
mi hijo una vida que solo debe á Dios. 

— Los grandes males necesitan remedios heróicos, y 
no hay regla que no tenga excepción. Hazlo, Flaviano, 
yo te lo suplico. Yo mismo facilitaré la marcha de 
ambos. 



92 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVIf 



— Imposible. 

— Que parta al menos ella sola. 

— No tiene más protector en el mundo que mi hijo. 

— ¿No discurres algún otro medio? 

— No lo hay. Que obren el rey y cuantos le aconse- 
jan con la rectitud que Alije, mi hijo y yo, y no es 
posible que lamentemos desgracia alguna. 

— |Te he rogado, llegué hasta la súplica y me dejas 
partir sin atenderme! 

El duque expresó estas frases con dolor y ponién- 
dose en pie. Flaviano le contestó: 

— Me has pedido un consejo y te lo he dado, exce- 
lente, decisivo. 

— Bien comprendes que no es bastante; y que de 
realizar tu idea, sólo conseguiríamos que ocupara mi 
puesto en la Corte un hombre que pudiera sernos fu 
nesto á todos. 

— Pero tú habrías logrado una dicha que desconoces. 

— Algo intentaré con sujeción á tus ideas, y si nada 
consigo, que se cumpla la voluntad de Dios. 

— Uceda, ten en cuenta al obrar, que mi hijo es hoy 
el hombre más terrible de España. Adiós. 

Ambos se estrecharon las manos, yendo acompaña 
do Uceda de Osorio hasta la escalera del palacio. Des- 
pués se volvió el último, y tornando á sentarse en el 
sillón, exclamó: 

— ¡No harás nada, no, pobre Uceda, eres tan débil 
como tu señor, y con tais con tan poco talento!... No 
se puede transigir con él; mi hijo tiene razón, cuando 
la cosa es justa, no debe dejarse de hacer por nadie ni 



LOS HÉROES DEL BIGLO XVII 



93 



por nada. ¿Pero qué segundo golpe le habrá dado Fia - 
viano, para que haya venido aquí tan humilde y pesa- 
roso? No lo sé, más debe haber sido bueno, contunden- 
te, como suyo. Tiene más talento que yo; más acaso 
que Silva. 

Y mandó llamar á Julio, toda vez que su hijo des- 
apareció del palacio antes de anochecer, y no habían 
vuelto á saber de él. 

Uceda se valió de todos los medios que su inteli- 
gencia le sugirió, para arrancar del corazón del rey la 
pasión que á éste le devoraba. Alice era para él su di- 
cha, su ventura y hasta su honra, toda vez que veía en 
el triunfo de Flaviano una humillación vergonzosa. En 
este asunto, estaba interesado su corazón, su vanidad, 
su amor propio, y no había sacrificio en el mundo que 
él no fuera capaz de hacer, por conseguir el logro de 
sus deseos. Ni miraba las consecuencias, ni daba oídos 
á otra cosa, que á los gritos de la pasión que lo ator- 
mentaba. 

Tres días empleó el duque de Uceda en aconsejarle 
bien, en espantar el amor que lo abrasaba, y hasta en 
describirle con estudiadas y sentidas frases, el daño 
que podía resultarle con la deshonra de Alice y la 
muerte de Flaviano; más todo fué inútil, lejos de ceder 
Felipe, hubo de llegar hasta la cólera, amenazando á 
Uceda con arrojarlo del alcázar y llamar acto continuo 
al jóven conde-duque de Olivares, que ya tenía nom- 
bre en la Corte de audaz, de ambicioso y de hábil pa- 
laciego. 

La vida del duque era una tortura continuada; «a- 



94 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



lía de palacio después de hallar en él grandes sufri- 
mientos, y lo recibía su manceba afligida, y pregun- 
tándole á cada instante: 

— ¿Y mi hija, duque? ¿Por qué no parece mi hija? 
¿Por qué permitís que esta infeliz madre, que un día 
se sacrificó por vos, siga anegada en llanto amargo? 

Preciso era que la ambición del duque llegase á 
una exageración incomprensible, p\ra soportar una vi- 
da llena de abrojos y de penalidades. 

Al tercer día por la noche, se encerró en su pala- 
cio, y entregado á la más completa desesperación, de- 
cidió la muerte de Osorio y el rapto, á mano armada, 
de la hermosa Alice. Al discurrir de esta manera, se 
olvidó de que era padre, toda vez que no trajo á su 
memoria la niña que tenían en rehenes sus enemigos y 
la triste suerte que podía correr al atentar sus esbirros 
contra Alice. 

Más tarde, llegó á su memoria la suerte de su hija, 
y se contrajo á exclamar: 

— ¡No me han robado á mí esa inocente niña! pues 
lo mismo haré yo con ellos. ¿Pero y si matan á mi hi- 
ja? ¡Maldición sobre ellos y sobre la funesta pasión de 
ese desdichado rey! Ya no puedo retroceder; empezaré 
por Osorio. y luego arrancarán la italiana del palacio 
del Nunuio. Esto hade ser, y que ocurra lo que quiera. 

En este momento, le anunciaron la presencia de 
Bermúdez en el palacio, y le hizo entrar, dicién- 
dole: 

— Llegáis á tiempo, alcalde, pero empezaremoe por 
vos. ¿Qué noticias me traéis? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



95 



— Una sola, señor duque, pero la creo importante. 
—Hablad. 

— Puso enjuego, según orden vuestra, toda la gen* 
te que me obedece en Madrid, que, gracias á la orden 
vuestra, es sencillamente la policía toda de la corte; 
pasan de doscientos hombres. 

— ¿Era esa la noticia que me ibais á dar? 

— Perdonad, señor duque; he debido empezar por eso 
y añado: pase en juego á cuantos me obedecen, y tanto 
han preguntado, que lograron averiguar lo que vais á 
©ir: salieron de la casa de doña Leonor en las primeras 
horas de la mañana de hace cuatro días cinco hombres, 
tirando cada uno por su lado, pero llevando uno de 
ellos un bulto, que debía ser sin duda alguna, la niña 
robada. Al abandonar la casa, iban bin careta, y la 
dueña que los vió asegura, que son jóvenes y bien pa- 
recidos. Resumiendo, para no molestaros, os diré, que 
deben ser los cinco hijos que dejó Ros, criado que fué 
del duque del Imperio, después mayordomo y última- 
mente le dieron un título de nobleza, y al morir vivía 
del producto de las rentas que añadieron los Invenci- 
bles al citado título. Los cinco son valientes, audaces y 
algo calaveras; llevan consumido más de la mitad del 
patrimonio que los dejó su padre. Estos son, al pare- 
cer, los raptores de la hija de doña Leonor. 

— Es verosímil, alcalde, pero sólo tenemos una pre- 
sunción. 

-—Está bastante fundada, señor. 

—¿Qué pensáis hacer? 

— Rodear la casa osta noche, entrar de improviso 



9í> 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



cuando se hallen cenando, y empezar por rescatar la 
niña, si allí la tienen. En caso contrario, prender á los 
cinco, y hasta les mandaré dar tormento, para que de- 
claren el paradero de esa inocente criatura. 

— Bien dispuesto; respetad á la madre y á las demás 
personas que pudiera haber en la casa. 

— Lo haré. 

— Esa familia debe estar protegida por el duque del 
Imperio, y no os conviene extralimitaros. Denunciando 
el hecho y recayendo sospechas de que pueden ser los 
autores los cinco hijos de Ros, puede hasta emplearse 
el tormento para hacerles declarar; pero á ellos solos, 
toda vez que el delito sólo cinco lo cometieron. 

— Muy bien. 

—Alcalde, os tengo reservada una plaza en el Con- 
sejo Supremo. 

—-¡A mí, señor! ¡Eso es imposible! 

— Facilísimo, puesto que lo queremos su majestad 

y yo. 

— iQué felicidad, señor, qué dicha! 
— No es eso sólo, pienso entregaros á la vez cuatro 
mil ducados en oro. 

— Empiezo á comprender, señor, y creo adivinar 

que de )0 antes ganar todo eso 
—Lo habéis acertado. 

— Tanto ma ofrecéis, que juzgo muy difícil conse- 
guirlo. 

— Por una plaza en el Consejo Supremo y cuatro 
mil ducados en oro, bien puede un alcalde del Rastro 
exponer su vida, Bermúdez. 



LOA HÉROES DEL 8IGLO XVII 97 



— Es verdad, señor duque. Ah©ra comprendo por 
qué me llamásteis para poner á mi disposición toda la 
policía de Madrid y la calma que ha seguido á ese acto. 
Debe ser grave, y habrá necesitado de toda vuestra 
meditación. 

— Estáis inspirado esta noche. 

— Ya anhelo saber dónde se halla la puerta del al- 
cázar de la felicidad, por la cual deseo entrar. 

— En pocas frases es lo voy á explicar. Empezáis 
por descubrir el paradero de la niña, ó por averiguarlo 
en la forma que hsmos convenido, y sin pérdida de 
tiempo, haced porque pase do este mundo al otro Fla- 
viano de Osorio. 

— ¡El hijo del duque del Imperio! 

—Si, ese. é 

— ¡Coa qué sangre fría lo decís! 

— Imitadla vos, para que lo maleis mejor. 

—¿Cómo he de hacer eso, señor duque? 

— Eso es cuenta vuestra; la misión mía se concreta 
á mandar extender vuestro nombramiento de consejero 
y á entregaros cuatro mil ducados en oro. 

— ¡Ya me figuró yo que me ibais á encargar un 
asunto poco menos que imposible! 

— Era natural, tenéis tanto talento y adivinásteis 
qua sólo lo casi imposible se puede pagar de un modo 
tan explóndido. Vais á empezar vuestra elevadísima 
carrera, p°>r lo que los grandes hombres acaban. 

— Inspiradme señor; unas cuantas indicaciones vues- 
tras polian facilitar mucho el desenlace de ese trágico 
drama. 

TOMO I 13 



98 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



— No; quiero debéroslo todo; su majestad y yo de- 
seamos saber si tenéis 6 no aptitudes para ocupar el 
puesto que os he ofrecido. 

— ¿Es decir, que en cuanto muera 03orio?... 
— En cuanto muera Flaviano os resta una sola que 
hacer, fácil á mi juicio; porque sin la protección de 
Flaviano, la bella Alice caerá en vuestro poder sin 
grandes esfuerzos. 

— Resumiendo, he de hacer lo posible por rescatar la 
niña á su madre; ha de morir Oiorio y he de arrancar 
de la Nunciatura á la hermosa italiana. ¿Es ese todo? 
—Nada más que eso. 
— Me asombra el nada más, ssñor. 
— Si vos no os atrevéis... 
• — Comprendo que tendréis otro. 
— No es eso solo, tengo además una isla en Filipi- 
nas, donde iréis á acabar vuestros dias si os matan 
por el camino. 

—¿Qué hice yo» señor, para merecer?... 
—Lo más grave del mundo: Oísteis un secreto, Ber- 
múdez, que el que lo posee se halla encerrado en el si- 
guiente dilema: «O cumple su misión y recibe la más 
grande recompensa, ó muere.» 

— Muy bien, señor duque, opto por lo primero. 
—¿Cuándo vais á dar principio? 
— En cuanto me separe de vos. 
— La brevedad, la mucha brevedad os puede facili- 
tar la consumación de los hecho3 y mi gratitud. 

—Solo espero que¡me deis vuestro permiso para em- 
pezar á comunicar órdenes. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



09 



—Lo tenéis, partid y do olvidéis que ana cuchilla 
cortante se alza ya sobre vuestra garganta, Bermúdez. 

— No so pueden olvidar esas cosas, ssñor. 
Ambos se despidieron quedando el duque solo. 

— Es jóven, muy ambicioso, osado, y no le falta ca- 
pacidad; Barmúdez es el único hombre que puede rea- 
lizar mi pensamiento. |Mi pensamiento 1 No, el de un 
loco que se echó en brazos de la pasión más insensata. 
¿Qaó resultará de las órdenes que acabo de dar? Lo 
ignoro, pero no puedo prescindir, más me he violenta- 
do yo al darlas, que eso alcalde al recibirlas. 

Y quedó arrellanado en el sillón con la frente con- 
traída y la mirada vaga y sombría. 

Este favorito fué uno de I03 más pequeños de cuan- 
tos nos enseña la historia. 



CAPITULO VI 



La policía del siglo XVII.— Sorpresa y prisión.— Una insigne tor- 
peza del favorito y del alcalde.— Flaviano de Osorio digno su- 
cesor del duque del Imperio.— La libertad.— Conatos de un cri- 
men.— La pelea.— Catástrofe. 



Serian las nueve de la noche del dia en que el du- 
que de Uceda dió las terribles órdenes al alcalde del 
Rastro, cuando fueron poco á poco rodeando varios 
embozados la casa en que habitaban la viuda de Ros, 
sus cinco hijos y una criada» 

Después que tuvieron tomadas todas las salidas y 
no era posible que escapara ninguno de los habitantes 
de aquella morada, mandó abrir la puerta en nombre 
del rey el alcalde Bermúdez. 

No tardó la criada de la casa en franquearles la 
entrada. Diez hombres penetraron con el alcalde á la 
cabeza, cuatro quedaron en el zaguán y seis en la calle 
vigilando la casa. 

Los once, guiados por la sirvienta, entraron en el 



LO 8 HÉROES DEL SIGLO XVII 



101 



comedor, donde cenaban tranquilamente María, viuda 
de Ros, sus cinco hijos y un desconocido que dijo la 
primera ser pariente lejano suyo y haber llegado aquel 
dia de Castilla la Vieja. Era el aludido, joven, pero 
más moreno que los hijos de Ros, estaba peor vestido 
y se quedó mirando á los recien llegados con la sor- 
presa que pudiera demostrar un provinciano. 

—Mientras nosotros registramos la casa, concluid 
de cenar, — dijo Bermúdez,— para que luego podáis 
contestar tranquilamente al interrogatorio que os voy 
á hacer. 

La presencia del mismo alcalde hacía inútil la ora 
den de nadie y por esta causa ninguno de los siete que 
cenaban se opuso al allanamiento y acto que iba á 
practicar Bermúdez. 

De los once, dos quedaron en el comedor y los 
nueve reatantes se extendieron por la casa reconocien- 
do todas las habitaciones, armarios y cuantos huecos 
había en el piso bajo y principal de aquella vivienda 
únicos que tenía. 

Convencidos hasta la saciedad do que no existía en 
aquella morada más seres que los siete hallados en el 
comedor y la criada, se incorporaron los once, y vien- 
do que la cena había terminado, dijo el alcalde: 

— Es preciso que me sigáis los cinco hermanos. 

— ¿D faide lleváis á mis hijos?— preguntó la madre. 

—Por el pronto á una prisión, luego donde acuer- 
de el juez. 

— ¿De qué delito se les acusa? 

— Todavía no hay acusación, señora; hay sólo vehe- 



102 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



mentes sospechas, y si éstas logran desvanecerlas vues- 
tros hijos nada les ocurrirá. 

— Dejad á la justicia que cumpla su misión, tia,— 
dijo el que parecía provinciano. — Y vosotros primo» 
míos, puesto que ningún delito habéis cometido, id 
tranquilos, que el duque del Imperio, nuestro señor, 
obligará al mundo entero á que os haga justicia. 

Los estrechó con modales bastante bastos; ellos 
abrazaron á su madre y partieron yendo en medio de 
los alguaciles. 

Cuando ya estaban en la escalera se acercó el su- 
puesto sotrino al oído de su tia, diciéndola: 

— Nada temas, María, que yo los salvaré pronto. 
Cuidado con que se os escape una frase inconve- 
niente... 

— No será; pero hijo mío... 

— Nada me recomiendes, adiós. Volveré á la media 
noche ó después. 

Y salió también, siguiendo al alcalde y comitiva á 
respetable distancia. 

El favorito, dando la orden de que sólo prendiesen 
á los cinco hermanos; y el alcalde, concretándose á obe- 
decerla, había cometido una insigne torpeza. Se lle- 
garon á los cinco, dejando tranquila y sosegadamente 
al que podia dar fin de todos ellos; á Flaviano de O30- 
rio disfrazado de provinciano, con su epidermis teñida, 
dos berrugas en los carrillos que descomponían su be- 
llo rostro y un grosero tabardo [que dejaba ver unos 
zapatos, calzas y gregüescos de un mísero castellano 
viejo. Verdad es que el hijo había empezado á disfra- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 103 



zarse mejor que el padre lo había hecho en sus buenos 
tiempos y no lo hubiera podido reconocer ni aun el 
misino autor de sus días. Artista consumado, hasta 
desfiguraba sa voz; dándole un sonido grueso que en 
nada se parecía al timbre delicioso que tenia la natural. 

Con las manos metidas en los bolsillos de su ta- 
bardo, eí cual ocultaba una hermosa hoja de Toledo y 
dos pistolas que ocultaban cuatro cañones entre ambas, 
' seguía nuestro joven á la comitiva hasta que ésta se 
detuvo á la entrada de una casa cuartel situada en la 
calle del Factor. En ella estaba alojado un tercio de los 
que eervían la guardia en palacio y mezclados por con- 
siguiente flamencos y españoles. 

El alcalde penetró en el edificio con los presos y 
toda su escolta. Flaviano entró preguntando por un 
flamenco conocido suyo, que no estaba allí ni supieron 
darle razón de él, pero que le permitió comunicarse con 
varios soldados y ver y oir más de lo que á Bermúdez 
le convenía sin ser visto ni oido por éste. 

Salieron el alcalde y sus corchetes dejando ence- 
rrados en el lóbrego calabozo á los cinco herma- 
nos Ros. 

D laviano tardó todavía más de un cuarto de hora en 
abandonar el cuartel. Se habia hecho simpático á cuan- 
tos soldados se comunicaron con él, y hasta hicieron 
una apuesta que debia perder Flaviano al siguiente dia 
y en el caso de resultar así, ofreció pagarla en la hos- 
tería próxima, á las dos de la tarde que ya sus compa- 
ñeros de apuesta estaban libres de servicio. 

Salió da allí, desapareciendo por las calles de Ma- 



104 LOS HÉROES DEL BIGLO XVII 



drid á buen paso y sin que le ocurriese nada en el 
trascurso de aquella noche. 

Durmió algunas hora en casa de la viuda de Ros, 
dió á ésta instrucciones y seguridades, y al amanecer 
salió de allí para dar principio á una vida activa como 
no la tuvo nunca. 

Hizo varias visitas unas veces con su traje natural 
y otras disfrazado y cubierto su rostro con un barniz 
que lo desfiguraba por completo, habló con muchas 
personas, dejando por fin terminado el vasto plan com- 
binado aquel dia y cuya realización era inmediata. 

Con su traje grosero como el de la noche anterior, 
estuvo después de las dos de la tarde en la casa cuartel; 
había perdido la apuesta y la pagó en una hostería 
próxima. 

Sapo por los soldados, sus compañeros en esos mo- 
mentos, que el alcalde Bermúdez había estado dos ve- 
ces interrogando á los presos y no habiendo averi- 
guado lo que quería, pensaba mandarles dar tormento 
á la mañana siguiente para ver si de este modo lograba 
declaraban lo que él necesitaba ¿aber. 

Flaviano tenía necesidad absoluta de evitar aquel 
tormento y para el logro de sus aspiraciones, no tenía 
otro remedio que el de dejar en libertad á los prisione- 
ros. Fijo en esta idea, y discurriendo mejor que nunca, 
trabajó con celo incansable hasta las nueve de la noche 
que, vestido como pudiera estarlo un curial, entró en 
ana modesta casa donde le esperaba un conocido suyo 
y varios dependientes de su palacio. 

Era el primero un hombre que representaba la mis- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



105 



ma edad que Barmúdez, tenia su estafara y podia muy 
bien confundirse con él, entre la opaca luz con que se 
alumbraban entonces los madrileños. 

Los otros eran cuatro, ó iban cubiertos con trajes 
de alguaciles. De esa manera se había prasentado en 
la casa-cuartel durante el día, el alcalde Bermúdez; es 
decir, acompañado de r.n escribano y cuatro cor- 
chetes. 

Con su profundo talento, Osorio los eDsayó, y 
cuando estuvo satisfecho de la verosimilitud de aquellos 
falsos curiales, se dispuso á salir con ellos. 

Serian las diez cuando los seis entraron en la casa- 
cuartel. El supuesto alcalde, presentaba el rostro algo 
demudado, pero Flaviano iba junto 6 él, sereno, frío y 
demostrando la verdadera actitud que convenía al pa- 
pel que representaba. 

De orden del señor alcalde mandó llamar al llave- 
ro, disponiendo que abriese la prisión de los cinco de- 
tenidos la noche antes. 

La orden fué imperativa; rápida, ó impuso al llave- 
ro, hasta el extremo de obedecerla en el acto. 

— Retiraos á vuestra habitación, — le dijo O3orio, 
sin perder su actitud imperativa, — ya os avisaremos al 
terminar este último interrogatorio. 

Y los seis entraron en la prisión, en tanto que el 
carcelero obedecia, y lentamente se dirigió á sus habi- 
taciones, equivocando á los recien venidos con los que 
estuvieron durante el dia. 

No habia más luz que la de la linterna que llevó el 
llavero, la cual le arrancó Oiorio de la mano, dirigién- 

TOMO I 14 



106 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



dola al suelo para que no pudiera fijarse en ninguno 
de I03 que le acompañaban. 

Y dentro del calabozo los seis, habló nuestro va- 
liente joven con las cinco hermanos; mandando luego 
á les supuestos alguaciles que les quitaran las esposas 
que sujetaban sus muñecas. 

Supo por ellos que llevaban veinticuatro horas sin 
tomar alimento alguno, y que ya empezaban á ser vic- 
timas de la debilidad. 

Con calma, sin precipitación ni aturdimiento, dió 
algunas órdenes en voz baja nuestro entendido mance- 
bo, y á la media hora de haber entrado en la prisión sa- 
lieron los once. Los diez se dirigieron á la calle demos- 
trando el alcalde al pasar por junto á la guardia la arro- 
gancia que Oiorio le había mandado. Iba delante, y 
entre los cuatro alguaciles salieron los cinco expri- 
sioneros. 

Con su natural sangre fría y calma, cerró Osorio 
la puerta del calabozo, cuya llave dejó puesta el carce- 
lero, y llevándola en ana mano y la lintarna en la otra, 
se dirigió pausadamente á la habitación de aquél, di- 
ctándola: 

—Por fin han declarado; son unos pobres mucha- 
chos sin verdadera malicia. 

— El miedo á que les dieran tormento. 

— Mucho habrá contribuido. Tomad la llave y la 
linterna. 

— ¿Vos, no sois el escribano que vino esta mañana 
con el señor alcalde? 

—No, su compañero, despachamos dos con su señoría. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



107 



— ¿Quedan encerrados? 

— S3 los llevaron el señor alcalde y los alguaciles, 
pero ignoro si los dejará en libertad ó quedarán presos 
en el corregimiento. Biena noche. 

—Vaya con Dios el señor escribano. 
No podía abrigar la menor duda el carcelero de que 
Flaviaao no fuese un consumado curial; su traje, su 
actitud, su serenidad; su aplomo y hasta el imperio 
con que hablaba cuando se dirigía á un mísero llavero 
eran propios del papel que representaba. Ni el mismo 
Bermúdez hubiera sabido distinguir á nuestro jóven de 
los curiales que le servían. 

Con la calma que había entrado en la casa- cuartel, 
salió de ella: anduvo por la calle del Factor un minuto, 
incorporándose al doblar la esquina con el apiñado gru- 
po de los diez que allí le esperaban. 

—¿Habéis entregado las espadas? —preguntó Flavía- 
no á los supuestos curiales. 

—Sí, señor, — le contestaron, 

— Tomad ese bolsillo, delicioso alcalde, embozaos 
bien y dormid tranquilo que nada debe oaurriros por 
lo que acabáis de hacer. 

El falso alcalde que no era un héroe ni mucho me- 
nos, desapareció de allí como un relámpago. 
03orio añadió, dirigiéndose á los aguaciles: 

— Cada uno por su lado partid á la casa donde 03 
disfrazásteis erta nooha, regresando al palacio, que por 
hoy no neceeilo de vosotros. 

Luego dijo á los hermanos Ros: 

— Embozaos bien, y seguidme. 



108 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



Por calles excusadas marcharon los seis hasta en- 
trar en la hostería situada en una casa que habia en 
la calle Mayor esquina á la plaza del mismo nombre. 
Era necesario subir tres escalones para entrar en el es- 
tablecimiento y en el hueco que estos formaban, se de- 
tuvo Chorio diciendo á los Ros. 

— Entráis, probablemente no habrá nadie á estas ho- 
ra, en caso contrario serán parejas que ocuparán cuar- 
tos interiores. Tomad la primera mesa de la izquierda 
y que os sirvan inmediata mente una buena cena. Aun 
tenemos que hacer mucho esta noohe y es preciso que 
repongáis las fuerzas perdidas. Yo quedo en este hue- 
co para impedir, en mi calidad de curial, que nadie os 
moleste. 

—Señor... 

— Silencio y obedeced. 

Los cinco hermanos entraron, no viendo parroquia- 
no alguno en el primer saloncito. 

Sin aturdimieato se sentaron, pidieron la cena y 
dieron principio á la consumación del acto que su ma- 
teria les pedía y Ü3orio les habia ordenado. 

Nuestro jóven quedó como hemos dicho en el hue- 
co de la entrada, apoyando el hombro en un ángulo, 
fija su vista en la calle que corría á la derecha; y en la 
plaza Mayor que tenía á la Izquierda. En estos mo 
mentos mu muraba para sí: 

— Mal rato me dieron anoche y durante todo el día 
de hoy; pero no descansaremos hasta despuó3 do ha- 
bernos desquitado, dando al favorito, al jefe de esos mi- 
serables una lección A lo Cteorio 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



109 



Eran las once y cuarto de la noche, que como las 
anteriores, se presentaba oscura y algo fría. 

Diez minutos más tarde oyó Plaviano el ruido de 
pisadas cautelosas que se dirigían hacia donde él 
estaba. 

Poco después nó papar por delante de él una ron- 
da compuesta de doce hombres, á cuyo frente iba Ber- 
múdez, el cual le fué fácil reconocpr á la luz de la úni- 
ca linterna que llevaban. 

Toda la atención de nuestro jó ven se concretó ai 
grupo de seres humanos que cruzaban por delante 
de él. 

— ¡Oh, esto es algol — dijo, — ese malvado intenta 
algo nuevo y he de averiguar lo que es. 

En el acto entró en la hostería diciendo á los cinco 
hermanos: 

— No os mováis de este sitio ocurra lo que quiera; 
si os atacasen os defendéis; pero á ser posible perma- 
neced cenando hasta que vuelva. 

Y desapareció de allí como una centella. 
Pronto su vista distinguió á Bermúdez y comitiva. 
Estos contiauaron avanzando hasta situarse en un por- 
tal abierto, que había en la acera de enfrente del pa- 
lacio del duque de Pastrana y como á doscientas varas 
de éste. 

Osorio sa situó en el hueco del portal contiguo, ob- 
servando desde allí lo que hacían ó pudieran hacer los 
que componían la ronda. 

—Empiezo á comprender, — murmuró nuestro jóven, 
—aguardan la salida de mi hermano Jalio al cual sue- 



110 



LOS HÉROES DEL BIGLO XVII 



lo acompañar ó intentan asesinarme. O me han equi- 
vocado con él y esperan que me retire para matarme. 
Está bien, si no me he engañado me veréis esta noche, 
pero no en la forma que suponéis, miserables esbirros. 

. Y continuó pecado á la puerta y sacandb solo una 
parte del perfil d9 su ro3tro para ver lo que pasaba en 
el portal contiguo. 

Trascurrieron ocho minutos durante los cuales fué 
víctima Ü3orio de terrible ansiedad. 

Por fin vió á larga distancia salir del palaoio de 
Pastrana á su hermano Julio. 

Iba embozado en su manto de grana y siguiendo 
su costumbre no quiso que le acompañara nadie. 

Segundos después oyó Flaviano* movimientos de pi- 
sadas en el portal contiguo y la voz de Bsrmúdez que 
hablaba muy quedo á sus subordinados. 

—No me he equivocado, —dijo Osorio cogiendo un 
pañuelo blanco y dos pistolas que montó, quedando en 
actitud belicosa. 

Julio marchaba á su paso natural y muy emboza- 
do por efecto del frío. 

Diez pasos antes de llegar al portal donde estaban 
los esbirros, salieron estos espada en mano, dispuestos 
á asesinar á Julio. 

Los dos que iban delante quisieron clavar en el pe- 
cho del hijo del Santo las puntas de sus espadas, y lo 
hubieran conseguido por efecto de la sorpresa y de lo 
envuelto que iba en su manto el jóven, si el valiente 
Osorio no lo hubiera impedido. 

Al comprender éste la intención de sus enemigos, 



h)S HÉROES DEL SIGLO XVII 



111 



8e confundió con ellos, rompiendo si cráneo con dos 
balazos á los primeros que se iban á echar á fondo. 
Después dirigió otro á Bermúdez que le atravesó un 
brazo; era la única parte de su cuerpo que veía, y el 
cuarto se lo puso eñ la frente al tercero que se iba á 
echar á fondo. Sos pistolas tenían dos cañones y 
otros tantos hombres hablan rodado ai suelo; pero que 
daban nueve, y espada en mano acometieron á los dos 
mancebos. 

Con el primer momento de suspensión tuvo bastan- 
te Silva para sacar su acero y Osorio para guardar las 
pistolas, y con la espada desnuda caer con su amigo 
sobre aquellos sicarios. 

No eran corchetes* eran hombres de armas disfra- 
zados de alguaciles, por esta causa se batían bien y 
con denuedo. Si hubieran sido corchetes, probable- 
mente bastarían las cuatro detonaciones para que hu- 
yeran los nueve que quedaron en pie. 

Bien pronto comprendieron Julio y Fiaviano la 
clase de gente con quien se las habían, y comenzaron 
á hacer prodigios de valor y de destreza. Era la pri- 
mera batalla á que concurrían, y en verdad que pare- 
cían dosconsumadosmaestros,dosinvenciblescapitanes. 

O3orio que era el más interesado en aquella rada 
pelea, ee echaba atrás, avanzaba, y saltando cuando le 
convenía, paraba los quites y hería sin compasión, 
dando tajos y estocadas con velocidad y acierto prodi- 
giosos. 

Diez minutos llevaban de pelear, el ferreruelo de 
Osorio estaba hecho girones, lo mismo sucedía al man- 



112 



LOS HÉROES DgL SIGLO XVII 



to da Julio; pero sólo este último había recibido una 
leve herida en la parte superior del brazo izquierdo. 

De sus contrarios quedaban solo batiéndose cuatro, 
los restantes cayeron muertos ó heridos. 

— ¡Maldito curial! — exclamaba el más valiente y 
diestro de los de Bermúdez, aludiendo á 03orio: — te 
he de matar. 

Y se echó á fondo: pero Flaviano esquivó de un 
salto la e3tocada, dándole casi á la vez un tajo en el 
brazo derecho que lo dejó inútil, y su espada rodó por 
el suelo. 

Su vista de lince fija, no sólo en sus enemigos, sino 
también en lo que pasaba en torno, distinguió á lo le- 
jos, frente á ól y á espaldas de los esbirros una ronda 
que hablan atraído las anteriores detonaciones. 

— Aquí, señor corregidor,— gritó Oiorio:— trece 
asesinos quieren matar á don Julio de Silva. 

— Silva, — exclamaron los sicarios, bajando las es- 
padas ó intentando huir, lo cual impidieron las puntas 
de los aceros de los dos jóvenes. 

El alcalde Bermúdez tenía un brazo atravesado por 
una bala, pero esto no le impedía levantarse del suelo; 
quedó como muerto á impulsos de su mielo, más al 
oir <jue llegaba el corregidor y era Silva el atacndo y 
no03oriu, se sentó para incorporarse. F aviano lo vió, 
dándole un golpe en la frente que le privó de la ra-» 
zón por algunos minutos. 

La ronda, atraída por las voces de Osorio, llegó, 
adelantándose éste con el acero envainado para de¿ir: 

—Señor corregidor, no son estos asesinos alguaci- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



113 



lies, son hombres de armas; vedlos: los ha traído el al- 
calde Bermúdez: ahí en tierra lo tenéis, y la víctima 
es don Julio de Silva, que tenéis delante. Lo ha herido, 
¡maldición! Fijaos en él. 

— Rodead á esos hombres y que ninguno escape, — 
dijo el corregidor. 

— Rodeadlos, sí, — añadió Flaviano, y formó con 
ellos un círculo. 

La autoridad, después de dirigir una mirada á 
cuanto le rodeaba, quedó frente á frente de Julio, pre 
guntándole: 

— ¿Qué ha sido esto, señor de Silva? 

— Salí hace un cuarto de hora, — contestó el joven, 
— del palacio de mi tío el duque de Pastrana y me di- 
rigía á mi casa, cuando al llegar aquí salieron de ese 
portal, que aún continúa abierto, trece asesinos espada 
en mano, y sin expresar mis frases que «¡Muere!» 
me acometieron sin darme tiempo á quitarme el em- 
bozo y á desnudar la espada. Me hubieran muerto indu- 
dablemente, pero la Providencia velaba por mí y de 
cuatro balazos que ignoro quién fuese el tirador, de- 
rribaron os cuatro primeros asesinos que se echaban 
á fondo. Hubo un instante de paralización, que apro- 
veché para echar mi manto á la espalda y ponerme en 
guardia. No desistieron por eso los malvados, cayeron 
sobre mí los nueva que estaban ilesos y la Providen- 
cia, que seguía velando por este su hijo, puso á mi 
lado un curial que parecía llovido del cielo y comenzó 
á defenderme con valor que no hallo frases con que 
elogiarlo. 

TOMO I 15 



114 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Sería ese el que me llamó? — preguntó el corre- 
gidor. 

—Sí, señor. 

— |Ei que me dijo luego que esos traidores eran 
hombres de armas y vos don Julio de Silva? 
— Sí, señor. 

— ¿Dónde está? que venga á estrechar mi mano y á 
recibir la recompensa á que se ha hecho acreedor. 

Todos los alguaciles le buscaron, pero el curial no 
estaba; había desaparecido sin que nadie le viera. 

—Lo siento, — dijo el corregidor. 

—Es posible, — añadió Julio, — que haya ido á avi- 
sar á mi padre ó al señor duque del Imperio y á su 
hijo. 

— Es verdad, yo os ruego me lo mandéis cuando le 
veáis, señor de Silva. 

— Os repito, señor corregidor, que no le conozco, y 
es probable que no vuelva á verlo. 

—¿Por qué? 

— Esas almas nobles, valientes y generosas, ni gus- 
tan recibir recompensa ni darse á conocer. 
— ¡Poco habrá podido hacer un pobre curial! 

— Lo mismo que yo, tres he derriba io y otros tan- 
tos tendió él en tierra. 

— ¡Quién será! 
— Lo ignoro. 

— ¡Ah, señor de Silva, estáis herido, y no puedo ni 
debo deteneros más! Marchad á vuestro palacio, y no 
dudéis que la sangre real que os han hecho verter, será 
vengada inmediatamente; tenedlo por seguro. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



115 



Y alzando la voz, añadió: 
— Acompañad dos con una linterna al señor de Silva. 

El corregidor y Silva se estrecharon las manos, 
partiendo el primero entre dos corchetes, que lo deja- 
ron en su morada. 

La autoridad hizo llevar parihuelas, y cuantos es- 
taban en la calle sanos, heridos y muertos, fueron tras- 
ladados al corregimiento. 

El alcalde había vuelto á la razón, pero iba en la 
camilla quejándose amargamente. 

En el acto de llegar al corregimiento, se empezó la 
indagatoria, y el jefe pasó la noche en vela, trabajando 
en el sumario y dando órdenes, para que después de 
identificar las personas, fuesen enterrados los cadáveres 
y curados los heridos. 

La causa criminal que formaba el corregidor esta 
noche, debía ser origen de algunas complicaciones, se- 
gún veremos más adelante. 

Esa autoridad y todos los vecinos de Madrid, con 
la sola' excepción de siete, ignoraban que estaba tenien - 
do lugar en aquellos momentos, en otro punto de Ma- 
drid, un acontecimiento tan grave ó má3 que el que 
acabamos de presenciar. 

Este segundo lanca debía ser ignorado por todos, 
en las veinticuatro horas que siguieron al instante en 
que sus afortunados autores lo realizaron. 

Pero nosotros que somos más impacientes que los 
curiosos de la corte, y tenemos más medios que ellos 
para saberlo antes, vamos á seguir á Flaviano, y todo 
lo sabremos, según vayan ocurriendo. 



CAPITULO VII 



Una inteligencia superior y cinco instrumentos de primer orden.— 
Sorpresa.— La casa misteriosa.— Al sótano —Ni la Paz y Cari- 
dad salvan al favorito.— Lo que ocurre en vna misera celda.— La 
resonancia que tienen en el real alcázar los acontecimientos an- 
teriores. 



Flaviano de Osorio ayudó á los alguaciles á que 
formasen el corro dispuesto por el corregidor, mas, se 
quedó ói fuera, y al primer descuido de aquéllos, des- 
apareció de allí sin ser visto ni oido por ninguno. 

En un minuto llego á la hostería, preguntando á los 
hermanos Ros: 
— ¿Habéis cenado? 
—Sí. 

— ¿Pagasteis? 
-Sí. 

— Pues seguidme. 

Y los seis salieron á buen paso en dirección de la 
plaza de Oriente. 

No se parecía en nada la referida extensa plaza de 
hoy á la de entonces; ahora es la más embellecida de 



LOS HÉROES DfiL SIGLO XVII 



117 



Madrid; tiene hermosos jardines, estátuas y la rodea 
un semicírculo de casas de construcción moderna y en- 
tonces había huertas, arroyos y casas esparcidas sin 
uniformidad ninguna. 

En la parte Norte había un convento de monjas, 
cerca de él una casa grande y lujosa y en torno, á al- 
guna distancia, tres casas, una desalquilada y dos que 
habitaban familias de hortelanos. 

No se veian más luces que las del real alcázar, y la 
que despedía el farol del zaguán que tenía la única 
casa grande que se alzaba, según hemos dicho, en la 
parte Norte de la plaza. 

Desde esta vivienda á la parte Sur donde empeza- 
ban las calles de Madrid, había una extensión de mil 
varas, hallándose el terreno poblado de árboles y 
huertas, según hemos dicho. 

Plaviano y sus cinco acompañante» llegaron á dos- 
cientas varas de la casa que presentaba alumbrado el 
zaguán, y deteniéndose allí Flaviano, dijo: 

— Hemos llegado á tiempo; cuando luce esa luz to- 
davía está dentro, y era cuanto yo deseaba. 

Los cinco hermanos le rodearon, dicióndole el 
mayor: 

— Flaviano, tu ferreruelo está acuchillado, rotos los 
gregüescos y en la hostería te he visto manchas de 
sangre. 

— Sí, me he batido. 

— ¿Te han herido? 

— No, mató siete, y á mí sólo me rompiéronla ropa. 
— ¿Por qué nos dejaste en la hostería? 



118 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Porque no necesitaba de vosotros, ni pude adivi- 
nar lo que iba á ocurrir. 
— jilas corrido I 

— Eso sí ? pero no huyendo de nuestros enemigos. 
¡Qué día y qué noche! Vaoios á concluir, que ya es 
media noche. Oidme los cinco. 

Osorio les dió instrucciones claras y concretas, 
después cinco caretas, una mordaza de seda y esposas 
que llevaba ocultas y los fué situando detrás de árbo- 
les, prohibiéndoles hablar y moverse. 

También él se ocultó frente á la casa alumbrada, y 
de este modo esperaron cerca de un cuarto de hora. 

Da la mencionada casa sacaron la niña los herma- 
nos Ros, y en ella habitaba Leonor, manceba del du- 
que de Ucada, de la que llegó á enamorarse perdida- 
mente, y á la que visitaba todas las noches que podía, 
de diez á doce y media de la noche. 

El favorito faé eea noche bien ignorante por cierto 
de lo que le iba ocurrir á la salida. 

Jamás hacía aquellas visitas acompañado de gente 
para ocultar en lo posible el adulterio que constituían 
aquellas relaciones clandestinas. 

Era la primera noche que iba el duque después de 
haberle secuestrado la hija que tuvo con Leonor; ésta 
le atormentó con llantos y reconvenciones, y lo cierto 
es que en aquella casa empezó á recorrer la calle de 
la Amargura para llegar al Gólgota que le preparaba 
Osorio. 

Salió el duque de la casa, la puerta se cerró, y el fa- 
vorito se encaminó por entre los árboles á su palacio. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



119 



Al abandonar el zaguán se oyó un estornudo. 

Luego otro má3 quedo, y después una palmada, en 
cuyo instante salieron cinco hombres de entre loa ár- 
boles, sujetaron á Ucsda sin darle tiempo para nada, 
y en un minuto le pusieron mordaza y esposas. 

Casi arrastrando lo llevaron á la casita desalqui- 
lada que abrió Flaviano, precipitándose dentro. La 
puerta se cerró, y entonces pudieron v¿r3e ios siete. 

Los hermanos Ros iban enmascarados, Fiaviano 
con el rostro descompuesta y cubierto r.on el traja de 
curial, y el duque elegantemente vestido, 3ujeto con 
espesas y mordaza, aparecía descolorido y acobardado, 
cuanto que creía era llegada su última hora. Hizo va- 
rias señas con la cabeza, pero ninguno lo atendió. 

Por signos dió una orden Osorio, y acto continuo 
abrieron la trampa do un sótano, obligan lo al duque 
á que bajara á él. 

Mientras los hermanos Ros ie acompañaban, nues- 
tro joven se entretuvo en cargar los cuatro cañoncitos 
de sus pistolas. 

Era el sótano en que Ucoda se hallaba, una habita- 
ción oscura y sombría. La luz y el aire llegaban á él 
por dos tragaluces que daban al corral, y era, en su- 
ma, un calabozo paor, si cabe, que el destinado á los 
hermanos Ros en la casa-cuartel. 

No había mueble alguno ni otra cosa que alguna 
paja extendida para poier dormir sobre ella. 

Cerrada la trampa, reinaba completa oscuridad; 
haeta que el día le prestaba un poco de luz, la escasa 
para poder distinguir los objetos. 



120 



LOS HÉROES DEL S>GLO XVII 



Desde la cima del peder cayó el favorito al íondo 
de la mayor desgracia: ^ra allí más pobre que un 
mendigo y tenía menos poder que la más débil é ig- 
norante zagala. 

La lección que le estaba dando Osorio era comple- 
ta y casi cruel. En las veinticuatro horas que debía 
estar allí el duque sin comer, beber, ni auxilio algu- 
no, su sufrimiento resultaba superior á todas las pe- 
nalidades juntas de su vida. 

Todo el poder de un favorito, á veces el de un rey, 
es pequeño en lucha con el gran talento del hombre 
privilegiado. 

Por grande que sea el primero, es el otro un des- 
tello divino que supera en grandeza á todo lo cono- 
cido. 

Cuando vió el duque que la trampa se cerraba, y 
ni aun auxilio podía pedir por impedírselo la mor- 
daza, se sentó sobre la paja y quiso meditar, pero no 
tenía ideas ni hallaba medio de discurrir. 

Su cerebro estaba descompuesto, su razón pertur 
bada. 

La noche fué horrible, sin que mejorase el si- 
guiente día. 

Oáorio cargó sus pistolas, y cuando se disponía á 
marchar, le preguntó uno de los cinco hermanos Ros: 

— Plaviano, ese hombre que queda encerrado en el 
sótano, ¿9s el duque de Uceda? 

-Sí. 

— ¡El favorito del rej! 
—Eso es. 




Prisión de Uceda. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTI1 



121 



— Tienes más talento y más alma que tu mismo 
padre. 

— No me compares con el duque. 

—¿Qué te propones, Flaviano? 

—Tenerlo encerrado en ese calabozo sin comer ni 
beber el mismo tiempo que os tuvo á vosotros en el 
vuestro y de la misma manera. 

— ¿Fué él ó el alcalde? 
—Los do?. 

— ¿Qué vamos á hacer con el otro? 

—Tiene ya un balazo en el brazo derecho y un gol- 
pe en la frente, que descompondrá su razón mientras 
viva. 

— ¡Terrible, Flaviano! 
—¿Tienes miedo? 

—No; los cinco hermanos Ros, tienen también la 
misma sangre que su padre., 

— Me alegro, y partamos. Dejad puesta la llave del 
sótano; la de la puerta me la dais. 

— ¿Qué consecuencias podrá tener este atentado, 
Flaviano? 

Nuestro jóven se encogió de hombros, contestando: 
—Quitaos las caretas, guardadlas y salgamos de dos 
en des. 

Así lo hicieron, llegando á casa de la viuda de Ros, 
cerca de la una de la madrugada. 

Preciso era que las carnes de Flaviano fuesen de 
bronce para tenerse de pie, después de lo que había 
trabajado durante aquel día y noche. 

Los cinco hermanos Ros, estrecharon á su madre, 

TOMO I 16 



122 



LOS HÉROES DEL SIGLO X Vil 



y unos en pos de otros, con intervalos de cinco ó más 
minutos, fueron entrando los seis per una puerta falsa, 
en el palacio del duque del Imperio. 

Los cinco hermanos S3 acostaron. 

Osorio se lavó y vistió, y con su traje natural, en- 
tró ea su alcoba. 

Su hermano Julio dormía tranquilamente. Sin pro - 
mover ruido alguno le pulsó, y notando que no tenía 
fiebre dijo para sí: 

—No ha sido nada, pero pudo ser mucho, por no 
haber llevado la cota iaterior; más me hubiera ocurri- 
do á mí si la dejo en casa. 

Abrió la puerta secreta y se dirigió, provisto de 
una luz, á la celda del pa ire Julio. 

AnEe3 de entrar le silió al encuentro un le^o, que 
había servido al princip 3 desde que tenía uso de rnzón; 
era un pobre anciano, que lo alintaba y tenía de pie, 
el amor que profesaba al príncipe. 

— ¿Señor, — preguntó á Flaviano, — á esta hora por 
aquí? 

— Sí, ¿qué hace el príncipe? 

—Lleva más de dos horas con el éxtasis. 

— ¿Más de dos horas? 

— Vino á las once de socorrer desgraciados, y cayó 
á los piés del Señor, quedando sumido en el éxtasis. 

— Voy á sacarl ) de él. 
Piaviano entró en la celda del superior de la Orden 
de Tricitarios , que era un par&lelógramo pequeño, en el 
cual sólo había una mesa con libros y seis sil ones de 
ñaqueta á un lado, y al otro, una preciosa essultura da 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



123 



tamaño natural, con peana de mármol, qua represen- 
taba á Jesús en el acto de expirar. La cruz y la figura 
eran ce preciosas maderas, y esta divina imagen fué 
la misma que mand6 ha^er, y conservó, Alberto de 
Silva, primer príncipe de Italia. 

Tenía la celda una alcoba separada por un tabique, 
y unas cortinas de paño negro que cubrían la puerta. 
Dentro de la misma había un caire de madera y lona; 
tenía un solo colchón d$ lana con dos almohadas, un 
armario con hábitos, ropa blanca y calzado con otro si- 
llón de baqueta. 

Este era el ajuar del príncipe de Italia, primo da 
Felipe II, genera ísimo de ios ejércitos de mar y tierra 
y general ahora de la Orden da Trinitarios. 

Al entrar Flaviano, se hallaba Silva de rodillas de- 
lante la imagen del Señor, la cual estaba alumbrada por 
una lámpara perpetua y dos blandones. 

El príncipe de Italia no oraba, no se movía, no ar- 
ticulaba frase alguna: tenía las manos cruzadas, y era 
su actitud la de orar; pero su materia estaba rígida, no 
veía ni escuchaba, su éxtasis lo dejaba en estado cata- 
léptico, ó sea la muerte aparente, que parecía una es- 
tatua de piedra. 

F,aviano lo contempló con ternura, con amor. 
Aquel león de Lace dos horas, era en estos instantes 
la enamorable beldad, contemplando al ídolo que ado- 
raba. 

De pronto se abrazó al príncipe, y comenzó á be- 
sarle en la cara, ojos, manos, cabeza y hábitos. Des- 
pués dejó su rostro unido al del religioso, exclamando: 



124 



LOS HBR03S DEL SIGLO XVII 



— Padre, padre mío, despierta; te llama tu segundo 
bijo querido, tu Flaviano. Dios mío, permitidle que 
yenga á ver á tu hijo y al suyo, Señor. 

Y estrechaba su pecho contra el suyo, oprimiéndo- 
lo cada vez más. 

Bt lego había entreabierto la puerta de la celda y 
por la abertura miraba el sublime grupo y sonreía di 
ciendo: 

— Bien, bien, le hará volver á la vida, sólo él, ^Su 
padre y Julito tienen ese privilegio en el mundo. Ni to 
da la comunidad, ni el rey, ni nadie lo saca del 
éxtasis. 

El Trinitario empezó por estremecerese, luego sin- 
tió calor sa materia, un tinte rosa pálido coloreó sus 
mejillas, abrió los ojos y reconociendo á Flaviano 
exc-amó. 

— Hijo mío, me trasportas del cielo á la tierra, de 
un mundo de encantos á otro de panas y amarguras. 
¿Es muy tarde? 

— Las dos de la madrugada. 

— ¡Las dosi ¿Por qué esfcáa todavía levantado? 

— Por que tengo muchas cosas que referirte; y has- 
ta que tu vayas al cielo para siempre con mi abuelo 
Alberto, tienes que oirnos y recibir nuestros besos y 
reprendernos, porque todos juntos no vatamos lo que 
tú sólo, ni reunidos la centésima parte de tus virtudes. 

— Tan diablito como noble y generoso, Sentémonos 
en estos dos sillones, mírame. 

Y Julio se fijó en la despejada frente de Flaviano. 
en sos ojos llenos de vida, fuego y belleza, en su her- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



125 



moso y varonil rostro, pero al acabar de contemplarlo 
bajó la cabeza, su frente se plegó y con acento dolori- 
do le dijo: 

— ¡Terribles cosas has hecho hoy! Sí; ahora recuer- 
do que al postrarme ante nuestro Dios tuve un presen- 
timiento terrible, temí por tí y por tu hermano Julio, 
y por ambos pedía al señor. Es verdad, y Su Magostad 
Divina me concedió la gracia, Flaviano ¿qué os ha 
ocurrido; porque no está Julio contigo? 

Esta pregunta la hizo el sacerdote con una viveza 
desconocida en él. Osorio se apresuró á contestarle 
después de cogerle una mano, cubrirla de besos y que- 
dar con ella entre las suyas. 

—Nada temas por mi hermano, señor, está dur- 
miendo arriba con la tranquilidad de un Silva ó de un 
Osorio. 

— Pero eso no contesta á mi pregunta; ¿por qué no 
ha bajado contigo, él que me ama tanto como tú? 

— Primero porque estaba ya dormido cuando llegué 
esta noche, y segundo, porque él no ha sido el pecador 
hoy, lo fui yo y por eso vengo solo á confesarme. 

— ¿Tú has pecado? ¿Oí mal, Flaviano? 

— No, padre mío, tas oido perfectamente. 

— Habla, cuónlamclo todo. Nada me ocultes. 

— Eso deseo, á eso he venido y no temas que ni una 
gola frase he de desfigurar ni he de ocultar nada. 

—Empieza. 

Con naturalidad, calma y completa exactitud fué 
uno por uno refiriendo Osorio al príncipe todo lo ocu- 
rrido y cuanto había hecho en aquel día sin olvidarse 



126 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



de añadir el rapto de la hija de Uceda dí ninguno de 
los hechos anteriores. 

Cuando hubo terminado le hizo el religioso varías 
preguntas á las cuales contestó el jó ven con sinceridad 
completa. 

Al escuchar el largo relato no demostró el prínci- 
pe haberse impresionado mal ni bien; oía con interés y 
nada más. 

Después miró á Flaviano de una manera extraña, 
díciéndole. 

— Has sido esta noche la Providencia de tu berma- 
no Julio y has sido el encargado de demostrar al duque 
de Uceda lo poco que todos valemos, dándole á la vez 
un aviso elocuente, saludable, de que no hará caso, 
pero es hijo de Dios como nosotros y merece esa aten- 
ción de nuestro divino padre. Flaviano, vales más aun 
que tu padre, que fué el primero en su época: no 
abuses hijo mío de tu talento, ni de tu valor. Lo mu- 
cho que vales se lo deb?s á Dios y puesto que á todos 
aventajas en veinte bellísimas cualidades, aventájales 
también en generosidad, en grandeza de alma, en ca- 
ridad, en abnegación. Nada puedo reprenderte, la san- 
gre de tu padre el duque del Imperio no niega en tí su 
origen, obras como él, casi como él, respecto á los hi- 
jos de Dios mejor que él; ¿por qué no has de ser perfecto? 

— No hay más que uno en Madrid, señor, y ese eres 

tú. 

-También á tu edad, en las guerras, en las intri- 
gas... Flaviano domínate más y puedes ser mejor que 
todos nosotros. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



127 



En este momento apareció un lego joven á la puer- 
ta de la celda, diciendo á su superior: 

— Señor, su majestad el rey desea hablar con vues- 
tra alteza. 

—Fray Juan, ¿por qué me dais tratamiento? 

—Porque lo tenéis y porque sois el mejor de los na- 
cidos. Os dignáis recibir al rey. 

— Sí, que entre, y yo te suplico no me vuelvas á dar 
tratamiento alguno. 

— Sentiré no poderos obedecer, pero será en lo 
único. 

Salió, exclamando Osorio: 
— ¡Señor, el rey á estas horas! 

— ¡Qué me importa! 
—¿Me retiro? 

— No, hijo, contigo hablo por amor, con el monar- 
ca por obligación; que lo primero endulce lo segundo. 

— Sn majestad el rey, nuestro señor. 

Anunció el lego y apareció don Felipe, que se des- 
cubrió al vor la imagen de Jesús, besando luego la 
mano de su tío Julio; después dió á besar la suya á 
Osorio, diciendo: 

— Sentaos, señor: la reina me obliga á venir á esta 
hora, y yo no he dudado, puesto que se trata de vos y 
de vuestro hijo Julio. 

Ambos se sentaron, quedando de pie nuestro joven. 
El príncipe reparó en ello, diciéndole. 

— Flaviano, estamos delante de Dios y ante Su Divi- 
na Majestad todos los nacidos somos iguales. Siéntate 
como nosotros lo estamos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Gracias, padre mío, —dije Osorio sentándose fren- 
te al rey. 

Este no pareció disgustarse por eso, y se apresuró 

á decir: 

— Era ya más de la media noche y me disponía á 
descansar, cuando entró la reina, que se ocupa más que 
yo de las cosas mundanas, y trémula, azorada y en- 
tristecida, me dijo: «Felipe esto es insufrible, intole- 
rante; al paso que vamos llegará día que no se pue- 
da andar por las calles de Madrid sin llevar uno 6 dos 
tercios detrás y delante. Felipe, añadió, gobierna tu á 
España, ó bajaremos al sepulcro, maldecidos y lie 
nos de remordimientos.» ¿pero qué ocurre, señora, — 
le pregunté? Hace cuatro días secuestraron á una niña 
inocente, — dijo;— ayer, sin causa ni motivo, y por sólo 
una rícula sospecha, prendieron y encarcelaron á 
los cinco hijos de una viuda, cuyo marido prestó 
muchos servicios al rey tu padre, junto al duque del 
Imperio, y esta noche, escandalízate, han querido ase- 
sinar y consiguieron herir doce asesinos, mandados 
por un alcalde al hijo del Sauto, á tu primo Julio. 
¿Qué se puede esperar de un país manchadas sus ca- 
lles con sangre real?» Confieso que nada sabía; mandó 
llamar á Uceda, el cual parece que se ha perdido, fué 
en su lugar mi corregidor, y me ha enterado de todo. 
Equivocaron á vuestro hijo con otro, y ese funesto 
error motivó esa desgracia. 

— Cierto señor, creyeron que mi hijo era el del du- 
que del Imperio por lo parecido que son en figura y 
traje, pero eso no obsta para que resulte que las auto- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



129 



ridades asesinan ó intentan asesinar en medio de las 
calles de Madrid á un grande de España, heredero del 
hombre que más servicios prestó al rey, á la religión y 
á la patria en los últimos treinta años. 

— El hecho es funesto siempre, pero la justicia lo 
vengará. 

— Mi hijo, Flaviano y yo perdonamos á los r?os; 
pero Dios acaso no lo haga, respecto del desgraciado 
que se entregó á bastardas pasiones, y en aras del vi- 
cio y del apetito impuro viene siendo la oculta causa 
de algunos crímenes y de un desconcierto que humilla 
y empobrece el reino. Su majestad la reina tiene razón; 
si el rey no gobierna sus Estados, éstos sucumbirán 
entre las íauces de hombres sin conciencia ni amor á la 
patria que lea vió nacer. 

El rey palideció, y comprendiendo la alusión, un 
poco turbado, dijo: 

— Ante todo, deseo saber cómo se encuentra Julio de 
su herida. 

— Mi hijo, señor, que es bueno, y no falta á ningu- 
no de sus deberes, le mandó esta noche Dios una Pro- 
videncia para que le defendiera y otra para que le cu- 
rase. Por eso se halla tranquilamente dormido y sano, 
casi sano. 

— Me complace mucho saberlo. 

— Gracias, señor. 

El rey no se atrevió á entablan debate con el San- 
to; su conciencia le acusaba, y se apresuró á ponerse 
en pie, dictándole: 

— Me complace la noticia que me dais sobre vues- 

TOMO i n 



130 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



tro hijo, y estoy seguro que la reina se alegrará mu- 
cho. Conste que he venido en persona á enterarme. 
Dios os conserve la vida, y vele por vuestro hijo, prin- 
cipe. 

—El os tenga de su mano, señor, y defienda vuestra 
vida, colmándola de dichas y ventura. 

Sin más cumplidos, y sin decir nada á Osorio, sa- 
lió don Felipe, siendo acompañado por Silva hasta la 
puerta de la celda, nada más. 

El primero temía tanto como respetaba al tercero; 
éste sólo abrigaba compasión para el otro. Cuando lo 
hubo perdido de vista, exclamó: 

— ¡Pobre materia humana, débil y quebradiza, cual 
mísero barro, lo mismo en el rey que en el vasallo, en 
el rico que en el pobre! ¡Felipe III, tu padre dejó algo 
que desear, tú llevarás el reino á la desgracia! 

Y volviéndose á Flaviano, le dijo: 
— Retírate, hijo mío, que es muy tarde. Y domina 
te, Flaviano, domínate. 

Ambos se estrecharon, buscando cada cual su res- 
pectivo lecho. 

Osorio quedó dormido poco después de haber apo- 
yado la cabeza sobre la almohada. En este momento 
abrió Julio los ojos, y fijándolos en su querido amigo y 
hermano. 

— Mi Providencia esta noche, — exclamó. — No es 
posible querer más á un hermano, ¡oh, su vida me im- 
porta más que la mia! ¡Qué valiente es, qué hábil, qué 
audaz y qué noble y generoso! Duerme tranquilamente; 
ya puedo yo también hacerlo. 



LOS HÉROES DEL BIQLO XVII 



131 



Y volvió á dormirse. 

Sepamos lo que ocurría en palacio. 

Al día siguiente, poco después de levantarse el mo- 
narca, entró la reina en su cámara, y muy mal humo- 
rada, le preguntó: 

— ¿Qué medidas habéis tomado, para que sean casti- 
gados inmediatamente los asesinos del hijo del príncipe 
de Italia? 

— Ya se ocupa de eso el corregidor, — le contestó don 
Felipe,— conoces su celo, y no se puede dudar de su 
energía ó interés. Cumplí tu encargo, visité al superior 
Trinitario, y su hijo se halla bien, nada debe temerle 
de la herida que recibió. 

En este momento apareció en la puerta de la cáma- 
ra un gentil -hombre, diciendo al rey: 

— Siñor, el corregidor de Madrid acaba de llegar. 

— Nunca más á tiempo, — exclamó el rey, — que pasa. 
Tú, Margarita, quédate, y podrás oir lo que deseas. 

Entró la autoridad anunciada, y después de besar 
la mano á los reyes, esperó á que le preguntasen. El 
rey le dijo: 

— Habla, di todo lo que sepas y hayas podido ave- 
riguar sobre el acontecimiento de anoche. 

— Señor, el que dirigía á los sicarios que atacaron 
al señor don Julio de Silva, no ha podido declarar. Tie - 
ne el brazo derecho atravesado por una bala (pelotas 
se llamaban entonces), posible es que tengan necesidad 
de amputarle ese miembro por el hombro, recibió ade- 
más un terribh golpe en la frente, la fiebre le devora, 
delira, y es inútil hacerle pregunta alguna. 



132 íLOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Bien, bien, ¿pero y los restantes? 

— Los restantes, señor, eran doce; siete han muerto 
sin declarar, y los cinco vivos, (Jos se hallan heridos y 
tres únicamente sanos. Los doce resultan oficiales del 
segundo tercio de Flandes, residente hoy en Madrid. 
Todos tienen nota de valientes y de diestros en el arte 
de la guerra. 

— ¿Y por qué iban disfrazados de alguaciles? 

—Su jefe les mandó que obedecieran ciegamente al al- 
calde Bermúdez, y lo hicieron con desgraciada exactitud. 

—¿Quién es el jefe? 

— El maestre de campo, Mendoza. 

— ¿Está preso, corregidor? 

—Sí, señor. 

—¿Y qué ha declarado? 

— Que mandó esos hombres como los más valientes 
y aguerridos de su tercio, por orden verbal que le dió 
el señor duque de Uceda. Asegura que ignoraba por 
completo el uso que iba á hacer de sus oficiales el al- 
calde Bermúdez, y añade, que de haber comprendido 
que iban á asesinar al hijo de su generalísimo, el prin- 
cipe de Italia, ó al de su general el invicto duque, del 
Imperio, no diera un soldado sin una orden firmada por 
vuestra majestad. 

— ¡Cuánta iniquidad, Felipe!— exclamó la reina. 

— No formemos juicios temerarios, Margarita; deja 
al corregidor que continúe enterándonos de todo. Tú, 
continúa el relato. 

—Los cinco ofiiiales que viven, han declarado, que 
sólo les dijo el alcalde, que se trataba de prender vivo, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



133 



ó de entregar muerto al mayor enemigo que tenía vues* 
tra majestad. Añadió luego, según ellos afirman, que 
era an hombre tan valiente y hábil en el manejo de las 
armas, que debían andarse con mucho cuidado con él. 
Además de este medio empleó otros, procurando con 
ellos excitar el amor propio de los oficiales, para ce- 
garlos y que atacasen con el brío que lo hicieron. 

— Buen brío estuvo, corregidor; bastó la espada de 
mi primo Julio con la ayuda de un mísero curial para 
derribar diez de los trece. 

— Y es indudable que si yo no llego, dan fin de to- 
dos, pero según afirman, el primo de vuestra majestad 
es un héroe y el curial un demonio con el cual dicen 
que no puede nadie, el mismo don Julio me ha dicho 
esta mañana que los doce oficiales se batieron admira- 
blemente. 

—El hecho, corregidor, va resultando más grave de 
lo que creímos anoche. Sapongo que ya habréis encon- 
trado al célebre curial; le d¿be la vida mi primo y es 
digno de recompensa y de nuestro aprecio. 

—Señor, desde ayer no he dormido ni descansé un 
momento; toda la curia de Madrid estuvo en el corre- 
gimiento; hallé dos que se parecen al de anoche, pero 
niegan haber sido ninguno de ellos, y la verdad es que 
nada he podido averiguar. Mandé visitar á los que me 
dijeron hallarse enfermos toda vez que pudo haber re- 
cibido anoche alguna herida; trabajo inútil, ninguno es 
el que buscamos. 

— ¿No puliera ser otra clase de hombre disfrazado 
de curial? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI 



— Eso creo, señor, pero no tenemos dato alguno que 
lo confirme. 

— Como dato basta lo que hizo. ¿Se parecía algo á 
Flaviano de Osorio? 

— En nada, señor, era hombre muy distinto y de 
más edad. 

—¿No habéis oido referir como yo lo admirablemen- 
te que se descomponía y disfrazaba el duque del Im- 
perio? 

—Sí, señor; y para que el de anoche fuese el hijo 
del duque era necesario que adivinara, pues Bermúdez 
á nadie dijo su intento, ni la hora, ni el sitio, ni nada. 
Solo cuando en tierra y revolcándose en su sangre oyó 
gritar que su gente asesinaba á don Julio de Silva ex- 
clamó incorporándose: no, es Flaviano de Osorio. No 
pudo decir más porque un golpe en la frente le derribó 
otra vez privándole la razón. 

— Basta eso, corregidor para comprender que Ber- 
múdez equivocó á Julio con Flaviano. 

— Es posible, señor, pero el asesinato era tan gra- 
ve en el uno como en el otro. 

— Es verdad, corregidor, se apresuró á decir la 
reina. 

— No digo lo contrario, — añadió el rey, — pero vol- 
vamos al curial. ¿No habrá [medio de descubrir quién 
efe? 

— Como él siga ocultando su nombre ó una casuali- 
dad no lo descubra, lo creo imposible, señor, después 
de lo mucho que he trabajado para dar con él. 

— ;Habló con Julio de Silva? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVIÍ 



135 



— Ni una frase siquiera le dirigió. Se colocó á su 
lado defendiéndolo con heroismo y en cuanto lo dejó 
rodeado de mi gente, es decir, cuando ya no bacía fal- 
ta desapareció de allí como un relámpago. 
Está bien; ¿qué más averiguaste? 

— Que se ha perdido el señor duque de Uceda. 

— ¿No ha vuelto á su palacio? 

— No, señor; salió á las diez de la noche y nadie ha 
vuelto á verle. 

— Eso es más extraño todavía. ¿Guardará alguna 
relación la ausencia del duque con los acoatecimientos 
de anoche 1 ? 

—Lo ignoro, señor. 

— ¿Pones los medios para averigua lo? 

— Sí, señor. 

— ¿Buscan á Uceda? 

— Doscientas personas. 

— ¿Tienes algo m*s que decirme? 

— Desgraciadamente, no señor. 

Continúa averiguando, corregidor, que se depure 
la verdad y á los que resulten criminales que caiga 
sobre ellos la cuchilla de la ley, sin consideración á 
clase ni á privilegios. Retírate y dame cuenta de todos 
los descubrimientos qu6 hagas. 

El corregidor besó la mano de sus reyes y salió de 
la cámara dejando solos al rey y á la reina. Ambos 
quedaban ensimismados y vacilantes. Por fin exclamó 
ella: 

— El rey debe gobernar sus Estados: cuando no lo 
hace así y se fía de hombres ignorantes y débiles como 



136 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



el duque de Uceda, llueven las desdichas y los tronos 
son blanco de la maledicencia. ¡A>h, por algo suspiran 
esas masas populares por su rey Carlos V y hasta por 
Felipe III El que no entrega á sus hijos igual ó mejo- 
rada la herencia que recibió de sus padres, baja al se- 
pulcro entre remordimientos y amarguras. 

La reina se había puesto en pie é iba pronunciando 
las anteriores frases según cruzaba la cámara real. 

El monarca continuó sepultado en su sillón medi- 
tando sobre lo que acababa de oir y probablemente ha- 
ciendo votos que no había de cumplir nunca. 



CAPÍTULO VIII 



Madrid después del acontecimiento anterior.— El palacio de Silva 
— Un notable paseo —Vuelve á presentarse en escena el duque 
de Uceda. — La ambición ni se arrepiente ni se enmienda, como 
veremos más adelante, 

Pronto corrió por Madrid la noticia del atentado 
contra Julio de Silva, y eran tan queridos los dos her- 
manos de los grandes, los nobles y la plebe, que nadie 
hablaba de otra cosa, retratándose la indignación en 
los semblantes de todos. 

Desde las diez de la mañana empezaron á llenarse 
los salones del palacio de Silva con grandes, nobles y 
jefes del ejército que iban á ofrecerse á él y á darle la 
enhorabuena por su heroísmo y suerte en un lance en 
que pudo muy bien perecer. 

El pueblo íué yendo también, preguntaba á los 
criados y con el mayor respeto y compostura se iba re- 
tirando bendiciendo á Dios porque había salvado la 
vida del hijo del Santo. 

Desde muy temprano se llenó de curiosos el Men- 

TOMO I 16 



139 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



tidero de San Felipe y la noticia de lo 03urrido corrió 
allí de boca en boca y fué luego extendiéndose por 
todo Madrid. Cada individuo de los que pisaban el atrio 
filipense, era una trompeta que pregonaba las noticias 
y éstas corrían con rapidez vertiginosa. 

Referían el hecho un poco exagerado, según cos- 
tumbre meridional, pero con exactitud hasta cierto 
punto. Cuando llegaban al curial todos le llamaban la 
Providencia, pero se decían para sí: 

— Flaviano de Osorio; sólo él es capaz de hacer lo 
que achacan al curial. Se disfrazaría como su padre..» 

Se callaban estas ideas, pero estaban grabadas en 
la conciencia da todos los madrileños. 

El daque del Imperio y Julio de Silva habían reci- 
bido á los grandes, nobles y generales que fueron á en- 
terarse de la salud del segundo y ofrecerse á él. 

En cuanto á Flaviano de Osorio, ni su padre, ni 
sus hermanos sabían de él; se levantó tarde y desapa- 
reció del palacio sin decir á nadie donde iba. 

Hasta la hora da comer estuvieron llenos los sa- 
lones del palacio. 

Después se fueron retirando todos y al desaparecer 
el último entró Flaviano, diciénioles: 

— Padre mío, hermano, me haréis el favor, si á bien 
lo tenéis, de acompañarme esta tarde. ¿Cómo sigue tu 
brazo, Julio? 

— May bien, nada siento en él que me moleste. 

— Me co «place, y de ese modo te será posible salir 
á cabillo. ¿Podrás manejar las bridas? 

— Pe r f ec tamente . 



L08 HÉROES DEL SIGLO XTII 



139 



—¿Por qué quieres que te acompañemos á caballo 
esta tarde? — preguntó el duque. 

— Padre mío, la desgraciada Aüce no ha salido á la 
calle desde que la depositá3teis en la Nunciatura, la 
gusta mucho montar á caballo y he ofrecido á Ja her- 
mana del Nuncio y á ella acompañarlas esta tarde á 
dar un paseo. 

— ¿Y el favorito, Flaviano? 

— Yendo con nosotros el invencible duque del Impe- 
rio, no creo debamos temer nada; pero aun cuando así 
do fuese Dada debemos temer del duque de Uceda; está 
inútil. 

— ¿Cómo inútil? 

—Como si dijéramos preso. 

— ¿Quién osó atentar?... 

— Ufl curial que anduvo haciendo diabluras anoche, 
según cuentan. 
-¿Sólo él? 

— No, le seguían cinco jóvenes que según he podido 
comprender tienen buen temple de alma. 
— ¿Cómo el padre? 
— Por ese estilo. 

— ¿Hasta cuando va á estar preso ese desgraciado? 

— El curial le dará al rey los medios de que lo liber- 
te á media noche; es la misma cantidad de tiempo ]que 
por causa suya estuvieran presos cinco protegidos del 
curial. 

— Ya sospechaba yo, hijo mió, quién era el intruso 
de la curia, 

—¿No os dijo nada Julio?... 



140 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— No, tu hermano es modesto, hace suyo todo lo que 
á tí se refiere y ge lo calla para evitar que le llamen 
vanidoso. También ignora lo de Ucsda. 

— Y yo, — añadió Julio. 

— Pues ya lo sabéis. ¿Comemos! 

— Vamos. 

Y los tres se dirigieron al comedor. 

Hora y media más tardo montaron en tres magní- 
ficos potros y seguidos de otros tantos lacayos se diri- 
gieron á la Nanciatura. 

Las dos damas montaron también, saliendo en di- 
rección á la pradera de San Fermín. 

Osorio, padre ó hijo, llevaban enmedio á los tres 
restantes, y unidos á los lacayos de los caballeros, 
otros dos de la Nunciatura, comenzaron á pasear pri- 
mero por la pradera, luego por el pradillo de San Je- 
rónimo, llamando la atención de cuantos transitaban 
por aquellos sitios por la gallardía de los caballeros y 
la mucha fama que tenían y por su incomparable be- 
lleza Alice. 

Más de un aplauso recibieron, en particular Julio 
de Silva, por la rapidez con qua había sanado de bu 
herida ó por su indiferencia respecto de una lesión 
leve. 

Grandes y pequeños todo3 se descubrían cuando 
ellos pasaban. 

Ya iban á retirarse cuando se les vino encima 
una carroza en que iba la reina y* el rey. Al ver ésta 
á la bella Alica no pudo disimular la impresión que re- 
cibió. 




—¿Cómo estás de tu herida, Silva? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVLT 



141 



La reina mandó parar el carruaje ó hizo seña á 
Julio para que se acercas* 1 . 

Los cincos habían detenido sus caballos en fila para 
dar frente á los reyes, y al movimiento de la mano de 
la reina avanzaron los tres, y gorra en mano quedaron 
frente á la portezuela izquierda de la carroza. 

La reina, sacando parte del cuerpo fuera del coche, 
preguntó: 

—¿Cómo estás de tu herida, Silva? 
— Señora , desde que mi padre el da <pe del I aj per io me 
fijó el apósito, no he vuelto á cuidarme de ella. Debe 
ser muy leve, toda vez que no ma molesta. Doy i vues- 
majestad las gracias por un interés que no merezso. 

— Sí, er¿s acreedor á él; sois dos jóvenes dignos de 
la esü oración de vuestros revés, como lo es el duque del 
Imperio, vuestro padre, de la admiración de los espa- 
ñoles por sus gloriosos hechos. 

—Gracias, señora, — contestaron los tres. 
— Silva, me complace lo leve de tu herida; deseo 
cure radicalmente y que á los tres os proteja siempre 
la bondad divina. 

No hubo tiempo para que contestaran los otros. La 
♦ reina había hecho s¿ñal al cechero para que continua- 
ra la marcha, y Ja carroza arrancó al expresar Mar- 
garita su última trase. 

Volvieron á incorporarse los cinco, pros ; guiendo 
su paseo hasta dejar á las damas en su morada, y re- 
re grasaron ellos á palacio, sin que nada les aconteciera. 
Sigamos nosotros á la regia pareja. 
Ea cuanto el rey vió que su esposa llamaba i Ju- 



142 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



lio, ó inclinaba el cuerpo hasta sacarlo fuera de la por- 
tazue^a, se echó él atrás, y de este modo ni le vieron 
ni pudo ver á los tres que se acercaron, por cubrirlo 
la reina. Esta preguntó á su esposo: 

—¿Por qué te has impresionado tanto al ver á esos 
caballeros? 

— No me han impresionado, Margarita. 

—Entonces habrá sido Alice. 

— |A¡ice! Tampoco esa dama. 

— ¿Si habré estado yo ciega? 

— Por lo menos has visto mal. 

— ¿Qué motivo te han dado el duque y sus dos hijos 
para que no les hayas dirigido el má3 leve saludo? El 
• uno es pariente tuyo, y los tres son grandes de Espa- 
ña, y según dice todo el mundo, los más cumplidos 
caballeros de egta hidalga sociedad. 

—Me cubrió tu cuerpo, y no pude verlos, Marga- 
rita. 

— N) tendrías muohas ganas de hacerlo. 
— Estaba distraido. 

— Sí, pensando en Italia probablemente. 
— O eo Francia. 

— ¿Por qué no había de ser en Nápoles? 
— Sea lo que tú quieras, Margarita, ese asunto no 
merece debate. 

— ¿Qiién sabe?, el tiempo lo dirá. 
Y continuaron mudos hasta que ya en el alcázar 
cada uno entró en su respectiva cámara. 

Al rey le esperaba el corregidor, y en el acto lo hizo 
pasar, interrogándole con viveza: 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVII 



143 



— ¿Qué has descubierto sobre el paradero de Uceda? 
— Señor, nadie me da razón de él, no obstante las 
muchas indagaciones que hemos hecho mis agentes y yo. 
— ¿Viste á doña Leonor? 

— Sí, señor, y me dijo que salió anoche de su casa 
bueno y sano, después de la media noche. Nadie ha 
vuelto á verle desde entonces. 

— Le tendieron alguna celada y ha sido víctima de 
ella. 

Y arrellanándose en un sillón, añadió demostrando 
disgusto y malestar: 

— Sigue buscando y no ceses hasta dar con di. 
Salió el corregidor y el rey se olvidó de éste y de 
TJceda para llevar á sü memoria la preciosa imagen 
de Alice. Esta tarde le había impresionado mis aun 
que anteriormente y su pensamiento se perdía entre el 
cúmulo de ideas que le pendían la posesión de aquella 
virgen. 

Cada vez más enamorado de la casta doncella, es- 
tuvo en el comedor cenando maquinal mentó y luego 
trabajó dos horas, retirándose á las doce á descansar. 

Al entrar en la cama tropezaron sus pies con un 
objeto que hubo de llamar su atención. Lo cogió con 
la mano, notando eon sorpresa que era una llave gro- 
sera, de la cual pendía un escrito. 

-—Acerca luces, — dijo al que le servía en aquellos 
instantes. 

Después leyó para sí: 

«Señor: Tengo el honor de entregaros la llave que 
cierra la prisión del duqüe de Uceda. 



144 LOS HÉROES DEL 8IGL0 XVII 

»Lo he tenido veinticuatro horas preso sin comer 
ni beber para que comprenda lo que ha hecho sufrir á 
tantos infelices, inocentes la mayor parte, á quien él 
ha impuesto ese mismo castigo. 

»Si á vuestra majestad le parece poco tiempo, pue- 
de añadir otras veinticuatro ó dejarlo, si lo juzga jus- 
to, dentro del sótano donde se halla, el cual puede ser- 
virle muy bien de panteón, — Un napolitano.» 

La carta sa hallaba escrita en italiano y á conti- 
nuación de lo expuesto se daban señas claras y termi- 
nantes para hallar la prisión de Uceda. 

— ¿Quién ha podido poner en mi lecho esta llave y 
esta carta? exclamó el rey fuera de si. — Lo ignoro, 
pero es indispensable averiguarlo, es preciso que el 
verdugo corte la mano del osado que á tanto se atrevió. 
Vísteme. 

D3spué3 salió el rey de la regia alcoba, ordenando 
que fuese inmediatamente el corregidor. 

Media hora tardó en presentarse el que acababa de 
lbmar, cuyo tiempo empleó el monarca en pasear agi- 
tado por la real cámara. 

Por fia llegó la autoridad que había mandado lla- 
mar, á la cual preguntó: 

— ¿Conoces el idioma italiano? 
— Sí, señor. 
— Lee esa carta. 

El corregidor le obedeció, exclamando al concluir: 
— ¡Qué osadía! 

— Es más audaz aun haber colocado entre las ropas 
de mí cama esa carta y esa llave. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVil 



145 



— ¡Ea la cama de vuestra majestad! 

— Sí, corregidor, pero no malgastemos el tiempo; 
pero si es cierto lo que en ese escrito se manifiesta, par- 
te inmediatamente en averiguación de la verdad. Si 
has venido solo, que te acompañen los soldados de mi 
guardia que necesites. Si hallases al duque vuelves al 
alcázar después de dejarlo en su morada. Si todo eso 
fuese mentira vuelves á decírmelo. No me acuesto has- 
ta que vuelva á hablar contigo. 

—Será lo antes posible, señor. 
Salió el corregidor y el monarca quedó paseando. 
Tenía encendido el rostro, vaga la mirada y se nota- 
ban en él señales inequívocas de contrariedad y deses- 
peración. 

Pasó una hora, y el corregidor no regresaba, de lo 
cual dedujo el rey, que el contenido del escrito decía la 
verdad. 

Cansido de pasear, se arrellanó en un sillón, como 
fatigado, harto de discurrir. 

Ya eran las dos de la madrugada, cuando le anun- 
ciaron la llegada del corregidor. 

— Muího has tardado, — exclamó el monarca, vién- 
dole entrar.— Detalla cuanto quieras, lo que hayas he- 
cho, visto y oído. 

— S3ñor, provisto de la llave y de la carta que vues- 
tra majestvl me hizo el honor de entregar, y acom- 
pañado de la ronda que me aguardaba á la puerta del 
alcázar, fui á la casita que en la carta se señalaba. La 
halló, era la llave de su puerta, la abrí y entramos, pe- 
ro nada había en las des ó tres únicas habitaciones que 

TOMO I 19 



146 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



8e presentaron á nuestra vista. Oí suspirar bajo mis 
pies, y no tardé en dar con la trampa que conducía á 
un sótano; en él encontré al señ^r duque de Uceda, en 
un estado que inspiraba compasión. Estaba sujeto por 
las muñecas con esposas, cabría su boca una mordaza, 
que sólo le permitía suspirar, y se hallaba yerto de 
frío, y tan débil, que no podía sostenerse en pie. Man- 
dó llegar inmediatamente una camilla, le quitaron la 
mordaza y esposas, y lo subieron hasta dejarlo sentado 
en una silla. El aire puro comenzó á reanimarlo y á dar 
vida á su pálido rostro. Lo trasladó á su palacio, le man- 
dé dar caldos, y el enfermo, espera la llegada del doctor. 

— ¿Ofrece peligro su existencia? 

— Creo que no, señor. 

— ¿Qué te dijo? 

—Que al salir de casa de doña Leonor, fué sorpren- 
dido p"»r cinco enmascarados y un curial, que lo suje- 
taron con tal rapidez, que hasta le fué imposible llevar 
la mano á la empuñadura de la espada y pedir auxilio, 
don mordaza y esposas, lo sepultaron en el sótano, 
donde yo lo hallé, sin que hasta entrar yo haya visto 
á ningán otro sár humano. Nada le dijeron sus secues- 
tradores, nada hablaron entre ai; fué un plaa hábil- 
mente preconcebido y realizado con suma destreza. Eso 
es todo, señor. 

—¿Sería ese curial el de anoche? 

— Lo ignoro, señor; el duque debió turbarse ante 
una sorpresa tan terrible, y no dá razón de nada. 

— Creo, corregidor, que guarda relación el lance de 
anoche, con la prisión del duque. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



U7 



— Fueron casi á la misma hora. 
— Yo no digo que se realizase con los mismos hom- 
bres. 

— Es verdad, pero el curial no podia estar en los dos 
sitios á la vez. 

—Seria otro curial tan valiente como el primero. 
— Por lo menos tan audaz. 

— Bien, corregidor, para un hombre de tu capaci 
dad, basta y sobra con el cabo que tenemos, para dar 
con la historia que tanto nos interesa averiguar. 

— Haré lo posible, señor, por complacer á vuestra 
majestad, en cumplimento del más sagrado de mis de- 
beres. 

— Vuelve á ver al duque y que me traigan noticia 
del estado en que se halla, y de la opinión facultativa. 

Media hora más tarde, recibió el rey en cama 
buenas noticias del duque de Uceda, y quiso dormir, 
mas transcurrieron algunas horas sin lograr conse- 
guirlo. 

Serían las once de la mañana cuando, previo anun- 
cio entró el favorito en la cámara real. 

Llegaba descolorido, se marcaba en su rostro la 
huella del dolor y del sufrimiento. Sojuzgaba un muer- 
to resucitado, pues creyó durante veinticuatro horas, 
que el sótano en que se hallaba iba á servirle de se- 
pultura. 

La lección que le había dado Plaviano, fué comple- 
ta, como de un Osorio. 

El rey le dió á besar su mano preguntándole: 
— ¿Cómo te encuentras? 



148 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—May débil, señor, en lo relativo á la materia y al 
espíritu, ¡he sufrido tanto! 

— Lo creo, pobre Uceda, pero no es razón para que 
tu espíritu se debilite. 

—¡Señor, son tan poderosos mis enemigos! 

— ¿Más que nosotios? 

— Más que vuestra majestad, no; más que yo, sí, 
señor. 

— En ese caso, unidos los dos, no hay para qué te 
merles. ¿No has podido reconocer á ninguno? 

— Imposible, señor; iban cinco enmascarados, y al 
sexto creo no haberle visto jamás. Me pareció curial. 

— ¿Ese último, no tenía parecido alguno con FJavia- 
no de 03orio en la estatura, modales, fisonomía, arro- 
gancia ó voz? 

—No escuchó la última, se entendieron por señas; en 
lo demás no halló semejanza alguna con Flaviano ni 
con ninguno de cuantos conozco en Madrid. 

—¿Te ha referido el corregidor lo ocurrido la noche 
que te secuestraron? 

—Sí, señor. 

—¿Y qué opinas? 

— Que fué víctima el alcalde B3rmúdez de una funes- 
ta equivocación. 

— Todas son equivocaciones en este asunto, duque. 

— Bien cara costó la última al desgraciado señor, y 
es lo mis grave que no tuvo ól la culpa. 

— ¿Pues quién fué? 

— La fatalidad. 

— Explícate. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



149 



— Ea la mañana dei día en que eso ocurrió, rrandó 
llamar la hija del duque de Pastrana á FJaviano para 
que ensayase con ella un dúo que debían cantar no sé 
qué noche. Mi primo ofreoió ir á las diez, lo supe, juz 
gué llegado e! momento y avisé á Barmúdez para que 
consumara lo que tanto anhela vuestra majestad cuan 
do Osorio saliera de casa de Pastrana. Un asunto ur- 
gente y perentorio impidió á Flaviano asistir á la cita 
y en su lugar fué Julio de Silva para disculpar á su 
amigo. El parecido de ambos jóvenes, la oscuridad de 
la noche y el frío que obligaba á llevar el embozo lo 
más alto posible, dieron lugar á una equivocación que 
costó varias víctimas y nos ha proporcionado un con- 
flicto lamentable. 

— Lo que unido á dos curiales que no tienen parecí 
do lanzados á la escena con valor y talento superiores, 
á todo encomio, dan una sombra misteriosa al cuadro 
que admira, sorprende y fatiga el cerebro. En este 
asunto, duque, hay muchos brazos y varias inteligen- 
cias que no conocemos. 

—Casi todos los habitantes de Madrid, señor. 

— ¿Qué dices? 

— Que el Santo, el duque del Imperio y sus hijos cuen- 
tan con todas las voluntades de la villa, ricos y pobres 
paisanos y soldados, grandes y pequeños. 

—Su poder no puede igualarse al de su señor. Callas, 
¡nada contestas! 

— No, señor. 
Les tienes miedo. 

— Lo ignoro, señor; pero creo firmemente que sería 



150 



LOS HÉROES DEL 8:GLO XVH 



cuerdo, discreto y muy conveniente desistir de la em- 
presa que con tanta desdicha hemos acometido. 
—¿Por qué? 

— Nos niega la suerte su poderoso apoyo, hemos 
empezado muy mal y el resultado pudiera ser de- 
sastroso. Todo lo que intento contra Osorio cuesta 
víctimas, grandes disguatos y un descrédito que rufcxv 
riza. 

— Todo eso, duque, sucede por las infinitas torpezas 
que todos habéis cometido. Nuestro intento no se logra 
de esa manera. 

— ¿Pues cómo, señor! 

— Empleando más talento, más habilidad, mayor 
s ima de intrigas y precauciones y mejores instrumen- 
tos. Osorio tendrá algún amigo, ó amiga, que el oro ú 
otros móviles análogos los pongan de tu parte y lo que 
auto cuesta á tus agente3, sea facilísimo para uno de 
esos ofcfos. 

— Comprendo, señor, y juzgo excelente la idea de 
vuestra majestad. 

—Lo que no sea eso, sólo producirá escándalos y 
desdichas. 

—¿Vuestra majestad insiste? 

—Con más interés, con más vehemente deseo que 
nunca. 
—Señor... 

— No escucho reflexión alguna sobre ese particular. 
— Está bien, señor; procuraré complacer á vuestra 
majestad. 
— Y pronto. 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



161 



— Ocn la brevedad que me sea posible. 

— Es indispensable que seas más sagaz, más astuto, 
mád ingenioso, más digno del rango á que te he ele- 
vado. 

— Lo seró. 

— Después de lo que han hecho contigo, ¿serías ca- 
paz de permitir á tus contrarios que continuaran rién- 
dose de tí el resto de la vida? 

— Señor, no hallo frases con que encomiar la sabi- 
duría y talento incomparables que admiro hoy en vues- 
tra majestad. Su privilegiado entendimiento penetró en 
mi corazón, abrió sus pliegues, leyendo lo oculto que 
allí se escondía. Oreo como vuestra majestad que mi 
desgracia de ayer fué dirigida por Osorio; creo otras 
muchas cosas parecidas y en verdad que anhelo tomar 
la revancha. No es posible que vuestra majestad tenga 
más deseos, más ganas qae yo de ver realizada una 
venganza que se ha hecho tan necesaria en mí con la 
vida. 

—¿No está en ta mano? 
— Pronto lo he de ver. 
—¿Te falta algo? 

— Nada, señor, necesitaba que un talento superior 
iluminara mi cerebro y ya lo ha hecho el de vuestra 
majestad. 

— En cuanto te restablezcas da principio con ener- 
gía, destreza y tanta habilidad que ganes lo perdida 
en consideración, respecto de mí, y en fama de habili- 
doso entre los grandes y nobles. 

— Lo ha^é, señor. 



152 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVIC 



—Ve á saludar á la reina que deseaba verte y retí- 
rate que aún estás descolorido y débil. 

El favorito salió de allí de modo bien distinto á 
como Labia entrado. Llegó acobardado, vacilante, tí- 
mido é irresoluto y salía valiente, atrevido y más dis - 
puesto que nunca á realizar los deseos de su señor. 
Era el más poderoso de la corte, en adelaute iba á ser 
el más audaz y ia nueva lucha á que iba á dar princi- 
pio debía ser terrible y tan cargada de accidentes dra- 
máticos que ha de maravillar su relato. Tenía el duque 
de su parte casi todo el poder del rey y 03orio el de 
un talento, astucia y sagacidad incomparables, unidos 
á las facilidades que ee logran con el oro, la simpatía 
y la defensa de lo justo. 

La pelea iba á ser de potencia á potencia. Pero no 
adelantemos el discurso. 

El duque entraba por una puerta en la cámara de 
la reina y por otra llegaba la duquesa de los Andes. 
Antes que su majestad se dignara dirigir la palabra á 
Uceda habló con la duquesa cinco minutos en voz tan 
baja que nadie las oyó. 

Quince minutos conversó con la reina el favorito 
del rey. Su majestad estuvo tan irónica y epigramática 
con Uceda, que éste salió de allí corrido y avergonza 
do; sus desgracias sólo inspiraban á la augusta señora 
frases mortificantes que el duque oyó con amarga pa 
ciencia. 

Abandonó el alcázar y entrando en su palacio, co- 
menzó á trabajar sin cuidarse para nada de sus do- 
lencias. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



153 



— Seró sagaz, — se decía, — el rey tiene razón, la in- 
triga, la hipocresía y el ingenio, lo harán todo y de 
esta manera me vengaré hasta de la augusta señora que 
acaba de martirizarme. 

Torturó su ingenio y dió principio á la preparación 
de una emboscada tan hábil como inicua. 

La víctima era Osorio, pero le encontraba preve- 
nido, gracias á la duquesa de los Andes y á su prodi- 
gioso talento y perspicacia. 



iq büu 



TOMO I 



80 



CAPÍTULO IX 



Una entrevista importante.— Empieza el desarrollo de una intriga 
que debe concluir con una gran maldad.— Otro crimen oculto en- 
tre las sombras de la noche. 



Dejemos al favorito que torture su entendimiento 
y ponga en juego los grandes medios de acción de que 
disponga para dar fin de una preciosa vida, y sigamos 
nosotros á la víctima hasta que sepamos si ha logrado 
ó no su verdugo segar tan incomparable garganta. 

Felipe II, mejor ó peor, gobernó siempre su país, 
y lo que los españoles pudieron perder en libertades y 
derechos, lo ganó la nación en preponderancia y pode • 
río. El austero monarca jamás confió las riendas del 
poder á manos extrañas ni advenedizas, en tanto que 
su hijo Felipe III todo lo confió, primero al duque de 
Lerma, y luego al hijo de éste, ó sea al duque de Uce- 
da, el cual ni tenía talento para gobernar un reino, ni 
ese interés de un monarca, que si por otra cosa no, 
por gratitud debe velar por la suerte de sus goberna- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 155 



dos. Los favoritos por punto general se ocuparon, pri- 
mero de enriquecerse, luego en tiranizar con despotis- 
mo peor y más insufrible que el de un monarca tirano, 
entregándose por último á venganzas y goces que los 
empequeñecían y desprestigiaban. Es decir, que la ma- 
yor parte del tiempo la empleaban en desgobernar la 
nación y el resto en deleites que los presentaban conjo 
tipos de corrupción y de desenfreno. 

El duque de Lerma, primer favorito de Felipe III, 
era malo, pero su hijo el duque de Uceda tenía menos 
talento que el padre, era menos hábil y correcto en sus 
obras y tenía necesariamente que presentar el tipo aca- 
bado de un valido pequeño como ninguno. Prefirió e) 
rey el hijo al padre por la sumisión, servilismo y do- 
bleguez completa que el de Uceda le ofrecía. 

Hecha esta aclaración indispensable, para mejor in 
teligencia de nuestros lectores, raanudemos nuestra in- 
terrumpida historia trasladándonos al explendido pa- 
lacio que fué de los Invencibles, y hoy lo poseen el du- 
que del Imperio, la duquesa de los Andes y don Julio 
de Silva. 

Habían trascurrido tres dias desde aquel en que el 
favorito se despidió del rey, se sepultó en su palacio y 
comenzó á meditar en la manera de realizar un gran 
crimen, y luego se dispuso á realizar su terrible pen- 
samiento. 

Eq la noche de este tercer día, los duques de Pas- 
trana habían reunido en su palacio la clase más esco- 
gida de la sociedad en agradable sarao. Cantó su bella 
hija, hizo las delicias del auditorio el incomparable 



156 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Flaviano con su mágica voz y delicioso arte, y éste, 
en unión de su amigo íntimo Julio de Silva, fueron los 
héroes de la función por su elegancia, varonil belleza 
y trato exquisito y delicado. 

Terminada aquella velada, los dos jóvenes, acom- 
pañados del duque del Imperio, se retiraren á su mo- 
rada, quedando los tres en la antecámara de la alcoba 
de Flaviauo y Julio, comentando las peripecias que 
presenciaron en el salón, 

De pronto se abrió la puerta secreta que ya cono- 
cemos, apareciendo en los umbrales la severa y esta 
noche imponente figura del principe de Italia. 

Los tres se pusiero de pie, besaron la diestra del 
religioso y retrocedieron, mirando con interés y res- 
peto al Santo, Este avanzó lentamente unos cuantos 
pasos presentando esta noche sombría la mirada, y tan 
tétrico el semblante, que hubiera impuesto á otros que 
no fueran los que llamaba hijos y hsrmano. 

Qiedó parado frente á Fiaviano; ambos se miraron, 
el uno con amor y respeto y el Trinitario con severi- 
dad que impuso á los tres. 

Por fin rompió aquel silencio la voz del príncipe, 
diciendo á Elaviano: 

— Te aguardan, hijo mío, males sin cuento, y en 
verdad que te ha de faltar abnegación para sufrirlos. 

— No os comprendo, señor, — contestó el joven mi- 
rando con tranquilidad suma al religioso. Esta añadió: 
— La Providencia concade á muchos hombres una 
fortaleza de ánimo, un talento y un cúmulo de dotes 
que los elevan sobre el resto de sus semejantes. Pues 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



lí>7 



bien, Flaviano, tú e^tás en ese caso; tú tienes que 
agradecer á Dios lo indecible y debes esperar que las 
pruebas que de tí exija el cielo S3an tan grandes y tan 
difíeiles como grandes y maravillosas son hs cualida- 
des que te otorgó su portentosa munificencia. Al gran- 
de pide Dios como grande; al pequeño como peqaeño. 

— Es verdad, padre mío, debo mucao á la Pro vi* 
densia y 03 justo que las pruebas á mí exigidas sean 
inmensas, terribles, corno las que un día os pidió á vos, 
como las muchas que exigió de mi padre don Flaviano. 

—Acaso mayores. — dijo el sacerdote con pena, — 
porque todavía debes más á la misericordia divina que 
el autor de tus dias. 

— Que vengan, señor, también yo os salvaría á vos 
orno mi padre al vuestro en Malta, y si era necesaria 
más abnegación todavía, mayor la encontrarais en mí. 
Ni tengo apego á la vida, señor, ni haró nunca de ella 
vil juguete de pasiones bastardas. 

Pronunciaba Flaviano su? frases con una seguri- 
dad y una entereza que había logrado asombrar á su 
paire el duque y á su hermano en cariño Julio de Sil- 
va. La actitud que en aquellos momentos tenía el prín- 
cipe de Italia impuso un d:a á los Invencibles y hasta 
á los reyes; porque era la severidad del talento, de la 
sabiduría humana, dal prelominio y de una conciencia 
recta y poderosa. No sucedía lo mismo con el joven 
Flaviano: tajos de incliaar si frente ante la venerable 
cabeza del Santo, sin perder su constante amor y res- 
peto, la tenía alzada, contestando á la mirada sombría 
de aquel génio del saber y de la virtud, con otra cari- 



158 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



ñosa, pero indiferente, casi desdeñosa al augurio que 
contenían las palabras del Santo. Este volvió á fijarse 
en él con más interés que nnnca y con el mismo acento 
severo, añadió: 

— Flaviano, te han sentenciado á muerte y ahora te 
buscan en un terreno que si la misericordia divina no 
te defiende, sucumbirás. Sucumbirá, duque del Impe- 
rio, sucumbirá Julio de Silva, y ambos sepultareis vues- 
tra existencia en un piélago inmenso de desdichas, 
amargura y pena. 

Ninguno de los dos últimos se atrevió á decir nada 
contra el terrible vaticinio del Trinitario; sólo Flaviano 
le contestó: 

— Lo sé, padre mío, y aguardo con la indiferencia 
del que nada teme. 

—Te he dicho, Flaviano, que perecerás si la Provi- 
dencia no te defiende, y para que Dios te ampare, ne- 
cesites ser digno de Dios. 

— Muy bien, señor, continuaré defendiendo la virtud 
y matando á todo el que me estorbe, en el cumplimiento 
de tan santa misión. 

Ahora los tres miraron á Flaviano con sorpresa, y 
un tinte de terror muy marcado. Las frases eran la ex- 
presión de la verdad, la decisión de su pensamiento y 
de un propósito invariable. 
El sacerdote replicó: 

— I Matando! Terrible frase, Flaviano. 

— Funesta verdad, señor, que aprendí de Alberto de 
Silva, de su incomparable hijo Julio y de mi padre, el 
duque del Imperio. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



159 



—¿Por qué no habías de ser mejor que noso- 
tros? 

—¡Mejor aun! Haré lo posible, pero lo creo difícil 
de conseguir. Dios en sus altos designios, armoniza en 
el hombre las bellas cualidades con terribles pasiones 
que lo columpian y perturban hasta hacerle dudar do 
todo, y yo, padre mío, ne obstante deber mucho á la 
Providencia, no me he librado de esa severa ley. El 
instinto de conservación me impone matar, la virtud 
amenazada, pide movimiento y brío á mi acero, y la 
justicia.,, quien sabe si divina ó humana, pero justicia 
al fin, me convierte on verdugo, y ninguno me enseñó 
hasta ahora á desobedecerla. La gran prueba de esta 
verdad la encuentro en vuestras propias frases: vos me 
habéis facultado para que obre con libre albedrío, con 
entera independencia, y bien sabéis, señor, que si me 
hubiórais querido eacerrar en el férreo círculo de vues • 
tra voluntad, yo no hubiera salido de él. Cuando me 
habéis dejado en completa liber!ad, es porque la merez- 
co, es porque como yo, vaciláis entre dos deberes an- 
titéticos; por eso vos, como vuestro admirable padre, 
os hicisteis religioso; en es^ estado no hay vacilación 
posible, la caridad y la humildad sujetan y dominan al 
sér humano, encerrándolo en el cumplimiento de un 
solo deber, el de imitar al sublime Mártir del Gólgota. 
¿Queréis que yo no sea lo que soy? Vuestra voz, señor, 
vuestra voluntad, son omnipotentes para mí; mandad 
me profesar en vuestra Orden, y aun cuando no tengo 
vocación seré religioso, imitaré á Jesás y no volveré 
á ser víctima de vacilación alguna; al que estampe su 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



mano en mi carrillo derecho le presentaré el izquierdo, 
para que haga lo propio con él. 

— Oran admiración sería para la Orden, Flaviano de 
Osorio; excalente conquista para la religión, pero mi 
estado no debe imponerse á nadie: sólo se llega á él 
por la inclinación y el convencimiento. 

— Entonces, señor, no os preocupéis por mí ni por 
mi suerte; he de hacer aun menos de lo que vos y mi 
padre hicisteis, y si muero, si tengo más suerte que 
vosotros, y el Hacedor me llama en mis juveniles años, 
no me lloréis, envidiadme. Luego nos reuniremos con 
el padre Alberto, y la felicidad será allí completa para 
todos nosotros. 

—Jamás osó el duque del Imperio hablar de ese mo- 
do á mi padre que valía más que yo. 

— ¿Oí he podido faltar en algo, señor? 

— No, hijo mío; has podido sobreponerte á tu padre 
moralmente considerado y te seguirás sobreponiendo 
en todos los terrenos y de todas las maneras. 

—Gracias, señor, vuestras frases podrían enor 
gullecerme si yo pudiera sucumbir ante esa debi- 
lidad. 

El rostro del príncipe de Italia había ido poco á 
poco perdiendo toda la severidad y el tinte sombrío y 
tétrico había cambiado por la dsmostrasión de un ca- 
riño tan profundo que admiraba. Se acercó á Flaviano, 
y colocando sus manos sobre el rostro del joven estam- 
pó un beso en su frente, diciéodole con ternura: 

—Hijo, vé siempre provisto de un narcótico que 
imite el agua en apariencia y sea de seguros efectos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



161 



*— ¿Es esto, padre mío?— le contestó Flaviaao, ense- 
ñándole un frasquito qae llevaba en el bolsillo. 

— Muy bien, — replicó el principe,— y lleva consigo 
además un buen lápiz y papel. 

— ¿Como éste, señor? 

— Veo, Flaviano, que son inútiles todas mis precau- 
ciones para contigo. Graba en tu memoria que este 
mísero sacerdote vela por tí y te sigue con su mirada 
desde su celda, desde el coro, donde quiera que estó, 
haga lo que quiera. Te salvaré... No tengo duda algu- 
na ya, te salvaré. 

Volvió á besar su frente, también la de su hijo y la 
del duque, desapareciendo de allí sin darles tiempo á 
pregunta alguna ni réplica. 

La puerta secreta se cerró en pos del Santo, excla- 
mando el duque al perderlo de vista: 

— Está bien, hermano; creo que salvarás Ja vida de 
mi hijo, pero si por una excepción te equivocases, yo 
te juro que ha de correr la sangre por Madrid con más 
caudal de líquido que en loa campos de batalla. 

—¿Contais conmigo?— le preguntó Julio mirándole 
fijamente. 

—Sí, como se puede contar con un hijo querido, con 
un león que no podría yo dejar atrás por mucho que 

avanzara#teid ¿>f fwp mámá soito eotrrjBt éfc y 

Mientras tenía lugar este corto diálogo, Flaviano 
se había arrellanado en un sillón de damásco y tara- 
reaba una de las arias que acababa de cantar en el pa- 
lacio de Pastrana. Su actitud era la de un hombre fe - 
liz y tan indiferente á los futuros males, que parecía 

TOMO I 21 



m 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



no amenazarle ninguno. Su grata voz fué interrumpida 
por la de su padre, que le preguntó: 

— ¿Pero qué ocurre, Flaviano, que justifiquen loa 
temores del sabio príncipe de Italia? 

—El Santo adivina, padre mío, y lee en el porvenir 
con la facilidad que en su breviario. Hoy no hay otra 
cosa que lo referido por la duquesa de los Andes; mis 
enemigos esconden sus intentos entre las sombras de 
la noche y más cautos y diestros que anteriormente, 
pretenden segar mi garganta de una manera tan dis- 
creta como sabia, buscando de un modo criminal, co- 
mo fácil y conducente al logro de lo que se proponen 
realizar. 

— ¿Y en el porvenir qué ves, Flaviano? 

— Permitid, padre mío, que me alegre y sonría; no 
me inspira la verdad, es la satisfacción de sí propio. 
En el porvenir, señor, entraré en una lucha sagaz, 
hábil, diestra, en que lucharán contra mi pobre enten- 
dimiento muchas inteligencias, todo el poder de un rey 
y loda la astucia de infinitas serpientes. 

— jY eso te hace reir y te alegra? 

— Claro es, sólo espongo la vida que no me hace 
falta y puedo ganar una victoria que me haga digno 
sucesor del conspirador de Alicante, del célebre raptor 
de Sira y de tantos otros hechos que la historia relata, 
comenta y elogia menos aún de lo que merecen. 

— ¿Con qué cuentas tú para el logro de esa victoria? 

— Con Dio? y con mi inteligencia. 

— Yo tenía un Ros y cinco invencibles compañeros. 

— Yo tengo cinco Ros, un Santo, al duque del Im- 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



163 



perio y á mi hermano Julio, que puestos en la balanza 
contra vuestros cinco invencibles pesan mucho más, 
padre amado. ¿Opinas lo mismo que yo, Julio? 
—Sí, Flaviano. 

— Has previsto, hijo mío, todas las contingencias 
y desastres que pueden caer sobre tí en un momento 
dado. 

— ¿Quién es capaz de preverlo todo? La* suerte se 
reserva algo para ella y se lo ofrece después al que tie- 
ne por conveniente. 

—¿Nada más me dices Flaviano? 

—Sólo eso, padre mío. 

— ¿Quieres que te acompañemos siempre Julio y yo? 

— Padre, eso es demasiado cobarde para aceptarlo 
el hijo del duque del Imperio y es excesivamente ni- 
mio y vulgar para un cerebro medianamente organi 
zado. 

— ¿En ese caso, qué hacemos tu hermano y yo? 

—Ahora dormir y mañana lo que queráis, no con 
tando conmigo para nada. Deseo hacer uso de mi libre 
albedrío y de la independencia que me ha concedido el 
Santo. 

Y después de estrechar á ambos, buscó en unión de 
su padre y de Julio el descanso, quedando al poco 
tiempo dormido sin que idea alguna viniera á preocu 
parle. 

Desde que Flaviano salvó á los cinco hermanea 
Ros había sufrido un cambio completo la vivienda de 
éstos. Alquilaron la casita de su propiedad, en que an- 
tes vivían, y se habían trasladado á otra más grande, 



164 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



pegada al palacio del duque d¿l Imperio y con una co- 
municación secreta, que permitía á Flaviano visitar á 
la viuda y cinco hermanos sin salir á la calle. Esta ca- 
sa hacía esquina, y tenía tres fachadas y dos postigos 
á calles excusadas. Cuando Flaviano entraba ó salía dis- 
frazado, siempre lo verificaba por la casa de los Roa, 
imitando en sus disfraces á uno de los hermanos que 
tenía sus carnes y estatura. 

A la noche siguiente de la en que acabamos de des- 
cribir las escenas anteriores, se retiraba como á las 
diez de la noche el valiente joven cuando llamó viva- 
mente su atención la voz tímida de una joven, cuyo 
velo cubría parte de su faz y desde el portal de su casa 
le dijo: 

— ¿Señor, me dais una limosna por caridad? 
Osorio se detuvo preguntándole: 
— ¿Qaiéa te ha dicho que yo soy señor? 
Iba perfectamente disfrazado, y esta noche lo cubría 
grosero traje. La pobre le contestó: 

— Para una mendiga todos son señores. Tengo dos 
niños que están pereciendo de hambre. Entrad, señor, 
y los veréis; por duro que tengáis el corazón ss ablan- 
dará ante cuadro tan desgraciado. 

— Me basta con que tú lo digas, pobre criatura. 

— Yo os suplico que asoméis la cabeza si tenéis valor 
bastante para presenciar la verdadera miseria. 

— Tengo el suficiente para ramediarla, que es el que 
á tí te conviene, mendiga. ¿Vives en ese cuarto bajo? 

— En él perezco, señor. 

— ¿Te llamas Magdalena? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



165 



— ¿Cómo sabéis?... 

— Ua conocido me habló de tí y ya te he recomen- 
dado al Santo que vendrá sin duda alguna á remediar 
tu indigencia como tiene de costumbre cuando le ha- 
blan de un desgraciado. Te daré, no obstante, estas dos 
monedas. 

— |A.h, señor, entrad y veréis!... 

— No hay necesidad. 

— El príncipe de Italia, si llega á venir, no se aver- 
gonzará de visitar la miseria. 

—No es vergüenza lo que me causa. 
— Será entonces miedo ó repugnancia. 
—Tampoco; es otra cosa. 

— Para un corazón nob.e, para un alma generosa 
no hay causa alguna que la iaapida ver la desgracia 
antes de socorrerla. 

— Eso ya no es mendigar, Magdalena. 

— ¡Qué bien me conocéis, señor! 

— Ya lo ves. 

— ¿Y conociéndome tanto, no entráis? 

— Porque te conozco, no entro: ho ubres como yo no 
huyen de la miseria, sino del vicio y de ia corrup- 
ción. 

— ¿Cómo me habéis conocido? 

— Como tú á mí; en el perfil, en la mirada. Tú eres 
el único ser quo puede reconocerme, y á mí me basta 
fijarme una sola vez para distinguir la persona al tra- 
vés de todos los disfraces. 

— ¿Por qué soy la única que puedo reconoceros? 

— Porque hace un año me sigues A todas partes, es- 



166 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYH 



tudias hasta mis menores movimientos, estás enamo- 
rada y hasta adivinas mi presencia antes de haberme 
acercado al sitio donde te hallas. 

— |Es verdad! ¿Porqué me ofrecisteis dos monedas 
si me conocíais, y sabéis que no soy pobre? 

— Porque imploraste mi caridad y jamás dejo de 
contestar al que invoca mi filantropía. 

— Puesto que me conocéis, entrad, señor, y os con- 
taré una historia que os interesa saber. 

— Gracias, Magdalena; no pudiendo la sirena atraer- 
me con la caridad, imposible que lo logre de otra ma- 
nera. 

—¿Vos tan valiente os asusta una mujer? 

— Una mujer no, una infame traición. 

— ¿Eso suponéis, creyéndome enamorada? 

—Por eso lo doy por hecho. Despreciada por mí t* 
vendiste á mis enemigos para vengarte con la ayuda 
de ellos. 

— Creéis adivinar y os eDgafía el miedo. 

— Voy á daros un consejo, y me retiro. Yo no he 
tenido ni tendré manceba^; vuestra pasión es insensa- 
ta; insistir en ella es locura; pretender vengarse de mí 
es llamar á la muerte, cuando con dinero y belleza po- 
días hacer la suerte de un hombre y ayudarle á fundar 
una familia honrada. Medita en lo que acabo de decir 
te, y que el cielo te inspire. 

— Esperad un momento. ¡Ay qué desgraciada soy! 
Esta exclamación salió de los labios de Magdalena 
como un grito de dolor expresado con toda la fuerza de 
sus pulmones. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



167 



Flaviano fué á volverle la espalda, pero le detuvo 
la voz del príncipe de Italia, que exclamó: 
— ¡Llegó á tiempo! ¡bendito sea Dios! 

No tanto como el religioso creía. Al exhalar Mag- 
dalena el fingido grito de dolor, salieron diez hombres 
del cuarto donde pretendía aquella mujer que entrase 
Osorio; y espada en mano fueron á caer sobre el jó ven, 
conteniéndoles el príncipe que lo cubrió con su cuerpo. 

Trocada en harpía la enamorada jóven, les dijo con 

ira: 

— Herid, matad. Primero á ese fraile. ¿Qué os detie- 
ne, colardes? 

Uno, el que estaba delante, fué á clavar la punta 
de su espada en el Santo, pero cayó redondo, atrave- 
sado su cráneo por una bala que le dirigió Osorio. 

Este, desde el momento que vió á los asesinos, co- 
menzó á tocar un silbato de oro que prolongaba exten- 
samente sus sonidos. Después de varios toques lo guar- 
dó, quedando con una pistola de dos cañones en cada 
mano. 

Los que estaban dentro del portal, en cuyos um- 
brales habían hablado Flaviano y Magdalena, retroce- 
dieron al oir ia detonación y ver caer á uno de sus 
compañeros. La harpía quedó pegada á la paerta, 
muda y sin aliento. 

Hubo un momento de tregua y de silencio interrum- 
pido luego por la carrera de diez hombres que llega- 
ban por la izquierda de la calle. 

Después aparecieron otros por la derecha. 

Respuesta Magdalena, les decía: ( 



168 



LOB HÉROES DRL SIGLO XVII 



—Ese es Flaviano de Osorio, matadlo, También á 
ese fraile que lo defiende. ¿Qué os detiene? 

Otro balazo escapado de las pistolas de nuestro jó- 
ven derribó al jefe de los que venían por la derecha, y 
no tardó en escucharse el tercero que hizo rodar al que 
iba delante de los que llegaban por la izquierda. 

Tr¿s tiros había disparado Osorio y otros tantos 
cadáveres besaban el suelo. 

Los veintisiete hombres que quedaban con 'vi a 
volvieron á retroceder y siguió al último disparo otro 
momento de tregua y silencio. 

El Santo había cruzado las manos y con la vista 
baja parecía no oir ni ver lo que ocurría en torno suyo. 

Flaviano, que todo lo veía, sereno y más valiente 
de cuanto es posible decir, aprovechó aquellos instan- 
tes, y cogiendo al príncipe lo pegó á una de las pare- 
des exteriores de aquella casa, quedando él delante con 
una pistola en una mano y la espada desnuda en la otra. 

La harpía torn6 á exclamar: 
— ¿Tantos hombres y no os atrevéis con un maldito 
fraile y con un jó ven? Mañana lo sabrá el duquo, co- 
bardes mercenarios, torpes galeotes fugados de Carta- 
gena. ¡A ellos, si tenéis corazón!... 

No pudo continuar. Flaviano se separó un instan- 
te del religioso y acercándose á Magdalena la levantó 
en alto, arrojándola contra las piedras de la calle con 
toda la fuerza, rapiiez y destrezi de un consumado 
gimnasta. Acto continuo volvió á cubrir con su cuerpo 
el del religioso. Este seguía con las manos cruzadas, 
la vista baja y sin oido ni vista al parecer. 



Riña en la calle. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



1G9 



La joven cayó en medio de la calle sin sentido por 
la conmoción que le produjo el fuerte choque de su ca- 
beza contrae 1 duro suelo. Ya no podía hablar, su 
cuerpo inerte servía de estorbo á los que antes obede- 
cían sus mandatos. 

Este último hecho de Plaviano prolongó la tregua, 
pero no tardaron en rehacerse los asesinos, y compren- 
diendo cuan fácil le era vencer y matar los veintisiete 
á uno sólo, corrieron junto á 03orio. El más valiente, 
el que iba delante, rodó también al suelo, roto su crá- 
neo por la cuarta y última bala de las pistolas de Fla- 
viano. 

Siguió una nueva y cortísima tregua. Eran veinti- 
séis y Ú valeroso contrario sólo tenía una espada, las 
dos pistolas estaban vacias y era imposible resistir por 
mucho tiempo el ataque de tanto acero como iba á di - 
rigirse á su pecho. 

El Santo era un verdadero estorbo para nuestro 
valiente joven, toda vez que le impedía moverse, pues 
se bailaba resuelto á defenderlo con su espada y con su 
propio cuerpo. 

Desde el medio de la calle, solo y con su natural 
bravura, arte y ligereza hubiera podido entretener un 
poco aquella desigual pelea, pero esto le era imposible 
teniendo detrás al padre que adoraba, al Santo cuya 
veneración y respeto lo atraían y dominaban. 

Estas y otras ideas análogas cruzaron por 1 x men- 
te da Flaviano y anteponiendo la vida del religioso á 
la suya propia, decidió arrojar la espada y decir á sus 
contrarios: croo 

TOMO I 22 



170 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¡Respetad al Santo que á nadie hizo daño y al 
que todo el mundo venera! | Yo soy vuestro enemigo, yo 
soy Flaviano de Osorio; aqui me tenéis solo ó indefen- 
so, asesinos; matadme! 

Dicho esto desde el medio de la calle su muerte 
era tan segura como cierto el que ninguno se atrevería 
á herir al indefenso y bondadoso sacerdote cubierto con 
los hábitos de una orden sagrada, y que pasaba los días 
de su vida orando y haciendo el bien de sus seme- 
jantes. 

Fué á llevar á cabo su noble pensamiento, pero le 
contuvo la salida que hicieron de pronto del portal los 
asesinos que quedaban dentro, los cuales, creyéndose 
poco seguros en el estrecho recinto, salieron á la calle 
para unirse á sus compañeros y entre todos dar fin del 
temerario mancebo que parecía atreverse con todos. 

Los que acababan de salir dieron varias voces para 
juntar á los otros y formar con ellos el semicírculo de 
hierro que debía dar fin de la existencia de 0¿orio, 

Eran nueve galeotes escapados de Cartagena, don- 
de los iban á embarcar para que continuasen remando 
como castigo impuesto por el tribunal á sus muchos 
delitos; nueve criminales que vivían en Madrid disfra- 
zados y con nombres supuestos, y sa único oficio era 
el robo, realizado colectiva ó individualmente. Estos 
nueve facinerosos no podían cobrar el preoio estipula- 
do por la muerte de Osorio sin haberlo antes muerto, 
y aun cuando no eran valientes, suplía en aquellos mo- 
mentos el egoismo á la íalta de valor. 

La arpía dispuso con más acierto que los anterio- 



L^S HÉROES DEL SIGLO XVII 



171 



res esbirros de Uceda la sorpresa de que era víctima 
en aquellos momentos el más valiente, sagaz y entendi- 
do de los madrileños; pues además de los diez hombres 
que ella se habia proporcionado servibles para todo lo 
malo, pidió y obtuvo de Uceda veinte agentes de poli 
cía que á sus órdenes formaban la reserva de su gente 
de acción. 

El plan de aquella furiosa mujer era ingenioso y 
sagaz. Para realizarlo habia alquilado una casita que 
sólo tenía piso bajo y principal, situada en una calle 
próxima al palacio del duque del Imperio y por la cual 
cuzaba Osorio cuando S3 retiraba disfrazado; por ser 
una de las más estrechas y menos pasajeras de aquel 
barrio. C omprendió qu¿ ningún estímulo mayor para 
el noble joven que el invocar la caridad, y no sólo dis 
puso llamar su atención de la manera que hemos visto, 
síqo que auxiliada por la influencia del duque, un co- 
nocido de éste le había escrito aquel mismo día reco- 
mendándole socorriera la amarga desgracia en que se 
hallaba una madre viuda y sin recurso alguno, que 
veía morir de hambre á dos niños de corta edad. 

Creía ella con razón que reconocería A Osorio con 
cualquier disfraz y no se había equivocado; paro nues- 
tro joven, que notó de tiempo atrás que era seguido y 
espiado por el amor de aquella mujer, bubo de fijarse 
también en ella y le sucedía lo propio; es decir, que 
debía necesariamente reconocerla con cualquier disfraz 
y aun al pálido resplandor de la opaca luz de una iin - 
terna situada algo distante de donde la supuesta men- 
diga se había colócalo. 



172 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Posible es qu9 de no haborla reconocido Flaviano 
hubiera caído en el lazo diestramente tendido, y en- 
trando en la habitación donde se hallaban los supues 
tos niños, hubiera recibido como recompensa á su no- 
ble acción cuatro ó seis puñaladas que lo hubieran de- 
jado muerto sin auxilio de nadie, sin ruido y sin que 
se enteraran otros que los asesinos. 

Aquella malvada declaró su pasión en todas las for- 
mas que le íuó dable al virtuoso mancebo, pero éste la 
contestó siempre con desprecio, y cuando la voluptuosa 
joven comprendió que el bello y poderoso Flaviano 
sólo tañía desprecio para ella, juró matarlo, vengando 
de esta manera los muchos desaires que llevaba sufri- 
dos. Hizo póblico su deseo; aseguraba qua el heredero 
del duque del Imperio seria pronto asesinado; corrió 
la voz entre las gentes con quien ella tenía tratos; no 
era fea; su apasionamiento la prestaba valor y energía; 
se la recomendó al duque uno de los esbirros, y el de 
Uceda la llamó, creyendo que la había abortado el in- 
fierno para realizar sus planes con acierto y segu- 
ridad. 

fué indudablemente el pensamiento mejor encami- 
nado al desarrollo del funesto plan que bullía en el ce 
rebro del favorito. Su entretrevista con la arpía le dejó 
tan satisfecho que aprobó el plan, dándole á la vez el 
dinero, ios hombres y la influencia que lo pidió. La 
idea de Magdalena parecía estar dantro de los consejos 
é indicaciones hechas por el rey á su primer ministro, 
y en estos instantes aguardaba el último la realización 
con éxito completo del funesto plan de su cómplice* 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



173 



En efecto, FJaviano, que había reconocido á la fu- 
nesta mujer y comprendió desde luego lo que se pro- 
ponía, no entró en la red, pero su excesivo valor le 
impidió comprender que la astucia de la mujer suele 
prever todos los casos; éste lo había sido por Magda- 
lena y le fue imposible contar con la llegada del prín- 
cipe de Italia y con el círculo de hierro que ahora le 
iba á rodear. 

Más noble aún que valiente, más generoso que au- 
daz ante el peligro que la vida del Santo corría, recor- 
dó lo que su padre había hecho en otra solemne oca- 
sión con el padre del príncips, y se dispuso á imitarle 
ofreciendo sti vida sin defensa alguna por la existencia 
del anciano y venerable sacerdote. 

Dios había dispuesto otra cosa, y el mismo que 
salvó la vida del duque del Imperio, tan generosamen- 
te ofrecida en Malta, debía intentar ahora la salvación 
de la vida del noble Flaviano. 

En el mismo instante que I03 nueve hombres que se 
hallaban en el portal saltaron en medio de la calle, sin- 
tió Flaviano oprimida su cintura por dos brazos de hie- 
rro y S3 vió conducido en viio instantáneamente al por- 
tal que quedaba vacío. A la vez se cerró la puerta de 
la calle, le arrastró la misma mano que antes le opri- 
mía, se cerró otra puerta, y entonces pudo fijarse Oso- 
rio en el religioso que, provisto de una linterna, le 
decía: 

— Sube, abre el balcón y vuelve á tocar ese silbato 
si crees que alguien pueda oírnos. 

Desde el momento en que Flaviano se halló opri- 



174 



LOS HEROaS DEL SIGLO XVII 



mido por la cintura, en aquel instante se había senti- 
do dominado por an poderoso fluido que perturbó su 
razón; dejándolo inerte. El Santo, que tuvo cruzadas 
las manos y baja la cabeza, permitiendo sin notarlo 
al parecer, que la espalda de Flaviano se pegara á su 
cuerpo, levantó de pronto la frente, miró como en 
aquella época en que siendo el primer general del mun- 
do se hallaba frente al enemigo, é hizo un esfuerzo su 
perior á todo encarecimiento; rápido, colosal y dando 
un salto cayó enmedio del portal llevando á Flaviano 
entre sus brazos. Con rapidez vertiginosa cerró las 
puertas con llaves y pasadores, y cogiendo la linterna, 
única cosa que habia en aquellas desmanteladas habita- 
ciones, expresó las frases que acabamos de oir dirigi- 
das á Flaviano. 

En aquel momento volvió á la razón nuestro joven 
y comprendiendo todo lo que ocurría, subió de dos en 
dos 'os escalones, luego abrió el único balcón que la 
casita tenía y dejando la linterna en el suelo y la espa- 
da en la vaina se puso el silbato en la boca y comenzó 
á tocar con más brío que anteriormente. A la vez car 
gaba los dobles cañones de sus pistolas, pues iba pro- 
visto de seguada carga. 

Los sonidos del silbato eran estudiados: primero se 
dejaban oir un segando sin interrupción alguna y lue- 
go daban golpes acompasados. De esta manera coEti- 
nuó con ligeros intervalos, pero repitiendo siempre los 
mismos sonidos. 

Los veintiséis sicarios, al salir los nueve últimos 
se habían arremolinado, hablaron entre sí y viendo la 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVII 



175 



puerta cerrada y que por ella habían entrado el fraile 
y su acompañante se dispusieron echarla abajo, pro- 
porcionándose al efecto una grtiesa piedra que hallaron 
no lejos de allí. 

Dos de ellos la llevaban cogida, pero al ir á arro- 
jarla sobre la puerta uno rodó al suelo, heriio en la 
frente por otra bala, la piedra fué al arroyo y el segun- 
do que la sostenía retrocedió asombrado. 

El silbato continuó tocando. 

El príncipe de Italia siguió lentamente á Flaviano 
hasta situarse en medio de la sala donde se hallaba el 
balcón. Otra vez había vuelto á cruzar las manos y más 
baja que nunca la cabeza, parecía no oir ni ver nada 
de lo que pasaba en torno suyo. 

Osorio tendido sobre el pavimento del balcón con 
una pistola al lado y otra en la mano, dirigía la luz de 
la linterna al grupo que tenia de frente. 

Su silbato no dejaba de tocar. 

Repuestos los asesinos se oyó más que un grito un 
rugido que atronó el espacio. Despué3 gritó uno de 
ellos: 

— Escalemos unos la casa y otros arrojad esa piedra 
sobre la puerta con la fuerza de Satanás. 

— Arriba, arriba, — exclamaron varios y fueron á 
obedecerle como furias infernales; pero al acabar el 
primero de expresar sus frases, se oyó otra detonación 
cayendo muerto el improvisado jefe. 

Otro remolino y otra impresión siguió á la bala que 
había roto el cráneo del sexto asesino. 
El silbato no dejaba de tocar. 



176 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Osorio arrojó la primera pistola vacía ya en sus 
dos cañones y cogió la segunda apareciendo en sua la- 
bios una siniestra sonrisa, iban seis malvados muertos 
y transcurridos diez minutos; tiempo suficiente para 
que pudiera ser oído su silbato y estar en su busca los 
que pudieran aoudir á defenderle. Los tiros eran un se 
gundo aviso que debían atraer á los que obedecieran 
aquellos sonidos del silbato, indicándoles á la vez el 
sitio en que el jóven se hallaba. 

Rehechos de nuevo los sicarios volvieron á gritar, 
y puestos de acuerdo trataron de escalar las dos rejas 
que tenía la casa para trepar por ambas á la vez al 
balcón donde se bailaba el valiente mancebo. 

Así lo hicieron: uno tras otro comenzaron á subir. 

Los dos primeros que se cogieron á los hierros del 
balcón fueron derribados por los dos tiros que quedaban 
en ia segunda pistola de Chorio; pero los restantes ase- 
sinos no retrocedieron. 

Entonces Osorio tiró nuevamente de la espada y 
poniéndose en pié se dispuso á defender el balcón de 
aquel formidable asalto contra los veintidós asesinos que 
quedaban con vida. 

Pronto se abalanzaron dos á los hierros del balcón 
y fueron á saltar, pero dos estocadas de Fiayiano los 
derribaron, cayendo al suelo. 

Otros dos intentaron hacer lo mismo, mas S9 oyó 
el estrépito producido por la carrera de algunos hom- 
bres y el grito de uqo de ellos que decía: 
— ¡Hijo: Flaviano! 

Eran el duque del Imrperio, Julio de Silva, los cin- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



177 



co hermanos Ro?, y varios hombres de armas, que se- 
guían á los prisioneros. 

Flaviano había dirigido la luz á los que le llamaban 
y reconociéndolos, exclamó: 

— - ¡Aquí, padre mío! En el balcón. ¡Atacad á esos 
hombres, que escalan la casa! 

Y la luz de la linterna se los demostraba, mas todo 
era inútil. Los sicarios se arrojaron al suelo desde la 
reja, huyendo con la velocidad de la centella. 

Nuestro joven abrió la puerta, y todos subieron, 
llegando asombrados del aspecto que presentaba la calle. 
Vieron diez hombres muertos y una mujer tendida cer- 
ca de la acera. Luego contemplaron la inmóvil figura 
del Santo, y á Osorío, que los estrechaba con cariño, 
sonriendo, como si nada hubiera ocurrido, y con la sa- 
tisfacción del que contempla objetos queridos. 

De improviso se contrajo su frente, y cogiendo la 
mano del príncipe, tiró de ella, añadiendo: 

— Padre mío, hermano, salgamos de aquí que es un 
lugar de traición, de infamia y de muerte. 

Y sin soltar su mano la del sacerdote, llevando en 
la otra la linterna, se dirigieron á su palacio; tendien- 
do una sombría mirada por el cuadro que dejaban atrás. 

Iban delante cogidos de las manos el príncipe y 
Flaviano, y en pos hasta veinte hombres, mudos todos, 
y de esta manera llegaron al palacio. 

El príncipe de Italia se dirigió á su celda, y el du- 
que, Flaviano y Julio, se encerraron en una cámara, 
donde el primero hizo que el segundo le refiriera cuan- 
to acababa de acontecer. 

TOMO I 23 



178 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Osorio obedeció á su padre, contándole lo que aquel 
quería saber sin detenerse en detalles pueriles. 

Al acabar el joven su relato, desapareció Julio de 
Silva como un relámpago, perdiéndose poco tiempo des- 
pués en las extensas galerías del regio alcázar. 

El duque del Imperio y su hijo, continuaron ha- 
blando, si bien éste dejó, por un poco de tiempo, al au- 
tor de sus días, para cambiar de traje y entregarse al 
aseo, que lo presentaba tal como era. 

De este modo, esperaron hablando padre ó hijo el 
regreso de Julio Silva. 

El favorito, esperaba en su palacio el desenlace de 
la escena que acabamos de describir. 

El rey, algo impaciente, paseaba por la cámara, 
dirigiendo miradas siniestras á los objetos que habia 
en su elegante morada. 

La reina, conversaba agradablemente con la duque- 
sa de los Andes, cuando le anunciaron la llegada de Ju- 
lio de Silva, al que recibió en el acto. 

El Santo habia entrado en su celda, según hemos 
dicho, cayó á los pies del crucifijo que ya conocemos, 
y dirigía á Dios tierna plegaria. 

La noche, silenciosa y iría, era alumbrada á in- 
tervalos por la luna, que de continuo se ocultaba detrás 
de negros nubarrones. 

En la presente noche parecían haberse dado el santo 
y seña todas las rondas de Madrid y ni un solo algua - 
cil transitaba por las calles. 



CAPITULO X 



Las consecuencias de un nuevo atentado . —Otra vez "en campaña 
Magdalena.— El diablo inspira muchas veces á algunas hijas de 
Eva.— Golpe afortunado— Sucumbió el noble león. 



Eran las once y media de la noche, el rey conti- 
nuaba paseando por su cámara dando señales marcadas 
de impaciencia, cuando de pronto se abrió una puerta 
apareciendo sola y con el rostro algo encendido la reina 
Margarita. 

Su esposo le salió al encuentro preguntándola: 
—¿Qué acontece; cómo no te has retirado á des- 
cansar? 

- — ¿Sabes tú lo -que acaba de acontecer en Madrid? 

— No, — le contestó el re y sorprendido, á nadie he 
recibido esta noche. 

—¿No esperabaa noticia alguna? 

— ¿De quién, Mariquita? 

— Algo aguardabas tú, pero no podias suponer que 
fuese yo la portadora,— añadió la reina con intención 



139 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— No te comprendo, Margarita. ¿Quieres explicarte? 

— A. eso he venido, Felipe. En una calle de Madrid 
hay tendidos seis cadáveres y una mujer que ha sufri- 
do terrible golpe en la cabeza y se halla privada de la 
razón. 

— ¿Cómo sabos tú eso; tienes acaso policía? 

— No, lo he sabido de boca de Julio de Silva que ha 
visto lo que aconteció y me lo ha referido detallada- 
mente. 

— ¿Julio de Silva á esta hora en mi alcázar? 

— ¿Qué te extraña? Es grande de España y quiso 
acompañar á su palacio á mi camarera mayor que es 
su madre adoptiva. 

— Ahora lo comprendo. ¿Le ha ocurrido algún sinies- 
tro á su amigo y compañero Osorio? 

— No; nada absolutamente, fué á su padre, al prín- 
cipe de Italia; al venerable varón de estirpe real que 
el pueblo con justicia venera como á Santo. 

— | Al príncipe de Italia? Eso no puede ser. 
— Pues ha sido. 

—Habla, que me devora la impaciencia. 

—Pues oyó y fíjate bien en mis frases. Parece que 
Flaviano de Osorio, ó sea el más valiente y cumplido 
caballero que tiene España, ha sido sentenciado á muer- 
te por miserables asesinos que ocultan sus criminales 
intenciones, como pudiera hacerlo el más villano, el 
más miserable de los hombres. 

—Margarita, suprime dicterios y entra en asunto, 
porque estoy impaciente. 

—No puedo, Felipe; la indignación y el asco que á 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 181 



toda alma noble y generosa produce los criminales he- 
chos, me obligan á calificar como merecen á los que en 
brazos de Satanás olvidan lo que son, lo que deben á 
su Dios, á su honra y al pueblo que los vió nacer. 

— Califica, si te empeñas, pero abrevia. 

— Me han asegurado personas verídicas que por ce- 
los y por otras pasiones tan bastardas como esa, han 
sentenciado á muerte á Osorio, según acabo de decirte. 

— ¿Pero quiénes son esos jueces? 

—Ya «e lo he dicho. Unos malvados que no tienen 
religión, ni honra, ni valor, ni dignidad. 

— Sus nombres. 

— Esos permanecen ocultos entre las sombras de la 
noche, pero la Providencia se encargará de darlos á 
conocer y correrán por el reino para ser malditos por 
la hidalguía castellana. 

—¿Y qué han realizado esta noche esos terribles 
jueces? 

— Más que jueces, esos verdugos, han logrado lo 
siguiente. 

Y la reina contó al rey todo lo ocurrido, acentuan- 
do mucho las frases en lo que á ella convenía, discul- 
pando el disfraz de Osorio, suponiendo que usaba aquel 
traje siempre que como su padre y el Santo recorría 
Madrid practicando actos de caridad, lo cual era doble- 
mente honroso para el filántropo y concluyó elevando 
á lo ideal el tipo de Flaviano presentando entre el cie- 
no mis asqueroso á todos sus enemigos. 

Jamás estuvo Margarita tan lógica, tan persuasiva, 
ni se expresó con tan excelente castellano. 



182 LOB HÉROES D3L SIGLO XVII 



Parte de sus palabras salieron como puntas de agu- 
dos puñales que fueron clavándose en el corazón de su 
marido. 

El rostro del rey estaba demudado y tales impre- 
siones recibió, que la reina pudo comprender bien lo 
que su amiga la duquesa de los Andes la hubiera podi- 
do ocultar. 

El monarca se dejó caer en un sillón, abrumado 
por el peso de un malestar profundo, amargo, tortu- 
rador. 

No habiendo contestado nada al largo relato de su 
esposa, le dijo ésta: 

— Y bien, rey de España, ¿Nada van á hacer contra 
los asesinos? ¿Continuarán esgrimiendo el arma fratrici- 
da enmedio de las calles de Madrid á ciencia y pacien- 
cia del rey? 

— Esas cuestiones no me incumben, Margarita; co 
rresponden á los tribunales. 

— Esos harán lo que les imponga el duque de 
Uceda. 

— No lo creo. 

— Puea eso sucede ahora. 

— Te engañan. 

—Lo estoy viendo continuamente. 

— Cómo ha de ser. 

—Evitándolo. 

— ¿De quó manera? 

— Gobernando el reino como hacía tu padre Fe- 
lipe II. 

—El gustaba de hacerlo todo y yo no. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



183 



—El deber se cumple agrade ó no al monarca. 

— ¡Me permites que me retire á descansarl 

—¿Me echas? Está bien; si se continúa asesinando 
en las calles, robando en los caminos, vendiéndose los 
cargos públicos y convirtiendo el reino en granjeria de 
magnates sin conciencia ni pudor; haré venir al archi- 
duque mi hermano y regresaré con él á mi país. 

— ¿Qué dices? ¿Pretendes abandonarme? 

-Sí. 

— No lo consentiré. 

— Si me condenas á vivir entre crímenes y delitos 
sabrá el mundo por la reina de España todo lo que 
pasa en este desventurado reino. 

— Estás loca, Margarita; tú no viniste á gobernar 
sino á ser la esposa del rey. 

— Tampoco vine á hacerme solidaria con mi silen- 
cio de las iníamias que presencio. 

— Va á ser necesario que sustituyas con otra á la 
duquesa de los Ardes, 

— El día que eso suceda dejarás de verjiie para 
siempre. Es la única amiga leal que tengo, la única 
compañera, Felipe, si la maldad llega hasta mí y no 
puedo aplastarla, huiré de ella sin dilación alguna. 

Y Margarita le volvió la espalda retirándose á sus 
habitaciones. 

El rey continuaba abrumado y como herido por 
una contrariedad grande. 

Poco después buscó el lecho, descansando en él al- 
gunas horas. Su sueño fué corto é intranquilo. 

Despertó temprano , pero no se levantó hasta las nue ve. 



184 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Después que se hubo desayunado mandó llamar al 
duque de Uceda y se encerró con él. 

Iba el duque triste, cabizbajo y mal humorado. El 
rey le recibió grave, casi severo, se sentó y mirándole 
fijamente le preguntó: 

— ¿Qué ha ocurrido anoche, Uceda? 
— Otra desgracia, señor. 
— Sepamos. 

— Por asegurar más el golpe, que obedecía á una 
intriga hábil y bien preparada, todo se echó] á perder. 

— Refiérelo detalladamente. 
Así lo hize el duque, mintiendo algo, exagerando 
lo que le convenía y desfigurando algunos hechos. 

El soberano le oyó con calma y cuando hubo con- 
cluido le contestó: 

— Te han engañado, Uceda; los muertos por sólo 
Plaviano de Osorio fueron diez; no tomó ninguno otro 
parte en la pelea, pues al ver tu gente al duque del 
Imperio y á los que le acompañaban huyeron como 
galgos, y no hicieron mal: si uno sólo de aquellos ma- 
tó y se atrevió con treinta, veintiuno hubieran dado 
fin de un ejército de mercenarios. 

Y continuó rectificando todas las inexactitudes en 
que el favorito incurrió. 

Con asombro le oyó el duque, admirándose de lo 
bien enterado que el rey estaba. Al terminar el uno, 
balbuceó ei otro las siguientes frases: 

—Si vuestra majestad sabe esa historia por buen 
conducto me habrán engañado á mí. 

— Tenlo por cierto; te han mentido. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



185 



— ¡Ah, señor! ¿Por qué no hacemos salir de España 
á Osorio y nos libramos de ól por medio de un des 
tiorro? 

— ¿Qué motivo ó pretexto vamos á alegar? 
— El bien del reino; 83 le puede mandar de emba- 
jador lo más lejos posible. 
— No aceptará cargo alguno. 

—Se le obligará en bien de la patria y de vuestra 
majestad. 

—Imposible, Uceda, ni él iría, ni yo puedo aceptar 
ese transacción con él. La noche que lo hallé en la casa 
que habitaba Alice, pude perdonarlo, violentándome 
algo; hoy no puedo ser ni aun eso. Quiero que muera, 
¿lo oyes? que muera, porque merece la muerta. 

— ¿Pero quién le mata, señor? 

— I Brava pregunta! El talento, la habilidad, la previ 
sión, la astucia. Hasta ahora estuviste muy torps, Uceda. 

—Señor, si Osorio entra anoche, sin que nadie lo hu- 
biere notado. 

— Pero como no entró debisteis desistir y con calma 
buscar la ocasión. Lo contrario ha dado lugar á un 
nuevo escándalo, á que la reina se entere y me dé un 
gran disgusto, y á que la grandeza, iría conmigo y 
lastimada por los disparates que estás haciendo, deje 
de venir, y acaso me mire de una manera poco con- 
veniente. 

— ¿Qué debo hacer, señor? 

—Muéstrate indignado por lo acontecido hasta aho- 
ra, que hagan algunos escarmientos y quede en buen 
lugar la vindicta pública. 

TOMO I 24 



186 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¡Escarmientos! Perdonad, señor, pero no com- 
prendo. 

—Escarmiento, sí; es indispensable que mueran dos 
6 tres y vayan udos cuantos á galeras. 

— De los que han tomado parte. 

— De esos ó de otros; basta con que tean crimi- 
nales. 

— Perfectamente. Esa mujer ajustó diez escapados 
de Cartagena, los cuales se fugaron de la galera en que 
cumplían su condena, y los que no murieron anoche, 
perecerán el sábado en un patíbulo. 

— A la vez, todos los sentenciados á geeras que sal- 
gan el mismo día, extendiendo la voz de que eran los 
mismos que atacaron á Julio de Silva, y anoche á su 
padre y á Osorio. 

— Todo se hará al momento. 

— ¿Y esa Magdalena se halla enferma? ¿Qué dice? 

—No la he visto aún, pero sé que recibió un golpe 
terrible que la he descompuesto el rostro; y le abrió la 
cabeza, causándole varias lesiones en el resto del cuer- 
po, pues quedó tendida en el suelo sin conocimiento, y 
los mismos hombres que la obedecían tropezaron con 
ella, la pisotearon y contribuyeron á multiplicar el nú- 
mero de sus lesiones. Se halla en cama con fiebre, y 
solo piensa en vengarse de Flaviano. 

— Puede servirte aún si sabes darle aplicación ¿Que- 
dará desfigurada? 

— Pro bablemente . 

— Eso ayudará á que Osorio no la reconozca. 

— Dice que la levantó como á ligera pluma Flavia- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



187 



no, y la arrojó con tal fuerza, que debió estrellarla 
contra el suelo. 

— Tengo noticia de que es buen gimnasta, y habrá 
desarrollado bien su musculatura. 

— ¡Un buen gimnasta! Y el mejor tirador de pistola 
y espada que conozco. Ocho tiros de pistola, ocho ca- 
dáveres y dos estocadas, dos corazones deshechos. 

— Háblame lo menos posible en ese sentido de tu 
primo. 

—Pariente mío es, señor, pero le odio más que 
vuestra majestad; es al único hombre que temo en el 
mundo. 

— ¿Más que á su padre? 
|Ah, señor, vale más! 

— Bien, bien; hablemos de otra cosa. 

— ¿Me manda algo vuestra majestad? 

— No, pero me resta darte una noticia. Van tres 
fiascos: ai cuarto dejarás de visitar este alcázar para 
siempre y saldrás de España. 

— Procurará, señor, no dar motivo á vuestra majes- 
tad para que aplique en mí un rigor que me impediría 
continuar sirviendo á vuestra majestad. 

Y después de besar su mano se retiró, dejando al 
monarca abrumado con el peso de acontecimiento tan 
funesto y saliendo él en peor estado de aquel en que de- 
jaba á su señor. 

Felipe III ni se arrepentía ni enmendaba. Al ice 
era para ól su sola felicidad, y Flaviano el depósito de 
su ira y el que le inspiraba más odio, rencor y saña 
que el resto de los hombres. Le bastaba oir pronunciar 



■188 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



su nombre para montar en cólera y enrojecerse su 
rostro. 

Poco después entraba en la capilla donde oró me- 
dia hora. 

Estos eran en general los hombres del siglo xvn; 
dirigían un ruego á Dios y una salutación al demonio. 

Después pasó á visitar á su esposa participándole 
que habia mandado hacer escarmientos con los asesinos 
de Julio, del Santo y de Osorio. La reina lo miró 
como dudando, pero nada dijo hasta tener pruebas en 
contrario. 

La noticia de lo ocurrido por la noche, llegó al 
Mentidero con colores vivísimos; se decía allí que iban 
el Santo y Flaviano repartiendo limosnas cuando fue- 
ron atacados por todos los polizontes de Madrid á los 
cuales hizo frente el joven Osorio. Que mató más de 
veinte sin que le tocasen á él, y los restantes huyeron 
despavoridos. Después daban detalles, idealizando á 
Flaviano y dejando al favorito en el peor lugar po- 
sible. 

Del Mentidero corrió la noticia á los palacios, á las 
casas y todo Madrid comentaba el hecho con descrip- 
ciones de las que salían mal librados el rey y su favo- 
rito. 

De una á dos de la tarde estaban apiñados los gran- 
des y nobles en los salones del duque del Imperio, Iban 
á felicitar á Flaviano, á ofrecerse á él como hicieron 
con Julio y fulminar rayos y centellas contra el favo- 
rito sin perdonar embozadas alusiones á persona más 
elevada. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 189 



También nuestro joven, por un exceso de valor, 
demostró en este día una arrogancia sombreada de ter- 
quedad. 

Su padre tenía una reunión con varios grandes, 
de tres á cinco, y él y Julio salieron á caballo, entra 
ron eu el palacio del Nuncio ó invitaron á pasear á la 
hermana del prelado y á Alice. Ambas aceptaron, sa- 
liendo en medio de los dos. 

La encantadera napolitana iba radiante de hermo- 
sura y sus rasgados ojos buscaban de continuo la mira- 
da de Flaviano. 

El joven había supuesto que estarían en la pradera 
de San Fermín los reyes y no sa equivocó. 

Al verlo la reina lo llamó, y tanto se interesó por 
él, que excitó la bilis de su esposo bastante; luego ha- 
bló con Julio, con la hermana del Nuncio y última- 
mente con Alice. Total un cuarto de hora durante el 
cual sufrió don Felipe el tormento de las cuñas. 

No fué eso sólo, los grandes, los nobles y hasta el 
pueblo se descubrían ante los dos jóvenes, demostrán- 
doles cada vez que cruzaban cerca de ellos cariño y ad- 
miración. 

Flaviano era eutre las damas el hombre de moda, 
el más querido, el más agasajado y en esta tarde todas 
las que había en la extensa pradera, le saludaban con 
manifiesta exageración. 

La prueba fué completa para Oáorio, el martirio 
que sufrió el rey más completo aún. 

Cuando los dos jóvenes se retiraban, después de 
dejar á las damas en la Nunciatura, dijo Silva á Osorio: 



190 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



— Esta tarde te has propuesto dar un mal rato á 
úm Felipe. 

—Has acertado. 

— Lo has conseguido por completo, Flaviano, pero 
no creo que hayas ganado nada. 

—Sí, he ganado el tormento que le di y nada he 
perdido. 

— Hoy no, pero en adelante. 

— Tampoco, Julio: el rey no puede odiarme más de 
lo que lo hace ya, ni le es dado desistir de su ternera 
ria empresa. Llegaron al colmo sus celos, su rencor, 
su deseo de venganza y su anhelo porque me asesinen. 

— Puede que tengas razón. 

— Por eso yo lo he de atormentar cuanto pueda, por 
esos y porque no puedo rehusar ningün peligro; antes 
al contrario me domina el vehemente deseo de irme al 
fondo de todo peligro y combatirlo allí. Guando nadie 
me amenaza, de nadie me acuerdo, pero veo el peligro 
y sin poderme contener me dirijo á él lo provoco, lo 
agrando, si puedo, y lucho hasta vencer. ¡Oh! si ano- 
che no hubiera tenido que defender al Santo, doy fin de 
los treinta. 

— ¡De los treinta 1 

— De todos, sí; me sentía con fuerza y poder bas- 
tante. ¡Ay de ellos si posible me fuera correr al medio 
de la calle, saltar, tirar estocadas á derecha ó izquier- 
da y matar sin mis estorbo que el que me opusieran 
aquellos cobardes, aquellos torpes. 

— Ha cambiado tu rostro, hermano, te presentas fiero, 
tu mirada irresistible despide fuego y pareces un león. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



m 



—Como tú cuando te hallas en mi caso. 
— Tu triunfo anoche fué completo. 
— ¡Completo! Nunca fué más infortunado. 
— ¿Qué dices, loco? 

— La verdad. Me atacaron treinta y quedaron con • 
vida veinte. Quise luego demostrar á mi padre que yo 
también era capaz áe morir por salvar á un Silva y en 
el momento de ir á consumar el hecho, me cogió el 
Santo por la cintura y con fuerzas sobrenaturales me 
arrancó de allí, perturbando á la vez mi cerebro con 
un fluido que me hacía feliz. 

—Mi padre tan flaco y demacrado por el ayuno y la 
penitencia ¿de dónde sacó esas fuerzas? 

— No eran suyas, te he dioho y te repito que fueron 
sobrenaturales, como el fluido que yo aspiraba. No 
hay hombre alguno que disponga de una fuerza como 
aquella. Cuando todos le llamamos el Santo algo hay 
en él, que merezca ese calificativo. 

—•Pero si te llegan á matar anoche , está ardiendo 
hoy Madrid. 

— No hagáis eso. 

— Tú juegas tu vida en esa cuestión, hermano, pero 
Felipe III juega su corona y algo más. 

Hablando asi llegaron al palacio, cenaron luego, 
pasando la noche en ía morada del duque de Pastrana. 
Cantó Osorio para torturar con sus estrofas al favorito 
que habitaba al lado, y á la media noche los dos esta- 
ban en el lecho buscando el natural reposo. 

Hubo ejecuciones y varios sentenciados á galeras. 
Cuarenta días trascurrieron sin que acontecimiento 



192 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



alguno viniera á turbar la paz que reinaba en el pala- 
cio del duque del Impario, Julio y Flaviano hacían su 
vida ordinaria sin más excepción que la de pasear á 
caballo en compañía de Alice y de la hermana del 
Nuncio, en vez de ir solos como anteriormente. Ese 
paseo era ya diario y sólo lo suspendía la inclemencia 
del tiempo. 

Una noche, terminando ese plazo, salió Flaviano de 
casa de su hermana, casada con el conde de Monterrubio 
é iba solo en dirección á su palacio. No pudo acompa- 
ñarle Julio por impedírselo un asunto urgente. Flavia- 
no no dijo donde iba y á nadie le fué posible incorpo- 
rarse con ól al regresar de su visita nocturna. 

Lo que hace tiempo no acontecía, vino á suceder 
esta noche, toda vez que desde el último grave acci- 
dente, Flaviano iba casi siempre acompañado de su 
hermano Julio, ó seguido 6 vigilado por alguno de los 
Ros. 

La fatalidad parecía haber preparado las cesas de 
manera que, sin poderlo evitar nadie, fueron todos sor- 
prendidos por el acontecimiento más funesto que ima- 
ginar se puede. 

Flaviano salió de casa de su harmana á las doce 
de la nochs, y anduvo varias calles embozado en su 
manto, sin impedimento alguno. Llegó de este modo á 
la plaza Mayor, entrando en la calle de Atocha. 

La noche estaba oacura, empezaban á caer menu- 
dos copos de nieve, y la calle de Atocha, en su ex 
tensa longitud, se hallaba solitaria, como pocas ve- 
ces. Hasta la Naturaleza, con su nieve, frío y cierzo, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



193 



parecía favorecer el crimen que sitiaba ya la vida del 
hidalgo Oosorio. 

Nuestro joven seguía adelante sin distinguir per 
sona alguna, verdad es que ni á cinco metros podían 
verse los objetos. A los diez pasos oyó el ruido de pi- 
sadas, y un instante después tropezó con una pareja 
que iba por la misma acera, llevando dirección contra- 
ria á la suya. Al choque, resbaló, al parecer, la dama 
que iba del brazo de un caballero, rodando al suelo co- 
mo una pelota. Su compañero y Flaviano se inclinaron 
para levantarla. 

— ¡Ay! — exclamó ella. -Creo que me he roto una 
pierna. 

A la vez alargó un brazo á su acompañante y otro 
á Osorio; en la mano de este brazo, llevaba un pañue- 
lo, que chocó varias veces con la nariz de nuestro jo- 
ven, el cual no reparó en esto ni en el olor que el pa- 
ñuelo echaba, ocupado en hacer esfuerzos inauditos para 
levantar á la señora que estaba en tierra. 

A la quinta vez que el pañuelo llegó á su nariz, sin- 
tió Flaviano un gran desvanecimiento, y quiso incor- 
porarse soltando el brazo de la señora pero no pudo, 
cayó por el contrario al suelo, sin voz, sin vista y sin 
aliento. 

— Ya es nuestro, —gritó la dama con alegría febril, 
arrojó el pañuelo lejos de ella, y d3 un salto se puso en 
pie, diciendo á su compañero: 

— Entremos en mi casa con él. Date prisa; cójelo 
bien por debajo de los brazos, yo por las piernas. 

Y entraron en un portal inmediato, cuya puerta 

TOMO I 25 



194 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI 



cerraron, y en un cuarto bajo, decentemente amue- 
blado, y en el que Ardían dos velas de cera, cerraron 
también la puerta del cuarto, depositando á Flaviano 
en un ancho sillón forrado de piel de Córdoba. 

Sin perder tiempo, registró la mujer aquella los 
bolsillos de los gregüescos y ropilla de Osorio, sacán- 
dole dos pistolas, cuatro cargas, y quitándole después 
la espada y daga que llevaba en el cinto. 

— Ahora si que es mío, — murmuraba aquella mujer, 
asomando á sus lábioa una satánica sonrisa. 

Era Magdalena, algo desfigurada por el golpe que 
recibió en el rostro, pero la misma harpía que hemos 
conocido. Su acompañante era un cómplice mercenario 
pagado á peso de oro. 

— Toma, Juan, — dijo Magdalena;— deja en la habi- 
tación contigua, esa espada y puñal, y espérame allí, 
quiero quedarme sola con nuestro prisionero. 

— ¿No teméis? 

— Yo no temo nada; tengo además este par de pis- 
tolas. 

— ¡Qué efecto tan rápido le produjo el olor de ese lí- 
quido! 

— El florentino que he conocido por tí, es una alha- 
ja. Los preparados que él hace son infalibles. 

— ¡Pero con qué facilidad, con qué destreza!... 

— No es eso; consiste en que además del excelente 
lfquido, preparamos bien el golpe, y luego nos ayudó 
el diablo con la oscuridad, la nieve y el silencio. 

—Es verdad. ¿Tardará mucho en volver á la razón? 

— Una ó dos horas. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



195 



— ¿Para qué queréis quedaros sola con éí? 
— Para contemplarlo, para gozarle en su inerte ca- 
beza, para saborear mi venganza. 

— ¡Pues si parece un cadáver! 

— Así quería yo verlo, así lo pedia el alma. C'iánto 
he discurrido, cuánto he trabajado; llevo más de un año 
ocupándome sólo de este hombre. 

— Habéis cumplido la palabra al duque, y va á que- 
dar más contento aún que vos. 

— Llegó á la desesperación por lo mucho que tarda- 
ba; creen que enjaular á este león era cosa fácil; necio, 
si él lo hubiera intentado, no lo logra jamás. 

—Cierto. 

— Esa gloria me correspondía á mí por completo; á 
mí que lo he amado más que su madre y que todas las 
mujeres del mundo. Sal de aquí, obedece-, y como yo no 
te llame, no entres 

— Muy bien. 

— Cierras la puerta que comunica con esta habitación. 
Y quedó sola con el senii-cad^ver de Flaviano. 

La noche continnaba oscura y fría; y el silencio era 
completo. La casa en que habitaba Magdalena era vie- 
ja, no tenían cristales las rejas y sí algunos desajus- 
tes por los cuales penetraba el frío y hasta el aire. 
En medio de la salita en que se hallaba Osorio habia 
un brasero que mitigaba en parte el intenso frío que 
se dejaba sentir. 

Flaviano estaba caído en el sillón donde lo dejaron , 
la cabeza inclinada sobre el pecho, y tan pálido que pa- 
recía muerto. 



i 166 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Magdalena la miró fijamente, exclamando: 
— ¡Lo habrá muerto el florentino con e?e olor! 
Y le cogió una muñeca, oprimiéndola con una de 
sus manos. 

— Está vivo, — añadió;— tiene razón el sabio italia- 
no; y ese olor perturba hasta dejar en suspenso la vida, 
pero no mata. ¡Quó bello es, su cutis blanco, terso y 
suave admira, lo perfecto de sus facciones encanta, y 
su gallardía, talento, voz y entereza enloquecen! ¿Y su 
virtud? Este hombre es un encanto, una maravilla. ¡Si 
fuera capaz de amarme! Imposible; no ama ni aun á 
esa italiana que acompaña, y es la mujer más bella que 
existe. He ahí á lo que una débil mujer condujo al 
hombre más valiente de España; al futuro duque del 
Imperio, al grande, al poderoso señor que no tenía ri- 
val en la corte. Su ardiente sangre es ya un líquido 
frío que corre con lentitud por el sistema arterial. Su 
fuerte corazón no es otra cosa que un pedazo de carne 
casi inerte. Su incomparable cerebro se apagó; ya no 
tiene ideas, ni pensamientos; su voz, la más hermosa 
que he oido, enmudeció para siempre, ¡AJh, Flaviano, 
recompensaste mi amor, estrellándome contra el suelo 
y haciéndome sufrir una enfermedad para quedar al sa- 
lir de ella con el rostro afeado y descompuesto; pero 
tomé la revancha y vas á pagar con ta vida todo el mal 
que me has hecho. Con tu vida, sí; con una sola por- 
que no tienes más. 

Otra vez volvió á oprimir su muñeca; después le 
cogió una mano, y dejándola entre las suyas, añadió: 

—¡Si todavía fuese capaz de amarme; si pudiera lo- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 197 



grar por la amenaza ó por la gratitud lo que no me 
fué posible por la constancia, el amor y la ternural 
Difícil es; me dejaron tan desfigurada las heridas que 
recibí en el rostro! Eso no es tampoco una razón; su 
espíritu elevado y su corazón de roca no se pueden 
enamorar de ninguna belleza física, buscan las del 
alma, y al volver á la vida Flaviano me ha de hallar 
tan fuerte y valiente como él lo es; tan hábil y discreta 
como la más entendida, y tan sagaz como la primera. 
¡Quién sabe!, ni es para hacerse ilusiones ni para des- 
confiar por completo. 

Digamos algo de la perturbación que sufría Osorio. 

Llegó no ha mucho tiempo á Madrid un químico 
florentino sin conciencia y con mucho talento y sabi- 
duría. Entre sus muchos descubrimientos científicos, 
dió con un equivalente al cloroformo, m3s activo aún 
que éste, pero muy expuesto, si la aplicación recaía en 
una persona débil ó enferma. También conocía y fabri- 
caba el ácido prúsico, veneno el más activo y enérgico 
que todavía se usa. Componía también narcóticos, al- 
gunos medicamentos en forma de específicos, y todo 
esto lo vendía al precio mis caro que le era posible, 
desapareciendo de la población en que se instalaba á 
los pocos meses. Comprendía el mucho daño que cau- 
saban sus compuestos, y temiendo ser cogido y ahor- 
cado, pasaba á otra ciudad, llevando alguna recomen- 
dación que lo diera á conocer á los aficionados á sus 
brevajes. También conocía la medicina. 

Ese hombre curó á Magdalena sus heridas y contu- 
siones, y averiguando ésta quién era, le compró vene- 



198 LOS HÉROES DEL SIGLO XVI f 



nos, narcóticos y el equivalente al cloroformo que em- 
pleaba esta noche en FJaviano. Bien hecho estaba el 
específico, pero fué más hábil aún la manera que tuvo 
Magdalena de aplicarlo. Verdad es que esta mujer con- 
taba con un valor, astucia, serenidad y sangre iría, 
impropios de su sexo. 

La habitación en que se hallaba Flaviano era una 
sala en forma de paralelógramo decentemente amue 
blada. Tenía un sofá, sillas y sillones de cuero de Cór 
doba, dos cornucopiaa, seis cuadros y una mesa con re- 
cado de escribir; una botella con agua, un vaso; va- 
rias esculturas pequeñas de adorno y dos candeleros 
de metal blanco, en los que ardían velas de cera. 

El sillón en que se hallaba Osorio cloroformizado 
era el único mueble que habia enmedio de la sala. 

Junto á Flaviano se sentó la arpía contemplando 
á su víctima unas veces con amor, otras con esperan- 
zas y algunas con fiereza que demostraba instintos de 
venganza. 

Dos solas veces dejó aquella mujer á Flaviano para 
espiar i su cómplice que estaba en la habitación con- 
tigua. Las dos se retiró diciendo: 

— Duerme como un bellaco. Esos son los hombres; 
confiados y torpes hasta el grado máximo. 

Y volvió á contemplar i Flaviano, estrechando 
unas veces sus manos, besando otras su frente y mi- 
rándole con ira ó dulzura, según eran las distintas ideas 
que llegaban á su mente. 

Cerca de tres horas permaneció de aquella ma- 
nera. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 199 



De pronto exclamó: 

—Asoma el carmín á sus mejillas; se mueve... Aler- 
ta, Magdalena, que va á salir el león de su calen- 
tura. 

Y se puso en pie, separó la silla en que estaba sen- 
tada y quedó frente á Osorio con una pistola en cada 
mano, fija en éljá inmóvil. 

Flaviano fué lentamente volviendo á la vida. Sus 
mejillas tomaron un tinte encarnado pálido, S9 movió 
de uq lado para otro varias veces, concluyeudo por 
abrir los ojos y mirar en torno 
— ¿Dónde me hallo? — se preguntó. 

Y fijándose en la harpía, añadió: 

— ¡Ah, comprendo! Miserable mujer si me has de 
matar hazlo al moinento. Jamás di motivo á nadie 
para que me martirizasen. Aquí tienes mi corazón, 
fija el cañón de una de esas pistolas en él y haz fuego, 
yo te lo agradeceré. 

— ¿Tanto te estorb i la vida, Flaviano? 

— Bastante. Mi madre me espera en ei cielo, y 
¡cuán mejor estaré á su lado que entre tanto traidor y 
malvado como hallo á mi paso! 

—Quiero ser generosa contigo ya que tú fuiste tan 
ingrato conmigo. Estís sentenciado á muerte y te doy 
á elegir entre un venen o activo ó la bala de una de tus 
pistolas. 

— ¿Por qué al perturbar mi razón y dejarme inerte 
no me distes ese veneno? ¿Eres tan mala que preten- 
des gozarte en mi agonía? 

— No es eso, quiero sencillamente conversar contigo 



200 L08 HÉROES DEL SIGLO XVH 



antes de que mueras. Yo no te odio ni te aborrezco; 
veo sólo en tí una víctima de mi justa venganza. 
—No te comprendo. 

— Di, Flaviano, ¿por qué rechazaste siempre mi 
amor? 

— Porque era impuro, grosero y no podía casarme 
contigo. 

— ¿Por qué no podías? 

— Porque nos separaba clase, condiíión y conducta. 
Yo jamás íuí libertino. 

— ¿Por qué al menos no te inspiró cariño la ardien- 
te pasión que sentía por tí? 

— Porgue no se lo tuve á ninguna mujer fuera de 
mi madre y hermanas. 

—¿Ni á Alice? 

—No. 

Flaviano, que al abrir los ojos y reconocer á Mag- 
dalena creyó que ésta le iba á matar, saboreando su 
agonía, leía ya lo que esta mujer pensaba y quería, y 
se dispuso á una lucha moral, cuya victoria le pedía 
el instinto de conservación. Momentos antes daba por 
hecho que iba á parecer, y con abnegación, resignando 
y casi indiferente se disponía á recibir la muerte sin 
violencia. Ahora cruzaba por su mente una ráfaga de 
esperanza que concibió su elevado entendimiento, dis- 
puesto á vencer á aquella astuta serpiente. Más que á 
ella convenía á Osorio el debate entablado; con él ga- 
naba tiempo é iba poco á poco recuperando las fuer- 
zas de que carecía al volver á la razón. 

Magdalena continuó preguntándole: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



201 



— ¿Por qué me levantaste en alto arrojándome al 
suelo para estrellarme? 

— Para estrellarte no, Magdalena, me era fácil ha 
berlo hecho si lo hubiera doeado; fué solo para aho- 
gar tu voz que alentaba á mis asesinos y salvar de esta 
manera al príncipe de Italia; le amo tanto como á mi 
padre. Fui esa noche más generoso contigo que lo vas 
á ser osta conmigo, 

—¿Qué sabes tú lo que yo voy á hacer contigo? 

— Obrando por cuenta del infame favorito del rey 
debo estar seguro de lo que vas á realizar. 

— El duque de Uceda aguarda qae yo sola ljeve á 
cabo lo que él no pudo con todo su inmenso poder, y 
ya ves que no me ha juzgado mal; pero ignora todavía 
que estás en mi poder. 

— No importa, cumplirás órdenes anteriores. 

— O no; eso depende de acontecimientos futuros. 

— Magdalena, de mí te has vengado ya, haciéndome 
más daño del que yo pude causarte en mi vida; cuanto 
hagas en adelante lo realizas por cuenta del villano 
duque de Uceda, como mísera mercenaria que mata y 
cobra el precio de un asesinato. 

— Todavía no hice nada de eso. 

—Pero lo harás y yo te ruego que si no me he equi- 
vocado abrevies. Sólo una arpía puede gozar prolon- 
gando la agonía de un desgraciado . 

— Sublime frase. Osorio; es casi igual á la que yo 
me decía de continuo: Ese hombre, exclamaba aludien- 
do á tí, sa goza en el mal de una desgraciada. 

— Jamás me gocé en tu daño; daño que yo no te 

TOMO I 26 



202 



LOS HÉROES DEL SIGLO X'VíI 



hice, daño que tú sola creaste sin darte yo motivo al- 
guno. 

— Me veías sufrir y me desdeñabas. 
— No tenía yo el agua que podía apagar tu fuego. 
— Acaso porque eras feliz, ¿y ahora que eres desgra- 
ciado? 

—No lo sé. 

— ¿Qué necesitas para averiguarlo? 

— Meditarlo, tiempo; has trastornado mi cerebro 
con el olor que llevaste á él y todavía no pienso como 
anteriormente; aún se confunden mis id_as y yo jamás 
me comprometo á nada sin tener seguridad de poderlo 
cumplir. 

— ¿Jamás faltas á tu palabra? 

— Nunca; si yo engañara ó mintiese, me atravesaría 
el corazón antes que nadie pudiera arrojarme al rostro 
ese baldón. 

— ¿Qué tiempo necesitas para tranquilizar tu cere- 
bro, coordinar tus ideas y contestar á una pregunta? 

— Antes de ofrecerte una réplica terminante necesito 
conocer la pregunta. 

—Óyela, Maviano: estás encerrado en el siguiente 
dilema: ó mueres envenenado, ó de un tiro, ó huyes 
conmigo de España, ofreciéndome una seguridad abso- 
luta de que no me has de abandonar jamás. Te conce- 
do una hora para que lo medites, elijas y me des una 
contestación concreta y clara y que no dé lugar á ex- 
plicaciones y debates. La vida ó la muerte; elije. Si 
la primera ; piensa bien la seguridad queme ofreces, 
pues la quiero absoluta. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



203 



Osorio meditó dos minutos contestándola sin va- 
cilar: 

— Muy bien; acepto el dilema en la forma siguiente: 
me dejas solo; todo lo bien encerrado que quieras, pero 
he de quedar completamente solo para reflexionar sin 
que nada me distraiga toda vez que se trata de elegir 
entre la vida ó la muerte. Soy demasiado joven aún, 
el porvenir me brinda con una existencia sonriente y 
dichosa, y la verdad es que tu actitud varonil, tu ta- 
lento y cuanto acabo de estudiar en tí me han impre 
sionado hasta causar una revolución en mis ideas y 
pensamientos. 

Nuestro jóven leía ya como en un libro en el cora- 
zón y cerebro de la harpía y su contestación debía se - 
ducir á tan terrible mujer. Al callar Osorio, le dijo 
ella: 

— Perfectamente y no puedo negar que he oido con 
gusto tus frases. Estarás solo absolutamente solo una 
hora. Que más deseas. 

— Veo que las maderas de esa reja tienen candado 
y esa previsión debe tranquilizarte en lo relativo á mí 
por más qua tales precauciones son inútiles. Aceptado 
por mí tu dilema nada intentaré contrario á él. En esa 
mesa hay lo necesario para escribir; con eso y el ve- 
neno tengo suficiente. Meditaré primero y cuando me 
haya decidido, si opto por la vida pondré por escrito 
la seguridad que me ofreces, si opto por la muerte, re- 
dactaré en breves frases una despedida para que me 
hagas el favor de mandarle de un modo anónimo á mi 
padre, y en el mismo instante tomaré toio el veneno 



204 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



que me dejes, volviendo á sentarme en este sillón que 
será mi lecho de muerte. 

Más de un cuarto de hora continuaron hablando los 
dos mancebos, ella m obstinaba en que aceptase por la 
vida y razonaba sobre este tema con todo el ingenio de 
que era capaz. Osorio la escuchaba con aparente inte- 
rés y no la contradecía ni apoyaba; parecía vacilar, 
pero esa actitud era hija del cálculo, en manera algu- 
na de torpe vacilación. 

En este último diálogo procuró demostrar el enten- 
dido joven algo de perturbación en sus ideas, dificultad 
al expresarse y cumto podía convenirle para burlar 
una sagacidad femenil, sorprendente, maravillas. 

En cuanto á Magdalena, muy sobre sí constante- 
mente, ni se aproximó á Flaviano, ni soltó las pistolas, 
ni perdió un momento el predominio y actitud que po- 
dían librarla de toda sorpresa. Era demasiado grande 
su triunfo y mayor la exposición en que estaba para 
que no temiese correr un riesgo que podía costarle la 
vida. Se hallaba enfrente de un león que podía acabar 
con ella en dos segundos, lo comprendió así y para 
conseguir dominarlo y vencerlo moral y materialmente 
necesitaba no incurrir en el más leve descuido y no 
lo tuvo, ni si hemos de ser justos, añadiremos que tam- 
poco lo buscó Osorio por comprender que sería inútil 
esperarlo da mujer tan avisada y sagaz, ó porque se 
proponía cosa distinta y no quería alterar su plan. 

Había avanzado bastante la madrugada cuando 
Magdalena se despidió por una hora de Osorio y salió, 
dejándolo perfectamente encerrado. 

I 



CAPITULO XI 



El conflicto. — El pensamiento de Flaviano.— Algo hay que enseñar 
á la suerte.— La muerte aparente— Alegría del favorito.— Mis- 
terio.— Cambio de una terrible sentencia. 



El duque del Imperio se retiró á su palacio cerca 
de la media noche. Casi á la vez llegó Julio de Silva, 
pero Flaviano no parecía y ni los hermanos Eos, ni 
nadie, sabía donde se hallaba. Instintivamente sospe- 
charon que le habia ocurrido alguna desgracia y en el 
acto salieron varios criados con objeto de preguntar si 
había estado aquella noche en alguna de las casas don- 
de solía concurrir á esas horas. 

Después de la una, supieron que estuvo en casa de 
su hermana basta las doce y que á esa hora salió sólo 
con ánimo, según dijo, de retirarse á descansar. 

No quedaba duda alguna de que Flaviano estaba 
siendo víctima de una celada. Su pureza de costumbres 
y vida ordenada, alejaban toda sospecha en contrario y 
el conflicto fué completo. 



206 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Antes de tomar determinación alguna, el duque y 
Julio consultaron con el príncipe de Italia que aun per- 
manecía orando ¿n su celda. 

El Santo oyó con atención el relato de lo que acon- 
tecía, se ensimismó por algunos minutos concluyendo 
por exclamar. 

— Algo ha ocurrido al noble Plaviano, lo presiento, 
pero no lo h\n muerto, no, estoy seguro. Hijo, herma 
no, que lo busquen por todas las calles de Madrid, que 
indaguen, que averigüen, que basquen alguna señal en 
la calle, algún signo, algo suyo. Flaviano tiene mucho 
talento y debe haber dejado algún rastro que indique 
su paradero. Partid mientias yo pido á Dios Nuestro 
Señor que lo ealve del peligro que pueda amenazarle. 

Y cayó de rodillas delante del crucifijo. 

El duque y Julio desaparecieron y momentos des- 
pués partían todos los hombres que había en el palacio. 
Uno avisó á los hermanos Ros y á varios parientes, 
recorriendo las calles de Madrid más de cincuenta 
hombres á las dos y media de la madrugada. Iban de 
dos en dos preguntando, inquiriendo y de este modo 
continuaron hasta las seis de la mañana en que el prín- 
cipe de Italia, después de celebrar una corta conferen- 
cia con su hijo y el duque dió la órden terminante de 
que no se buscase más á Flaviano ni se dijera á nadie 
nada sobre la desaparición del ilustre j<Wen. 

Así lo hicieron volviendo á imperar el silencio y la 
quietud en el palacio. 

Ninguno durmió aquella noche y el conflicto que 
los dominó fué completo. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



207 



Tranquilos ó no, paro sin acción por la ciega obe- 
diencia que debian al Santo, abandoné oíoslos para vol- 
ver nosotros á la casa de Magdalena donde acaso po- 
damos comprender algo de lo que motivaba la órden de 
quietud, impuesta por el sábio y virtuoso pWncipe de 
Italia. 

La noche iba mejorando notablemente; había deja- 
do de nevar y ya no cubría nube alguna el azul del 
firmamento. 

Flaviano quedó solo, según digimos, y estaban muy 
bien cerradas las dos puertas que comunicaban con la 
habitación donde le dejamos. En cuanto á la única reja 
que aquella tenia, se hallaba cerrada por dentro con un 
candado, cuya llave guardó Magdalena. Desgastados 
los maderos que íenia la citada reja presentaba varias 
grietas y una corta abertura por el centro de la parte 
inferior ó baja por la que cabía el dedo de una persona. 
Esta circunstancia no pasó desapercibida para el en- 
tendido Osorio. 

Lo primero que hizo cuando se vio solo fué medi - 
tar. Supuso con razón que Magdalena no lo veía, pero 
que no lejos de allí, escuchaba sus menores movi- 
mientos. 

Al salir la funesta mujer dejó junto á uno de loa 
candeleros un frasquito lleno de ácido prúsico. El que 
bebiese su contenido, debía caer muerto instantánea- 
mente, le tomasa sólo ó mezclado con agua. 

Después de meditar nuestro joven un cuarto de 
horaj acercó el sillón á la mesa, escribiendo una carta, 
de la que hizo un rollito, el caal sujetó, oprimiéndolo 



208 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



en lo posible con una sortija de oro y brillantes que 
llevaba en el dedo. 

La carta iba cerrada con gotas de cera, y en el so- 
bre se leía: 

«¡Transeúnte, por el amor de Dios, entrega este 
escrito al príncipe de Italia! La sortija para tí.» 

Cogió el rollito y comenzó á pasear por la estancia, 
como buscando ideas y flexibilidad á su masculatura. 
Al poco tiempo, oyó ruido de pisadas en la calle, y con 
el disimulo posible, metió el rollito por la abertura que 
tenía la ventana, dándolo tan fuerte golpe con un dedo 
que lo mandó al medio de la acera. 

Con tal oportunidad lo arrojó Flaviano, que debie- 
ron oir los transeúntes el golpe que dió al caer, ó lo 
distinguieron sobre la acera, toda vez que se detuvie- 
ron al pie de la reja, hablaron, desapareciendo des- 
pués á buen paso. 

Osorio había continuado su paseo, pero sin dejar 
de andar; tenía tan fija su atención en lo que acabamos 
de expresar, que notó la parada y continuación de la 
ruta que llevaban los dos transeúntes que por allí cru- 
zaron. 

Luego se detuvo, reconoció las paredes, y no vien- 
do imágen alguna de Dios, ni de la Virgen, cruzó las 
manos, y dirigiendo la mirada hácia arriba, oró. 

Al acabar e*te acto, cogió el frasco de veneno que 
le dejó Magdalena, vertiendo su contenido en el agua 
que contenia la botella. Parecía que estaba arreglando 
los papeles; y empleó tal disimulo al hacer estó, que 
desde donde estaba Magdalena le hubiera sido imposi- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XV II 



ble comprenderlo por más que lo espiass su mirada. 

Más tarde, trazó en un papel las siguientes frases 
con letras grandes, desiguales y mal hechas: 

«Muero envene... no...» Añadió anos rasgos, que 
nada decían, aun cuando imitaban letras. 

Usando el disimulo anterior, sacó otro frasquito 
que llevaba oculto en un disimulado bolsillo de la parte 
interior de sn ropilla, bebió el contenido, y rompiendo 
con los dedos el mencionado frasco, guardó los diminu 
tos pedazos en varios de sus bolsillos. 

Se inclinó, sentado como estaba, sobre la mesa, co- 
gió la pluma, y con ella en la mano, fué poco á poco 
perdiendo el conocimiento. Palideció como un cadáver, 
quedó frío, y cinco minutos después, aparecía muerto, 
sin que lo desmintiera señal alguna. El narcótico que 
acababa de tomar, estaba hecho por un sabio químico, 
y la aparente muerte que producía, se igualaba en todo 
á la verdadera. 

Estaba amaneciendo. 

Trascurrida la hora, se abrió una puerta, entran- 
do en aquella lúgubre estancia Magdalena, Su ardiente 
mirada se clavó en Osorio. Avanzó más, y trémula ex- 
clamó: 

—¡Ha muerto! |Se envenenól ¿Qué ha escrito? Sólo 
dos frases... No pudo más... El bárbaro se bebió todo 
el veneno, quedando sin vida un instante después. No 
fué mío, pero tampoco de otra mujer. Me ofendió, pero 
me he vengado. Ahora falta recibir la recompensa. 
¿Juan? 

Su cómplice entró, preguntándole: 

TOMO I 27 



210 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



—¿Qué mandáis? 
— Mira: ha muerto. 
—¡Envenenado! 

—Sí, corre ai palacio de Uceda, cuéntale lo aconte- 
cido y que te acompañe, toda vez que desea reconocer 
ese cadáver. Por si tardas algo llévate la llave y me 
llamas al regresar con el duque, quiero dormir esa 
hora; en mi cama me hallarás vestida. Abrevia, que 
esto ha concluido. 

Juan desapareció, quedando Magdalena sola con el 
al parecer cadáver de Osorio. 

La harpía miró con ira, y luego con desdén á Fia- 
viano, y sintiéndose molestada por la sed, bebió un 
vaso de agua de la que había en la botella, y se dirigió 
á su alcoba, en cuya cama se echó vestida. 

Cerró los ojos y quiso dormir, pero no pudo; em- 
pezaba á sentir crueles dolores en el abdomen, se le iba 
la vista, y á su pesar se extremecía todo su sór. 

El mal fué aumentando. Quiso tirarse de la cama, 
y no pudo; le faltaban las fuerzas. 
Sufriendo horriblemente, se decía: 
— ¡Qué es esto!... |y me hallo encerrada!... Yo mis- 
ma mandé á Juan que se llevara la llave... ¡Ay, me 
muero! Sí, Fia viano vertió el terrible veneno del flo- 
rentino en el agua de la botella, y él se tomó un narcó- 
tico que llevaría á prevención. ¡Yo misma me he en- 
venenado, maldición! Pero tengo las dos pistolas; aun 
cuando vaya arrastrándome, lo voy á matar de veras... 
Ahora no se libra de mi furor. Yo moriré, estoy se- 
gura, pero él irá delante. Infierno, dame fuerzas; así... 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



211 



No, no puedo... Me abraso; arde mi sér; parece que 
estoy ya en la casa de Lucifer. ¡Envenenarme yo mis- 
mal... Quise luchar con el león, y aun cuando me con- 
vertí en culebra y rodeé su cuerpo, le ha bastado un 
solo movimiento para romper mi cuerpo y mandarme 
al infierno. ¡Maldita pasión! ¡Maldito talento el de ese 
hombre! ¡Maldito el día que nacíl 

Calló y quiso otra vez tirarse de la cama» pero no 
pudo, le faltaban las fuerzas, la vista y hasta el oído. 
Eran, además, los dolores que sentía cada vez más 
fuertes y el fuego que interiormente le abrasaba más 
intenso. La situación era horrible, insoportable. 

Volvió á exclamar con acento débil y frases entre- 
cortadas por el dolor: 

— Muero como un perro; sola, arrojada en esta ca- 
ma... |Ay qué angustia, qué tormento, qué agonía! 

Un sudor frío cubrió su cuerpo; su rostro palide- 
ció; fué á hablar, no pudo, y se extremeció, quedando 
muerta. 

A los diez minutos de tomar el veneno era ca- 
dáver. 

Su agonía fué corta pero horrible. El ácido prúsi- 
co del químico italiano estaba concentrado. 

Su materia no sentía ya nada; con la vida perdió 
toda su sensibilidad. 

Tenía Magdalena al expirar veinticinco años de 
edad, y era alta, delgada, morena, agraciada, pelo de 
«olor de azabache, resultando un conjunto agradable. 
Contaba con algún talento, regular educación y una 
terquedad aragonesa que unida á su apasionamiento, 



212 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



carácter irascible y perversidad de costumbres, la lle- 
varon de delito en delito al trágico fin que acabamos 
de presenciar. Quedó huérfana de padre y madre, sien- 
do muy joven; de Zaragoza se vino á Madrid, y al ais- 
lamiento y las malas compañías de que se vió rodeada, 
debió en parte su mal del pasado y funesto desenlace 
en el presente. 

Por desgracia no será esa la sola Magdalena im- 
penitente que hallaremos en nuestra historia. 

Juan fué al palacio de Uceda, y no obstante lo tem- 
prano que era, hizo levantar al duque, lo que no re- 
husó el favorito en vista de la grata noticia qus le lle- 
vaba» 

En minutos se vistió el palaciego, y embozado en 
un manto negro, se dirigió á buen paso á la mora- 
da de Magdalena, yendo acompañado únicamente de 
Juan. 

Ambos entraron en la salita donde estaba Flaviano, 
contemplando el duqne con manifiesta alegría el cada- 
vérico rostro de Osorio. 

— Voy á despertar á Magdalena, —le dijo Juan. 
Ei duque le detuvo, dicióndole: 
—No, tengo prisa y me va á entretener. La dejas 
dormir, y te quedas conmigo, que pronto me marcho, 
y entonces la despertarás. 

Hasta juzgando muerto á Osorio, le temía Uceda. 
Este lo contempló largo rato, levantó una de sus ma- 
nos, y sintiendo en ella el frío de la muerte, la dejó 
caer, 

Juan le había referido por el camino la escena de 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



la noche, y la idea de Magdalena de darle á elegir entre 
un veneno ó un balazo, 

— Tiene mucho talento y mucho valor esa mujer,— 
dijo el duque. 

El otro le contestó: 

— No sabe bien V. E., qué hábil, qué diestra, qué 
severa, qué fría estuvo. 

— Lo creo. Cuando yo me marche la despiertas, di- 
ciéndole que inmediatamente mande quemar ese cadá- 
ver; de esa manera no quedará rastro alguno suyo. 

— Lo haremos, señor. 

— ¿Hay apropósito en esta casa? 

—Sí, señor, el hogar es grande, y en él realizaremos 
el pensamiento de V. E. 

—Que no vaya á verme; antes de dos horas le man- 
daré la cantidad estipulada, y adviértele que sería 
conveniente se ausentase por algún tiempo de Madrid. 

—Muy bien, señor. 

Todavía el duque examinó á Osorio, y abriendo y 
cerrando sus párpados, buscando su pulso y moviéndolo 
fuertemente. 

Satisfecho de este su último y detenido reconoci- 
miento marchó de allí, prohibiendo á Juan que lo des- 
pidiera. 

El cómplice de Magdalena, miró á Flaviano, excla- 
mando: 

No me gusta la compañía de un muerto, y en ver- 
dad que me voy con Magdalena; pero antes beberá 
agua; di dos carreras buenas y han secado mi pa- 
ladar. 



214 L08 HÉROES DEL 8IGLO XVII 



Llenó el vaso, bebiendo acto continuo la misma 
cantidad y del mismo líquido que Magdalena. 

El pensamiento de Osorio no llegó á tanto, pero el 
destino lo amplió con justicia, siendo así que este 
mercenario merecía la muerte por sus muchas mal- 
dades. 

Lentamente se dirigió á la alcoba de Magdalena 
que estaba á oscuras y llamó una y otra vez. 

— ¡Qué sueño tan profundo ha cogido! — dijo; — me 
da lástima quitárselo. La dejaré dormir un poco más: 

Y comenzó á pasear por la estancia contigua á la 
alcoba. 

Al poco tiempo volvió á exclamar: 
— Empiezo á sentirme enfermo. Me duelen el estó- 
mago y el vientre y parece que arden. Es un fuego que 
«brasa. Agua, beberé más agua. 

Y fué donde estaba la botella y comenzó á beber 
por el mismo recipiente. 

— ¡Ayl — exclamó. —¡Me abraso! ¡Magdalena, Mag- 
dalena!... 

Gritando así llegó á la alcoba, cayendo sobre el 
cuerpo inanimado de la otra. 

De allí no pudo pasar. Se había envenenado con 
doble cantidad de ácido prúsico que Magdalena. 

— ¡Ay! — decía revolcándose en la cama,— ¿qaó es 
esto? Me abraso y me muero; me muero, sí, pero ¡qué 
muerte tan inesperada y cruel! Maldita mujer; ten- 
dría envenenada el agua de esa botella! ¡Aquí estás, 
infame, te voy á matar! ¡ Ay, no puedo, me faltan las 
fuerzas y la vida! 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



215 



Después murmuró algunas frases entrecortadas, se 
contrajo, dió un suspiro ronco y prolongado, dejando 
de existir. Su cuerpo quedó junto al de Magdalena. 

Hasta sufriendo una muerte aparente mataba Fia- 
viano de Osorio. 

El salir el duque no se cuidó de cerrar la puerta, 
quedando ésta abierta. Desde la acera de enfrente lo 
habían espiado dos caballeros que estaban embozados 
basta los ojos. Guando lo perdieron de vista hicieron 
varias señales á otros embozados qu¿ se hallaban algo 
distantes, y aquellos entraron en el convento de la Tri- 
nidad que estaba próximo. 

Tan recatados y escondidos se hallaban estos em- 
bozados, que Uceda no pudo ver á ninguno y se fué al 
alcázar real oreido de que nadie había podido reparar 
en él. 

Las señas da los embozados se repitieron y salie- 
ron otros y otros que andaban lentamente de un peda- 
zo á otro de calle sin dejar el trayecto que mediaba 
entre el convento de Trinitarios y la casa que habitó 
Magdalena. 

La mañana empezaba fría, efecto de la helada que 
cayó por la noche, el cielo se hallaba despejado y un 
viento Norte lastimaba con su helado soplo el rostro 
de ios madrileños. 

Eran las seis y media de la mañana y todavía en 
la calle de Atocha no se veían otros seres que los em- 
bozados de que acabamos de hacer mención. 

En estos instantes salió una litera del convento de 
Trinitarios llevada por dos de los cinco hermanos Ros. 



216 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Les precedían dos caballeros embozados hasta los ojos. 
Estos, hallando la puerta de la casa de Magdalena 
abierta, entraron, quedando ambos junto á la inerte 
materia de Plaviano de Osorio. Ambos estamparon un 
beso tiernísimo en la frente de nuestro joven, asoman- 
do á la vez sus párpados dos lágrimas que deshicieron 
con las yemas de los dedos. 

Eran el duque del Imperio y Julio de Silva. 

En pos de ellos entraron con la litera los dos her - 
manos Ros. Al ver estos á Flaviano se encendieron 
sus rostros y se mordieron los puños hasta ensangren- 
társelos. 

Ninguno de los cuatro expresó una sola frase. En- 
traron en la litera, entre el duque y Julio, á Osorio, 
la cerraron bien y los hermanos Ros regresaron al 
convento llevándola con mucho cuidado, pero con paso 
ligero. 

A los costados iban el duque y Julio. 

Un momento después de salir aquellos, cuatro em- 
bozados de los que espiaban la casa de Magdalena, en- 
traron en ésta, quedando seis más en los alrededores 
diseminados y en observación. 

Los que acababan de penetrar cerraron la puerta de 
la calle y comenzaron á reconocer todas las habitacio- 
nes de la casa. Pronto hallaron los cadáveres de Mag- 
dalena y Juan que estudiaron detenidamente sin poder 
adivinar la causa que los mató, aun cuando creyeran 
verosímil que hubiera sido á consecuencia de un ve- 
neno. 

Une de los cuatro exclamó: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 217 



— No tienen herida alguna y su color, actitud sitio 
en que se hallan indica que fueron envenenados. El 
uno es el cadáver de Magdalena y el otro el de alguno 
de sus cómplices. Debemos quemarlos. Ros, ve al pa- 
lacio y trae inmediatamente una buena cantidad de al- 
cohol. 

El joven desapareció y los tres restantes continua - 
ron reconociendo la casa. 

Uno de ellos cogió las dos pistolas, espada y daga 
de Osorio, que estaban en dos sillas. 

Otro llevó todas las astillas y leña que había en 
la casa al hogar, colocándolas alrededor de los cuerpos 
de Juan y Magdalena, ios cuales fueron tendidos por los 
otros dos junto á la pared del propio hogar. 

En cuanto llegó Ros, rociaron leña y cadáveres con 
una gran cantidad de alcohol y le pegaron fuego, ce- 
rrando todas las puertas que rodeaban la habitación 
donde el hogar estaba, para que el humo no se exten- 
diese por la casa y marchase todo por la ohimenea. Hecho 
esto, se salieron á la salita donde estavo preso Flavia- 
no, sentándose en cuatro sillones para esperar allí que 
las llamas consumieran todo lo que había en el fogón. 

Uno de ellos reparó en la botella de agua y el vaso 
que había sobre la mesa, y dijo á sus compañeros: 

— Es posible que este líquido esté envenenado. Bas- 
ta de víctimas. Ros, tira el agua esa al sumidero, tri- 
tura botella y vaso y los arrojas al mismo sitio. 

Cuando tuó obedecido y regresó Ros, le dijo el 
mismo: 

—Ahora coge unas llaves que he visto en la estan- 

TOMO I 28 



218 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



cia contigua, posible es que alguna de ellas sea la del 
candado que cierra esa ventana y si acierto ábrela un 
poco, pues noto que llega aquí el olor de los cadáveres 
que están ardiendo. 

No se había equivocado, y el joven Ros pudo obe- 
decerle cumplidamente. 

Los cuatro permanecieron mudoa más de dos ho - 
ras, tiempo que juzgaron suficiente para no hallar en 
el fogón otra cosa que cenizas. 

Cuando acabaron su examen, oyeron un golpe dado 
á la puerta de la calle. 

—Escondeos los tres en la alcoba,— dijo uno de ellos, 
añadiendo, — yo recibiré á los que vienen, puesto que 
tengo las instrucciones necesarias del señor duque. 

Y embozándose de nuevo abrió la puerta de la ca- 
lle, hallándose frente á frente de un caballero de los 
que servían al duque de Uceia. 

El recién venido preguntó: 
—¿Sois Juan? 
—Si, señor. 

—Pues cerrad la puerta y entremos. 
Ambos pasaron á la salita que nos es tan conocida, 
preguntando el que acababa de llegar: 
—¿Y Magdalena? 

— Salió hace un momento, — le contestó el otro. 

—En ese caso, le dais cuando vuelva este bolsillo 
lleno de oro, que contiene cien ducados más de lo 
ofrecido. 

— Muy bien,— contestó el fingido Juan.— ¿Qué más 
deseáis? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



219 



—Decís á Magdalena que no vaya á ver al duque, y 
que salga de Madrid lo antes posible. 
—Hoy nos marcharemos al extranjero. 
. —Perfectamente. Habéis quemado el cadáver. 
— Sí, señor. 

— Ya se conoce en el olor. 

—Queréis ver las cenizas. 

—Aun cuando es innecesario las veré, 
Y ambos se dirigieron al fogón donde todavía hu- 
meaban dos pequeños troncos. 

—Basta,— exclamó retrocediendo el dependiente de 
Uceda,— |quó olor tan malo! 

—A carne humana quemada. 

— Que el cielo os guarde. 

—Y á vos. 

Salió el uno, cerró el otro la puerta, ó incorporán- 
dose con sus compañeros, dijo á dos de ellos: 

—Es necesario arrojar esas cenizas al sumidero; 
rociad esto con agua, para que no quede vestigio al- 
guno y nos retiraremos, que aquí ya no hay nada que 
hacer. Bien comprendo que el oficio es un poco duro 
para dos nobles, pero se trata de Flaviano, de Julio, 
del duque del Imperio, y... 

—Lo haremos con mucho gusto, que tratándose de 
esos señores, no hay oficio malo ni nada que aver- 
güence. 

—Abreviad. 

Media hora después cerraron todas las puertas, las 
ventanas, y salieron embozados, llevándose la llave de 
la puerta de la calle. 



220 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Los cuatro se dirigieron al convento de Trinitarios, 
desapareciendo los restantes embozados que vigilaban 
la casa, tomando diferentes direcciooes, para ir en- 
trando uno por uno, y con algunos intervalos, en el pa- 
lacio del duque del Imperio. 

Sigamos nosotros al favorito, que, después de exa- 
minar cuidadosa y detenidamente, lo que ól creía el 
cadáver de Osorio, se dirigió al alcázar, alegre y sa- 
tisfecho, como no lo estuvo nunca. 

Dejó en la saleta la capa y gorra, y avanzó hasta 
hallarse frente á frente de los dos Monteros de Espino- 
sa, que velaban en la habitación contigua la alcoba 
del rey. 

—Monteros, — les dijo Uceda, — acercaos uno á la 
puerta del regio dormitorio, y en cuanto su majestad 
se mueva, dad los tres golpecitos. 

Y empezó á pasear por la cámara próxima. 
Media hora después, oyó los golpes, y la voz de un 
Montero de Espinosa, que decía: 

— Señor: el duque de Uceda, nide permiso para en- 
trar. 

El monarca se volvió de un lado para otro, contes- 
tando fuerte: 

—Que pase el duque, y retiraos vosotros al extremo 
de esa habitación. 

Uceda saludó al monarca, quedando parado cerca 
de su lado. 

— ¿Qué hay?— le preguntó el rey. 

— Traigo una noticia á vuestra majestad. 

— ¿Tan importante es, que merece desvelarme? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



221 



— Creo que sí, señor. 
—Habla. 

El duque se acercó hasta pegar sus muslos á la re- 
gia cama, diciendo muy bajo: 

— Señor, acaba de morir el desgraciado Flaviano de 
Osorio. 

— ¿Qué dices? — exclamó el rey incorporándose en la 
cama. 

— Lo he visto cadáver; lo examiné detenidamente, y 
puedo dar fe de que ha dejado de existir en la madru- 
gada de hoy. 

— Refiéreme el hecho, sin omitir detalle ni frase al- 
guna de las que pueden ilustrar los hechos. 

El favorito le obedeció; hizo un detenido relato de 
cuanto había sucedido, dando por hecho, que el cadáver 
fué quemado, y los dos únicos autores se ausentaban 
de Madrid, para no volver más á él, probablemente. 

— Admirable, duque, — exclamó el rey con júbilo, — 
todo lo que estuvieron de torpes anteriormente tus ma- 
los servidores, han estado esos otros dos de hábiles, 
sagaces, valientes y entendidos. Recompénsalos bien. 

— Lo haré, señor, en cuanto me despida de vuestra 
majestad. 

— Eso era lo que yo deseaba, lo que convenía, lo 
que ha debido hacerse. Osorio era mi enemigo, el hom- 
bre odioso que aborrecía cuanto es posible aborrecer, 
y ha muerto sin escándalo, sin que nadie se aperciba, 
quedando el hecho encerrado en un arcano que nadie 
podrá abrir en lo sucesivo. Ahora que se echen á adi- 
vinar el Santo, su hijo, el duque del Imperio y todos 



222 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVIT 



sus parientes y amigos , que son infinitos, dónde está 
Fia vino, qué ha sido de Flaviano, y el por qué no lo 
encuentra nadie. Desde el llanto llegarán á la desespe- 
ración, y esa es otra nueva victoria que les hemos 
arrancado, pues ninguno de ellos nos quiere y el res- 
peto que nos tienen, es forzado, violento é impaesto 
por la majestad de mi estirpe soberana. Se van á de- 
sesperar, y era cuanto yo quería. Duque, acabas de 
conquistar de nuevo todo mi afecto y hasta mi gratitud, 
pero te recuerdo, le falta la mitad á tu difícil empresa. 

— ¿Se refiere vuestra majestad á la bella Alice? 

— Claro es y la ocasión te brinda. Muerto Flaviano 
y ocupados sus padres, parientes y amigos en buscarlo, 
te será fácil, acaso muy fácil arrancar á la paloma, de 
la cárcel en que la aprisionan. 

— ¿De qué modo señor? Vuestra majestad suele estar 
bien inspirado. 

—Se gana un portero, un ugier ó un paje. Con que 
te abran una puerta y tres ó cuatro robustos y leales 
servidores puedan llegar á las altas horas de la noche 
á la alcoba de ese ángel... 

— Comprendo, señor, y ya tengo la idea que 
buscaba. 

Pueden ir provistos de una mordaza de seda para 
que no grite. La obligan á que se vista de un modo que 
no lastimen su rubor y con el mayor silencio y precau- 
ciones... 

—La depositan en la casa que tengo dispuesta. 
— Eso es; dejando en la Nunciatura todas las puer- 
tas cerradas para que al día siguiente se ignore en ab- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 223 



soluto cuándo, cómo y por qué desapareció de allí la 
más encantadora de las mujeres. 

—¿Desea algo más vuestra majestad? 

— ¿Cuándo vas á dar principio á esa otra mitad? 

— Mañana, señor. 

—Muy bien; abrevia en lo posible. Sal; prohibiendo 
á los Monteros y á las personas que tengan conocimien- 
to de tu venida que lo digan á nadie, bajo las penas 
más severas. Te vuelves á tu casa, te acuestas nueva- 
mente, levántate tarde y no salgas hoy. Vuelves ma- 
ñana á decirme lo que hayas adelantado sobre Alice. 

Salió el favorito sin haber podido notar que uno 
de los dos Monteros de Espinosa, en vez de obedecer la 
orden que le habían dado de retirarse al fondo de la 
estancia, había permanecido con el oído pegado á la 
cerradura de la puerta que se hallaba á muy corta dis- 
tancia de la cama del rey. 

Ei favorito obedeció á su señor, si bien antes de 
acostarse nuevamente entregó á uno de sus altos ser- 
dores el bolsillo lleno de oro para Magdalena, dándole 
las órdenes que ya nos son conocidas. Luego se acostó, 
prohibiendo á los pocos que tenían noticia de su salida 
que contasen á nadie su marcha y regreso en la ma- 
drugada de aquel día. 

El rey quiso dormir ó hizo lo que pudo para con- 
seguirlo, pero sin lograrlo; la satisfacción, la alegría 
y una halagüeña esperanza que ya germinaba en su sér, 
le impidieron conciliar el sueño y optó por levantarse 
yipasear hasta la hora del desayuno. 

Abandonemos el alcázar real, que ya tendremos 



224 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI í 



tiempo de volver á él, y trasladémonos al convento de 
Trinitarios que es el sitio donda tienen lugar ahora las 
escenas mág importantes de nuestra historia. 

Daremos antes algunas explicaciones para no dejar 
ningún cabo suelto y pueda explicarse el lector los 
misterios que no haya podido comprender. 

La carta que Flaviaoo escribió al príncipe de Ita- 
lia momentos antes de su muerte, verdadera ó aparen- 
te, eso lo sabremos después, decía lo que á continua- 
ción copiamos: «Padre mío: Estoy siendo víctima de 
un engaño y sorpresa tan hábiles y bien meditados que 
era imposible dejar de caer en la red que <m ella me 
tendieron. La noche estaba oscura, nevaba, tropiezo 
en la calle con una pareja, cae al suelo la dama con 
quien choqué, quiero levantarla ayudado por el caba- 
llero que la acompañaba, pero dice que se le ha roto 
una pierna y los tres hacemos esfuerzos, verdaderos 
los míos y fingidos los otros, para conseguir, que se 
levante. Lleva en la mano un pañuelo mojado por la 
nieve al parecer; en varias ocasiones llega á mi nariz 
pero con tanta naturalidad, con tal estudio, que era 
imposible comprender la clase del líqaido en que el pa- 
ñuelo estaba empapado, y por efecto de una oscilación 
perfectamente dispuesta, pierdo la razón y caigo al 
suelo inerte. Esta escena tuvo lugar al pie de la casa 
de Magdalena que está cien varas de distancia de vues- 
tro convento y á más de media noche. Cuando volví á 
la razón me halló desarmado, quebrantadas mis fuerzas 
y frente á la funesta mujer que viene asediándome hace 
más de un año. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVíl 



225 



»Encerrados en ana habitación, en las contiguas 
sus cómplices y armada ella con mis pistolas, me da á 
elegir entre la muerte por un tiro, por el veneno, ó la 
seguridad de que he de huir con ella al extranjero para 
no volver más á Espafía. Me tomo tiempo para contes- 
tarla, me concede una hora, dejándome solo y apare- 
ciendo ella más enamorada qae nunca. Tengo tiempo 
de ¿obra para vencer á este nuevo Lucifer disfrazado 
de sér humano. Me ha dejado un veneno, el cual vier- 
to en una botella de agua qae ten^o al lado. Por un 
desgaste que tienen las maderas de la reja de mi pri- 
sión echaré esta carta, que llegará ó no á vuestras ma- 
nos, luego hará uso de un narcótico que me proporcio- 
nará una muerte aparente que imitará cuanto es posi- 
ble la verdadera y desde ella pasaré á la otra ó á vues* 
tros brazos. Si Dios, en sus aitos designios, me conce- 
de la vida, yo os suplico no se lo digáis á nadie más 
que á la* pocas personas que deben enterarse. Me con- 
viene aparecer muerto ante una sociedad corrompida 
y ante eaemigos sin valor ni conciencia, pero tan mal 
vados que horrorizan ¿us hechos. Nada más debo decir 
á vos que tan sabio y bueno sois. 

»Padre m^o, abrazad en mi nombre al noble y 
amado autor de mis días, á mi hermano Julio y los 
tres recibid el último suspiro de amor de vuestro hijo 
y hermano,— Flaviano.» 

Para echar esta carta á la calle había aprovecha- 
do Osorio la ocasión de que pasaron dos transeún- 
tes y cayó al suelo con tal oportunidad que á la luz 

de la linterna de uno de ellos lució el brillante y co- 
to mo i 29 



326 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



gieron el rollito aquél, leyendo acto continuo el sobre. 

Eran los transeúntes dos de los cinco hermanos 
Ros, que andaban al azar con otros cincuenta 6 más 
buscando á Flaviano por las calles de Madrid. 

Los hermanos Ros conocieron la sortija de Oso- 
rio y la letra del sobre, y acaso hubieran abierto la 
carta después de leída cometiendo alguna inconvenien- 
cia por un exceso de interés, gino fuera dirigida al 
príncipe de Italia; pero el Santo imponía un respeto 
y veneración tan grandes, que no se les pudo ocu 
rrir romper la cera, que según la voluntad de Flavia- 
no debía quebrantar el venerable dedo del insigne re- 
ligioso. 

Corrieron, llevando el precioso hallazgo oprimido 
por la mano amiga, y á los dos minutos se lo entrega 
ban al sacerdote, el cual en aquellos momentos se ha- 
llaba entregado á profunda meditación. 

Con viveza desconocida en él la leyó é hizo com- 
parecer á su presencia al duque del Imperio y á su hijo 
Julio. Dió la orden para que no continuaran buscan- 
do á Flaviano y se concretaron á obedecer sus man- 
datos. 

Desde aquel instante y teniendo una confianza cie- 
ga en la salvación de Oáorio, el Santo dirigió cuanto 
vimos, si bien no pudo contar con el envenenamiento 
de Magdalena y de su cómplice. 

Sus órdenes estaban en perfecta armonía con el de- 
seo de Flaviano y sólo debían enterarse de que no es- 
taba muerto unas cuantas persona» de las más allega- 
das á él. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



227 



Cuando el duque, su hijo Julio y los hermanos Ros 
salieron con la litera, quedó él orando. Un cuarto de 
hora después ¿e levantó de pronto, marchando á la 
portería del convento. 

En aquel mismo instante entraban á Flaviano. Ce- 
rrado el gran portón, abrió el príncipe la puerta de la 
litera, fijándose de una manera extraña en lo que pa- 
recía el cadáver de Oaorio. 

— Seguidme,— dijo á los cuatro y se dirigió al pan- 
teón del convento. En un sillón de baqueta situado jun- 
to al sepulcro del príncipe de Italia, de otro Santo á 
quien el mundo veneró, puso con sus propios brazos á 
Osorio, diciendo á los hermanos Ros: 

— Retirad esa litera y salid de aquí sin decir á nadie 
nada de lo ocurrido. 

Acto continuo se abrazó al joven narcotizado, fijan- 
do su rostro en el de aquél y de esta manera permane- 
ció media hora. 

—¡Vuelve á la vida!— exclamó. — (Bendita sea la 
misericordia divina! Acercad ese banco y sentémonos 
los tres. 

Y quedaron en la forma expuesta junto al sillón de 
Osorio. 

Ardía en medio del panteón la luz opaca y siniestra 
de una lámpara perpetua. Todo era en torno de ellos 
signoa de muerte y de amargura. 

El príncipe había elegido para la resurrección de 
Osorio aquel tétrico y sombrío lugar, para dar más fuer- 
za y verdad en el desenlace de la trágica escena á la 
voluntad y deseo del desgraciado joven, víctima du- 



228 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



rante la noche de la celada más traidora ó inicua que 
discurrirse puede. 

Sentados los tres en el banco y fijas sus miradas en 
el rostro de Osorio, demostraban el duque y Julio una 
ansiedad terrible, en tanto que el sacerdote le miraba 
con bondadosa seguridad. 

De pronto abrió los ojos Flaviano, pero no pudo 
moverse; le faltaban las fuerzas. 

Debió, no obstante, reconocer á sus padres y her- 
manos, pues se fijó en ellos, brillando en sus labios una 
dulce sonrisa. 

Los tres quedaron pendientes del resultado de aque- 
lla metamorfosis. 

No se hizo esperar mucho tiempo. De pronto alzó 
los brazos el joven, cayendo sobre los tres, y murmu- 
rando con voz todavía apagada: 
— (Padre, hermanos! 

—¡Hijo, Flaviano! — le contestaron, estrechándole 
con ternura y amor. 

Poco después formaban los cuatro en aquella lúgu- 
bre mansión de la muerte, el grupo más patético y 
afectuoso que puede contemplarse 

Poco hablaron allí; el duque del Imperio y Julio de 
Silva S8 sentían mal en el panteón y rogaron al prín- 
cipe pasaran á su celda. 

Apoyado Flaviano en el brazo del Santo, llegó con 
algún trabajo á la mencionada celda sin ser visto de 
nadie, por hallarse todavía la comunidad descansando. 

Encerrados los cuatro, y sentado Flaviano en un si- 
llón de baqueta, empezó á referir minuciosamente cuan- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 229 



to le habla ocurrido; pero notaron que su cerebro conti- 
nuaba algo perturbado, y entonces el duque man- 
dó suspender el relato, desapareciendo de allí por 
algunos minutos. Volvió después con un frasquito, 
cuyo contenido vertió en un vaso de agua, haciendo 
beber de ella varias veces á su hijo. 

Poco á poco fué reponiéndose nuestro joven, y al 
apurar el contenido del vaso tenía su color natural y 
pudo disponer de todas sus fuerzas, hallando perfecto 
su cerebro. 

Continuó su relato, llenando de asombro á los que 
le escuchaban. El Santo le preguntó: 

— ¿Para qué vertiste el veneno en la botella del 
agua, hijo mío? 

— Padre, me hallaba entre la gente más perversa 
que puede existir, y lo depositó en aquel recipiente 
para que el destino lo aplicase á quien tuviera por con- 
veniente, si es que alguno lo merecía. 

—Posible es, Plaviano, que haya causado ya algu- 
na víctima, y es preciso evitarlo. Ya deberán haber 
terminado en esa funesta casa, pues han trascurrido 
más de tres horas. Duque, entérate, ordenando que 
ese líqnido envenenado desaparezca para que no cause 
desgracia alguna; aquí esperamos los tres. 

Media hora más tarde regresaba el duque, di- 
ciendo: 

— Llegué un poco tarde; en los momentos que salía 
yo del palacio, regresaban los encargados que man- 
damos á la casa de Magdalena, dejando cerrado el edi- 
ficio y todo concluido. Esa malvada mujer y el solo 



230 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



cómplice que la acompañaba, han muerto envenenados 
al parecer. El líquido sobrante fué vertido, sin que en 
lo sucesivo pueda causar daño alguno. Mandó el duque 
de Üceda que «e quemara el cadáver de mi hijo, y ea 
su lugar lo han sido los de Magnalena y su cómplice, 
cuya» cenizas ha visto el representante de Uceda, 
creyendo que eran las de Flaviano y dando por hecho 
que ios quemados salen para el extranjero. 

—Dos víctimas más, — exclamó el Trinitario: — dos 
cristianos que han desaparecido de la tierra sin recibir 
ningún auxilio espiritual. Cúmplase la voluntad de 
Dios; sus altos designios son incomprensibles. 

Media hora más continuaron hablando; dióronle la 
capa y gorra que había perdido Flaviano; y éste desde 
su palacio se trasladó á la casa de Ros, la cual tenía 
comunicación, como ya sabemos, por una puerta se- 
creta. 

Desde aquel día empezó Osorio á pasar por uno de 
los hermanos Ros, viviendo con ellos la mayor parte 
del tiempo, usando su mismo traje y descompuesto su 
rostro, imitándolos de modo que todos le confundían 
con ellos. 

Más adelante sabremos lo que se proponía el en- 
tendido joven al parecer como muerto para la inmen- 
sa mayoría de los madrileños. 



CAPITULO XII 



Una nueva intriga del duque de Uceda.— El cómplice.— Plan acor- 
dado para la perpetración de un nuevo delito.— El rapto.— Fias- 
co y humillación, 



Dedde el día siguiente al que tuvieron lugar las es- 
cenas que antes relatamos, corrieron por Madrid dife- 
rentes versiones sobre Flaviano de Osorio. Unos decían 
que había sido muerto, otros que desapareció sin decir 
á nadie donde había ido y donde se hallaba y no eran 
pocos los que creían que partió al extranjero, llamado 
por una de las princesas más bellas y poderosas de 
Europa. 

Su padre y Julio no recibían á nadie y los parientes 
y servidores de aquellos no daban explicación alguna, 
riéndose muchas veces de las descabelladas preguntas 
que les hacían. 

El rey no ocultaba siempre la satisfacción que le 
embargaba, su favorito rebosaba de júbilo y la reina 
con su camarera mayor la duquesa de los Andes se 



232 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



mostraban graves, severas; sin que sus rostros dijeran 
si había en ellas alegría ni sentimiento. 

Las fábulas que se improvisaban y corrían por el 
Mentidero no son para detalladas por su infinita varie- 
dad y la inverosimilitud de todas. 

Tampoco en el palacio de la Nunciatura se demos- 
traba nada que pudiera llamar la atención; ni estaban 
alegres ni tristes y la bella Alice continuaba saliendo 
por las tardes á caballo con la hermana del prelado, el 
duque del Imperio y Julio de Silva. 

Tal era el todo de la situación cuando agentes há- 
biles trataron de ganar á uno ó más criados del Nuncio, 
sin poderlo conseguir. El último, no obstante, con 
quien hablaron, les dijo que él no podía ceder á s as de- 
seos por razones de gratitud y otras causas que S6 reser 
vaba; pero que acababa de llegar de Italia un napolita- 
no, el cual habían destinado á la portería y demostraba 
ser hombre de escasa conciencia y no tsnía motivo 
alguno para guardar consideraciones de que él no podía 
prescindir. 

Terminado su relato le dieron una moneda de oro, 
rogándole que nada dijera, pues sólo se trataba de ganar 
una apuesta en un asunto que tenía relación únicamen- 
te con la bella Alice. 

En la noche del mismo día se presentó en la Nun- 
ciatura un caballero que conocía bien el italiano, y en 
este idioma dijo al portero que tenía necesidad de ha- 
blar con ól sin testigos. Aceptada la cita, convinieron 
en verse una hora después en la hostería del Sol, esta- 
blecida en la plaza de Puerta Cerrada. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



233 



En efecto, á las once de aquella misma noche se 
encerraban ambos en un cuarto de dicha hostería. 
Asistamos á esta entrevista. 

Mandaron llevar algunos manjares, cerraron la 
puerta y se sentaron el uno junto al otro dando princi- 
pio á una conversación á media voz. 

El caballero era un capitán que había servido en 
Nápoles, llamado Pedro Ruiz; el otro era Plavir.no de 
Osorio convertido en italiano, conocido por el capitán 
con el nombre de Giobanni. 

Hizo uso de la palabra el capitán para preguntar al 
supuesto portero. 

—¿Quieres ganar cien ducados? 

—Mejor aún doscientos, — contestó Giobanni, demos- 
trando interés. 

—-Pudieran ser los doscientos si cumplieras bien to- 
do lo que yo te mandase. 

—Pues sean los doscientos y pedid cuanto queráis. 

— Todo serás capaz de hacerlo. 

—No teniendo que herir ó matar, todo. 

—No se trata de eso; es únicamente el cambio da do- 
micilio de una dama trasportada á su nuevo nido con 
el mayor cuidado y la más fina atención. 

— ¿La hermana del señor arzobispo? 

—No. 

— Pues todavía es joven y bien parecida. 
— Es más joven aún, y mucho más bella. 
—Comprendo, mi paisana, la hermosa Alice; sólo 
una vez la he visto á caballo, y seduce su belleza. 
— Ya ves, que ni parentesco tiene con el Nuncio. 

TOMO I 30 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—¿A mí qué me importa? Lo único que me interesan 
son los doscientos ducados. Pero aún no me habéis di- 
cho quién sois. 

— Un capitán; que ha servido en el ejército de Ñi- 
póles, y se retiró á Madrid á disfrutar de las pingües 
rentas que heredó de su padre. 

— Por vuestro traje ; no hubiera podido notar que 
erais capitán 

— Pues lo soy, ó lo era, y te ofrezco solemnemente 
los doscientos ducados si me ayudas á robar á la bella 
Alice. 

— ¿Qué debo hacer? Os advierto, que yo no subo ja- 
más á las habitaciones que ella habita. 

— No importa, sé hasta en la alcoba donde duerme 
y la hora en que se retira á descansar. 

— En ese caso basta con que abra y cierre la puerta. 

—Con eso y con que averigües antes de que yo suba 
con dos ó tres amigos, si duermen todos, y podamos 
realizar el hecho con alguna seguridad. 

—Si no es más que observar, lo haré. 

-¿Cnándo? 

— Por mí, mañana por la noche. 
— ¿A qué hora? 

—A las dos de la madrugada. 
— ¿No te dormirás? 
— Imposible. 
—¿Ni me faltarás? 

—Por los doscientos ducados lo hago. 
— ¿Quieres que te adelante algún dinero! 
— No; deseo tomarlo todo de una vez. 



LOS HÉROES DEL 8IGLO XYII 



935 



— ¿Al entrar ó al salir del palacio? 
— Lo dejo á vuestra elección. 
Todavía hablaron sobre detalles que no tienen inte- 
rés, pagó el capitán la comida que no habían probado 
y ambos se despidieron hasta la madrugada de la no 
che siguiente. 

Cuando Flaviano entró en la portería, vió que lo 
esperaba un embozado, paseando por el zaguán, al cual 
dijo: 

—Mañana, á las dos de la madrugada, cometen el 
rapto. Ten dispuesto todo lo necesario, y al anochecer 
que venga la camarera designada. 

— Muy bien, mi querido Plaviano, --contestó Julio 
de Silva, que era el embozado. —Todo se hará como lo 
tienes dispuesto. La idea es como tuya. 

—¿Cómo siguen nuestros padres? 

—Muy bien; y á tí de portero, cómo te va? 

— Admirablemente . 

— ¿Te hace falta algo, quieres oro? 

—Gracias, hermano. 

Y ambos se estreoharon, saliendo el uno en direc- 
ción de su morada, y encerrándose el otro media hora 
después con el Nuncio, su hermana y Alice. 

Algo después dormía Osorio en una de las alcobas 
principales de palacio. 

Al día siguiente, se le vió poco en la portería; pero 
desde las nueve de la noche, que terminó la cena, se 
hizo cargo de aquélla, sin que ningúu otro sirviente 
pareciese por allí. 

No tardaron en presentarse una camarera italiana, 



236 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



joven y bien parecida, una dueña y Julio de Silva. 

Las dos primeras subieron, y el hijo del Santo que- 
dó con Flaviano. 

El último entornó la gran puerta, entrando con su 
amigo en una habitación del zaguán. 

Sentado frente el uno del otro, preguntó Osorio: 
—¿Están todos avisados? 
—Todos. 

— ¿Habéis ilustrado bien á la camarera? 

— Sí, Flaviano; desempeñará su papel á maravilla. 

— ¿Sabe algo el Santo? 

— Sin duda alguna, mi padre adivina. 

— |Qa« os ha dicho? 

— Que le vas á dar al rey una lección completa, pero 
que puede sernos funesta. 

— Julio, he de atormentar cuando pueda al señor y 
al favorito, sin temor ni consecuencia alguna. 

— Lo creo, á nada puede temer el que, como tú, des- 
conoce el miedo. 

—¿Por qué no te marchas, Julio? Te vas á aburrir 
permaneciendo aquí más de cuatro horas. 

— Tú y yo, Flaviano, sólos nos abarrimos las horas 
que pasamos separados. 

—Eres tan bueno como tu padre. 

— Y tú tan valiente y leal amigo como el tuyo. 
Al expresar esta última frase, apareoieron en el 
dintel de la puerta, la bella Aiice y la hermana del 
Nuncio. 

— No paséis,— las dijo Flaviano,— aquí sólo hay un 
portero y un amigo, casi de la misma calaña* Dos pie- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 237 



beyos, con los que no pueden alternar las damas de la 
primera nobleza. 

— Nos haremos la ilusión, — replicaron entrando las 
dos jóvenes, — de que sois grandes de España, futuro 
príncipe el uno, y duque del Imperio el otro; y entre- 
tendremos cuatro horas agradablemente. 

Ambas se sentaron; la hermana del Nuncio al lado 
de Julio, y Alice junto á Flaviano. Este dijo á la her- 
mosa napolitana: 

— ¡Tan cerca de mí! ¿Que diría tu padre si alzase la 
cabeza y te viera junto á un mísero portero? 

— Se jnzgaría el más feliz de los hombres. 

— ¿Y si yo le óontaba que al separarte de mi lado 
ibas á servir de pasto á las liviandades de un voluptuo- 
so señor que alega tener derecho á la vida y hacienda 
de los demás? 

— ¡Yo! ¿yo de pasto á un grajo?... Mi padre te con- 
testaría como yo: «Se puede ir al sepulcro, esto es muy 
fácil; pero no á la liviandad que deshonra; esto es im- 
posible.» 

— ¿Qué harías tá, pobre y débil mujer aprisionada 
entre las garras de invencible león? 

— Atravesar mi pecho con el agudo puñal que nun- 
ca separo de mí. 

—¿Tendrías valor bastante para clavar esa arma en 
tu corazón? 

—Si mi deshonra iba á ser segura ó un hombre, 
sólo un hombre que vive en mi corazón, y no puedo, 
ni debo, ni quiero citar me despreciase, tardaría me- 
nos de un minuto en dejar de existir. 



238 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Flaviano había comprendido la alusión y rehuyen- 
do el debate sobre tema que jnzgaba peligroso le con- 
testó: 

- Sí; hay damas, y tú serás una de ellas que prefie- 
ren ia muerte á la infamante mancha de la deshonra. 
Pero no creo llegue ese caso. 

i —Quién sabe; dicen que Dios se dignó concederme 
alguna belleza, y esta es un gran estímulo para la yo 
raeidad de los grajos de que antes me hablabas. 

—Ya habrá quien lo evite y te defienda. 

—Ya existe un noble y generoso caballero que ex- 
pone su vida, su paz, la tranquilidad, y su bienestar por 
mí, ¡Ah nunca podré pagarle cuanto lleva hecho por mí! 

— No lo haca ól por el interés de la recompensa, y 
en verdad que lo que tú no puedas pagarle lo hace en 
tu lugar la Providencia que vela y defiende su vida con 
poder soberano. 

—Dios misericordioso continúe defendiéndole; su 
preciosa vida es el escudo de la virtud, su brazo el cas- 
tigo del vicio; su nobleza de alma lo más sublime que 
existe en la tierra. El cielo corte mi vida primero que 
amenace á la suya otro nuevo peligro. 

No convenía al inteligente Flaviano continuar por 
el canino en que había entrado Alice, y haciendo uso 
de alguna ironía le replicó. 

— Qué dramática te encuentro esta noche. Por Cris- 
to nuestro amado Redentor que no sienta bien esa ac - 
titud en una orgullosa dama á la que hoy pedirá un 
monarca gracia y favor y le arrojará el mendrugo de 
una de sus sirvientas. 



LOS HÉROES DEL SIQLO XVII 



239 



— Mendrugo que no he de poder mascar aun cuando 
tierno, por eso se lo arrojo al rostro; si pudiera mor- 
derlo me quedaría yo con él. 

Hablando de esta manera unas veces cada cual con 
su pareja y otras los cuatro, transcurrió el tiempo y se 
aproximó la hora de la cita que tenía Flaviano aquella 
madrugada, y poniéndose en pie exclamó: 

— Señoras, no puedo prescindir de convertirme nue- 
vamente en portero, se acerca al momento de la cita y 
yo os ruego roe dejéis solo con Julio. 

— No, — le contestó Alice;— en esta habitación no 
puede entrar ninguno de los que vengan; estará ade- 
más cerrada la puerta y por tres agujeritos que ésta 
tiene no queremos perderte de vista 

— ¡ Ah, previsora y curiosa Alice! No seré yo el que 
me oponga á un capricho que tanto me favorece, que- 
dad las dos con mi hermano Julio, que defendidas por 
él ningún peligro os amenaza. 

Y salió de aquella habitación que ellas cerraron, 
comenzando á pasear nuestro joven por el extenso za 
guán del palacio, 

No usaba espada ni se le veía arma alguna, repre 
sentando perfectamente su papel de portero. 

El gran portón estaba entornado, saliendo por la 
pequeña abertura de las maderas el pálido reflejo de la 
luz de una linterna colocada en un rincón de! zaguán. 
Aparecía éste en consecuencia sombrío y triste como 
la entrada de una solitaria mansión. 

A las dos en punto sintió Osorio un golpecito dado 
á la puerta con precaución. Nuestro joven abrió un 



240 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



poco viendo los largos bigotes del capitán Ruiz que le 
preguntaba muy quedo: 
— ¿Podemos entrar? 

—Nadie lo impide,— contestó Osorio abriendo algo 
más la puerta, 

— Vuelvo al momento. 

Un segundo después penetraban cuatro caballeros 
llevando entre dos uoa litera. 

Dos más quedaron en el dintel y cinco en los alre- 
dedores del palacio. 

El capitán que era uno de los cuatro que habían 
entrado, volvió á preguntar ai fingido italiano: 

—¿Duermen? 

— Yo no puedo asegurar eso, pero reina en todo el 
palacio un silencio sepulcral. 

— Con eso nos basta. ¿Doy principio? 
—Cuando gustéis. 

El capitán se comunicó al oído con los tres que es- 
taban junto á él, les dió algunas órdenes y acto continuo 
colocaron dos de ellos la litara al pie de la escalera. 
Después subieron sin promover ruido alguno. 

Llevaban otra pequeña linterna que les enseñaba el 
camino y evitaba tropiezos. De esta manera subieron 
al piso principal y después de atravesar los pasillos y 
una galería, quedaron parados frente á la puerta de un 
gabinete. 

No había en todo el interior del palacio otra luz 
que la pálida y siniestra de la diminuta linterna que 
ellos llevaban; pero uno de los cuatro debía conocer 
perfectamente el terreno que pisaba, siendo así que 



LOS HÉBOES DEL SIGLO XVII 



341 



guió á ¿us tres compañeros sin dudas ni vacilaciones. 

La puerta del gabinete donde se detuvieron se ha- 
llaba cerrada únicamente con un picaporte que ellos 
levantaron entrando sin dificultad alguna. 

Ni cabía en los raptores más silenciosa actitud ni 
más discreción. 

Ya en el mencionado gabinete encontraron una di- 
ficultad: comunicaba éste con la alcoba en que había 
dormido siempre Alice y debían entrar en ella, pero 
estaba la puerta cerrada por dentro, cuya observación 
acababa de hacer el experimentado guía que llevaban. 

— No importa, —dijo otro de ellos,— dirigid la luz 
de la linterna á la unión de las dos hojas, que yo la 
abriré. 

Y sacando algunos instrumentos, reconoció la puer- 
ta, notando con satisíación que sólo estaba corrido el 
pestillo que obedecía á la llave y que ésta la habían 
quitado de la cerradura. 

Haciendo uso de una especie de ganzúa que tenía 
en la mano no le fué difícil correr el pasador y quita- 
do el picaporte abrir la puerta. 

Tan hábil estuvo que no promovió ruido capaz de 
despertar á uno que estuviese dormido. No era la pri- 
mera puerta que aquel abrió de la misma manera. 

El favorito habia mandado á la Nunciatura gente 
que realizaba admirablemente el difícil y arriesgado 
papel que estaba desempeñando. 

De pronto abrieron la puerta del todo y se acer- 
caron á la cama. Uno alumbraba, dos blandían agudos 
puñales en actitud amenazadora y el cuarto colocó á la 

TOMO l 31 



242 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



joven que hallaron dormida una mordaza de seda que 
le impedía hablar. 

Cuando entraron los raptores en la alcoba, la joven 
que allí encontraron se hallaba perfectamente cubierta 
con la ropa de la cama, pues la tapaba ésta desde los 
pies hasta la nariz. 

Lá luz era muy opaca y la rapidez conque se vieron 
obligados á cubrir parte del rostro con la mordaza les 
impidió reconocer la diferencia que pudiera haber en 
tre la hermosa Alice y la más bella de sus camareras, 
si es que alguno las conocía. 

Despertada la joven miró con terror á los raptores, 
aparentando un temblor nervioso que la iguala en des- 
treza á sus raptores. Dos de ellos le acercaron á la ca- 
ma un elegante traje que tenía entre dos sillas, dición- 
dola uno de los cuatro. 

— Vestios al momento, que os vamos á llevar donde 
encontraréis la dicha y la ventura. Nada temáis si nos 
obedecéis; os trataremos con la más delicada atención, 
pero os advertirnos que la resistencia os costará la vida 
en el acto. 

Y acercaron dos puñales á su pecho. La joven exa- 
jeró algo más su temor, moviendo la cabeza en sentido 
que quería decir: 

— No resisto; obedeberó. 

— Muy bien,— -añadió el capitán,— entornamos la 
puerta para que podáis vestiros sin temor de que nin- 
guno os vea desnada y os ruego que abreviéis en lo 
posible. 

Los cuatro se salieron al gabinete, dejando un poco 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



243 



entreabierta la puerta y al pie de ella la linterna para 
que la dama pudiera cubrirse teniendo alguna luz. 

Formando grupo á un lado del gabinete, quedaron 
los cuatro como mudas estátuas sin intentar ver ningu- 
no de ellos á la que se estaba vistiendo. 

La mordaza que la habían puesto estaba sujeta de 
un modo que le hubiera sido imposible á la joven qui- 
társela antes de conocer el botón que sujetaba un mue- 
lle que la unía perfectamente. 

Un cuarto de hora tardó la camarera en vestirse. 
Cuando hubo terminado dió un golpecito á la puerta, 
se abrió ésta y apareció la joven elegantemente vestida 
y cubierta con un capuchón que escondía su cabeza y la 
mayor parte del rostro. 

Uno de los cuatro le ofreció el brazo, otro iba de- 
lante con la linterna y los otros dos salieron, dejando 
cerrada la puerta del gabinete. 

La litera estaba abierta y en ella hicieron entrar á 
la dama. Bien cerrada aquélla, la cogieron entre dos, 
saliendo sin detenerse en el portal ni en la calle. 

Quedó sólo el capitán con Flaviano, al cual dijo: 
— En ese bolsillo van los doscientos ducados que 
ganaste bien; pero te aconsejo que abandoces ahora 
mismo este palacio y no vuslvas á presentarte en 
41. 

Tomaré el consejo y antes de que amanezca dejaré 
esta vivienda para siempre. 

Y Flaviano guardó el bolsillo. El capitán se despi- 
dió con las siguientes frases: 

— El rapto se ha consumado sin que ninguno de los 



244 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



que arriba descansan hayan podido apercibirse; pero no 
tardes en huir y que Dios te proteja. 

Y desapareció embozado hasta los ojos sin esperar 
contestación de Flaviano. 

Nuestro joven cerró con calma la puerta del palacio 
y fué á dirigirse á la habitación donde estaban Alice, 
la hermana del Nuncio y Julio de Silva; pero encontró 
á éstos que salían á recibirle, diciéndole el hijo del Santo: 

— No sé que admirar más, si el silencio y destreza 
de los actores ó la sangre fría y actitud de un hombre 
á quien nadie ha podido tomar por otra cosa que por 
un mísero portero. 

—Señoras,— dijo Osorio sin hacer caso de las frases 
de Julio, — os aguarda el descanso y repaso tan necesa- 
rio á la vida. 

— ¿Qué vas hacer tú, Flaviano?— le preguntó Alice. 

— Me marcho con Julio. 

— Yo no te necesito para nada, hermano. 

— Ni nosotras te dejamos salir, — añadió Alice; — 
harto has sufrido ya, descansa esta noche, que tu noble 
hermano, tu padre y tus muchos deudos y sirvientes 
velarán por tí, que bien lo mereces. 

— No os dejamos, señor, — exclamó la hermana del 
Nuncio. 

— Contra tres enemigos tan poderosos, — contestó 
Flaviano, — no puedo resistir. Me quedo, Julio. 
— Muy bien; hasta mañana. 
Silva se despidió de ellos y embozado hasta los ojos 
desapareció de allí. 

Osorio cogió la linterna y después de bien cerrado 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



245 



el portón del palacio acompañó á las jóvenes hasta la 
puerta de un gabinete donde ellas entraron, cerrando 
por dentro, para acostarse después en una extensa al- 
coba qne ofrecía dos camas. 

Osorio se fué á la suya, quedando dormido tran- 
quilamente al poco tiempo. 

A la hora ordinaria se abrieron las puertas del pa- 
lacio por el portero antiguo y nada se notó en los ha- 
bitantes de aquel edificio que pudiera revelar sobresal- 
to ó temor. Nadie hubiera dicüo que la noche antes se 
había cometido allí un rapto. 

Es preciso retroceder un poco para que sepamos lo 
que ha ocurrido á la elegante y bien parecida camarera 
de Alice. 

La litera en que la llevaban fué trasportada por 
hombres que se cambiaban, á un edificio de buen aspec- 
to situado cerca del alcázar, entre árboles y plantas. 
Era una casita aislada, lujosamente puesta y en la que 
esperaban á la robada dos camareras y algunos otros 
servidores. 

Ya en el zaguán la litera, sacó el capitán á la joven 
subiéndola de la mano hasta el piso principal. Allí le 
quitó la mordaza, cubriendo ella instantáneamente la 
cabeza y parte del rostro con la capucha de su abrigo. 
A Ruiz le pareció encantadora, efecto de que tenía al- 
guna belleza, de ia poca luz y de la ilusión, 

Se la entregó á las camareras y bajando al portal 
habló cinco minutos coa dos embozados que quedaron 
allí, de los once que llevó, partiendo luego en dirección 
del palacio de Uceda. 



846 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Los cancerberos que quedaron en la casita, cerra- 
ron la puerta, se guardaron la llave y entrando en una 
habitación del cuarto bajo se arrellenaron en dos ancho* 
sillones de baqueta. 

Las camareras puestas á disposición de la secues- 
trada, la preguntaron qué deseaba, contestándoles ella 
con tono imperativo. 

—Quiero dormir. ¿Tengo alcoba dispuesta? 
— Sí, señora. 

—Pues llevadme y qae nadie me moleste hasta que 
yo despierte y llame. 

Andando pausadamente, con la cabeza erguida y 
dándose importacia de una gran señora, dejó que la 
desnudasen y se acostó en un lecho elegante y blando. 
Nada pudieron notar sus camareras impropio de la be- 
lla Alice, la joven robada se dejó quitar unos zapatoa 
de raso blanco, medias de seda, ligas bordadas, corres- 
pondientes al traje exterior y todo el resto del interior 
á las prendas de que hemos hecho mención. 

Al apoyar la cabeza en la almohada, exclamó apa- 
rentando pena y dolor: 

— |Dios mío, Dios mío, qué sorpresa, qué maldadf 
Retiraos vosotras que no tenéis culpa de nada, dormid, 
dejando cerrada la puerta de mi alcoba. 

Oon una reverencia se despidieron, saliendo en la 
forma que les habían ordenado. Era i dos aloarreñas de 
aspecto grosero, poca inteligencia y al lado de ellas pa- 
recía en efecto, una gran señora la camarera de Alice* 
Poco después dormían casi todos los habitantes de aque- 
lla casa. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



24T 



Eran más de las tres de la madrugada. 
Vestido y sentado en un sillón de su despacho espe- 
raba impaciente el duque de Uceda, cuando un paje le 
anunció la llegada del capitán Buiz. 

Un minuto después recibía el favorito el anunciado, 
preguntándole con viveza: 
— ¿Triunfamos? 
— Completamente, geñor. 
— De modo que la bella Alice... 
— Se halla en la casa que tenéis destinada para ella. 
— ¿Hubo escándalo? 

— Silencio profundo, señor duque, mucha habilidad 
y algo de suerte que dieron por resultado un rapto in- 
verosímil por lo admirablemente que se llevó á cabo. 

— Sentaos á mi lado, capitán. 

— Señor... 

—A mi lado he dicho y referidme todo lo ocurrido, 
no omitiendo nada, ¿lo oís? nada. 

Ruiz le obedeció sin excusar frases que detallaban, 
pero sin exagerar toda vez quo le era imposible por lo 
bien que todos desempeñaron su cometido. 

Al acabar, exclamó el u duque crispado de alegría: 

— Muy bien, señor capitán; antes de que las canas 
aparezcan en vuestra cabeza seréis maestre de campo. 
El mejor tercio de Castilla habéis de mandar. 

—Gracias, señor. 

— Lo habéis ganado, capitán, y aun me parece poco. 
Volved esta noche y os concederé la gracia que me pi- 
dáis para vos y para los que os han acompañado. 
Ruiz se puso en pie, le demostró su gratitud, aban- 



248 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



donando el despacho para volver cuando le habían 
man lado. 

Uceda, más alegre y complacido de lo que estuvo 
jamás, exclamó para sí: 

—Todo lo he conseguido, todo. No podrá decir en 
adelante don Felipe que carezco del talento y habilidad 
indispensables en el desempeño del primer puesto de la 
nación. Mataron á Osorio, y ¿orno si esto fuera poco, 
tiene ya á su disposición la más encantadora beldad 
que he conocido. Pero no es eso sólo; al realizar tan 
difíciles hechos me he vengado de los Osorio y de los 
Silva: estoy sobre ellos y valgo más que ellos. No po- 
día por menos de suceder así; por mucho que esos 
hombres puedan, ¿qué valen contra el rey y contra su 
favorito? Débiles y pequeños mortales han sucumbido 
como el cordero bajo las garras del león; como la hor- 
miga que aplasta la planta del hombre. Merezco el si - 
tio en que el destino me colocó; desde hoy en adelante 
temblarán ante mí desde los débiles hasta lo más po- 
derosos de la tierra. Tengo en mi diestra todo el poder 
de Felipe III; mientras él enamora á la bella italiana 
yo gobernaré el reino y la India y todas las posesiones 
de este vasto imperio. Nadie podrá conmigo, nadie. 

Y levantaba la cabeza con orgullo, vanidad y so- 
berbia, que pronto el destino había de confundir entre 
el polvo vil que pisan los villanos. 

Quiso dormir algo arrellenado en su sillón, pero no 
pudo; las ideas se acumulaban en su cerebro y los pro- 
yectos que ya bullían en su mente espantaron su sueño. 

Tenía órden de visitar al rey á las siete de la ma- 



I# >S HÉB0B8 DHL SIGLO XVII 



349 



ñaña en el caso de consumarse el rapto, y el duque 
permaneció en su sillón hasta después de las seis y me • 
dia formando castillos en el aire y trazando cuadros 
que no había de poder darles vida, 

A la hora indicada, cubierto con un manto negro 
y una gorra inferior, se dirigió al alcázar, sabiendo 
allí que el rey se estaba vistiendo. 

Minutos después encerrado con el monarca, le 
decía: 

— Vuestra majestad ha dormido poco. 

— Sí, Uceda, la última noticia que me distes me ha 
desvelado y hecho salir de la cama más pronto de lo 
que debía. ¿Triunfamos? 

— Por completo, señor. 

— ¿Conque la bella Alice?... 

— Se halla no lejos del alcázar á vuestra completa 
disposición y sin que haya á su lado persona alguna 
que pueda molestar á vuestra majestad. 

— ¿Abréis dado alguna campanada? Temo la ira y 
venganza del Nudcío. 

— No hay motivo, señor. Os voy á referir lo acon- 
tecido para que quedéis completamente satisfecho. 

— Me basta oirte para estarlo. Por el camino me re- 
ferirás ls ocurrido. Partamos. 

Don Felipe se cubrió el rostro con un manto y go- 
rra parecidos á los que usaba el duque y amdos salie- 
ron muy embozados por una puerta falsa del alcázar. 

En breves frases refirió el favorito lo que el capi- 
tán le contó, preguntando al concluir: 

-—¿Se halla vuestra majestad satisfecho de mí? 

TOMO I 32 



250 L03 HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Tan completamente,— le dijo el rey, — que empie- 
zo á ver en tí un hombre nada vulgar. 

En este momento llegaron á la puerta de la casa 
donde iban, llamó Uceda y después de haberlo recono- 
cido les abrieron. 

La puerta volvió á cerrarse, preguntando Uceda á 
uno de los dos que estaban en el zaguán: 

— ¿Qaó ocurre arriba? 

— Creo que duermen todos, señor. 

— Hacedles levantar y que entren en la sala á reci- 
bir órdenes. 

Y los dos subieron, seguidos del que hacía de por- 
tero, entrando en el estrado sin haberse bajado el em 
bozo don Felipe. 

Solos allí, dijo el monarca á su favorito: 
— Varía la orden, Uceda; que sólo despierten á las 
camareras, vistan éstas á Alice, que aun cnando se 
halle en cama estará desvelada, y que entre aquí sola 
la itaiiana. Abrevia. 

El duque le obedeció, hacióudose lo que el rey ha- 
bía mandado. 

Sentados ambos en dos sillones hablaron media 
hora Felipe y el duque, viendo entrar al espirar este 
plazo, elegantemente vestida, á la primer camarera de 
Alice robada la noche anterior. 

Ambos se pusieron en pie, recibiendo el voluptuo- 
so monarca una gratísima impresión; pero de pronto 
se nubló su semblante y aproximándose á la robada, le 
dijo: 

—Tú no eres Alice.? Quién te trajo aquí? 



^ LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 251 



— Los que han cometido coamigo un rapto esta no- 
che, señor. 

— ¿Quién eres?— le preguntó ei rey con ira. 

La primer camarera de mi señora Alice. — contes- 
tó con la mayor naturalidad. 

El favorito se echó atrás aturdido, confuso, sin sa- 
ber lo que hacía. Quedó pálido, demudado y hasta le 
temblaban las piernas. Ei rey se volvió hacia ól, pre- 
guntándole con enojo: 

— ¿Qué es esto? ¿Quién es el autor de tan indigna 
farsa? ¿Quién cometió un desacato, una villanía tan 
grande? 

El favorito le contestó con entrecortadas frases: 
— Lo ignoro, señor, en este mamento. Me han en- 
gañado, mas expiarán en un patíbulo tan miserable 
acción los que resulten autores. 

En este mismo instante vinieron á sacar de su gra- 
ve apuro al duque varios golpes dados con violencia á 
la puerta y algunas voces que no pudieron compren 
derse. Percibieron, sin embargo, ei ruido de los cerro- 
jos que corrían y un acento hueco y destemplado que 
gritó: 

—El señor corregidor de Madrid. 

| — Sólo esto ños faltaba! — dijo el rey, añadiendo con 
imperio, — márchate, cámarera, á las habitaciones in - 
teriores, y tú, Uceda, recibes á ese hombre, disculpas 
ei hecho lo mejor que puedas, averigua quién se lo ha 
denunciado y si quiere llevarse á esa mujer puede ha- 
cerlo cuando le acomode. 

Todo el zaguán y la escalera estaban llenos de al- 



352 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVII 



guaciles; la primera autoridad de Madrid se presenta- 
ba seguida de una cohorte de servidores. Llegó al es- 
trado el corregidor, hallándese frente á frente del 
duque de Uceda. 

— ¿Qué os trae por aquí tan de mañana? —le pregun- 
tó el favorito aparentando extrañeza. 

— Señor duque, me han sacado de la cama, exigien- 
do oae protección en favor de una joven que ha sido 
robada esta noche, y se halla aquí. 

—¿Quién os hizo eea denuncia? 

—Nada menos que el representante de Su Santidad, 
en cuyo palacio, con escándalo inaudito, se cometió el 
rapto. Y en verdad que me extraña mucho ver aquí al 
noble duque Uceda. 

— ¿Personalmente os ha hecho la denuncia el Nuncio? 

— No, señor; en este pliego que guarda mi escarce- 
la, el cual me ha sido entregado por uno de sus fami- 
liares. 

— Muy bien, señor corregidor, veo con placer que 
cumplís vuestros deberes con celo é interés plausible. 
Yo me adelanté á vos, porque tuve también conoci- 
miento del hecho y vine en persona á averiguar la 
verdad para dar cuenta al rey, siendo asi que se trata- 
ba de un allanamiento y robo realizado en la morada 
del digno representante del Pontífice. He averiguado 
todo lo ocurrido y no revista la gravedad que creímos 
en un principio. Fuá una insigne torpeza debida á fu 
nesta equivocación, pero nada ocurrió á la robada, la 
que está ya á vuestra disposición para que se la vol- 
váis al Nuncio ahora mismo. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



253 



— Señor duque, es cumplimiento de mi deber tengo 
que llevarme además á cuantos hayan tomado parte 
en este rapto. 

—Eso no puede ser, señor corregidor, los que lia» 
mais raptores equivocaron el contenido de una orden 
dada por mí, y sólo merece el castigo de una torpeza 
que yo les impondré. Decídselo al Nuncio de mi parte, 
añadiendo que hoy tendré el honor de visitarle para 
ofrecerle en nombre de su majestad, las disculpas que 
merece y darle como representante del Sumo Pontífice 
todas las explicaciones debidas. 

— Tengo que inclinarme ante vos, señor duque; pero 
suceden cosas tan extrañas en Madrid y cohiben la ac- 
ción de la justicia de una manera que me voy á ver 
obligado á ofrecer á su majestad la respetuosa dimisión 
del cargo que desempeño. El cielo os aguarde, señor. 

El corregidor entró en las habitaciones interiores, 
y hallando á la camarera de Alice se la llevó, mar- 
chando seguido de todos sus alguaciles. 

El rey abandonó el gabinete en que se había ocul- 
tado, diciendo á Uceda: 

— Sólo nos falta que esa excelente autoridad, la 
mejor que tenemos, nos abandonara, dejándonos sin su 
influencia entre el pueblo, sin su gran prestigio y con 
la crítica mordaz que caerá sobre nosotros, si se reti- 
ra. Qué nécio habéis sido, duque; no conozco hecho 
más ignominioso ni estúpido que el que estoy presen- 
ciando. Salgamos de este lagar de vergüenza y humi- 
llación. 

Y ambos dejaron aquella casa, despidiendo el rey 



254 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



con un signo imperativo al llegar á la puerta del alcá- 
zar, al desdichado favorito que iba tropezando con los 
árboles, con las piedras y con todo estorbo de los que 
hallaba á su paso. 

Desde lo más alto donde eleva la loca fantasía y la 
más nócia soberbia, había descendido el favorito á la 
profunda sima de la humillación, de la amarga pena y 
del torturador desconsuelo. Dos horas antea se juzga- 
ba el hombre más sábio, poderoso y encumbrado de la 
tierra; ahora se veía tan pequeño, tan débii, 4an pusi- 
lánime y despreciado como el más chico. La rueda de 
la fortuna dió media vuelta completa, quedando negra 
la faz que poco antes creía distinguir el fovorito de co- 
lor de rosa. 

Cuando entró en su palacio sentía un temblor ner 
vioso y un sudor frió irresistibles. Se acostó, haciendo 
ir á su médico de cabecera, que diagnosticó fiebre in- 
flamatoria con indicios de congestión cerebral. 

A las veinticuatro horas te le desarrolló la conges- 
tión, complicada con un ataque neurálgico en la cabeza 
que puso en peligro su vida. 

Esta enfermedad gravísima no pudo rehabilitarlo 
para con el público, pero le evitó otras desgracias para 
ól mayores. 

De la misma manera que los vicios precipitan al 
crimioal, arrastraba la ambición al favorito, trocándo- 
lo bien á pesar suyo en más pequeño y rain de lo que 
en realidad era por índole, capacidad y educación. 

El rey entró en su cámara despechado, fuera de sí; 
le quisieron servir el desayuno y lo rechazó. Juzgaba 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



que aquel deplorable acontecimiento no era sólo debido 
á nna equivocación, sino principalmente á un golpe de 
habilidad de sus contrarios, y esta idea lo exasperada 
tanto más, cuanto que estaba convencido de lo mucho 
que le iba á perjudicar por haber puesto en manos de 
aquellos un arma poderosa. 

Ya dudaba que fuese verdadera la mué: te de Oso - 
rio y en ei caso de serlo, se decía, esa italiana está 
mejor defendida ahora que antes. 

No hallaba salida al conflicto, su desesperación cre- 
cía, y su deseo de vengarse era ya vehementísimo. 

El príncipe de Italia tenía razón al creer y decir 
que aquellos sucesos agrababan la situación y darían 
lugar á males sin cuento, como en adelante iremos 
viende. 



CAPÍTULO XIlI 



Las consecuencias de un rapto.— De conflicto en conflicto.— Ai 
acto de humillación sigue el de la venganza.— Uu duelo á muer- 
te.— Otro fiasco. 



Aquel mismo día pasó el Nuncio una circular á to- 
dos los embajadores, diciendo en ella lo que en su mo- 
rada había ocurrido y dándoles cuenta de la satisfac- 
cióu que exigía al rey como representante del monarca 
y pontífice romano, pues ambas cosas representaba el 
Papa. 

Como era lógico y natural, todo el cuerpo diplo- 
mático se puso de su parte y le ofrecieron coadyuvar á 
la justa reparación que pedía. 

Cuando el corregidor llevó al palacio de la nuncia- 
tura la camarera robada, no quiso recibirle el Nuncio, 
y ninguna satisfacción pudo darle. Pero no tardó en 
mandar un pliego al secretario de Estado, en el cual, 
después de referir el hecho que tuvo lugar en su casa, 
llevado á cabo por el capitán Ruiz, destinado al servi- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



257 



ció del duque de Uceda y diez caballeros más, pedía el 
castigo de los delicuentes y una satis/acción en plena 
corte á presencia de los grandes, embajadores y dig- 
natarios, dada por el mismo rey en desagravio á las 
ofensas hechas ai representante de Su Santidad. Y si 
no se accedía á su justa demanda amenazaba con pedir 
los pasaportes para sí y para todos los individuos que 
pertenecían ála Nunciatura. 

Fué una bomba que estalló en la cámara real al 
leérsela al rey su secretario de Estado. 

— Me lo temía, — exclamó don Felipe, — sacan de ese 
accidente todo el partido que pueden. (Qué humilla- 
ción, qué vergüenza! 

Depués de meditar un poco, preguntó al secre- 
tario: 

—Pacheco, ¿habéis visto al Nuncio? 
—Sí, señor. 

—¿Se puede esperar que rebaje algo de lo que pide? 

—No, señor. Hay que acceder á su deseo ó entre- 
garle los pasaportes y prescindir del papado, mientras 
viva el actual Pontífice. 

— ¿Y cómo haremos lo último en una nación tan ca* 
tólica? 

—Eso sería muy grave, señor, y produciría otro 
mal; todo el cuerpo diplomático puede hacer suya la 
cuestión, ó por lo menos templar tanto sus buenas re- 
laciones que llegaran á velarse. 

— Es verdad. ¿No hallas tú medio alguno que por lo 
menos atenúe esa ruborosa satisfacciónf 

— Ninguno. 

TOMO I 38 



258 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



—¿Cual es tu opinión? 
—Dársela lo antes posible. 

—También es esa la mía. Encárgate de todo. Em- 
piezas por el corregidor; dile de mi parte que prenda 
al capitán Ruiz y á los diez restantes que le acompa- 
ñaron anoche, y que se les juzgue y castigue con toda 
la brevedad posible. Tengan ó no fuero militar, que los 
sentencien pronto por el tribunal correspondiente, sin 
tener en cuenta otra cosa que el delito; que pasen por 
alto lo que los reos digan sobre mandatos ó consejos de 
cualquier persona de mi corte. Luego visitas al Nun- 
ció, le enteras de lo que conteste el corregidor y que 
señale el dia en que se le ha de satisfacer. Ponte de 
acuerdo con él sobre las frases que sean breves, aun 
cuando en ellas se diga mucho; lo disculparemos con el 
hecho de ir dirigidas al representante de Dios en la 
tierra. 

—Muy bien, señor, todo quedará hoy realizado. 
Salió el secretario, y el rey cayó sobre el sillón 
exclamando: 

— |Ira de Dios, cuánto me hacen sufrir esos hom- 
bres! Juro que me he de vengar; será el primero el 
duque del Imperio, siempre le odié y ahora.,. Ahora 
no hallo frases con que describir lo que siento por él. 
Y tú, bellísima italiana; te libraste de ésta, pero no 
desisto; has de ser mía á costa de todo y por encima 
de todo. | Ah, cuánto me cuesta esa mujer! la única que 
he amado, la sola que me domina y arrastra, no sé 
dónde, mas llegaré por ella donde sea necesario, donde 
el destino me exija. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



359 



Y comenzó á pasear agitado, convulso y fuera 
de sí. 

Osorio se vengaba por completo; llevó al rey á la 
más completa desesperación y á su favorito á las puer- 
tas del sepulcro. 

Extractaremos lo que no tenga gran interés para 
entrar pronto en el relato de acontecimientos que han 
de maravillar á nuestros lectores. 

El capitán Ruiz y los diez que le acompañaron al 
rapto, fueron sentenciados á servir diez años en el 
ejército de Filipinas de soldados rasos, no obstante 
haber entre ellos un capitán y varios oficiales. En este 
caso los dos expedientes instruidos, el civil y el militar 
fueron despachados en ocho días. El público acogió 
esta sentencia con recelo por haberse dicho que los ver- 
daderos autores no eran ellos, sino hombres más pode- 
rosos á los que habían obedecido. Es decir, que en es- 
ta ocasión la opinión pública estaba perfectamente fun- 
dada. 

Después que tuvo efecto la aplicación de esta sen- 
tencia, señaló ei Nuncio el día en que debia dársele la 
satisfacción ofrecida. Fueron citados todos los grandes 
y dignatarios del reino con el cuerpo diplomático. 

Llegó el momento y el salón de embajadores se lle- 
nó siendo los primeros en presentarse en él Julio de 
Silva y el duque del Imperio que hacía años no pisaba, 
ni aun invitado por el rey, aquellos salones. Detrás de 
estos se habían ido colocando todos sus parientes y ami- 
gos que componían la inmensa mayoría de la grandeza. 
Cinco minutos después de la hora señalada apare • 



260 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



cieron los reyes seguidos de todos los altos funciona- 
rios de su casa. El monarca iba triste y se movía como 
violentado por el acto que iba á practicar. La reina 
por el contrario, demostraba en su semblante satisfac- 
ción y una mal disimulada alegría. 

Subió don Felipe las gradas del trono, y dirigién- 
dose al Nuncio que había avanzado hasta colocarse 
junto á dicha grada, pronunció un breve discurso, en 
el cual extractó la ofensa, habló del castigo impuesto á 
los autores y dió la satisfacción que merecía el delito 
realizado en la morada del representante de Su San- 
tidad. 

El Nuncio le contestó con unas cuantas frases en 
las que se daba por satisfecho en nombre de su señor el 
pontífice romano. 

Terminado este acto, el rey salió con todos los in- 
dividuos de su servidumbre, yendo en pos de la reina, 
que se detuvo junto al duque del Imperio y de Julio 
de Silva para cruzar con ellos alganas afectuosas 
frases. 

Su despedida sorprendió al duque por lo oportuna 
y significativa. 

— Duque, — le dijo á media voz, — ¡qué hijo os conce- 
dió el cielo; hasta después de muerto da que hacer mu- 
cho más que los vivos! 

Y siguió adelante sin esperar contestación. 

Todos los reunidos allí le imitaron, retirándose á 
sus respectivas moradas. 

En este día sufrió el rey la humillación que acaba- 
mos de describir siendo aumentada su pena con la no- 



LOB HÉROES DfíL SIGLO XVII 



261 



ticia que recibió de haberse agravado bastante la en- 
fermedad que sufría el duque de Uceda. 

Un particular, por grande y poderoso que fuera, 
hubiese desistido ante aquel cúmulo de contrariedades 
y desdichas; pero don Felipe no obstante su indolencia 
y falta de iniciativa en general, se había excitado su 
cólera de tal modo, que en vez de echarse en brazos de 
la templanza y de la prudencia lo hizo en los de la ira 
y el despecho, como veremos más adelante. Su odio y 
deseo de venganza se dirigieron ahora al duque del 
Imperio. La presencia de éste en la última reunión de 
la corte y el haber llevado á ella á todos sus amigos y 
parientes aumentaron la cólera del rey, y de esto debía 
recibir algunas pruebas el afortunado y renombrado 
duque. 

Seis días más transcurrieron, sin que acontecimien- 
to alguno viniera á perturbar la calma y el sosiego que 
reinaban en la morada de nuestros amigos. 

Unos seguían creyendo que Flaviano de Osorie 
había muerto; muchos otros lo dudaban, y algunos co- 
nocían la verdad, sonriendo cada vez que oían hablar 
de la prematura muerte del noble mancebo. 

Al séptimo día regresó la duquesa de los Andes al 
palacio donde habitaba, una hora después de haberlo 
abandonado para ir al alcázar. Iba agitada, su rostro 
algo encendido, y en vez de entrar en sus habitaciones, 
«e fué directamente por el interior del palacio á la 
casa de Ros. Creyó encontrar á Flaviano, y en efecto, 
alií estaba conversando con la viuda del que fué ma«* 
yordomo de su padre. 



262 



LOS HÉROES DBL SIQLO XVII 



Nuestro joven al verla, comprendió que algo grave 
ocurría, encerrándose acto continuo en una habitación 
contigua. 

Más de media hora conversaron ambos, saliendo la 
duquesa intranquila y desasosegada, y quedando, por 
el contrario Osorio indiferente, y como si- nada le hu- 
bieran dicho que pudiera afectarla. 

Ella regresó al alcázar y ól después de mandar á 
uno de los hermanos de Ros que buscase y le llevara á 
Julio, se fijó una barba que descomponía su rostro 
por completo, cambiando el traje que llevaba por otro 
de terciopelo negro, en el cual lucía la cruz de Santia- 
go, á cuya orden pertenecía él y Julio. 

Poco después de haber terminado llegó Silva, y 
encerrado con ól le dijo: 

— Hermano; nuestros enemigos no abandonan su 
empeño de acabar con nosotros, ni se duermen. 

— ¿Tenemos nuevo acontecimiento?— le preguntó 
Julio, — clavando en sa amigo una penetrante mi 
rada. 

—Si, — añadió Flaviano,— y de peor género, si cabe» 
que los anteriores. 

— No es de esperar otra cosa de la saña y ruin pro- 
ceder de nuestros contrarios. Habla, hermano, que me 
tienes impaciente. 

— Te diré, Julio, que ahora no se trata del mísero 
Flaviano que murió, ni de Julio de Silva escudado con 
su estirpe regia y la sangre del Santo que circula por 
eus venas. Se dirige un horrendo complot á tu padre 
adoptivo el señor duque del Imperio. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



263 



— ¿Se atreven con él, Flaviano? 

— Sí, Julio. 

— ¿Qué intentan? 

—Matarlo. 

— ¿Quién se atreve con ese león? 
— Un desalmado que empleará contra nuestro padre 
la maldad más refinada que conozco. 

— Habla, Flaviano. ¿Qnién es eso hombre? 
— Oye su historia: 

—Llegó á Madrid hace poco un título francés arrui- 
nad© y con tal desprestigio, que apenas ha salido de su 
casa, no obstante hallarse en una nación extranjera, 
donde son muy pocos los que lo conocen. Le titulan 
marqués de Cabegnac. 

— Tengo algunas noticias de ese hombre, 

— Pues oye algo que debes ignorar. 

— Trajo el marqués á Madrid á su mujer, dos hijas 
y algún dinero que no le pertenecía, toda vez que per- 
dió el doble de lo que heredó de sus padres, y con 
aquel vive sin prescindir aún de la opulencia á que tan 
aficionado íué. Según mis noticias, no hizo otra cosa 
durante su vida que jugar y asistir á asaltos en los 
cuales fué siempre el primero. Es en consecuencia el 
primer tirador francés que ha pisado las calles de Ma- 
drid. Este hombre, cuyo retrato acabo de hacerte es 
en extracto, vendido á un cortesano que se asimila á 
Uceda, ha desafiado al duque del Imperio en casa del 
conde de Oñate donde se vieron anoche. 

— No hay tirador en el mundo para el duque del 
Imperio á excepción de mi hermano Flaviano. 



264 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



— Julio, prescindamos de lo último y oye el resto 
que es lo más grave de la cuestión. El marqués de Oa- 
begnac trajo muy poco dinero, como te he dicho, vive 
á lo grande, pronto dará fin de sus escasos recursos 
y empieza á desesperarle su porvenir y una vida que 
ya le estorba. Es valiente y no tiene conciencia al- 
guna. Resultará del duelo con mí padre que él mori- 
rá, pero bastará la más leve rozadura de su acero en 
el cutis del duque del Imperio para que éste muera 
también. Y bien comprendes cnán fácil es á un tirador 
hábil, como lo es el marqués, rozar la mano de su 
contrario. 

— ¡Es decir, Flaviano, que la espada de ese misera- 
ble está envenenada! 
— Positivamente. 

—Pero eso no puede ser, ios padrinos lo evitarán. 

— Imposible Julio: tomará el acero que le den y ya 
en sua manos con cualquier pretexto ó descuido enve- 
nenará su pnnta y filo. Eso es muy fácil, siendo así que 
el veneno se puede llevar en el pañuelo, en el traje y 
hasta puede estar en las hojas de uno de los árboles que 
los rodeen. 

— Pues es necesario evitarlo. 

— Para eso te he llamado, Julio. 

—¿Cuándo es el desafío con el duque? 

— Mañana al amanecer. 

—Tenemos tiempo de sobra para matarle nosotros. 
Se le busca donde esté, se le abofetea, se le escupe en 
el rostro y tales cosas se hacen con él que se verá obli- 
gado á batirse en el acto. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



865 



— Si comprende la intención no aceptará el duelo 
hasta después de haber consumado el anterior, á lo 
cual tiene ün indisputable derecho. 

•—Este lance me corresponde á mí, hermano, y yo 
te respondo de obligarle á que se bata en el acto. 

— Julio, á tí te conoce tolo el mundo, sospecharán 
la intención y no lograrás tu deseo. Sino tuviera otros 
títulos mayores, me abona el de ser hijo del duque y 
no cambio este derecho por nada en el mundo. Dices, 
además, que mi estocada favorita es invención mía, y 
la hallas tan segura y hábil» que todavía no pudiste 
cojórmela, con la seguridad que yo tengo. Hoy la en- 
sayaremos en el marqués de Cabegnac. 

—¿Tienes empeño, Flaviano? 

— Decidido, inquebrantable, Julio. 

— En ese caso dime lo que yo debo hacer, y demos 
principio lo antes posible. 

—Hay tiempo hermano, siendo así que el marqués 
no Baldrá de su casa hasta las tres de la tarde, hora en 
que debe presentarse á recoger la mitad de la suma que 
le han ofrecido porque mate al duque del Imperio. 

—¿El duelo es á muerte? 

-Sí. 

— ¿Y que hago yo? 

—Con calma vas fijando en tu rostro una barba 
ig^al á la mía, que tienes sobre esa mesa. Luego te cu 
bres con un traje que no tengas en uso, pero elegante, 
y á las dos y media saldremos de esta casa para encon- 
trarnos con el marqués. Lo demás sobre el terreno te 
lo diré. 

TOMO I 34 



260 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Has estudiado el plan maduramente? 

— Julio, si me equivocase, pudiera costarle la vida á 
mi padre; juzga si habrá meditado y si estaró seguro 
de ello. 

— ¿Sabe el marqués quien es nuestro padre, y lo ex- 
puesto que se halla á morir, aun cuando use de la trai- 
ción y del veneno? 

— Sí; se halla desesperado, y no le importa perecer 
con tal de dejar asegurado el porvenir de sus hijas y 
esposa. 

—¿En cuánto han tasado la vida de tu padre? 

— En cincuenta mil ducados. 

— Esa suma, sólo el rey puede ofrecerla. 

— El monarca 6 su favorito, es igual; hoy le entre- 
gan la mitad, y después del duelo el resto, siempre que 
haya muerto, por lo menos, uno de los dos. Si éste 
fuese el marqués, recibirá la viuda esa mitad de manos 
de uno de los padrinos de su esposo, que la tiene en de- 
pósito. 

— Comprendo el todo de esa horrible intriga, y me 
asombra la maldad de nuestros contrarios. 

—Los cuales, Julio, perderán esta tarde la ilusión 
que verán desvanecerse como humo de paja. 

— ¿Tan seguro estás? 

—[Quién lo duda! 

— Lo creo; basta contemplar tu rostro, fijarse en tu 
ardiente mirada y ver esa sangre fría, capaz de impo- 
ner, si la hubieran visto, á los célebres seis Invenci- 
bles. 

— Hahlemos de otra cosa, Julio. 



L08 HEROES DEL SIGLO XYII 



—No, cojo esta barba y me voy á vestir. ¿Aquí me 
esperas? 

— Aquí. Advierte que no comes en el palacio; Dios 
sabe cuándo, cómo y dónde lo haremos hoy nosotros. 

A las dos y media volvió Julio de Silva, saliendo 
los dos jóvenes para encontrarse un poco antes de las 
tres con el marqués de Cabegnac. 

Vivía algo distante aquel y llegaron á su calle, que 
era corta por los sitios menos concurridos. Un poco 
antes de entrar en la mencionada calle, dió Flaviano 
las últimas instrucciones á Julio y ambos se separaron, 
entrando cada uno por un punto diferente. 

Al pie de la casa del marqués esperaba ya una ele- 
gante carroza, en la cual debía trasladarse al sito don- 
de había indicado Flaviano. 

Cinco minutos después apareció Cabegnac á la 
puerta de su casa. Iba hablando con su padrino, el viz- 
conde de Nazario, paisano suyo, y quedó parado en la 
estrecha acera, mientras el lacayo abría la portezuela 
del carruaje y contestaba á una pregunta del vizconde. 

Se inclinó luego para entrar en el coche y en este 
momento llegó Flaviano junto al marqués. Tenía nues- 
tro joven que esperar á que el último entrase en el co- 
che para seguir su camino y pretextando viveza empu- 
jó al marqués que fué á caer sobre el vizconde. 

— ¡Miserablel — le dijo alzando el puño; pero antes 
de descargar el golpe recibió una bofetada de Flavia- 
no, que á la vez le humedeció el rostro con saliva. 

—Insensato, ¿quién sois? — le preguntó Cabegnac 
fuera de sí. 



268 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Ya lo veis, — replicó Osorio enseñándole la cruz 
de Santiago. 

—Te la arrancaré, 

— Eso no,~— gritó Julio de Silva que llegaba en aquel 
mismo instante por la parte opuesta que daba frente á 
Flaviano, — Esas cruces, señor marqués, — añadió,— 
no se arrancan con la mano sino con la punta de la 
espada. 

Julio ostentaba la misma insignia que su hermano 
y su presencia allí era en la forma perfectamente ca- 
sual. 

A las írases de Julio siguió una carcajada de Fla- 
viano y las siguientes frases: 

—Compañero, no os molestéis, que estos extranje- 
ros saben lo que es un caballero de la orden de Santia- 
go y comprenden que no hay francés capaz de arran- 
car la cruz á ano de nosotros con la punta de su co- 
barde acero. ¡Pues no quería que yo esperase que él 
subiera á su carroza para continuar mi camino! 

— Hiciste bien, compañero. 

—Este lance tratándose de flamencos termina así. 
Y Flaviano volvió á escupir en el rostro á Cabeg- 
nac, intentando seguir su camino. 

— Deteneos, — le dijo el marqués;— joven, tengo ne- 
cesidad de mataros. 

— Ahora mismo si queréis. 

— Atora... ahora... 

—Ahora ó nunca. Prefiero que llevéis el sello de la 
infamia en vuestro semblante el resto de la vida. He 
oído referir vuestra historia y eso y más merece el la- 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVH 



269 



drón que vino á mi patria huyendo de los infelices á 
quienes habéis robado. 
— ¡Mentísl 

Otra vez marcó el rostro de Cabegnac la saliva de 
Plaviano de Osorio. 

La sangre iría de nuestro joven había impuesto al 
marqués y hasta contenido en sus bruscos arranques; 
pero ya estaba ciego, fuera de sí, despechado y víctima 
de tan crueles insultos, balbuceó los siguientes frases: 

— ¡Quiero mataros ahora mismo! 

— ¿Jamás desistís de vuestros propósitos? 

— ¡Nunca, no, nunca! 

—Caballero, estoy á vuestra disposición. 

— El vizconde me servirá de padrino, á vos vuestro 
compañero. ¿Aceptáis? 

-Sí, sí. 

—¿A qué 3Ítio vamos? — preguntó el marqués. 

— A cualquiera, — le contestó Osorio.— Podemos su- 
bir en vuestra carroza, que salga al campo, en ¿1 hay 
árboles y entre ellos... 

— Comprendo y adelante. 

Los cuatro entraron en el carruaje, yendo el mar- 
qués enfrente de Julio, y Flaviano enfrente del viz- 
conde. 

La carroza los sacó fuera de Madrid, y viendo Ca- 
begnac un bosque espeso á la izquierda mandó parar, 
y los cuatro abandonaron el coche, perdiéndose al poco 
tiempo entre una espesa arboleda. 

Elegido el sitio por los cuatro, exclamó Ca 
begnac: 



270 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI í 



—Aquí señor Santiaguista. Oí hablar del orgullo y 
vanidad de los que á esa orden pertenecen, pero no 
juzgué nunca que rayaran tan altos. 

—¿Y del valor de mis compañeros, nada os han 
dicho? 

—Nada; pienso averiguarlo esta tarde. 

—Os honra esa curiosidad, marqués. 

— El que os habló de mis supuestas trampas, ¿nada 
os dijo de mi valor, ni de mi torpeza en el uso de las 
armas? 

— Nada; voy, como vos, á averiguarlo. 
— Pues demos principio. 

Julio y el vizconde señalaron el campo y colocaron 
á sus ahijados. 

Ambos tiraron de los aceros y se saludaron, po- 
niéndose antes en guardia. 

Dió principio el combate. 

No tardó el marqués en echarse á fondo, pero sin 
resultado. Consiguió únicamente convencerse de que el 
joven Santiaguista manejaba la espada admirable- 
mente. 

Dos veces más se había echado á fondo. Flaviano 
dió los quites sin más movimiento que el de su brazo; 
parecía clavado en el suelo. 

Duró el combate ocho minutos. Osorio permaneció 
siempre á 3a defensiva, sin intentar una sola vez herir 
á su contrario. Este se sintió algo cansado é iba á pe- 
dir una suspensión de cinco minutos, cuando oyó la 
voz de Flaviano que decía: 

—Basta, marqués; ni dinero ni vida. 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



271 



Y le dió un golpe con la punta de su espada en el 
costado izquierdo entre la cuarta y quinta costilla que 
derribó á su contrario, el cual cayó muerto á sus 
piós. 

Le habia tocado en el corazón, y Cabegnac giró 
un poco sobre sus talones, cerrando los ojos para no 
volverlos á abrir. 

Asombrado el vizconde, preguntó: 
— ¿Qué es eso? 

—Que ha muerto vuestro ahijado, -le contestó nues- 
tro joven con indiferencia, 
— No puede ser. 
— ¿Por qué? 

—-¡Si apenas le habéis tocado I 

— Es que me fui al corazón, lo hallé fácilmente, y 
no le hice más que un diminuto agujero, con el cual 
ya veis que ha tenido bastante. 

— ¿Quién sois, señor? Yo os ruego me digáis vues- 
tro nombre. 

—Soy, vizconde, la muerte. No volváis á acercaros 
ó ella, porqne os puede suceder lo que al marqués. 
Cerca tenéis la carroza y el lacayo que os ayudará á 
trasportar ese cadáver al coche ó á enterrarlo. Vues- 
tro es, haced de él lo que más os agrade. Vámonos, 
compañero. 

Y Julio y Flaviano desaparecieron de allí sin 
contestar á la última pregunta que les hizo el viz- 
conde. 

Este quedó mirándolos aturdido, lleno de asombro 
y vacilante; creyó en un principio que el marqués 



372 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



mataría al Santiaguista con gran facilidad por el re- 
nombro de hábil que tenía, y al suceder lo contrario y 
ver la serenidad de Osorio y la destreza que concluía 
de demostrar, le pareció salir de un sueño atormen- 
tador. 

Poco después hizo ir al lacayo, entre ambos tras- 
portaron el cadáver, llevándoselo en la carroza que les 
esperaba á la entrada del bosque. 

Más tarde depositó los restos del marqués en la ca- 
sa donde éste vivía y se puso de acuerdo con la afligi- 
da familia y los cómplices de Cabegnac para improvi- 
sar un cuento que justiñcara la repentina muerte del 
marqués. 

Nuestros dos amigos se dirigieron por entre los ár- 
boles á un paraje más oculto aún que aquél que deja- 
ban y allí aguardaron la llegada de la noche para en- 
trar en Madrid entre las sombras de aquella. 

Paseando por entre robustas encinas, decía Julio á 
Plaviano: 

— Eres el único hombre á quien envidio, Flaviano; el 
predominio que tienes sobre tí y la sangre fría y des- 
treza que demuestras, unidas á un talento qae no tiene 
rival en el mundo, asombra. 

— Sí, como los tuyos; pero son tan pequeños, que 
ni tú ni yo debemos hablar de ellos. 

— Qué audaz estavistes á la puerta del marqués, qué 
oportuno, qué frío, qué sin movimienlo en tus brazos 
y piernas. Insultabas con frases de acero, con la saliva 
que arrojabas como rayo que descompone y hiere y 
hasta con la mirada de fuego. Paraste la acción de 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



273 



aquel desgraciado, cuya osadía fué grande siempre, con 
una actitud tan fiera, que hubiera impuesto á tu mis- 
mo padre. Fiaviano, tu perfecto rostro se contrajo has- 
ta aparecer feo, horrible; si te hubiera visto Alice en 
aquel instante huye de tí, creyendo que el ángel se vol- 
vió demonio. 

—Que cosas dices, Julio. 

—La verdad, Flaviano. 

— No eres voto, amigo mío, cuando de mí se trata. 

—Hermano, has realizado un conjunto de hechos 
que te hubieran envidiado los seis Invencibles, 

— ¡Dale con los Invencibles! deja en paz á los cua 
tro que duermen en sas tumbas, á tu padre que es 
un Santo y al mío, incapaz de ofender hoy á nadie, 

— ¿Pues no iba á batirse mañana con el marqués? 

—Hombre, ¿si le han insultado qué había de hacer? 
Pero él no busca ya lance alguno. 

— Los rehusa por tí y por mí. 

—Por eso nosotros empezamos á buscarlos por los 
tres. Buen sermón nos espera, escapado de los vene- 
rables labios del Santo, Julio. 

— Si no podemos por menos, Flaviano. 

—Es que hoy no me he batido en defensa propia; 
provoqué el lance, y he muerto á un malvado, eso sí, 
pero hijo de Dios. 

— Lo has muerto en defensa de la preciosa vida de 
tu padre. 

— Por eso. 

—Si el principe sabe lo ocurrido, es posible que na- 
da nos diga. 

tomo i 35 



274 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Julio, ¿que pensará mi padre cuando le participen 
que ha muerto ó han muerto al marqués? 

—Adivinará lo que hemos hecho, y dirá para sí:— 
«Esos muchachos tienen la buena sangre de sus pa- 
dres»; es su frase favorita. 

—Cierto. 

— Más sería de temer, si nosotros pudiéramos abri- 
gar esa debilidad, la cólera del rey. 

— Me tiene tranquilo, Julio; que siga haciendo, que 
yo continuaré deshaciendo. 

— I Si á él no le toca nada! 

—¡Si no fuera rey! 

— |Tanto podrá abusar de nuestra paciencia! 
—Que algo le puede llegar. 

Hablando de esta manera los sorprendió la noche, 
y á favor de la oscuridad llegaron por calles estrechas, 
y nada concurridas á la casa de Ros. 

Pidieron comida, cambiaron de traje y se sentaron 
á la mesa con excelente apetito. 

Después hablaron largo rato y escribió Julio, diri- 
giéndose ambos á la celda del padre Ministro déla Or- 
den de Trinitarios, sin entrar en la del Santo. 

Ya en ella, dijo Julio al religioso: 
— Como familar que soy del Santo Oficio, os denun- 
cio la perdona de un florentino que es protestante, y se 
halla dedicado á la composición de narcóticos, venenos 
y otras sustancias de terribles efectos, que vende á 
todo el que se lo paga bien. Aquí tenéis, padre Maestro, 
por escrito, la denuncia. Ved si está en regla. 

El fraile la leyó, exclamando al concluir: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



275 



— |Qué impío, qué malvado! 
— Por eso lo denunciamos los dos. 
— ¿Quién es este hombre? 
—Otro familiar como yo. 
: — No los conozco, son tantos... 
— Yo os aseguro que lo es. 

—No tengo duda alguna. ¿Habéis enterado á vuestro 
padre? 

— No, señor. 
—¿Por quó? 

— Sois vos el inquisidor, no él. 

— Ciertamente. Mañana daré cuenta al tribunal, y 
Armada por vos la denuncia, se procederá inmediata- 
mente á la prisión de ese hereje. 

—Firmada por mí la denuncia, como vos decís se 
empieza por la prisión. Podía huir esta noche, y sería 
grande nuestra responsabilidad, ante Dios y los hom- 
bres. 

— ¿Quián lo va á prender? 

—Los dos. Después procederán á la estampación del 
sello y restantes formalidades. 

— |Ya! ¿Para eso os acompaña ese otro familiar? 
— Para oso, y otras cosas. 
—¿Queréis la orden? 

— No os molestéis; aquí está, firmad el original y 
quedaos con la copia, para que déis cuenta mañana al 
tribunal: podéis unirla á la denuncia. 

— Aplaudo vuestro celo y no me admira; el hijo del 
Santo debe ser así. 

—Gracias, padre Maestro. 



276 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Tomad la orden firmada. ¿Queréis algo más? 
— Deseamos besar vuestra mano y partir en cumpli- 
miento de nuestra penosa misión. 
— Id con Dios. 

Ambos salieron, diciendo por el camino Flaviano: 
— Es la hora de cenar; Julio, entra en el comedor 
para que te vea mi padre. Pudiera estar con cuidado. 
— ¿Dónde me esperas? 
—En casa de Ros. 

Silva se presentó en el comedor del palacio, en el 
que acababan de entrar la duquesa de los Andes y el 
duque del Imperio. 

— Salid todos, — exclamó el duque á los criados, — y 
no entréis hasta que yo llame. ¿Cómo cenas con nos- 
otros esta noche, Tolopalca? — preguntó á la duquesa. 

Esta le contestó: 

— Quería hablar contigo; la reina está impaciente y 
debo darle antes de que se retire á descansar noticias 
de tú 

— ¿Qaé desea su majestad? 

—Te manda le digas por mi conducto qué hay sobre 
el duelo con el marqués de Cabegnac. 

— ¿Quién os habló de ese duelo? 

—Una casualidad nos hizo ir... 

—Una casualidad de todos los días, de todas las 
horas. ¿Es cierto hermana? 

— Alguna vez. 

— Cerca de la cámara del rey, ¿no es verdad? 
— Verdad es. 

— Había supuesto que ese duelo nació allí. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVll 



27T 



— Bien, ¿pero qué me dices? 
—Que ya no hay duelo. 
—¿Por qué? 

—Creo que nuestro querido hijo Julio debe saberlo 
mejor que yo y le ruego nos entere. 

— |Yo, señor! No me hicisteis el honor de nombrar- 
me padrino vuestro. 

— Habla, Julio, habla; la duquesa mueve la cabeza 
con impaciencia. 

— Algo he visto, pero... 

— Hijo, ¿adivino ó no? 

— Bueno; os diré á los dos que un caballero Santia* 
guista tropezó esta tarde con el marqués, cuestionaron 
y subiendo de punto la cólera, del uno, quiso batirse 
en el acto y en el acto se batieron. 

— ¿Que resultó? 

— Que el Santiaguista mató á Oabegnac. 
—¿Y el matador sacó alguna herida? 
— Ni el más leve arañazo. 
—¿Fuiste tú ese, Julio? 
—Os juro que no, padre mío. 
—¿Presenciaste el lance? 
—Sí, señor. 
— Refiéremelo. 

Silva le hizo una descripción detallada y exacta. 
El duque exclamo: 

—Entonces ese afortunado mortal ha sido tu her- 
mano Flaviano. 

— Como queráis. 

— No me parece justo que os antepongáis á mí, Julio. 



278 LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Justo no, necesario, conveniente, indispensable. 
A vos os hubiera muerto, á nosotros no. 

— ¡Qué modestia, hijo mío? 

—Digo la verdad sin ambajes ni rodeos. 

— No tiráis mal, pero á mí, que fui vuestro maestro, 
no se me ha olvidado... 

— No es eso, padre mío. Aua cuando tiraseis mejor 
que nosotros os hubiera muerto. 

— No te entiendo. 

—Que lo explique la duquesa. 

—¡Ella! Habla, Tolopalca. 

— El marqués te hubiera muerto, hermano, bastán- 
dole el más leve rasguño... 

— Y bien comprendéis, padre mío, que al primer 
tirador del mundo... 

— ¡Ah, estaría envenenado su acero! 

—¿Qué os han dicho á vos? 

—Que había muerto de repente el marqués. 

—¡Qué duelo I... No he visto nada más admirable. 
Quedad con Dios, que me aguarda un muerto. 

— ¿Dónde vais? 

— A prender á un hereje, y después de encerrarlo 
en la Inquisición y hacer algo más, nos vendremos á 
dormir. 

—¿Qué hereje es ese? 

— El que facilitó y compuso el veneno que mató á 
la pobre Magdalena y su cómplice, y el que mañana 
debía dar fin de vuestra existencia. 

—Tiene nuestra sangre, nuestra bravura. 

—Ya lo dijimos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 379 

— ¿Qué dijisteis? 

— Que contestarías eso; pero el príncipe... 
—Yo os defenderé y la duquesa también. 
™ Hasta luego. 
— ¿No cenas? 

— Gracias. Comimos hace poco mi hermano y yo. 
Y salió, cubierto con manto negro. 
— ¡Qué muchachos, duquesa! 
— Más virtuosos qae tú cuando tenías la edad de 
ellos. 

i — ¡La cena!— exclamó el duque huyendo del recaer- 
do de Tolopalca. 

Al duque no le extrañó ni pudo ofenderle la acción 
de Flaviano y Julio: fué su maestro, su director y todo 
lo que ellos hacían lo miraba como obra propia, como 
un conocimiento realizado por él. 

Hasta el Santo solía tener algo elástica la concien- 
cia, él que tan severo era consigo propio y para con 
los demás, cuando juzgaba los hechos de Julio y Fla- 
viano. 

Quería al duque como á hermano y á los dos jóve- 
nes como á pedazos de su corazón. 



CAPITULO XIV 



Un envenenador consumado.-— La Inquisición por dentro.— Hábil 
sorpresa.— Convalecencia del duque de Uceda. 



Embozados en mantos negros salieron cuatro de la 
casa de Ros. Eran Flaviano, Julio y los hijos mayores 
de la viuda. 

De dos en dos cruzaron varias calles hasta detenerse 
al pie de una casa de mal aspecto. Observaron, viendo 
en el interior del cuarto bajo al pálido resplandor de 
una opaca luz lo que buscaban. 

Julio iba vestido con lujo y elegancia; los tres res- 
tantes como simples hidalgos. El traje en aquella épo- 
ca demostraba la calidad del individuo. 

—Llama, que ahí está, — dijo Flaviano á Julio. 

Este le obedeció, pero nadie le contestó. 

Entonces Flaviano, acercando los labios á la cerra- 
dura, dijo: 

—Francesco, abra, que te estoy viendo. 



LOS HÉROES DEL SIOLO XTII 



281 



Pasados algunos segundos le contestaron desde 
adentro: 

— No puedo recibir á nadie esta noche; volved de 
día. 

— ¡Insensato! — le contestó Julio cansado ya de es- 
perar;— abre al Santo tribunal de la Inquisición, 

— ¡Jesús! — exclamó Francesco. — No puede ser. 

— Acércate y te convencerás. Por el ventanillo; 
llega. 

Maquinalmente y temblando como un azogado abrió 
el ventanillo el italiano, dirigiendo la luz He la linter- 
na al objeto que tenía delante. 

—¡La venera de la Inquisición! — dijo franqueando 
la entrada.— Señores, yo á nadie ofendí. Entrad, todo 
lo que tengo es vuestro; sentaos, señores, sentaos, 
aquí hay un sillón de baqueta y una silla. 

El florentino era hombre de sesenta años, flaco, 
descolorido y ahora estaba demudado, y tan inquieto, 
que inspiraba compasión. 

— No nos sentamos, viejo hipócrita,— añadió Fla- 
viano enseñando también la venera que, como Julio, 
llevaba al cuello pendiente de un cordón de seda 
verde. 

Los hermanos Ros quedaron en el portal sin bajarse 
el embozo. Julio le dijo: 

—Os ocupáis en componer venenos, narcóticos y 
otras substancias nocivas: os han denunciado al Santo 
tribunal de la Inquisición y éste nos manda aquí. 

— Me han calumniado, señores; yo no tengo vene- 
nos. Yo no tengo nada, no, no. 

TOMO I 36 



282 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVH 



—¿Cómo que nó?— dijo Fia viano,— Magdalena Paz 
lo llevó de aquí y causó dos muertes; de aquí salió el 
que debe envenenar la espada homicida que corte la 
vida del señor duque del Imperio con el más leve ara 
ñazo que le hagan. La Inquisición no acusa jamás sin 
pruebas y las que tiene de vuestros crímenes son irre- 
cusables, desgraciado protestante. 

Francesco cayó de rodillas á los pies de Flaviano 
y de Julio y descompuesto y aturdido exclamó: 

—Por Dios, señores, compadeceos de mí; he ven- 
dido algo de lo que decís; pero sin saber el uso bue- 
no ó malo que iban á hecer con mis específicos! Con 
ellos, sabiéndolos emplear se curan muchas enferme- 
dades. 

—Sí, con el ácido prúsico s^ le quitan todos los ma- 
les al que lo prueba. Muere instantáneamente y nada 
siente ya su materia. 

— ¡Por caridad, señores, compadeceos de mil 
Alzad del suelo y obedeced en todo á la Inquisi- 
ción y de este modo evitaréis el tormento y acaso la 
muerte. 

— Haré lo que queráis, lo que me mandéis, tenedlo 
por seguro. 

— Veamos. Dadme una lista en la que conste los 
nombres de todas aquellas personas á quienes habéis 
vendido específicos, consignando los efectos que pro- 
ducían. 

—Al momento señores, hecha la tengo. 
Poco después la entregaba. 
Flaviano la leyó exclamando: 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 283 



— El último que habéis vendido faé para el barón, 
de la Terraza; ¿es cierto? 
— Sí, señor, 

— Es un corrosivo que inoculando en la sangre, 
muere el inoculado. 
—Sí, señor; pero yo... 

—No os disculpéis, conozco la química como vos. 
Ese es el veneno destinado para matar al duque, Julio. 
Francesco, decid; ¿vino personalmente el barón por él? 

— Sí, señor. 

— Evitemos los crímenes que en manos de Terraza 
pueden causar esa mortífera sustancia. Ayudadnos, 
florentino. 

—Mandad, señor. 

— Trae un frasco igual en tamaño al que disteis al 
barón, lleno de agua ó de cualquier sustancia inerte. 
Luego redactáis una carta diciendo á Terraza que os 
equivocasteis al darle el otro y le rogáis lo cambie por 
el que le dará el portador, si desea tener lo que desea. 

— Al momento, señor. 
Y le entregó ambas cosas. 

—¿Qué más deseáis, señor? — preguntó. 

— Ahora me traéis bien encerrado y en una caja se- 
gura todo el líquido que tengáis de esa sustancia que 
con solo olería quita la razón al desgraciado que se le 
aplica al olfato. 

—Sólo poseo este frasquito, pero es mucha cantidad 
si se atiende á que basta una sola gota para cada vez. 

—¿No tiene caja? 

— Aquí, señor, aquí está. 



284 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Ponte la capa y sigúenos. 
— Señor... 

—Te liorna la Inquisición, y ésta no espera. 
— ¿Me darán tormento? 
—Creo que no. 
— ¿Me matarán? 

— No, te inutilizarán para que no puedas ejercer en 
España tu destructor y funesto oficio. 

— Me iré fuera de aquí para no volver más en cuan- 
to me lo permitan. 

—¿Abrevias? 

— Me falta la gorra. Aquí está. 
Salieron los tres, se incorporaron con los Ros, 
cerró el florentino y los cinco fueron á la Inquisi- 
ción. 

Julio entregó el preso y la orden del inquisidor, 
padre Maestro Trinitario, y se dirigieron los cuatro á 
la vivienda del barón de la Terraza. 

Frente á la casa quedaron Julio y los dos hermanos 
Ros, entrando solo Flaviano. 

Se hizo anunciar sin dar su nombre y asegurando 
que tenía necesidad de enterar al señor barón de un 
asunto que le interesaba. 

Después de dos minutos de antesala fué recibido en 
el despacho donde trabajaba en aquellos instantes Te- 
rraza. 

—¿Quién sois y qué queréis?— le preguntó el barón 
clavando en él una mirada escudriñadora. 

— Señor barón, — le contestó Osorio, —os traigo este 
escrito de maese Francesco, el florentino. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



285 



Y se lo dió. El barón pasó la vista por ói, diciendo 
á Flaviano: 

— Me complace la equivocación porque ya no me 
hace falta la sustancia que le pedí, y puesto que no 
debía pagársela hasta después de comprobar sus efec- 
tos os lleváis los dos frascos que para nada necesito 
ninguno. Esperad un poco que voy á traeros el que me 
dió. 

Y salió Terraza, dejando solo á Flaviano. Este vió 
un pañuelo de la nariz que el barón tenía á su izquier- 
da sobre la mesa que trabajaba, y ligero como un 
relámpago sacó de la caja el frasco que contenía el 
equivalente al cloroformo que quitó al florentino, ver- 
tiendo en el citado pañuelo tres ó cuatro gotas de modo 
que no llegara á él el olor. 

Segundos después entró el barón, y dándole un 
frasco lo despidió con las siguientes frases: 

—Ahí tenéis lo que Francesco me entregó. Queda- 
mos en paz. Marchaos. 

Oaorio le hizo una reverencia saliendo de allí. 

Incorporado con sus compañeros, dijo á los Ros: 
—Quedaos en estos alrededores observando lo que 
pasa en la vivienda del señor barón de Terraza. Si 
hay algún peligro retiraos á paso de galgo; si eso no 
sucediera estaos hasta media noohe averiguando lo que 
podáis. En vuestra casa os esperamos. Partamos, 
Julio. 

Y los dos jóvenes se dirigieron lentamente á la 
casa de Ros. 

Por el camino preguntó Silva á Osorio: 



286 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—¿Qué va á ocurrir en la morada de Terraza, her- 
mano? 

— Ya habrás comprendido que era cómplice, cuando 
no el autor de la traidora idea de envenenar el acero 
que debía herir á mi padre. 

—Sí, pero no me explico... 

— En este momento estará oliendo el mismo licor 
que aplicó á mi nariz Magdalena. 

—¿Aquél que te tuvo privado de la razón y exá- 
nime?. . . 

— Aquél. 

— ¿Del frasco que has cogido esta noche al floren- 
tino? 
—Sí. 

— Le vas á dar un susto de primer orden. 

— No, el asesino oculto y cobarde de mi padre su- 
frirá más que eso; para sólo asustarlo no me hubiera 
tomado la molestia de dejarle en el pañuelo un recuer- 
do de mí. 

— ¿No es el mismo licor que te dieron á oler? 
—El mismo. 

—¿Qué otra cosa te sucedió á tí? 

— No hay similitud posible; á mí me lo dieron 1 oler 
en medio de la calle, es decir, al aire libre y sólo con- 
tenía el pañuelo una ó dos gotas; á él le he dejado do- 
ble cantidad, lo tiene á su lado y no desperdiciará un 
átomo. Esto, sin contar con lo que puede llamarle la 
atención lo extraño del olor que siente y se tape la na- 
riz con el pañuelo para no percibirlo. 

—Que es lo más natural. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



287 



—Por lo menos se restregará la nariz con ól para 
mitigar el picor que le ha de producir. Vendrá luego 
la perturbación completa, la parálisis de la vida, los 
médicos no sabrán lo que es y entre sangrías y otros 
remedios enérgicos lo llevarán á las puertas del se- 
pulcro. 

— |Flaviano te vas haciendo terrible! 

— Yo no me hago, me haces mis contrarios. 

— Han puesto á prueba tu talento, sin comprender 
que era el equivalente á prender fuego á una bomba 
infernal. 

—¿Hago algo que merezca tu censura? 

— No, en verdad; pero fíjate en el siguiente retra 
to: entras en la cárcel y dejas en libertad á cinco pre- 
sos. Te bates contra treinta hombres y matas á diez. 
Te envenenan, y son tus asesinos los que mueren enve- 
nenados; es decir, que estando muerto, matas. Lo que 
has hecho con el marqués y lo que acabas de realizar 
con Francesco y con Terraza, llega á lo incomprensi- 
ble. Y algo más que no cito, como el rapto de la cama 
rera, sus consecuencias y otras cosas que asombrar, 
hermano. 

— iQaé hice yo con Francesco? 

—Encerrar en la Inquisición á un hombre que ha 
causado muchas víiitimas, y es incalculable lo que por 
su cauea hubieran hecho si tú no lo sepultas en los ca- 
labozos del Santo Oficio. 

— Tú me has ayudado á todo, Julio. 

—Cierto; pero esto no descompone el cuadro. 

— Por el contrario, le honrit. 



288 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Llegaron á la casa de Ros y continuaron hablando, 
cuando se presentó el duque del Imperio, que no había 
visto á su hijo en todo el día y deseaba estampar un 
beso en su frente. 

Después de hacerlo, le preguntó: 

—¿En qué has ocupado el día, Flaviano? 

— No lo perdí, padre mío; pero vos los aprovecha- 
bais más en Francia, Malta, el Perú, Venecia, Nápoles 
y Madrid. 

-—Más, no. ¿Qué esperáis ahora? 

— El regreso de los dos hermanos mayores de Ros 
que tenemos ocupados. 

— ¿Tardarán mucho? 

—Volverán dentro de media noche. 

— No falta mucho. 

Con efecto, á las doce y media entraban los dos 
hermanos; pero viendo al duque, no se atrevieron ni 
aun á sentarse. 
Julio, les dijo: 
— Acercaos, Ros; podéis sentaros; el señor duque lo 
permite. 

— Cracias, señores. 

—¿Qué ha ocurrido en casa de Terraza. 

—Puedo decirlo todo. 

— ¡Todo!— contestó Flaviano. 

—Os diré que hallaron al señor barón muerto, al 
parecer, en el sitio donde estaba sentado. 

— ¡Muerto! — exclamó el duque. 

—Eso creyeron; sus criados pidieron auxilio, acudi- 
mos mi hermano y yo, y muerto le juzgamos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



289 



—¿Tenía cerca de él un pañuelo blanco?— le pregun- 
tó Osorio. 

— En la mano; me llamó la atención esta circuns- 
tancia. 

—¿Qué sucedió después? 

—Fueron tres médicos, recetaron y quedan aplicán- 
dole remedios enérgicos. 

—¿Pero ha muerto ó no?— preguntó el duque con 
viveza. 

— Yo creía que sí, pero los médicos dicen que no. 

—¿Por qué creías tú que había muerto? 

— Señor, su rostro es el de un cadáver, y no oye, ni 
ve, ni entiende. 

— Flaviano,— añadió el duque;— ¿qué tiene el barón 
de la Terraza? 

—Padre mío, lo mismo que tuve yo cuando fui sor- 
prendido por Magdalena. 

— Eso es pasajero. 

—Depende de que haya aspirado mucha más canti- 
dad que yo, y de que sus médicos, en la ignorancia en 
que está, lo debiliten y hasta lo maten. 

—¿Quién le dió á oler ese licor? 

—Lo tenía en su pañuelo y él mismo se lo llevaría á 
la nariz. 

—¿Qué hizo el barón, Flaviano? 
— Se proporcionó el veneno con que pensaba con- 
vertir el más leve arañazo en herida mortal. 
—¿Conserva el veneno? 
—No, señor; fué arrojado á un sumidero. 
—Julio, ya es hora de descansar; ¿nos vamos? 

TOM'J I 37 



290 LOS HÉROES DEL SIGLO XVI! 



—Sí, señor. 

—Adiós, hijo mío; dormid también vosotros. 
Y partió con Julio sin hallar motivo para reprender á 
su hijo. 

Nada ocurrió durante la noche, que merezca re- 
latarse. 

Llegó el día siguiente; veamos lo que acontece en el 
alcázar. 

A las diez de la mañana recibía don Felipe á Lean- 
dro Alvaro, alcalde de Corte. * 

—Entra,— le dijo el rey.— ¿Has cumplido mi en- 
cargo? 

—He tenido esa honra, señor. 

—Dicen todos que eres hábil, discreto é inteligente; 
veamos si es cierto: ¿qué resultado nos ofrecen tus inda- 
gaciones? 

—Señor, el marqués de Cabegnac pereció ayer tarde 
en duelo que tuvo con un caballero Santiaguista. 
—¿Quién era ese caballero? 

—He examinado á los tres únicos que tienen cono- 
cimiento del hecho; un extranjero que se titula vizconde 
de San Nazario, el cochero y el lacayo del marqués. 
Ninguno de ellos lo conoce y las señas que dan se 
confunden con tantos de esa Orden que no es posible 
distinguir al que haya podido ser. 

Alvaro hizo un relato detenido de cómo había sido 
el lance, terminando con las siguientes frases: 

— No es sólo eso: el señor barón de la Terraza, amigo 
del marqués, enfermó anoche tan gravemente, que lo 
juzgaron cadáver. Acudieron tres doctores y á beneficio 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



291 



de remedios enérgicos han conseguido aliviarle, pero 
todavía sigue mal, muy mal. 
— ¿Qué enfermedad padece? 

—Cada doctor opina de un modo distinto; creo que 
ninguno lo sabe con certeza. Le dieron un baño de 
agua fría, después le hicieron varias sangrías, aplicándo- 
le otros remedios tan hetereogéneos entre sí, que prue- 
ban lo extraviados que andan, respecto de la verdadera 
causa que postra al enfermo. 

—¿Has hablado con él? 

— Sí, señor. Aparece perturbado, y no sabe explicar 
nada de lo que le ha ocurrido. 

—¿Tampoco tú has podido comprender lo que moti- 
va el estado del señor barón de la Terraza? 

—No, señor. Los médicos afirman que fué acometi- 
do de un síncope muy grave, y unos sospechan que la 
causa está en el corazón, otro en el cerebro y hasta hay 
un cuarto que sostiene que se halla en toda la econo- 
mía. Este es el resultado de la junta que celebraron de 
madrugada. 

— Pero si no saben lo que tiene el barón lo van á 
matar con la aplicación de remedios tan enérgicos. 
— Es de temer, señor. 

—Dame tu opinión sobre el duelo de Cabegnac y la 
enfermedad del barón. 

—Creo el primero casual; el marqués tenía un carác- 
ter violento, era un gran tirador, valiente, y dió con un 
Santiaguista español que de una estocada lo mandó al 
otro mundo. En cuanto al barón, desconozco la medici- 
na, y como no hubo antes de caer en cama incidente al- 

I 



292 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



guno que pudiera motivar un mal tan grave, me pierdo 
en conjeturas, concluyendo por ver en ese accidente una 
de tantas enfermedades desconocidas en su principio 
por los doctores de la ciencia. 

— ¿Crees tú que pueda haber relación entre el desa- 
fío del uno y los males del otro? 

— No, señor. 

— Fíjate en mi última idea, continúa tus averiguacio- 
nes y vuelve esta noche á tt darme cuenta del resultado 
que te ofrezcan. 

Salió el alcalde de Corte, quedando el rey entregado 
á profunda meditación. Fué interrumpido en ella por la 
reina, que le dijo: 

—Felipe: acaban de referirme un hecho, que me ha 
llenado de indignación, y lo mismo debe sucederte á ti. 

—Habla, Margarita. 

—Por la cantidad de cincuenta mil ducados se iba á 
dejar matar a un extranjero, haciendo antes un rasguño 
al noble duque del Imperio, del cual hubiera perecido 
también, por estar envenenada el arma con que se lo 
causaban. Esto es inaudito; no hay hombre en tus rei- 
nos que haya prestado más servicios á su patria y á su 
rey, que el duque del Imperio, y lo iban á asesinar. 

— No sabes, por lo visto, la segunda parte. 

—¿La tiene? 

—Sí, óyela: un caballero Santiaguista se adelantó al 
duque del Imperio, y ha muerto á ese extranjero. ¿Sabes 
tú quién es el individuo de esa Orden? 

—No. 

—Yo sospecho que lo sea mi primo, Julio de Silva. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 293 



—Lo ignoro. 

— Margarita, yo no adivino ni mis servidores tampo- 
co; en esos lances se guarda la mayor reserva, y rara vez 
pueden evitarse. 

— iCuentan cosas!... 

—¿Qué cosas cuentan? 

—Hay pocas personas que puedan comprar por la 
enorme suma de cincuenta mii ducados la vida de un 
hombre, aun cuando éste sea el duque del Imperio. Esto 
ha dado lugar á que culpen á tu favorito, que es podero- 
so y odia á Osorio desde hace algún tiempo. 

— Uceda no ha abandonado todavía el lecho, vícti- 
ma de una enfermedad que lo llevó á las puertas del 
sepulcro. 

—Se encuentra ya casi en convalecencia; le ven dia- 
riamente todos sus amigos, y eso ha bastado para que 
le achaquen ser el autor de un hecho tan criminal como 
horrible. 

—El duque es incapaz de concebir una idea como 

esa 

—¿La juzgas criminal? 
—Sí. 

— Yo también, y son tantos los crímenes que se co- 
meten é intentan cometer, que va nublándose el cielo de 
nuestra monarquía. 

— Tú no entiendes de eso, Margarita, y te ruego no 
te metas en asuntos que no te incumben. 

—Debo velar por ti, por la gloria de tu reinado, por 
mi hijo y por mí. 

— A nosotros no nos amenaza peligro alguno. 



294 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Estás en un error, Felipe; nuestra fama es vida 
moral, que puede ir enfermando hasta perecer. 

—Eso lo supones tú, porque eres excesivamente ri- 
gorista, y contemplas las cosas de un modo exagerado. 

— Veo con sentimiento, Felipe, que me veré obliga- 
da á regresar a mi país; yo no puedo tolerar ^la impuni- 
dad de los crímenes que presencio. Dios Nuestro Señor 
nos pedirá cuentas algún día. 

—Hoy, Margarita, estás insufrible y es preciso que 
te corrijas. 

—¿De ese modo calmas mis angustias? Lo esperaba, 
y por última vez te digo que si continúas con esa indo- 
lencia aparente y con otras cosas de que no debo hablar- 
te, tomaré una resolución tan grave, que todo el mundo 
entero se ocupará de ella. 

— Las amenazas de tu sexo no ofenden; creo que en 
adelante pensarás mejor, evitando que entre ambos pren- 
da la tea de la discordia. 

— jCreo que arde ya, don Felipe! 

—Lo sentiré por ti. 

—Y yo por ti. 

—Pues evitémoslo entre los dos. 
— En tu mano está. 

Ambos continuaron debatiendo para demostrar que 
existía entre ellos un antagonismo, malestar y disgusto 
grande. 

Muerto Flaviano, siquiera fuese en apariencia, daba 
fin de todos sus enemigos y tenía el rey en jaque, pro- 
porcionándole infinitos disgustos y una vida agitada y 
molesta. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 295 



El Santo, su padre y Julio lo comprendían asi; au- 
guraban mal del resultado, pero no podían impedir 
nada de lo que acontecía. Flaviano tomó la defensa del 
honor y de la virtud noble y caballerosamente, en tanto 
que su poderoso contrario sólo estaba inspirado por el 
vicio, y éste le dominaba hasta el extremo de conducirle 
al delito y hasta el crimen. 

Estos hechos nos dan una idea de lo que era Fe- 
lipe III. Comedido en todo lo demás, aigo indolente, 
pero con mediano sentido, rehusaba aceptar lo que no 
fuese correcto, sin peijuicio de haberse dejado dominar 
por una sola pasión que lo empequeñecía y nublaba su 
reinado. 

Podían ser fatales paia Osorio en lo sucesivo las 
consecuencias de aquella lucha, mas para Felipe lo es- 
taban siendo ya en sumo grado y habían llegado las 
cosas á un extremo que ninguno de los dos podía ceder 
ni desistir. Flaviano no tenía apego á la vida, veía el 
triunfo de su honra en la defensa que estaba haciendo, 
y su resolución de triunfar ó morir era inquebranta- 
ble. Cuanto al rey, fundaba toda su dicha, felicidad y 
agradable porvenir en la posesión de Alice, y era ca- 
paz de sacrificarlo todo por llegar hasta ella. Cada fias- 
co ó derrota que sufría aumentaban su deseo, crecía su 
tenacidad y todo lo encontraba fácil, todo asequible, 
menos la renuncia de la mujer que absorbía todas sus 
ideas y pensamientos. 

Felizmente para Osorio y hasta para el mismo 
don Felipe, la capacidad del favorito era limitada, y 
no ofrecía al primero esas dificultades insuperables que 



296 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



el genio destruye si lo obliga, pasando por encima del 
escándalo y de los hechos más graves é imponentes. 
Teniendo en cuenta lo que era y valía Osorio, un ene- 
migo más hábil y con más talento hubiera puesto en pe- 
ligro la vida del rey. 

Tres días después se presentó en la cámara el du- 
que de Uceda pálido, débil y demostrando en su dema- 
crado rostro la enfermedad que lo llevó á las puertas del 
sepulcro. 

Tres visitas le había hecho el soberano, no obstante 
lo cual llegó el favorito temeroso é indeciso. Se hizo 
anunciar, y no tardó el rey en recibirlo. El semblante de 
don Felipe demostraba malestar y disgustos. Uceda tem- 
bló por su suerte futura. 

Cruzaron algunas frases sobre la enfermedad del 
duque y su actual situación; el monarca demostró al- 
gún interés por su antiguo valido, y aun cuando esto 
hizo concebir halagadora esperanza al de Uceda, esperó 
á que su señor le hablase del porvenir. Esto no se hizo 
esperar mucho tiempo. 

— Duque, —le dijo,— ¿mientras estuviste enfermo, 
han tenido lugar acontecimientos irritantes, de los que 
es preciso tomar la revancha? 

— ¿Me hace vuestra majestad el honor de volverme 
á su gracia? 

— Con una sola condición. 

— La espero, señor, y si mis fuerzas alcanzan... 

— Para volver al puesto que tuviste antes de caer en- 
fermo necesito que Alice me pertenezca. 

— Señor, deseo obedecer á vuestra majestad, com- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 297 



placerle en todo y mi dicha se funda únicamente en ha- 
llar á vuestra majestad satisfecho. 

— Lo sé, pero no basta eso; quiero triunfar de Alice 
y de todos los que la defienden. ¿Puedes tú realizar mi 
deseo? 

—Antes, señor, de contestar á vuestra majestad, le 
ruego me conceda ei señalado favor de permitirme ex- 
ponga algunas consideraciones á su alta sabiduría. 

— Será inútil, pero haz lo que quieras. 

—Gracias, señor. La bella Alice ha causado ya cer- 
ca de treinta víctimas. El alcalde Bermúdez ha perdido 
el brazo derecho y la razón; yo estuve á las puertas de la 
muerte y al salir de mi enfermedad tuve que añadir á la 
pérdida de mi hija, la de su madre, ¡y la amaba tanto!... 

—De eso último no me dijiste nada. 

— Es nuevo, señor. 

—¿Te abandonó? 

—Hace varios días me entregaron una carta en la 
que me participaba que huía de mi lado para siempre 
porque era un mal padre, tan desnaturalizado, que no sa- 
bía devolverle su hija. Después he sabido que partió para 
Francia, allí le entregaron la niña y allí se ha estableci- 
do definitivamente. 

— Ya te habrá reemplazado y no debes volver á acor- 
darte de ella. 

— Me será imposible; la amo demasiado. 

—Eso me sucede á mí con Alice. Adelante. 

—Me consta que el ejército murmura de nosotros, la 
grandeza nos ha vuelto la espalda y el pueblo nos canta 
coplas. 

TOMO I 38 



298 



LOS HÉKOES DEL SIGLO XVII 



—¿Qué coplas son esas? 

— Oid una, señor, que llegó hasta mí: 

«Sin bienes, sin pan, sin ley, 
Muerta España el pueblo llora, 
Y sin justicia y sin rey 
Del cielo venganza implora.» 

— ¡Qué insensatez, qué desacato! 

—Nuestra situación va agravándose por momentos, 
y sabe Dios dónde puede conducirnos tal estado de co- 
sas. Yo suplico a vuestra majestad pese en la balanza 
de su alta inteligencia: A la bella Alice en un lado, mis 
consideraciones en otro é incline del lado donde caiga 
el peso su omnipotente voluntad. 

—Ya lo hice y pesa más, mucho más, Alice. 

— En ese caso me concreto á obedecer á vuestra ma- 
jestad. ¿Qué hago, señor? 

— Traerme á Alice. 

— Ruego á vuestra majestad, me indique la manera, y 
en el acto lo realizo, si me es posible. 

—¿No se te ocurre nada, Uceda? 

—Confieso mi torpeza, nada. 

—Busca el medio por conducto de la Inquisición. 

— Ya lo intenté y no hay inquisidor alguno que deje 
de rechazar indignado toda proposición que se le haga 
referente á la protegida del representante del Papa, del 
príncipe de Italia y del duque del Imperio. 

— ¿También mi tío Julio? 

—Señor, los Silvas y los Osorio son una familia; 
lo que quieren los unos lo desean los otros, y no es 



LOS HÉROES D£L SIGLO XVII 



299 



posible ofender á uno sin lastimar á los restantes. 
—¡También esol 

—Eso y mucho más que no he expuesto á la consi- 
deración de vuestra majestad, por temor de moles- 
tar demasiado su atención. Yo suplico á mi señor de- 
sista... 

—¡Jamás!— interrumpió el rey con viveza.— ¿Desis- 
tir? Nunca, y te prohibo que me vuelvas á proponer ese 
disparate. Busca un medio, Uceda; para eso te elevé al 
puesto que ocupas y eres el más poderoso de mis reinos. 
¿Necesitas oro? Tendrás cuanto pidas; ¿hombres? te se- 
guirán ejércitos; ¿poder? dispondrás de todo el de un 
rey. Y cuando hayas realizado mi deseo, gobernarás á 
tu antojo; á mí me molesta la pesada carga del Estado. 

—Admirable, señor; pero si lo malo es que no acier- 
to con la idea que deseo realizar. 

—Tortura tu entendimiento. 

— Lo hago inútilmente, señor. 

— Creo que tienes miedo á nuestros contrarios. 

— Deseo más que conservar mi vida, el logro de lo 
que nos proponemos, pero no hallo el medio. Si la alta 
sabiduría de vuestra majestad me lo indica, en el acto 
lo realizo. 

—Veamos. El palacio de la Nunciatura da frente á 
dos calles muy estrechas. 
— Cierto, señor. 

—Desde una de las casas de enfrente se puede hacer 
una miña que la ponga en comunicación con los sóta- 
nos de la Nunciatura. Ya tienes la entrada en el pa- 
lacio. 



300 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Perfectamente, señor. ¿Y después? 

—Tienes canonjías, y beneficios, y hasta dignidades 
eclesiásticas, lo cual puede proporcionarte hombres que 
entren y salgan en la Nunciatura, coman con la fami- 
lia del Nuncio y puedan depositar en el vino un narcó- 
tico que los haga á todos dormir profundamente. Con- 
seguido esto, la hermosa Alice puede ser trasportada 
por la mina á la casa inmediata . . . ¿Comprendes el 
resto? 

— Sí, señor. Por la mina entran hombres de mi con- 
fianza . . 

—Eso es; pero mientras unos se la llevan otros ta- 
pian la comunicación con el sótano para que no quede 
vestigio alguno. 

—La idea es como de vuestra majestad. 

—Si la realizas, es menester que estés tú presente 
y dirijas el rapto. La lección que nos han dado ya de- 
be bastarnos para evitar el vergonzoso ridículo de otra 
equivocación como la pasada. 

—Es verdad, señor. 

—¿Te gusta el plan? 

— Lo juzgo inmejorable. 

— Lo estudias, lo meditas, prevés, desoyes todas las 
contras que pueda tener y das el golpe cuando tengas 
seguridad absoluta de conseguir el triunfo. Ni un mo- 
mento antes ni después. 

—Lo haré. 

—Hablemos de otra cosa. 

— De lo que quiera vuestra majestad. 

—¿Estás seguro de que murió Flaviano de Osorio? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 301 



—Segurísimo, señor, 
—¿En qué te fundas? 

—En que lo vi cadáver; lo examiné y su sangre he- 
lada, su corazón inerte y el frío de su materia me de- 
mostraron que aquel pedazo de carne inanimada era un 
cadáver. 

—Si es así, mucho habremos ganado para la realiza- 
ción del plan futuro. Flaviano de Osorio valía más que 
su padre, que Julio y hasta que el príncipe de Italia. 

—Siempre creí eso mismo, señor. 

— Por eso he temido que fuese fingida su muerte, y 
en este caso era indispensable obrar de otra manera. 

—Su muerte, señor, es cierta; respondo de esta 
verdad. 

— No insisto y me complace creerte. 

Lo últimamente expuesto nos demuestra el genio y 
previsión de Osorio. Felipe III, con su sospecha sobre 
ser fingida la muerte de Osorio, demostraba más pe- 
netración y talento que su favorito. ¡Lástima que hu- 
biera concebido aquella funesta pasión y que fuese tan 
indolente! 

Puestos de acuerdo monarca y valido, se retiró éste 
á su palacio y desde el siguiente día dió principio á los 
preliminares de su plan ó sea á los trabajos de zapa 
morales y materiales. 

Pronto sabremos si el pensamiento del monarca, há- 
bil en parte y descabellado en el resto, daba ó no los 
frutos criminales que su autor se proponía. 

Tampoco Flaviano se dormía en sus laureles. Des- 
de el siguiente día al en que tuvo lugar la primera en- 



302 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



trevista del rey y su favorito, después de la enfermedad 
de éste, siempre disfrazado pasaba las noches en el pa- 
lacio del Nuncio, y de día y á todas horas vigilaba los 
alrededores de la Nunciatura. 

Excusado es decir que el Nuncio y cuantos le rodea- 
ban no hacían otra cosa que aquello que Osorio orde- 
naba. ¡Tal era la alta idea que el ilustre prelado tenía 
del talento y valor de Flaviano! Casi lo mismo le suce- 
día al joven con su padre y hermano . Hasta el Santo 
admiraba la virtud y bellas cualidades del compañero 
de su hijo, y en vez de reprenderle por algo de lo que 
hacía, se concretaba á aconsejarle y á elogiar su talento, 
previsión y conducta varonil. 

Una noche le decía delante del duque y de Julio: 
—Eres la persona que más vale en los reinos de 
Felipe III. Sólo en un rey tan poderoso hallar puedes 
digno enemigo y creo leer en el porvenir que acabarás 
por imponerle tu voluntad. Muchas cosas haces que 
merecen mi reprensión, pero no debo corregirte; pa- 
reces predestinado, y en verdad que un poder superior 
a todos nosotros te obliga á seguir el difícil camino que 
andas, 

—Gracias, señor, —le contestó nuestro joven; — me 
son tanto más agradables vuestras frases cuanto que 
sois el solo hombre que me impone, seduce, cautiva, y 
no Jiabrá causa en el mundo que me obligue á desobe- 
deceros. Cuando me columpiaba sobre la sima de la 
muerte os antepuse á mi querido padre, al que amo 
cuanto merece y vale, porque quise que salvara mi 
vida, si salvación tenía, el justo, el que jamás se equi- 



LOS HÉKOES DEL SIGLO XVII 



303 



voca. De este modo puedo decir hoy: «Merezco la 
existencia que arrancó de entre las garras de la muerte 
un Santo. > 

A pesar de lo expuesto, aún le quedaban á Osorio 
que sufrir muchas contrariedades y tormentos antes de 
que pudiera cumplirse el presentimiento del Santo, de 
que llegaría á imponer su voluntad al rey de España. 
Esto, en el caso de no hallar un goce ó por lo menos 
un entretenimiento agradable nuestro mancebo en aque- 
lla lucha digna de tan privilegiado cerebro y tan fuerte 
corazón. Y esto último es lo más verosímil, toda vez que 
jamás se le veía triste ni pesaroso. 

Ya habrán supuesto nuestros lectores que fué Oso- 
rio el que hizo salir de Madrid á la manceba del duque 
de Uceda, que había corrido á Francia en busca de 
su hija. Nuestro joven le dió el bolsillo que el favorito 
mandó á Magdalena repleto de oro, los doscientos du- 
cados que á él le entregó el capitán Ruiz en el zaguán 
de la Nunciatura y una suma igual á esas dos canti- 
dades. 

Con su claro ingenio pudo convencer á la afligida 
madre de que no debía volver á España, y lo consiguió, 
arrancando del corazón del valido su más bella ilusión, 
como había llevado al regio matrimonio que ocupaba 
el trono de San Fernando la reyerta y los disgustos en 
crescendo. 

Sus dos grandes enemigos sufrían las duras conse- 
cuencias de pelear contra un joven que valía por sí solo 
más que sus dos contrarios. 



CAPITULO XV 



Los trabajos de zapa.— La mina — La ambición donde no debía 
haberla.— La más refinada hipocresía.— Los momentos antes del 
golpe. — Consummatio petfectio.—La Inquisición 



Diligente andaba el favorito y tampoco se descui- 
daba el monarca, siendo así que obligaba á su valido 
á que le diese cuenta diaria de todo lo que hacía, en lo 
relativo al segundo rapto de Alice. 

Ambos parecían complacidos al presente. La muer- 
te de Osorio les prestaba una confianza de que antes 
carecían. 

Sepamos lo que estaban haciendo. 

Uceda encargó la dirección de la mina y trabajos 
preparatorios á un arquitecto de toda su confianza, al 
cual confió parte de su secreto y le dió fondos bastan- 
tes, ofreciéndole una gran posición y más dinero si 
cumplía leal y hábilmente cuanto le había encargado. 
Era plebeyo y el deseo de un título de nobleza, á la par 
de una fortuna, obligaban al interesado arquitecto á 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 305 



desplegar todo su ingenio, reserva y discreción en el 
desempeño de su cometido. 

Desde la parte exterior hizo el estudio que pudo del 
palacio del Nuncio, tomó la casa de uno de los frentes, 
que juzgó más á propósito, subarrendándosela por una 
regular cantidad á los que la habitaban, y se mudó á ella, 
para estar de este modo constantemente dirigiendo é 
inspeccionando las obras subterráneas á que iba á dar 
principio. 

Una noche hizo llevar las herramientas indispensa- 
bles; en otra entraron provisiones alimenticias, y á la 
siguiente se instalaron ocho trabajadores, contratados 
con triple jornal del que ganaban ordinariamente, con 
la obligación de no salir ni comunicarse con nadie has- 
ta después de terminadas las obras. 

Siempre dirigidas por el hábil arquitecto, comenza- 
ron a trabajar los ocho, cuatro de día y los restantes 
toda la noche. 

El ruido que promovían era tan poco, que no podía 
oirse en el palacio ni en ningún otro edificio, y para evi- 
tar la oradación de piedras, en particular la de los mu- 
ros del palacio, profundizaron cuanto les fué necesario,, 
empezando de este modo la mina por muy debajo de 
la sillería que intentaban salvar. 

Nadie entraba ni salía en la casa, á excepción de una 
antigua criada del arquitecto, que salía por la mañana 
temprano a hacer la compra de algunas de las pocas 
cosas de que no podía tener provisión. 

Así continuaron sin dar motivo á la más leve sos- 
pecha. 

tomo i 39 



306 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Cuando ya las obras estaban avanzadas, las visitaban 
de noche dos embozados, los cuales permanecían en 
casa del arquitecto el tiempo indispensable para el estu- 
dio que realizaban. 

En la Nunciatura no se notaba tampoco cambio al- 
guno ni variación; aparecían todos los empleados y sir- 
vientes, observando una severidad que guardaba armo- 
nía con las costumbres del respetable prelado y de los 
individuos de su familia. 

En cuanto á Flaviano, ni distrazado ni sin disfrazar, 
se le podía ver por ninguna parte de día; sus paseos y 
excursiones eran todos de noche, y como ya dijimos an- 
teriormente, dormía en la Nunciatura, y en ella pasaba 
todo el día. Sólo abandonaba este palacio desde las 
ocho á las once de la noche. 

En cuanto al duque del Imperio y á Julio de Silva, 
paseaban juntos todas las tardes, y podía vérseles en los 
sitios á que ordinariamente concurrían. Es decir, que 
lo mismo en el palacio del duque del Imperio que en el 
del Nuncio, y hasta en la casa donde se oradaba el sue- 
lo, nada de extraño se veía ni notaba que pudiera llamar 
la atención. Eran tres edificios, en los cuales parecía 
reinar una paz octaviana, sin que accidente alguno vinie- 
ra á alterar la paz y sosiego del hogar doméstico. 

Continuaba el favorito dando noticia diaria á su 
señor, de lo que hacían el arquitecto y sus trabajadores; 
á la vez le enteraba de las conversaciones que tenían 
en la Nunciatura dos sacerdotes, amigos del prelado, 
desde hacía poco tiempo, los cuales intimaron pro- 
fundamente con el representante romano, Esto daba 



LCS HÉROES DEL SIGLO XVII 



307 



lugar á ligeros debates entre ambos, no porque hu- 
biera algo reprensible en lo que contara Uceda, sino 
por la impaciencia del rey, que era grande, y á su pe- 
sar tenía que hacer uso de toda su impaciencia, porque 
según le decía el duque, lo principal era el éxito, y los 
trabajos debían hacerse con lentitud, para no promover 
ruido, y evitar de esta manera la sospecha que podía 
muy bien comprometer el resultado satisfactorio. 

El monarca se veía obligado á resignarse y á espe- 
rar, y como el indiferentismo que demostraban los Oso- 
rios y Silvas era una prueba evidente de que nada sos- 
pechaban y de que nada hacían, saturaba don Felipe 
su dura resignación con la halagüeña esperanza de que 
aquella lentitud presagiaba un éxito completo. 

La reina no veía á su esposo fuera de los actos de 
comer, y en éstos se presentaba sobria de frases y tan 
gravé y severa que imponía silencio con su actitud á 
cuantos la rodeaban. 

No sucedía lo mismo cuando se hallaba sola con su 
amiga y confidenta la señora duquesa de los Andes. 

Con ésta hablaba mucho, siempre á media voz; son- 
reían y se comunicaban con mutua satisfacción. 

Los grandes y jefes del ejército seguían retraídos 
del real alcázar, y la murmuración y hasta el odio al fa- 
vorito iban aumentando. 

La desaparición de Flaviano de Osorio y los acon- 
tecimientos anteriores los tenían impresionados de 
modo contrario á la conveniencia del monarca y su 
valido. 

No sucedía lo mismo respecto de la reina; ésta era 



308 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



visitada por todas aquellas personas que tenían entra- 
da en la regia cámara, con gran solicitud y dándole 
pruebas del respetuoso interés que tenían por la augus- 
ta señora. 

Examinemos ahora los trabajos del arquitecto, pues- 
to que á nosotros nos es permitido penetrar allí como 
pudiera hacerlo un duende. 

Empezaron á un lado del sótano de la casa, una 
rampa suave que llegó á descender al acercarse al pala- 
lacio del Nuncio á más de dos varas, y tenía vara y me- 
dia de ancho y un poco más de luz. 

De esta manera fueron poco a poco minando el sub- 
suelo de la calle. 

A los veinticinco días llegaron á la pared de los só- 
tanos de la Nunciatura. 

Dirigió el arquitecto con tal acierto la rampa y 
mina, que al llegar á dicha pared se nivelaba el piso 
de la mina con el de los sótanos del edificio, por efecto 
de estar éste mucho más bajo que el de la cueva de la 
casita. 

Era entonces costumbre tener las cuadras en los al- 
cáceres y palacios en los sótanos de aquellos grandes 
edificios, y así sucedía en el que ahora nos ocupa. 

El arquitecto mandó hacer un taladro en la pared 
que lo separaba del palacio contiguo, estudiando de 
esta manera el grueso, resistencia y calidad de los ma- 
teriales que la componían. 

Satisfecho de su reconocimiento, fué desgastándola 
con más cuidado que nunca para no hacer ruido, hasta 
dejar en vara y media de altura y una sola de la- 



LOS HÉROES' DEL SIGLO XVII 



309 



titud solo tres ó cuatro pulgadas de espesor. Unos cuan- 
tos pequeños agujeros le permitieron observar lo que 
había en el interior, pero nada vió ni se sentía otra cosa 
que el piafar de algunos caballos á bastante distancia 
del sitio en que había practicado la mina. 

No le pudo satisfacer por completo este reconoci- 
miento, y entonces trazó un círculo, por el cual cupiese 
una cabeza humana. 

A la vez labraron una piedra que debía cerrar per- 
fectamente el agujero que estaba haciendo. Cuando este 
trabajo estuvo terminado, lo convirtió en observatorio, 
siéndole fácil estudiar ahora á beneficio de la luz de una 
linterna y en las altas horas de la noche toda la parte 
del sótano de la Nunciatura que se podía ver des- 
de allí, 

Todavía esperó el anochecido del día siguiente, y 
dejando en completa oscuridad la cueva, cambió la pie- 
dra que cubría el agujero por su cabeza, y estuvo ob- 
servando dos horas. Satisfecho de su reconocimiento, 
deshizo el cambio, mandó que le llevasen algunas he- 
rramientas que dejó pegadas á la delgada pared que po- 
día derribar en unos cuantos minutos, y subió á la casi- 
ta, satisfecho y complacido. 

No dejaba en la rampa piedra ni estorbo alguno: la 
limpiaron bien, su piso y paredes estaban nivelados, y 
nuestro arquitecto, cuando hubo entrado bastante la no- 
che, mandó á los trabajadores á una obra que estaba di- 
rigiendo fuera del radio de Madrid. 

Después de pagarles y de añadir una regular gratifi- 
cación, les dijo: . 



310 LOS HÉROES DEL, SIGLO XVII 



—Tendréis siempre trabajo si sabéis callar; os costa- 
rá la vida si osáis hablar de los trabajos que acabamos 
de terminar. 

Ellos les dieron toda clase de seguridades verba- 
les, y fueron saliendo de dos en dos, con intermedio de 
diez minutos. 

£1 arquitecto solo ya con su ama de gobierno, pidió 
á ésta la cena, y luego que hubo concluido, esperó tran- 
quilamente la llegada de dos personas que debían á su 
juicio presentarse aquella noche. 

En efecto, serian las once cuando entró en su come- 
dor un embozado, el cual dejó á un compañero que lle- 
vó, en una de las habitaciones contiguas. 

Era el primero el duque de Uceda, que venía á reco- 
nocer la obra terminada. 

—¿Qué os falta?— preguntó al arquitecto, bajándose 
el embozo. 

— Tirar una débil pared, lo cual no debe hacerse has- 
ta el momento dado, 

—¿Cuánto tiempo podéis tardar en echarla abajo? 

— Algunos minutos; es muy delgada, y me basto yo 
solo para hacerla caer en poquísimo tiempo. 

— Empecemos por reconocerlo todo. 

— Pues seguidme, señor. 

Provisto el arquitecto de una linterna, fué guiando al 
duque hasta que éste terminó un estudio completo de 
aquel túnel que debía facilitar la entrada en el palacio . 

— Cuándo mi gente se halle en el sótano, ¿por dónde 
suben al palacio? —preguntó el favorito. 

El arquitecto le contestó: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 311 



—A la derecha, en la pared de enfrente, hay puerta 
y escalera, y en verdad que la primera jamás se cierra. 

— Y la que pueda haber al concluir la segunda. 

— Tampoco oí en mis muchas observaciones el rui- 
do que necesariamente debía producir el abrir y cerrar 
puerta ó trampa. Debe comunicar con el depósito de la 
paja, y es indudable que la comunicación con el piso 
bajo está siempre abierta. Pero nada temáis: tengo aquí 
instrumentos que en pocos minutos dejarán el paso 
franco, en el caso de hallar alguna puerta que lo im- 
pida. 

—Muy bien; vuestra obra es perfecta, todo lo ha- 
béis previsto y me complace manifestaros que estoy 
complacido. 

—¿Subimos? 

— Sí, arriba os enteraré de lo que os falta saber. 
Otra vez se detuvieron en el comedor, añadiendo allí 
el duque: 

— Mañana por la noche vendrán en distintas veces 
hasta diez hombres. Traerán desarmada una litera que 
aquí armarán; les dais hospitalidad y cuanto necesiten, 
pues no han de salir de aquí hasta que se haya consu- 
mado el rapto. 

—¿Será pronto? 

— No os importa, arquitecto; continuáis en esta casa 
sin abandonarla un instante; lo demás no es cuenta 
vuestra. 

—Nada tengo que argüir, señor; continuaré obede- 
ciéndoos como hasta aquí. 

Después se despidieron, saliendo el duque acompa- 



312 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



ñado del sujeto que le esperaba cerca, y ambos desapa- 
recieron entre las estrechas, obscuras y tortuosas calles 
de aquel antiguo barrio madrileño. 

Dejemos por algún tiempo al rey, al favorito y á los 
secuaces de éste, para averiguar lo que acontecía en el 
palacio de la Nunciatura. 

Ya hemos dicho que Flaviano, perfectamente dis- 
frazado y sin hablar otro idioma que el italiano, pa- 
saba todo el día y toda la noche junto al Nuncio, su fa- 
milia y la bella Alice, la cual aparecía ahora más alegre 
y satisfecha que nunca. 

Para los del palacio era nuestro joven un amigo ínti- 
mo del Nuncio, y para los de fuera un amigo cercano, 
que había llegado de Roma, con objeto de estudiar la 
corte de España. 

Flaviano no estaba triste, pero sí grave; meditaba 
de continuo, y hacía observaciones disimuladas desde 
una ventana del palacio, y en algunos sitios de la par- 
te baja de aquél. También ocupaba mucho tiempo ha- 
blando con las dos jóvenes italianas. Era una conver- 
sación tan inteligente y agradable, que las dos veían 
transcurrir hora tras hora escuchando aquella dulcísima 
voz que solía transportarlas á un mundo lleno de en- 
cantos. 

Dijimos antes que dos sacerdotes habían entablado 
relaciones de amistad con el Nuncio. Eran estos dos 
clérigos, que aparentaban tener influencia en la corte 
y se presentaban en la Nunciatura, ofreciendo al re- 
presentante de Su Santidad toda clase de facilidades 
para los asuntos que pudiera tener pendientes. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



313 



El Nuncio, que ya obedecía á Flaviano en todo y 
para todo, llamó aparte á nuestra joven, preguntán- 
dole: 

— ¿Qué opinión habéis formado de esos dos clérigos 
españoles? 

— Excelente,— le contestó Flaviano,— son hipócri- 
tas, intencionados, sagaces y os pueden dar un susto, 
señor arzobispo; pero no le temas; á mi juicio, debe el 
representante de Su Santidad estar con ellos amable, 
bondadoso; debe aceptar todos los ofrecimientos que le 
hacen esos dos señores, y agradecido convidarlos á co- 
mer y cenar a menudo. 

—Pues no lo entiendo, Osorio. 

— Yo sí, respetable Gaetano. 

—¿No queréis darme explicación alguna? 

— Todas las que vos pidáis, delicioso amigo, las creo 
inútiles, porque tenéis confianza absoluta en mí, y yo, 
estad seguro, no he de defraudar vuestras esperanzas; 
pero os diré lo que queráis saber. 

— Estoy seguro, que si hubiese alguna víctima, se- 
guramente seríais vos; mas eso es, seguramente, lo que 
yo no quiero, lo que rechazo con más interés. 

—Gracias, señor arzobispo de Capua; os estoy muy 
agradecido; pero nada temáis si os ocupáis de estas 
cosas mundanas, que nada malo han de traer para 
nosotros. 

— Osorio, me basta vuestra actitud para compren- 
der que ocurre algo grave y en verdad que siento que 
llegue el desenlace, no porque dude del éxito, ni por- 
que tema las consecuencias, sino porque al concluir 

TOMO I 40 



314 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



abandonaréis mi morada, y tanto me aficioné á vos que 
me hallo mal cuando no os veo, y de buen grado os 
tendría en mi casa el resto de la vida. 

—Eso me prueba, señor, la inmensa suma de bon- 
dad que el cielo se dignó depositar en vuestro noble 
corazón. Yo os ruego la empleéis toda en obsequiar y 
complacer á esos dos sacerdotes, amigos nuestros des- 
de hace cerca de un mes. 

— ¿A esos hipócritas, según los calificasteis anterior- 
mente? 

— Sí, de esa manera, si mañana sufren un contra- 
tiempo no podrán alegar queja alguna contra vos. 

—De lo cual deduzco que esperáis algo grave y tras- 
cendental. 

—Siempre aguardo algo así, mi respetable señor; la 
vida humana es una cadena que suele "convertir en trá- 
gico cada eslabón de los que la forman. 

— Cuando no queréis decir una cosa, es inútil mo- 
lestarse en solicitarla.] 

— Verdad es. 

—No me ofendo por eso; cuando calláis debéis sin 
duda alguna hacerlo así; vuestro envidiable talento no 
es ligero, caprichoso, ni acepta nada pequeño, ni se ali- 
menta de pueriles ideas. 

— Os vuelvo á demostrar mi gratitud, y si lo tenéis á 
bien, me retiro en busca de las damas, que ya me espe- 
ran hace algún tiempo. 

Aquel mismo día comieron con ellos los dos sacer- 
dotes. El Nuncio se presentó muy amable y compla- 
ciente, se dignó pedirlos dos favores, y ellos quedaron 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



315 



en hacérseles llevando el resultado á la siguiente no- 
che á las diez, rogándole los sentase á su mesa durante 
la cena. 

£1 arzobispo les dió las gracias por ambas cosas, 
ofreciéndoles no dar principio á la cena hasta que ellos 
entraran en su palacio. 

En la noche de este día salió Osorio á las ocho y 
no volvió hasta las doce. 

Al día siguiente le hizo dos visitas Julio y una su 
padre, presentándose ambos disfrazados y sin que pu- 
diera nadie reconocerles. Hablaron uno y otro muy 
quedo en un extremo del palacio, y ambos se retiraron 
indistintamente, dejando á Flaviano satisfecho, pero 
en apariencia se mostraba indiferente y poco comuni- 
cativo. 

Transcurrió el día, y la noche envolvió á Madrid 
con sus negras sombras. Desde este instante se reunió 
Flaviano con las damas y el Nuncio para no separarse 
ya de ellos, según dijo, hasta que todos se retirasen á 
descansar. 

Los dos clérigos mandaron á última hora seis bo- 
tellas de un Jerez que tenían de tiempo atrás ofrecidas 
al Nuncio y debían beberse esta noche, por ser un vino 
excelente, admirablemente hecho y tan exquisito, que 
se proponían llamar la atención de cuantos lo proba- 
ran. Flaviano había aplaudido la idea, encargando á 
todos que bebieran de él, por tener noticia de que aque- 
lla clase de vino era especial y de un sabor delicado. 

Á las diez en punto llegaron los dos clérigos y se 
sentaron todos á la mesa, menos Flaviano, que se vid 



316 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



obligado á retirarse poco antes, víctima de una jaque- 
ca que le precisó buscar reposo. Pero tranquilizó á la 
familia del Nuncio y á éste, manifestándoles que aquel 
mal le duraba sólo una noche y que no volvía á repetir- 
se en mucho tiempo ni obedecía al otro remedio que al 
de dormir unas cuantas horas. 

Dos frases al oído de Alice le bastaron, y la bella 
dama apoyó á Flaviano, acabando de tranquilizar á los 
testantes con sus frases. 

Poco después de las diez de la noche dió principio 
la cena, reinando en la mesa animación; salieron las 
seis botellas de vino de Jerez, y todos comenzaron á 
beberlo menos los dos clérigos. Estos llenaron sus co- 
pas, acercaban el líquido á sus labios, pero nada tra- 
gaban. 

En la primera ocasión que tuvieron lo tiraron al sue- 
lo, sin que los demás pudieran observarlo, les llenaron 
de nuevo las copas y continuaron comiendo. 

Flaviano, en vez de retirarse á su alcoba, bajó al 
zaguán y mandó cerrar las puertas, subiendo al piso 
principal acompañado de los hermanos Ros. Les tres 
se situaron en una habitación contigua al comedor, que- 
dando Osorio detrás de una cortina, oyendo y observan- 
do cuanto ocurría en la mesa. 

Terminó la cena, y los criados se retiraron, que- 
dando en tertulia los dos clérigos con el Nuncio y su 
familia. 

Flaviano desapareció del sitio en que se hallaba, y 
como un relámpago descendió á la parte baja, orde- 
nando á los criados que no se acercara ninguno á las 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



317 



puertas del sótano, ni se movieran de las habitaciones 
donde cenaban. 

Después regresó á su escondite para continuar ob- 
servando. 

Notó, sin sorpresa, que se cerraban los ojos de 
cuantos rodeaban la mesa, a excepción de los dos clé- 
rigos. Minutos después dormían el profundo sueño que 
produce un narcótico; lo tomaron en el vino que todos 
bebieron, y sus efectos empezaban á ser profundos. 

Los clérigós los miraban, fijándose principalmente 
en Alice. Cuando creyeron que nada podía despertar- 
los, se levantó uno de ellos, y abriendo una ventana dió 
varios golpes con un silbato, que pudieron oirse muy 
bien en las casas inmediatas. Con uno solo fueron con- 
testados aquellos golpes, en cuyo instante se cerró la 
ventana, y sentándose de nuevo el sacerdote, continuó 
en unión de su compañero, esperando algún grave acon- 
tecimiento. 

A los quince minutos, sin hacer ruido alguno, se 
fueron presentando en el comedor hasta cuatro embo- 
zados. 

Los clérigos les señalaron á Alice, y con mucho 
cuidado y sin dificultad alguna, la cogieron entre dos, 
saliendo de allí con las mismas precauciones que en- 
traron. 

En pos de ellos iban los otros dos embozados, y 
luego seis más que, cubiertos con sus mantos, iban ha- 
llando en el camino que había llevado. 

Quedémonos nosotros todavía en el comedor. 

Los dos sacerdotes permanecieron unos cuantos se- 



318 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



gundos mirando al Nuncio, convenciéndose de que era 
víctima de un profundo sueño. 

Luego se volvieron para seguir a los embozados que 
se llevaban á Alice. La satisfacción se retrataba en sus 
semblantes; el triunfo había sido completo y ya tenían 
asegurada una dignidad eclesiástica cada uno, con mil 
ducados para el viaje y la instalación que requerían sus 
nuevos destinos. 

Todos, el favorito, el arquitecto, el deán y arcipreste 
futuros y cuantos tomaron parte en aquellos rapto é in- 
triga, desempeñaron sus papeles á maravilla, y la suerte 
les había favorecido hasta aquel instante. 

Pero hace muy mal el que confía en la fortuna de un 
modo absoluto. 

Bastaron aquellos segundos que los clérigos per- 
dieron en asegurarse por quinta vez de que el sueño del 
Nuncio era profundo, para que Flaviano, sin ser visto 
por los embozados, se interpusiera entre éstos y los 
clérigos. Detuvo la arrogante marcha de los dos sacer- 
dotes, sin hacer otra cosa que impedirles el paso con su 
cuerpo y señalarles con el índice la venera inquisito- 
rial que, pendiente de un cordón verde, le caía sobre el 
pecho. 

A la vez los dos Ros les apuntaron cada uno con 
una pistola, señalándole á Flaviano y como dicién- 
doles: 

— Obedeced al familiar del Santo Oficio ó morís. 

Esta escena fué muda, pero lúgubre, sombría, te- 
rrorífica. Los dos clérigos al ver, no las pistolas, sino 
la venera inquisitorial, temblaron, quedando sin acción 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



319 



ni movimiento. El terrible tribunal de la Inquisición 
los había cogido infragantl en delito gravísimo contra 
el representante del Sumo Pontífice, y aquellos dos 
hombres aparecían ahora como mudas y encorvadas 
estatuas. 

Siguió á este acto una pausa de dos minutos, tiem- 
po suficiente para que se alejasen los raptores y no 
pudieran oir ni aun los gritos que pudieran dar sus 
cómplices del comedor. 

Después dijo Osorio á los clérigos: 

— Sentaos en vuestros dos sillones y esperad la lle- 
gada de un inquisidor que actúa en la casa inmediata, 
y os advierto que este edificio y el otro de enfrente se 
hallan rodeados de familiares y soldados de la Fe. 

Maquinal mente le obedecieron los sacerdotes, Osorio 
añadió dirigiéndose á los Ros: 

— Guarda^ esas armas y sentaos, que nobles sois. 

También le obedecieron. 

Flaviano ocupó el sillón en que había estado sen- 
tada Alice é inclinó la cabeza entregándose á profunda 
meditación. 

Los Ros se habían sentado en dos asientos laterales. 

Reinaba un imponente silencio en el comedor y 
resto del palacio. Los sirvientes todos, al recibir las órde- 
nes de Osorio, comprendieron que algo grave ocurría, y 
reunidos todos en su comedor cenaban sin atreverse á 
pronunciar frase alguna. 

Así permanecieron más de media hora. Los cléri- 
gos tenían la vista baja, la mirada incierta, terror en el 
semblante, y un tinte pálido bañaba sus rostros. 



320 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Dejémoslos por un poco de tiempo y sigamos á los 
raptores. 

Estos regresaron por el mismo sitio que habían ido 
hasta llegar á la tronera abierta en la pared de la mina; 
uno se adelantó con la luz, y entre los otros dos, primero 
uno y luego el otro, pasaron á Alice, siempre con mucho 
cuidado y sin lastimarla. 

Los diez entraron por allí, llegando al estrado de 
la casa, en el que esperaban el favorito, uno que le 
acompañaba y el arquitecto. 

El primero fijó su mirada en Alice, exclamando: 

— Pardiez ésta no es la camarera. Hermosa mujer; 
hasta narcotizada y pálida arrebata su belleza. Pero no 
perdamos tiempo; á la litera con ella y seguidme. 

Colocaron á la robada lo mejor que pudieron en el 
asiento de la litera y bajaron, abriendo la puerta de la 
calle el arquitecto. 

El valido retrocedió asombrado, y cuantos le se- 
guían quedaron sin acción ni movimiento. Frente á la 
puerta vieron á un inquisidor, dos notarios del Santo 
Oficio, varios familiares y treinta soldados de la Fe, con 
hachas encendidas. 

— ¡Atrás!— exclamó el inquisidor, que era el Ministro 
Trinitario. — ¡Familiares y soldados, prended á todos 
cuantos se hallen en esta casa, en nombre de la Santa 
Inquisición! 

Y entraron todos los familiares, los dos notarios y el 
inquisidor. 

Los soldados quedaron, unos rodeando la casa y 
otros en el portal. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYI1 



321 



—Soy el duque de Uceda, grande de España, — ex- 
clamé éste:— á mi no se me puede prender. 

— A ves el primer©, — dijo un familiar, —y aun 
cuando ne 1© merecéis, impio, os prende ©ir© grande 
de España. 

— ¡ Julio de Silva! — murmuró el favorito palide- 
ciendo. 

Minutos después escribían l©s notarios, dand© fe 
de haber sorpreñdid© infraganti á doce raptores, 
cuando huían con la bella Alice narcotizada y en una 
litera. 

Terminada este acto y presos los doce, se dirigie- 
ron el inquisidor, un notario y varios familiares por 
la mina y sótano al comedor donde estaban los dos 
clérigos, Raviano y restantes. 

Un embozado que hasta ahora había ocultado su 
rostro, se llegó á la litera é hizo tragar á Alice poc© 
á poc© el contenido de un frasquit© que llevaba 
oculto. 

A los pocos minutos abrió la javen los ojos, y ha- 
llándose frente al duque del Imperio, le echó h& bra- 
zos al cuello, exclamando: 
— ¡Qué felicidad, señor! 
— ¿Te encuentres bien, hija mía? 
— Mareada y con peso en la frente. 
— ¿Podrás andar cogida ámi brazo? 
— Sí, señ©r. 
— Pues vamos. 
Y embozado de nuevo se dirigieron al sótano. 
Guando cruzaron por entre ios familiares, vié 

TOMO I 41 



322 



LOS HÉROES DEL SIGLO XV IX 



Alice á Julio, que estaba frente al favorito y le alargó 
su pequeña y blauoa mano, diciéndole: 

~ Hasta luego, Julio. Ahora me dejo robar con in- 
decible alegría. 

Y desaparecieron. 

Los catorce ó dieciseis familiares que había en los 
de 3 edificios eran parientes unes de los Silvas y otros 
de ks Oaorios. Uceda los había reconocido, y notando 
que aquellos servidores de la Inquisición representaban 
catorce ó dieciseis familias tan poderosas como nobles, 
tembló do nuevo, comprendiendo por centésima vez 
que entre el monarca, ofuscado por una torpe pasión 
y él por un servilismo ilimitado, no hacían otra cosa 
que disparates. 

Cuando el inquisidor entró en el comedor, conti • 
nuab&n el Nuncio, su hsrmana y sobrino narcotizados, 
y los otros cinco en la misma actitud que los dejamos. 

Ai verlas entrar Oaorio, dijo al inquisidor: 
— Señor, esos dos sacerdotes han narcotizado con 
el vino de esas botellas al digno representante del 
Sumo Pontífice, arzobispo de Capua, á su ieñ*ra her- 
mana y á su sobrina, segóa veis, para proteger de ese 
m«do inicuo el rapto de Alice, narcotizada también y 
pupila de monseñor Gaetaao» La denuncia de hecho 
tan criminal la tiene el Santo Oficio desde antes de 
confumarse; hé aquí ahora la segunda, redactada des- 
ptiéi de consumado el delito. Eses dos criminales 
huían con sus cómplices, pero yo los detuve en nom- 
bre de la Inquisición, y os lo entrega para que el tri- 
bunal los juzgue. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



323 



— Notario, — contestó el inquisidor; — continuad la 
sumaria. ¿Tenéis *>lgo que contestar vosotros? — pre- 
guntó el ministro Trinitario á los reos. 

—Que no es cierto, dijo uno de los dos. 

— Continuad negando, y esta noche se os dará tor- 
mento,— añadió Osorio. 

—Eso no. 

— E*o sí. Señor inquisidor, ¿me permitís que vuel- 
va á la vida á los narcotizado», para que ellos confir- 
men la verdad? 

—Si no ofrece peligro... 

— Ninguno; ahora lo veréis. 
T sacando un frasco igual al de su padre, hize tra • 
gar unas cuantas gotas á los tres. 

Algo más tarde, abrieron los ojos, y no fué poca 
sorpresa la del Nunci*, al ver su mesa rodeada de un 
inquisidor varios familiares y al notario que escribían. 

— ¿Qué es esto?— exclamó.— ¿Quién se atreve?... 

—Calmaos, señor, — ie dijo Oaorie.— Oid lo que ha 
ocurrido mientras vos dormíais un sueño parecido al 
de la muerte. 

Y le refirió cuanto había pasado. 

«—¿Pero y mi pupila Alice? — preguntó el Nuncio so- 
bresaltado. 

— Nada temáis, señor arzobispo, — añadió Flaviano, 
—la Santa Iaquiaioióa llegó á tiempo de evitar que esa 
cast* doncella faese sentenciada á servir de pasto á la 
voracidad de un miserable. Pronto la verei». 

—Pero no llegó á tiempo de evitar,— dijo el Nun- 
cio,— que eses malos sacerdotes atentaran contra mi, 



324 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



contra tres individúes más de mi familia, profanando 
á la vez, la representación de Sa Santidad. 

— Es verdad, monseñor,— c§ntc ; stó Osorio,— pero el 
Santo Síibunal, que se conduele de na haber podido 
evitar esos otros crímenes, los ctstigará con todo el ri- 
gor que merecen. ¡Es cierto, señor inquisidor? 

— Ciertísimo, y de ello debe estar segur© el señor 
Nuncio de Su Santidad. ¿Nss permitís, ilustrísimo se- 
ñor, que continuemos la indagatoria? 

—Con mucho gusto; lo que no os toleraré es la con- 
sideración que pudiérais tener coa los crimiaales. 

Gas tan o había comprendido ya perfectamente el 
pensamiento da Flaviano, y lo secundaba admirable- 
mente. 

En estos momentos entró Alice. Osorio le pregun- 
tó con viveza: 
— ¿Sola vienes? 

— No, amigo mío, me acompañé hasta esoi umbra- 
les un hombre que me velvió la vida, y me trajo aquí 
unas veces en brazos y otras de la mano. 

— ¿En brazo»? 

— Sí, al bajar una pendiente y entrar en un agujero 
abierto en la pared, ma cogió en brazos, con muaho 
placer da mi parte, porque le amo tanto como aoaé á 
mi padre. 

— ¡Ah ? comprendo! Hacéis bien en callar su respeta- 
ble nombre. 

Alice estrechó á la hermana del Nuncio, y puie la 
frente para que éste diese en ella un óecalo paternal. 
La indagatoria continuó media hora más. Flaviano 



LOS HÉROES DEL 8IGLO XVII 



había ocupado parte de e*a tiempo, en reconocer la 
mina y en hablar can Jalio. Cuando regresó, dijo al 
mío del Nanoio unas cuantas frases y esperé. 

—Ya hemos terminado, — exclamó el inquisidor, — 
y mego al muy digno represes tante de mi señor pon • 
tí fice, me perdone los mol stias que hemos pedii© can- 
tarle; todo por el mayor servicio de Dios. Familiares, 
cfgei esas botellas que contienen narcótico, sellarlas 
con el de la Inquisición, y continuad poniendo sellos 
desde que salgarnos de la Nunciatura á las paredes, 
abertura, mina, en las obras que hízs la maldad en el 
subsuelo y en cuanto haya en la casa da ese arquitecto. 

— Eiperai, inquisidor,— le dijo el Nancio. — Acaban . 
de decirme que en los criminales detenidos por la In- 
quisición se halla el duque de Uceda. 

—Es cierto, señar. . 

—Pues bien, hago responsables á todos colectiva 6 
individualmente, los que componen vuestro tribunal 
de la seguridad de ese importante prisión. No poique 
sea grande, duque y poderoso debe librarse e»mo cri- 
minal del justo castigo de sus jueces. L% Inquisición ha 
dado ya el ejemplo de no inclinarse ante consideración 
alguna cuando se trata de imponer la justicia da Dios 
y ha sentenciado á muerte uno en pos de otro á un 
plebeyo y á un grande de España. Si desconocéis esta 
verdad al juzgar al duque de Uceda, os hacéis solida- 
rios de sus crímenes, y sabré vesotros, siervos del 
pontífice, caerán los mismos anatemas y otros castigos 
á que son acreedores los malvados. 

— Señor,— contestó el inquisidor con resolución*— * 



a26 



LOf HÉROES DEL SIGLO XVII 



responde de mi y no han de ignorar mis compañeros 
las frases que acaba de prenunciar su ilustrísima. 
—Eso desee. 

Después fueron besando todos el anillo episcopal 
del prelado y salieron llevándose á les des clérigos y 
las botellas que aun tenían vico narcetizader. 

Quedaron solos lts tres individuos que compenian 
la familia del Nuncio, Alice y Flaviane. 

Gaetsn© clavó una mirada en Osorio diciéndole: 
— ¡Con qué sangre fría habéis tolerado que taladren 
una calle y mi palacio! ¡Con qué ¿angre fría habéis per- 
mitido que me dejsse engsñar de eses dos clérigos, que 
. nos narcotizasen y robaran á la casta doncella Alioef 
jQuó estoicismo y qué valor! Armonizan vuestro csra- 
zén y espíritu, la nobleza, la generosidad, la hidalguía 
y todo lo sublime del cér humano, con lo más ñero que 
existe en el cerebro de un mortal. 
— ¿Os asusta mi fiereza? 
— Me «sombra. 

— Paes para vos soy una malva. 

—Y para nuestros enemigos un león sin entrañas. 
¿Por qué cuándo os lo pregunté me ocultásteis todo 1» 
que sabíais? 

—Yo nunca vtndo los secretos, señor arzobispo. 
—¡Pero á mí que tan interesado estaba! 
— Por lo mismo. 
— ¿Lo ignoraba también Alice? 
—Lo mismo que ves. ¿Qué motivo había para que 
sucediera lo contrario? 

—Yo creí que existía alguno. 



LOS HÉROES DBL S OLO XVII 



327 



— Decidlo; parque yo lo ignoro. 
—En ese cano no había ninguno. ¡Han podido en- 
venenarnos! 

— ¡No estaba yo aquí provisto de toda clase de an- 
tídoto? ¿No descompuse en tres minutos los efectos del 
narcótico? He tolerado que es propinasen dos excelentes 
sacerdotes un sueño tranquilo y aun os quejáis. Sois 
muy descontentadizo, ihutrísimo señor. 

—Y v$s el más terrible de los hombres, excelentí- 
simo señor. 

—No creen eso vuestra hermana ni Alice. 

— Verdad es, para nosotras es un ángel, hermano. 

— ¿También esta noche? 

— Más que ninguna, señor,— dij* Alice. 

— En buena red me ha cogido; desde mañana tendré 
que batallar con el rey, con su favorito y csn todos los 
que á estos defiendan. 

— Señor arzobispo, tenéis que defender la justicia, 
la razón y el derecho; es vuestra gran misión en la 
tierra. 

— Estaba m?jor sin tener que defender nada. 
— Pues perdonarlos á todos; no me opong®. 
— Eso no puede ser. 
— ¿De qué es quejáis? 

— De nada» Quería debatir con vos é hice pretexto 
de vuestra admirable conducta para batiros. 
— Pues habéis salido derrotado. 
—Ya lo veo. 

— Y quedad con Dios los cuatro, que esta noche si 
duermo, será en otra parte. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Dónde vais?— le preguntaren á ia vez los cuatro 
«—A la Inquisición. 
— |A qué vais allí? 

—A presenciar el tormento que dan al favorito, y 
en caso contrario á dárselo yo. 
— ¿Ves? 
— Claro es. 

— Desgraciado favorito y mísero rey; con vos tie- 
nen bastante para purgar en la tierra todas las culpas 
y pecados que cometan. 

— Amén. 

Y se despidió de los cuatro, entrando después en la 
carroza inquisitorial que esperaba cerca de la puerta 
de la casa del arquitecto. Ya en ella, despidió á los 
hermanos Ros. 

No tardaron en subir con él el inquisidor, el favo- 
rito y Julio de Silva. 

En pos iban á pie el arquitecto, los dos clérigos y 
los diez cómplices que mandó el valido entre treinta 
soldados de la fe, y cerraban la maicha unos cuantos 
familiares y los dos notarios. Los restantes familiares 
avisaban ya á todos los inquisidores, para que asistie- 
ran á una reunión extraordinaria que debía verificarse 
aquella noche. 

Distaba bastante la Inquisición, y esto dió lugar á 
que hallasen dos rondas, que en el acto les abrieron 
paso, viéndolos cruzar con los gombreros en la mano. 

Sólo iban catorce presos, contando con el favorito, 
á pesar de ser quince, pero el compañero que llevó el 
duque, con más sangre fría que los demás aprovechó 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



329 



los primares momentos de sorpresa y aturdimiento pa- 
ra cfrrerse al carral de la casa. Sin ser -visto de nin- 
guno, saltó ana tapia, después otra y por la de un jar- 
dín se tiró á la calle, escapando c^mo paloma que huye 
del milano. 

Su primera determinación f aé bascar refugio en un 
convento de frailes, cuya superior era pariente sujo. 
Darmió allí el rest» de la noche, y por el día, aconse- 
jada por el religiaso, al que enteró de todo, se fué ai 
alcázar can ánima de peiir al rey una auiienaia y re - 
ferirle lo acontecido. De esta entrevista nos ocupare- 
mos después. 



TOMO í 



42 



CAPITULO III 



El tormento de Uoeda. — Los interrogatorio!. — El escapado y el 
monarca. — La Inquisición y el rey. — Oe potencia a potencia.— 
Triunfo el más fuerte. 



Ya encerrados en la Inquisición los catorce presos, 
cada uno ocupó su respectivo calabazo, á escepción del 
valido, que teniendo en cuenta su categoría le dieran 
un saloncito, en el que había una buena cama, varios 
sillones de baqueta, un Cristo de talla, ante el que ar 
dian dts largas velas de cera, algunas banquetas y una 
mesa con libros devotos, y en la cual comían los pre- 
sos encerrados allí. 

Todss esperaban la reunión del tribunal, y por esta 
causa, ninguno dormía, no obstante lo cual, reinaba 
un silencio prefando en aquel sombrío edificio. Ni una 
voz, ni una pisada, ni ruido alguno se escuchaba. Pa- 
recía el silencio de los sepulcros. 

Sorprendido el duque cuando creia haber hallado 
la mayor felicidad; cogido infraganti nada menos que 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



por la inexorable Inquisición, y trasladado á una pri- 
sión cómoda, pero prisién al fin, él que se creía 
dueño de todas las ?idas y haciendas de les espa- 
ñoles, su «sembró era indescriptible y completa la 
metamorfosis que había sufrido. De la gloria fué tras - 
ladad® &1 infierno: da usa gloria creada por las ilasio 
nes á uo infierno librado p*r la verdad. 

Queriendo discurrir, pensar y hallar la causa de 
una sorpresa Un incomprensible, paseaba por el salen- 
cito, sin encontrar ideas en su cerebro, sin poder ex- 
plicarse nada de 1© que concluía de presenciar. 

Luego creía ver ks tornantes de la Inquisición j 
hasta el brasero donde qaeojaban á lom reos y andaba 
muy deprisa pretendiendo huir de aquelUs horrores. 

Más tarde se h presentaba la terrible figura del rey 
llamándole c*n gesto airado torpe, imbécil y quedaba 
parado, faltándole el aliento para andar. 

Se hallaba Uceda, poco antes, poderoso, incontras- 
ble y ahora mísero encarcelado. Guando se juzgaba en 
lo más angustioso de su situación oyó descorrer los ce- 
rrojos de su prisién y apareció la disfrazada figura de 
Playiano. 

La puerta volvió á cerrarse y nuestro joven avan- 
zó, mirándose él y el duque con extraña insistencia. 

Porfió, Ozorio, adquiriendo su natural desenvol- 
tura se arrellanó en un sillón, diciendo á Uceda: 
—Sentaos como yo y hablemos. 
— ¿Qaién sois!— preguntó el valido;— esa venera 
que lleváis al cuello sóló indica al familiar, no si ca- 
ballero. 



832 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



—Aquí soy lo que decís, un familiar y como solo» 
aquí estamos deba bastares con eso. 
— ¿Qué pretendéis de mí? 
—Daros un consejo, 
— ¿Quién os lo pide? 

— Vuestra con veniencia y la costumbre de este santo 
lugar. 

—Si me conviene y esa es la costumbre me siento 

y hablad. 

— Duque, sois muy desgraciado y voy á aminorar 
vuestra mala suerte. 

— Si eso es cierto hacedlo, señor familiar. 

—Probaré, señor de Uceda, Me consta qne sólo sois 
un instrumento en el punible atentado que se ha come* 
tido esta noche en la Nunciatura de Madrid. Si os de- 
clarais autor teméis pena de muerte por tratarse nada 
menos que del representante del sum® Pontífice, si de- 
cís la verdad, teniendo en cuenta quien sois y lo que 
merecéis en consideración por vuestro rango y gerar- 
quía, sólo escuchareis una leve reprensión y mañana 
volvereis á vueatro palacio. 

~¿Y qué deducís de todo eso? 

—-Que el instinto de conservación y la rectitud os 
obligan á no mentir en cosa tan grave, á no ser perju- 
ro, á no engañair al tribunal y á decir lisa y llanamen- 
te la verdad. 

— ¿Cuál es la verdad ? 

— Ya os la dije; declarar que sois un instrumento 
que 83 -vió obligado á obedecer á su señor. 
— ¿Quién es mi señor? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



233 



—El rey. 

—¿Yo he de actuar al rey de España. 

— No; sencillamente contestar al tribunal la exacti- 
tud en todo lo que os pregante. 

— Según muestra lógica ese sería el equivaleste á 
lanzar centra el rey una terrible acu* ación. 

—No obrando así, mentís, engañáis, cometéis un 
perjurio, llegando cerno el réprebo desde el tormento 
á la hoguera. 

—Me estáis atormentando, familiar. 

—Os estoy aconsejando bien. 

—Si yo dijera lo que vos queréis que declare, nadie 
podría creerme. 

— Al contrario, todos sabemos que no sois vos el 
que está enamorado de Aliee, sine el rey, y que los 
dos raptos intentadas faer«n por culpa suya, no da tos. 

— íQaián os ha dicho que su majestad se halla ena- 
morado de esa damt ? 

—La escena entre el rey y Flaviano de Oserio en 
la casa frente al alcázar, los dos raptos, la opixsién pú- 
blico y tantas señales, que sería estúpido dudarlo y 
nadie lo da Ja ya. 

— Pues yo os asegero que estoy enamorado de Ali- 
ce y que por esta causa he cometido el rapto. 

— Eso diréis, pero eso no es verdad. Diciendo eso, 
vuestres huea«s crugirán en el tormento, se romperán 
vuestras carnes, crueles dolores os llevarán á la más 
htrrible amargura y terminará ese martirio en un bra- 
sero que convertirá en cenizas vuestra materia, vues- 
tro renombre en baldón y vuestra esposa é hijos que- 



334 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



darán sepultados en la deshonra ó infamad©» por lts 

delites de su padre y esposo. 

—No me dais nn consejo; me condenáis oyéndoos á 
truel tormento. 

-'-Tañed entendido que los clérigos y algunos otros 
de los presos, si no todis, saben la verdad, el tormen- 
to les obligará á que la digan y la contradicción que 
resulte en lo que elles afirmen y lo que vos digáis 01 
lleva al tormento. 

— No ha de ser mayor que este que vos me dais. 

—Lo siento p«r vos. 

— -¿Cuándo se va á reunir el tribunal? 

— Antes de una hora. 

— ¡Si supiera quién órais! 

«—i Estáis decidido á declarar que tois vos el autor 

del repto? 
-Sí. 

—¿Es inquebrantable vuestra resolución! 
—Inquebrantable. 

— Entonces v#y á decires quien soy. 
—Os lo agradeceré. 

— Oídme. Soy un hombre que debe cuanto es al más 
noble y generoso da los seres que nacieron hasta aho- 
ra, al duque del Imperio, y he jurado defender todo lo 
que l#s Oáorios defiendan y atacar basta morir tsdo lo 
que eites ataquen. Podéis mirar <m mí un Otoño ctn 
ta^ía entereza, con tanfo valor y con más decisión, si 
cabe que los Oíorits. Vais á saber lo que llevo hecho 
contra vos en far*r de ellos. Os rcbé vuestra hija. 
Puse en libertad á los cinco secuestradoras intrumen- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



335 



tos mí«s que vos mandásteis prender. Esa misma no- 
che salvé la vida á Julio da Silva, que es otro Oiorio 
con apellido distinto. Derribé á Bermúdez y maté á va- 
rios de los que le acampanaban. Me tomaron por cu- 
rial, porque me vi en la necesidad de adoptar ese traje 
para entrar en la cárcel y no tuve tiempo de cambiar- 
lo. Y cen el mismo referido traje y en cnanto concluí 
aquella escena de sangre y muerte, os sorprendí al salir 
de la casa de vuestra manceba, sepultándoos en su ca- 
labozo y teniéndoos en él el mismo tiempo y de la mis- 
ma manera que vos tuvisteis á los cinco que escondió 
ron en la cárcel por sospechas de que eran los secues- 
tradores de vuestra hija; yo mandé la llave del sótano 
al rey y le dirigí la carta que os leería. Maté á Mag- 
dalena y su cómplice por ser los asesinos de Flaviano 
de Oscrio y recogí el bolsillo ileno de oro que vos le 
mandásteis. Muerto Osorio, le reemplacé hasta ena 
morarme de Alice y defenderla como yo puedo hacerlo. 
Descabri vuestra intención de robarla y entré de cria- 
do en la Nunciatura para defenderla y proporcionaros, 
en unión coa el rey, el ridiculo y el fiasco más com- 
pletos que pueden hacer dos hombres, á vos no os c$s- 
tó la vida por milagro de Dios, y el rey empañó su 
nombre y fama y trituré sa corazén más de lo que pu- 
diérais suponer antes de ocurrir. En cama y postrado, 
gané á vuestra manceba y la eché de España, dándo- 
le ks dos bolsillos que tenia vuestros, el que mandás- 
teis á Magdalena y el que entregaron al portero de la 
Nunciatura; es decir, que os batí con vuestras armas, 
ganando aquella débil mujer con vuestro dinero. Soy 



336 



LOS HÉROE» DEL SIGLO XVII 



el Santi agüista que mató á Ca'eegnac, de cayo acto os 
habrán dado noticia; y la enfermedad que padece su 
cómplice el barón de la Terraza, la motiva una sustan- 
cia que le di á oler cnando él no pudo imaginarlo ni 
aun fijarse en ir í. Por último, descubrí vuestro inten- 
to de esta noche, y os ayudé á realizarlo para que tu- 
viera el desenlace que ya tocáis. He sido y seré vues- 
tra sombra; n© daréis paso que yo no espíe, y así con- 
tinuaré hasta que me canse de ves y os mate, para lo 
cual me basta mi solo aliento. 

Aturdido, confuso y can ojos espantados lo miraba 
el favorito, queriendo ver en aquel hombre frío y se- 
reno al mismo demonio convertido en sér humano» 
Era tal su pavura, su miedo á Osario, que ni aun do 
frente se atrevía á mirarlo. 

Cuando calmaron en parte las profundas y per- 
turbadoras impresiones que acababa de recibir, ex- 
clamó : 

— Creo qu8 acabáis de decirme y lo doy por hecho 
que el infierno sintetizado en vos defiende á los Osorio 
y los Sdva. 

— Na tiene Satanás poder bastante, duque de Uce- 
da; es la Providencia que se ha puesto de parte de la 
justicia, miserable raptor, cobarde asesino. 

—Si me perdonáis, si es penéis de mi parte, os ofrez- 
co to ?o cuanto queráis y pusda yo dares. 

— Uceda, no os hagáis ilusiones, camináis en direc- 
ción del brasero, donde arderán vuestras carnes si an- 
tes no os mato yo. 

—Hombre cruel, funesto, terrible, ¿qué os propo- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



387 



neis con vuestro relato de esta noche, después de lo 
que hacísteis antes centra mi? 

— ¿No lo adivináis? 

— Imposible. 

— Os lo voy á decir, duque. Declarando vos que es- 
tais enamorado de Al ice, y que sois el autor del rapto, 
no os puede dar tormento la Inquisición. Deducid la 
consecuencia. 

— No la veo. 

— ¡Torpe, que os estoy yo dando el tormento que 
debía daros el Santo Oficio! 

— ¡Es verdad! ¡Y no lo había comprendido! ¿Por qué 
usáis conmigo una saña que no tiene ejemplo en el 
mundo? 

— Porque la merecéis. 

— ¿Qué vais ganando, familiar? 

— La satisfacción de ser justo con vos, como lo soy 
con el resto de la humanidad. * 

— ¡En mal hora conocí á los Osorios y á los Silvas; 
en hora aciaga, para mí viniste al mundo, familiar! 

— ¡En hora fatal para los españoles nacisteis vos, 
favorito de Felipe III, en hora plácida y dichosa os 
arrancaré la vida! Decid que sois vos el verdadero 
raptor de Alice, de esa manera recibiréis el anatema 
en la excomunión del papa, de ese modo tendré pre - 
texto para mataros. 

—No puedo evitarlo, no. 

— ¡La ambición os llevó al crimen, la misma os con- 
ducirá al sepulcro! 

— ¡Tan dichoso ayer y tan desgraciado boy! 

TOMO X 43 



338 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Ya tenéis bastaste, os dejo. 

—¡Id con Dios, ariete destructor, guadaña segadora! 
Flaviano se había levantado, dió un golpecito en la 
puerta de salida, abrieron y desapareció de allí, vol- 
viendo á cerrar la puerta. 

Qaedaba el da que solo, y tan abrumado y afligido 
per el tormento que acababa de darle Osorio, que sólo 
acertó á exclamar: 

— jQoién será ese hombre? Su mirada abrasa, su ac- 
titud impone y sus frases llegan al corazón, como go- 
tas de plomo derretido. Le echábamos la cuipa á Oso- 
rio, y no era él, sino ese mónstruo que hiere con el 
fuego de sus ojos. ¡Cuánto daño nos ha heoho! Tiem- 
blo al pensar en él; la sola idea de qu3 existe me ate- 
rra. Domina con la acción, cen la mirada, con sus 
frases... ¡Si yo pudiera saber quién es! 

Volvió á abrirse la puerta de su prisión, y un en- 
lutado carcelero le dijo á media voz: 

— El Santo Tribunal os llama, seguidme. 
El duque tembló, pero disimulando la impresión 
que acababa de recibir, se puso en pie y anduvo en pos 
de su carcelero. De pronto se detuvo, preguntándole: 

— ¿Quién es el familiar que estuvo á visitarme? Os 
ruego me lo digáis? 

Nada contestó el enlutado, pero la voz de un fa- 
miliar que iba detrás de él, al cual no había visto Uce- 
da, le eijo quedo: 

—Habéis hablado en vuestra prisión con la justicia. 
No tiene otro nombre, ni volváis á preguntar nada; los 
reos s*!o pueden contestar en esta santa mansión. 



LOS HÉEOES DEL SiOLO XVII 



339 



Lo llevaren ante el tribunal, compuesto esta noche 
de todos los inquisidores, dos notarios y dos familiares 
que estaban de pie, junto á la puerta de salida. 

A Jas pregantas que un inquisidor le hizo, .contestó 
el duque confirmando cuanto el tribunal sabía ja, aña- 
diendo que él solo era el causante de aquel rapto por 
hallarse loco de amor por la bella Alice. 

Con eso terminó el interrogatorio, y Uceda fué 
trasladado á su prisión, sin que por aquella noche le 
Tolvieran á molestar. 

Después uno por uno declararon los trece restan- 
tes. Todos dijeron la verdad, á excepción de los dos 
clérigos, pero los llevaron al tormentt, y en ól confe- 
saron cuanto habían hecho. 

A las cinco de la madrugada se retiraron los in • 
quisidores y los que solo habían ido para prestar aquel 
servicio extraordinario. 

El favorito se acostó, mas no pudo dormir; las 
palabras y figura de Oóoiío lo desvelaron por comple- 
to. ¡Cuánto le habían hecho sufrir y como laceró su al- 
ma, depositando el miedo, la aflicción y la amargura 
de su corazón! 

Ahora trasladémonos al real alcázar. 

Al día siguiente, desde muy temprano aguardaba 
en una antecámara de palacio á que el rey lo recibie- 
ra, el confidente del duque de Uceda. Dijo á Un que 
estaban de servicio que un acontecimiento gravísimo 
ocurrido la noche anterior al valido, le obligaba á po - 
serlo en comunicación de su majestad lo antes posible. 
Manifestó quién era, varios da la servidumbre le co- 



340 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



nocían, y peco después de levantarse don Felipe le 
participaren la llegada y pretensión del confidente. 

El rey, que temía alguna desgracia, fundado en la 
ausencia. y silencio de su favorito, hiz$ entrar al con- 
fidente, preguntándole con viveza. 

— ¿Qué acontece, quó le ocarre al duque de Uceda? 

— Señor, fuá conducido anoche á la Inquisición con 
todos los que le acompañaban; solo yo que también 
estaba con él) logré evadirme, saltando tapias. . 

— ¡En la Inquisición! 

— Sí, señor. 

— Cuenta todo lo que sepas. 
Así lo hizo el confidente, quedando el rey sorpren- 
dido y vacilante. 

— Cuántas imprudencias habréis cometido, — excla- 
mó Felipe. 

— Señor, permítame vuestra majestad manifieste que 
fué una sorpresa inesperada, cuj a causa desconocemos 
iodos. 

— ¡Qué conflicto! Ta que tú has logrado evadirte, 
ocúltate por algún tiempo hasta que yo conozca la cau- 
sa que hubo para la prisión del duque, y lo libre, si lo 
merece, de la terrible situación en que los aconteci- 
mientos lo han eslocado. 

Salió el confidente, y el rey se dejó caer sobre un 
sillón abrumado per el enorme peso de un aconteci- 
miento que , destrozaba su espíritu en estos instantes. 

Después de meditar media hora mandó llamar con 
teda urgencia al inquisidor general. 

Dos horas tardó en presentarse en la cámara el 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



341 



personaje á quien esperaba. Fste disculpó el retraso, 
manifestando al monarca que no se hallaba en *u mo- 
rada cuando le llevaron la orden, y por esta cansa di- 
lató su presencia. Después quedó esperando á que el 
rey le pregunt-w. 

Din Felipe vacilaba, pero hubo de adoptar una 
idea, y pregunta con relación al inquisidor: 

—¿Qué le ha ocurrido á mi primer secretario el du- 
que de Uceda? 

— Señer,— contestó el prelada: — según resulta del 
expediente instruido anoche, declara el señor duque 
que enamorado da uaa pupila del Nuncio de Su Santi- 
dad, intentó aobarla, valiéndose de cómplices que hi- 
cieron una mina, penetraron por ella en la Nunoiatarg, 
narcotizaren al representante del papa y á tod«s los 
individuos de su familia y c*metieron el rapto, si°nda 
cogidos en el momento de huir con la robada. 

— jQaióa los «sorprendió? 

—El Santo OScio. 

— ¿En virtud de denuncia? 

— Sí, señor. 

— ¿Puedo yo saber quién fué el denunciador? 
— Nos está prohibido decirlo, señor. 
El rey meditó algán tieoapo, diciendo luegó al in- 
quisidor: 

— Víctima de una pasión á que está expuesto todo 
misero mortal, pudo muy bien cometer un delito ó fal- 
ta grave el señsr duque da üceda. Casos como ese so 
ven tados los días. Per® habiendo evitado la Inquisi- 
ción que el hecho se consumara, devuelta la joven al 



342 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Nuncio y sin ninguna consecuencia funesta para ella,, 
el asunto pierde casi toda su importancia, y empiezo 
por rogar al tribunal tenga con el duque todas las con- 
sideraciones que merece un hombre de su mérito, de 
su jerarquía social y de ser la primera falta que come- 
te. Se trata además de un primer secretario, del cual 
no puedo prescindir sin perjudicar mucho la buena ad- 
ministración y el mejor gobierna del Estado; panedlo 
en libertad, continuando el sumario con la lentitud qne 
merece un asunto de esa importancia. 

— Señor, el expediente quedó terminado anoche. 

— ¿Habéis sentenciudo por ventura? 

— Es lo único que falta. Teníamos necesidad do oir 
antes al Nuncio de Su Santidad; vengo de visitarle, 
como Inquisidor general, y hoy mismo puede dictarse 
la sentencia. 

— Gran prisa os disteis. 

— Señor, todcs se hallan convictos y confesos, y 
bien comprende vu*stra majestad que tratándose del 
representante del Sumo Pontífice toda dilación en nos- 
otros seria ofensiva y digna de severa amonestación 
por parte del jefe de la iglesia. 

— ¿Qué @s ha dicho el Nuncio? 

— Que se muestra parte en la sumaria y pide el cas- 
tigo para los delincuentas sin consideración á clases ni 
categorías. 

—Sí, esti reciente él hecho j m halla msy ofendi- 
do, pero se le darán cuantas satisfacciones pida, con 
este le calmaremos y terminará este asunto sin pro- 
mover un escándalo que á t©¿ks nos perjudica y á ta- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



343 



dos conviene acabe de una manera prudente y acer- 
tada. 

— Señor, hice al Nuncio toda clase de reflexión, in- 
tenté calmar su justo enejo, pero nada conseguí; quie- 
re ante todo el castigo de les culpable», pide justicia y 
el tribunal no encuentra medio hábil de negársela. 

— Le que ye os propongo es más prudente, más dis- 
creto y está más en armonía con vuestra misión, cuyo 
desempeño debe aparecer siempre templado por la ca- 
ridad cristiana y per la conveniencia del reino. Os lo 
pida además el rey y si es necesario os lo manda. 

— ¡Con qué placer obedeceríamos á vuestra majes- 
tad sí nos fuera posible hacerlo! ¡Pero no veo el me- 
dio, señor! 

Don Felipe deseaba salvar á todo trance á su favo- 
rite, entre otras muchas razones per la generosidad y 
afecto que demostró al rey declarándose autor de un 
delito que no había cometido, de que era único cau- 
sante el mismo monarca. Comprendió desde luego la 
gravedad dal caso y la decisión del inquisidor de aten- 
der la denuncia del Nuncio, p gando por escima de sus 
ruegos y mandatos, y concibié la idea do sobreponerse 
á todos y llegar hasta el atropello antes que tolerar 
una sentencia que condenase á su privado. 

—Inquisidor, — exclamó don Felipe con imperio,— es 
indispensable que busquéis ese medio y lo llevéis inme- 
diatamente á la práctica. 

— Señor, lo he buscado, pero tengo el dolor de ma- 
nifestar á vuestra majestad, que no lo vao, que no 
existe. 



344 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Pues es necesario hallarla, de h contrario, encar- 
garé hoy al corregidor de Madrid, ponga en libertad y 
me traiga á mi primer secretario, al cual necesito para 
que procure el bien y la salad del reino. 

— ¡Ah, señor, el brazo seglar no tiene entrada en la 
Inquisición, hasta tanto que el tribunal falla y le entre- 
ga los reos, para que se cumpla la sentencia que me- 
recieron! 

— Si cerráis la puerta á tan respetable autoridad, le 
»6guirá un tercio, que sabe abrir haBta la de los casti- 
llos inexpugnables. 

— Semejante atropello, profanaoión tan grande, pro- 
duciría males sin cuento. 

— Porque quiero evitarlas, y porque anhelo obrar 
con la prudencia y discreción conveniente, os aconsejo 
dejéis en libertad al duque de Uceda, sin perjuicio de 
terminar, con la lentitud que tan grave asunto requie- 
re la causa qne le estáis formando. 

—Señor, ya expuse á vuestra majestad respetuosa- 
mente lo que debía, respecto ai cumplimiento de su 
voluntad. Réstame ahora reunir el tribuna!, manifes 
tarle los deseos é intenciones de vuestra majestad, y 
que él decida lo más justo y conveniente. Bien com- 
prendereis, señsr, qua yo no tengo potestad bastante pa- 
ra realizar el acto que pedís. 

— Está bien; inquisidor; pero tened entendido que si 
antes que llegue la noche no ha venido Uceda á des- 
empeñar la alta misión que le tengo confiada, inmedia- 
tamente pasará el corregidor á los calabazos de la In- 
quisición, y solo ó acompañado, arrancará de ellos al 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



315 



duque, para traerlo á mi presencia. Debo anteponer la 
«alud de la patria, á la terquedad de un tribunal, y 
obraré en esta ocasión con toda la energía que las cir- 
cunstancias me imponen. 

— Señor, bien comprende vuestra majestad, que el 
servicia de Dios, se antepone á todo en la tierra; si 
vuestra majestad, que tiene poder de sobra para atro- 
pellar el Santo Oficio, ordena una humillación para la 
Iglesia, y una injusticia para mis representantes, el es- 
cándala asombrará al mundo, y lai desdichas pasarán 
«obre nosotros , cora© pesada losa de mármol. 

—No me extraña que el prelado defienda su causa 
con ese ardor, mas como y© no puedo gobernar bien 
mis estados ccn rémoras que inutilizan mi acción, tengo 
que defender mis derechos, y en verdad que no dejaré 
de hacerlo. 

— ¿Me permite vuestra majestad que me retire? 
— Si vuestro talento y sabiduría no hallan un medio 
de evitar los males que teméis; sino podemos entender- 
nos, retiraos, inquisidor, y que Dios Naestro Señor os 
inspire el acierto que tan necesitado os halláis. 

El prelado le hizo una reverencia, y anduvo hacia 
atrás hasta que salió de la cámara. Daspués irguió la 
cabeza, y más grave y severo que nunca, faá cruzando 
salones hasta llegar á su carruaje, que le esperaba á la 
puerta del alcázar. 

Flaviano había logrado poner frente á la regia vo- 
luntad todo el poder de la Inquisición. 

Nuestro joven no tardó en saber p$r la duquesa de 
los Andes cuanto habían hablado don Felipe y el in-< 

TOMO I 41 



340 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



quisidor de Madrid. El cenflicto en que había colocado 
á don Felipe era tsn grande que debía conducirlo á 
una desgracia inevitable. 

Como chispa eléctrica cerrió per Madrid la notioia 
y no hubo católico alguno que no empezara á ver en 
la conducta del monarca una insensata arbitrariedad 
irritante. 

Don Felipe se estaba condenando á un aislamiento 
funesto y cada hora que trascurría aumentaba su des- 
prestigio, creciendo cerno la bila de nieve. 

El Inquisidor general reunió á todos sus compañe- 
ros, explicóles lo que el rey deseaba, ctnviniend© todos 
por unanimidad y casi sin debate qae era imposible 
complacer al rey sin atrepellar á la justicia y anular 
los fueros del primer tribunal de la nación. Acordaren 
en consecuencia sostener cuanto el Inquisidor general 
había dicho en la regia cámara. 

Después se retiraron á sus casan, dando orden de 
que no se abriese á nadie las puertas de la Inquisición 
sin orden expresa del tribunal. 

El monarca esperó el anochecido, y viendo qae 
continuaba preso su favorita, mandó llamar al corre- 
gidor de Madrid, el cual se presentó en la cámara me- 
dia hera después. 

— Corregidor,— le dijo, — por una de e?as faltas tan 
comunes en la falibilidad hemana osó el tribunal de la 
Inquisición prender si duque de Uceda; lo he reclama- 
do y me ban desobedecido. Te mando lo saques esta 
coche de su calabozo y lo traigas á mi presencia. Si 
no basta con tu autoridad y la fuerza de que dispenes. 



LOS HÉROBS DEL SIGLO XVII 



347 



que te acempañe uno de mis tercies y cumple mi vo- 
luntad que es la primera del reino. 

— Señor, contestó el corregidor,— lo avanzado de 
mi edad, mis achaques, que son muchos, y un caso de 
conciencia, de que no me os dado prescindir, me obli- 
gan á elevar respetuosamente hasta vuestra majestad 
la dimisión del cargo que desempeño. Dígnese vuestra 
majestad aceptarla, en lo cual recibirá honra y gracia 
el más humilde de vuestros servidores. 

Con semblante adusto le preguntó el monarca: 

—¿También tú me abandonas? 

— Señor, este pobre vieje no sirve ya para otra cosa 
que para procurar la salvación de su alma. Note vues- 
tra majestad que se halla mny cerca de tener que dar 
cuenta á Dios de los actcs que practicó en la tierra. 

—No es eso, corregidor, es que te niegas á entrar 
en la Inquisición concediéndole más poder que el que 
tiene tu rey. 

— Suplico á vuestra majestad se digne aceptar mi 
dimisión y relevarme de en cargo superior á mis dé- 
biles fuerzas. 

— ¿Y si por desobediencia te mando encerrar en un 
calabozo? 

— Señor, me he concretado á renunciar un cargo 
anhelado por muche s y que á mí no me es posible con - 
tiau&r desempeñando por las razones que he tenido el 
hoü«r de exponer; más si esto cree vuestra majestad 
que constituye falta ó delito, dispuesto me hallo á obe- 
decer á vue&tra majestad, y sepultado en un calabozo 
sufrir en él mi desgraciada suerte, dando gracias á 



348 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Dios por el nuevo medio que me proporciona do depu- 
rar mi alma y hacerme digno de su misericordia. 

— ¿Es irrevocable tu resolución? 

— Es tan grande, tan fija, tan profunda como mi 
creencia en la bondad de Dios. 

— ¿Y si sólo te relevo del cumplimiento de la orden 
que te he dado antee? 

v— Entonces, señor, continuaré al fr¿nte del corregi- 
miento de Madrid, si vuestra majestad me lo ordena, 
rogándole piense para el porvenir en otro hombre más 
joven y menos achacoso que yo. 

— Está bien. Retírate, continuando de corregidor 
hasta que yo disponga otra cosa. 

Salió la autoridad de la real címara, y don Felipe 
mandó llamar al maestre de campo don Valentín Gu- 
tiérrez. 

A las nueve de la noche se presentó el maestre en 
la cámara, esperando á que el rey le preguntase. 

—Dice vuestra fama, Gutiérrez,— exclamó el monar- 
ca, — que ere* na militar valiente, y tan temerario que 
llegastes siempre el primero. 

— Nunc* me gustó qaeiarme atrás, señor; en la 
guerra se debe ir siempre delante cuando el enemigo 
está enfrente. 

— Caentan que tu audacia no tiene rival. 

— Procuro, señor, servir á mi patria y á mi rey lo 
mejor posibje. 

— Te voy á exigir una prueba. 

— Soy leal servidor de vuestra majestad. 

— Veámoslo: al fíente de tu tercio vas á la Inquisi- 



LOS H&&OB8 DEL SIGLO 2TII 



349 



ción, entras en ella, aun cuando quieran abrirte lss 
puertas y me traes al duque de Uoeda que retienen allí 
contra mi voluntad y por una falta leve que no ha pro- 
ducid» consecuencia alguna funesta. 

— Yo me atrevo á todo, señor, por servir á vuestra 
majestad, menos á faltar á la religión de mis padres, 
que es la mía. En ese edificio no hay exposición algu- 
na material, sólo hallaría una resistencia pasiva que no 
ofrece mérito alguno vencer; pero es una profanación 
que puede perder mi alma, y esta es de Dios. 

— La responsabilidad caerá teda sobre mí. 

— Permitidme, señor, exponga á vuestra majestad 
con la ruda franqueza de un soldado, que me atrevo 
con sólo mi tercio á tomar uu fuerte defendido por 
dcble número de hombres de los que yo llevo. Esto lo 
haré con mucho gufeto; esto lo hice ya, pero mi con- 
ciencia me impide pasar por encima de un tribunal 
religioso que pueda excomulgarme y perder mi alma. 

— Gutiérrez, me he propuesto sólo poner á prueba 
tu audacia; logré mi objeto y puedes retirarte, pues no 
tengo nada más que decirte. 

Salió el maestre, quedando el rey tan abrumado y 
confuso que en los primeros momentts no se atrevió á 
decidir nada. Veía quebrantada su autoridad y empe- 
zaba á comprender que era ya víctima de una pasión 
bastarda que lentamente lo iba sumergiendo en una 
gran desventura. 

Guando se hubo repuesto algo de los golpes que 
acababa de recibir, fué llamando una por una á cin- 
co autoridades, las que con el mayor respeto y consi- 



350 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



deración se negaron á realizar el atropello que les or- 
denaba. 

A media noche buscó el lecho, abrumad» p«r una 
amargura que torturaba su alma con incansable em- 
peño. 

Darmió algunas hora» y discurrió muchf , pero sin 
conseguir resolver el problema que el destino le 
ofrecía. 

Mientras esto ocurría en el real alcázar, el Nun - 
ció hacía también algo por su parte. Reunió en su pa- 
lacio á todas las autoridades de la iglesia residentes en 
Madrid y después de referirlas minuciosamente los 
acontecimientos de la noche anterior, les preguntó en 
nombre del Sumo Pontifica si se hallaban dispuestos A 
obedecerle. 

Los allí reunidos le contestaron sin vacilar, que 
sí. Obtenida esta afirmativa, exclamó el prelado: 

— Me complace vuestra decisión, digna de tan san- 
tos varones. Si la autoridad real que tedas respetamos, 
atropella los fueros del Santo Tribunal de la Inquisición 
y abre sus puertas con el derecho de la fuerza, para 
cometer luego una doble injusticia, un inaudito des- 
afuero, todas las puertas de los templos se cerrarán 
para no volverse Abrir, ínterin no impere la justicia 
en donde más debiera resplandecer. Si se ofend eá la 
religión cristiana, y Satanás se apodera del hombre, 
nuestra misión ctmo apóstoles nos impone el ineludi- 
ble deber de defenderla, imitando la admirable con- 
ducta de los mártires de la iglesia. 

Otra afirmación corrió de labio en labio, afiadien - 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVII 



35t 



do uno de los presentes que ofrecería hasta su vida per 
«1 triunfo de la santa eausa que iban á defender. 

Puestos de acuerdo después sobre o tres extremes 
de menor importancia, se fueron retirando compro- 
metidos y dispuestos á obedecer todas las órdenes que 
recibieron del respetable Nuncio. 

Cuando el prelado se halló solo, buscó á Flaviano, 
que se encontraba en la habitación contigua, pregus- 
tándole: 

— ¿Qué te propines tú, diablo, con cara de ángel? 
—Ya lo veis, dejar en el lugar que se merece la po- 
testad sacerdotal. 

— ¿Oísteis lo ocurrido? 
— Tado. 

~¿Qaé va á suceder? 

— S¿ñor arzobispo, el único poder capaz de luchar 
frente á frente c<m la majestad de la tierra es el vues- 
tro, el de la iglesia, los he puesto frente á frente, y 
venceremos, no lo dudéis. 

— Esa funesta pasión del rej nos ha proporcionado 
un grave conflicto. 

— Peor para él; sucumbirá, mientras que al vencer 
nosotros, tendremos la gloria de haber defendido la vir- 
tud, la justicia y la religión. 

—Flaviano, os voy á hacer una pregunta, y desea- 
ría me contestáseis con la mayor sinceridad. ¿Me 
lo ofrecéis? 

—Preguntad, señor. 

— Ama vuestro corazón á la bella Alice. 

— Señor arzobispo, si antes de defender la pureza y 



352 



LOS HÉROES BEL SIGLO XVII 



castidad de vuestra protegida hubiera sentido por ella 
mi alma el st pl© de esa pasión egoísta, la hubiera, 
limpiad® de ella en el momento que empecé á defender 
la inocencia j castidad de la hermosa napolitana. H& 
querido y quiero que mis sacrificio* por ella sean no- 
bles , generosos, desinterados, y esto no se consigue 
nunca cuando los inspira una pasión amorosa. Señor 
Nuncio, disponed su toda para mañana con un hom- 
bre digno de ella, yo seré su padrino. 
— 4L0 decís de veras, Flaviano? 

— Con la seguridad de la más profunda fé; con la de- 
cisión más- completa. 

— ¿Es que ella os ama ciegamente? 

— Es que yo no puedo evitar eso, señor arzobispo; 
tólo me es dado no amarla, y no la amo. 

—Si ella supiera eso, moriría de dolor. 

—No le he dado motivo para que crea lo con* 
trario. 

— Es verdad, pero hacéis cosas por ella, que solo r n 
enamorado. 

— Vos no sois un sór vulgar, señor prelado, y com- 
prendereis fácilmente que hombres como yo se sacri- 
fican noble y generosamente por el triunfo de la virtud, 
por su honor, ó no se sacrifican por nadie ni por 
nada. 

— \Q\x6 idea tan extremadamente caballerosa! 
— Yo no puedo tenerlas de otra manera. 

— Contiene, amigo mío, que ella ignore vuestra fal- 
ta de amor. 

— Yo no puedo decirla nada, pero me alegraría que 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



353 



lo supiera. ¿Oreéis por ventara que Alice es tan egoís- 
ta que ye más alto mi amor hacia ella, que mi caballe- 
rosidad é hidalguía? Si así fuese, no merecía mi de- 
fensa. 

— Es tan elavado vuestro proceder, que pudiera no 
comprenderlo la ignorancia y debilidad de una mujer. 

—Siento deciros, mi querido señor, que Alice ni es 
débil, ni es ignorante. 

—¿Imagináis que comprende lo que acabáis de de - 
cirme? 

— Tengo seguridad absoluta de que lo da por hecbo. 

— ¿Qué espera entonces en el mundo? 

— Lo que todos, aquel que desea una cosa difícil, 
conseguirlo más adelante, si Dios le concede la gracia 
que le pide. 

— ¿Creéis que se la otorgará? 

—Pudiera ser, pero no ofrece seguridad ninguna. 

— Hay algo, Flaviano, escondido en ese corazón de 
diamante. Algo más debe esperar mi pupila de vos de 
lo que hoy le concedéis. 

—Mi corazón, señor arzobispo, que es de la misma 
materia que el vuestro, se diferencia, sin embargo, de 
casi todos los demás en que sucumbe siempre á los em- 
bates de mi voluntad, y no quiere otra cosa que aque- 
llo que ella la impone. 

— Como siempre, me está complaciendo ahora cono- 
cer vaestros pensamientos, vuestras ideas, vuestro mo - 
do de discurrir; sois muy netable, Flaviano, tan nota- 
ble, que os admiro más aún de lo que vos podéis su- 
poner. 

TOMO I 45 



354 



LOS HÉROES DEL SIGLO YVII 



— Gracia», por la lisonja. 

—He dicho la verdad, y no completa, que si de li- 
sonjearos se tratara, no hallaría frases con que enco- 
miar lo que ves valéis, 

— Con el narcótico que consentí os dieran anoahe, 
aumentó es extremo vuestra bondad, señor. 

—¡El narcótico! Precisa fué vuestra sangre fría y 
el predominio de que me hablábais ante* para tolerarlo. 

— Era indispensable, señor; y ante la necesidad aho- 
gué mi deseo, para cumplir un deber ineludible. 

—¿Qué intentará el rey, viendo que no le obedecen 
en su descabellado propósito? 

— ¿Variáis de conversación? Me complace que así 
sea. Si don Felipe pudiera dar ñu de todos nosotros, 
tan ofuscado se halla, que lo haría; pero hemos que- 
brantado su autoridad, lo aislamos; y no le queda otro 
remedio que transigir. 

Ambos ccntixmaron hablando hasta que llegó el du- 
que del Imperio, y íes participó que los tercios de Ma- 
drid opinaban como el clero, qae á la grandeza y l«s 
nebíes le sucedía lo mismo, y tanto murmuraba el pue- 
blo, que era una rebelión. 

El conflicto, como se ve, aumentaba* y satisfecho 
FJaviano de su obra, sonreía, exclamando para sí: 

—No hay poder en la tierra que no se quiebre á los 
golpes del ingenio humano. Solo el de Dios es incon- 
trastable, y hacen muy mal los hombres, sean reyes, 
gr ardes ó poderosos, en pretender imponer su voluntad 
sin sojetar ésta á la razón, á la justicia, y cuando me- 
nos á la légica. La mísera condición humana, alcanza 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



355 



desde el más pequeño hasta el más grande de la tierra. 
jAsí lo disputo la Providencia y asi continuará siendo 
eternamente!... 

Flaviano continuó meditando sobre el mismo asun- 
to, sin demostrar vanidad, orgullo, ni otra cosa que la 
satiifacción de sí propio, no por lo mucho que valía, 
sino por lo justo de la causa que estaba patrocinando. 



CAPITULO XVII 



Lo» regios esposos.— El monarca y el arzobispo de Toledo. — E* 
Santo y el pecador.— Coa festón — Verdadero arrepentimiento. 



Flaviano de Osorit, muerto para el rey y vivo 
para sus parientes y amigos sostuvo una lucha titánica 
con don Felipe, con su favorito Uceda y parciales 6 
mercenarios, en la cual demostró gran entendimiento, 
mucha sabiduría, más talento que su mismo padre y 
un valor y destreza en la pelea que le hubieran envi- 
diado los Invencibles, 

Después que hubo patentizado lo mucho que valia, 
dió tregua á sus afanes, encerró en los calabozos del 
Santo Oficio á su mortal enemigo ol poderoso duque 
de Uceda, y dejó el poder real frente al de la Inquisi- 
ción, en lucha el uno con el otro, suponiendo que el 
rey tenia de sobra con el segundo para quebrantarle el 
primero. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



357 



Hecho esto, quedó nuestro joven tan tranquilo co- 
mo si nada ocurriese. 

Parecía leer en lo porvenir. 

Sepamos si á don Felipe le sucedía lo mismo. 

Paseaba el rey por sus habitaciones del alcázar, 
queriendo arrancar de su mente una idea que debía 
atormentarle día y noche. 

No se explicaba, no podía comprender la causa de 
la desobediencia á sus mandatos del maestre de campo, 
del corregidor y de todos aquellos á quienes pretendió 
confiar la salvación y libertad de su valido. £1 tan de- 
voto, tan pío, casi tan fanático en asan tos religiosos 
no quería comprender que hubiera un súbdito que an- 
tepusiera sus creencias religiosas al mandato real si 
éste se presentaba en contradicción con aquél. 

Lo expuesto hacía sufrir al monarca más que el 
tormento de la argolla á los infelices que se lo aplica- 
ban en la Inquisición. 

Flaviano lo comprendía así, conocía mejor que el 
rey el fanatismo da su época y por esta causa se en- 
tregaba al quietismo y á la tranquilidad del que nada 
teme. 

Sigamos junto al rey y sabremos lo que va á ocu- 
rrir en su cámara. 

Continuaba paseando, se retrataba en su rostro el 
enojo y la ira comprimida y su casi siempre sereno 
rostro tenía ahora un tinte de carmín que demostraba 
el mucho calor de su sangre. 

De pronto se detuvo. Había oído el suave roce de 
un vestido de seda y quedó frente á una puerta lateral, 



358 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



en cujos umbrales apareció la reina, grave 7 severa 
como nunca. 

— Deseo hablarte, Felipe, — le dijo. 

— Di lo que quieras, — le contestó su marido acer- 
cándose á ella. 

— ¿Qué desea*? — añadió. 

— (Sabes todo lo que ocurre, Felipe? 

—No sé á qué te refieres, Margarita. 

— A la Inquisición, al duque de Uceda, á los minis- 
tros del Señor, al Padre Santo y á tí. 

— ¿Qué acontece? 

— Lo más grave que puede suceder á un rey. 
— Explícate. 

— Prendió la Santa Inquisición al duque de Uceda 
y á varios de sus cómplices con sobrado fundamento..» 

—¿Quiénes dicen eso, Margarita? 
Le interrumpió el rey con ira. Sin descomponerse 
la reina, le contestó: 

— Lo dice, tu tío Julio, el Santo, por las calles todo 
el mundo; en el alcázar nuestra servidumbre y yo. 

— |Tú! 

—Sí; como tú de negar lo que es cierto. 
Felipe meditó, preguntándole después: 
— ¿Sólo eso tenéis que decirme? 
— No, apenas empecé. 
— Pues acaba. 

— Eso es largo, pero seguiré. 
— Abrevia. 

—Todo lo que sea posible; solo eso. 
— Esousemos digresiones. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Dicen, además, que si á la Inquisición se le impi- 
de ejercer su acción sobre el delincuente duque de Uc¿» 
da, tedas las iglesias de Madrid cerrarán sus puertas, 
luego las restantes de España, y esa actitud severa y 
gravísima terminará ce n una excomunión mayor. 

— |A quién excomulgarán! 
—A tí. 

— ¡A mí! ¡Qaién le atrevería! 
—El Padre Santo. 

— Estás delirando, Margarita. 
— Te acabo de decir la verdad. 
— Concluye. 

— Bien comprenderás que si llega ese caso, yo no 
podré seguir partiendo el lecho con na maldito de 
Dios. 

—¿Qué estás diciendo, Margarita? ¡Excomulgads yo: 
maldito! eso no puede ser. 

— No deba ger, y te lo anuncio para que lo evites. 

—Sí,— murmuró Felipe pasesndo y como si hablara 
consigo mismo,— lo evitaré. ¿Pero U esnsta que eso 
es cierto! 

—Sí, Felipe. 

— ¿Quién te lo dijo? . 

— Varios, uno de ellos el Santo. 

— ¡Julio! 

— Sí, tu tío Julio. 
—¿Qué «e proponen esos hambres! 
—¿Qué te propones tú, esposa? 
—Yo, nada; salvar á un servidor que fué siempre 
leal. 



360 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Ctntra la Inquisición? 

— Margarita, no puedo haber en mis reinos ningún 
poder superior al mío. 

—El de Dios, representado por sus ministro*; el de 
la justicia ante la cual debemos inclinarnos. 

Felipe se detuvo dos minutos 7 de pronto principió 
á andar de nuevo tornando á murmurar: 

— El de Dios; el poder de Dios. Eso es superior al 
de todos los monarcas. 

— Cierto, rey de España. 

— Muy bien, lo evitaré. ¿Querías algo más? 

—No; entra en el buen camino, Felipe, y que Dios 
nuestro Señor te proteja ó inspire, 

Y salió la reina sin que su esposo le contestara ni 
diera señales de que se había apercibido de su salida. 

Quedaba nervioso, agitado y como descompuesto 
su cerebro. 

La reina había logrado su objeto; el león quedaba 
sujeto á la cadena de uua idea que debía anular su an- 
terior fiereza. 

Después de varios paseos y de una meditación más 
serena, mandó llamar al arzobispo de Toledo. 

Algo más tarde se hallaba frente á frente del pro - 
lado, al cual dijo: 

— No he podido prescindir de molestaros, arzo- 
bispo. 

— Estoy á las órdenes de vuestra majestad, señor. 
—Gracias. ¿Sabéis lo que ocurre con la Inquisición 
y el duque de Uoeda? 
—Sí, señor. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



361 



— ¿Qué opináis de ese acontecimiento qne yo de- 
ploro? 

—Delinquió un hambre, faó cogido infraganti y de- 
be ser juzgado par el Santo Tribunal, sea su condición 
social la que quiera. Esa es la ley, esa la costumbre. 

—¿Aun cuando sea grande de España? 

— La Inquisición, señor, no ve gerarquías, sólo se 
fija en el delito. 

— ¿A.un cuando se trate de uu secretario mío del 
cual necesito para la mejtr gobernación del Estado? 

— Lo que más necesita vuestra majestad, señor, es 
salvar su alma, que es única, mientras que los servi- 
dores de vuestra majestad son infinitos. 

— La prerogativa real concede gracias hasta entre 
los sentenciadas á muerte. 

— Para el Santo Oficio no hay prerogativas, señor; 
sólo hay justicia. 

— Poneos por un momenro en mi lugar, arzobispo; 
comprended lo que en mí pasa; ¿qué haríais vos? 

— ¿Q diere vuestra majestad que sea franco, explí- 
cito?... 

—Sí. 

—Señor, yo me confesaría con el padre Julio, vues- 
tro tío, y le obedecería ciegamente. Es un santo, señor. 
— ¿Querrá venir? 

—Para confesaros no puede negarse ni se negará* 

— ¿Estáis seguro? 

—Me comprometo á mandároslo. 

—¿Cuándo? 

—Cuando vuestra majestad lo disponga. 

TOMO I 43 



362 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Al momento, todo el tiempo que tarde en venir 
ha de estar impaciente. 

— No ha de tardar en presentarse en esta cámara. 
— Aquí lo aguardo. Decid á los que estén en la cá- 
mara contigua que no lo detengan, que entra sin pre- 
vio anuncio. 

— Así lo haré, señor. 

Ambos se despidieran, ei arzobispo salió, cayendo 
el rey sobre el sillón que tenía cerca de sí. 

Llevaba Felipe dos horas en que no pensaba en 
Alice. No era ya el fiero león que todo pretendía do- 
minarlo. Su espíritu quebrantado por los acontecimien- 
tos anteriores no tenía en estas instantes voluntad pro- 
pia. Anhelaba el bien de donde viniera; retrocedía con 
ligereza y todo ello no era otra cosa que una victoria 
completa ganada por Flaviano. Lo había encerrado en 
un callejón sin salida, y el regio enemigo pedía ya auxi- 
lio declarando su error. 

Presenciemos ahora la escena entre el tío y el so- 
brino; entre el Santo y el pecador, pues la juzgamos 
interesante. 

Llegó el gran Julio de Silva, príncipe de Italia, 
quedando parado en los umbrales, con la vista baja, la 
cabeza inclinada y escondidas las manos que tenía cru- 
zadas con el escapulario del hábito que vestía. Llevaba 
la capucha caida y el rey se fijó en aquella venerable 
y hermosa cabeza que tantas glorias conquistó á su pa- 
tria, que tantos aplausos había recibido, que tan res- 
petado y querido era ahora por todos los madrileños, 
sin esceptuar oíase ni condición. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 363 



— Avanzad, señor, — le lijo el rey* 
El Santo le obedeoié quedando á una vara de dis- 
tancia de Felipe, en la misma actitud que tenía ante- 
riormente. 

—Padre, dadme á besar vuestra mano; boj pecador 
pero me hallo arr p sntido y contrito. 

Añadió el rey besando la diestra que el Santo le 
alargó, sin mirar al rey xrí alzar la cabeza. 

—Os he llamado para rogaras me confeséis. ¿Os dig- 
náis hacerlo? —le preguntó Felipe. 

Por primera vez abrió pus labios el reverendo para 
contestarle: 

—No puedo negarme; pero os advierto que de cada 
sirve la confesión ni el arrepentimiento sin© van segui- 
dos de una enmienda constante y completa. 

—Decidido estoy á que sea como decís. Mi alma, 
señor, sufre el enorme peso del pecado y yo no puedo 
soportarlo; deseo verme libre de él para siempre. 

—Ojalá cumpláis vuestro propósito. Dios nuestro 
Señor os mira, os Ihcna al bien, y ambos debemos 
apresurarnos á complacerle. 

— Pues demos principio, padre mío. 

— Me litad antes un cuarto de hora; traed á vuestra 
mente todo lo que vais á hacer, el compromiso que de- 
béis contraer con la divinidad, el sacrificio que os im- 
ponéis, y si después os halláis con fuerzas para cum- 
plir todo lo que ofrezcáis os confesaré. Interin yo ro- 
garé á nuestro padre os inspiré y aliente. 

El rey le obedeció, en tanto que el religioso se pos- 
tró delante de una imágen del Redentor que había en 



364 



LOS HÉROE8 DEL SIGLO XVII 



la cámara y con la vista fija en Jesús, las mants cru- 
zada* y la actitud de un justo, oró. 

El cuadro era patético y conmovedor. El monarca 
hablaba consiga mismo, el fraile parecia comunicarse 
con Dios. 

Mis de quince minutos permanecieron en su res- 
pectiva actitud. 

Al terminar ese breve plazo, se puso en pie el sa- 
cerdote, deshaciendo con sus dedos dos lágrimas que 
aurcaban sus venerables mejillas. 

El rey se aproximó á él, y estrechándole las dos 
manos con la suya, le dijo con voz conmovida: 
— Vamos, señor, puedo confesarme. 
— ¿Lo habéis pensado bien? 
—Sí, señor. 

— ¿El orgullo, la vanidad, el amor propio, la pe- 
quenez del hombre, no vendrán más pronto 6 más tar- 
de, á deshacer el acto sublime que vais á realizar? 

—No, señor. 

— El compromiso que vais á contraer es sagrado, de 
dichosas consecuencias, si lo cumplís ó de funestas si 
faltáis á él. 

— Lo sé y deseo contraerlo. 

— Las pasiones bastardas, llenas de halagos y seduc- 
ción son difíciles de apagar en el que tuvo la desgracia 
de dejarse dominar por ellas; y casi imposible despo- 
jarse de todos para siempre. 

— Señor, sálvase mi alma, y que acabe en mi todo lo 
que á ello se oponga. 

— Muy bien, pecador contrito y arrepentido, péstra* 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



365 



te ante tu Dios, llega al tribunal de la misericordia, y 
nada temas; conmigo viene el agua que ha de layarte 
y conducir á tu salvación. 

Sentado el sacerdote, de rodillas el rey, y abrazado 
el primero al segundo, dió principio á la confesión. 

Las primeras frases del monarca, fueron las si- 
guientes: 

— Padro, no me retiréis vuestros brazos, tienen el 
calor de un Santo que modiñca mi ser, me da fuerzas 
y una satisfacción que me era desconocida. 

Una hora permanecieron en aquella postura; el uno 
se confesaba, el otro oia sin murmurar frase alguna. 

Cuando el rey terminó, el religioso alzó la vista al 
cielo, y echando la bendición al pescador, le dijo: 

— ¡Que Dios Nuestro Señor os perdone, como yo en 
su augusto nombre lo hago! 

Y lo levantó, sentándole á su lado. 
El rostro de Felipe demostraba una contrición, una 
humildad antitéticas de sa anterior estado. El acto que 
acababa de tener lugar, y el calor del Santo, lo habían 
al pareaer, regenerado. 

Felipe miré ñjatnenje la efigie del Redentor, ante 
la cual había orado el religioso, y cogiendo luego una 
mano de éste, le dijo: 

— Padre, falta la penitencia. 
— Dedicaos con celo é interés á hacer la felicidad de 
los españoles. 

—Ese es un deber, no una penitencia. 
— Os impongo como penitencia el cumplimiento de 
ese deber. 



366 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Poco es, señor, para lo que 70 merezco. ¿Quién 
me ha de ayudar más principalmente al cumplimiento 
de tan difícil misión? Yo os ruego me lo acontejeis. 

— El duque de Uceda, si no halláis otro mejor. To- 
dos los hombres son buenos cuando están bien dirigidos 

— Comprendo, señor, pero Uceda pecó como jo. 
— Que se confiese y arrepienta. 
— Se halla en la Inquisición, padre mío. * 

— Hoy quedará en libertad con todos sus desgracia- 
dos cómplices. 

Felipe miró á su tío con asombro; sólo él podia 
realizar aquel milagro, porque para el Santo no había 
ninguna puerta cerrada en España. Dos veces besó la 
mano del religioso, añadiendo: 

~- ¡H#y! ¡Ouán grande seis! 

—Hoy os lo traerán Julio de Silva y Flaviano de 
Osorio. 

Ahora miró el rey al fraile con espanto. 

— ¡Flaviano de Osorioí — murmuró. — jNo ha muerto? 
— No; Dios misericordiosa lo arrancó de entre las 

garras de la muerte, donde le tenían aprisionado sus 
asesinos. 

— ¡Eso es admirable! 

— Para vos, que no conocéis el valor de aquella her- 
mosa cabeza. Flaviano, como talento, como sabiduría, 
como nobleza de alma, como entendimiento, no tiene 
rival en vuestros estados. 

— ¡Y lo decís ves! 

— Soy el que más 1© conoce. 

—Que venga, sí, quiero estrecharlo, ser su amigo. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 367 



—No lo hallareis más leal, ni más valiente y en- 
tendido. 

— ¿Ni yuestro hijo Julio? 

—Ni mi hijo le sapera en rada. 

—Cuando vas decís eso de él, será sin duda alguna 
un prodigio ese hombre. 

— Un prodigio, que unido á su hermano Julio, sal- 
drá en breve para Nueva España, donde el vicio, la 
traición, el asesinato y la maldad se ceban en la des- 
dichada humanidad que allí os obedece. 

El rey iba de sorpresa en sorpresa hasta llegar á la 
confusión. Nueva España era lo que hoy llamamos Mé* 
jic», y n* acertaba á comprender cómo Silva quería 
mandar á tan lejanas tierras á su hijo y á Flaviano; 
los dos seres que más quería en el mundo. 

— Señor, —dijo al religioso:— esa viaje 63 largo, pe- 
noso y muy expuesto. 

— Na i^psrrta, allí los lla-nan la caridad y el bien de 
su patria, y allí irán si vuestra majestad no se opone. 

— Yo no tengo voluntad hablando vos, tío del alma; 
irán cuando y com® vos mandáis. Pero si preferís que 
se queden á mi lado y qae Flaviano se case con Alioe 
yo seré su padrina y los tendrá junto á mí con mucho 
gasto. 

—Flaviano, h&y n« ama á ese ángel ni desea casar- 
se. Debe ir con su hermana Julio á destruir la iniqui- 
dad que extiende sus negras alas en aquella parte do 
la India. 

— ¡N® la ama Flaviano! ¡Qué abnegación, qué no- 
bleza de alma! D¿seo estrecharlo entre mis brazos. 



368 LOS HÉROES BEL SIGLO XVII 



—Lo haréis hoy. Entregad le su nombramiento de 
genera] en jefe de mar y tierra, y á Julio de repre- 
sentante nuestro en Nueva España, que no os ha de 
pesar. 

— A la vez les daré un ducado á cada uno. 

— No lo aceptarán; mi hijo Julio quiere ser príncipe 
de Italia cuando muera este pobre anciano, y mi hijo 
Fiaviano solo aspira á ser duque del Imperio cuando 
muera Osorio. Interin desean no igualarse á sus pa- 
dres en jerarquía social. Nacieron grandes de España, 
y con eso les basta ahora. 

—No insisto, les entregaré sus nombramientos y los 
despediré con pena y como acto de obediencia al que 
sabe y vale más que todos. 

Todavía continuaron hablando cuando fueron sor- 
prendidos por la reina que se presentó radiante de her- 
mosura y de alegría. 

Besó la mano del sacerdote y dijo á su esposo: 

— Ahora, rey de España, eres digno del puesto que 
ocupas; ahora te amo, ahora moriré por ti, si necesa- 
rio es. 

—Gracias, Margarita; el Santo hizo otro milagro; 
ahora fué con su rey. 

— Haz todo lo que te pida, Felipe; tu tío Julio es in- 
falible. 

— Es» deseo. ¡Ah! ¿porqué no había de estar siem- 
pre á mi lado. 

— Imposible, señor,— dijo con humildad el religio- 
so,— mi misión en el mundo es distinta. 

—Junto á mi harías la felicidad de los españoles. 



LOS HÉROES D&L SIGLO XVII £69 



— Eso es toca á vos. 

— No tenga vuestro talento, vuestra sabiduría ni 
vuestra infalibilidad. 

— Gm que obréis siempre dentro de !a justkia, te- 
neis bastante. Yo tengo faltas que purgar. 

— ¡Faltas! ¿Faltas llamáis á las heroicidades*? 

— Faltas fueron. Jesús vino impecable, y sufrió ó 
hiz© mucho más que jo. 

— Era hijo de Dios. 

—Y á la vez un modelo de caridad, de abnegación, 
de mansedumbre y do humildad que j® deseo imitar; 
que aun cuendo no quisiera, me 1© impondría el desti- 
ne. ¡Ojalá y me fuera dable, como tan divino señsr, 
morir enclavado en un m&dero, rotas mis carnes, bur- 
lado, escarnecido comc¡ El lo fué, en provecho de la 
mísera humanidad! 

— Ayunáis todos los día», lleváis ensangrentadas 
vuestras carnes con los silicios, sois la égida de todo*! 
los desgracia les, y ¡aún ©s psrece poco! ¿Qué grande 
sais, señar! 

— ¿Qao es la breve vida terrenal comparada esn la 
eterna? Un átomo comparado con el universa. ¿Qué es 
Die*? Eí todo de la grandaza. ¿Qué gomes sus hijos? 
La pequenez desagradecida y torpe. Di«s nos hisopara 
grandes, sin oirá condición que la de imitarle. 

Los reyes continuaron oyendo al S«nt$ con taita 
atención como alegría. Jalio era además de Santo un 
sabio, como había sido un héroe y un invencible. 

Después le despidieren, acompañándole hasta la 
escalera. 



TOMO I 



47 



370 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



La alegría de los monarcas en este día se irradia- 
ba en todos los individuos de su servidumbre; pronto 
h&bía de llegar á todos los grandes y dignatarios de 
la corte. 

Julio de Silva fué oomo su padre Alberto, una Pro- 
videncia. 

En el alcázar y en las calles todos se descubrían y 
encorvaban al verlo pasar; nuestro religioso no podi a 
devolver saludo alguno: iba siempre con la cabeza in - 
clinada, la vista baja, y parecía no ver ni oir. Solo al- 
zaba su laureada frente ante los pobres p sr voluntad 
propia, ante el que le dirigía la palabra por deber. 

Pronto corrió la noticia por Madrid de la estancia 
de Julio de Silva cerca de los reyes y todos aplaudie- 
ron una conferencia que suponían con razón había de 
producir excelentes resultados. Sabían de antiguo que 
donde el Santo entraba, pronto sa ía el bien seguido de 
la fortuna. 

Pronto veremos si ahora sucede lo misáis. 



CAPITULO XVIIl 



Los des padres y los dos hijos.— Obediencia ciega.— Triunfa Alice 
por» ser más desgraciada que nanea. — Preparativos de marcha. 



Lentamente, y sin levantar la cabeza, llegó el ve- 
nerable sacerdote á su convento, entró en la celda y 
oró. 

Media hora después, entraba en el saloncito de Ju- 
lio y Flaviano, á los que halló conversando con el du- 
que del Imperio. 

Flaviano estaba sin barniz, can su traje de calle y 
en la forma que acostumbraba, cuando no usaba dis • 
fraz. 

El Trinitario miró á los tres, y quedando frente á 
Flaviano, le dijo: 

— jNo utas hoy disfraz? 
— No, señor. 
—¿Por qüé? 

—Porque lo creo inútil, señar. 
— iQué causa?... 



372 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



— Una suposición mía. 
— {Basta eso? 
— Sin duda alguna. 
— ¿Qué has supuesto? 

— Que disteis luz al entendimiento de don Felipe, el 
cual soele estar á escuras, vió claro y se atiene á la 
justo y razonable. 

—¿En qué te fundas para opinar así? 

— Señor, y© no puedo fingir con vos, mi padre adop- 
tivo, mi maestro, el hombre que más Tale en España, 
y os voy á contestar con la ingenuidad del hijo y del 
caballero. 

— Eso es, habla. 

— Cansado de derramar sangre humana, de matar 
malvado?, de intrigas y de emboscadas, puse al rey 
frente á la Inquisición, frente al papa, frente al clero* 
que todos juntos tienen más poder que él, y aguardé á 
que me lo dieran humillado. Supe luego que estaba en- 
cerrado con vos y no necesité más. Comprendí que no 
me había equivocado, y cité á mi hermeno Julio y á 
mi padre para esperar aquí la confirmación por boca 
de un Sant», que es el mejor conducto por donde puedo 
venir. 

—Mucho ingenio tienes, hijo mío; admiro tu talen - 
to, pero pronto los pondré á prueba. 

—Poco valgo, señor, nada, cuando de vos se trata; 
pero tal como soy os pertenezco, y estaré siempre á 
vuestra disposición. 

— Sé mejor aun que tu padre, el duque del Imperio, 
todo lo que vales. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



373 



— Y yo sé mejor que vos, todo el cariño que os 
debo. 

—Macho te quiero, no lo niego, tanto como á Julio, 
pero á mí no me ofusca esa afección. 
—Gracias, señor. 

— ¿También tú estás á mi disposición, Julio? 

— ¡P&dre mió, con el alma y la vida; pero os supli- 
co por mi abuelo, por mi innolvidable madre, que no 
me separéis da mi hermano Flaviano, porque tendría 
que obedecerás y moriría de dolor. 

— ¿Para qué invocar á esos santos, hijo mío? 

— Porque por ellos todo lo hacéis. 

— Ni á tí, ni al duque, ni á Flaviano, os hacen falta 
para conmigo inñuencia de ninguna clase. Es justo lo 
que pides, lo pides tú y basta. 

—Perdonad, señor, si os he disgustado. 
— No me has disgastado, pero esos recuerdos son 
para mí terribles, Julio. 
— No volveré á citarlos. 

— Mi padre, el incomparable Alberto; tu casta y su- 
blime madre... ¿No ves que me llaman desde el cielo y 
no puedo abanionar á ninguno do vosotros tres? 

— E« verdad, señor. 

— No os separéis por causa mía, Julio y Flaviano; 
juntos siempre s$is un ejército, un manantial de inge- 
nio, un admirable portento da sabiduría. No; vivid siem- 
pre lo mismo, así lo hicimos tu padre, nuestros cuatro 
hermanos muertos y yo, y nadie pudo con nosotros. 
Fuimos seis hombres con un solo pensamiento, una so- 
la idea... 



374 



LOS HÉROES BEL SIGLO XVII 



— Julio, —interrumpió el duque,— «ahora eres tú el 
que me estás atormentando. 

— Un recuerdo trajo el otro y ambos tenemos razón. 
Hablemos de otra cosa. Flaviano, su majestad el rey 
te ha nombrado general en jefe de mar y tierra. 

—Vaya un modo de empezar,— exclamó el duque. 

— Y á tí, Julio, repreientaLte suyo con facaltadea 
discrecionales. 

— ¿Lo habéis pedido vos? 

-Sí. 

— Muy bien, señar; continuad. 

— En Nueva España, se asesina, sereba, la corrup- 
ción y la inmoralidad triunfan, los altares del Señor 
están siendo profanados por los idólatras y vais los dos 
á Méjico, como fuimos los seis hermanos al Perú. 

— ¿Y quá nos hacemos tú y yo, Julio!— pregunté 
con disgusto el duque del Imperio. 

—Irnos á Nueva España sin que ellos lo sepan, 4 
quedarnos aquí hasta que regresen. 
— Les falta la experiencia del mundo. 
— En esos viajes se adquiere. 
— La práctica de la vida. 

— ¿Para qué la necesitan unos hombres que adivi- 
nan? Desconoces todo lo que ha hecho Flaviano en los 
dos últimos meses? 

—¡Es tan largo ese viaje! 

— Más faé el que emprendimos nosotros; más es el 
cúmulo de crímenes que van á evitar. 
—¿No hay remedio, Julio? 
— No, hermano. 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVII 



375 



— En ese caí© es inútil que hablemos de eso. 
—Inútil. 

— ¿Qué decís vosotros, hijos míos? 

— Qae iremos oon mucho gu*to á todas partes don- 
de el Santo, el infalible nss mande ir. 

— Juntos á la gloria, y hasta el infierno si lo quiera 
nuestro padre,— añadieron Flaviaco y Julio. 

— i Yo no soy vuestro padre? 

— Sí, como ei príncipe? paro cuando él habla los 
tres callamos y obedecemos. 

— Es fuerte c:sa; es manda á dos mil leguas de Es- 
paña, y os encogéis de hombros como ü se tratara de 
dar un pasee á caballo. 

—¿Qué nos importa á nosotros la distancia? Solo 
vemos la conveniencia de ir, la obligación de hacer el 
bien, el sagrado deber de obedecer al Santo. 

— ¿Y Alice, qué va á ser de Alice? 

—Padre mío, ya no le amenaza peligro alguno y 
puede vivir lo miseá® en casa del Nuncio que con la 
duquesa de los Andes. Ya no la ofende el rey, ahora 
la defiende. 

— ¿Cómo lo sabes tú, Flaviano? 

— Yo no lo sé, lo adivino. Que hable el Santo. 

— Es verdad, Flaviano; tienes ya más entendimien- 
to que el duque, 

—Gracias. 

— Flavianito, ahí veo recado de escribir; te voy á 
diotar. 

— A vuestra disposición, señor. 
El religioso le dictó lo siguiente: 



375 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



«El represen fc&&te deí Sumo P^niífioe perdona al 
deque de Ueeday á «as cónaplioes; ei príncipe de Ita- 
lia Ion absuelve, y el Tribunal de la Inquisición man- 
da que queden en libertad mj misme». 

Hijos,— añadió el religksta, — qae ñrtneu ese escri- 
to, después que y®, lo hagan el Nancio* y Las inquisi- 
dores; ponéis en libertad á los presos, llevando ea 
vuestra carroza al duque de Uceda al ala izar. Le acom- 
pañáis hasta dejarla á presencia de su majestad. Ei rey 
©§ entregará vuestros nombramientos;». 

Firmó y desapareció de alH sin esperar eonteata 
ción. 

Nada dijo en concrete de la confesión del rey, de 
su arrepentimiento, de ssu propósito de enmienda.. Gra- 
ve, severo, lacónico y absorta siempre por una idea 
dominadora, dejó al talento de ras hijas y hermano 
que adivinasen lo ocurrido. 

Tampoco éstos necesitaban más explicaciones; c«n 
k poco que había exprésalo teafan bastante para de- 
ducir el resto. 

No causó en los jóvenes bueno ni mal efocto la no- 
ticia del viaje á Méjica; tenían absoluta necesidad de 
obedecer al Santa y ge inclinaron ante ella sia alegría 
ni pesar. 

N# sucedía lo mismo al duque del Imperio; c$m- 
prendía lo expuesto de aqaella marcha, sabía el estado 
de inmoralidad y corrapción en que se hallaba el país 
dojude Julio iba á sumergir A lo* dos mancebos y se 
revolvía en su sillón con pena y desasosiego. 

—Es un viaje fanesto,— exclamó,— no es la pelea lo 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



377 



que yo temo, son la traición, la maldad, el délo que 
han de cebarse en vosotros, hijos mios. 

—Padre,— le contestó Flaviano,— cuando el Santo 
nos msada, ssgaro está de que hemos de llenar una 
misión honrosa y digna. 

—No lo dudo, hija mió, pero %% van á sitiar traicio- 
nes y peligres sin cuento. 

— ¡Que vos digáis eso! 

— Porque conozco la maldad humana la temo. 
— V«g no teméis nada, señor. 
—Temo ahora. 

—Los hijos, señor, lo han degenerado en esta oca- 
sión: el padre terne, nosotros ni hemos temido nunca, 
ni tememos, ni temeremos jamás. 

— Cuando seáis padres... 

— Entonces, si nuestros hijos nacen tímidos y afemi- 
nados, ú son una degeneración lamentable, el claustro, 
la tonsura, y el altar serán con ellos, si son como sus 
padres, los echaremos al mundo para qae hagan par su 
patria, por su h$nra, por el bien de la humanidad y 
por ellos mismos lo que hicieron sus abuelo?. 

— Padre, — dij@ Julio,— cortad el diálogo con mi her- 
mano Flaviano, porque vos tan grande, tan poderoso, 
tan in vencible, tan temerario, empezáis á darme lástima. 

—Muy bien, hijos; me estáis dando una lección. 

— ¡Sí fuese la primeral —añadió Julio, — rara vez 
cuestionáis con mi hermano, que no os suceda le 
mismo. 

—Está bien; id á Nueva España; yo se lo que debo 
hacer. 

TOMO I 48 



378 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Y nosotros lo adivinamos, padre querido,— repli- 
có Flaviano sonriendo. 

Mientras hablaban les disponían la carroza más li- 
gera que en el palacio tenían, y en este instante les di- 
jo un lacayo: 

— Señores, el carruaje espera. 

Los des mancebos estrecharen al duque, con seña- 
ladas muestras de intenso cariñ*, y desaparecieron en 
cumplimiento de la orden que habían recibido del prín- 
cipe de Italia. 

El dnque los vió partir, murmuiando: 
— Mucho valen, á todo se atreven; pero de todo 
triunfan; ese hijo, ese Flaviano es un ángel ó un de- 
monio, con más poder que Satanás. Paede que, co- 
mo de costumbre, tsnga razón mi hermano Jalio; que 
sufran como yo sufrí y vuelvan á su patria orlados por 
la gloria. ¡Representante el uno del rey, con facultades 
discrecionales y general en jefe el otro de mar y tie- 
rra! ¡empiezan per donde yo acabé!... Les sonríe la 
fortuna, y no he de ser yo el que corte su carrera, que 
principien en Méjico; no es mal país para empezar. 

A las dos horas tenían nuestros jóvenes todas las 
firmas que necesitaban para dejar en libertad á Uoeda 
y á sus cómplices. Lo que el rey no hubiera pedido 
conseguir en tanto tiempo, la firma del Santo, y la 
presencia de los dos mancebos, lo lograban en tan bre- 
vísimo tiempo. 

No hallaron resistencia alguna ni otra cosa que el 
deseo en el Nuncio de saber lo ocurrido, de lo cual le 
enteró con posas frases Flaviano. 



LOS HÉKOES DEL SIGLO XVII 3"?9 



Con el cordón y la venera de familiares, pe presen ■ 
taren smbos en la Inquisición, cuya entrada hallaron 
expedita en el acto. 

Mientras llegaba un inquisidor que habían citado, 
entraron Julio y Flavian© en la prisión del duque de 
Uceda. 

Se hallaba el favorito sentado en un sillón de ba- 
queta y en pálido semblante demostraba honda pena y 
amargura. 

Al ver entrar en íu encierro á dos elegantes fami- 
liares se puso en pie, pero al reconocer á Flaviane, 
retrocedió dts pasos y <od ascmbro exclamó: 

— ¡No puede ser; este es un sueño! jSois, eres mi 
primo Flaviano? 

— Sí,— le contestó el aludido:— tú me asesinaste 
bárbara y cobardemente y el Santo me resucitó. 

—¡El Santo! ¡Un milagro! 

— Eso es; un milagro debido al poder que la divini- 
dad concede á la virtud, á la santidad, á la nobleza del 
alma, á la grandeza del espíritu elevado, antítesis de la 
torpe ambición, de Ja miserable perfi Jia, de la traición, 
del crimen, de la maldad. 

—Ahora lo comprendo todo; tú fuiste el curial, tú 
mi attrmentador en este encierro, tú el que ha descar- 
gado sobre mí el peso de un talento, valor y poder que 
superan en mucho á los que un día aplaudió el mundo 
en tu padre. 

—Yo soy ese, sin otro mérito que el de haber ven- 
cido á la culebra que intentó enroscarse en mi gar - 
ganta. 



380 LOS HÉROES DEL SIOLO XTII 



— ¡Qaé hombre, cielo santo! 
«—¡Qué hombre, Satanás! 

—Si, yo me entregué al poder del último, pero á ti 
te favoreció el del primero. 

— Siempre sucede lo mismo entre los de alma noble 
y generosa y los malvados. 

— Confieso que lo fui, no lo niego, no; me entregué 
desde joven á pasiones bastardas, me dejé dominar por 
ellas y foí perverso, muy preverso. Arrepentido estoy; 
creo que voy á morir; tu presencia aquí me lo anuncia, 
pero confío en Dios Nuestro Señor, que subiré al patí- 
bulo, Gm la resignación del pecador máa arrepentido y 
contrito. 

— ¿San sinceras esas frases! 

— Flaviano, nacen en e corazón, las fortalece el al- 
ma y Dios nuestro Señor las oye piadoso y caritativo. 
—¡Si eso faera cierto! 
— Te juro que es verdad. 

— ¿Renuncias á tu valimiento con el rey? 
—Sí. 

— ¿A todas tus ambiciones? 
— A todas. 

— ¿Serás baen esposo y padre? 
—Te lo juro. 

— ¿Por tu honor? 

—Por mi honor y por Dios Santo que nos eye. 
—Su Divina Majestad te perdone y defienda si lo 
cumples; se abra el infierno y te trague si faltas. 
— Amén. 

— Duque de Uceda; cógete á mi brazo, te llevaré en 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTIi 



381 



mi carroza al alcázar y quedarás junta al rey con más 
favor que has tenido nunca. 

—¿Qué dice», Flaviano? 

— Que yo no miento jamás. 

— Ta debo á tí, mi víctima... 

— No, tu víctima, no, fuiste tú la mía, y á mi nada 
me debes. 

— ¿Pues á quién! 

— Al príncipe de Italia. 

— \M Santo! 

— Esa es. 

— Deseo confesarme con él, y obedecerle ciegamen- 
mente el resto de mi vida. 
— Eso es cuenta tuja. 

— Una sola pregunta, noble y generoso, primo mío; 
jel rey don Felipe y Alice...? 

— Te comprando; dan Felipa III curó de todos sus 
males, lavó el Santo sai faiUs y te espera, sin haberlo 
solicitado y por man dato de mi padre Julio, entre la at- 
mósfera de la privanza. 

— ¡Déla maeris me llevas á la vida; del tormen- 
to á la felicidad, de la vergüenza f el crimen á la gran- 
deza de alma. 

— Pues no lo olvides. 

— Jamás. 

— Julio, hermano mío, da esa orden al inquisidor, 
que ya habrá llegado, que den suelta á todos los cóm- 
plices del duque, y en la carroza te esperamos Uceda 
y jo. 

— Con mucho gusto. 



382 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Salió Jalio y todavía hablaron diez minutos el du- 
que y Flaviano. 

Cogidas del brazo luego, salieron de la Inquisición 
sin impedimento alguno y entraron en la earroza. 

Ua minuto después vieron desfilar por delante de 
ellos al arquitecto y restantes cómplices del duque. Al 
ver á este retiraban la vista, al reconocer á Flaviano 
murmuraban: 
—El otro hijo del Santo; á esos debamos la vida. 

Y juzgándose los más felices de los hombres se di- 
rigían á sus moradas, vendiciecdo á los hijos de 
Santo. 

Ninguno saludó al duque de Uoedi. Todos habían 
besado la mano del inquisidor y la de Julio, sintiendo 
no poder hacer lo mismo con la de Fiavian?. 

Salió también Silva, la puerta de la Inquisición se 
cenó, y la carroza sa dirigió al alcázar; donde llega- 
ron minutos después. 

Subieron á la cámara rea', en la cual les esperaban 
el rey y la reina. Ambos estrecharon las manos de Ju- 
lio y Flaviano, diciendo el primero: 

—Silva, por mandato de tu padre, mi tío y el más 
santo de los vivientes, vas á Nueva España. Toma tu 
nombramiento. Eres ya generalísimo y representante 
en Méjico del rey de España con facultades discrecio- 
nales. 

Y volviéndose á Flaviano, añadié: 

— Tú vas con él por orden de tu padre adoptivo, 
Osario; tú el más fiero de les hombres, el más temible 
de la tierra, el más poderoso en entendimiento de los 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



383 



nacidos. Toma ta nombramiento de general en jefe 
de mar y tisrra. Jefe eres ya de mis ejércitos y de mis 
navías, tu voluntad es ya omnipotente, trata á mis 
enemigos etn el tálente» y la fiereza que me has tratado 
á mí, y no quedará uno para contarlo. Mira como son- 
ríe tu cómplice, mi augusta esposa. 
—Señor... 

— No te disculpes, no; el Santo te escuda, y esa era 
tu mejor defensa. 

— No iba á disculparme, señor; iba á decir que todos 
hemos pecado menea la santa que llama cómplice mía 
vuestra majestad. 

—Es natural que la defiendas. T si todos hemos 
pecado á ttdos nos lavó el Santo; libres ya del peso de 
nuestras faltas, hagámonos todos dignas hijos de Dios. 
¿Cuándo vas á ver al Santo, Uceda? 

— En el mojaent» que vuestra majestad me lo per- 
mita. 

— ¿Para confesarte! 

— Oon verdadero ai rapen timiento y firme propósito 
de enmienda. 

— ¡A ese le debes la vida, honor y fortuna! 

— Es una dicha para mí debérselo todo á ese 
varón. 

— Julio, Flaviano, venid á verme todos los días y el 
anterior á vuestra partida comeréis conmigo; tú, Fla- 
Tiano, á la izquierda de tu cómplice para que la ganes 
en favor mío; tú, Julio á mi lado, para que me refie- 
ras cuanto hizo tu hermana Osorio en los dos últimos 
meses sin omitir el más pequeño detalle. Tú, Uceda, 



384 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



asistirás también para admirar la grandeza de un ham- 
bre y renegar de la historia de los malvados. 

Poco más hablaron, saliendo de la cámara lo» dos 
hermanas estrechados por sus reyes y despedidos por 
Uceda, que rogó al rey le permitiera acompañarles 
hasta la carrtza. 

Dasde oste momento empezaron á ©caparse nues- 
tros amigas de l@s preparativas de su próximo viaje á 
Méjico. 

Creyendo adivinar, los dos se preparaban para 
una larga campaña, en la que debían jugar en teda su 
grandeza, el valor, la sabiduría, el entendimiento, la 
penetración y la sagacidad de ambos. 



CAPITULO XLVII 



Despedida.— Alice y Flaviano. — El puñal envenenado. — 
Á Cartagena. 



Desde este día empezaron los dos jóvenes á ocu- 
parse de la cuestión de equipajes, armas, libros y de 
cuanto juzgaron que podría hacerles falta en Méjico. 
Querían llegar de rigoroso incógnito y así se lo parti- 
ciparen al duque, el cual estaba encargado de facilitar- 
le*, lo necesario hasta Cartagena, y de acuerdo con 
ái, elegir el barco qne debía trasportarlas, sin qud 
ninguno de la gente del buque supiera quienes eran. 

C#n seis días les bastó para todos los preparativos, 
y al sétimos empezaron á despedirse de todos sus pa- 
rientes y amigos. 

El duque de Uceda se confesó con el Santo y todos 
los días visitaba al daqae del Iaoperio, del cual recibía 
inspiración y consejos. Si conducta era ya modelo de 
rectitud en cuanto hací*. 

TOMO I 49 



386 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Las lecciones que le había dado Oiorio cambiaren 
per complete su modo de ser. 

El rey, más devoto que cunea y tan indolente como 
antes, se ocupaba lómenos posible de la gobernación 
del reino. 

Los regios espesos parecían amarse tiernamente; 
todos les días recibían las risitas de Julit y Flaviano, 
y cuando éstos se retiraban seguían hablando de ello 
les reyes. 

Las simpatías de la reina por los jóvenes habíanse 
aumentado y el rey sentía por elles hasta admiración. 
Su pureza de costumbres, su talento y la hidalguía de 
sus almas, merecían en efecte hasta la admiración de 
un monarca. 

Alice no tenía ya nada que temer, ningún enemiga 
de su honor la asediaba, pero el viaje de Flaviano ha- 
bía enlutado su corazón y de melancolía su espíritu. 

Ella procuraba en lo posible disimular 1© qne sen- 
tía par Flaviano, pero la incertidumbre de si éste la 
amaba é no y aquella repentina marcha, nublaron su 
bella frente y la sonrisa había huido per complete de 
sus labios. 

Esto era en público; cuando se hallaba sela, el llan- 
to surcaba sus mejillas y bañaba sus incomparables 
ejes. 

No era posible qne pasara desapercibida para el 
gran talento de Flaviano una metamorfosis tan comple- 
ta; lejos de ero temía el entendido joven, que la her- 
mosa napolitana, víctima del ardiente amor que ardía 

su casto pecho enfermara y hasta perdiera la vida. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



387 



Fijo en esta idea, esperó curarle al tiempo de despe- 
dirse para emprender su largo y expuesto viaje. 

Llegó aquel momento, y Julio y Flaviano se pre- 
sentaron en el palacio del Nuncio. Fueron recibidos 
por éste, su hermana y Alice. Julio se sentó y Ostrio 
se acercó á una galería, después de estrechar á les 
dueños de la casa y á su pupila exclamando: 

— Alice, si el señor Nuncio te lo permite, ven á 
esta galería, pues deseo revelarte un secreto. 

El mancebo le proponía curarlá antes de que reci- 
biera el terrible golpe del último adiós. 

Alice 8Ín esparar la venia del arzobispo, la con- 
testó: 

— Al momento. 

Y corrió á su lado. 

Sin ser oidos ni vistos por los tres que quedaban 
en el salón, pero cerca de ellos, dijo Flaviano á la 
dama: 

— Alice, salgo mañana para Méjico y quiero antes 
de partir hablarte sin testigos; porque lo que voy á de- 
cirte, solo á tí y á mí interesa, únicamente los dos de 
hemos saberlo. 

— Habla, dime lo que tú quieras, — le "contestó ella 
con ternura. 

—En esta caja de oro, hay un pañal metido en sa 
vaina. ¿Lo ves? Para que el acero salga, es necesario 
oprimir este botón. ¿Lo ves? Pero tenlojsiempre con el 
muelle echado, porque la punta de esa arma fatal se 
halla envenenada y basta el más pequeño rasguño para 
morir. El corrosivo que tiene va en¡el acto al corazón. 



888 



LOS HÉROES DEL SIGLO ZTII 



Ningún peligra te amenaza, por eso me amento, pero 
si durante mi ausencia, que ignoro su duración, vieras 
tu honra amenazada de muerte, te clavas ese puñal y en 
el cielo me esperas. Cuando jo regrese iré á llorar á 
tu tumba todo el tiempo que como religioso Trinitario, 
me permita mi vida msnástica. Si al regresar de Mé- 
jico te hallo con vida , me devolverás ese puñal á cam- 
bio de una corona. 

— jDe qué esa corona, Plaviano? 

— De duquesa del Imperio. ¿Estás conforme? 

— ¡Cuántas lágrimas, cuántos suspiros, cuánta pena 
y amargura, cuánta incertidumbra me han costado esa» 
frases, Flaviano; pero todo lo do/ por bien empleado! 
Es tan elevada la declara i m que acabas de hacerme, 
tan nueva, tan digna de tu incomparable talento, que 
hasta el tormento de la Inquisición se pueda sufrir por 
escucharla. 

— No has contestado á mi pregunta. ¡Adaptes? 

— jQue si acepto? ¡Vana pregunta! Hace mucho tiem- 
po ja lo sabes, que e*t©y contestando á ella. Acepto 
con amor, con idolatría. Al ofrecerme la muerte con 
este puñal, me has dado la vida que creía apagarse por 
momentos. 

— ¿Has curado? 

— Radicalmente. Nada temas por mi salud. 
— Recibe mi último beso p*r ahora. 
Los dos se estrecharon, la puso su frente, y Fla- 
viano estampó en ella un beso que nadie oyó, pero que 
hizo estremecer á Alice y palpitar su corazón. 

Cogidos de las macos, entraron en el salón, sentán- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



38) 



doae Osorio junto al Nuncio, y ella al lado de la her- 
mana de aquél. 

La caja y el puñal que Osorio había regalado á Ali- 
ce eran de oro, á excepción de la hoja, que se componía 
de un fino y delgado acero. SMo tenía la caja cuatro 
pulgadas de largo y ana por sa parte más ancha. Pe- 
saba por la clase de metal qus era, paro resultaba tan 
pequeña, que podía llevarla la dama siempre encima, 
como debía suceder. 

La conversación de los cisco se contraje al viaje y 
á la permanencia de Alice en casa dal Nuncio. La her- 
mana de éste no quería separarse de aquella, y se can- 
vino en que quedase allí mientras el arzobispo siguiera 
en España. 

Julio, el Nuncio y su hermana, notaron la meta- 
morfosis que había tenido lugar en Alice, comprendien- 
do lo que había ocarrido, entra les dos jóvenes, y en 
silencio, aplaudieron csmo de costumbre, la conducta 
de Osorio. Vieron peligrar la vida de Alice y notaron 
con satisfacción que nuestro hidalgo mancebo había de- 
vuelto la vida á aquel ángel encantador. 

Larga y tierna fué la despedida de los cinco. Se 
vertieron lágrimas, y por fia Oasrio y Silva subieron á 
su carroza para trasladarse al alcázar, pues debían co- 
mer con los reyes. 

Media hora después pasaran al regio comedir los 
monarcas, Silva, Osorio, el duque del Imperio y 
Uceda. 

El rey hablaba con Julio, la reina con Flaviano. 
Por indicación de don Felipe callaron todos, y to- 



?90 



LOS HÉROES SEL SIGLO XVII 



toó la palabra Silva, el cual comenzó á relatar todo lo 
que había realizado su hermano en aquellos dos fatales 
meses, suprimiendo la parte que el rey había tomado y 
culpando de todo al favorito. 

Su lenguaje era pausado, muy correcto, y tan na- 
tural, qu*> parecía estar hablando de la temperatura. 

El rey tenía la vista baja, el rostro de la reina es- 
taba algo eccendido, el del duque del Imperio sonrien- 
te, el de Uceda pálido y demudado y el de Flaviano in- 
diferente. Parecía que no se hablaba de él sino de acon- 
tecimientos que nada ta interesaban. 

Terminó Julio su largo y detallado relato, y sigui6 
un largo silencio que interrumpió el rey con las si- 
guientes frases: 

— ¡Qué maldad la de esa fies a que quiso asesinarte,. 
Flaviano. 

— Mala era, señor. 

— ¿Y qué talento demostraste, qué predominio, qué 
serenidad; es cierto, duque del Imperio? 

— No estuvo torpe, señor. 

— Tú no sabías ese desenlace, duque de Uceia, — 
añadió el rey. 

Aquel le contestó: 

—No, señer, me ha llenado de asombro. 

— ¿Nada más? 

— Y de vergüenza. Lo demás todo lo labia; me 1» 
refirió un caballero en las prisiones del Santo Oficio, 
al que no pude reconocer, sin embargo de serme tan 
conocido. Mi primo Flaviano se cambia en otro hom- 
bre con tal perfección que no hay medio de descubrir- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



391 



lo. Se propaso darme tormenta, y lo consiguió hasta 
el extremo de haberme hecho sufrir más que en toda 
mi vida. 

La reina le contestó: 

— Más merecías, Uceda; harto noble y generoso an- 
duvo contigo Osorio. 

El rey, comprendiendo las consecuencias que po - 
día tener aquel diálogo entre su esposa y el favorito, 
pues sabía que se odiaban, lo cortó con las siguientes 
frases: 

— Ddduzoo del relato de Julio, que el Santo es infa- 
lible. Silva y Osorio sen los únicos que pueden mora- 
lizar, llevando á su completa normalidad á Nueva Es- 
paña. Su estancia en la India acabará coa tanto asesi- 
nato, robo, traición y el caos en que allí se vive. 

La comida había terminado, el monarca se levan- 
tó, todos le imitaron y los reyes despidieron á Julio 
y Flaviano con las frases más afectuosas y halaga- 
doras. 

Los jóvenes partieron; la reina, que no gustaba de 
la compañía ni aun da la presencia de Uceda, se reti- 
ró á las habitaciones donde le esperaba la duquesa de 
los Andes, su confidenta y amiga, y el rey, el duque 
del Imperio y Uceda quedaron ocupándose de la mar- 
cha á Méjico de los dos jóvenes. 

A las diez de aquella noche entraron Silva y Oso- 
rio en la celda del Santo. Se hallaba éste orando; al 
verlos les hizo seña para que lo imitasen, y los tres 
continuaron de rodillas delante de la sagrada eñgie de 
Jesús cruciñcado. 



39¿ 



LOS HÉROES DKL SIGLO XMl 



\ les quince minutos se paso en pie el religitso y 
los mandó levantarse, dictándoles: 

— Vais á Nueva España; lleváis uca misión de paz, 
de caridad, de moral cristiana. Ptro ¡ay, antes de 
normalizar aquel desgraciado p&ís tendréis que herir y 
matar, tendréis que imponer castigos terribles, ten- 
dréis que sofrir infinitas penalidades y vuestras vidas 
se verán de continuo amenazadas! ¡Hijos, vuestro más 
cruel enemigo será Satanás, el dueño de aquellas distan- 
tes regiones; para vencerlo, necesitáis tener de vuestra 
parte la Previdencia; con vosotros va, no la ahuyen- 
téis con hecho alguco indigno de vosotros! Perdonad 
siempre al vencido, socorred al desgraciado y dominad 
por el talento, por la sabiduría, más que por la fuerza 
de las armas. Llevad el convencimiento á los réprebof , 
la fortaleza á la virtud que vacila, el perdón á todos 
los ignorantes. Por cada alma que ganéis para Dios, 
lograreis un triunfo; por cada infeliz que matéis y se 
lo lleve Satanás, csnsigue una victoria el demonio. 
Tanto valéis que no necesito deciros más. Arrodillaos. 

Y les echó su bendición, sentándose en medio de 
los dos sillones de baqueta. 

Tenía cogida con cada una de sus manos una de 
Osorio y otra de Silva, y en esta actitud les preguntó: 

—¿Os violenta esa difícil, larga y penosa marcha? 

— No, padre mío. 

— ¿Os halláis con fuerzas suficientes, no para vencer, 
para eso os sobran, para perdonar? 
—Sí , padre mío. 
—¿Estáis satisfechos? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Completamente. 

— Aún es tiempo, hijos míos. 
Los dos habían contestado lo mismo antes, ahora 
<exclamó Flaviano: 

— Queremos ir á Nueva España porque ves lo deseáis, 
porque hemes nacido glandes para algo mis que para po- 
drirnos en la holganza y en la inacción y porque allí 
está el mal y nosotros tenemos el bien. Eso queremos, 
«eso deseamos, eso ha da ser. 

— Bien hijo, Flaviano, ¿pero y si perece*? 

— Padre mí*, A vos no debo decir yo la que es ia 
vida puesto que por vos la conozco. ¿No me esperan 
en el cielo vuestro padre Alberto, y mis madres la 
princesa de Italia y la duquesa del Inperio? ¿No nos 
visitareis después vos y el duque? 

— Es verdad. 

—Yo pienso lo mismo, — replicó Julio,— y añado, 
que seríamos dichosos si Dios nos permitiera ade- 
lantarnos al duque y á vos en nuestra entraia en el 
•cielo. 

— ¿Qaó deseáis de mí antes d* partir? 
— Ua abraza; vuestro cnlor paternal que es el de un 
santo. 

—Pues recibidlo. 

Y poniéndose en pie los estrechó cantra su pecho 
«cinco minutos. Después afhjó los brazos y ellos, an- 
dando hacia atrás, salieron de la celda en tanto que el 
religioso caía de nuevo á los piés del Redentor. 

Los tres lloraban. 

Mientras el prínoipe oraba, los jóvenes entraron en 

TOMO I 50 



394 



LOS HÉ&OES DEL SIGLO TV1I 



su pilan© en el que hallaran á t»dos sus pudentes y 
amigos íntimos que iban á despedirlos. 

El palacio estaba lleno de grandes, de damas y do 
la clase]más elevada de la corte. 

Entre ella y el duque dal Imperio pasaron hasta la 
media noche que se retiraron á descansar. 

Al asomar el primer crepúsculo matutino, se levan- 
taron y después de estrechar tiernamente al duque y á 
la duquesa de los Andes montaron á caballo, saliendo 
al trote. 

Les seguían Lorenzo, Mariano, Luis y Anselmo 
Ros, nombrados tenientes los primeros y alfáro3es los 
segundos. Y cuatro cria ios. 

Los equipajes habían salido das días antes. 

Con la viuda de íUs quedaba el menor de sus hijos, 
votando porque no lo llevaban. 

Nuestros dos jó renes no se diferenciaban en el tra- 
je de los hermanos Ros. Llevaban botas largas, gre- 
ginscos de lana fina, trusa de seda gruesa y un tabar- 
do que los cubría. 

Era el traje de los hidalgos arruinados. 

Pronto dejaron atrás Mairid; cuando apareció el 
sol, ya habian cruzado el puente da Manzanares. 

Seguían trotan io y ninguno de los diez hablaba. 
Parecían entregados á ideas melancólicas. 

No debió gustarle á Flaviano aquella aotitud; se 
habían alejado una legaa escasa de Madrid, cuando 
alzó su incomparable voz, entonando un himno al sol,, 
y luego otro al Ser Supremo, que embargó á los nue- 
ve restantes. Cantaba Osorio con energía, con mar- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XY1I 



395 



cadt entusiasmo, y al dirigir á Dios las frases más tier- 
nas, parada adquirir su envidiable voz más extensión, 
más volumen y un timbre mágica que obligó á excla- 
mar á Julio: 

— ¡No escuohé nada más hermoso! ¡Qué afortunada 
eres, hermano 1 

A la vez so oyó un aplauso repetido. 
Todos ooiraron á la derecha, viendo en una carr za 
que ocultaban en parte los árboles, al Nuncio, á tu 
hermana, á su sobrino y á la encantadora Alice. 

Los dss jóvenes se tiraroa de los caballos y corrie- 
ron hacia el coche. Los cuatro encerrados allí les abrie- 
ron los brazos. Sus rostros estaban marcados por al- 
gunas lágrimas. 

— ¡ Qué voz , Dies mío ! —exclamó el arzobispo. — 
¡Qué arte, qué frases!... ¡Los ángeles han debido ba- 
jar á oiros, Flaviano! 

— ¡Qaó lástima de caballero entre sdvaj es! —añadió 
la hermana. 

— Este jigante,— dijo Alioe,— vencerá en Nueva 
Esp¿íU; hasta domina con la voz. 

Diez minutos hablaron. Unos cuantos abrazos ce- 
rraron el cuadro, y ks jinetes volvieron á montar, sa- 
liendo á escape tendido. 

Julia no quiso dilatar una escena penosísima. 

Osorio le obedeció, perdiendo al poco tiempo de 
vista la carroza y hasta las torres de la coronada villa* 

A las dos leguas volvieron á trotar. 

Ahora hablaban Julio con Flaviano, los hermanos 
Ros entre sí, y lo mismo los cuatro criados. 



396 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Según se alejaban de Madrid se iban animando 7 
parecían comunicarle can cierta satisfacción. 

Es lo mismo que snoede en todas las marchas; y 
nuestros jóvenes pagaban su tributo á la Naturale- 
za. Contra ella no hay clase ni condición, talento ni 
sabiduría que baste á esquivar sus inquebrantables 
leyes. 

Nuestros mancebos hallaban destacamentos de ca- 
ballería que les abrían paso y les saludaban con res - 
peto. 

En una breve parada que hicieron se atrevió á pre- 
guntar Lorenzo Ros á Oserio: 

— Mucha caballería encontramos, señor. ¿Debemos 
ir prevenido ? 

— No,— le contestó el joven. 

— ¡Conocéis la causa? 

-Sí. 

— ¿Me la queréis decir? 

—Infiero, Lorenzo, que son precauciones tomadas 
por mi padre. Lts Invencibles, también iba tu padre, 
hicieron un viaje igual al que nosotros hacemos ahora, 
cuando f a aro a sorprendidos por multitud de sicarios 
que, escalonados hasta Cartagena, les acometieron de 
una manera tan terrible como inicua. 

— ¿Pera los hirieron? 

—No; sacaron algún pequeño rasguño y llegaron á 
la oiudad de Asir úbal dejando el camino sembrado de 
oadáveres. 

—¡Qué valor! 

— Por eso les llamaron Invencibles. 



LOS HÉROES DEL 8.GLO XVII 



387 



— Algo oí contar á mi padre de esa histeria. Eq esto 
camino conocieron á los Zalla. 

—Cierto, y en aquella jornada toda la maldad de 
una mujer hermosa. 

—¿Cómo Magdalena? 

— Por el estilo. 

— Poro de aquella generación quedan pocos. 

— Los malvados, ctmo los hombres de bien, se re- 
nuevan; 7 mientras pifemos los caminos de España 
nada malo debemos esperar. Cincuenta ó cien destaca- 
mentos hábilmente colocados velarán por nosotros día 
7 noche. Lorenzo, viajamos á lo rey; lo malo será en 
medio de los mares 7 en los caminos 7 poblaciones de 
Nueva España. 

— Haremos lo que nuestros padres y negocio con- 
cluido. Llevamos mala misión, pero buena sangre. 

— Sólo podemos p3rier la vida 7 esa vale bien poco. 

—Eso digo yo. 

Y partieron de nuevo hallando otros destaca- 
mentos. 

A la hora de almorzar 7 dar pienso lo hallaron 
todo dispuesto por dos cerreos que el duque del Impe- 
rio y Uceda mandaron. 

Lo mismo sucedió por la noche; hallaron blandas 
camas, comida excelente 7 abundante 7 cuanto pedían 
necesitar. Paro ni se les presentaba autoridad alguna 
ni nadie daba señales de conocerles. Los trataban cono 
á personajes, unos personajes incógnitos que nadie sa- 
bía q ¡nenes eran ni aun intentaban averiguarlo. 

Jnlio 7 Fiaviano tenian por desearlo ellos asi, ana 



398 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



alcoba para les dos; ja en cama, dijo el primero al 

segando: 

— Bien dispuesto está todo, hermano. 
— Cosas del duque. 

— Ni los Ros ni los criados tienen qua molestarse 
en nada; tres clases de camas distintas; tres mesas di- 
ferentes y servidos los tres grupos con arreglo á la cla- 
se de cada cual. 

— Dios mediante, llegará día en que los diez come- 
remos juntos en el suelo y con pocas viandas. 

—¿En Méjico? 

-Sí. 
Ya 1© deseo. 

— Hemos dejado atrás más da diez legaas, ¿sientes 
agujetas ó algunas molestia? 
—No; ¿y tú? 

—Tampoco. Yo creí qua el primer día... 
—Hemos corrido muela á caballo en Madrid, y c»n 
es$y con la gimnasia, nuestra? camas parecen de hierro. 
— Gomo íaeron las de nuestros padres. 
— Como son todavía las del duque. 
— ¿Dormimos? 
—Sí. 

Descansaron hasta las seis de la mañana, que vol- 
vieron á montar á caballo y continuaron su marcha en 
la misma forma quo el día anterior. 

Al tercer día durmieron en Albacete. 

En cama estaban, cuando Jalio dijo á Flaviano: 
—Aquí tenemos parientes y amigos, y ninguno nos 
ha hecho el favor de molestarnos. 



LOS HÉROES DBL S OLO XVII 



309 



— C aro es; ignoran todos que nos hallamos en su 
pueblo. 

— Nuestro incógnito está siendo secundado por el 
duque de un modo admirable. 
— Gomo tsdo lo que él hace. 
— ¡Con qué exactitud nos sirven! 
— ¡Y con qué ecoiomía! 

—No hemos gastado un maravedí desde que aban- 
donamos la corte. 

— Tiempo eos queda de hacerlo. 

— ¿En Méjico? 

—Sí. 

— Alli será otra cosa. 

Llegaron á Murcia, y les sucedió lo mismo. Con 
dolor dejó Julio aquel pueblo, por descansar en él las 
cenizas de tus abuelos, en el viejo palacio de los condes 
de Santomera; pero ce privó de aquel gusto, por no 
darse á cooooer y continuar guardando su incógnito. 

Salieron á las seis de la mañana, era la última jor- 
nada, les restaban nueve leguas y ee propusieron aca- 
bar antes de que fuese de noche. 

Ni la fatiga, ni el polvo del camino, ni las moles- 
tias del viaje, habían quebrantado aquellas naturalezas 
privilegiadas. 

Habían abreviado más de lo que suponían, y les 
equipajes, que iban delante de ellos, salieron de Murcia 
una hora después que los jóvenes. 

Era cerca de anochecido, cuando vieron las torres, 
castillos y murallas de Cartagena. 

Distarían un tiro de arcabuz de la ciudad, cuando 



4@0 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



vieron acercarse un jinete que iba en dirección contra» 
ria, á escape tendido. Al llegar á ellos se deturo pre- 
guntándoles: 

— ¿Señores, venís de Madrid? 

—Sí,— contestó Julio. 

—¿Venís á embarcaros en un buque de la marina 
real? 

—Sí. 

— ¿Venís de parte del señor duque de Uceda! 
-Sí. 

— Pues entonces, tened la bondad de seguirme, y os 
conduciré al alojamiento que teaeis dispuesto. Os hablo 
en nombre del señor alcalde mayor. 

—Id delante y os seguiremos. 
Da este modo penetraron en la antigua ciudad, lle- 
gando á la calle Mayor para detenerse y entrar en una 
casa grande, de baea aspecto, próxima al palacio del 
gobernador y al del alcalde. 

El jinete que los habí* conducido subió con ellos, y 
entrando en el salón principal les dijo: 

— Mientras estéis en Cartagena, es vuestro este edi- 
ficio; sas daeños lo han evacuado para que vosotros lo 
ocnpeis. Ni amos ni criados tienen aquí que ocnpaise 
de nada; todo el servicia está á cargo de mi jefe el se- 
ñor alcalde. 

—Muy bien,— dijo Oiorio.— ¿Y vuestro jefe dondo 

esti? 

— Na tardará en venir á visitaros. Cxeyó que no lle- 
garíais tan pronto, pero le voy á avisar y vendrá al 
mozrento. ¡Deseáis algo más? 



Osorio y FJaviano llegan á Cartagena, y les sale al encuen- 
tro un jinete de parte del Alcalde mayor. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



401 



— Gracias; ver al alcalde únicamente. 
—Al momento. 
Y salió de allí. 

Nuestros jóvenes reconocieron el edificio, y en ál 
hallaron todo lo necesario y hasta lujo en las habita- 
ciones. 

Tenian además tres criados cartageneros, un coci- 
nero, y en el zaguán de la casa guardaban la entrada 
varios corchetes. 

Los caballos estaban en anchas y ventiladas cua- 
dras, y en este momento comian el pienso. 

— No se parece esto á nuestro palacio, — dijo Silva; 
— pero es bueno, y nada ha de faltarnos. 

— Antigua es esta ciudad, por vida mía,— dijo 
Osori©. 

— Sí, la levantó Asdrubal. 

— La última de Europa que pasaremos hasta nues- 
tro regreso. 

Un cuarto de hora después se presenté el alcalde 
mayor, que era un anciano respetable, dictándoles: 

— Señores, tales órdenes y recomendaciones he reci- 
bid© de Madrid respecto de vosotros, que cuanto yo 
Talgo y puedo os pertenece. Vuestras personas son sa- 
gradas para mí, y las defendería con mi propia vida. 

— Gracias, alcalde. 

— Perdonad si no he salido á recibiros; mi edad y 
achaques me impiden montar á caballo, y aun cuando 
deseaba esperaros en los puertos de la ciudad, os ha- 
béis adelantado, toda vez que llegasteis antes que vues- 
tros equipajes, y espero á estos para salir á recibiros. 

TOMO I 51 



402 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



—Sí, debieron llegar antes qae nosotros, pero no tu- 
vimos paciencia para seguir el itinerario qne nos die- 
ron, y nos adelantamos unas cuantas horas. 

—Ya estáis a juí, y mi falta la remediaré de cuantos 
modos me ordereis. 

— No habéis faltado, alcalde, 7 nada tenemos qne 
corregiros. 

— ¿Sois Alguno deudo del señor duque del I nperio? 
—Los dos. 

— Además del señtr duque de Uceia también mi 
duque me ha escrito 7 dado órdenes que cumpliré con 
rigurosa exactitud. 

— ¿Por qué le llsmais vuestro duque? 

—No os extrañe, señores; fué mi protector 7 le amo, 
admiro 7 resp 3 to como el hombre que más vale en el 
mundo. 

— ¿Le concceis personalmente? 

— Defde hace muchos años. En este pueblo todo el 
mundo le conoce 7 todos le admiran. 

—Muy bien. ¿Tenemos buque para nueva España? 

— El mejor que hay en el arsenal; un navio de su 
majestad que no tiene rival en los mares. 

— ¿Cómo se llama? 

— El Invencible. 

— ¡Q'¿é casualidad! — ex ñamaron los jóvenes son- 
riendo. 

— ¡Lo coioceh? 

— No, pero tenemos de él buenas naticias. ¡Q ? é mi- 
sión lleva á N.eva España? 

— L% de c: n luciros. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



403 



—¿Nada másj 

— No, señor. Regresará en cnanto os deje. 
—¿Quién lo manda? 

—El comandante Rogar de la Iglesia; ese no es tan 
bueno como su navio. 
—¿Qué le sucede? 

—Yo no lo he tratado, pero entre los marinos se 
dice que tiene un carácter irascible, que es terco y que 
no bulla por su sabiduría. 

—Mal compañero nos dais, alcalde. 

— Se lo dige á mi duque, y me ha contestada ajer 
que no importa. Añade que siendo el barco bueno lo 
demás vosotros lo arreglareis. Supone que entendéis 
de las cosas de mar, y afirma que tenéis el don de do - 
masticar las ñeras. 

Lss dos volvieran á reir diciendo Julio: 

—Tiene razón nuestro duque, yo entiendo algo de 
náutica, y mi compañero sugeta y domina á los leo 
nes. ¿Guando salimos? 

— Cuando vosotros lo dispongáis. 

— Esta noche llegarán nuestros equipages, mañana 
se embarcarán y al siguiente día nos haremos á k 
vela. 

—Mucha prisa tenéis. 
—¿Qué fuerza tiene el barco? 
— Entre soldados y gente de mar, unos quinientos 
hombres. Monta veinte cañones y diez culebrinas. 

— ¿Buen personal? 

— Regular. Van que lando pocos discípulos del graa 
marino Roch. 



404 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Tiene alguno el Invencible? 

— Desgraciadamente n?, señor. 

— Quedamos en que saldremos pasado mañana. 

— No hallo inconveniente en que así suceda; el bu- 
que se halla listo. 

Hablaron cinco minutos más, ge despidió el alcal- 
de y quedaron solos de nuevo ios des hermanos. 

—Había anochecido por completo y la ciudad cíe As- 
drubal se entregaba al silencio de un pueblo poco afi- 
cionado al bullicio y la algazara. 



CAPITULO XX 



«Cartagena — Rogelio Mendoza, Marqués de AJbella.— Con lo que 
no cuitaban Silva y Oiorlo. — Un compañero mas. 



Solo habían trascurrida quince minutes desde el 
memento en qae el alcalde dejó á Osorio y Silva, cuan- 
do nuestros jóvenes oyeron el ruido de armas, voces, 
y carreras en la calle que habitaban y casi frente á su 
casa. 

Entró Lorenzo Ros, 7 después de pedir permiso á 
Flavian© se asomé á uno de los tres bs Icones que tenía 
el salón. 

Los dos hermanas permanecieron indiferentes á la 
algazara aquella. 

De pronto empezó á gritar R«s : 
— Aquí, señor marqués, entrad en el zaguán que 
allá voy. 



406 



LOS HÉÜOES DEL SIGLO XVU 



Y corrió hacía la escalera dando desaforados gritos. 
—¿Qué ocurrirá? — preguntó Jallo sin me verse de su 
asiento, 

— Ese muchacho iba descompuesta,— replicó Oso- 
rio. — y ahora manda á los corchetes que defiendan la, 
casa. Pardiez que algo grave ecurre. 

Pero no se movió tampoco de su asienta. 
En pos de Lorenzo Ros corrieron cen las espadas 
desnudas los tres hermanos y los cuatro criados de 
Oso rio y Julio. 

Seguían los gritos y las carreras. 
La calle empezó á iluminarse. 
Da pronto se cerró el gran portón de la casa y co- 
menzó el ruido en la escalera. 

Daban golpes en la puerta que acababa de cerrarte y 
pedían la entrada, pero nadie les contestaba. 

No tardaron los dos hermanos en oir una voz que 
en forma de trueno les decía: 
— iJulio, FJaviano! 



Casi á la vez vieron á un hombre que les abría lefe 
brazos. 

Los dos jóvenes se pusieron en pie y estrechando al 
que entraba, gritaron: 
— ¡Rogelio! 

— Vuestro Rfgelie, si,— les contestó con su vez de 
bajo profundo, — querían matarme, hermanos, pero lle- 
gó Res con tanta oportunidad... ¡Vosotros en Carta- 
gena y yo sin saberlo, ingratos! 

— Acabamos de llegar,— le dijeron, — y venimos de 
incógnito. 




LOn HÉROE» DEL 8IGLO XVII 



407 



— Para *alvar mi vida, lo comprendo; os trae la ins- 
piración del Santo, nuestro padre. 

— ¿Péro qué es eso, qué te ha ocurrido? 

— La cuestión data de tiempo atrás. Lo del memen- 
to se contrae á un alférez que he estrellado contra las 
baldosas del puerto y á ciaco soldados que he tirado 
al mar. 

— ¿Tá, Rogelio Mendoza, marqués de Abella, has 
hecho eso? 

— Sí, eoy lo mis aio que mi padre, con más fuerzas 
que é ! , tan temerario como él. 

— ¿Pero obraste con causa justificada? 
— Yo lo cree; me sobraba la razón. 

El que de este modo hablaba era el sucesor de uno 
de k s seis Invencibles, compañero del príncipe de Italia 
7 del duque del Imperio, se babía educado con Julio y 
Flaviano y con ellos vivió hasta que muerto su padre 
el marqués de Abella, se lo llevó á Cartagena su abue- 
lo materno. Esto sólo hacía dos años. 

Era un peco más bajo que su paire, pero aún resul- 
taba bastante alto, pues el autor de sus días, era un 
gigante. Era más ancho de hombi os que aquél, más 
nervudo y su poderosa musculatura p arecía de bronce. 
Moreno, con ©jos negros y vivos, entendimiento ilus- 
trado por una brillante educación era un buen partido 
psra las mujeres y una maza de hierro, cuando no un 
leén para les hombres. Bien dirigido podía ser en la 
guerra una máquina de destrucción y en el consejo un 
voto ilustrado, imparcial y recto. 

Flaviano y Silva creyeron siempre que Rogelio va- 



408 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



lía mecos que valió su padre, particularmente el pri 
mero que le conocía mejor que el segando por haber 
sido siempre un lebrel que á todas partes le seguía. 

Mientras hablaban los tres, los golpes á la puerta 
continuaaban, las voces aumentaron, y la calle poco á 
poco se habían ido iluminando. 

Fla áano se asomó al balcón que había dejado abier- 
to Ros, y pudo ver mis de cien soldados que se dispo- 
nían, unos á echar la puerta abajo y otros á escalar la 
casa, lo que hubieran logrado á no llegar con gr&n 
oportunidad el alcalde mayor, seguido de veinte cor- 
chetes. Detuvo por el pronto á los soldados, la puerta 
se abrió á las voces que dió á los corchetes que tenía 
dentro, y en pos de él quisieron penetrar los soldados. 
El alcalde los contuvo en nombre del rey, formando 
con él y sus corchetes una muralla de carne. 
— ¡Adentro! ¡Adentro!— gritaba la tropa. 
— ¡Alto!— gritaba el alcalde:— ¡alto en nombre del 
rey. Tengo orden de no dejar entrar en esta casa á 
nadie, y el que penetre pagará cen su vida la grave fal- 
ta quo cometa. 

Continuaban las carreras; los cartageneros, creyen- 
do que se trataba de una revolución, huían á sus habi- 
taciones, y la guarnición se armaba, poco menos que 
de punta en blanco. 

Dos capitanes llegaron á la casa y enterados de lo 
que los soldados les refirieron, quisieron entrar; pero 
también los contuvo el alcalde, diciéndoles que era ne- 
cesario para atravesar el portal, cruzar por encima do 
su cadáver y de su autoridad. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



409 



Hubo un momento de pansa; los dos capitanes ha- 
blaban entre pí, los soldados tendían á la insubordina- 
ción y el pánico arreciaba. 

Flaviano veía todo esto con interés, pero nada dis- 
ponía, nada acordaba. 

Julio y Rogelio, sentadas ea dos sillos es, discu- 
rrían sobre cosas de Cartagena como si nada ocurriese 
á la puerta de su casa. 

Da pronto exclamó un sargento: 
— Soldados, ahí se escande el matador de uno de 
nuestros jefes y de cinco compañeros; prendámosle 
para que sea juzgado. Arriba, que se nos vá á es- 
capar. 

Y quisieron atropellar la masa de corchetes, pasan- 
do por encima de ella. 

Ya estaban varios en el zaguán, pero se detuvie- 
ron ante otra masa más fuerte; la que les opusieron los 
Ros y cuatro criados armados cada uno con un par de 
pistolas de dos cañones. 

Cinco corchetes habían rodado al suelo, y el alcal- 
de sufrió dos contusiones leves. 

La ñera actitud de los Ros y cuatro criados, su va- 
lor, su serenidad y la clase de armas de que disponían, 
propias en aquella época de sólo los grandes cabaile 
os, los echó atrás, pero se repusieren y fueron á caer 
en tropel. 

En este instante, se oyó la vibrante vsz de Flavia- 
no, que gritó: 

— ¡Ros, fuego si avanzan, matad treinta y dos, y 
defended luego la escalera con las espadas! 

TOMO I 5tt 



410 



L 8 HÉROES DEL SIGLO XVII 



Esta orden, aquella voz tan dulce cantando, y tan 
fiera en este instante, contuvo á los soldados más que 
los treinta 7 dos cañones de las dieciseis pistolas. 

Se echaron atrás, dando tiempo á que todos los cor- 
chetes, con su alcalde á la cabeza, se situaran en la es- 
calera espada sn mano. 

Los soldados quedaron en actitud belicosa; los ca- 
pitanes desaparecieron, para no hacerse solidarios de 
lo que allí ocurría. 

La tropa, toda dentro del zaguán y con los acero» 
en la mano, iban á cargar. Les parecía vergonzteo que 
treinta hombres próximamente, detuvieran el paso k 
más de cien aguerridos veteranos. 

La lucha iba á ser sangrienta, y los resultados du 
dosos. 

Un minuto más, y la muerte hubiera reemplazado 
á aquelks grites y amenazas. 

Pero no llegó á trascurrir; segundos antes, se pro* 
sentó el gobernador militar, rodeado de varios oficiales 
y á la vez, volvió á oirse la voz de Flaviano, que dijot 
—Alcalde, Ros, abrid paso al gobernador, y que 
suba, si lo desea. 

La tropa se contuvo, los Res y criados bajaron los 
cañones de las pistolas, los corchetes, por ordon del al- 
calde envainaron las espadas, y el jefe militar, después 
de tender una mirada sobre todos los que habia en el 
zaguán y escalera, pasó per medio, silencioso, seguido 
de les oficiales, entre los que iban los capitanes que es- 
tuvieron antes. 

Al entrar en el salón vieron á Julio, á Flaviano j 



LOS HÉROES DHL 810 LO XVII 



411 



Rogelio, sentados tranquilan ente, sin armas en la ma 
n o 7 en la actitud más pacifica. 

Creyó el gobernador reconocer los roa tres de Oeo- 
rio y Silva, pero vacilaba. 

— Viendo que ningano de ks tres se levantaba, ex- 
clamó con imperio: 

— ¿Permanecéis sentados asta la primera autoridad 
de Cartagena? 

— Ya lo veis,— contestó Flavian©.— Estamos bien 
asi. 

—Yo os mando poner en pie y seguidme los tres. 
—No es posible eso, g« levador; nosotros no pode- 
mos ni debemos ni queremos obedeceros. 
—¿Por qué? 

—Porque sois muy poco para mandarnos. 
— Prob&dlo. 

— Os aconsejo que antes mandéis retirar á esos 
oficíale*. 

— ¿Para qué? 

— Para evitaros un sonrojo. 
—¿Un sonrojo? 

—Sí. Habéis faltado á vuestros deberes, la repren- 
sión va á ser dura y os quiero hacer el favor de no 
darle publicidad. 

— ¿Pedéis vos reprenderme? 

—Y mandados ahorcar. 

—Retiraos á la habitación contigua, señores, — dijo 
el gobernador; — anhelo ya saber quienes son estos po- 
derosos envueltos en tabardos de lana. 

Solo con les tres, y queriendo demostrar la misma 



412 



LOS HÉROES DEL SI9LO XVII 



tranquilidad y sangre fría qae los jóvenes, cogió un 
sillón y sentándose al lado de elbs, añadió: 

—¿Quieren vuecencia» darme sus nombres? 

—Ni aun preguntar sabéis, gobernador, —le dijo 
Jalio;— soy alteza, como prijao de dou Felipe III, y os 
advierto que tiene pana déla vida el quema descubra, 
como igualmente á mi compañero, Seguid preguntando. 

— ¡Ah, comprendo! Al principio quise reconocerás, 
vaciló después, y ahora, oon la presencia y familiari- 
dad del marqués de Abolla!... ¡Y vuestro compañero!... 
Terribles noticias llegaron a?sr á Cartagena, sólo el 
tálenlo, valor y temeridad de ese vuestro compañero. 
¡Perdonad, señor, yo respeto en ambos la gerarquía, y 
tanto 6 más, el glorioso, el nombre inmortal que lle- 
váis; pero en este puerto, se ha cometido un crimen, y 
me habréis de permitir, como jautos que sois, vengue 
la justicia ultrajada por el más inaudito crimen! Note- 
neis autoridad aquí, no tenéis jurisdicción y no os po- 
déis oponer al cumplimiento de mis deberes. 

—Gobernador , tanto poder tenemos aqoí, que os 
puedo mandar ahorcar sin cometer el más pequeño 
abuso de autoridad. Mi poder es inaoens», discrecional. 
Pero habéis recurrido á mi justicia, y lejos de negaros 
el derecho que me pedís, voy á constituirme en juez, 
y no debéis dudar que se cumplirá la justicia. Puesto 
que me conocéis, os maado hagáis retirar la tropa, to- 
da la fuerza que aquí entró, qae haga lo mismo el al- 
calde, que entre con vos, ciérrenlas puertas y entre los 
cinco solos aquí ventilaremos la cuestión, tomando por 
base lo estricto de la j asticia. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



413 



El gobernador se incliaó f obedediendo á Silva en el 
acto. 

Todos salieron, las puertas se cerraron, los Ros 7 
criados se perdieron en las habitaciones interiores, 7 
no tardaron en entrar 7 sentarse el alcalde 7 el gober- 
nador. 

El primera de éstos dos últimos, miraba 7a á los 
jóvenes recien llegados con asombro 7 respeto. 
Julio exclamó: 

—Gobernador, puesto que juzgáis criminal al señor 
marqués de Aballa, hacad la acusación. Ya os escu- 
chamos. 

— Me han asegurado testigos presenciales, que ese 
caballero ha estrellado á un ^ñoial contra el pavimento 
del puerto, 7 no bastándola con ese crimen, arrojó al 
mar cinco soldados. 

— ¿Murió ese oficial? 

— En el acto; tiene el señor marqués fuerzas tan her- 
cúleas, que le deshizo el cráneo 7 parte del cuerpo al 
caer. 

— ¿Se ahogaron los soldados? 

— Tres fueran sacados por marineros; los restantes 
no han parecido aún, podráa haberse ahogado, ó si 
eran nadadores es pasible que se refugiaran en el ar- 
senal, en algún castillo ó extremo del puerto. 

— Es decir, que de cierto sólo tenemos noticia de 
una víctima. 

—Sepamos ahora, señor marqués de Abolla, los mo- 
tivos que habéis tenido para realizar esos atentados. 
— Tengo que tomar el asunto un poco atrás para quo 



414 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



te pueda formar una idea exacta de la causa de todo, 
de la verdal, y de este modo le sea posible á la justicia 
obrar con rectitud. 

— Muy bien, — contestó Silva á R >gelio, —decid lo 
que á bien tengáis, que os escuchamos con gusto. 

— Doy principio: hay en Cartagena uoa joven bella 
rica, huérfana de padre y tan virtuosa como los ánge- 
les. Da ella se enamoró el gobernador y es de suponer 
que quisiera llevarla al lecho nupcial, siendo así que 
no ha mucho, pidió á la madre la mano de la hija, no 
obstante la oposición que la joven venia haciendo Je 
tiemps atrás á ese enlace. Nada más natural; puede ser 
padre suyo el aspirante á novio, y aun le sobran años 
La jo ?en tiene dieciseis y el gobernador cuarenta y 
siete. Hasta aquí nada hay de extraño ni de anómalo; 
estaba este caballero en su derecho para desear y pe- 
dir, como las interesadas lo estuvieren para negar. L > 
extraño, lo anómalo faé que el gobernador, ofendido y 
hasta lastimado, sin causa ni motivo, trató en público 
á la madre y á la hija, can una dureza impropia do 
caballero. 

— ¡Señor marqués! 

—Impropia de caballeros, sí, y más todavía las ame- 
nazas que les habéis dirigido y los insultos que les hi- 
cisteis. Testigos hay, muchos, nobles y plebeyos que se 
hallan dispuestos á declararlo. Si hay malo en esta po- 
blación, la inmensa mayoría es hidalga. Yo me apresuré 
á tomar la defensa de la joven. ¿Cómo no, si era vir- 
tuosa y jóven? No tenía ninguna clase de relaciones con 
ella, pero no soq necesarias para defender la virtud y 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



415 



la orfandad. Desaflá al gobernador, y no quiso admi- - 
tir, le insalíó y no se dió por efendido. A ks pocos 
días me mandó nn valiente y lo maté en duelo á espa- 
da. Después me quiso pegar un pariente sujo , y lo 
arrojé al mar. Aquel no «alió. Y esta noche» cuando 
regresaba del puerto, y en el momento de pifar el mue- 
lle tocó mi rostro con sus manes un oficial qae en el 
acto estrellé contra el pavimento. Quisieron atacarmo 
varios soldados, protestando vengar á su jefe y arrojé 
cinco al mar; pero vi venir sobre mí cientos de ellos, 
y avancé esquivando el encuentro, lo que no conse- 
guí. Bq medio de mi apuro, y no teniente ya mar 
donde arrojar mercenarios, me atrajo á esta ca?a la 
voz de Ros, y entré en ella na tanto á tomar refugio, 
como por averiguar quienes habísn traiio al h<jo del 
oiiado más leal y valiente que tuvo el duque del Im- 
perio, según o! á este y á mi madre, y no tengo más 
que decir. 

Calló Rogelio, y haciendo usode la palabra Silva, dijt : 
— Señor gobernador, el señor marqués de Abella se 

educó jento á mí; jamás mintió y estoy segurísimo que 

acaba de decir la verdad Resulta en consesuencia que 

fuisteis vos el culpable de todo. 

Confuso y aturdido el gobernad vr contestó de esta 

manera: 

— To nada he maniata; lo de la joven es verdad 
pero nada más. 

—Lo dejais por embustero, éi os desafía por mi ctn- 
ducto y doy por hecho que ahora le daréis una satis- 
acción. ¿No es esto, señor marqués? 



LOS HÉROES DKL SIGLO XVII 



— Perfectamente; entre caballeros se zanjan todas 
las cuestiones de esa manera. 
— ¿Qué decís, gobernador? 

— No debo batirme y no me bato con el sucesor de 
un gigante que tan eminentes sorvioios prestó á su pa- 
tria, á su religión y á su rey. Le perdono sus faltas, 
que me perdona él las que yo haya cometido y no vol- 
vamos á hablar de este asunto. 

— Yo, c©m© caballero, pude aceptar un duelo dan- 
do esa solución á esta asunto. No lo queréis, voy 
como juez á sentenciar. Oid: el señor marqués de Abo- 
lla saldrá desterrado para Nueva España pasado ma- 
ñana. Vos gabaruador, que no habéis muerto á nadie, 
pero que fuisteis causa de varias muertes, saldréis ma- 
ñana de esta provincia para no volver más á ella. Es- 
ta noche resignáis el mando en vaestra segundo; el ac- 
to lo presenciáis vos, alcalde. Ved ese escrito del rey 
y si no es bastante, hablad. 

Y sacando de su escarcela su nombramiento de re- 
presentarte de don Felipe y de generalísimo, se lo di6 
á leer. 

El gobernador besó la firma real y después de 
ojearla se la devolvió diciendo: 

—Es bastante, señor. ¡Qué desdicha! 

Julio le hizo un signo para que saliera, y aquél lo 
efectuó sin hacer otra ce t a que una reverencia. 

El alcalde se puso en pie y quito besar de rodi- 
llaa las msnos de Julio y de Osorio. Los había reco- 
nocido. 

—Alzad,— le dijo Silva, — los leales, á nuestros bra- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



417 



zes. Salid y mañana á primera hora, haced el embar- 
que de nuestros equipajes. 
— Señor, .. 

—No hemos comido todavía, alcalde. 
— Hasta mañana. 

Y desapareció, entrando luego en la caía veinte 
corchetes con orden de matar al que intentase moles- 
tar á los caballeros que allí se hospedaban. 

Súoñ ya les tres, exclamó Rogelio con la voz des- 
templada: 

— Oye, alteza ó demonio, ¿qué destierro es ese? 

— ¿A. cuál te refieres? 

—Al mío. 

— ¿No lo has oído? 

— ¿A. Nueva España yo? 

—Claro es. 

— Yo no voy. 

— Te lo manda el rey. 

— ¡Julio, no seas cruel! 

— Rogelio, no seas desobediente á las órdenes de su 
majestad. 

— Pero, hombre, ¿hablada consentir que me insul- 
taran y matasen? 

— ¿Qué tendría de particular? ¿No lo hacía mi padre! 
— Tu padre es un Santo. Y á mi edad... 
—¡Cállate! 

— Que no voy á Nueva España. 
—¿Por qué? 

—¡Vaya una pregunta! Qae no voy. 
—¡Irás! 

TOMO I 53 



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LOS HÉROES DBL SIGLO XV II 



— ¡Flaviano, amigo mió, mi maestre en Madrid, mi 
compañero siempre, defiéndeme! 
—No puedo. 
— ¿Por quá? 

—Hay que obedecer al rey. 
— ¡Hombre, qué obediente te has hecho con aquel 
indolente!... 

—¡Calla, profano! 

— Ni callo, ni voy áMéjico. ¡Vava un viaje encantador! 
—Te va á parecer delicioso. 
—¡Imposible! 

— Rtgelio, yo nunca he mentido. 
—Pero, Jalio, ¿cém$ me ha de parecer delicioso lo 
que más puede atormentarme? 
— Nada más lógico. 
—Lo que y© digo. 
—No, lo contrario. 

— Convénceme y te regalo lo que me pidas. 

— Acepto. Has de jurar obediencia ciega en todo lo 
que te mandemos Flaviano ó yo. 

— jVais á empezar por mandarme que vaya á Nue- 
va España? 

— No seas suspicaz. No hemos de mandarte eso, nos 
has de ragar tú que te mandemos á Méjico. 

—Entonces juro solemnemente obedeceros á tí y á 
Flaviano con la ciega sumisión, con el cariño que mi 
padre obedeció siempre á los vuestras. 

— Quedamos satisfechos. 

— Vengan ahora las delicias y los encantos de ese 

malhadado vi*je á Nueva España. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



419 



— Oyelos: pasado mañana, en el navio Invencible, 
partimos Flaviano y yo á Mójioo, como general el uno 
y generalísimo el «tro. 

-¿Qaó? 

— Espera. Necesitamos nn capitán joven, valiente, 
entendido... 
— Yo, yo. 

— No, me 1© has de rogar. 
—Os lo snplico á los dos. 

—Un capitán, que vuelva de maestre de campo ó 
de general. 

— ¡Qué dicha, quá enoanto, qué felicidad! ¡A vues- 
tro lado siempre, peleando can vosotros, igualándome 
á mi paire! (Si no fuera cierto moriría de dolor! 

— Rogelio, que jo no miento ni aun en broma. 

— Es verdad, perdona. ¿Qnén nos manda allí? 

—El rey, por consejo de mi padre. 

— ¡El Santo, bendito sea vuestro padre, Julio!— di- 
jo Rogelio. 

—¿Y tu abuslo? 

—Lo siento, paro antes sois vosotras, la patria y el 
rey. Quedan á su lado parientes y amigos que velarán 
per él. jCttánlo soy capitán? 

— Mañana, pero cillalo por ahora. 

— Viajamos de incógnito. 

— Ya me lo dicen eses trajes. 

—Cómprate banda y lo necesario, nos imitas en tra- 
je, prepara el equipaje esta noche, y mañana lo man* 
das al navio Invencible. 

Todavía dieron alganas órdenes á Rogelio, salió 



490 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



éste rebasando alegría, 7 nuestros jó yenes se sentaron 
á la mesa. 

Eran las diez de la noche, 7 almorzaron á las once 
de la mañana. 

Empezaban tan sobri&s 7 sufridos como sus padres. 

A media noche ss retiraron á descansar, sin sentir 
las molestias del insomnio, da la dieta ni las de na via- 
je largo 7 muy molesto en aquella ép®oa. 

La prudencia, comedimiento 7 calma que acababan 
de demostrar, probaban que el Santo no se había equi- 
vocada al encargar al rey qua los nombrara generales. 

Todo eso 7 más necesitábanlos elevados, entendi- 
dos 7 valientes mancebos para llevar bien la comisión 
que el Santo les encargó. 

¡De cuantas traiciones, perfidias 7 maldades iban á 
verse rodeados, si lograban atravesar los mares 7 lle- 
gar á Méjico! 

El peligro ménos expuesto que debían correr, era 
el de la larga travesía del Océano 7 mar de las Anti - 
lias. Ya en tierra firme, no debían dar un paso sin que 
un reptil dejase de acechar la ocasión de morderles. 

Pero no adelantemos el discurso. 



CAPITULO XXI 



Despedida de Cartagena. — El navio invencible. —La gente 
de á bordo. — El primer di a de navegación. 



La mañana del día siguiente emplearon Flavian© y 
Julio en escribir varias cartas que mandaron á Madrid 
con nn correa. 

Al terminar se prasentó el alcalde, dioióndoles: 
— Quedan cbeáecidas vuestras órdenes; cesó el go- 
bernador, que era lo que dijo el noble marqués de Abe- 
lia, y le reemplaza su segundo, que es hombre distinto 
y de conducta irreprensible. Y quedan los equipajes 
embarcados. 

—Vais á tener que hacer otra visita al navio, señor 
alcalde; somos tres en vez de dos. 

—Lo sabía; bien temprano me lo participó el señor 
marqués y he contado con él y con su equipaje. Os dan 
una cámara separada, independiente y os servirán co- 



422 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



mo al comandante. Vuestro incógnito impide que sea 
otra cosa. 

—Muy bien, con eso nos basta. ¿Qué habéis dicho 
al jefe del barco? 

— Que seis nobles de Madrid y que lleváis á Nueva 
España ana misión importante de su majestad. 

— ¿Qaó cor testó? 

—Nada, que estaba bien. Es hombre de pocas pala- 
bras. Ya tenia la orden del duque de Uceda y con esa 
dijo que le bastaba. 

—¿A. quá hora eos espera? 

— A las seis de la mañana si el tiempo no varia. 
Obligaron al alcalde á que les acompañara á la me- 
sa y hablaron hasta que terminó aquel acto. 

Todavía les hizo otra visita el alcalde aquella tarde 
despidiéndose hasta la madrugada del día siguiente. 

Eran las siete de la noche cuas. do se presentó por 
primera vez este día Rogelio, dictándoles: 

—Ya estoy con vosotros, para 10 separarme nunca. 
Los hijos deben vivir como los padres. 

—¡En todo el día has parecido por aquí! 

—En mi vida he trabajado más ai he tenido tanto 
que hacer. 

-¿Tú? 

— Yo. Me llevó anoche á Luis Ros, y me ha aya- 
dado á preparar mi equipaje igual al que vosotros 
lleváis. 

-¿Igual? 

—Claro es; tiene algo más, una preciosa banda de 
capitán. ¿Y mi nombramiento? 



LOg HÉROES DEL SIGLO XVI í 



423 



—Aquí lo tienes. 

— En regla. El de mi padre está firmado por el ta/o. 
— ¿Fuiste al navio? 

— No, mi equipaje lo ha llevado Rts coa mis criados. 

—¿Cuántos criados piensas llevar? 

—Uno, pero bueno. 

—¿Tiene tanta fuerza eoo&o tú? 

—No; como yo es muy difícil hallarlo, pero es más 
alto, más ancho y pueda cargar con un hombre y lle- 
varlo una legua al hombro. 

—Un derivado tuyo. 

— No, que es muy bruto. 

—Pero materialmente considerado... 

-Entonces, sí. Vengo á cenar y á dormir con vos- 
otros. 

— ¿Diste la orden? 

—La dió Ros que vino antes. 

— ¿Te has despedido? 

-Sí. 

—¿Qué dice tu abuelo? 

—Está medio lelo. Contestó que si me iba de orden 
del rey no podía él impedirlo y que no quería despe- 
dirse de mí para no entristecerse. 

— ¿Vas satisfecho? 

—No os lo puedo explicar; sois los dos hombre» 
de más talento que conozco y á vuestro T ado, recor- 
dando que mi inolvidable padre jamás se separó de los 
vuestros, me juzgo feliz imitándole. Se me ocurre una 
pregunta : j Contábais conmigo antes del lance de 
anoche? 



424 LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



—Sí. 

—Pero yo vine antes. 

—Por eso no te avisaron. ¿A nadie has dicho quie- 
nes somos? 
—No. 

— ¡Qué cuentan de ta lance de ayer? 
—Los cartageneros lo aplauden; los de la guarnición 
tascan el freno y aseguran que uno de vosotros es un 
príncipe disfrazado, amigo que fuá de mi padre, y que 
á él debo la vida. 

— Hé ahí una mentira que se paraca á una verdad. 
— Eso dije yo al oirle, Plaviano, porque nuestro 
hermano Julio es casi un príncipe. 

Todavía continuaron hablando hasta las ocho que 
se sentaron á la mesa. 

Concluyeron á las nueve y hasta las diez quedaron 
de sebremesa. 

Flavian® dijo á Mendoza: 

— Rogelio; ocupamos una hora agradablemente; 
cuéntanos á Julio y á mí hn abusos de faerza que has 
realizado desde que te separaste de nosetros. 

—Poco fué; la sociedad cartagenera es excelente. 

—Pero algo habrás hecho. 

— Sí, pasaba una nsche por esta calle, yo era de 
madrugada, cuando vi al hijo de mi mayordomo á la 
parte adentro de una reja volada. Hubo de reconocer- 
me á la luz que lleva uno de mis pajes, y me dijo muy 
quedo: 

—Salvadme, señor, por caridad. 
— ¿Qué te sucede?— Le pregunté. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Que mi novia abrió la puerta de sa casa para qoe 
entrase y habláramos sin tenor al frío de la noche; 
acaban de cerrar la puerta, la muchacha huyó espan- 
tada y yo espero que varga n á darme una paliza. 

— ¡No será, vive Dios! Me avalancó á la rejs , la arran- 
que" y el pobre muchacho salió á la calle sin impedimen- 
to de hierros. Volví á celoear la reja, en su sitio, y to- 
dos nos fuimos. 

— ¿Arrancaste la reja! ¡Qaó disparate! 

— Era el único medio de salvar al desgraciado. 

— Pero te destrozarías las manos. 

— Nada de eso; ni señal me dejó. 

— ¿Qaó sucedió después? 

— Que los padres mandaron fijar la reja de una ma- 
nera sólida, y como una dueña les dijese que fui to el 
que la arrancó se resignaron. 

— Continúa, Rogelio; tu relato, cerno y© supsiía, 
nos va á distraer. 

—Un día salí de mi casa y fui á cruzar la calle en 
el memento en que usa carroza se me echó encima. 

—Animal; grité al cochero, ¡conmigo ese desacato! 
Toma, y cogiendo el extremo auperisr de i& iattza, hi- 
ce un esfuerzo y rodaren hacia atrás, coches, caballos 
y los que iban en la carroza. 

— Volcaría. 

— Ya lo creo, pero á bastante distancia de mí. 
— ¿Quiénes iban dentro? 

—Dos ingleses que después me buscaran y al verme 
me presentaron los poños. ¿A. mí con esas? les dige; al 
uno le rompí los dedos y al otro la muñeca derecha, 

TOMO I 54 



426 LOS HÉROES DEL 8IGLO XV il 



—¿De cks puñetazos? 

— Sí, pero no muy faeites. 
—Vernos con otro, Rogelio. 

—¿Otro? Allá va. Me hallaba usa t&rle en el puerto; 
de pronto se levanté un huraüán con mar de fondo que 
arrancó varia» baldosas del puerto. Y me iba á reti- 
rar per lo molesto de aquel vie&to Sur cuando escuché 
varias veces que decían: ¡se estrella, se estrella! y to- 
dos van á perecer. Era un barco pequeño que venía 
empujado por las faerzas de unas olas descomunales é 
iba derecho á estrellarse centra el muelle. Me puse en - 
frente, alargué los brazos y cogiendo la proa del barco 
tiré hacia tierra hasta que ayudado per las fuerzas del 
mar lo dejé en seco, sin romperlo y sin que nadie pe- 
reciese. 

—¿Per® qué te sucedió á tí! 

— Que me dieron las olas un baño completo. 
—-La operación sería rápida. 

— Instantánea. 

— ¿No hallaste competidor alguno? 

— Mi fama corrió por el mundo y hace poco tiempo 
se me presentó un conde geno vés cicle ador 

— Soy el hombre de más fuerza del mundo; nadie lo 
dudó; pero hace un mes me dijeron dos hijos de este 
país que vos me aventajabais. ¿Me queréis hacer el ho - 
ñor de demostrar que es cierta vuestra superioridad? 

—No tengo empeño,— le osntestó; — más si vos lo 
deseáis, lo intentará. 

—He heaho el viaje de Génova á Cartagena para 
eso sóta. 



LOS HÉRORS DEL SIGLO XY1I 



427 



—Pues disponed el día, la hora, y la forma y me 
pondré á vuestra disposición. 

Así se hizo, y al día siguiente provistos de nna pe- 
sada barra tiramos. Le aventajé dos varas; es buen ti- 
rador. Repetimos y le gané por cuatro. 

— Estáis cansado, — le dije,— mañana probaremos d$ 
otra manera. 

— ¿Qué otra manera?— me preguntó. 

— La que vo* queráis,— le contesté,— dis:urrirla 
vos. 

Así se hizo, y al día siguiente detuvo mi contrin- 
cante á un carro tirado por d«s mulcs castigados y á 
la carrera. Yo no le detuve, le hice retroceder cuatro 
varas. Seguimos por espacio de nueve días, siempre le 
gané, regresando á su país daio al demonio. 

— Rogelio, tu padre tuvo mucha fuerza, pero no lle- 
gó ni con mucho á tí, — le dijo Osorio. 

— Es en lo único que le aventajé. 
— |Te aumentaron en Cartagena? 
— Sí, mucho: cuando salí de Madrid solo tenía vein- 
tiún años. 

— ¿Has luchado con alguna fiera? 

— Solo una vez cojí á un león dentro de la jaula, y 
desde fuera, me avalancé á su cola y le hice retroceder 
una vara tumbándolo. 

—¡Qué disparate! 

—Como yo no tenía garras, me eché atrás, porque 
el animal dió un rugido terrible y me tiró una zarpada 
de muerte. 

— ¿No llegó á tt oartt? 



4?8 LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



— Imposible; me coloqaé á respetable distancia, él 
fué el que se lastimó ora los hierros de la jaula. 

—Julio, veo con placer, — dijo Flaviano,— que He- 
Tamos á Nueva España te razón, el derecho y la fuer- 
za, següu has oido. 

— ¡Si nos basta con eso! 

—¿Por qué no? 

—¡Hay tanto malo allí! 

— Con soltarles un Rogelio debemos tener bastante, 

—Si vinieran de frente. 

— Cuando vengan por la espalda, entonces les suelto 
yo un Julio ó tú un Flaviano. 

— Tengo esperanza de triunfar, hermano, pero ne 

seguridal. 

— Alto, señores, el que seáis, generales. — exclamó 
Mendoza,— no os libra de ser hermanos míos. ¿Lo en- 
tendéis? Gomo nuestros padres, como antes cuando 
éramos pequeño?. 

— Con mucho gusto, Rogelio; eso queremos Flavia- 
no y yo. Si antes hablé en singular faé contestando á 
nuestro hermano. 

— Si no soy más que mísero capitán, ya te daré mo 
tivo para que me asciendas. 

— Lo creo y lo haré, y jamás dejaremos de ser her- 
ma os, aun cuanto uno de los tres ascendiese á rey. 

— E?o quiero yo; no me importan taato los ascensos 
como ser hermano vuestro. Flaviano, tú me dirijirás 
como tu padre hizo con el mío. 

— Yo ó Julio, lo mismo es. 
Pemaneaieron hablando hasta las diez que se retí- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



429 



raron á descansar, dando antes la orden da que les des- 
pertasen á las cinco de la madrugada. 

Un cuarto de hora después, todos, amos y criados, 
dormían tranquilamente, sin que fuese motivo á desve- 
larlos el largo, penoso y expuesto viaje que iban á em- 
prender horas más tarde. 

Una travesía desde Cartagena á Méjico en aquella 
época era cosa que imponía á los mismos marinos. 

Tenían que cruzar una parte del Méditérraneo, to lo 
el Océano Atlántico, y luego el mar de las Antillas. 
Los buques eran de vela y remo, pesados en general, 
y claro es que, con tan mala locomoción y la* grandes 
calmas que sufrían, los viajes se hacían largss y tenían 
necesariamente, que cruzar por entre tormentss, chu 
bascos y toda clase de accidentes molestos, peligrosos 
y extraños á la vida de tierra. Por esta causa, era en- 
tonces un viaje á Méjico casi una heroicidad, cuando 
no un hecho temerario por lo audaz y expuesta. 

Ninguna de estas ideas cruzaba por la mente de 
nuestros amigos, ó si llegaban á sus cerebros pronto 
las desechaban, y se encogían de hombros exclamando: 
— Lo ha mandado el Santo. 

Esa frase era para ellos la Providencia, ca>i el 
Evangelio, lo mismo que una orden del cielo. 

Al príncipe de Italia lo respetaban y querían los 
hijos más aún que los hermanos. 

A las cinco y media de la madrugada ya estaban 
vestidos amos y criados. Los primeros llevaban calzas 
de seda, gregüescos de seda también, trusa de tercio- 
pelo, gola, gorra negra con pluma encarnada y c¿pa 



430 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



negra. Es dedir, traje de caballero, pero sin distintiro 
algon® que diera á conocer la elevada clase á que per- 
tenecían. 

Los Riñ vestían como hidalgos y los sirvientes con 
sujeción á la clase á que pertenecían, pero todos, sin 
excepciói, llevaban al cinto espada y daga y ocultas 
un par de pistolas cada una con dos cañones. Eran 
doce y podían disparar en un segundo cuarenta y ocho 
tiros, pero esto sólo ellos lo sabían. 

Salieron, hallando á la puerta al alcalde mayor ro 
desdo de corchetes. En me lio da estos se dirigieron al 
muelle y no tardaron en hallar tres botes que en bre • 
ve los llevaron al pie de la escala real. 

Salieron, hallando en la cubierta de popa al coman- 
dante del Invencible rodeado de todos los jefes, oficia - 
les y altos empleados del buque. Estos les abrieron 
piso, j llegando el alcalde mayor frente al comandan- 
te, dijo: 

—De orden da su majestad el rey, nuestro señsr, os 
entrego á estos dos caballeros y £ la comitiva que los 
«igue. Ordena nuestro amado monarca que vos y cuan- 
tos os obedecen tengáis con ellos tolos les cuidados y 
atenciones que merecen las personas más distinguidas 
da bu csrte. Y dispone su majestad que los consideréis 
y atendáis en cuanto necesiten de vosotros y el buen 
servicio lo permita. Hó aquí la orden firmada por 
el rey. 

El comandante la cogió y después de leerla dos ve- 
ces, preguntó al alcalde: 

— ¿N$ tienen nombre estos caballeros. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



431 



—Sí, pero á tccUs nos ordena bu majestad que res- 
petemos su incógnito. 

— Bien,— gritó el comandante; — cúmplase lo man- 
dado por el rey. 

Entregó el escrito á m segundo para que lo archi- 
vara, se despidió del alcalde con una ra herencia y dió 
la orden de hacerse á la mar. Realizado esto re retiró 
á su cámara. 

El alcalde mayor se despidió afectuosamenta de Ju- 
lio, (Xori© y Mendoza, y partió con sus corchetes ai 
muelle. 

Una hora después la inmensa mole llamada laven 
cible iba lentamente abandonando el puerto, hasta que 
dejó Atrás les castillos y msntas de Cartagena. Viró al 
Oeste, y dirigiendo su prsa al Estrecho de Gibraltar, 
comenzó á cruzar el Mediterráneo con la lentitud y la 
majestad de tan gran nvrío. 

Nuestros amigos abandonaban sus pa'aoios, eusri 
quezas, sas afecciones y su patria fin alegría ni senti- 
miento. Cumplían un debar sagra b y no entraban en 
ninguna otra consideración, 

A ates da seguir adelante debemos dedicar algunas 
frases á la desaparición y aparición da Fiaviano en 
Madrid. 

Caanio corrió la noticia por la corte de que habían 
muerto á Osario, se alarmó el público militar y civil, 
pero bien pronto se tranquilizó viendo impasibles al 
doque del Imperio, á Julio de Silva y á todo» los psde- 
roses parientes de ésto?. 

Circuló do nuevo 3a voz de que el elegante y vale- 



4S2 



LOS HEROES DEL S1QL0 XV II 



roso joven se hallaba en su pa'aoi® sano y «alvo, des- 
pués se dijo que salía de España .con Julio y los co- 
mentaristas formaron castillos que se elevaban hasta 
las nubes. Castillos que echó por tierra el periodismo 
anónimo. 

Era costumbre da la ópo3a publicar unas veces en 
manuscrita y «tras impresos unos periódicos que no 
tenían regularidad ei su salida, pero que hablaban de 
los sucesos importantas que ocurrían en nueatro país y 
hasta en el extranjero. 

Y do eran tolos anónimos, ¡os había tambián casi 
oficiales y hasta la corte tenía el sujo. 

De esta manara empezó el periodismo en España. 

Pues bien, un periódico anónimo y perfectamente 
redactado hizo la historia detállala de todo ó de casi 
tedo lo acontecido, el cual hubo quien dió por un nú- 
mero cuatro ducado», cantidad grande entonces. 

Exajeraba algo, aumentó bastante, aparecienio en 
suma Flaviano un hár^e muy superior á su padre. 

En el fondo había verdad, en la forma bastante hi- 
pérbole por efecto de la poesía y bellezas retóricas acu- 
muladas. 

Todas las clases sociales crejerou cuanto decía el 
impreso y no tardaron nuestros poetas populares en 
escribir romances idealizando la virtuosa y bellísima 
persona de Oaorio. 

Guando el duque del Imperio cruzaba por frente al 
Mentidero ó de algún otro sitio concurrido, solía escu- 
char un aplauso. 

Guando circuló la noticia de que habían partido 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



433 



Julio y Flaviano, apareció en el periódico anónimo con 
letras grandes y á la cabeza la siguiente noticia: 

<Salen de España los héroes O^orio y Silva. Van 
á empequeñecer á sus padres, gigantes un día, y á ele ■ 
var hasta el cielo el nombre español. 

»¡Guay de los enemigos de la patria; gloria á sus 
héroes! > 

Estas breves frases fueron recibidas con aplauso en 
el Mentidero y en todas las reuniones de Mairid. 

Hubo quien díó ciaco ducados por un número, y 
desde eae día sirvió ia noticia de tema á los poetas 
para escribir romances. 

.Después quedó el recuerdo que refrescaban de con- 
tinuo los romances y las sátiras dirigidas á los enemi- 
gas de Flaviano. 

El rey no había salido bien librado y menos aun 
el duque de Uceda de las hábiles y encub ertas alusic- 
nes de los periódicas anónimas y romances, pero tu- 
vieron qus resignarse y dejar al tieaupoque apagase 
la encendida hoguera de su lastimada f*ma. 

jQaé hicieron el Santo y el duque del Imperio des- 
pués de partir süs h ; jos? 

Unámonos ahora á Julio, Osorio y Mendoza y na- 
veguemos con ellos. 

Los doce madrileños tomaron posesión de sus res- 
pectivos camarotes. El primero es un cuadrilátero que 
tendría cinco varas de longitud por tres y media de 
latitud. Hay en medio unñ mesa y en torno tres dima- 
nes y un armario vacío con seis taburetes. Cerca de la 
meea empezaba una estrecha escalera de carpo©! que 

TOMO I 55 



434 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



conducía á la cubierta. Se cerraba con puerta de hie- 
rro y concluía con cristales que ayudaban cuando el 
tiempo era bueno y podía estar abierta la escotilla á 
dar luz á la pequeña cámara, que resultaba indepen- 
diente para poder subir y bajar desde la cubierta á 
esta habitación. Tenía además un pequeño dormitorio 
coa tres camas estrechas y lo necesario para el aseo. 
Esto era lo único puesto á disposición de los tres gran- 
des de España. No era malo, pero sí chiao y pobre, 
relativamente á la capacidad del navio y á la oíase á 
que pertenecían los tres. 

Seguía á esta cámara que se hallaba cerca del cen- 
tro del navio, un camarote con cuatro camas y una 
mesa, destinado á los hermanos Ros. 

Y otro contiguo á éste, más oscuro y pequeño, que 
ocupaban los cuatro criados. 

Eso era todo. 

Un minuto después de marchar el alcalde mayor, 
dieron á nuestros viajeros posesión de sus departamen- 
tos. Los guiaba un oficial atento, cortés y tan expre- 
sivo estuvo con ellos y tante se ofreció, que hubo de 
preguntarle Osorio: 
— ¿Nos conocéis? 

— No pero vuestros modales y actitud dicen más de 
lo que conviene á vuestro incógnito. 

— ¿Qué dicen, señor oficial? 
Bajando la voz el marino, contestó: 

— Dicen, señor, que es posible un choque entre vos- 
otros tres y mi comandante. Su segando es un exce 
lente marino y muy caballero. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Lo sé. 

— Mandadme cuanto quera ii. 

— Gracias. 

— Deseo que me las deis después, no antes. 

— Oid; quiero que todos los libres que traemos los 
coloquen en ese armario; quiero que nos sirvan nues- 
tros criados, y deseo que mo entre en esta cámara, en- 
maróte ó lo que sea, pues de todo tiene, otro que vos 
de la gente del mar. 

— ¿Qué más, señor? 
— Eso sólo. 

—¿¿.fiado á vuestros libros algunos míos y mapas!... 
—Sería inútil, traigo de todo en abnndanoia. 
— Instrumentos... 

—También los hallareis con nuestros libros. 
—Poco me pedis. 

— Acabamos de embarcarnos. ¿Cómo os llamáis? 
— Guzmán. 

— ¡Guzmáa de Nava? 

— Si, señor. ¿Cómo sabéis? 

• — Vuestro padre sirvió con mi maestro el general 
Roch. 

— ¡Luego sois marino! 
—Algo entiendo de náutica. 

— Tuvisteis de maestro al primer marino del mundo. 
—Y mi hermano,— añadió Julio,— fué su mejor dis- 
cípulo. 

—A excepción de tí. hermano. 
— No, — replicá Mendoza con voz de bajo prsfundo: 
— ítech decía que eras tú el primero, Flavi&no. 



436 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



— ¡Fiaviane! — exclamó el marino mirando é, Osorio 
con asombro. 

— Señor Guzmán,,— dijs Osorio, — tiene pena de la 
vida impuesta por el rey, por mi hsrmaao y por mí el 
que nos descubra. 

—Soy muy reservado, señor; pero entiendo que no> 
sois hermano de ese caballero. 

— ¿Pues qué soy? 

— Caii hermana, pero hermano, no; y en verdad 
que me asusta más la sentencia de muerte impuesta 
por los dos semihermanos que por el mismo rey. 

—Si; nuestros setenciados mueren en el acto de 
serlo. 

— Eso he querido de?.ir. 

— Pero conste , — - volvió á decir Mendoza con su 
vez de bajo,— que Jalio, Flaviano y yo somos her- 
manos. 

. — [Julio! — iijo el marino. 

-Rogelio, — añadió Osorio,— no hables. 
— ¡Rogelio! ¡Santa Bárbara lo que va á ocurrir ©n 
el Invenciblel —murmuró Gazoaán, fijándose en loa 
tres con terror. 

Hubo un momento de dlencio. 

Mendoza ante la $rden de Osorio, enmudeció. 

Julio sonrió. 

Osorio examinaba la frente, mirada y actitud del 
marino, y éste había inclinad? la cabeza, y ni aun la 
vista se atrevía á levantar. 

Por fin rompió el silencio Flaviano con las siguien- 
tes frases: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVTI 



437 



— Ya lo habéis ©ido, Gazmia; pana de la vida el 
«que nos descubra. 

— No lo olvidaré, señor. 
— Todos lo» días entráis á vernos. 
— Lo haré con mucho gasto. 
— Pedéis retiraros. 

—Siento, señor, qae nada más me mandéis. 
— Ya nos habéis prestado un gran servicio. 
— jYo?... No sé. 

— Diciéndonos que el segando de este barco es inte- 
ligente y caballera. 

— Da la escuela de Rosh. 
—Entonces no cabe dada, será bueno. 
—Con vuestro permiso, señores. 
Y salió el teniente Guzmán para volver con los 
criados de los jóvenes, los cuales entraban cargados 
con libros, mapas é instrmentDS científicos. 

Los sirvientes Ihvaban lo» vol Amenes en tanto qae 
«Guzínánlos iba colocando todos coa orden y concierto. 

Daspuós mandó fijar otra mesa á un lado y en ella 
oelacó los instrumentos, quedando todo sujeto para 
evitar oscilaciones peligrosas y muy al gusto de Osorio 
y Julio. 

Solos los tres hermanos, y sentados en terno de la 
mesa, dijo Rogelio: 
— Hermano Flaviano... 

—Suprime el nombre y apellido por los clavos da 
Jesús . 

— Hermano,— repILó Msndaza, — no ma gusta ese 
comandante. 



438 



LO0 HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Lo creo; ni ningún otro hombre, debes añadir. 
A tí sólo debe gustarte las mujeres hermosas. 

— No es eso; quiero decir que la cara de ese jefe no. 
inspira talento ni siquiera simpatías. 

— Lo peor es, hermano, que son tontos todos los* 
q<ie lo parecen y la mitad de los que no. 

— Ese acaba por convertirse en pez. 

—¿Cómo? 

— Tirándolo jo al mar. 
— ¿Qué dices? 

— Por orden tuya 6 de Julio ó por faltarnos á algu- 
no de los tres. 

— Eso último ya es muy elástico, hermano. 

—Lo haré con vuestro permiso. 

— Pero no esperes á pedirlo después de haberla 
hecho. 

— ¡Si me da tiempo! 

— Eres el único hombre á quien tengo miedo. 
Rogelio soltó una carcajada, replicando: 
—¿Miedo tú, y á mí? 
— Sí; ¿quieres que te diga la causa? 
— Dila. 

— Tu padre fué un poco menos avisado que tu abue- 
lo y tú me temo que no llegues á tu padre. 
— En fuerza le aventajé. 
— ¿En entendimiento? 

— Roch decía que nos diferenciábamos muy poco, y 
tu padre añade que yo soy más listo. 

— Si, porque le tenias miedo y con él estudiabas 
más. 



LOS HÉROES DKL SIGLO XV II 



439 



—Miedo no; cariño y respeto sí. Ya verás si sirvo 
en la guerra. 

— Dabes servir en la guerra 7 en la paz. 

— De la misma manera que mi padre degeneró del 
tajo y 70 del mío, tu padre tuvo más talento que tu 
abuelo, 7 tú tienes más que tu padre. Hacho este mila- 
gro, nada deba temerse; con tu talento hay bastante 
para los dos. En cuanto á Jalio, no hay comparación 
posible: su abuelo Alberto, su padre y él son la misma 
cosa. 

— jQué cosa? 

— El misms espíritu; Dios hizo los tres exactamente 
iguales. 

Julio y Osorio sonrieron al escuchar la verdad es - 
c*pada de los labios de Rogelio. 
Flaviano le dijo: 
— Quedamos en que aolo tenemos un talento para 
los dos. 

—Eso es; el tuyo. 

—Bien, pero en ese caso me tienes que obedecer 
ciegamente. 
— Claro está. 

—¿Y cuando no estés á mi lado? 

Si me equivoco, tú lo enmendarás. 
—Para lo cual necesito. .. 

— Tener conmigo la misma paciencia que tu padre 
tuvo con el mío. 

—Está bien, empiezo; coje el segundo volumen del 
primer estante y estudia. 

—¿De qué trata? 



410 



LOS HÉROES DEL SI9L0 X^II 



—Da ciencias naturales. 
— jPara qué necesito yo?... 

— Vamos á visitar un país despoblad* de hombrea 
en muchas comarcas, pero pobladisimo de árboles, fie- 
ras y reptiles. 

—Pero en las Amérioas... 

— Hombre, esa obra te enseñará todo lo que luego 
has de ver. 

—¿Se contrae á Méjico? 
— Claro está. 
Los tras estudiaron basta la hora de almorzar. 
El navio llevaba un excelente movimieato; reinaba 
Norte é iba de bolina. 

En aquellos momentos entraban en ks mares ce 
Andaluoía; y sus deliciosas costas y playas atrajeran á 
nuestros de ce viajeros, que sabieron sobre cubierta ú 
acabar de almorzar, y en estos momentos paseaban 
tranquilamente. 

El comandante cruzó por cerca de ellos, pero nada 
les dijo. Su segando se atrevió á preguntarles: 

— ¿Os gusta la vida de á bordo? 

— T#do nos ga^ta á nosotros cuando está dentro del 
cumplimiento de nuestras deberes,— le contestó Julio. 

— jNo os mareáis? 
—No, señor. 

— ¿Ni os causa y moléstala monotonía de esta prisión? 
— Tampoco. 

—El estudio, eso e». Habéis señalado el remedio que 
jo empleo o*ntra el hastío. 

—Es el mejor y el más productivo. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XÍ1I 441 



— ¿Qué estudiáis vosotros? Perdonad,. 

— Está bien hecha la pregan ta. Estudiamos ciencias, 
todas las ciencias, y fisolofía hasta llegar á la metafísica. 

— Eso de tolas las ciencias es muy elástico, ¿Tam- 
bién la mía? 

—También la vuestra. 

— Es muy difícil. 

— No tanto. Comprendiéndola como Rach es fácil. 

—¿Y quién hace ese milagro? 

— Todo el que estudie bien y tenga algún talento. 

— Roch era un sabio. 

—¿Le conocisteis? 

— Poco; se retiraba de la marina cuando yo eiktré 
en ella, pero tengo todas las obras que dejó. 
—¿Todas las obras impresa*? 
—Sí. 

—Peco es. Lo mejor que escribió quedó inédito. 
— ¿La conocéis? 
—Sí, señor. 

—¿Quién tiene esos manuscritos? 
— Mis hermanos y yo. 
— ¡Sois hermanos! 
—Los tres. 

— ¡Ahí ¿Y esos manuscritos se concretan?... 

— A la ciencia de la navegación y á todas las que con 
éste se relacionan. 

—¡Escalente obra será! 

—Si, la que escribió para enseñar á sus discípulos 
queridos. 

— ¡Les hijos de los Invenciblesl 

TOMO £6 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



— Ciertamente. 

—¿Y vosotros tenéis esa obra! 

—Claro es. 

—¿Cómo no la tienen sus eminentes discípulos? 

— Ellos son los dueños, pero ahtra la tenemos 
nosotros. 

—No comprendo bien... 

— Pues no os explico más... 

—Lo siento. ¿Me haríais la señalada merced do 
prestarme solo por veinticuatro horas esa obra? 

— Es muy poco tiempo para estudiarla. 

— ¿Cuánto? 

— Os la prestaremos por un mes. 
—Gracias, ssñor; es el más grande favor que po- 
déis hacerme. ¿Cuándo? 

—Mañana os la mandaré con el teniente Gazmán. 
—Gracias, señor, 7 perdonad si os dejo. 
La tarda 7 la noció la pasar jq bien nuestros na- 
vegantes encerrados en sus respectivos camarotes 6 
paseando por la cubierta. Cuando andaban por esta so 
concretaban á devolver los saludos que les hacían 7 
continuaban entre sí. 

La esmida que les sirvieron no era mala, pero dic- 
taba de la que ellos debían oemar 7 podían servirles, 
mas no dijeron nada. 

A las diez de la noche se retiraron á descansar y 
durmieron sosegadamente, sin que el movimiento del 
buque fuese motivo para insomnio ó perturbación. 

Verdad es que navegaban oon viento fresco, de 
bolina 7 con la comodidad posible. 



CAPITULO XXII 



La vida del navegante.— Málaga, Cádiz y alta mar.— Los héroe* 
y un teniente de marina. — Un discípulo del general Roch. 



A la mañana siguiente se levantaran temprana 
nuestros viajero*, temaron un ligero desayuna é iban 
á dar principio á sus estudios, ouando oyeron la vez 
del teniente Gnzmán. quele» pedía permiso para entrar, 
— ¡Adelante! — le contestó Osorio. 
Y el joven marino apareció en los umbrales en ac- 
titud respetuosa. 

— Avanzad,— añadió Fiaviano: — ¿Qué ©ourre en el 
navio? 

—Nada, señor, de particular. 

— ¿Cuándo llegaremos á Málaga? 

— Mañana, si el tiempo ayuda. 

—Teniente, cuando os retiréis, hacadme el favor de 
cojer aquella caja, y entregádsela á vuestro sogundo 
jefe el capitán don Estéban Fajardo. 



444 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI 1 



— L© haré con macho gasto, señor. 

—Llevamos buen tiempo, jes verdad? 

— Excelente. 

— jDarará mucho? 

— Quién sabe. 

—Teniente, ¿seguirá así hasta qae lleguemos á los 
trópicos? 
—Es posible. 
—Aseguradle. 

—Si lo afirmáis, no hay duda que será así. 

— Tá nunca te equivocas, hermane, — exclamó Ro- 
gelio:— aciar tas como tu padre. 

— Deja á mi padre en paz, hermano; te voy á tener 
que prohibir el que hables. 

— L9 haré si me lo mandas. 
Todavía hiciersn Jalio y Flaviano algunas pregan* 
tas á Gazmán y éste se retiró llevándose el manuscrito 
de Roch para entregárselo á su capitán. 

A las dees almorzaron nuestros amigos, y á las 
cuatro y media subieron á cubierta, después de haber 
estudiado más de seis horas. 

Paseando estaban los tres, cuando se acercó á salu- 
darles el Capitán Esteban Fajardo. 

— Gracias, señares, — les dijo;— he recibido el ma- 
nusdrito del general Roch y os doy las gracias p*r el 
gran favor que me habéis hecho el prestarme esa obra, 

—¿Os gusta? 

—Mucho, Es de su puño y letra y estoy seguro qu e 
la escribió para sus distinguidos discípulos los hijos da 
los Invencibles. 



LOS HéKOES DEL S GLO XVII 



415 



—Así es la verdad, capitán. 

— Toda la sabiduría da aquel gran marino se halla 
eondensada en el magnífico libro que nos ocupa. 
— ¿Ya lo habéis leido? 

— Imposible; lo he hijeado y ahora con vuestro per- 
miso le voy á estudiar. 

— Mejor era que lo copiáseis. 
— ¿Me lo permitís? 

— Sí, — dijo Oaorio. — Sois un capitán de la marina 
real, defendéis á nuestra patria y tan buenas noticias 
tenemss de vuegtro talento y aplicaoión; que me com- 
place poseáis el ejemplar de una obra que tan útil pue- 
de seros. 

— Gracias, señares, muchas gracias. ¿Mandaré que 
saquen dos, uno para vosotros y otro para mi? 
—Nos basta c®n el original, señor Fajardo. 
— Tendréis que deTol verlo... 
— No, es /a nuestro. 

— ¡Ah es lo regalaron los hijas de los Invenciblesl 
«Sí. 

— ¿Son amigss vuestros! 
— Mucho. 

— Dos de ellos valea tanto como los padres. 

— Tres,— le contesté Mendoza con su voz de b»jo, — 
Julio, Fla?ian© y Rogelio. 

— ¿También el hijo del marquás de Aballa? 

— Sí, señor capitán. El último tiene más fuerza 
que logró su padre y casi tanto talento ó acaso más. 

Silva y Osario sonrieron al escuchar las últimas 
frases de Mendoza. 



446 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—¿De qué os reís? — le preguntó Rtgelio. 
—De nada, hombre. —dijo Osorio.— Pasea un poco, 
que has almorzado mucho. 

—-Mendoza comprendió la indirecta y se calló. 

Los otros continuaron hablando. 

Al siguiente día á la misma hora, desde la cubier- 
ta distinguieron la ciudad de Málaga. 

El navio viró en dirección de la plaza y una hora 
después anclaban. 

Con sorpresa vieron al comandante del Invencible 
saltar á un bote y dirigirse solo á la ciudad. 

Media hora después volvían los marineros que le 
llevaron sin él. Ni dié permiso á ninguno para que 
desembarcase, ni dijo nada á los tres que llevaba á 
Méjico. 

— ¿Quién es ese comandante?— preguntó Julio á Fia- 
tiano. 

— Un marino excéntrico, algo bebedor y el menos 
á propósito para conducir á hombres otmo nosotros. 

—¿Cómo manda un navio tan excelente hombre de 
esos antecedentes? 

•—Julio, el comandante Rtger de la Iglesia es muy 
valiente. 

—Valía más que fuese hombre de ciencia. 

— Es verdad, pero todavía en esta época el valor se 
sobrepone á la sabiduría para la generalidad de los 
seres humanos. 

— ¿Qué hacemas con él? 

—Nada tcdavfa; puede estar llenando una misión 
del servicio y nosotros no podemos incurrir en una 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



447 



equivocación que nos rebajara 6 descubriera antea de 
tiempo. Esperemos. 

— Creo que piensas como siempre, con discreción. 

Y continuaron paseando por la cubierta hasta ano- 
checido que se retiraron á su cámara. 

A la mañana siguiente el navio continuaba anclado 
y el comandante no volvía. 

De ese modo permanecieron cuarenta 7 ocho 
horas. 

El comandante vohió en un bota malagueño, man- 
dó lerar anclas 7 continuaron su ruta sin saber á qué 
obedecía aquella detención. 

Dos días después volvieron á anclar en Cádiz 7 
ocurrió lo mismo que en Malaga, si bien en esta bahía 
permanecieron veinticuatro horas más que en el otro 
puerto. 

Sólo el comandante desembarcó sin participar á 
nadie el objeto de aquella detención. 

Julio 7 Flaviano deploraban aquel retraso de cinco 
días sin causa al parecer justificada; pero nada podían 
determinar per aquellos actes que muy bien podían 
obedecer al cumplimiento de órdenes reservadas. 

Siu embargo, puestos los dos de acuerdo se procu- 
raron una entrevista casual con el comandante. 

Se hallaban paseando ssbre cubierta, el navio na- 
vegaba viento en popa con la proa á los trópicos, y 
en una de las veces que Iglesia cruzó por cerca de 
ellos, lo detuvo Jaiio can las siguientes frases: 

—Señor comandante, nos habéis hecho perder cinco 
días entre las dosdeteacknes de Málaga y Cádiz y ese 



448 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



tiempo podrá perjudicar á la mmóa que desempeña- 
mos por la orden del rey. 

— Tengo orden de llevaros á Méjico, — le contestó 
Iglesia, — ain tiempo prefijad®, porque no es posible 
señalarlo cuando se va á merced del viente. 

—Eso no contesta á mis frases; las detenciones por 
causa del aire no son las le paradas que no se jus- 
tifican. 

— Caballero, mando ye sólo en el navio y de mis 
actos sólo á Dios y al rey debi dar cuenta. 

Y hadándoles un saludo, continuó hacia el puente 
sin darles más explicaciones. 

— ¿Qaó hacemos, Flaviaa*?— preguntó Julio á su 
compañero. 

—Nada todavía; Davegamos de incógnita y sólo en 
un c&m extreno debemos d*rn®s á conocer; cuando 
éste llegue, que desgraciadamente llegará, entonces 
obraremos. 

— ¿No era mejor que lo tirase al mar? —preguntó 
Rigelio coa gravedad que hizo sonreír á sus her- 
manos. 

—No,— le contestó Osoria. — Ta misióa, hermano, 
es por ahcra la da ver, oír y callar en cuanto se refie- 
ra á esta clase de asuntos. 

—Ese hombre nos ha tratado con desprecio, her- 
manos. 

— No nos conoce, Rogelio. 

— Es que no nos hace falta para nada y entre esas 
ondas podía muy bies servir de pasto á los peces. 
— Todes tus remedios sen heróices, Rogelio, pero 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



449 



inconveniente*. Ten calma y espera como nosotros. 

—Me es muy antipático ese marino, Flaviano. 

— Y á mí, pero no es cuestión de simpatías, sino de 
actos de justicia, y aún no es tiempo de enseñarle á ese 
jefe cómo se cumple con hombres come nosotros. 

— C*n tal que me dejes tirarlo al mar... 

— Eso es un delirio; si castigo merece, lo recibirá, 
pero no en esa forma. 

A la mañana siguiente se presentó á nuestros ami- 
gos como de costumbre el teniente Guzmán. 
Osario le preguntó: 

— ¿Qaé ocurre en el navio! 

— Nada, señor; vamos viento en popa, el servicióse 
hace cen regularidad y la navegación no puede ser más 
agradable. 

— ¿En qué se ocupa el comandante? 

— A veces observa, otras examina, castiga las más 
leves faltas y sepultado en su cámara, casi siempre so- 
lo, no da señales de vida. 

— Pac© tiempo paia sobre cubierta. 

—Poco, lo hacemos nosotros. El na^ía eetá bien di- 
rigido. 

— Gracias á sus oficiales. 

—Señor, el capitán Fajardo es un excelente msrino. 
— Gracias á ese en particular y á vosotros en gene- 
ral. ¿También ptr la noche vigila y observa? 
—Rara vez; lo hace el capitán. 
— Estará embriagado... 
— Nada puedo contestaros, señor. 
— ¿Por qué! 

TOMO I 57 



450 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Es mi primer jefe. 

— Eistá bieD; decid reservadamente al capitán Fa- 
jardo, que esta noche cuando termine sus quehaceres 
entre aqsd. 

— i Algo más deseáis de mi! 

— Gracias. 

Salió el tejiente, sin que durante el día ocurriese 
nada que da contar sea. 

El cavío surcaba los mares, viento en popa, el ser- 
vicio era regalar, gracias al capitán Fajarda, y nues- 
tras jóvenes se presentaban irritados por la conducta 
del comandarte. 

Oaorio y SíWa comprendieron que aquel hombro ex 
céntrico y bebedor no debía mandar uto de los mejores 
barcos de la armada real, pero iban de incógnito y s6 
1© en casss extremos debían descubrirse. 

Decidieren esperar, si bien temando algunas medi- 
das de precaución que les facilitase ei desenlace de la 
escena que preveían. 

Serían las diez de la noche, cu&nda se presentó Lo- 
res z© Res, diciendo: 

— Señeros, el capitán Fajardo dessa la h*nra de que 
i© recibáis. 

— Qae pase, — le c&ntestó Jalio,— y que nadie escu- 
che lo que aquí se habla. 

Un minuto después entró el capitán, quedando 
frente á Julio, sorprendido, absorto, mirándole con 
as o o bro y sin atreverse á hablar. 

Julio lucia se bre su trusa de terciopelo negro el 
toisón de oro, que sólo usaban en aquella época las 




Julio lucía sobre su trusa de terciopelo el Toisón 
de Oro. 



LOS HÉROES DEL SI&LO X?II 



451 



personas reales. Ante esta inaignia quedó Fajará» mu - 
do, casi inerte. 

Silva le dejó qae se repusiera. Ociando el capitán lo 
hubo conseguido, exclamó: 

— ¡Comprendo, señor; los tres hijos de les Invenci- 
%les\ 

— ¡Fajardo, tiene pena de la vida el que nos des- 
cubra! 

—No seré yo ese, al tez i, que estoy bien con mi 
existencia y «oy el primer admirador del príncipe de 
Italia y dol duque del Imperh. 

— ¿De nadie más? 

—Y de sus hijos. ¡Da don Elaviano se cuentan ya 
cosa»!... 

—Basta de admiraciones y contestad á mis pre- 
guntas. 

— Me hallo á las órdenes de vuestra alteza. 

— Suprimid tratamientos que no quiero y son ahora 
peligrosos. ¿Qué opinión tenéis del comandante de este 
navio? 

— Señor, es un valiente. 

—Valiente lo es en España todo el mundo, casi to- 
do el mundo. 

—Ni puedo, ni debo, ni quiero engañaros. Si le des- 
cartamos lo de valiente no queda nada, señor. 

— Nada bueno, querréis decir. 
— Fso es. 

—Los valientes, señor capitán, son útiles en la gue- 
rra, pero no sirven para mandar barcos, y menos na- 
vios como éste. 



452 



LOS HÉROES SEL SIGLO XVII 



Nada contestó Eajardo. Silva continué: 
— Mi hermane y ye entendemos algo de náutica. 
— ¿Vuestro heimano? ¡Ah, sí! Lo creo, señor; más 
que el comandante y que yo. ¡Los discípulos predilec- 
tos del gran marino Roch, sus hijos, como él los 
llamaba! Le oí decir varias veces que sabíais más que él 
y que os sobreponías á vuestros padres. 

— Chocheces de un noble anciano; supocgo que na- 
die lo creería. 

—Al contrario, y siento contradeciros; el gran 
Rcch no mintió jamás. Por esta causa todcs lo 
creímos. 

— Le engañaba su afecto á nosotros. Sepamos, ¿qué 
ha hecho el comandante en Málaga y Cádiz? 
— Lo ignoro, señor. 

— ¿No le pudieron llevar allí asuntos del servicio? 
—No es lo probable. 

— ¿Qué opiiais vos? Por mis labios os pregunta el 
rey. 

— Tiene esa costumbre. 

—¿La de detenerse en todos les pueitcs por donde 
cruza su navio? 

— En casi todos. 

— ¿Para asentes particulares? 
— Nadie sabe lo que haoe. 

— ¿Quién maeda el navio, capitán? 
— Iglesia, señor. 

— No es €80; ¿quién le da dirección, lo defieide y 
vela ptr la existencia de todos nosetros? 
—Todos les oficiales. 



LC8 HÉROES DEL 8TOLO XVII 



453 



— Oreo que vos principalmente. 

— Hago cnanto puedo, señor; no temáis nada... 
— Suprimid esa frase, Fajardo; los hijos no han de- 
generado en valor de sus queridos padres. 

— Quiero decir, señor, que el Invencible no corre 
©tros riesgcs que los de accidentes inesperados. 

— Gracias á vos y nádame contestéis porque me cons- 
ta; pero hay sobra vos un jefe á quien tenéis que obe- 
decer y sus mandatos pueden constituir un grave peli- 
gro en el caso probable de amenazarnos un siniestro. 

— Es ptíible, señtr. 

— Para evitarlo, si llegare, «s pregunto; jos halláis 
«dispuesto á obedecerme? 
—Sí, señor. 

— jAúa cuando os mandase prender á Iglesia? 

— Señor, el comandante es el jefa absoluto dal navio. 
— Caand© no haj en él un general en jefe de las 
fuerzas de mar y tierra y un representante del rey. 
— ¡Un general en jefe de!... 
— Sí, mi hermano. 

— Señor, si uno de los dos me 1© mandase sepultaría 
«n las bodegas del barco al mismo comandante. 
— $Y la faerza, qué haría? 
—Obedecer. 
— ¿Estáis seguro? 
— Lo estoy. 

— Heoa©s concluido, capitán. Na olvidéis que tiene 
pena de la vida... 

— El que os descubra á cualquiera de los dos: no 1© 
«olvidaré. 



4¡H 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—No, á cualquiera de los tres. 

— ¡Ah, también á este caballero! 

— Sí, el excelentísimo señ©r marqués de Abella. 

— ¡El Sansón de Cartagena! 

—•El hijo de un Invencible con sangre igual á la de 
su padre. 

— ¡Terrible triuidad, señor! 
—No es mala, Fajard*. 

— ¿Son Zalla esos cuatro jóvenes?... 

— No, son Re», ©Aciales al servicio de su ma- 
jestad. 

— ¡Ros! Sí, también hablaba mi general Roch de 
un R*s, servidor del señor duque del Imperio, tan te- 
merario como su señor. 

— Por el estilo ion eus hijos. 

— Señor, mi barco lleva ahora un ejército inven- 
cible. 

— Con un cornac danle que en nada se parece 1 
Roch. 

— Es \erdad. 

— Pero que y© le daré lo que merece. 

— ¡Si él supiera quiénes van en su barco!... 

— Nada más fácil; con dos frases vuestras bastaba. 

— jY luego señor? 

— Después, con un sel© movimiento de mi mana 6 
de 1» de FlaviaEO se encargaría de vos mi querido Ro- 
gelio. 

—¿Qué haríais conmigo, señor marqués? 

— Nada malo; puesto que tan aficionado sois al mar 
'¿os convertiría en pez. 



LOS HftAOES DEL SIGLO XVII 



455 



— ¿Arrojándome al Océano? 

—Sí; pero á la vez os oprimiría el cuello para que 
no sintiéraís la impresión del agua salada. 
—Estrangulado y al mar, ¿no es eso? 
— Eso ei. 

—-Gracias, señor marqués, prefiero obedecer ciega- 
mente á los hijos, como mi maestro Roch obedeció á 
los padres. 

—liareis bien, y os advierto que mis hermanos 
traen poderes hasta para nombraros general, csmo el 
principe de Italia nombró á Roch. 

— Lo había supuesto. 

—Y yo traiga un poco más de fuerza de la que tuvo 
mi padre. 

— También 1© había oído. Y un corazón de bronce. 
— No, de lo que sea más fuente aún. 
— ¿Qué mandan los señores á este su humilde ser- 
vidor? 

—Nada,— dijo Julio, — podéis retiraros. 

—Aguardad,— exclamó Osorio. — Con la voluntad 6 
sin la voluntad del comandanta encargaos vos del na- 
vio; y entended que desde este momeato sois vos res - 
ponsable ante nosotros de tods lo bueno ó lo malo que 
ocurra. 

—Está bien, mi general; con ó sin la voluntad del 
comandante desde hoy qusda el navio á mi cargo. 

—Y cuidado con lo que hacéis,— dijo Mendoza,— 
porque soy ya el encargado de corregir©». 

— Terrible corrección sería la vuestra, señor mar- 
qués. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— No volveríais á cometer otra falta. 
—Vale más que no llegue la primera, y fio en Dios 
que no llegará. 

—Podéis venir á esta cámara siempre que tengáis 
necesidad, — le dijo Julio. 

T salió el capitán Eajardo dando por hecho da que 
en el navio iba á ocurrir algo grave. 

El incógnito de aquellos tres poderosas señores y 
la conducta punible del comandsnte del Invencible, le 
señalaban un nuevo horizonte, al cual se encaminaba 
Fajardo ctn valentía y decisión. 

Pronto veremos si se había equivocado. 

Les jóvenes quedaron hablando hasta las once que 
se retiraron á descansar. 

La mar seguía tranquila, el viento fresco y soste - 
nido, y el enorme buque continuaba viento en popa 
ganando nudos y dejando atrás la vieja Europa. 

No tardará mucho en cambiar su agradable sitúa- 
ción. 



CAPITULO XXIIl 



La calma chicha— Todo tiene su término.— La tormenta— El grava 
peligro.— Remedio heróico.— El ciclón. 



Diez día» después de haber abandonado el Invenci- 
ble la bahía de Gáiiz y de haber surcado el Atlántico 
viento en popa, entró en los mares tropicales con me- 
nos aire y una lentitud que desagradaba á nuestros 
amigos. 

La vida de á bordo es siempre monótona y el na» 
▼¿gante se consuela de lo mucho que en ella carece 
cuando ve su barco correr, por la esperanza de llegar 
pronto y ver el término de su molesto viaje. 

Pasaron dos días y el viento continuó aflojando 
hasta que al tercero cesó por completo. 

El navio quedó como enclavado en el agua. 

La mar parecía una superficie azulada de cristal, 
tersa y llana, y sin el más leve movimiento. 

TOMO I 58 



4. 8 LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



Ni la más tenue brisa se dejaba sentir. En cambi* 
un bochorno insufrible molestaba bastante á los nave- 
gantes del Invencible. La estancia en la cubierta del 
navio era cada vez más incómoda. 

Trascurrió el día sin más incidentes que el de la 
calma chicha que abrumaba á nuestras viajeros. Esto» 
estaban de día en el interior del buque y por la noche 
sabían á cubierta, paseaban y lo mismo Julio que Fla- 
viano observaban el ñrmomento. 

Al comandante ni de día ni de nsche se le veía en 
ninguna parte. Encerrado en su cámara se alcoholi- 
zaba á todas horas. 

Cinco días trascurrieron sin variación alguna ni 
i eñal que les indicara un cambio. 

Enclavados en Ecedio de los trópicos no veían el 
ñu de aquella calma abrasadora. 

Al texto día por la noche, fijos 0¿orio y Silva en 
t i firmámento, observaban un punto blanco que se di- 
bujaba en el espacio. 

Cinco minutos después lo estudiaba Flaviano á fa- 
vor de uso de ks mejores aparatos de óptica de aquella 
época. 

Según observaba movía la cabeza con disgusto. 

Después llegó Julio y reemplazó á Flaviano en las 
observaciones. 

Más tarde vié Oaorio al capitán Fajardo que desde 
el castillo dirigía el aparato del navio al mismo punto 
que ellos. 

Se acercó más tarde á nuestros jóvenes, dicién- 
deles: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



459 



— Ya he visto que observábais como jo aquel punto 
Vaneo. 

— Es verdad. 

— ¿Qué deducís, señor? 

— Dadme antes vuestro parecer, capitán. 

— Ese punto blanco es una nube que acaso agrande 
y llegue hasta nosotros para descargar enormes canti- 
dades de agua. 

—¿Qué figura tiene esa nubecita?— le preguntó Fla- 
viano etn dtble intención. 

— La de una coma. 

— Eso es. ¿Leísteis tada la obra de R«ch que os he- 
mos prestado? 

—No, señor; cerno á la vez la copio sólo llevo la 
mitad. 

—Por eso ignoráis que ese punto blanco irá pronto 
corriéndose de Este á Oeste, cubrirá el espacio y arra- 
sará cuanto halle á su paso. 

— ¿Peligrará nuestro navio? 

—Sí. 

— ¿Sabéis la manera da evitarlo? 
— Creo que sí. ¿Qoó hace el comandante? 
— Lo ignoro, señor. 
— Enteraos y regresad. 
— ¿Le advierto el peligro que corremos? 
— Como os parezca. 
— Vuelto al momento. 
Flaviano torné á estudiar el punto blanco hasta 
que Julio le dijo: 

— Ahí tienes el capitán, hermano. 



460 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Oíorio dejó de mirar, preguntando: 
— ¿Quá hace el comandante, Fajardo! 
—Nada, señor. 

— ¿Tiene alguna botella delante? 
— Sí, señor. 

— ¿Dormía cuando Uegásteis? 

— No, señor, pero estaba como aletargado. 

—Le digísteis lo que ocurre? 

—Sí, señor. 

— ¿Qaé os cantesté? 

— Qae no entendéis nada de eso y que yo he visto 
visi«nes. 

— ¿Habéis insistido? 

—Sí, señtr; le he rogado que suba y me ha llamado 

necio. 

— Está bien, capitán. Tenemos un peligro próximo 
y como general de mar y tierra tomo en nombre del 
rey el mando de este navio, si bien mis órdenes serán 
trasmitidas psr vos para conservar el incógnito que 
me he impuesto. ¿Julio, quieres ser tú?... 

—No, hermano, que en esta ciencia decía Roch que 
eras tü el primero. 

— Sabes de sobra... 

— No insistas,— dijo Julio, — quiero ser el primero 
en obedecerte. 

— Eres primo de su majestad, eres el representante 
del rey... 

— Say vuestro más leal servidor, mi general, y 
quiero obedeceros. 

— Mi padre, que tacto vale, obedecía al tuyo. 



LOE HÉROR8 DEL SIGLO XTlI 



4C1 



— Los hijos han cambiado les papeles como han 
cambiado los tiempos. 

— Sea, ya que tú lo quieres. B? jad los dos, armaos 
y que suban los cuatro Ros y seis criados armados 
también y cubiertos todos con tabardos impermeables. 
Que traigan dos de los últimos para R jardo y para mí. 

Desaparecieron aquellos, diciendo Osorio al ca- 
pitán: 

— Fajardo, que fijen aquí unas planchas de hierro ó 
bronce en la forma que se pueda, formando semicírcu- 
lo mejor que de otro modo y des maromas en frente. 
Las planchas nos resguardarán del viento y las maro- 
mas servirán para estar además agarrados á ellas. 
Dadle la extensión posible, pero de modo que no estor- 
ba á las funciones de la marinería. 

— ¿Fuerte? 

— Jazgadio vos; es posible que el huracán nos lleve 
parte de la obra muerta ó scaso toda. 
— Entonces el máximo. 

— Eso es. Haced retirar todos los centinelas de cu- 
bierta; la tropa puede dormir, pero les marineras sin 
excepción, que esperen en la primer cámara de proa. 
Anunciadles que habrá gran peligro. 

— Muy bien, señor. 

— No tardará en llegar la primer avanzada que será 
una brisa fresca que irá aumentando. En el mismo 
instante poned la proa del navio al Este, perfectamen- 
te al Este, y en el acto echad anclas por la popa, todas 
las que tengáis. Nada más por ahora. Después de an- 
clar, quede Udo el velámen recogido lo mejor posible, 



462 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Comprendo, y van á dar principio coa las chapas 
y la maroma. 

Desapareció el capitán y Osorio volvió á observar 
de nuevo desde el aparato. 

Con lo que Osorio había dicho á Fajardo tuvo de 
•obra este inteligente y bravo marino para comprender 
dos copas: la gravedad del peligro que iban á correr y 
el pensamiento de Flaviano. 

Interin nuestro joven observaba, el capitán daba 
órdenes, vigilaba su cumplimiento y su gente de mar, 
y ks carpi teros trabajaban, admirados ésto* y los ofi- 
ciales de los graves préparativos que se estaban ha- 
ciendo. 

Paco después aparecieron Julio, Mendoza, los cua- 
tro Ras y seis criados, perfectamente armados y pre- 
vistos de tabardos con capucha. Los últimos llevaban 
al brazo los de Oaorio y Fajardo. 

Quedaron fijadas las plancha* y las maromas. Lie 
go sujetaren las velas, Ajanlo á la vez tolas las luces 
ssbre cubierta que podian resistir el huracán más 
fuerte. 

Se cerraron las puertas de las cámaras y de las es- 
cotillas hasta incomunicar por complete la cubierta con 
el resto del navio. Cuanto había en ésta quedó perfec 
tamente sujeto, todo le más sujete que pudieren, y de 
este modo esperaron la llegada de un peligro que unes 
tenían per imaginario y etros, les menes, por cierto, y 
seguro. 

Todavía Fajardo, que creía cerno Julio y Osorio 
en el peligre que amenazaba, tomó algunas medidas y 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 163 



cuando hubo terminado se colocó janto á Flavian*, se- 
gún éste le había prevenido. 

En el mismo instante sa retiró Fiaviano del apa- 
rato, diciendo á Ros: 

— Lorenzo, que bajan ese aparato y volveos aquí. 
— ¿No te hace falta ya, hermano! — le preguntó 

Julio. 

— No. En breve nada podrá enseñarnos. 
— ¿Por qué? 

— Las nubes cubrirán esa hermosa luna que nos 
alumbra. 

— ¿Toma ya dirección la nubecita?— le preguntó el 
capitán. 
-Sí. 

—¿De Oeste á Este? 

—Sí, se nos viene encima. ¿Está tado dispuesto? 
— Todo. 

—¿La gente preparada? 
—Sí, señor. 

— ¡Buena noche nos espera! 
— La preveo y la temo. 

— ¿Par qué temerla, capitán? En estas ocasiones, de- 
cía Roch, se acreditan los buenos marinos. 
— Es verdad, pero también se puede perecer. 
— ¿Tanto amáis la vida? 

—Es lo que menos estima nn marino; pero como 
Its naufragios no respetan á jóvenes Jr valientes, prín- 
cipes y generales, temo... 

—Por nosotros; ¿es ese? 

—Sí, señor. 



404 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¡Qué locara! quien eos trajo aquí, Fajardo, no» 
llevará á Méjico. 
— Amén. 

Era cerca de la media noche cuando empezaron á 
sentir el agradable soplo de una brisa fresca "y conti- 
nuada. 

— Las anclas, — exclamó Mariano. — Antes proa al 
Este. 

Peco después cerner zó á u overee el navio, á la vez 
Tiraba y no tardó en quedar su proa en dirección al 
Este. 

En el acto comenzaron á echar anclas, notando con 
placer que poco antes de cencluir las cadenas, queda- 
ban aquéllas sujetas en el fondo del mar. 

Cuando estuvieron las cuatro que tenía el navio 
completamente «seguradas, comenzaron á liar velas 
hasta volver A quedar el barco sin movimiento alguno. 

Los oficiales, tod&s sobre cubierta, veían la opera- 
ción, comunicaban las órdenes que recibían de su ca- 
pitán, quedando luego absortos sin comprender el ob- 
jeto de aquella rápida y bien dirigida operación. Pero 
no tardaron en convencerse que obedecía á un acto de 
previsión digno de elogio. 

De pronto se escondió la luna, no viendo más cla- 
ridad que la despedida per las luces que tenía el navio. 

— Capitán,— preguntó Flavian©,— -¿íscs faroles es- 
tán bien amarrádofc? 

— Sí, señor, cuanto ha *ido posible. 

— ¿Defendidos del Oeste? 
—Todos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



465 



— No hay estorbos en la cnbierta del barca? 
—No, señor, á excepción de los que opone la arti- 
llería del primer puente. 

— ¿Asegurados los caños es? 
—Con gruesas planchas y cadenas. 
— $Tod© está previsto? 

—Todo. 

— Pues cuhrirse todos con ks tabardos, echada la 
capucha. Que no quede sobre cubierta más gente que 
la indispensable. Dad la orden y todos les que vamos á 
sufrir el temporal vengan aquí entre la plancha y la 
maroma. 

El capitán corrió por el navio dando órdenes y diez 
minutos después rodeaban á Flaviano treinta y dos 
hombres, hallándose entre ellos todos los oficiales, pues 
ninguno había querido bajarse. 

El viento iba aumentando; la mar picada y entre 
el ruido que formaban las olas al estrellarse en las ca- 
denas de las anciss y en el casco del navio, y el del 
aire que silbaba con ímpetu grande formaban un es- 
truendo aterrador. 

Ahora comprendían todos los del Invencible lo 
acertado y previsor de las medidas que se habían to- 
mado. 

El mar y las nubes formaban ya una bóveda negra 
como el azabache y el estruendo de las olas y del hu- 
racán un concierto que sólo puede producir el caos. 

No tardaron en brillar los relámpagos con su si- 
niestro resplandor eléctrico, dando de momento en mo- 
mento claridad al horripilante cuadro que la ñera na- 

TOMO I 19 



466 



LOS HÉROES BEL SIGLO XVII 



turaleza dibujaba aquella noche con sus pinceles de 

destrucción. 

En este mismo instante se abrió la escotilla de la 
cámara principal, apareeieEda el comandante. 

A la luz de un relámpago vió el grupo que forma- 
ban los pasajeros y una parte de su gente de mar, y 
a ercádosa á ellos con altanería ó imperio, gritó: 

— ¡Encerrados entre hierro y maromas! ¿Dónde es- 
tán los valientes de mi navio? ¿Nada me respondéis? 
¿Qaién m&ndó anclar, quién dispaso las cobardes ton- 
terías que presencie? 

— Yo,— la contestó Flaviane adelantándose hacia él. 

— jY quién ioís vos? 

— Qaieu vale y puede más que vos. 

— ¡Aquí soy y© el rey! 

—¡Aquí mando yo! 

Había llegado el choque presentido por Osorio, el 
que también Julia esperaba y el deseado por Mendoza. 
Este avanzó más aun que Osorio, para col «car se de- 
teás del comandante» Cada un® de ellos se hallaba á 
dos pasos del jefe del na^ío, el uno delante y el otro 
detrás. Los restantes todos frente á Iglesia presen- 
ciaban la escena con interés. 

A las frases: «Aquí mando yo>, pronunciadas por 
Osorio, se enrojeció el semblante de Iglesia contestan- 
do con ira: 

—Insensato, ¿quién os dió ese poder? Si volvéis á 
decir eso, os mando al peor calabozo de mi navio. 

—Digo más que todo eso; digo que me he visto en 
la necesidad de tomar el mando de este barco, porque 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



óbrie sa comandante lo tenía abandonado, y tolos, ti 
70 no lo evitara, pereceríamos esta noche, victimas 
del ciclón qne tan cerca se encuentra ya de nosotros. 
Y digo, por último, que no puede ni debe mandar tan 
bnen navio un jefe tan malo; y ni este ni niogán otro 
buque volverá á mandar en la armada de don Feli- 
pe III. 

— Voy á sepultarle en un calabozo, pero antes to- 
ma, miserable. 

Y faó á dar un golpe en el rostro A Flavianie; pero 
mi levaatar el brazo se lo aprisitnó Rogelio, le derribó 
en tierra, y fijándole un pió sóbrela garganta, pre 
guntó á FJ aviase: 

— ¿Lo ahogo? 

— No; á un calabezo con él. Desarmarlo y llevado 
entre ambos, capitán Mendoza, teniente Guzmáo. No 
tardéis, ó mejor aún, llevarlo, y no volváis á subir, 
que está el ciclón encima. Cerrad bien la escotilla. 

Atontado el comandanta por el golpe que acababa 
de recibir y el magullamiento de la garganta, no opu 
so resistencia alguna. 

Mendoza le quitó la espada y medio arrastrando y 
medio en vilo se lo llevó de allí, desapareciendo los 
tres por la escotilla que dejó abierta el comandante, y 
cuya puerta cerraron al entrar Rogelio y Oazmán. 

Los oficiales y marineros presenciaron atónitos 
aquella grave escena, sin atreverse á nada, viendo lo 
impasible que permanecía el capitán Fajardo, pue era 
el jefe de verdadera influencia y prestigio en el navio. 

La escena anterior fuá rápida, casi instantánea y 



468 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



conveniente que así fuera para no volar todos los que 
estaban de pié. 

Apenas «e había cerrado la puerta de la escotilla, 
gritó Osorio: 

—Al euelo tados cogidos á la segunda maroma. 
Más al centro. No moverse. Fuertemente cogidas á la 
maroma. 

Al espirar la última frase de Osorio se oyó un es- 
truendo horrible y empezaron á cruzar por la cubierta 
del navio» torbellinos de electricidad, de viento y de 
agua con una faerza irresistible. Can una pequeña 
parte del cuerpo, que hubiera sobresalido de la plmcha 
de hierro, habría bastado para estrellar al infeliz ¿ 
quien cogiera. 

Tendidos ahora en el suelo los treinta, resguarda- 
das por la plancba de hierro que era baja, pero que 
tenía gran espesor y estaba sujeta á la cubierta con la 
seguridad que el caso requería, y cogidos á la segun- 
da marona, que solo levantaba una cuarta del suelv 
sentían temblar el navio, crugir sus tablas bramar las 
olas y cruzar por encima de ellos esa atmósfera que 
derriba los edificios, arranca los árboles y barre la 
¿uperfhie de la tierra, sin que haya estorbo capaz de 
detener sus ímpetus aseladores. Es una furia que pare- 
ce escapada del infierno para la destrucción de la hu- 
manidad y de ftu obra más sólida y perfecta. 

El ruido que llevaban aquellos torbellinos inferna- 
les, ensordeoía, apagando el rugir de las olas y los bra- 
midos de la tormenta. 

A la vez corría el agua por el aire inundando el 



LOS HÉROES DEL S10LO XVII 



469 



navio y haciendo imperceptibles los objetfs, aun cuan- 
do los alambrara la luz del sol. 

Ninguno de los treinta hablaba; no estaban para 
eso, sus frases no se hubieran podido oir en medio de 
aquel estrépito atronador. 

La corriente de aquella atmósfera que nadie ex- 
plica aún, que se ha visto y no se comprende, se dete- 
nia un instante para volver á empezar ie nuevo su 
carrera con más vigor que anteriormente. 

El palo mesana, el palo trinquete y hasta el palo 
mayor faeron tronchados y recogidos por la aterrado- 
ra atmosfera para llevarlos saba Dios dónde. 

No quedó un farol, y todo lo que ofrecía resisten- 
cia, iba siendo destruido, ó por lo menos quebrantado 
por aqual viento mezclado con electricidad, con agua, 
con algo más que desconocemos y que dispone de la 
faerza más superior que se conoce en el mundo. 

Sin las precauciones de Osorio, secundadas admi- 
rablemente per el capitán Fajarda, el navio Invencible 
se hubiera estrellado contra ana roca ó h hubiera ha- 
cho Tolar por los espacios, destruyendo todas sus ta 
blas aquella faerza incomprensible. 

Casi todo él escondido en el agua, sujeto con cua- 
tro cadenas gruesas de hierro, y muy inclinado á Oes- 
te, no efrecía gran obstáculo á la potente fuerza del 
ciclón, y á esto se debía el que permaneciese sin haber 
perdido etra cosa que una parte de su obra muerta. 

Ea cuanto á los treinta seres que permanecían 
boca ¿bajo, sujetos con las manos á la maroma y apo- 
yados los pies en las planchas de hierro, empezaban á 



470 



LOS HÉROES DBL 8IOLO XVII 



rendirse por los tsfaerzos que hacían par& coser arras- 
tradas por los torbellinos que cruzaban taa cerca, y 
cuja fuerza llegaba hasta ellos, intentando arrastrarlos 
al abisma. 

Eat&s fenómenos suelen tener una lentitud de och* 
A veintidós millas por Id general, y una longitud in- 
calculable, pues no ha sido posible medir su velocidad, 
ni tcdos son tampoco iguales, pursto que se presentan 
de m¿s ó menas duración. 

Suelen atravesar pueblos, naciones y mares, y así 
continúan hasta que gastada su faerza, con los muchos 
obstáculos que Ies oponen los montes, los árboles y los 
edificios, sucumben y desaparecen dejando memoria 
amarga de su carrera. 

En la tierra van mezclados con pedazos de árboles, 
maderos, piedras y arena que arrastran y precipitan 
en tu vertigiosa carrera; y en el mar que no tienen es • 
torbo alguno que se oponga á su destructora faerza, 
c? jen el buque que flota sin otro apoyo que el de su 
propio peso, lo levantan, lo hacen pedazos y van ca- 
yendo al abismo los hombres, las tablas y objetos para 
desaparecer, á excepción de los cuerpos flotantes, que 
son esparcidos por la inmensa superficie del agua. 

Eso hubiera sucedido al InvencibU sin las mucha» 
precauciones que tomaron Osorio y Fajardo; auxilia- 
dos por doscientos hombres y una abundancia de ma- 
terial propia de uno de los primeros y mejores navios 
que surcaban las aguas. 

Por entre los navegantes que iban en el interior del 
Invencible, corrió la voz de que eran víctimas de un 



LOS HÉROES UBL SIGLO XVII 



471 



horrible ciclón, y todos temieron por sus vida?. Cuan- 
do vieron qne aquel se desarrollaba con fuerza y estré- 
pito tan formidables, pero qne á ellos nada les ocurría 
colmaban de elogios al capitán Fajardo, qne tan sabias 
medidas había tomado, y ya en estos momentos lo con- 
sideraban el primer marino del mundo. 

Ninguno de ellos se cuidaba para nada del coman - 
dante; cuando este se dejaba ver era, en general, para 
imponer castigos ó se sumergía en su cámara para 
entregarse á libaciones que perturbasen su cerebro y 
lo inutilizaban para todo. Hasta el mísero soldado 
y el marinero sentían una impresión grande de det- 
preaio hacia aquel jefe que pasaba la vida entre los 
placeres más groseras á que puede entregarse la hu- 
manidad. 

Así lo babia comprendido Oaorio y por esta causa 
obró con la decisión y arrogancia que hemos visto. 

Continuaba el ciclón, si bien no con tanta intensi- 
dad, pero aún crugian los maderos del navio, las cade- 
nas rechinaban» los estampidos se suca iían en continuo 
tropel y los golpes de mar ayudaban si ciclón á multi- 
plicar les horrores de su furia. 

Dos eternas horas llevaban los treinta desgraciados 
que estaban tendidos sobre la cubierta, sufriendo los 
golpes del aire mezclado con la electricidad y el agua 
bañados hasta el cuello y faltos algunos de fuerzas para 
continuar asidos á la maroma. 

El estrépito seguía, pero con menos intensidad, con 
fuerzas que empezaban á apagarse, 

Dejaba ya intervalos que aprovechaban ks de la 



473 



LOS HÉROES DEL 8IGLO XVII 



cubierta para sentarse un memento y respirar ana at- 
mósfera menos densa é infernal. 

La oscnridad ahora era completa, pues según diji- 
mos, no quedó un solo farol de ios diez que colocaron 
en los palos del navio. 

Tenían ei resplandor de los relámpagos que cada 
vez se sucedían con más distancia de uno á otro. 

Eran dos extremos verdaderamente antitéticos, ó 
la oscuridad más grande que es posible imaginar, la 
más negra, ó la brillante y abrasadora luz de la elec- 
tricidad en combustión. 

Á las tres horas pudieron sentarse los treinta, te- 
niendo la cabeza inclinada, pues hasta carecían de fuer - 
zas para tenerse de pie. 

En el mismo instante se abrió la escotilla de la pri- 
mera cámara, y saliendo por ella Mendoza, llegó con 
trabajo á donde estaban sus compañeros, cogió prime- 
ro á Fíaviano y luego á Julio, y llevando uno debajo 
de cada brazo, los llevó á la cámara, dejándolos tendi- 
dos sobre un diván. 

Hizo esta operación á la ya opaca luz de algunos 
relámpagos que se sucedían con lentitud y poca inten- 
sidad. 

Ei ciclón se alejaba con la misma rapidez que ha • 
bía llegado. 

Lo mismo hizo Mendoza con Fajardo, en tanto que 
ol teniente Guzmán les daba á beber á todos aguar- 
diente de caña para que los animase y fortaleciera. 

Media hora después los treinta *e hallaban en la 
cámara sobre los divanes. 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



473 



Jalio y FJaviano no quisieron baber aguardiente, 
bebieron agua, y con aquel se fueron frotando en todas 
las articulaciones. 

Poco á poco fué concluyendo el estrépito, el mar y 
los elementos cesaron ea bu furia, ó mejor dicho, ésta 
faujó de aquella zona en busca de otra, doade aplicar 
su aniquiladora y cruel saña. 

Por fia cesó de todo el ruido, la mar calmó por 
completo, el Tiento era agradable y el sol apareció en 
Oriente radiante y hermoso, como pocos días. 

Un solo navegante había sobre la cubierta del In- 
vencible. Se hallaba con los brazos cruzados, la capu- 
cha de su impermeable caida, y enseñando una hermo- 
sa y varonil cabeza que era admirada por los hombres 
y suspirada por las mujeres. 

Su vista se fijó primero en la cubierta del navio qua 
recorrió con inteligencia é interés, y luego la estendió 
por el vasto Océano. 

Era Flaviano que estudiaba los despojos que veia 
del horrendo ciclón. 

Un minuto después llegó Julio, preguntándole: 
—¿Qué miras con tanto afán, hermano? 
— Esos pedazos de tabla, — le contestó, — esos másti- 
les, todos esos despojos de barcos que han perecido y 
«1 ciclón trajo hasta aquí como muestra de destrucción 
y ruina, como señal de su fuerza, como marca de 
su poder. ¡Caántos desgraciados habrán perecido esta 
noche! 

— Gracias á tí, no nos ha ocurrido lo mismo á nos- 
otros. 

TOMO I $0 



474 



L06 HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Gracias á la Previdencia que veló por nosotros. 
Contra la fuerza de un oiolón no hay resistencia po- 
sible. 

— Es verdad, pero las sabias medidas inspiradas por 
ti y llevadas á cabo por Fajardo, contribuyeron á nues- 
tra salvación. ¿Cómo encueutras el navio? 

— Bien; nos faltan los tres palos y una parte de la 
obra mneria, pero se ha salvado tanto, que parece in- 
creíble lo que veo. 

— ¿Irán palos de repuesto? 

— Indudablemente. 

— ¿Es obra larga? 

—No; hay macha gente y buena. 

— ¿Qué vamos á hacer con el comandante? 

—Mandarlo á España bajo partida de registro. 

— ¿Desde la Habana? 

—Sí. 

— Lo mismo que yo pensaba. 
— Regresará inútil para volver á mandar barco al- 
guno. 

—Muy bien. Entre tanto, que permanezca en un ca- 
labozo con arreglo á su clsse, pero encerrado hasta que 
se lo entreguemos al gobernador de Cuba. 

— Es de lo que primero me he ocupado y ya en es- 
tos momentss obedece mis órdenes sobre ese parti- 
cular Fajardo. 

— ¡Qaó noche, Flaviano! Tengo el cuerpo magulla- 
os; un dolor como si hubiera reoibido cien palos dados 
por mano vigorosa. 

— Julio, en breve nos darán un baño de aguardiente, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



475 



detpués tomaremos algún alimento 7 con eso y cuatro 
horas de sueño quedaremos cerno ayer. 
— Eso creo. 

—Prepárate para sufrir malas noches. 

— Sí, como á tu padre y al mío sucedió; nuestras 
carnes se endurecerán como el hierro y haremes lo 
mismo que ellos. 

— Jalio, les tiempes cambian y será necesario que 
hagamos algo más. 

— ¿Más que el príncipe de Italia y el duque del Im- 
perio? 

— Más, sí. 

— ¿Es posible? 

— Para ti y para mí no hay, no debe haber impo- 
sibles. 

— Ellos eran seis. 

—Y nosotros tres, que hemos de hacer por seis 
como aquellos. 

— La idea es digna de tí. Fiaviano, haremos lo que 
los seis, y si es poco, haremos más. 

— Eso es, más, y siempre iremss en pos de ese más. 

—Julio, FlaTiano,— les dijo Mendoza llegando,— 
ya está el comandante encerrado en su prisión y bien 
asegurado. 

—¿Le Uevásteis los tres? 

—Sí; Fajardo, Guzmán y yo. 

— ¿Qué hace el primer*? 

— En este memento dirige la palabra á la tropa y á 
la marinería. A los oficiales les ha dicho que uno de 
nosotros es general de mar y tierra, que es el que sal- 



476 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



vó el ns vi o y todas nuestras vidas, pero que viene de 
incógnito y sólo puede darse á conocer en easos ex- 
tremos. Añadió que representaba al rey. 
— ¿Qué contestaron! 

— Te han aplaudid* con hurras y Víctores , pero 
uno... 
—¿Qué? 

— Uno dijo... dió á entender que nos conoce á 
todos. 

— jQaé le dijoFajard*? 

— Qae tiene pena de la vida el que nos descubra. 

— Muy bien; ¿quién es ese oficial? 

—Un hijo de Madrid, de la familia los Maroto. 

— Sí, lo recuerdo; su padre debe la vida al mío. 

— Cuando le hizo callar el capitán Fajardo estaba 
diciendo que uno de los tres tiene la primera voz del 
mundo y más talento que su padre. 

—¡No pasó do ahí? 

— No, gracias al oapitán. 
Toda la cubierta del navio se llenaba en aquel mo- 
mento de operarios y marineros, con herramientas y 
útiles para dar principio á las reparaciones del barco. 
Fajarlo se aseroó á los tras, diciendo á Fiaviano 

— Señor, todas vuestras órdenes se han cumplido, y 
van á dar principio á las reparaciones indispensables, 
si lo parmitís. 

— ¿Q ló dice la tropa y la marinería? 

— Se han encogido de hombros, sobre lo del coman- 
dante, desean que os deis á conocer, y quieren que yo 
los mande. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



477 



—Sólo puede ser lo último por ahora. En nombre 
del rey os nombramos mi hermano y yo, comandante 
accidental del navio Invencible, y anhelamos la ocasión 
de nombraros en propiedad* que poderes de sobra tene- 
mos para hacerlo. 

—Señor, mi lealtad te igualará á mi interés. Mi vi- 
da es de mi patria y de mi rey. 

—No lo dudo, y deseo demostraros mi gratitud. 

— Voy á doros una ocasión ahora mismo. Conceded- 
me una gracia. 

—Hablad. 

— Nombrado comandante por vos, debo ocupar la 
primera cámara; es grande, hermosa, cómoda y los 
cuatro podemos estar en ella perfectamente. Tiene cua- 
tro camarotes contiguos para dormir, y para el aseo; 
tiene sala de armas donde se puede tirar, y en el cen- 
tro de la cámara una mesa en la que pueden cerner 
cómodamente cuatro ó más personas. ¿Me hacéis el 
honor...? 

— Si, y hasta deseo que la mesa sea servida por ma- 
rineros, ¿qué te parece Julio? 
—Lo apruebo con aplauso. 
— 4 Y tú Rogelio? 

— Y© no tengo más voluntad que la tuya, Flaviano; 
como mi padre con el tuyo. 

— En ese caso, — añadió Fajardo, — os ruego esperéis 
un poco más en este sitio; pues están haciendo ya la 
mudanza, y podréis bajar á vuestra nueva cámara. 

— ¿Contábala con nuestra aquiesoencia? 

— Claro ei, como que sois discípulos de mi maestro 



478 



LOS HÉROES DBL SIOLO XVII 



y general Roch. Con vuestro permiso voy á dirigir las 
obras que van á hacerse. 

Desde aquel momento empezaron á trabajar todos 
los operarios del navio, ayudados por les marineros y 
dirigidos por sus maestros, los oficiales del barco y 
principalmente por el capitán que aún andaba con tra- 
baja por efecto del magullamiento de la noche. 

Algún tiempo después di j o Lorenzo Ros á lts tres 
hermanos que ptdían bajar á la cámara principal y en 
ella encontraron perfectamente en orden todos sns li- 
bros, instrumentes, armas y equipajes. 

Tomaron una taza de caldo cada un* y se retiraron 
á descansar, para dormir cuatro horas. 

La cámara principal del navio era grande, estaba 
puesta con lujo y tenía un balcón al mar y varias por- 
tas de luz que la embellecían con viitas deliciosa*. 

Nuestras amigos quedaran profundamente dormi- 
das, pero no les fué posible descansar más de tres ho- 
ras. Lo mismo ellos qne los Ros y los criados faeron 
despertados por los múltiples golpes de los martillas y 
de los maderos que rodaban por la cubierta y por las 
voces y cánticos de los doscientos ó más hombres qua 
trabajaban en el buque. 

Aquel navio que horas antes se hallaba profunda- 
mente sitiado por la muerte, había cambiado en el cen- 
tro de la vida, de la animación, del bullicio, de la al- 
gazara. 

Era uno de esos contrastes que la mísera vida hu- 
mana ofrece de continuo á los mortales. Llega el mo- 
mento del peligro, de la aflicción, de la amargura, en- 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



478» 



mudecen los labios, se contrae el corazón y todo es pena, 
amargura y silencio. En esas angastitsas ocasiones 
sólo hablan las lágrimas que llegan á los ojos y arrojan 
los párpados. 

Por la noshe, durante el cisión, nadie osaba mo- 
ver les labios, las miradas se dirigían al cielo, hs [ca- 
samientos á Dios, y los suspiros á los caros objetos 
que se iban ;¡ dejar en la tierra. 

Y por la mañana todo era alegría, satisfacción, 
plácemes y basta entusiasmo creciente entre el ruido 
de los tambores y cornetas, el golpear de los martillos 
y lo» c^nticcs de gente joven y laboriosa. 

Solo uno suspiraba; el comandante Iglesia, que 
despejada ya su cabeza, libre de los vapores espirituo- 
sos había descendido desde el sillón del rey absoluto al 
calabozo del esclavo criminal. 

Su descenso y castigo no le enseñaron nada; se era - 
y ó víctima de uua conjuración, de las ambiciones de 
algunos de sus subordinadas, y montado en cólera me • 
di taba venganzas y castigos horribles. 

Ni por un solo instante vió que sus desgracias eran 
sólo hijas de su abandono, de sus borracheras, de tu 
carácter despótico, de su insuficiencia y da su falta de 
tolerancia y hasta de caridad con los infelices que de- 
linquían, aun cuando fuesen sus faltas leves y casua- 
les. En aquel cerebro perturbado por las bebidas al - 
cohóiicas era ya imposible toda enmienda. 

Hemos dicho que todos menos él se hallaban ale- 
gres y satisfechos, porque una de las primeras medi- 
das aconsejadas por Osorio y realizadas por el capitán, 



480 LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



fué la de poner en libertad á todos los presos, sin ex- 
cepción alguna; verdad es que casi todos lo estaban 
por faltas levísimas ó por condiciones de carácter del 
comandante. Solo dos estaban pos haberse abofetead» 
delante de sus superiores, y á estos les dió una repri - 
menda Fajardo, y los dejó como á los otros en li- 
bertad. 

—¿Duermes Julio?— preguntó Flaviano á su compa- 
ñero, sentándose sobre la cama. 

—¿Quién puede dormir con ese ruido? 
— ¿Pero dormiste? 

— Sí, des ó tres horas. 
— Cerno yo. 

Los dos hermanos mandaron que pusieran las dos 
camas en el camarote más grande, según las tuvieron 
siempre en Madrid. 

— Pero qué algazara, hermano. 

—Déjalos; anoche todo era silencio y muerte; hoy 
todo es roído y vida. 

— ¡Qué contraste! 

— De estos tendremos muchos. 

—¿Iguales? 

— No, parecidos. 

— Vengan en buen hora; les prefiero á la monótona 
vida de Madrid. Allí todos los días lo mismo; el esta- 
dio, el paseo á caballo, la tertulia y la cama. 

—Pues ahora puede que no hagamos un día lo que- 
hicimos otro. 

— Gomo nuestros padres en su día. 

-Sí. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



481 



Los dos continuaron hablando; luego se vistieron 
con la ayuda de sus criados, se incorporó con ellos 
Mendoza, después Fajardo, y al medio día los cuatro 
se sentaron á la mesa para ser servidos por marineros 
en una mesa espléndida 

Los cuatro tenían buen epetito, las viandas eran ex- 
celentes, y en la primera media hora los cuatro se entre- 
tuvieron en reponer las fuerzas perdidas. 

Mendoza, como su padre, comió él solo tanto como 
los tres restantes. 



TOMO i 



61 



CAPITULO XXIV 



La soberbia de un preso.— Terminan las consecuencias del ciclón. 
A navegar otra vez. — La Habana. 



— Hoy no comes, Rogelio,— dijo Silva á Mendoza á 
los treinta minutos de estar almorzando. 

—No,— le contestó,— hoy devoro. 

— Corno su padre,— añadió Flaviano;— decía él mis- 
mo que estando en Malta se comió un enorme pavo 
para hacer boca. 

— Chico, nosotros tenemos que comer mucho para 
alimentar las fuerzas. 

—Y la mayor humanidad, Rogelio. 

— También; sobre todo las fuerzas. 

—Debéis tenerlas superiores,— dijo el capitán. — 
Con un leve esfuerzo tiró al suelo al comandante. Y 
luego os cogió á los dos debajo de los brazos y os tra- 
jo á esta cámara sin violentarse ni dar señales de can- 
sancio. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



483 



—¿Pues qué creíais, compañero? 
—¿Compañero me llamáis? 

— ¿No sois capitán como yo? 

—No, señor, soy ya comandante accidental y como 
haya ocasión pronto lo seré en propiedad. 

—Mis hermanos tienen la culpa de que subáis y yo 
no; me tienen postergado. 

Julio y Flaviano se echaron á reir, preguntándole 
el último: 

—¿Qué has hecho para poder ascenderte Rogelio? 

—Ser tu hermano. ¿Te parece poco? 

— Es bastante, pero no lo suficiente; necesitas pres- 
tar servicios á tu patria y á tu rey. 

—¿No es bastante dejar las comodidades de mi pa- 
lacio para vivir entre ciclones? 

— Por eso te nombramos capitán. 
— ¿Cuando me hacéis maestre? 
—Cuando lo ganes. 

—Quiero serlo pronto; decidme lo que debo hacer 
para conseguirlo. 
— En Méjico. 

—Un poco lejos está todavía. ¿Y si viene otro ci- 
clón? 

—Eso no es para todos los días. Por ahora no espe- 
res ninguno. 
— Me alegro. 

El almuerzo fué un poco largo y muy cordial 
Al apurar Fajardo su última copa de Jerez moscatel 
dejó á nuestros amigos y subió á cubierta para conti- 
nuar el resto del día dirigiendo las maniobras. 



484 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



El tiempo había variado por completo; un viento 
Norte fresco y vivo había reemplazado á la calma chi- 
cha que los enclavó en medio de los trópicos para de- 
jarlos á merced del ciclón. 

Pasó la tarde sin más acontecimientos que el si- 
guiente: 

Serían las cuatro de la misma cuando se presentó á 
nuestros amigos el teniente Guzmán, diciendo á Osorio: 
—Señor, el comandante Iglesia desea dos cosas. 
—¿Qué pretende? 

— Que le lleve á su prisión los vinos y licores de su 
propiedad, embarcados por su cuenta en Cartagena, 
Málaga y Cádiz. 

— Nada más justo: que se los lleven todos y beba lo 
que quiera, que ese no podrá ya en el resto de su vida 
dejar á merced de los ciclones la vida de nadie. 

—-Quiere además que le concedáis una entrevista. 

— Eso no es justo ni injusto; se la concedo. 

— ¿Cuándo? 

— Esta noche. Después que la tropa y la marinería 
se retiren á descansar, lo acompañáis, y mientras está 
conmigo que le entren todos sus vinos y licores. Ese 
desgraciado navega con una biblioteca de líquido; á 
eso debe saber tan buenas cosas. ¿Quiere algo más? 

— No señor. 

—¿Se halla resignado? 

—Todo lo contrario; jura y vota por diez. 

—Peor para él. ¿Qué habitación tiene? 

—No es mala, señor; en su prisión puede estarse 
con comodidad. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 485 



—Eso mandé y me alegro que Fajardo me haya 
comprendido. 

—Hasta la noche, señores. 

Volvieron á quedar los tres solos, subieron á cu- 
bierta y entretuvieron la tarde mirando las aves mari- 
nas que en grandes bandadas distinguían en lonta- 
nanza. 

Se hallaban cerca de Puerto-Rico y la presencia de 
aquellos pájaros lo indicaba. 

En la cubierta seguían trabajando con afán, pero 
al ver á nuestros amigos cesaron de dar voces y de 
cantar. 

Osorio fué hablando con todos y encargándoles que 
no se cuidasen de ellos para nada, entre otras razones 
porque tenían mucho gusto en oírles cantar y en verlos 
alegres. 

Todos los trabajadores, después de darles las gra- 
cias, volvieron á entonar sus cánticos y se entregaron 
de nuevo á su anterior algazara, sin dejar por eso de 
trabajar mucho y con esmero. 

Al retirarse los tres, Osorio dió á presencia de todos 
á un contramaestre un bolsillo con oro, diciéndole: 

—Repartid esas cincuenta onzas entre todos los sol- 
dados y marineros del navio. Y les dais esta noche una 
ración de vino á cada uno y mañana otra. 

Uno se atrevió á preguntarle con el mayor res- 
peto: 

—Señor contramaestre, decidnos el nombre del ca- 
ballero que tan noble y generoso es con nosotros; de 
aquél que nos libró á todos de perecer anoche, porque 



486 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



no pueden ser dos; las acciones son tan iguales que pa- 
recen de uno solo. 

— Te equivocas, son de dos. 

—¿Cómo se llaman, señor? 

— El príncipe de Italia y el duque del Imperio. 

— ¡Hurra! —contestaron en coro.— j Vivan los héroes 
españoles! 

—¡Y sus descendientes! —gritó una voz ronca que no 
vieron nuestros amigos de qué labios salia. 
—¡Vivan sus descendientes! 

— ¡Vivan! ¡Vivan!— quedaron diciendo todos los que 
estaban sobre cubierta, en tanto que nuestros madrile- 
ños descendían por la escotilla y entraban en la primera 
cámara de popa. 

A las ocho se volvieron á sentar á la mesa los 
cuatro. 

Ahora fué el capitán Fajardo el que con tono de re- 
prensión dijo á Osorio: 

— Señor, esta tarde os habéis descubierto un poco. 

—¿De qué modo? 
Diciendo á mi gente que agradeciera vuestra es- 
plendidez y genio, demostrados esta tarde y anoche, al 
señor duque del Imperio y al príncipe de Italia. 

—¿Por qué me he descubierto? 

—Porque mi gente ha traducido que sois sus des- 
cendientes. 

—No son tontos, Fajardo. 

—¡Pero el incógnito! 

— Ya os habréis encargado vos de deshacer la equi- 
vocación. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 487 



— Yo me he callado. 

—Es preciso que borréis esa idea de sus cerebros. 
— No queréis vos que yo mienta. 
— Ya se olvidarán. 

— ¿Sabéis lo que me han encargado? 
—No. 

—Que os suplique en nombre de todos dejéis oir 
vuestra voz en medio de los mares. 

— ¡Sería una gran cosa I— dijo Mendoza teniendo en- 
tre sus mandíbulas media pechuga. 

—Sí, — añadió Julio;— un saludo fraternal al príncipe 
y al duque. A la misma hora en que nos acometió ano- 
che el ciclón. 

— ¡También vos! —añadió el capitán. Pues si dais al 
traste con el incógnito no me culpéis, señores. 

— Callad, Fajardo— volvió á decir Rogelio medio 
atragantado con otro enorme pedazo de ave. Luego 
añadió: 

—Vos ignoráis lo que es la voz de mi hermano y á 
la media noche en estos mares .. No hay sirena que 
pueda igualársele. 

—Que cante si todos lo deseáis, pero entended que 
el incógnito. . . 

—¿No decís que ya se ha descubierto?— preguntó 
Julio. 

— Después de lo que llevó anoche á cabo y de la 
acción de esta tarde, tenéis razón, poco queda ya que 
ocultar á marinos que el que no corre vuela. 

— ¿Pero canto ó no, señor comandante accidental? 
Cuidado con la contestación, porque si á Rogelio no le 



488 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



gusta se va á ahogar con el pedazo de jamón que acaba 
de trinchar. 

— Mi general, yo deseo oir á vuecencia, pero el in- 
cógnito... 

—¿Qué dices á eso, Rogelio? 

—Que cantes. 

No pudo expresar más: 

—Bueno,— añadió Osorio;— os complaceré á todos. 

Y continuaron cenando alegremente. 

Terminó la comida y quedaron de sobremesa, cuan- 
do apareció el teniente Guzmán, diciendo: 

—Señor, todos, marineros y soldados que no están 
de servicio, descansan. ¿Puedo traer al comandante? 

— Sí, y devolvedle todas sus botellas, sin que le fal- 
te una. 

Minutos después apareció Iglesia con desembarazo y 
altanería. 

Julio se había colocado á la derecha de Flaviano y 
Mendoza á la izquierda. 

El capitán se retiró á un diván del extremo de la 
cámara. 

—¿Qué deseáis— le preguntó Osorio antes de que el 
comandante hablara. 

—Quiero deciros,— contestó con imperio,— que se 
ha cometido conmigo la más torpe villanía, la más ini- 
cua acción. Conjurados contra mí los cuatro que aquí 
estáis me habéis aprisionado, y si sois caballeros yo os 
reto, y sobre la cubierta del navio, en esta cámara ó 
donde os agrade, os demando una satisfacción como no- 
bles, si es que lo sois. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



489 



—Lástima es, señor comandante, que un hombre 
tan valiente como vos, sea tan ignorante y tan bebe- 
dor. Con hombres así no podemos batirnos ninguno de 
los cuatro. Somos demasiado nobles para tanto des- 
cender. 

—¿Demasiado nobles ó 'demasiado cobardes? 

— Como queráis; miedo tuvimos, en efecto, anoche; 
bebisteis con sobrado exceso para salvar las vidas de 
quinientos seres entregados á los horrores de un ci- 
clón. 

— ¿No os queréis batir conmigo ninguno? 
-No. 

— Y si os arrojo al rostro . . . 

—Callad, miserable, ó con permiso 6 sin permiso 
de mi general,— gritó Mendoza poniéndose de pié, — 
os arrojo al mar. Soy el marqués de Abella y tengo 
tan buena sangre como mi padre, tanto valor como él. 

— No comprendo, señores. . . 

— Guzmán, llevad á ese hombre á la prisión y si de 
día quiere andar por el navio puede hacerlo. Desde 
este momento tiene todo el barco por cárcel, como 
cuantos vamos en él,— dijo Osorio con calma y aña- 
dió: —si deseáis hablar con los oficiales, tropa ó mari- 
neros hacedlo, que nadie os lo impedirá. Salid. 

Asombrado, confuso, aturdido, partió el comandan- 
te. Sospechaba quienes eran sus huéspedes y temía las 
consecuencias de las torpezas que había cometido. 

¡Tarde era ya para él! 

— lAh, señores— exclamó el capitán;— la misma 
grandeza de alma que su padre, la misma sangre fría, 

TOMD I 62 



490 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 

el mismo predominio sobre sí y sobre los demás! jQué 
tres hombres llevo a Méjico! 

Y salió murmurando: 

—¡Qué tres gigantes, tres héroes! 

Los hermanos hablaron media hora y se retiraron á 
descansar. 

Sería la media noche, cuando sin promover ruido 
alguno se levantó Flaviano, cogió una lira que dejó á 
prevención, y después de templada hizo vibrar sus 
cuerdas. 

Se había sentado en un taburete forrado de tercio- 
pelo, el cual acercó al balcón de cristal que daba al mar, 
y con éste abierto dejó oir su incomparable voz. 

No se fijó en si podían ó no oirlo los soldados y 
marineros; se lo había pedido su hermano Julio y lo 
complacía como siempre, saltando por encima de toda 
consideración humana. 

El amor que se profesaban estos dos jóvenes era 
verdaderamente fraternal. Le pidió Julio un himno y 
un himno cantaba. 

Al terminar su primera estrofa todos estaban des- 
piertos en el navio y todos pendientes de aquellas no- 
tas sentidas, amorosas, vibrantes, sublimes, dadas por 
la primera voz del mundo. 

—¡Qué acento,— decía Julio;— es una maravilla! 

Comenzó su segunda y Silva se enterneció; saluda- 
ba al Santo, al duque del Imperio, les mandaba un 
ósculo amoroso de parte de sus hijos y describía la se- 
paración con frases tan tiernas, que hasta arrancaron 
una lágrima al valiente Silva. 



LOS HÉkOES DEL SIGLO XVII 



491 



Los del navio no pudieron ya contenerse; se oye- 
ron varios aplausos, muchos hurras y un solo grito 
que dijo: 

— ¡Viva don Flaviano! 

Todos habían oido hablar de aquella incomparable 
voz, pero sólo Julio, Ros y Mendoza la conocían. Al es- 
cucharla emitida con un arte perfecto les parecía la de 
un ángel y hasta hubo entre ellos quien supuso que era 
en realidad la de la sirena de los mares. 

Al empezar la tercera estrofa los quinientos hombres 
rodeaban la escotilla, formando una piña compacta. 

En la tercera describía Osorio el ciclón de la noche 
antes con tan horripilantes colores que todos se extre- 
mecieron, pensando con más miedo que antes en el pe- 
ligro que corrieron. Tan sobrecogidos quedaron que pa- 
recían mudos } hasta se sintieron sin acción. 

Llegó la cuarta y en ella decía Osorio al príncipe y 
al duque que no temieran por sus hijos, amparados 
como estaban por la Providencia. 

Esta volvió á entusiasmar al auditorio más que en 
las tres primeras; pero con la quinta llegaron al deli- 
rio. Osorio se la dirigía á su hermano Julio, y en ella 
lo convidada á salvar á España de todos sus enemigos; 
á correr al combate y á triunfar de todos los contrarios 
de su patria. 

Se oyeron cien hurras, é infinitos vivas á España, al 
rey, al príncipe de Italia, al duque del Imperio y á sus hi- 
jos. Ya estaba nuevamente en cama Flaviano y todavía 
se escuchaban las voces. 

Julio, Mendoza y Fajardo permanecieron sentados 



492 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI! 



en sus camas sin atreverse á otra cosa que á oir y á ad- 
mirar, 

Mendoza quedó absorto, casi aletargado. 

También acabó aquel ciclón que arrolló al entusias- 
mo humano, que aterró más que el otro al comandante 
Iglesia y que obligó á exclamar á Julio: 

— Flaviano, no cantes en Méjico, porque las mujeres 
van á creerte un ángel, único á quien pueden adorar, y 
los hombres un demonio que les arrebata todas sus 
compañeras casadas y solteras. 

— No me adules tú, hermano, ya que he cantado 
sólo por tí, por complacerte. 

— ¡Ah, mi querido Flaviano, tu funesto canto me 
hizo derramar una lágrima! 

— Que fué á parar al pecho del Santo con otra mía 
que á la par que tú le mandaba yo. 

—¡Qué efecto me ha hecho tu voz esta noche! 
— El paraje, la hora. 

— Pardiez, me hiciste ver á nuestros padres, vi la 
Providencia, sentí el ciclón, y mientras lo describías, 
lo temí más que anoche. ¡Qué ideas, superan á la ma- 
gia de la voz, ai arte sublime con que cantas! Flaviano, 
eres una maravilla; ¡Dios conserve tu vida si desea que 
yo no muera! 

— Digo lo propio, hermano; juntos á la gloria, jun- 
tos á la muerte. 

—Así. 

Silva se tiró de la cama y se abrazó á su hermano, 
besándose ambos y permaneciendo un minuto estre- 
chándose. 



LOS HÉROfcS DEL SIGLO XV I 



493 



Un cuarto de hora después todos dormían, porque 
todo en este mundo es rápido cuando se trata de lo que 
satisface, de lo que alegra; y se prolonga y dilata 
cuando atormenta y oprime. Por esa causa el comandan- 
te no pudo conciliar el sueño el resto de la noche. 

La voz de Flaviano le había dicho claramente quien 
era, y empezaba á comprender que ni podía vengarse ni 
aspirar á otra cosa que á regresar á España y vivir ocul- 
to entre los pliegues del hogar doméstico. 

A la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa 
en el interior y en la cubierta del navio, que del duque 
del Imperio, de su hijo, de la voz que escucharon, de su 
talento y de su generosidad. 

Lo estaban idealizando. 

Enterado el capitán de lo que acontecía, fué haciendo 
saber á todos, que fuese ó no Flaviano de Osorio el can- 
tor, ó fuese quien quisiera, había impuesto el rey pena 
de la vida al que descubriera su incógnito. 

Con lo cual logró Fajardo que hablasen de él al oído 
pero no consiguió que dejaran de hablar de su héroe, 
porque por héroe lo tenían ya. 

El comandante se levantó tarde y vió sin sorpresa 
que la puerta de su prisión estaba abierta y no tenía cen- 
tinela alguno. 

Se desayunó, bebiendo bastante. 

Algo perturbado, se atrevió á probar fortuna y se 
dirigió al segundo puente, donde estaba el grueso de la 
fuerza. 

Les habló con dulzura, preguntándoles si le recono- 
cían por su comandante, según mandaba el rey. 



494 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



No quedó sin respuesta; el más listo le contestó en 
nombre de todos lo siguiente: 

— Mientras solo había comandante en este navio os 
obedecimos, pero hoy tiene un general y este es nuestro 
único jefe. 

—¿Quién es ese general que yo no conozco? 

— £1 que nos salvó la vida anteanoche, el que os ha 
mandado poner en libertad, el hombre más valiente y de 
más talento que existe. ¡Es raro que todos le conozca- 
mos y vos no! 

Corrido salió de allí Iglesia. 

Un poco antes de llegar á su cámara se halló con 
un oficial que iba acompañado del primer contra- 
maestre . 

— Señores,— les dijo deteniéndolos; -ya habréis visto 
lo que han hecho con vuestro comandante. 

— ¿No estáis en libertad? 

—Pero me han quitado el mando de mi navio. 

— Gracias á eso, mi comadante, nos hemos librado 
de perecer. Y era natural, donde hay un general no man- 
da un comandante. 

—¿Pero qué general es ese que yo no conozco? 

— Tiene pena de la vida el que lo descubra, pero 
nadie ignora ya quién es. Temedlo, mi comandante, es 
tan terrible como el autor de sus días. Le acompañan 
otros dos y son sin duda de igual categoría. 

—¿Me queréis obedecer? 

— Gracias, mi comandante, vos tenéis poco apego á 
la vida y á mí me sucede lo contrario; no queiero dar mo- 
tivo para que el tercero de esos señores me arroje al mar» 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



495 



ni para que el primero me mande colgar de una entena. 

Y con una reverencia lo dejaron, marchando de allí. 

El comandante entró en su cámara víctima de un 
desengaño que lo abrumaba y afligía. 

Pronto se curó de la enfermedad, apurando la se- 
gunda botella de Jerez. 

En el navio continuaban trabajando doscientos 
hombres hasta por la tarde, que sólo quedaron unos 
cincuenta. 

La mar seguía rizada por un Norte fresco y agra- 
dable. 

Sentados los cuatro á la mesa, después de las ocho, 
dijo el capitán: 

— Iglesia ha querido ganar á un oficial, al primer 
contramaestre y á la fuerza del segundo puente. 

—¿Qué logró? 
— Nada. 

— ¿Qué se proponía? 

— Volver á tomar el mando del buque y probable- 
mente colgarnos de una entena. 

— A pesar de esas intenciones dejadle en libertad 
hasta que demos vista á la Habana. Desde ese instante 
que permanezca encerrado. 

— Así lo haré. 

También continuaron trabajando aquel día y hasta 
el cuarto por la noche, en que el capitán dijo á Osorio: 

—Queda el navio en disposición de seguir adelante 
cuando vos lo dispongáis. 

—Mañana al toque de diana. ¿Cómo ha quedado el 
nvencible? 



496 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Perfectamente. En la Habana haremos provisión 
de palos, repondremos los dos botes que el ciclón nos 
llevó, algunas velas, se carenará y podremos dejarlo 
como al salir de Cartagena. 

— Pues proa á la Habana y allí tendréis tiempo de 
sobra para dejar vuestro navio como acabáis de ex- 
presar. 

Poco después de amanecer levaron anclas, deslia- 
ron velamen y repuestos los tres palos que el viento 
se llevó, comenzó á moverse el barco como todos de- 
seaban. 

Viento en popa, ancló cinco días después en la Ha- 
bana, cuya vista fué a todos agradable. 
Llegaron á las cuatro de la tarde. 



CAPITULO XXV 



América.— La habilidad sustituye á la fuerza.— -Un polizonte 
de oro.— Un maestre de campo.— En Cuba siempre sucedió lo 
mismo. 



Poco después de las cinco saltaron á un bote del 
navio, Julio, Osorio y los dos hermanos mayores Ros. 

Llegaron al muelle y mandaron retirar el bote, pero 
el segundo jefe del puerto les preguntó: 

—¿De dónde vienen los cuatro? 

— Del navio Invencible, —contestó Julio. 

— ¿A dónde van? 

— A la Habana. 

—¿Qué se proponen? 

— Evacuar asuntos del servicio. 

—¿Traéis orden de vuestro jefe? . 

— Vedla. 

Y leyó el empleado: 

«Los portadores entrarán en la Habana á cumpli- 
mentar las órdenes que llevan por escrito. 

TOMO I 63 



498 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



»A bordo, etc.» 
—¿Qué órdenes son esas? 
—Las que importan sólo á la marina real. 
— Está bien; cumplimentarlas. 
Los cuatro avanzaron hasta perderse en las calles de 
la Habana. 

Julio se detuvo á la puerta de un convento de frai- 
les, preguntando á Flaviano: 
—¿Entramos? 

—Sí, Julio, obedezcamos la instrucción del Santo, 
que son nuestras propias ideas. 

Pasaron á la iglesia del convento, permaneciendo 
los cuatro más de media hora adorando á su admirable 
y divino Creador. 

—Salieron, preguntaron por la mejor hostería de la 
ciudad, un negro los llevó á ella, y se alojaron en las 
mejores habitaciones. Julio y Osorio tenían alcoba y 
un salón, los Ros una salita contigua con una alcoba. 

Los dos primeros llevaban trajes de caballeros, pero 
sin distinción alguna que indicara la elevada clase á que 
pertenecían ni los cargos que desempeñaban. 

Pidieron una comida especial, la mejor que pudie- 
ron ofrecerles, pero servida en mesa redonda. Se pro- 
ponían oir las conversaciones de los huéspedes, y to- 
mar atmósfera política: la de la capa intermedia en el 
orden social. 

A las ocho y media los llamaron á cenar, y diez 
minutos después entraron en un comedor grande, lujo- 
so, y en el que había veintitrés caballeros y cuatro se- 
ñoras. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



499 



En uno de los extremos de la mesa tenían los cuatro 
cubiertos con separación de dos varas de distancia de 
los restantes huéspedes. 

Se sentaron, Julio y Flaviano en el frente, y los Ros 
á los costados. 

Todas las miradas se fijaron en los recien venidos, 
comprendiendo en la actitud y modales de Julio y Fla- 
viano que pertenecían á una clase distinguida. 

Como sólo había llegado aquella tarde el Invencible 
los tomaron por jefes y oficiales de aquél hermoso 
navio. 

Al principio todos guardaron una prudente reserva, 
pero luego se fueron poco á poco animando y dieron 
principio los diálogos, fuertes unos, y bajos otros. 

Julio y Flaviano comían y callaban, pero toda su 
atención estaba fija en la conversación que oían. 

En la mesa estaban representados el ejército, la ma- 
gistratura y el comercio. Se habló de política, del estado 
interior de las colonias, de Cuba, y se discutieron duran- 
te la comida y luego de sobremesa, las medidas tomadas 
por las autoridades de la isla. 

Al llegar á este debate, tomaron parte en él Julio y 
Flaviano, Los jóvenes, con habilidad suma, ofreciendo 
impresiones de amor propio y suavizando ideas y con- 
ceptos, lograron saber cuanto ocurría en la isla digno 
de censura, y en verdad que no era poco. 

La discusión duró hasta cerca de las once, en que 
todos se fueron retirando á sus dormitorios. 

Nuestros jóvenes sabían ya cuanto les hacia falta por 
el pronto. 



500 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Contra la voluntad de ambos tuvieron que dejarse 
desnudar por Andrés y Mariano Ros. Flaviano les 
decía: 

—Os digo que no; sois hidalgos; sois dos oficiales 
del ejército... 

—No importa, —contestaba Andrés, — queremos ser 
tan leales y buenos servidores como nuestro padre lo fué 
del duque del Imperio. El sirvió al Invencible, nosotros 
al héroe. 

—Porque fué tan leal y tan excelente servidor, sois 
vosotros nobles. 

—No, porque vuestro padre fué el mejor de los du- 
ques y vos el mejor de los hombres incluso vuestro 
padre. 

—Andrés, respeta al duque. 

—Le respeto y le amo, y daría mil veces la vida por 
él; pero cuando se trata de vos, que sois mi padrino, 
mi señor y valéis más que vuestro mismo padre enton- 
ces, no hay para mí otra cosa que don Flaviano, no 
tengo otra voluntad que la suya, no tengo otro rey, que 
vos, monarca del talento, de la sabiduría, del genio. Sen- 
taos y fuera las calzas . 

— iQué adulador y qué pesado estás esta nochel 

—Pobre gente, esa que comía con nosotros; entre 
vos y vuestro dignísimo hermano les habéis hecho decir 
cuanto ocultaban sus cerebros, y vos queríais saber. jCon 
qué talento!... A la cama, que ya estáis. 

— Gracias, hombre, no se lo digas á nadie. 

— A todo el mundo; ¡qué mayor honra! 

—¿Sabes que estamos en el otro mundo? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 501 



—Sí; pero no comprendo... 

—Qué aquí puede que todo se haga al revés, y por 
esa causa un noble desnuda á otro. 

—No, aquí y en todas partes Andrés Ros, servirá 
de rodillas al rey de la sabiduría, del valor, de la inte- 
ligencia. 

—Basta, hombre, basta. ¿No oyes á este majadero 
Julio? 

—No; oigo á este otro que me dice poco más ó me- 
nos lo mismo. 

—Apago estas velas, dejo la lámpara encendida co- 
mo en Madrid y en el Invencible y hasta mañana, queri- 
dos generales. 

— Id con Dios. 

Quedaron solos los dos hermanos, diciendo Julio á 
Flaviano: 

—¿Qué opinas, hermano, de lo que has oído? 
—Que Cuba no está bien y que no podemos dejarla 
como está. 

—Creo lo mismo; antes de pasar á Méjico es nece- 
sario unir al comandante Iglesia con el gobernador de 
esta isla y mandarlos á España bajo partida de registro. 

— No basta; son muchos los funcionarios que aquí 
faltan á sus deberes. 

—Es verdad. 

— Julio, hasta no dejar Cuba como nuestros padres 
dejaron el Perú no saldremos de aquí. 

—Sí, Flaviano; daremos tiempo al capitán Fajardo 
para que carene el navio y lo reponga de todo lo que 
perdió durante el ciclón. 



502 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Para algo nos mandan el rey, el Santo y el duque 
á estas apartadas regiones. 

— Cierto, y nada dejaremos por hacer. ¿Por donde 
crees que debemos dar principio? 

— Nos vestiremos temprano, empezando por visitar 
á mi primo el maestre Gonzalo, que es aquí la segunda 
autoridad. 

-—Me parece bien, en el caso que tu pariente no sea 
aquí otro tirano... 

— No, es un cumplido caballero y nos va á servir de 
mucho. 

— Me alegro, y si te parece dormiremos. 

— Con mucho gusto;— dijo Julio, -ya tenemos una 
cama que no se mueve, y una habitación en la que 
nada oscila. 

—Es verdad, durmamos. 

Y los dos cerraron los ojos para entregarse poco 
después á tranquilo sueño. 

Trasladémosnos ahora á una salita situada en la mis- 
ma casa, en la cual conversaban un magistrado de la 
Habana y el jefe de policía secreta. 

La conversación de ambos fué interrumpida por la 
llegada de María, dueña de aquel establecimiento. 

Frisaba en los cuarenta años y era además de una 
excelente hostelera el mejor y más hábil y dócil instru- 
mento que tenía en la Habana el jefe de la policía. No 
era fea ni esquiva al polizonte y tenía sagacidad. 

— Adelante, María,— le dijo.— Cerrad la puerta y con- 
testad: ¿Quiénes son esos cuatro caballeros? 

La hostelera observó un minuto el pasillo en que 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



503 



se hallaba situada la salida; cerró luego la puerta y acer- 
cándose después al jefe de policía le dijo: 

—Señor Godínez, dos de esos señores son nobles; 
pero nobles oficiales del ejército, que sirven de criados 
á los otros dos. 

—¿Qué estáis diciendo, María? Eso no puede ser. 

— Lo he oído y lo he visto, no os quede duda. ¿No 
reparásteis en la mesa sus distinguidos modales, sus 
maneras finas y corteses y sus elevadas ideas después? 

— Sí, eso es cierto. 

—Me refiero á los dos que estaban de frente; los 
otros son más bastos. 

— ¿Pero quienes son los primeros, María? ¿Lo sabéis? 
-Sí. 

—Hablad. 

—Admiraos: son ¡dos geuerales! 

— ¡Qué disparate! Cuatro aventureros probablemen- 
te. A esa edad no hay generales en España. 

— Señor Godínez, no hay aventureros, que sepan lo 
que esos caballeros ni que se propongan lo que ellos. 
Son hermanos y van á Nueva España, pero antes arre- 
glarán la isla. Y buena falta que hace. 

— Nos estáis contando una novela, María. 
— Ridicula, — añadió el magistrado. 

— Ya me daréis la razón. 

—¿Cuándo? 

—Muy pronto. 

— Sois discreta y muy lista, pero en esta ocasión se- 
ducida por la belleza de esos dos jóvenes, que son en 
efecto hermosos y elegantes, os habéis trastornado has- 



504 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



ta el extremo de considerar generales á dos ofcíales del 

Invencible. 

— ¿Oficiales decía? 
—Sí. 

— Generales y muy generales; esos oficialitos, como 
vos decís, os van á poner las peras a cuarto, señor jefe de 
policía y señor magistrado. 

—Nada, nada, os habéis perturbado y no dais bola 
esta noche. 

— No comprendéis la penetración y astucia de la 
mujer, señor Godínez; si nosotras fuéramos polizontes 
prestaríamos muchos más servicios que los hombres. 
|Que no son generales! jY este jefe es el más avisado de 
la Habana! Los hombres no hacéis justicia a mi sexo. 
Desde que entraron en mi casa, dije que esos caballeros 
eran mucho más de lo que parecían, y no me equivo- 
qué. Después he oído sus conversaciones, y estaré en mi 
derecho llamando tonto al que dude de mis frases. 

—Jamás os vi tan terca. ¡Y quién sabe! ¿Cóma se 
llaman? 

—El uno, Flaviano. . 

—Basta, María. Os prohibo hablar con nadie de esos 
hombres. Irá á un calabozo el que los cite y atravesaré 
el pecho del que intente ofenderlos. 

—¿Tengo ó no razón? 

—Silencio; y os prohibo hasta el hacerles la más leve 
alusión. 

—¿Ya sabéis quienes son?— le preguntó el magistra- 
do sorprendido. 

— No lo sé, ni os importa. Señor magistrado, tra- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



505 



tándose de esos hombres, no tengo amigos, ni reconoz- 
co gerarquías. 

— ¡Ni que fueran el uno el rey y el otro el duque del 
Imperio! 

— Lo mismo exactamente, que si fueran esos dos. 
Seguidme, María. Vos, señor magistrado, retiraos á 
descansar, y porque os quiero mucho, os aconsejo no 
os ocupéis para nada de esos cuatro caballeros. 

Godínez estrechó su mano y se fué con la hostelera 
á un extremo del edificio. 

Encerrado con ella le dijo: 

— Oidme bien, y contestad con exactitud: ¿Se llama 
el uno Flaviano y el otro Julio? 

— Sí, señor; eso es, el otro Julio. ¿Son generales, es 
cierto? 

—Para mí príncipes, reyes, y aun me parece poco. 
¡Qué alegría tengo, qué satisfacción! María, traed á 
vuestra memoria todo lo que habéis oido, todo, y no 
me ocultéis una sola frase. Os advierto que esos señores 
me importan más que la vida, más que mi mismo padre 

—Bueno, oidme. 

Y María le refirió cuanto hablaron Julio, Flaviano» 
Andrés y Mariano Ros. Después le dijo. 

— Contadme ahora vos, que yo también soy de po- 
licía. 

Godínez sonrió, diciéndole: 

—No volváis á espiar á esos caballeros, y si alguno 
lo hiciese y yo no lo arrojase por la ventana, efecto de 
no hallarme en casa, echadlo de aquí, y que no vuelva 
á entrar. 

tomo i 64 



506 



LOS HÉROES D2L SIGLO XVII 



— Lo haré. 

— Despertadme á las seis, que he de salir tem- 
prano. 

— Buena noche, María. 
— ¿Todo eso me decís? 

—Sí; tenéis gran penetración, y sois lista, muy 
lista. 

Sin hablarla más, se retiró á sus habitaciones. 
María se encogió de hombros, murmurando: 

— Si á él le interesan, también á mi. Yo solo quiero 
lo que él quiera; solo amaré lo que él ame. 

A las siete de la mañana se levantaron Julio y Fla- 
viano, ayudados por Andrés y Mariano Ros. 

Hablaron media hora, dispusieron su plan, y ya 
iban á salir con el objeto de visitar al maestre Gonzalo, 
primo de Osorio, cuando una voz que les era desconoci- 
da, les pidió permiso para entrar. 

Creyendo que sería algún sirviente de la hostería 
le mandaron pasar, cuando vieron aparecer á un hom- 
bre alto, vestido con elegancia que representaba cua- 
renta y cinco años de edad. 

Entró con desembarazo, y después de hacerles una 
reverencia, miró á Osorio con interés, diciéndole: 

— Perdonad si os molesto; soy el jefe de la policía 
secreta de la Habana y cumplo el más sagrado de mis 
deberes, viniendo á saludaros excelentísimo señor don 
Flaviano de Osorio, y á vos, serenísimo señor don Julio 
de Silva. 

Los dos jóvenes le miraron con sorpresa. Flaviano 
le dijo: 



LOS HÉROES DLL SIGLO XVII 507 



—¿Tiene, por ventura, la Habana mejor policía que 
Madrid? ¿O es que, por una excepción, adivina la policía 
de la Habana? 

— Lo último, señor. 

— ¿De dónde sois? 
— De Madrid. 

—¿Quién os mandó á América? 
— Vuestro padre, el incomparable duque del Im- 
perio. 

— ¡Mi padre! 

— Sí, señor. Se hallaba en el Escorial casi agoni- 
zando su majestad el rey don Feiipe II, que en gloria 
esté. Yo era jóven, servía en clase de teniente, debia la 
vida á vuestro padre, que con su génio me arrancó de 
entre las garras de unos enemigos que me estaban acu- 
chillando, y tan agradecido quedé á mi general, y tan- 
tas pruebas le di de decida adhesión, que cuando re- 
gresamos á Madrid, venía incorporado á su guardia de 
honor. Anduvo el tiempo, de la continua movilidad de 
la guerra pasamos á la tranquila holganza de la paz y 
el ocio; la edad y la simpatía me obligaron á enamorar 
á una dama, hija de un cortesano rico y poderoso, y, 
por desdicha mía, correspondió á la pasión que yo sen- 
tía por ella. Lo supo su padre, lo supieron los dos 
arrogantes hermanos de mi amada; á ella le prohibie- 
ron hasta que pensara en mí, y no satisfechos con esa 
tiranía, me anunciaron que bastaba el encontrarme cual- 
quiera de ellos en la calle donde tenían su espléndi- 
da morada, para atravesarme el corazón. Tan despó- 
tica medida encendió más nuestra pasión, nos vimos y 



508 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 

acordamos huir, casarnos, y que Dios dispusiera de 
nuestra suerte. ¡Noche fatal! Fui á la cita, dispuesto á 
cometer el rapto que tenía concertado; pero en vez de 
salir la dama por la puerta falsa que convinimos, apa- 
recieron sus dos hermanos con las espadas desenvai- 
nadas, y me acometieron con tal furia, que no me 
atravesaron por milagro de Dios. Ante acometida tan 
brusca, tan cobarde, tan inicua, ardió mi sangre, di 
un salto atrás, y ya con mi acero en la mano, paré 
los dos golpes- mortales que me dirigieron. Cada vez 
más soberbios, más torpes, más furiosos, me sitiaban 
con poco acierto y mucha furia. Empecé defendiéndo- 
me, les propuse la paz, creyeron que les tenia miedo, 
y me contestarou jurando matarme. Pues á vencer, ó 
morir, les contesté; y ciego de ira como ellos, y en pro- 
pia defensa, les tendí á los dos con una estocada á 
cada uno. 

—¿Cayeron heridos?— le preguntó Osorio. 
— Señor, vuestro incomparable padre no me enseñó 
á herir en la guerra, sino á matar. 
— ¡Cayeron muertos! 

— La punta de mi espada había tocado en sus cora- 
zones. 

—Seguid, que empiezo á recordar. ¿Qué aconteció 
después? 

— Cerca de allí estaba mi criado con los dos caba- 
llos en que mi amada y yo debíamos escapar. Inútil ya 
para ella, pensé en mi vida, y montando mi sirviente 
y yo en los potros, llegamos al Escorial tres horas más 
tarde. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 509 



— Volásteis. 

—Sí, señor, volamos. Minutos después me hallaba 
en vuestras habitaciones de aquel real sitio. Hice levan- 
tar á Ros, le conté lo que me había ocurrido y lleno de 
indignación me dijo: 

— Bien muertos están esos cobardes. ¡Atacar los dos 
á un oficial del duque; miserables! nada temáis; en 
cuanto el duque se levante lo sabrá todo y tendréis su 
protección y la mía: Ya era mayordomo y el favorito 
de vuestro padre. Ocho días estaba en el Escorial, en 
vuestras habitaciones, sobre mis rodillas sentado, os 
cubría de besos y vos, señor, empezábais á cobrarme 
cariño, cuando me hizo entrar en su despacho el señor 
duque diciéndome: 

—Habéis muerto en propia defensa y eso no es pu- 
nible; sois valiente, defendisteis á vuestra patria con 
heroísmo, pero el padre de las víctimas tiene gran in- 
fluencia en la corte, encerró á su hija en un convento 
y os busca en Madrid con decidido empeño de manda- 
ros ahorcar. Si el rey no muriese, nada teníais que te- 
mer; pero don Felipe se halla en la agonía y en cuanto 
espire nos retiraremos nosotros lejos de la corte. Ni 
nos es simpático el príncipe de Asturias ni nosotros 
le gustamos. Proclamado rey estáis perdido; pero no 
daremos lugar á que llegue este caso. Tomad ese nom- 
bramiento de jefe superior de la policía secreta de la 
Habana y este bolsillo con oro. Partid esta noche á 
Cádiz, el navio Felipe que pronto se hará á la vela os 
llevaré á Cuba y que Dios nuestro Señor os proteja. 
Me alargó aquella mano siempre vencedora, nunca 



510 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



vencida, siempre noble, siempre generosa, la estreché 
entre las dos mías, la besé repetidas veces, jurando que 
el calor que en aquellos momentos me prestaba impri- 
miría en mis acciones la justicia en mi alma la nobleza, 
en mi corazón un temple á lo Osorio. 
■ Calló el jefe de policía, Flaviano le miró con interés 
y alargándole la mano le dijo: 

— Te reconozco, Godínez, recuerdo cuanto oí á mi 
padre sobre tí y sé que no le has dado motivo alguno 
para que se arrepienta de la protección que te otorgó. 

El polizonte estrechó y besó la mano de Osorio con- 
testándole: 

—Os pertenezco, señor; como á vuestro padre. 
—Muy bien, te necesito y me servirás; es decir, ser- 
virás á tu patria. 
— Anhelo pagar... 

—No hay deuda alguna, Mi padre se impuso al con- 
de tu tirano, y éste tuvo que resignarse con su muerte 
y nada intentó luego contra tí. Cumpliste bien en la 
Habana, y esa era la única deuda contraída con el du- 
que. ¿Ignoras quién es este caballero que me acom- 
paña? 

—El hijo del héroe, de mi generalísimo, después 
Santo como su padre, y ahora un heredero digno del 
único hombre que pudo mandar al duque del Imperio. 
Y estos jóvenes son los hijos de mi amigo Ros, del 
hombre más leal que conocí. Señor por los cuatro rae 
dejaría yo matar cien veces. 

—Te había olvidado Godínez, y en verdad que me 
complace tu hallazgo. Nos ayudarás á salvar á Cuba. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI! 



511 



Pero antes de que entremos en cuestión, debemos visi- 
tar á un caballero que reside en la Habana. Vuelve a la 
hora de almorzar. 

—Señor, habito en esta hostería y os participo que 
no tardará en llegar á visitaros vuestro primo el maes- 
tro Gonzalo. 

—¿Cómo sabe?... 

—No sabe nada; le encargué yo hace poco, que vi- 
niera á recibir órdenes de un general que acababa de 
desembarcar. 

— ¿Tú sabías?... 

— Que deseábais verle, y es él el que debe apresu- 
rarse á venir. 

—¿Qué te parece Godínez, Julio? 

—Hermano, que tu padre y el mío no se equivocan 
jamás. Aquel oficial que se batió á sus órdenes había 
nacido para polizonte. 

— Es verdad, y llega á nosotros como llovido del 
cielo. Voy, no obstante, á dar una noticia al jefe de po- 
licía que le va á sentar mal. 

—Puede que ya la sepa, señor. 

— Veamos: tiene pena de la vida impuesta por el rey 
al que nos descubra, Godínez, y la sentencia no excep- 
túa á nadie. 

—Conté con ella, señor, y nadie ha sabido ni sabrá 
por mí lo que vos no queréis que se sepa. Eso lo hago 
yo sin sentencia; lo hago por amor y respeto á los Oso- 
rio y á los Silva. 

En este instante se detuvo una carroza á la puerta de 
la hostería, y desapareció Godínez exclamando: 



512 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—El maestre; voy á recibirle. 

—Julio,— dijo Osorio;— Godínez llega á nosotros* 
en efecto, llovido del cielo. 

—Cierto, y es necesario darle aplicación aquí y en 
Méjico. 

— Siempre pensamos lo mismo, hermano. Pero 
obremos con precaución, que nos hallamos en tie- 
rra extraña. 

—¿Dudas de él? 

—Cuanto dijo sobre Madrid y sobre mi padre, es 
cierto; pero lleva veinte años en la Habana, y aquí los 
españoles cambian. 

— Es verdad; nos enteraremos, conviniendo en que 
no pisó el suelo americano un madrileño más listo. 

Apareció el maestre en la puerta, preguntando: 

—¿Quién es?... 

—¡Ya no me conoces! ¿Gonzalo? 

— ¡Flaviano! ¡Qué dichai 

— Saluda a mi hermano Julio de Silva. 

— ¡El sucesor del príncipe de Italia! ¡Segunda sor- 
presa! ¡Qué felicidad! Don Julio, soy vuestro más leal 
servidor. 

— Nuestro amigo, queréis decir. 

Los tres se estrecharon; Osorio mandó retirar á Go- 
dínez y á los Ros, y ocupando tres sillones, dijo á su 
primo! 

— Pregunta lo que quieras que luego nos tocará á 
nosotros. 

—En primer lugar, me doy la enhorabuena por te- 
ner á mi lado, y estar ya á las órdenes de elevados 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



513 



séres que amo más aún que respeto, y luego les pregun- 
to: ¿Habéis venido en el navio Invencible? ■ 
—Sí. 

—¿Por qué no os dirigisteis a mi palacio? 
— Porque venimos de incógnito. 

— ¡Ah, debí sospecharlo! ¿Cómo dejásteis al príncipe 
y al duque, vuestros padres y mis señores? 

— Buenos. 

— ¿Puedo saber qué os proponéis en la Habana? 

— Nos mandan el rey y nuestros padres, para impri- 
mir la justicia en América. 

— ¿Qué poder traéis? 

— Mi hermano Julio representa al rey, es el mismo 
rey. Yo he sido nombrado general en jefe de todas [las 
fuerzas de mar y tierra de su majestad. 

—Dos potencias incontrastables, porque me consta 
que á tanto poder unís un talento y valor prodigiosos. 
Como vuestros padres. 

—No,— dijo Julio;— Flaviano sabe y vale ya más que 
nuestro padre el duque del Imperio. 

—No es cierto, Julio. 

— Yo oí lo mismo á varios, Flaviano. 

—Dejadme en paz y habladme de otra cosa. 

—Muy bien, dijo el maestre.— Llegáis á tiempo, por- 
que Cuba necesita de vuestra protección. 

— ¿Qué acontece aquí? Dilo tú, primo. 

— Tenemos un gobernador que sólo se ocupa de sa- 
tisfacer apetitos sensuales, y débil y sin talento, permite 
á los funcionarios públicos que roben y vivan en la mo- 
licie como él. 

TOMO I 65 



514 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Lo sabíamos; ¿qué más? 

— Es indolente, soberbio y déspota. Tan indignólo 
creo de ocupar el alto puesto que el rey le concedió, que 
tengo pedido mi regreso á España. 

— ¿Pero estás aquí mal? 

—No, pero me hago solidario de un desconcierto in- 
sufrible y no quiero continuar. 

— ¿Tiene remedio el mal? 

—Sí, vosotros podéis mejorar esta hermosa isla. .. 

— Gonzalo, de la parte civil no te cuides para nada, 
redactas hoy y me remites una lista de los militares que 
pueden quedarse reprendidos y aleccionados. Empiezas 
por el gobernador. 

—¿Sólo eso? 

—Añades todas las reformas que creas necesarias. 
Y cuanto te ocurra en pro de la justicia y de la mora- 
lidad. 

— Mañana os la presentaré. 

— Dinos cuanto sepas de Godínez. 

—Es el mejor funcionario que tiene aquí España. 
Quiere al duque del Imperio, al que llama su protector, 
con delirio y lo imita admirablemente. 

— jLo imita! ¿En qué lo imita, Gonzalo? 

— Se disfraza como él; usa cincuenta formas; todo lo 
averigua, todo lo sabe, y no es extraño verlo entrar 
solo en una reunión y espantar á cintarazos á cuantos 
en ella estaban. Es más sagaz aún que valiente, y tan 
temible, que es al único hombre que respeta el gober- 
nador. 

—¿Conoce bien este país? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



515 



—Es el español que mejor lo ha estudiado. 
—¿Me lo recomiendas? 

—No, se recomienda él. Oye lo que me dijo entran- 
do en mi alcoba: «Señor maestre, á la puerta hallareis 
vuestra carroza; vestios é ir inmediatamente á visitar 
á un superior que acaba de llegar de Madrid.»— ¿Quién 
es?— le pregunté.— c La Providencia, me contestó; e 
brazo que viene á enderezar tanto torcido como hay en 
esta tierra.»— No quiso hablar más. Qué le ¿dijisteis 
vosotros? 

—Nada. Lo hemos visto por primera vez hace me- 
dia hora. 

— ¡Todo lo adivinal 
— Todo lo averigua. 

—¿Lo ves? Ese hombre es muy notable. 

—Lo veo y lo aplaudo. 

Más de una hora continuaron hablando. 

Por fin se puso en pié para retirarse el maestre, en 
cuyo instante se presentó Godínez, diciéndole:] 

—He despedido vuestra carroza, señor maestre. Creí 
que almorzábais con vuestro primo y su alteza. 

— No me des tratamiento, Godínez, te lo prohibo, — 
dijo Julio,— y ya que así lo has dispuesto, ruego al se- 
ñor maestre nos acompañe al comedor. 

— Con mucho gusto. 

—En el salón principal espera el almuerzo con cua- 
tro cubiertos; los tenientes Ros comerán en adelante con 
los huéspedes. Lo desean ellos y es muy justo. 

—¿Quién es el cuarto, Godinez?— le preguntó Fla- 
viano con intención. 



516 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—El protegido del señor duque del Imperio. El que 
comió con los padres en los campos de batalla. 

—Ahora no averiguas, polizonte. 

—Ya lo sé, señor; ahora adivino. 

Los cuatro se sentaron, siendo servidos por blan- 
cos, cosa rara en aquella época en la Habana. 

El almuerzo era expléndido; Gonzalo decia: 

—No se han servido en la Habana mejores, más es- 
quisitos ni más abundantes manjares. 

— Buena hostería,— añadió Flaviano. 

—Es otro milagro de Godínez. 

—¿Es acaso cocinero? 

—No, pero la dueña de esta gran casa es muy ami- 
ga suya. 

— ¿Mucho, mucho? 

—Cuanto os podéis figurar. Tiene ya cuarenta años, 
pero se conserva bien, y es una indígena bastante bella, 
y tan enamorada de Godínez, que no tiene más volun- 
tad que la suya. 

—¿Quién es ahora el polizonte, maestre, vos ó yo? 

— Tenía que vengar un descubrimiento hecho por 
vos. 

—Cuenta el descubrimiento, primo. 

—Lo haré. Protegía yo á una huérfana... 

— Entended, señores, que la protegía como yo á la 
hostelera. 

— Comprendemos. Continúa, primo. 

—Una noche me dirigí yo á la casa de la huér- 
fana . . . 

—Como la noche anterior y la otra, pero no por la 



LOS HÉROES DEL S'GLO XVII 



517 



noche, sino á las altas horas de la noche. Seguid vengán- 
doos maestre, que yo os imitaré. 

—Decía, señores, que yo me dirigía á la casa de mi 
protegida creyendo que todo el mundo ignoraba mis vi- 
sitas á la joven, cuando fui sorprendido por un emboza- 
do que me cerraba eí paso en la entrada de la casa. Lle- 
vaba un manto de seda como el mío, birrete con pluma 
encarnada y tenía todas las trazas de un apuesto caballe- 
ro. Corrí cuanto pude mi embozo hacia arriba, y con el 
acero en la mano dije al encubierto: 

— ¿Qué hacéis aquí? 

—Nada por vos, todo lo que debo por el sobrino de 
mi protector,— me contestó. — Ya podéis comprender 
quién era. 

— Godínez. 

—Sí, el cual descubrió mi secreto, y lo que es más 
grave. Entrad, — me dijo, — puesto que llave tenéis, 
entornad la puerta, y observad sin que os vean lo que 
va á ocurrir aquí. Maquinalmente le obedecí, pues el 
descubrimienlo me tenia corrido. Poco después paró 
una carroza delante de la casa, bajando de ella el go- 
bernador. A los primeros pasos que dió, se halló frente 
á frente de Godinez, que le dijó. «Buena noche, gene- 
ral; volved y subir á la carroza y á casa. El goberna- 
dor exclamó reconociéndole: jAh, sois vos, Godínez, 
¿Qué hacéis aquí? Esperándoos. Mi general, vos andáis 
siempre á caza de gangas; aquí hay una, pero siento 
deciros que ésta no puede aumentar el ya crecido nú- 
mero de las que componen vuestro serrallo. ¿Por qué? 
le preguntó sonriendo. Porque ésta tiene dueño. ¿Sois 



518 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



vos? No puedo entrar en explicaciones. Os suplico que 
os retiréis. Con vos, no puedo ni debo batirme, y no es 
generoso, abusar. . . ¿Y la hostelera? En su casa; mi ge- 
neral. ¿Con que también vos?. . . Yo no; pero es igual; 
¿me vais á complacer? Lo siento, pero á vos no puedo 
negaros nada. Me alegro, Godínez; es muy bonita. Más 
son algunas de las que vos tenéis. Todos cazamos, ami- 
go Godínez, ya lo veo. Montó en la carroza, no sin 
estrechar autes su mano, y desapareció. 

—Hizo muy bien,— replicó el polizonte, — porque si 
insiste regresa con una estocada. 

—Por eso no insistió. 

—Me lo agradecéis bien, pero á la verdad que yo no 
lo hice por vos. 

— ¡Si lo de la hostelera, lo sabe todo el mundo! 

—No os sucede á vos lo mismo con la huérfana, yo 
soy el policía, pero los hipócritas son otros. 

— Sigue la historia, Godínez,— le dijo Osorio.— ¿Qué 
fué de la huérfana? 

—Se mudó á otra casa, en la calle de Cuba; después 
á otra en la calle del Arzobispo, y ahora habita en una 
modesta casita que da frente al palacio del maestre, y se 
comunica con él por medio de una cava que atraviesa la 
estrecha calle que separa ambos edificios. 

— ¿También sabéis eso? 

—Ya lo veis. Sé más que eso, tengo noticia de que 
aumentó tanto la belleza de la hija del señor duque de 
Pastrana, que encanta. ¿Es cierto, señor de Silva? Só- 
lo le aventaja en hermosura una italiana, de quien se 
enamoró perdidamente don Felipe III, y cuentan que la 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



519 



costó la niña arroyos de sangre, pero la defiende un 
Invencible, más invencible que los conocidos hasta el 
día, y el monarca, con su inmenso poder, se quedó sin 
ella, y tan aleccionado el monarca y su favorito, que 
nada volverán á intentar contra la incomparable dama. 
¿No es cierto, señor Osorio, que no hay belleza superior 
ni igual en el mundo á la de Alice? 

—¿Qué dices, primo? ¿Este demonio tiene para to- 
dos? —exclamó Gonzalo. 

— Cuidado,— añadió Godínez,— señor maestre, no 
vayáis á equivocar á la hija del duque de Pastrana y á 
Alice con vuestra huérfana y mi Maria. Aquellas son 
dos ángeles purísimos, y sus caballeros dos jóvenes que 
no se parecen á vos, á mí ni al señor duque del Imperio 
en sus buenos tiempos. 

— Contesta,— Fiaviano,— volvió á decir Gonzalo. 

— Contesto, primo, que eso es un polizonte. Si tu- 
viera España cien así, mejor andaría todo. 

—¡Quién los sufría 1 

— ¿Por qué, Gonzalo? 

— Apenas habéis llegado, y por culpa suya estáis en- 
terados del único pecado que cometí en la Habana. Eso 
no es un polizonte, es el mismo demonio disfrazado de 
hombre. 

Hablando así, terminaron el expléndido almuerzo 
que les ofreció la hostelera. 

— Hemos concluido,— dijo Godínez,— os ruego á los 
tres continuéis aquí unos cuantos minutos que tardaré 
en volver. 

Quedaron hablando un cuarto de hora. Los tres 



520 LOS HÉKOES DEL SIGLO XVII 



elogiaban al policía en extremo y en verdad que lo me- 
recía. 

Regresó aquél, diciendo á Osorio. 

— Nada ocurre en el navio Invencible, señor; entró 
en el astillero, y mientras unos lo carenan, otros se han 
encargado de la compra de palos, botes, etc., etc. Pron- 
to quedará como al salir de Cartagena ó acaso mejor. 
El preso continúa incomunicado, y el capitán Fajardo 
y el teniente Guzman, saludan á sus señores. La Ha- 
bana está tranquila, algo sucia, pero ya la iremos 
limpiando con calma; estas cosas no se pueden ha- 
cer de prisa. Señores de Silva y de Osorio. Llevás- 
teis cerca de un mes navegando, habéis sufrido un 
ciclón que, sin el talento, sin el genio que brilla en 
vuestras frentes, ni señal quedaría del Invencible, y 
sus quinientos navegantes dormirían con el sueño de 
la muerte. Dad un poco de descanso á vuestro cere- 
bro y algo de recreo á los sentidos- La vejetación de 
Cuba es mejor que la de Europa; por esta causa 
vuestra carroza espera, salgamos y trasladémonos á 
una posesión que el maestre tiene á poco más de 
una legua, y veréis panoramas que os son descono- 
cidos. Por el camino iremos, preparando la limpieza de 
Cuba. 

—¿Qué es eso de nuestra carroza, Godinez?— le pre- 
guntó Osorio. 

—La que os tengo dispuesta para mientras estéis en 
la Habana. 

—Iréis, no me queda duda,— exclamó el maestre; — 
siempre se hace lo que éí desea. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



521 



— Porque sabe disponer y mandar, primo. Antes di- 
remos á Ros... 

—Salieron los hermanos con dos subordinados 
míos, y andan ya recorriendo la Habana y sus alrededo- 
dores. 

—¿Vamos, Julio? 

—Sí, hermano, la idea es como de Godínez. 
Al ir á bajar la escalera, se les presentó la hostelera» 
preguntando: 

—Perdonad; señores; permitidme os pregunte si es- 
tais contentos en mi hostería. 

Osorio y Julio la miraron con interés contestándole 
el primero: 

—Mucho, y nos complace conoceros. 

— Yo tengo á dicha el honor que me hacéis. ¡ 

—Hostelera, puede que os cueste caro. 

—Imposible, señor, 

— Antes de un mes lo veremos. 

—Todo ha de parecerme barato, tratándose de dos 
caballeros tan cumplidos. 

—Todo ha de parecerme bueno servido por vos. 
Algún día veremos quién es el perjudicado. 

Y bajaron la escalera sin comprender María lo que 
quiso decir Osorio, y sonriendo Godínez porque empe- 
zaba á comprenderlo. 

El coche salió á buen paso, y no tardó en perderse 
entre una arboleda de las más bellas del mundo. 



TOMO I 



66 



CAPITULO XXVI 



Una quinta en la Habana.— Regreso.— Las primeras medidas. 



Iba la carroza en que caminaban Julio, Osorio, Gon- 
zalo y Godínez por excelente arrecife, teniendo á derecha 
é izquierda arboledas colosales, bosques de bellísimos 
plátanos, elevados cocoteros y enramados, por entre los 
cuales no podían penetrar los rayos del sol. 

Los arbustos, las plantas tropicales y las flores eran 
tan variadas y diversas, que Julio y Osorio quedaron 
absortos ante una vegetación tan maravillosa, nunca vis- 
ta por ellos, y tan exhuberante que los hizo anmudecer, 
convirtiendo todo su ser en ojos que veían y en inteli- 
gencia que apreciaba. 

— Este es otro mundo, —se decía Julio.— Todo es 
distinto á la vieja Europa. Los árboles, las plantas, las 
flores, las frutas, la temperatura y hasta los reptiles. jQué 
encantol ¡Qué maravillal 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVU 523 



Osorio se fué más al fondo de la filosofía, y murmu- 
raba sin que ninguno lo oyese. 

—Es verdaderamente este verjel un mundo nuevo 
hecho por Dios para que dejemos descansar á la vieja 
Europa. Aquellos campos están ya gastados, el esquil- 
mo los agostó y necesitan reponerse. He ahí el princi- 
pio del mundo, la creación en su estado primitivo; la 
tierra abrasada por el fuego incandescente, poco pro- 
fundo aún, abrasador todavía de la superficie terrestre. 
Aquí es por el sol tropical, pero es igual el efecto, se- 
mejantes las consecuencias. Hasta parece habitado este 
país por hombres primitivos. No he visto más que ne- 
gros desde que salí de la Habana, ángulos faciales sin 
recta y cabezas con escasa masa encefálica. Las descrip- 
ciones que Roch nos hacía de la naturaleza del Perú, 
tienen aplicación á Cuba. 

Sin expresar frase alguna Julio ni Flaviano, llega- 
ron á la posesión del maestre que era un encanto. 
Toda la reconocieron, y en el estudio que de ella 
hacían comprendieron Gonzalo y Godínez los gran- 
des conocimientos que los jóvenes tenían en historia 
natural. No vieron planta, arbusto ni árbol que no 
le dieran su nombre propio y relataran sus condi- 
ciones. 

—Deliciosa tarde,— decía Osorio: -jamás ocupé nin- 
guna con más gusto y satisfacción. La virgen América 
es una purísima joven sitiada por demonios. 

Luego entraron en la casa de recreo que tenía allí 
el maestre, y les sirvieron seis hermosas piñas, cuya 
fragancia embalsamó la atmósfera del comedor. Los 



524 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



dos hermanos comieron de ellas, pareciéndoles la fruta 
más exquisita del mundo. 

Después regresaron á la Habana ya anochecido, y 
volvieron á insimismarse los mancebos. Aquellos bos- 
que que se extendían á derecha é izquierda del camino 
como mudos fantasmas que parecían salir del centro 
de la tierra para elevarse hasta las nubes; aquel ambien- 
te perfumado por las flores, las plantas y los árboles 
odoríferos; aquel silencio de una naturaleza vigorosa y 
muda, les ofrecía ahora una poesía melancólica que con- 
vidaba al recogimiento y la meditación. 

Llegaron muy de noche á la Habana; Osorio rogó 
á su primo se quedase á cenar y á pasar la velada con 
ellos. 

El maestre aceptó, y entrando en el saloncito de los 
dos jóvenes, dijo Osorio: 

—Hemos perdido la tarde para el rey, la hemos ga- 
nado para nuestros sentidos y al monarca y á la patria 
les daremos la noche como equivalente á la tarde. 

Desde aquel instante y previas multitud de pregun- 
tas hechas por Julio y Osorio á Gonzalo y á Godínez, 
dieron principio á la formación de un plan que debía 
darles resultados satisfactorios para lo que ambos se 
proponían. 

De ocho á nueve cenaron, permaneciendo hasta las 
doce hablando y escribiendo; para lo último hicieron 
entrar á Mariano Ros, que tenía una letra gallarda y era 
con la pluma una notabilidad. 

Después de la media noche unos se retiraron y los 
otros se metieron en cama. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 525 



Ya acostados Flaviano y Julio, dijo el primero al se- 
guudo: 

—Hermano, ¿qué impresiones traes de la posesión 
de mi primo? 

— Conocía como tú, teóricamente, la vegetación cu- 
bana; pero al verla esta tarde, quedé maravillado. 

- jLástima que nos impida Méjico recorrer esta isla! 
' — No es necesario; Nueva España tiene sitios tan 
pintorescos como Cuba, y varios terrenos que se hallan 
en el estado primitivo. 

—Es verdad; y en muchas zonas mejor tempera- 
tura. 

Poco más hablaron; tenían su plan concertado, y 
como sabremos después, iban á emplear admirablemen- 
te el tiempo que la recomposición del Invencible los de- 
tenía aílí. 

¡Cuán tranquilos se hallaban los malvados de la Ha- 
bana, sin sospechar la tormenta que ya se cernía sobre 
ellos! 

Durmieron tranquilamente Julio y Osorio, se levan- 
taron á las ocho de la mañana, y no tardó en presentar- 
se á ellos el sagaz Godíne2, dicíéndotes: 

—Vuestras órdenes están cumplidas. 

—¿Ocurre algo que debas participárnoslo? 

—Nada. 

—¿El navio? 

—Continúa carenándose, y el comandante incomu- 
nicado. 

— Godinez,— le dijo Osorio;— ¿no tiene mi primo 
más pecado que el de la huérfana? 



526 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Ni aun ese lo es. La pobre muchacha se enamoró 
de él, la clase á que pertenece le impide unirse á ella, y 
él le guarda todas las consideraciones del más cumplido 
caballero. Señor, el maestre podía ser el mejor Gober- 
nador de Cuba. 

—¿Has meditado bien lo que dices? 

—Ninguno mejor; tiene talento, conoce este país 
como yo, y es justiciero hasta la exageración. Su noble- 
za de alma y su generosidad no tienen rival. 

— El asunto es grave. 

—Por esa razón se le debe anteponer á otro cual- 
quiera. 

— ¡Lo dices con una seguridadl... 
—La tengo absoluta. 

— Está bien; vamos á trabajar. Llama á Maria- 
no Ros. 

Redactaron varias comunicaciones que iba poniendo 
en limpio Ros, y continuaron escribiendo todo el día, 
sin otro descanso que el de la comida. 

A las ocho terminaron. 

Llegó poco después ei maestre, y se sentarou á la 
mesa, para cenar, los cuatro. 

El resto de la velada lo ocuparon en modificar en una 
pequeña parte sus acuerdos anteriores, por efectos de al- 
guuos datos nuevos que llevaron aquel día el maestre y 
Gonzalo. 

Llegada la media noche, unos se retiraron y otros 
buscaron el natural descanso. 

Anres de las siete de la mañana siguiente estaban 
reunidos nuevamente los cuatro, y en el mismo instan- 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



527 



te se dirigieron al muelle, saltaron á un bote y éste los 
llevó á la galera Rosalía. 

Era éste un buque de guerra, que contaba con diez 
cañones y cien soldados. Su tripulación era buena, y el 
capitán que lo mandaba, tan [práctico y experimentado 
como buen marino. 

Ya sobre cubierta, pasaron á la cámara de popa, don- 
de el capitán Muro Ies esperaba. 

Godínez estrechó la mano del marino, diciéndole:¡ 

— El señor, es el maestre de campo don Gonzalo, al 
que debéis conocer. Este caballero que está á vuestra 
derecha, es el general Osorio, y éste otro caballero un 
representante de su majestad el rey, llamado Silva. 

— ¡Silva, Osoriol... Sentaos, señores, y permitirme 
que yo permanezca en pie. 

Los cuatro le obedecieron, diciendo Silva: 

— Sentaos también vos, capitán. Aquí, entre mi her- 
mano y yo. Os lo mando. 

— jHermanosl —volvió á murmurar el capitán; dicien- 
do fuerte. —Os obedezco, señor. 

Y se sentó donde Julio le había mandado. 

Osorio le preguntó: 

— ¿Cuánto tiempo hace que llegásteis al puerto de la 
Habana? 

— Once días, mi general. 
—¿Qué trajisteis en vuestra galera? 
—Quinientos voluntarios. 
—¿Qué esperáis? 

—Caudales que debo conducir á España. 
—¿Cuándo os los entregarán? 



528 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Mañana. 

— ¿Pensáis levar ancla pronto? 

—Lo antes posible, si el señor representante de su 
majestad y vos me lo permitís. 

— Ambos tenemos que mandar á Cartagena varios 
hombres, bajo partida de registro, y hemos elegido es- 
te buque del rey, que vos mandáis, para que los con- 
duzcan. 

— Os obedeceré señor. 

— Serán hombres que tuvieron grandes posiciones, 
de alta alcurnia algunos. 

—Los que vos me entreguéis irán á Cartagena, si en 
la travesía no perecemos. 

—¿Sean quienes fueren, marinos, gobernadores, 
jefes?... 

—Los que vos me entreguéis llevaré, sean quienes 
lueren. 

— Muy bien; empezarán á venir' algo después que os 
hayan hecho la entrega de caudales, y si bien en alta 
mar poco deben inquietaros, mientras estéis en este 
puerto y permanezcan en el barco, es necesario que los 
vigiléis mucho, y seáis incorruptible. 

—Nada temáis, señor, nací honrado, caballero, y así 
bajaré á la tumba. 

— Jugáis en esta cuestión la cabeza. 

— La ganaré. 

—¿Habéis hecho provisiones? 
— Mañana terminamos. 

— Hoy es sábado, ¿podréis partir á fin de la semana 
próxima? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



52S 



«-Desde el lunes en adelante, cuando tos me lo 
mandéis. 

— Queda esta galera arelada en el puerto de la Ha- 
bana, esperando érdenes de Silva y mias; en nombre 
del rey es lo mando. 

—Me inclino ante vos y os obedezco. 

— Capitán Muro, mi hermano Julio y yo venimos de 
incógnito, porque sólo de ese modo podemos descubrir 
la maldad y castigarla, según desea y manda su majes- 
tad; sólo en casos extremos como ahora sucede, debe- 
mos descubrirnos en parte, pero os advertimos que tie- 
ne pena de la vida el que nos descubra del todo. 

— ¡Julio de Silva! — volvió á murmurar el capitán. 
— ¿No lo conocéis! 

— Sé toda vuestra historia, señores; antes de morir 
mi general, el iiustre R*cb, me la refirió con la de 
vuestros padres, y sá que sois grande de España, y que 
tenéis títulos heredados de vuestres abuelos maternos, 
que no queréis usar mientras vivan los héroes vuestros 
padres: sé que los dos tenéis tanto genio como los au- 
tores de vuestra existencia y tanto valor... 

— Basta, Muro, basta; ya veo que sabéis dema- 
siado. 

— Lo bastante, señor, para no llegar á estar jamás 
entre vuestras garras de león, para poder aspirar á en- 
contrarme dentro de vuestra gracia. 

—Ni seis tonto. 

— ¿Qué os extraña? Cerca de Roch, serví á vuestros 
padres, y llevo además navegando y recorriendo el 
mundo, treinta y cinco años. 

TOMO I 67 



530 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVII 



—En ese caso estrechad nuestras manos, y entrad 
en nuestra gracia; la puerta tenéis abierta. 

— Vaya si entro; y más que estrechar estas nobles 
manos las beso; veo en ellas las de mis antiguos gene- 
rales, las de mis héroes; ks que me decia Roch que 
eran también invencibles. 

Todos se habían puesto en pie, el capitán besó las 
diestras de Julio y de Osorío y les rogó que no mar- 
charan sin reconocer su galera. 

Nada hallaron ks cuatro en aquel barco que no 
fuese digno de elogio; el orden, la regularidad, el aseo, 
todo mereció los aplausos de ios cuatro. 

Osorio manifestó al capitán que todos los desterra - 
dos á España los llevaría Gta Jíaez, y con los últimos la 
entregaría varios pliegos para el gobernador de Carta- 
gena, para el rey y para el dujue del imperio. 

Le dió algunas instrucciones más y saltaron ai bo- 
te, dirigiéndose al Invencible. 

Allí encontraron á Mendoza desesperado por la se- 
paración á que le condenaban. Tanabiéa estaban los dos 
Ros y el capitán Estóban Fajardo. 

Después que cruzaron algunas frases, dijo Ojorio á 
Fajardo: 

—•Pasado mañana entregáis el comandante Iglesia al 
jefe de la policía, Sr. Godínez, que tenéis de frente. Va á 
la galera Rosalía, que lo lleva á España bajo partida de 
registro. Y mañana, cerca de anochecido, entregáis á 
mi hermano Rogelio doscientos soldados, los mejores 
del navio. Con ellos y los dos hermanos Ros sigue, Ro- 
gelio, al segundo del señor Godínez, que vendrá por tí. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XV A 



— ¡Gracias á Dio»! Llevo banda.. • 

— Sí, nombre, vas en fanción de guerra. 

—¿Volveré á este navio? 

— Cuando nos embarquemos para Méjico. 

—Eso es. 

— ¿Cuándo estará listo el baroo, capitán? 
— El jueves de la semana próxima. 
— No es necesaria tanta prisa; con que está para el 
principio de la siguiente semana, bastará. 
— Muy bien, señor. 

— Dacidme: ¿hay en el puerto alguna galera buena que 
«está -próxima á marchar á Méjico? 
— Vedla; aquella de la derecha. 
— ¿Es buena? 

El mejor barco mercante que hay aquí. 
—¿Cuándo sale? 

— A principios ó mediados de la semana entrante. 
— ¿Lleva carga? 

— Sí, señor, de azúoar. 

— Fíjate bien en ella, Gadínez, para que puedas re- 
conocerla pasado mañana. 

— La Esmeralda, me es bien conocida. 
— ¿Se puede ir en ella con comodidad? 

— Sí, señor, con mucha. 

— Pues ves mañana temprano y arragla el pasaje 
para tí y para María, que os Vais á Méjico. 
—¿Cuándo, leñor? 

— Cuando salga esa galera; lo antes posible. 
— ¿Se cerrará la casa de María? 

— Dejadla abierta ó cerrada, como os agrade mejor; 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



pero tú y María con todo lo que esa hostelera tiene no* 
precedéis á Méjico. 

— ¿Con todo lo que ella tiene? 

—Si, con todo. 

— Es macho, señor. 

— Todo podrá hacerme falta en aquella capital,. 
Quiero que se traslade toda la hostería y quede como 
en la Habana, si bien tú, después de enterado de cuan- 
to actntece en Méjico, quedarás á l&s órdenes de Julio 
y mías. 

— Comprendo. 

— Y al llegar nosatros á Veraciuz, estarás en el 
muelle. 
— jSólo? 

— No, con la historia de la situación de Méjioo. 

— Ccnozco bien la histeria de ese país, y poco má» 
podré añadir. He estado en él varias veces; hice algu- 
nas prisiones de prófugos y de fnncicnaries con cauda- 
les ágenos, y té andar por Méjico. 

— ¿Te violenta abandonar la Habana? 

—Me hace dichoso seguiros y obedeceros. 

— Pero á mí me quitas el brazo derecho, primo, — 
dijo el maestre. 

— Es el caso, Gózalo, —dijo Flaviano, — que el rey 
necesita ese brazo en Méjico. Ya te dejará él un buen 
discípulo suyo. 

— Excelente; me ha de reemplazar á maravilla. 

—Está bien, no me ©pongo. 

— Obráis con cardara, señor maestra, porque os ha- 
bía de suceder lo mismo. 



LCS HÉROES DEL SIGLO XVII 



533 



— Ya lo veo; esos niños tienen tanto poder como el 
rey, y saben hacerse obedecer. 

Poco después se despidieron los cnatro del capitán, 
de Rogelio y de Us Ros, y regresaron á la Habana 
satisfechos de sn escnrsión marítima. 

De nna á dos comieron, entraron en la carroza y 
como si nada íaese á ocurrir, se trasladaron á la pose- 
sión del maestre, donde estuvieron dos días antes. 

Aquel delicioso paseo trasportó á nuestros jóvenes 
á un nuevo arrobamiento que cerró sus labios por al- 
gún tiempo. 

Llegaron á la posesión, dieron un largo paseo por 
entre los árbolea, plantas y flores y comieron piñas, 
-que era la fruta más agradable de América para nues- 
tros europeos. 

Subieron de nuevo á la carroza y otra vez enmu- 
decieron Julio y Fíaviano. Aquella poesía melancólica; 
aquellas florestas interminables; aquel aire embalsama- 
do; aquel susurro del agua que corría por la intermi- 
nable pendiente, y aquel canto agorero de las aves quo 
ce retiraban á sus nidos en busca de la quietud y del 
sueño, les convidaban á una filosofía que ellos acepta- 
ban para sumergir el pensamiento en un mundo de 
ideas que solo llegan á los grandes cerebros, que sólo 
fomentan y crean las maravillas de la naturaleza. 

Llegaron á la Habana y poco después cenaban, 
pero sin expansión. El que mis solía hablar era Oso- 
rio, y como decía muy bien Jalio, ouando se acerca- 
ban los cataclismos su hermano los presagiaba con un 
silencio prolongado. 



534 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Todo él 8e vuelve espirito,— decía Silva.— Su pa- 
dre al matar, exclamaba dirigiéndose á su enemigo: 
c ¡Muere!» El hijo no: mata, destruje, aniquila sin 
desplegar los labios. En otra ocasión hubiera sonreído 
como vosotros; vedlo ahora qué grave, ni creo que nos 
oye. 

Asi era en efecto. El espíritu de Osorio se elevaba 
oada día más, para contraerse en la altura y de pronto 
enseñar el genio portentoso. 

Concluyó la cena y dos horas después los cuatro 
buscaron el descanso. 



CAPÍTULO XXVII 



Llegó el día del jalólo.— La audiencia —La tiran!», el despotismo 
y la injusticia en su grado máximo.— -81 castigo. 



Da tiempo atrás había en Cuba la costumbre de dar 
una vez al mes, por lo menos, aadiescias, en las cua- 
les el gobernador recibía á todo el que se le presenta- 
ba, oía sus demandas y atendía sus ruegos ti estaban 
dentro de la justicia. 

Era admitido en ellas hasta el esclavo que iba á 
quejarse de los malos tratos de su amo. 

Hanra á nuestra patria las leyes de Indias que tu- 
vimos; nuestros legisladores no vieron nunca conquis- 
tados en nuestros hermanos de América, bien faeaen 
españoles ó bien indígenas da origen español ó de ori- 
gen americano. Da todas Isa naciones de Europa que 
tuvieron posesiones en América fué España sin duda 
alguna la que presentó una jurisprudencia y legislación 



136 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



más protectora y benéfisa, más justa y que más armo- 
nizase la unión de espaítales á indígenas. 

Las tiranías y hasta las injusticias que allí se vie- 
ron no las motivaban las leyes, sino el carácter, la 
torpeza y hasta la maldad de algunos funcionarios 
egoístas que fueron á enriquecerse y á dominar, no á 
lo que los mandaran, no á administrar justicia. 

Era lo que acontecía en los momentos que pasa 
nuestra historia. Se bailaba de gobernador don Juan 
Alejandre; se arruinó en su juventud, tenia influencia 
con el favorito y le dieron aquel gobierno que él ex- 
plotaba sin conciencia y entregado á toda clase de vi* 
cios. Para él no había leyes ni otra cosa que su des- 
pótica voluntad. 

Tenia á su lado un hermano que le ayudaba á go- 
bernar, y aun cuando no era tan vicioso como don 
Juan Alejandre, su maldad se sobreponía y la verdad 
es que don Lorenza resultaba peor todavía que su her- 
mano mayor. Entre los dos saqueábanla isla, como- 
tía toda clase de atropellos y en vez de ser los guar- 
dadores de la ley y los depositarios de la justicia, re- 
sultaban todo lo contrario. 

Pudieron muy bien Osorio y Julio destituirle y 
mandarlo á España bajo partida de registro al día si- 
guiente de haber llegado; facultades les sobraban y 
á eso fueron á tan lejanos países, pero ambos se pro- 
pusieron justiñcar todos sus actos, fundarlos en la más 
extricta justicia 6 invalidar para siempre ai funciona- 
rio público que fuese criminal* Se proponían también 
evitar el derramamiento de sangre humana siempre 



LOS HÉROES DEL SIGILO XVII 



537 



que les faese pesible, y de ahí nacían la calma y cir- 
cunspección que en ellos se notaba. 

Deseaban inutilizar para siempre á don Juan Ale- 
jandre, gobernador de Cuba, per* querían cogerlo in • 
fraganti; querían decirle al criminal: mira tu obra y 
sufre las consecuencias de tus faltas ó crímenes. 

Por eso esperaron la ocasión que juzgaron llegada 
en este día, que era el último domingo del mes, en el 
cual el gobernador debía dar audiencia y hacer justi- 
cia á sus gobernados. 

Esta audiencia la estaban preparando el maestre 
don Gonzalo y el jefe superior de policía Godínez, ins- 
pirados por Osorio y Silva, y debía ser un acto nota- 
ble por muchos conceptos. 

Las audiencias de este gobernador habían ido de- 
cayendo hasta el extremo de no haberse presentado á 
la última más que dos hombres de color. No se admi- 
nistraba en ellas justicia, y convencidos los habaneros 
de esta verdad, dejaban de asistir, sufrían y esperaba* 
mejores tiempos. 

Todos tenían entrada en ellas, españoles y extran- 
jeros, blancos y negros, si bien los nobles entraban 
desde luego en el salón de audiencias y esperaban sen- 
tados el momento que ellos elegían para hacer presen- 
te su demanda. 

La mañana de esta dia la ocuparon nuestros ami- 
gos hablando de lo que por la tarde debía acontecer. 
Flaviano, como de costumbre, estaba poco comunica- 
tivo. Ya sabemos que no hablaba cuando se disponía 
á realizar grandes ideas. En cambio, su hermano Julio, 

TOMO I 68 



538 



LOS HÉROES DEL 8,010 XVII 



que no gustaba de aquel retraimiento con un ser á 
quien tanto amaba, descargaba sabré él una lluvia de 
preguntas que aquél prc curaba satisfacer con mono- 
sílabos. 

Llegé la hora de almorzar y se sentaron ambos á 
la mesa solos; ni el maestre ni Godínez habían pa- 
recido. . 

Julio decía en estos momentos á Flaviano: 
—Solo me centestas sí ó no. ¿Por qué estás tan ca- 
llado? 

Osario sonrió, replicándole: 
— ¿Tienes empeño en que hable? 
-Sí. 

— Pues hablemos. A mi padre, al Santo y á su dig- 
no hijo no puedo yo negarles nada. Si la vida me pi- 
dieran, la vida les daría en el acto sin la más leve va- 
cilación. 

— ¡Tu vida! ¿Cómo arrancar lo que tanto amamos 
ks ti es? Porque has de saber, hermano, que mi padre 
te quiere tanto como á mí. 

— Lo sé. No le amo yo monos. 

— Le pagas; solo le pagas. 

— Le doy todo lo que tengo; no puedo más. 

— ¿Te acuerdas de Alice? 

—Sí. 

—¿Mucho? 

— Menos que el cumplimiento de mis deberes. 
— También yo pienso en mi prima, pero obedecemos 
á mi padre y lo antepongo á ella y á todo. 

—Pues no faltaba más,— añadió Osorio;— el prínci- 



LOS HÉdOES DEL SIGLO XVI I 539 



pe y el duque son nuestra existencia, nuestro deber; 
son, Julio, el pensamiento que nes domina, eleva y 
ennoblece; con el maravilloso con junto de las ideas de 
un Santa y de un héroe que filtraren en nuestros cere- 
bros y nos levantaren al tálente, á la gloria, y lo que 
es más, á la virtud más pura y acrisolada. 

— ¡Qué bien los sintentizan tus ideas! ¡Con qué gusto 
escuché tus frases, hermano! Pero n© hables tú de hé- 
roes, Flaviano; porque no has pedido heredar de ta 
admirable padre ni de nadie el heroísmo. 

— Ya lo sé, Julio; el heroísmo no se hereda, por e^o 
yo no lo tengo. 

— Por eso el tuyo, heiirsc©, es superior al de tu 
padre. 

— No delires; esas idea* ro son tuyas; tú piensas 
con más elevación; esas ideas las recogió tu cariño del 
vulgo. 

— De tus hechos; pero te molesta la conversación y 
doblo la hoja. Hablemos de otra eos». 

Y contiouaion unas veces hablando, y otras ensi- 
mismándose per largos períodos. 

A las tres se vistieron de nuevo, poniéndose, ó 
mejor, poniéndoles lis Ros las calzas de seda negras, 
gregüescos y ropilla del mismo color y dos ligeros fe- 
rreruelos sujetos al cuello, un cordón y borlas de oio 
para cubrir Julio el toisón que llevaba al cuello y Fla- 
viano la cruz de Santiago que ostentaba en el costado 
izquierdo de su ropilla. 

Los birretes eran de terciopelo negro con pluma 
blanca. 



540 



LOS HÉROES DEL SiQLO XVII 



A las cuatro menos cuartt llegaron el maestre y 
Oodínez. 

Cruzaron algunas frases y se dirigieron al palacio 
del gobernador Gonzalo y el jefe de policía en la carro- 
za del primero, y Julio, Oserio y das Ü9s en la que 
usadan nuestros jóvenes. 

La una delante y la otra detrás llegaron al palacio, 
quenando á la espera los carruajes. 

Iban delante el maestre y el jefe de policía, y á re- 
gular distancia detrás, nuestros cuatro madrileños. 

De este modo atravesaron las antesalas, donde ya 
estaban los que iban á pedir algo en la audiencia y en- 
traron en el estrado ó salón de recibo. 

Había en él una gradería cuadrada, y encima un 
sillón gótico con las armas de España. En aquel semi- 
trono se sentaba el gobernador. 

Cuando penetraron allí Jalio y Osorio había dos 
alabarderos situados á derecha é izquierda del sillón 
al pie de la grada quo estaba cubierta de terciopelo 
blanco, un notario que mandaron el maestre y el jefo 
de policía y varios lacayos detrás del trono. 

Julio, Osario y dos Ros se situaren detrás de una 
mesa, de pie, cubriendo perfectamente al notario que 
estaba detrás sentado y dispuesto á dar fá de todo lo 
que allí ocurriera. 

Entraron varios nobles. 

Más de media hora esperaron. Al cabo de este 
tiempo dos pajes corrieron las cortinas que cubrían una 
gran puerta que comunioaba con las habitaciones inte- 
riores, y un ujier exclamó: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



541 



— El señar. 

T fueron saliendo el gobernador, su hermano Lo- 
renzo, el maestre, el capitán que daba la guardia al 
palacio, el jefa de policía, dos ujieres y dos pajes.. 

Alejandre ocupó el siJlón que estaba sobre las gra- 
das, y los restantes sus respectivos sitios, pero todos 
estaban ja en pie menos el gobernador y el notario 
que cubrían los nobles. 

En torno de Julio y Osorio había hasta veinte ca- 
balleros. 

Al notario era imposible verlo por ninguno de los 
qne rodeaban el trono. 

Hubo de lk mar la atención del gobernador, tanto 
noble y el murmullo de los que esperaban fuera; pero 
creyó que se trataba de pretendientes y se encogió de 
hombros, exclamando: 
— Que empiecen á entrar. 

—Uno, el primero que llegó si los nobles se lo 
permiten,— gritó un ugier, y dió principio la au- 
diencia. 

Los primeros que entraron les llevaban solicitudes 
que tomaba Lorenzo, dictándoles: 

— No es necesario que digáis nada, aquí estará lo 
que deseáis. 

Y le empujaba, gritando: 

—Otro. 

Muchos querían hablar, pero Alejandre, tomaba el 
papel y los echaba, diciéndoles: 

—Fuera, que hoy sois muchos; que hable el papel; • 
con eso basta. 



542 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Acabaron ios de las solicitudes, que no bajarían da 
catorce, y se presentó un ansian©, diciendo: 

— Sañor, ma han robado á mi hija, y vengo á pedi- 
ros justicia. 

—Eso al jefe de policía; que la busque; yo nada 
tengo que ver en eso, —dijo el gobernador palide- 
ciendo. 

— Señor, se halla en vuestro palacio, y me ha escri- 
to ella diciendo que está aquí, y que vos la habéis des- 
honrado. 

— ¡Miserable! ¿05 nao te atreves á decir eso de tu 
señor? 

— Miserable es el que roba y deshonra, no el hidal- 
go como yo, que es víctima de un malvado. 

—Prended á ese hombre, Godínez, y encerradlo en 
un calaboza y que le den veinte pales. 

—¡Mi hija, gobernador, mi hija, 6 que Dios te mal- 
diga como yo te maldigo! 

— Llevadlo pronto, Godínez, y si n© calla ponedlo 
una mordaza. 

—¡Maldito seas, asesino de mi honra, tirano de mi 
país! — salía gritando el anciano, conducido por Go- 
dínez. 

— Otro, — exclamó convulso Alejandre. — Y si es 
también un insolente canalla, se acabó la audiencia pa - 
ra siempre. 

—Eso es lo mejor, para siempre,— añadió su her- 
mano. 

Al oir estas frases, se adelantó un noble que estaba 
oculto entre los de su clase, y por esta causa no pudie- 



LOS BÉROES DEL SIGLO XVII 



543 



ron distinguir!©, ni el gobernador ni ninguno de ios 
que «e hallaban cerca del trooo, y le dijo: 

—Señor gobernador, representáis al rey sentado en 
ose sillón, y lo ocupáis para administrar justicia. El 
monarca español «s 1® manda, el deber os lo impone. 

Alejandre tembló, par© reooniéndose cuanto pudo, 
le contestó. 

— Para eso estoy aqui; hablad: 

— Para eso he venido y no dejaré nada par decir. 
Rodeados nos hallamos de nobles, caballeros y leales 
servidores da su majestad; juro delante de todos ellos» 
por el Dios Santo que nos ©ye, no mentir; no desfigu- 
rar la verdad, no exponer nada en mi relato que no 
tenga evidencia de que es exacto. 

— ¡Guay, sino cumplís vuestro juramento!— añadió 
Alejandre con ojos espantado». 

— ¡Gaay, señor, de los que conviertan la justicia, en 
este día de juicio y de expiación, en menguado iustru ■ 
mentó de egoísmo y perfidia! 

— No me he sentado aquí para ©ir sermones. H-tced 
presente vuestra demanda ó retiraos. 

—Os obedezca; pero me habréis de permitir, que 
antes de elevar hasta vos mi justa súplica, os ofrezoa 
algunas antecedentes indispensables ai esclarecimiento 
de la verdad. 

— Abreviad. 

—Lo haré en lo posible: Señor, «eñores: Mi padre, 
don Diego de Pineda, maestre de campo de los ejérci- 
tos de su majestad, pereció on América defendiendo la 
integridad de su patria. Quedamos en la Habana, á su 



M4 



¡LOS HÉROES DEL SIGLO XV II 



muerte, dos huérfanos, mi hermana Julia de ocho años 
y yo de quince. Ccgimcs la herencia paterna, y con 
ella compró nuestro curador el mejor ingenio de Cuba» 
Con el producto y otra finca que habíamos heredado de 
nuestra madre, que falleció mucho antes, vivíamos los 
des hermanos en la opulencia. Pues bien, sin cometer 
delito alguno, ligados á la causa de España, y leales 
siempre al rey, á la patria y á la religión, han sido 
confiscados todos nuestros bienes, mi hermana emigró 
á Cartagena de Indias, y yo he quedado á perecer. Si 
hoy he comido se lo debo á la generosidad de mi pri- 
mo, don Luis Arévalo, que está presente. ¿Hay alguno 
que pueda desmentirme? 

—No, no, — contestaron varios nobles.— Ha dicho la 
verdad. 

— Silencio, — contestó el gobernador con imperio, — 
sólo puede hablar aquí aquel á quien yo dá permiso» 
Pineda, si traéis solicitud entregadla y retiraos. 

— Señor, estoy dentro de un derecho que las leyes 
me conceden, y habré de ampliar mi exposición de an- 
tecedentes, pues no traigo nada per escrito, y es justo 
explicar los hechos, demostrarlos para que la justicia 
me sea otorgada. 

— Da nada va á servir vuestro relato; motivo podrá 
ser que empeore vuestra suerte, —le dijo el goberna- 
dor.— Por última vez os invito á que me digáis por es- 
crito lo que deseáis. 

—Ya es imposible, señor, y yo os ruego tengáis á 
bien oirme. 

— ¿Queréis ir desde aquí á un calabozo? 



LOS HÉROES LBL SIGLO XVII 



545 



— En él me darán de comer alga, iré ganando, señor. 
— Os darán de comer ó cincuenta palos. 
— ¿Se puede apalear á los nobles ! 
-Si. 

— Veamos si doy motivo para tanto. 

La audiencia empezó á las cinco de la tarde, es de- 
cir, una hora después de la señalada, iba bastante tiem- 
po trascurrido, y empezaba á anochecer. Por eso en 
aquel instante entraron varios lacayos con luces que 
fueron colocando en sus sitios. 

El salón presentaba ahora un aspecto sombrío á 
imponente. 

Nadie hablaba. El gobernador estaba más pálido 
que nunca y «e le veía dirigir á Pineda miradas alta- 
neras y amenazadoras. 

La actitud del demandante era ñrme, serena, mi- 
raba al gobernador con algo de desden y á los que le 
rodeaban con seguridad y hasta con satisfacción. 

Los restantes, ñjos en Pineda y Alejandre, demos- 
traban ansiedad, á excepción de Julio y de Osorio que 
parecían estatuas de mármol. 

Ta encendidas las luces y empezando á sucumbir 
el crepúsculo vespertino entre el negro manto de la 
noche, volvió á hacer uso de la palabra el demandan- 
te, añadiendo: 

—Creció mi hermana, señores, trascurrieron nueva 
años desde la muerte de mi valiente padre y dicen que 
Julia, mi querida Julia, mi hermana, mi compañera, 
se presentaba como un prodigio de belleza. De ella se 
enamoró un caballero, pero no fué á pedirme su mano, 

TOMO I 69 



546 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



le pidió á ella bu honra. L* hija de aquel padre taa 
leal y tan bravo tenia su sangre y le contestó con el 
desprecio que merecía tan criaiiual y menguada pro - 
posición. Desde aquel día el caballero dió principia á 
una persecución horrenda, tan horrenda y constante, 
que mi hermana tuv© que casarse en secreto con un 
hombre digno de ella, que residía en Cartagena, y am- 
bos huyeron de la Habana á dicha ciudad de Colombia 
sin haber cometido otro delito que el de amarse y unir 
su suerte al pió del ara santa. 

—•¿Qué nos importa á nesstros eso, Pineda! 
Sin hacerse cargo el demandante de las últimas 
frases expresadas por el gobernador, siguió su re- 
lato: 

— Señ«r, señores, veinte días después todos mis 
bienes y los de mi hermana estaban confiscados y yo, 
que era inocente de todo, quedé á parecer. $Es esto 
justo; he cometido yo algún delito? Solo somos culpa- 
bles mi hermana y yo, ella de ser honrada, y ambos 
de ser hijos de un caballero que murió por su patria y 
por su rey. En la Habana hoy se castiga la virtud, la 
noble descendencia, y se premia el vicio y la corrup- 
ción, la villanía y la maldad. Señor gobernador, de - 
volvedme mis bienes, devolvédselos á mi hermana, 
porque fuisteis vos el que la quiso deshonrar y el que 
posee nuestra fortuna, que no entregareis, sagún ha- 
béis jurado, hasta que mi hermana vuelva y se entre- 
gue á vos. Cada instante que pasa aumenta el robo 
que n$s estáis haciendo, crece vuestra infamia y culo - 
dais un gobierno que no han debido daros, porque lo 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



547 



deshonráis y ponéis en ridículo al que os lo concedió. 
¿Me devolvereis mis bienes? Contestad, sí ó no. 

Cada frase de las que había pronunciado Pineda en 
la última parte de su discurso, había caido sobre Ale - 
jandre como una gota de plomo hirviente. 

Quedó el gobernador mudo, quiso mandarle callar 
y le faltó la voz. Ardía en ira; la soberbia, so retrata- 
ba en su lívido rostro y su actitud ai acabar el deman- 
dante era la de una fiera sedienta de sangre. 

Los nobles que presenciaron la escena temblaban 
per Pineda; el hermano del gobernador lo miraba con 
torbo ceño, y Gonzalo y Godínez con una sonrisa que 
rebosaba satisfacción. 

En cuanto á Julio y Flaviano nadie podía notar 
nada en ellos; seguían convertidos en estátuas. Presen- 
ciaban la más grande infamia, pero iban á triturarla, 
y seguros de conseguir su objeto no demostraban prisa 
ni deseo alguno. Can la mayor tranquilidad aguarda- 
ban el momento dado. Por nada en el mundo lo hubie- 
ran adelantado un segundo. 

\1 terminar Pineda, el cuadro que ofrecía el salón 
de audiencias era en extremo aterrador. 

Por fin Alejandre logró reponerse algo, y ponién- 
dose en pié, con voz ronca y cortada á voces por la bi- 
lis que llegaba á sus labios, gritó: 

— Te voy á dar la muerte, villano. Es á lo único á 
que tienes derecho. Maestre, atravesad á ese hombre 
con vuestra espada. Yo os lo mando. 

Con firmeza contestó don Gonzalo: 
— Yo no soy asesino, señor Alejandre. 



548 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—¡Os negáis!— dijo Alejandre,— Sufriréis la pena 
que merecen les traidores. Matadlo vos, Godínoz; y# 
os lo ordene. 

—Gracias, no me ha nombrado aún sn majestad ver- 
dugo. 

— Os costará la vida esa frase. 
El jefe de policía sonrió. 

—Capitán,— añadió Alejandre; — con esos dos ala* 
barderos matad á Pineda. 

— Yo qne soy vuestro jefe más directo os lo prohi- 
bo,— exclamó el maestre poniéndose delante de Pine- 
da.— Somos soldados de la patria, del rey, no asesino» 
ni verdugos de ese miserable. 

— Lorenzo, hermano mío, hiere tú,— añadió el go- 
bernador dirigiéndose á su hermano:— éste fué á tirar 
de la espada, pero lo cogió por la muñeca Godínez, y 
se la retorció dejándole inútil la diestra. 

— Esto es, — gritaba don Juan, — una conspiración 
horrenda. Pajes, lacayos, ujieres, llamad á los solda- 
dos. Corred. 

Aquellos salieron, siguiendo un minnto de incerti- 
dumbre y terror para algunos. 

El gobernador cayó sobre el sillón retorciéndose y 
casi bramando. 

De pronto volvió á levantarse, teñido el rostro do 
la más grata satisfacción. 

Veia llegar á un capitán con la espada desnuda, se- 
guido de varios soldados, y creyó que era la fuerza 
mandada llamar por él. 

—Capitán,— gritó;— prended á Pineda, al maestre. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



549 



á Godínez y á esos tres, capitán y dos soldados que no 
me han obedecido. Todos van á morir, todos. 

El capitán entró seguido de dos filas de soldados 
que ge prolongaban hasta la escalera del palacio, se 
cuadró delante de Julio y Flaviano, 7 haciéndoles una 
reverencia exclamó: 

— Estoy á las órdenes de vuestra alteza, señor. 

Silva entonces añojó el cordón de oro de su ferre- 
ruelo, y dejando ver el toisón; avanzó hasta llegar al 
gobernador, al cual dijo: 

—Su majestad el rey, mi amado primo Felipe, os 
elevó á ese sillón para que administraseis justicia, no 
para ultrajar la virtud y escarnecer la moral. En su 
augusto nombre os destituyo, y pronto seréis juz- 
gado. 

Fuera de sí Alejandre, descompuesto y perturbado 
se puso en pie, y fuá á caar sobre Julio, gritando: 
—Mentira, tú eres un farsante. 

No pudo continuar; una mano vigorosa, la de Men- 
doza, lo levantó en el alto arrojándolo al pié de la 
grada. 

Silva se sentó tranquilamente en el trono, diciendo 
*1 jefe de polioía: 

— Godínez, llevaos á Alejandre á la prisión de ese 
desgraciado padre que antes habéis preso; dejadlo ase- 
gurado y traedme al anciano y á su hija sin pérdida de 
tiempo. Capitán Mendoza, tomad posesión de este pa- 
lacio, llevándoos de aquí todos esos soldados. Aquí 
solo debe quedar la justicia, y esa ocupa ya el trono 
que merece. 



550 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



En el acto fuá obedecido. 

Lorenzo Alejandre le pidió seguir á su hermano, se 
lo concedieron y ambos desaparecieron de allí. 
L* raetamórfasis había sido completa. 



CAPÍTULO XXVIII 



La justicia.— La modestia. — La virtud.— Asi se gobierna. 



Silva volvió á exclamar: 

— Que entren todos les que han venido á la audien- 
cia; los nobles á la derecha, les restantes á la izquierda. 

Cuando todos estuvieron dentro y colocados, según 
acababa de mandar; añadió: 

— Habaneros: Por una equivocación lamentable vino 
á mandaros esa desgraciado que ya empezó á espiar sus 
delitos en un calabozo. Por el proato le reemplazo yo, 
y juro en nombre del rey, mi primo y señor, hacer 
justicia á todo el que me la pida. Luego os dejará un 
digno gobernador qoe hará en lo posible la felicidad de 
esta isla. En nombre de su majestad á quien represen- 
to, y con poierss bastantes, invito á todos los habane- 
ros que desean justicia, á que se lleguen á mí y la de- 
manden. La audiencia de hoy terminará cuando todos 



552 



LOS HÉROES DEL 8IGLO XVII 



los presentes queden satisfechos; la de mañana dnrará 
todo el día y ya será perpetua hasta que no quede un 
cubano que tenga algo que pedir, un cubano á quien 
hacer justicia. Empiezo por vos, Pineda; venísteis 
hambriento de justicia y vais á salir harto. Queda le- 
vantado el inicuo secuestro de vuestros bienes y los de 
vuestra hermana. Se os abonará todo el producto de- 
vengado por vuestras posesiones en el tiempo que ha- 
béis carecido de ellos, una indemnización per dañes y 
perjuicios, y se os concederá además un cargo de im- 
portancia en la Habana; como remuneración á los ser- 
vicios y muerte gloriosa de vuestro padre. Vuestra 
hermana puede venir cuando quiera, que ya nadie ofen- 
derá su virtud, que yo aplaudo. ¿Estáis satisfecho? 

— No, alteza,— contestó Pineda con resolución; — 
deseo pediros dos gracias. 

—Si son justas, concedidas. Hablad. 

— La primera es besar vuestra mano. 

— No, estrecharla con la vuestra. 

— No, besarla; así. La segunda deciros, que si bien 
me dijeron que había en la Habana un príncipe que me 
haría justicia hoy, y por eso vine tan resuelto como 
visteis, jamás imaginé que fuérais vos... 

— Pineda, si me conocéis, callad mi nombre, vengo 
de incógnito por orden del rey, me resta sorprender 
á muchos malvados, y debo continuar todavía mucho 
tiempo oculto á las miradas aviesas. 

— ¡Ah, señor; porque os conozco y sé que vuestro 
padre es el mejor de los hombres, más que todos los 
monarcas de la tierra, el que llevó á mi padre al Perú... 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



553 



—Me vais á descubrir, Pineda. 

— Enmudezco, señar; mas permitidme que os siga 
contemplando el tiempo que dure la audiencia. 

—Quedaos: mañana os presentáis al tribunal que 
nombraré esta noche para que os dé posesión de todo 
lo que ja os pertenece. 

En este momento entró G-odínez con el anciano y 
su hija. Iban abrazados, y ambos vertían abundantes 
lágrimas. 

El jefe de policía los dejó al pié del trono, 7 unido 
al maestro de campo hicieron salir á todos los criados 
que había allí del gobernador, los reemplazaron con 
otros de don Gonzalo y desaparecieron los dos. 

— Ahora os toca á vos, anciano,— dijo Silva, al que 
acababa de entrar.— Yo no puedo remediar el daño 
que ese menguado hizo en vuestra honra, pero le obli- 
garé á que os entregue una indemnización de diez mil 
ducados que servirán de dote á esa infortunada y bella 
joven. 

—No los dará, señor. 

— Contad con ellos, anciano, los dará, y en caso 
contrario, los recibiréis de mis manos. ¿Deseáis algo 
más? 

— Besar la mano de vuestra alteza mi hija y yo. 
—Eso no; estrecharla. 

—Bésala como yo, hija mía. ¡Viva el príncipe! 
— ¡Viva! — contestaron todos los presentes como un 
solo hombre. 

Y salieron padre é hija victoreando al príncipe por 
pasillos, salones, escalera y plaza. Sus voces eran re- 

TOMO I so 



554 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



petidas por soldados y paisanos. Ya había corrido la 
voz por la Habana de la llegada de un príncipe real 
que había anulado la autoridad de Alejandre 7 estaba 
haciendo justicia, y la plaza de Palacio se iba llenando 
de curiosos. 

Volviendo al salón de audiencias, diremos, que los 
nobles y plebeyos estaban asombrados ante la presen- 
cia de un príncipe tan joven, tan bello y tan justicie- 
ro. Lo miraban como á un ser sobrenatural y la ver- 
dad es que se maravillaban de aquel cambio tan com- 
pleto y agradable. 

La presencia de Julio había excitado el amor de 
aquel pueblo á su rey, del cual llevaban mucho tiempo 
de estar murmurando en voz baja. 

¡Si Felipe III se hubiera parecido á su primo Ju- 
lio! Pero e&to no lo sabían los cubanos y ya contem- 
plaban en el monarca español un rey de derecho divi- 
no, al cual idealizaban on sus ardientes imaginaciones. 

Los nobles todos miraban también á Flaviano, el 
cual, sentado ¿renta al notario, dirigía el acta notarial 
que aquél levantaba. 

La cruz de Santiago que lucía en su pecho, su tra- 
je igual en todo al del príncipe, su belleza más varonil 
aun que la de Julio y su gravedad é indiferencia á todo 
lo que no era formar el acta que escribía el notario, lo 
presentaban á la multitud como otro príncipe parecido 
á Silva. 

Julio dirigía de continuo miradas á su hermano y 
tanto le conocía que no le extrañaban su laboriosidad 
é indiferencia. 



LOS HÉROES DIL SIGLO XVII 



555 



Silva no sólo amaba á Flaviano, veía en él un ge- 
nio digno de admiración. 

La audiencia continuó hasta las diez de la noche , 
es decir, que Julio no se levantó de su asiento mien- 
tras quedó un pretendiente. 

Excusamos decir que todos sus actos revistieron el 
sello de la más extricta justicia. 

Cerrada la puerta de audiencias y retirados los cria- 
dos y guardias, se acereó Jalio á Flaviano, 7 dijo: 
— ¿Acabas hermano? 

Al oir la palabra hermano miró el notario con sor- 
presa á Osorio. 

— ¡Su hermano! — exclamó. 

— Si, — le dijo Flaviano, —sólo faltan dos líneas. 

Las dictó 7 dijo al notario. 

—Ese acta continuará hasta que acaben las audien- 
cias 7 las sentencias del tribunal, que empezará á fun- 
cionar mañana. 

— Muy bien; mañana volverá, continuando todo el 
tiempo que manden vuestras altezas. 

Y desapareció haciendo reverencias, andando hacia 
atrás hasta que salió del salón. 

Fué reemplazado por Godínez, que les dijo: 

— Vamos á comer, señores, que 7a es cerca de me- 
dia noche. 

— ¿Dónde!— le preguntó Osorio. 

— En el palacio. 

— ¿Quiénes? 

— Vos, don Julio, don Rogelio, don Gonzalo, los 
cuatro Ros, María 7 70. 



556 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI I 



— ¿Todos nos quedamos en el palacio? 
—Todos. 

— ¿Quiénes nos sirven ? 

— Todos los criados de don Gonzalo, que son once, 
los seis vuestros y los tres de María 7 míos. 
—¿No quedó ninguno del gobernador? 
— Ninguno; todos fueron despedidos* 
— Y su amo, ¿dónde está! 

— En un calabozo, acompañado de su hermano que 

no quiere abandonarlo. 

—Que les den de comer con arreglo á su clase, bue- 
nas camas 7 cuanto necesiten. 

— Así lo he dispuesto. 

— Supongo que toda esa gente, que concurrió á la 
audiencia fuá mandada por tos. 
—Tola. 

— Prescindir 7a de eso. Ahora que venga el que lo 
deseee por su sola voluntad. 
— Claro es. 

— ¿Cuando partís á Méjico? 
— Pasado mañana. 
—Pronto es. ¿Con María? 
—Si, señor. 

— ¿Con todo el ajuar do casa? 

— Con todo no pero sí con lo necesario. 

— ¿Va contenta? 

—Yendo 70... 

— ¿Podrán embalarlo todo en ese tiempo? 
—Nos ha de sobrar. Treinta hombros se ocupan 7a 
de eso. 



LOS HÉROES DEL BIOLO XVII 



557 



— Vamos á oonier. 

Ya les esperaban en el cernedor Rogelio y el maes- 
tre. Los oinoo se sentaron, dando principio á su ex- 
pléndida cena. 

Godfnez fué el primero que ocnpó sn asiento. Na 
le retenía allí su vanidad ni los efectos de ninguna otra 
pasión bastarda; era la admiración y amor que profe- 
saba á los hijos de sus generales y muy particular- 
mente á Flaviano. Su deseo era contemplarlo, obede- 
cerle y estar á su lado el mayor tiempo posible. 

Era una potencia en Cuba, y la abandonaba sin vio- 
lencia por seguir á Flaviano, por estar el mayor tiem- 
po posible cerca de él. 

La conducta que estaban observando en la Habana 
los dos hermanos, le hizo ver que los hijos se igualaban 
á los padres en todo, y este fuá otro motivo para que 
su admiración y entusiasmo per ellos crecieran. 

Dejemos á los cinco que cenen y averigüemos nos- 
otros qué hacían entre tanto don Juan y Lorenzo Ale- 
jandre. 

La prisión del gobernador estaba situada en el piso 
bajo interior del palacio. Era un saloncito con dos 
grandes rejas tapiada la parte baja de ellas para que 
nadie pudiera ver á los que en ella estuvieran desde el 
patio á donde caian. 

Tenía ahora aquella prisión dos camas buenas, cua- 
tro sillones, una mesa, un armario y todo lo necesario 
para el aseo. 

En uno de los cuatro sillones cayó el gobernador, 
magullado por el golpe que recibió en la audiencia, 



558 LOS HÉROES DEL SIGLO H 



cuando Mendoza Id arrojó al suelo, y abrumad© además 
por la desgracia. 

Su hermano Lorenzo le contemplaba con amargura, 
y una rabia concentrada que al estallar podía muy bien 
causar algunts víctimas. 

El hermano mayor era bajo de estatura, pálido, y 
el tipo completo de un hombre de esos que gastan su 
vida entre placeres y vicios. 

Lorenzo era también bajo, delgado, ojo vidrioso, 
mirada torba, con color de aceituna y un aspecto que 
dejaba traslucir la mala intención del hombre vengati- 
vo y sañudo. 

El primero era un ser déspota, trivial y vicioso. 

El otro un hombre malo. 

Los dos eran cobardes y descreidos? 

Media hora estuvo el uno sepultado en su sillón, 
mientras el otro le contemplaba sin despegar los labios 
ninguno de los dos. 

Al cabo de ese tiempo levantó la cabeza don Juan, 
preguntando á su hermano: 
—Lorenzo, ¿qué nos sucedeí 
—Que somos víctimas de una sorpresa* hija sin du- 
da, de antigua y vasta conspiración. 
— ¿Quién es ese príncipe? 
— Yo no lo sé. 

— ¿No opinas como jo que vino á España en el 
navio Invencible, y es el hijo dal que llaman el 
Santo. 

—Si es en efeato Julio de Silva, estamos perdidos, 
Juan. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



559 



—Me lo teme. 

— Recuerda, tú, que caneces la corte.., 

— No puede ser otro. 

—¡Maldición! 

— Lorenzo, tú estás libre, á tí nada pueden hacerte, 
tú me vengarás ¿es cierto? 

— Sí, te vengará como sa vengan los Alejandre; por 
la intriga, por la trama, con el veneno, con el puñal, de 
la manera que sea posible. 

-—Matas á ese que me sepulta en un calabozo y á 
cuantos lo defiendan. No perdones A ningún®. 

— A ningauo, — contestó Lorenzo con la frenta con- 
traida y la mirada torba y sombría.-— Si puedo con to- 
dos, de todos daré fin. 

— Principalmente á ese que se titala príncipe, 

—Y al que quiso estrellarte contra el pavimento. 

—No quiso, no; me ha magullado, pero ma dejó caer, 
no me tiró. ¡Oh, si me tira me estrella! Me levantó 
con fuerzas de león. Guárdate, Lorenzo, de las fuerzas 
de ese capitán. 

— Contra la fuerza empleará el hierro. 

— Muy afilado. 

—Como el de mi puñal. 

— Y si fuese envenenado mejor. 

— No lo uso de otra manera. 

— ¡Quá tarde, quá noche y qué porvenir! 

—Matarte no pueden, Juan. 

— No lo sá, pero está preparado. En el último ca- 
jón de mi gabeta verás á la izquierda un botón ds bron- 
ce; lo oprimes, saltará una doble tapa y en el fondo 



£60 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



hallarás veinte mil ducados en ore. Apodérate de ellos 
cuando puedas. 

— Yo tengo más de diez mil y los unirá para que 
los partamos. 

— No, quédate con la mayor parte; lo primero es la 
venganza y para esta es neeesario en nuestra triste 
posición mucho dinero. 

En este instante les llevaron la cena, dejándola so- 
bre la mesa. 

Juan no quiso comer, probó y no pudo. 
Su hermano cenó como si nada le ocurriera. 
Media hora después se desnudó y metió en cama, 
diciendo á su hermano: 

— Duerme, Juan; lo peor que puedes hacer es de- 
jarte abrumar. 

Nada le contestó el gobernador. 
Vino después ol mismo criado, recogió el servicie 
y le preguntó: 

— ¡Que rus algo más? 

— Sí, contesta; ¿quién es ese principe que se ha 
puesto en mi lugar? 
—No lo sé. 

— ¿Y el capitán que me derribó? 
—Tampoco lo conozco. 
—¿Qué dicen los soldados? 
—Nada. 

— ¿Y el pueblo de la Habana? 
—Nada. 

—¿Qué hacen, qué hacen? 
—Nada. 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVII 



561 



— ¿Sólo esa palabra conoces? 
—Sólo esa. 
— ¿Y si añado oro! 
El criado soltó una carcajada y salió de allí riendo. 
Era üd individuo de la policía secreta qne manda- 
ba Godínez. 

Cada vez más abrumado el gobernador, se echó 
vestido, pero no pudo dormir en teda la noche. 

Durante seis horas que pasó revolviéndose en la 
cama llegaron á su mente todas las infamias que ha- 
bía cometido, tedo el conjunto de tropelías, despotis- 
mos y confiscaciones que había patentizado y el remor- 
dimiento y la tortura se apoderaron da su espirita. 

Empezaba á ver lógico y natural lo que le ocurría. 
A pesar de lo elástico de su conciencia principiaba áser 
juez de sí propio. 

Con el remordimiento se le presentaban las figu- 
ras de Julio severa y grave, como la del magistrado 
más austero, y la de Mendoza, como un atleta que lo 
bastaba el más pequeño esfuerzo para estrellarlo. 

Su hermano á todo esto dormía tranquilamente. 

Lorerzo tecia un alma atravesada, carecía de con- 
ciencia y su indiferentismo se igualaba á eu maldad. 
¡Ay de Julio de Silva si no distingue á tiempo 6 inuti- 
liza la serpiente funesta que le acechará pronto pro- 
vista de su venenoso aliento! 

A las nueve de la mañana siguiente se formó un tri- 
bunal compuesto de los tres magistradas más severos y 
rectos de la Habana, don Gonzalo y Flaviano que lo 
presidia. 

TOMO I 71 



562 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Juzgaren al comandante del Invencible, al gober- 
nador y la multitud de funcionarios que eran denuncia- 
dos en las audiencias que á la vez daba Julio. A otros 
que denunció Godí o ez y á otros que encausó con so- 
brado motivo don Gonzalo. 

Pero á todos los oian, examinaban los testigos y 
cuanto era susceptible de examen, y fallaban en último 
caso con completo conocimiento de causa. 

Duraban las reuniones del tribunal y las audiencias 
desde las ocho de la mañana hasta las doce, y desde las 
tres de la tarde hasta la ocho de las noche. 

Fué sentenciado el comandante del Invencible á la 
destitución de su empleo, y á no poder obtener cargo 
ni empleo alguno público. 

El gobernador al destierro de España y de todos 
sus estados y á la indemnización de cuantos daños ha- 
bía causado injustamente. 

Y á este tenor lo fueron hasta cien personas más, 
con !o cual desaparecía de Caba el verdadero fomento 
del robo y de la maldad. Pero no q amero n Julio ni 
Osorio ultimar todas las sentencias; acordaron mandar 
los expedientes y acta á Madrid, pasando los reos á la 
Metrópoli para la notificación del supremo tribunal. 

Lo único que hicieron en el acto fuá restituir con 
los bienes del gobernador lo que este había usurpado y 
lo que debía indemnizar por daños y perjuicios. 

Jalio, como supremo legislador, mejoró algunas 
sentencias, indultó á seis, y con su excesiva bondad 
templó la justicia. 

Los reos todos fueron embarcados en la galera Ro- 



LOS HÉROES BEL SIGLO XVII 



56$ 



salía que los esperaba para partir, y al día siguiente 
se hicieron á la mar con rumbo á Cartagena. 

Quedó disuelto el tribunal y nuestros jóvenes en li- 
bertad de poder salir á la calle. Seis días permanecie- 
ron encerrados en el palacio. 

A Pineda le faé concedido un cargo importante. 

Varias veces se reunió el pueblo para ver y acla- 
mar al príncipe, pero no lo consiguió; sólo pudieron 
contemplarlo las que iban á la audiencia, encantando á 
todos su carácter bondadoso, dulzura, talento y supe- 
rioridad sobre los demás. 

Salió la galera Rosalía, quedando en la Habana 
Lorenzo Alejandre, con el objeto de realizar lo* bienes 
que á su hermano le quedaban después de las restitu- 
ciones. Esto dijo, y en parte era verdad, sota en 
parte. 

Una sola vez que se presentó ante el tribunal para 
prestar cierta declaración, se ñjó mucho en él Osorio 
y por la noche dijo á solas á su hermano: 

—Julio, el exgobernador tiene un hermano menor. 

—Sí, Lorenzo Alejandre. 

— ¿Te has fijado en él? 

— Recuerdo solo que es mal encarado, y su mirada 
-es torba, pero no lo estudié. 
-Yo si. 

— iQué deduces? 

— Que debemos estar pievenides contra él. 
—¿En qué te fundas? 

—Hablé con él, estando en el tribunal, lo examiné, 
y es un cobarde con malas entrañas. 



864 



XOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—¿No ha partí Jo con su hermane? 
—No; se ha quedado. 
—¿Qué deduce»! 

—Que como pueda te asesinará. Y á mi también. 
—Tu no te equivocas, hermano. 
— ¿Recuerdas la historia de aquel Bermúdez que nos 
refirió el Santo? 

— ¿El asesino de mi abuelo? 
—Sí. 

— Perfectamente. 
— Pues es un tipo igual. 
— ¿Qué hacemos? 
— Estar prevenidos. 
—¿Sólo e*o? 

— No se puede hacer más, porque hoy nada se le 
pnede probar á ese hombre. 
—¿Será precavido? 
— Mucho. 

— En ese caso, recomiéndaselo á los Ros y á nues- 
tros criados. 

— Era mi pensamiento. 
— Si nes sigue á Méjico. .. 

— Si á tanto osara, se lo recomendaremos á Go- 
dínez. 

— Tienes razón, con ese h«y bastante. 
Osorio llamó á los Rts y á los seis criados, encar- 
gándoles que hicieran por conocer al hermano del ex- 
gobernador, y grabasen bien su fisonomía en la memo- 
ria para que si le veían en a'guna ocasión lo espiaran 
y estuvieran muy al cuidado de cuanto hacia. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII * 65 



Al día siguiente fué obedecido. L^s diez la rodea- 
ron, haciéndale hablar con pretextos verosímiles. Tan 
pesado» y exigentes estuvieron, que le hiciaroi reir, 
U incomodaron luega, estudiando sa fisonomía en todas 
'as impresiones que acababa de sufrir. 

¿Pero de que serviría todo aquello, si el malvado 
fe disfrazaba biec? 

Lo peor del caso era, que las sospechas de Fiavia- 
no resultaban fundadísimas. 

Mendoza estaba en su centro; todas las tardes salía 
á caballo con Andrés Rss, lucía su banda de capitán 
per las calles y plazas de la Habana, y luego se inter- 
naba en las frondosas arboledas de C iba, extasiando su 
espíritu entre aquellas plantas y fbras, que le fueron 
desconocidas hasta entonces. 

Iban seguidos de dos criados, nada temían y hubo 
tarde que se alejaron cuatro leguas de la Habana, re- 
gresando muy entrada la noche. 

Esa ciega confianza dió lugar á ni grave acontad - 
miento que relataremos en el siguiente capítulo. 



CAPÍTULO XXIV 



Una imprudencia.— La s pelotas del líglo xvi.— Milagro — 
Loa heridos. 



Rcgelio refería á sus hermanos las espansiones á 
que se entregaba todas las tardes por entre los árboles 
de Cuba. 

Osorio le hizo varias preguntas, dioiéndole á la 
postre: 

—Te aconsejé que recorrieras á caballo 6 en la ca- 
rroza, los alrededores de la Habana, y hoy te prohibía 
que te alejes mis de una legua, 

— iPor qué, hermano? 

—Rogelio, tenemos enemigos en Cuba. 

—Pues si estamos haoiendo el bien da todas las per- 
sonas honradas. 

— Y el mal de todos los canallas, y son éstos y no 
aquellos les que asesinan. 

—Puedo decirse que por todas partea nos aplauden» 



LOS HÉROES JDKL 8IGLO XVII 



567 



— Paes recibe eses aplausos que te dan en la ciudad, 
y no vayas á los bosque, donde pueden aplaudirte ctn 
una onza de plomo ó de hierro. 

— Cuando tú me haces esa advertencia algo sabrás, 
j no quiero cuestionar contigo. 

—Cuestiona ó no,— añadió Julio,— eso es indiferen- 
te, pero haz lo que te escarga Flaviaso. 

— Está bien, no hablemos más de eso. 

—Al día siguiente no pasó Rogelio de la legua que 
Osorio le había encargado, pero á la siguiente tar- 
de se hallaron en el camino á un negro, el cual les 
dijo: 

—Señores, en la quinta de mi señor, el noble Pine- 
da, les esperaron ayer tarde para obsequiaros. 

No era la primera vez que eso había ocurrido, y 
Mendoza le contestó : 

— ¿Estará esta tarde? 

— Allí quedaba, señor. 
— Pues vamos allá. 

—Está cuatro leguas, don Rogelio,— le dijo Ros,— 
y don Flaviano... 

— Tienes razón, hombre, pero este camino es muy 
seguro, y do debemos desairar á un caballero tan cum- 
plido como Pineda. Apretemos el paso y pronto estare- 
mos de vuelta. 

Así lo hicieron, llegaron á la posesión de Pineda, 
pero no estaba ni había estado la tarde anterior. 

Entraron en sospecha, y picaron para regresar 
pronto. Pero salieren tarde, por efecto del calor y por- 
que no pensaron alejarse tanto, y pronto apareció el 



563 



LOS HÉROES DEL 8IJLO XVII 



crepúsculo vespertino, cuando todavía les restaban das 
leguas de camino. 

Iban á escape, cuando Ris, que corría delante, 
gritó: 
-¡Alto! 

Le 8 cuatro se detuvieron formando un grupo. 

— jQaó «curre? —le preguntó Mendoza. 

—II 3 visto,— le contestó Andrés,— moverse hom- 
bres á la derecha, entre aquellos ramajes, y al acer- 
carnos se han emboscado. 

— ¿Cuántos serán? 

— Ocho ó diez. 
R gelió meditó, añadiendo: 

—Pocos son, si vienen á pelear can nosotros. 

—¿Contais con la emboscada y la traición? 

-Sí. 

— ¿Qaé hacemos? 
—¿Traéis todos pistolas? 
—Todos. 

—Pues sacarlas, una en cada mano, y corramos 
después de prepararlas, del modo siguiente: Uno tras 
otro, pero dos por la derecha del oamino y dos por la 
izquierda. ¿Comprendéis? 

—Perfectamente. 

— ¿Estamos? 

— Si, señar. 

—Yo delante, por la derecha, vos detrás de mi, Ros; 
y vosotros dos por la izquierda,— dijo á los criados, — 
en la mis na forma que nosotros. A escape. 
Y salieron á revienta caballo. 



LOS HÉROES DEL flOLO XVII 



569 



A los dos minutos se oyó una voz y luego una des* 
carga. Los tiros salieron de la derecha del bosque. 

Los cuatro caballos se arremolinaren. 
— ¡A. ellos!— gritó Mendoza, y se metieron entre les 
árboles, descargando algunos sus pistolas. 

Llevaban dieoiseis tiros, y se oyeron echo, con cor- 
tísimos intérvalos. 

Mendoza y Ros se metieron tanto entre la espesa 
arboleda que cuando quisieron retroceder les csstó 
mucho trabajo, y hasta dejaren parte del traje entre el 
ramaje. 

Vieron tendidos cadáveres. 

—¡Al camine!— volvió á gritar Mendoza, y ya en él 
preguntó: 

— ¿Podréis seguir Its tres? 
— Sí, — le contestaron. 
— Pues á escape. 

Y volvieron á correr sin orden, pero sin separarse 
mucho unes de otros. 

En tres cuartos de hora oseases anduvieron las dos 
leguas que les faltaban. 

Dieron vista á la ciudad, en cuyo instante oyeron 
m golpe y la voz de uno de los criados que dijo: 
—Señor marqués, no puedo seguir. 
— ¡Alto! jQué te sucede? 

—Venía mi caballo herido, yo lo estoy también y 
aquí ha caido muerto. Vedlo. 

— Monta con tu compañero; cógelo tú á la grupa. 
Acercarse, yo le subiré. 

Y volvieron á correr, entrando en la oiudad y lue- 

TOMO I 72 



LO» H6*0ES DEL SIGLO XVjI 



go en el gran patio de palacio yendo en un estado 
lastimoso. 

Sin detenerse subieren. 

Jalio y Flaviano estaban ya impacientes per la tar - 
dsrza, cuando los vieron llegar sin sombrero, les tra- 
jes hechos pedazos y uno délos criados apoyado en su 
compañero, herido del muslo derecho y vertiendo 
sangre. 

— Curad lo primero á ese desgraciado, acostadlo y 
que el doctor se haga cargo de él; al momento,— dijo 
Flaviaco, preguntando con enojo & Mendoza: 

— ¿Qué es ha ocurrido? 

— Nada, hermano; una sorpresa, dos muertos, va- 
rios heridos y una carrera á mata caballo. Casi una 
escaramuza. 

—¿Habéis huido! 

—¿Eso me preguntas? Nuestros padres no huyeron 
jamás. 

—¿Os hicieron faego? 
—Sí. 

— ¿Muy lejos de aquí! 
—A dos leguas. 

— ¿Cocociate á alguno? 

— No; eran ocho ó diez negros y un blanco. 

— ¿Quedaren des muertos? 

-Si. 

—¿De ellos? 

— Claro está, puesto que veninos los cuatro. 

— ¡Gonzak!— gritó Osorio. 

Su primo se llegó y dijo á éste: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI! 



571 



— Que «algan inmediatamente cuarenta ginetes, un 
práct ico y Andrés Ros. Que lleven hachas, recorran 
el bcsque y me traigan todos les que encuentren en el 
sitio de la pelea, heiidos y sanos. Andrés, guíalos tú 
que conoces el paraje y no vuelvas sin traerme uno que 
declare quien es el autor de ese atentado. ¿Comprendes? 

-Sí. 

—Pues á escape. 

— ¿Pero qué ha ocurrido, — preguntó el maestre; — 
por qué vienen así esos tres? 

— Eso es para luego; ahora que salgan esos hom- 
bres sin pérdida de tiempo. Necesito que vuelen. Rts, 
tú eres el jefe y comprendes mi pensamiento; no te de- 
tengas y llena bien tu misión. Cambia tú de traje, que 
vas enseñando las carnes,— dijo al criado.— Gonzalo, 
en el salón verde estamos. Seguidme vosotros. 

Julio, Flaviano y Rogelio entraron en el salón ver- 
de y se sentaron, y ya con cslma y tranquilidad, aña- 
dió Osorio: 

— Rtgelio, refiérenos todo lo minuciosamente que 
puedas cuanto te ha ocurrido. No suprimas detalle 
alguno. 

— No vale la pena... 

— ¿Queréis obedecerme? 

— Sí, hombre, no te incomodes. Lo mismo hacía ta 
padre con el mío, reprendiéndole siempre... 

— Te voy á tener arrestado un mes y á dieta. 

—Eso último es grave, hermano. 

— Temes la reprensión y te adelantas; pues te en- 
contrarás con el castigo. 



512 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Lo que tú quieras, tirano general. 
— ¿Hablas! 

—Sí. Oid: salimos, resueltos á no andar más de ana 
legua, pero nos esperaba Pineda. 

Rogelio refirió la farsa que les contó el negro, el 
chasco que se llevaron, el descubrimiento de Res, las 
órdenos que dió, añadiendo: 

—De pronto nos hicieron una descarga, cuyos tiros 
salieron de entre los árboles de nuestra derecha, hu- 
yendo los cobardes asesinos; pero como íbamos prepa- 
rados, rompimos el faego, persiguiéndolos á la vez, 
hasta que lo espeso del ramaje nos impidió continuar. 
Al salir de aquel laberinto, dejamos parce de nuestras 
vestiduras y los sombreros enganchados en las ramas. 
To maté un negro y herí en la cara al único blanco 
que había el cual desapareció como un relámpago. Le 
cogí de castado y le tiré á la oabeza, dándole en el 
carrillo derecho y derribándolo, pero se levantó, co- 
rriendo hasta perderse por sitio en que le fuá ioaposi • 
ble penetrar á mi caballo. Tiré á otros dos negros y 
he debido herirlos. Ros mató á otro y debió también 
herir á algunos más. Sólo tiró dos tiros; yo que iba 
delante los cuatro de mis dos pistolas, y creo que los 
aproveché; sabes que tiro bien/ y los criados dispara- 
ron uno cada uno, igaoro si oon fortuna ó sin ella. 

— ¿Cuántos eran? 

— Ocho ó diez negros y ui blanco. 
—¿No pudiste reconocer al blano»! 
— No, quedaba poca claridad y sólo lo vi do oot- 
tado. 



LOS HÉ&OES DEL SIGLO XVII 



57a 



—¿Tendría la estatura y carnes de Lorenzo Ale* 
jandref 

—Sí, creo que sí. 
-¿Y luégo? 

— Continuamos nuestro camino á escape para llegar 
lo antes posible y no disgustarte. 
— ¿Cayó al suelo el criado herido! 

— Sí, á las puertas de la ciudad y por tiempos. 
— ¿Cómo hirieron á ese y á vosotros no? 

— Por la velocidad de nuestra carrera. Iba el último» 
y pt r esa causa solo á él le tocó. 

— Rogelio, sólo merece reprensión la facilidad con 
que hiciste caso al negro, desobedeciendo mi órden. 
Vamos á vivir entre enemigos, y es necesario que 
nos movamos siempre precabides, constantemente des- 
confiados. 

— ¡Quién se había de figurar que mentía aquel villano! 

—Cualquiera que fuese más desconfiado que tú. 
Bien obraste en el resto de esa malhadada sorpresa, 
valiente, acertado, enérgico; tu conducta es digna de 
aplauso; pero es necesario que en lo sucesivo obedezcas 
nuestras órdenes con la prudente exactitud que tu pa- 
dre obedecía, de lo c ntrario te matarán, enlutando la 
existencia de Julio y mía el resto de la vida. 

—Te obedeceré ciegamente; no lo dudes, hermano. 

— Os ha salvado hoy la vista de Ros. Es un lince; 
me consta que hasta en la oscuridad distingue objetos 
que nosotros no percibimos. Si él no vé á lo léjos los 
asesinos y continuáis juntos, es lo probable que te hu- 
bieran muerto, hermano. 



574 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— No lo niego; después del aviso de Andrés corrí - 
mes macho más y tan sepáralos, que no era posible, 
ni á los mejores tiradores del mundo, herir á los 
cuatro. 

— Retrocediendo, todo pndo haberse evitado; pero 
nosotros no podemos volver atrás ni aun la mirada. 

En este momento llegó el maestre, le enteraron de 
lo ocurrido, mandándole Osorio que buscase la policía 
á Lorenzo Alejandre, el cual debía estar herido en el 
carrillo derecho. 

Gdnzalo dió la orden, Rogelio cambió de traje, y 
se sentaron á cenar. 

A Mendoza no le quitó el apetito la celada de que 
había sido víctima; comía por cuatro, exalamando: 

— Con una carrera tan vertiginosa, queda uno débil 
y necesita reponer las fuerzas. 

— Bien lo haces, hermano,— le dijo Osorio. 

—Sí, me he sentado con hambre. 

— Pues no es mala la cena. 

— No, exquisita; pero chico se ctme mejor en Es- 
paña. 

— Ya lo creo. Pero tú no necesitas los manjares eu * 
ropeos para despertar el apetito. 

— No, mi padre fué lo mismo. Esta humanidad ne- 
cesita mucho lastre; de lo contrario no navega bien. 

Terminaron á las diez, sin que Ros hubiera regre- 
sado. Quedaron de sobremesa, y así estuvieron hasta 
las doce de la noche, que oyeron la voz de Andrés, pi - 
diendo permiso para entrar. 

Regresaba con más girones aun. Por varias partes 



LOS HÉROES DEL S GLO XVII 



de ea cuerpo enseñaba las cara s. Da cuello arriba se 
presentaba con la repa interior; es decir, que había 
perdido la trusa y los gregüesoos. 

—Ya está ahí todo, señor,— dijo entrando. 

— ¿Qué es todo, Andrés? 

—Mi general, todo es, dos cadáveres, tres heridos, 
once mosquetes y un caballo muerto, el del criado. 

— $C6 rao vienen los heridos? 

— Dos graves, el otro tiene atravesado el muslo, y 
puede referir todo lo que sepa. 

—¿No traéis ninguno sano? • 

— Imposible, les regueros de sangre nos indicaron 
que huyeron otros vertiéndola, pero éstos y los ilesos 
desaparecieron, sin que nos fuera posible dar con nin- 
guno en el detenido reconocimiento que hicimos. 

— Tá, que tienes tan excelente vista, ¿no pudiita dis- 
tinguir al blanco que mandaba á los diez negros? Por- 
que deben ser once. 

— Once eran, sí, señor. Vi áio lejos al blanco, cuan- 
do herido por una pelota (así se llamaban entonces las 
balas), se ocultaba entre una enramada impenetrable pa- 
ra nuestros caballos. Sa me ocurrió echar pie á tierra y 
seguirle, pero pudo haber una segunda emboscada, me 
llevaba además bastante delantera, y por esa causa sa 
me escapó; pero me consta que va herido, le vi caer y 
levantarse con la mano fija en el carrillo derecho. 

—¿Quién era ese blanco, Ros? 

—El hermano dú gobernador que salió ayer para 
Cartagena. 

—¿Estás seguro? 



576 



1.03 HÉROES DEL SIOLO XVII 



— En absoluto, nt; pero tengo el convencimiento de 
que lo es. 
— ¿En qué te funda»? 

— En su estatura, en sus carnes, en su cobardía, y 
en uno de sus ojos, único que le tí, vidrioso y feo co- 
mo él. 

— ¿Cuántas heridas tiene el caballo? 
— Das. 

— Da once aprovecharon tres pelotas; yendo tan á la 
carrera, no son malos tiradores. ¿Nada más tienes que 
decirme? 

— Nada más, señor. 

—Cambia de traje, cena y retírate á descamar. Tú, 
Goczalo, no te acuestes sin haber hecho declarar á ese 
herido todo lo que sepa; nos dirás á la vez qué opina 
el facultativo de la herida de nuestro criado, y cómo 
sigue éste. Aquí te esperamos. 

—No; acostaos, que ya es más de la medía noche , 
yjo... 

— Aquí te esperamos, Gonzalo. 

—Volveré. 

Y quedaron los tres hermanos, conversando agra- 
dablemente. 

Ya era la una de la madrugada, cuando regresó el 
maestre, diciéndoles: 

— Ha concluido, y veo que á les hijos les sucede lo que 
á los padres. 

-Habla. 

—Los cinco negros, dos muertos y tres heridos, son 
esclavos de Alejandre. Los compró por buenos tiradores. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



577 



— No son males para hombres de color. ¿Qaé dicen 
de su amo? 

—Lo vieron huir herido, no saben hacia donde por 
haber quedado ellos tendidos en tierra. 
— ¿Nada más has podido arrancarles? 
—No saben más. 
— ¿Eran once y él amo. 
—Si. 

— ¿Qué has dispuesto? 

— Que salgan seis prácticos y veinte soldados, y den 
una batida en el bosque, extendiéndose cuanto puedan. 

— ¿Cémo está el criado de Mendoza? 

—Muy bien; la herida es leve: cuestión de dos 6 tres 
días. 

—¿Queda bien asistido? 
— Perfectamente. 
— Pues vámonos á descansar. 
Y los tres lo hicieron así. 



TOMO I 



73 



CAPÍTULO XXX 



Consecuencias de la batida.— Despedida.-* La historia de on 

criminal. 



Pronto corrió la vez ptr la Habana del grave 
acontecimiento que tuvo lugar la noche anterior, y an- 
tes del medio día el palacio del gobierno superior de 
Cuba fué llenándose de damas, caballeros y autorida- 
des que iban á dar la enhorabuena á nuestros amigos 
por el feliz desenlace de la negra emboscada en que 
uno de ellos debió ser victima. 

Rogelio, que era el principal causante de aquella 
recepción, con su gallarda figura y su brillante educa- 
ción, iba de un corro en otro, dando las gracias y col- 
mando de galanterías á las damas que lo estaban favo- 
reciendo tanto. Y la verdad es que todas aquellas belle- 
zas americanas habían hecho pretexto del aconteci- 
miento para ir al palacio con sus padres y hermanos, 
para oir y ver principalmente á los deliciosos Julio y 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



579 



Osorio, capaces con sus encantos físicos y morales de 
seducir á la más aristocrática y desdeñosa mujer. 

Los dos hermanos se presentaron en el salón prin- 
cipal con su traje negro de terciopelo y la eruz de 
Santiago. 

También usaba Rogelio esa insignia, pero su traje 
era de color y lo separaba de sus dos hermanos la gra- 
vedad, el talento y una elegancia natural que competía 
con lo perfecto de sus facciones, eclipsando su conjun- 
to la gallardía del marqués de Abella. 

Para todos y para todas tenían Julio y Flaviano 
una frase cortés, una galantería del mejor gusto. 

De pronto se cogió Julio del brazo de Pineda, que 
fué el primero en concurrir este día y comenzó á pa 
sear con él. 

El hijo del maestre iba que no cabía en el traje. 
Llevaba del br? zo á un príncipe de la sangre, al más 
justiciero que conocía, y su orgullo en tales momentos, 
como buen americano, lo elevaba á las estrellas. 

Silva fué poco á poco refiriéndole lo acontecido por 
la noche con el negro que engañó á Mendoza, termi- 
nando por decirle: 

— Vos debéis conocer bien todos aquellos parajes. 
—Mucho, señor. 

— Y á les habitantes que pueblan aquellos bosques. 
—A casi todos. 

— Y en mi obsequio haréis lo posible por descubrir 
el paradero de Lorenzo Alejandre. 

— ¡Al hombre que más odio en el mundo! ¿Pues no 
he de hacerlo? Desde mañana. .. 



580 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—No; antes. Pensábamos visitaros esta tarde, en el 
caso de hallares en vuestra posesión. 

— Estaré. ¿No he de estar? Es la mayor honra oon 
que se distingue á un mortal. 

— ¿Guando vais á salir para el bosque? 

—Antes de media hora, si vos me lo permitís. 

— ¿Podrá ser tan pronto? 

— Lo que tarden en ensillar dos caballos, el de mi 
criado y el mío. 

— Gracias Pineda. 

— Debo tanto á vuestra alteza... 

— Si me dais tratamiento, dejo de ser vuestro 
amigo. 

— Tanto os debo, señor, que esas gracias que me dais 
me parecen una burla, aun cuando son indudablemen- 
te sinceras. ¿Puedo retirarme? 

—Estrechad mi mano y hasta la tarde. A las cinco 
estaremos los tres hermanos en vuestra posesión. 

—¡También vuestra manol Gracias, señor, muchas 
gracias. 

Y desapareció del palacio con gran presteza. 

Silva se acercó á su hermano, diciéndole: 
—Ya ha marchado Pineda. 
— Me alegro, Julio,, ese hará más que la policía. 
— Conoce el terreno. 
— Más aún; ódia á Alejandre. 
—Verdad es. 

—No dejará escapar la ocasión de vengarse si 
puede. 

Antes de la una se retiraron los últimos de cuan- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 581 



tos fueren á visitarlos y á la una se sentaron á la mesa 
los cuatro. 

Terminaron á las dos, y media hora después mon- 
taban á caballo los tres hermanos Andrés Ros y cua- 
tro criados. 

Ros iba de correo, los tres hermanos le seguían y 
los sirvientes cabalgaban en pos á respetable distancia. 

Julio y Flaviano llevaban el mismo traje, con bota 
de montar, ferreruelo y chambergo con alas muy an- 
chas que los resguardaba en parte de los abrasadores 
rayos del sol tropical. 

— Al trote,— exclamó Julio, y salieron del palacio 
no tardando en hallarse fuera de la ciudad. 

Era el primer día que dejaban los salones desde 
aquel en que entraron en el palacio. 

Oyeron algunos vítores por la calle, pero iban sus 
caballos á un trote largo y no fué posible al pueblo reu- 
nirse y hacerles una verdadera ovación como hubiera 
deseado. 

Siguieron las dos primeras leguas al misme paso. 
Cuando terminaron éstas vieron á Ros que se detuvo 
á un lado del camino, diciende: 

—Desde allí nos hicieron fuego, señor. 

Flaviano miró el paraje y luego avanzó hasta lle- 
gar al sitio donde ya era imposible seguir por impe- 
dirlo lo espeso de la enramada. Vió el destrozo que 
habían hecho Rogelio y Ros para perseguir á los ase- 
sinos. Vió los regueros de sangre, los pedazos de tela 
enganchados en las ramas, y echando pié á tierra si- 
guió el camino que llevó Lorenzo en su retirada. 



582 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Luego volvió, y montando de nuevo, dijo á bus 
hermanos: 

— Fué un sitio buscad© con habilidad; el malvado 
es cobarde y se procuró ante todo la retirada. Conti- 
nuemos nuestro camino que de estos lugares nada po- 
demos sacar. El villano estará lejos de estos árboles. 

Un nuevo trote largo, y á escape después, los dejó 
á las cinco en punto en la posesión de Pineda. 

Un minuto más tarde llegaba éste, cubierto él de 
polvo y de espuma su caballo. 

Subieron á las habitaciones de la casa, que era ex- 
celente, y Pineda les dijo: 

— De poco tiempo dispuse, pero lo he aprovechado. 
Fué sin duda Lorenzo Alejandre el autor de la infame 
celada; ese miserable venga á su hermano y es digno 
de aquel hombre funesto. La dispuso y la mandó él y 
huyó como el más miserable cobarde. La noche la pasó 
en el btsque y antes de amanecer se detuvo en la casa 
de un curandero que habita en la vega. Iba solo. Este 
lo examinó; he hablado con él y me ha dicho que la 
pelota entró por la parte superior del rostro, cerca del 
ojo derecho, añade que tiene destrozado un hueso y 
toda la prominencia aquella, y que salió de su casa 
con una fiebre intensa. Ha perdido del todo el ojo y 
tiene dentro la bala que él no pudo extraerle. Creo, 
señor marqués, que la pelota fué perfectamente di- 
rigida. 

—Sí, pero hubo de bajar un poco la cabeza en aquel 
instante y por esa causa no entró en el cráneo como yo 
quería. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



583 



—Poco le faltó, pardiez. 

—Lo que él se incliné. 

— ¿Siempre tiráis así? 

— Los tres tiramos así siempre. 

— Dios me libre de vuestra puntería. 

—Bien, dijo J alio;— ¿pero habéis hecho algo para 
que demos con él! 

—Oreo, señor, que tiene bastante con la herida que 
le hizo el señor marqués, ne obstante lo cual he encar- 
gado al hombre más práctico é inteligente de aquella 
zona que lo busque y os lo Heve muerto ó vivo, recom- 
pensándole yo con mil ducados. Es el único que puede 
dar con él. Y ya lo busca. 

—Gracias, Pineda; bien habéis corrido, y puesto 
que en ese asunto nada se puede hacer ya, veamos 
vuestra posesión. 

—Vuestra es, señorer, por esta puerta saldremos al 
jardín principal. 

Era la posesión que examinaban la mejor de las si- 
tuadas cerca de la Habana, y emplearon bastante tiem- 
po en admirar el arte y la portentosa vejet ación que te- 
nían delante. 

Una hora ocuparon en ella, se despidieron de Pi- 
neda, y A las seis y media, casi de noche ya, salieron 
para la Habana. 

Iban sin prisa y en la forma que habían ido. 
Nada les ocurrió en la corta travesía que anduvie- 
ron. Al entrar hallaron un destacamento que iba en 
basca de ellos. Don Gonzalo, al ver lo que tardaban, se 
sintió impaciente, y mandó que los buscasen. 



584 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



Llegaren á las nueve y media de la noche, y peco 
más tarde se sentaron á cenar. 

Tres días después tenían en su poder los nueve ne- 
gros que quedaron vivos de los once que tomaron par- 
te en la emboscada, pero Lorenzo no pareció. Disponía 
de gran cantidad de dinero, y este se abre paso con fa- 
cilidad por todas partes y en todas las épocas. 

Cuba era ya moralmente otra isla. La justicia im- 
peraba en todas partes, y no era posible mayor regula- 
ridad y acierto en los servicios. 

La presencia allí de Julio y Flaviano redimieron la 
perla antillana, y nada dejaba que desear su gobierno. 
Estaba siendo la antítesis de lo que fué, y al salir de 
allí sus protectores debía quedar asegurada por mucho 
tiempo la moralidad impuesta por Julio de Silva y 
Flaviano de Osorie. 

Formado el sumario consiguiente, sentenció á 
muerte el tribunal á Lorenzo Alejandre y á los nuevo 
esclavos que le ayudaron á cometer el atentado que co- 
nocemos. Julio indultó á los negros y fueron á traba- 
jos íorzados por el resto de su vida. La pena de muer- 
te para Lorenzo quedó en pie, para en el caso de vivir 
y ser hallado. 

En mejor estado aún el Invencible de cómo se halla 
en Cartagena, se dispuso á partir por orden de nues- 
tros amigos. Los criados de estos reembarcaron de no- 
che lo que sacaron de él, y al amanecer del siguiente día 
so trasladaron al navio todos, en unión de don Gonza- 
lo, y el barco partió para Méjico un momento después 
de haberlo abandonado el maestre. 



LOS HÉROES DEL SIGLO Wlx 



585 



Nuestros amigos iban satisfechos de Cuba; hicieron 
per este país cuanto necesitaba, y ahora corrían en 
busca de otros malvados para hacer con ellos lo que 
con el gobernador Alejandre. 

El tiempo no era malo y el navio salió de bolina, 
yendo mandado por el comandante accidental don Es- 
téban Fajardo. 

Dejémoslos marchar, que pronto los seguiremos. 

Quedó en la Habana den Gonzalo de gobernador 
en propiedad y las plazas de los funcionarios que fue- 
ron encausado» cubiertas con un personal honrado ó 
inteligente; uno de los principales era Pineda. 

El nuevo Gobernador disculpó la marcha repentina 
de los hermanos y se despidió por ellos de aquellas 
personas que los habían visitado. Nada más dijo el go- 
bernador Gonzalo, sin que pudieran averiguar por él 
el punto á que se habían dirigido y el barco en que se 
fueron. 

Aleccionado el maestre por la admirable conducta 
de Julio y Osorio, empezó siendo un inmejorable go- 
bernador y de este modo oontinuó muchos años. 

Averigüemos ahora nosotros lo que no pudieron, 
nuestros amigos; esto es, si vivía ó no Lorenzo, y en 
caso afirmativo dónde se hallaba. 

Este malvado fué en efecto el autor de la embos- 
cada en que pudieron perecer Rogelio y los tres que le 
acompañaban. Para realizarla buscó once esclavos 
tiradores, los compró, dando por ellos lo que le pidie- 
ron, y dispuso la celada que hemos visto con toda la 
habilidad de que era capaz. 

TOMO I 74 



586 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



Empezó por realizar todos los bienes que le queda- 
ron á su hermano, y convertido el importe en monedas 
de oro, las que puso á buen recaudo. 

Quiso empezar por mandar al otro mundo á Julio 
de Silva, después á Osorio, que presidió el tribunal 
que sentenció á su hermano, y luego á Mendoza; y á 
la vez á los que acompañaran á éstos, fuesen nobles ó 
plebeyos; ni le importaba la clase ni las condiciones del 
individuo. Es amigo, deudo ó criado de ellos, les 
acompaña, pues bastaba para que él los matase. 

Aquel hombre había nacido para verdugo de la hu- 
manidad; era verdugo por vocación. 

Quisó empezar por Julio, como hemos dicho, pero 
no pudo; la ocasión le convidaba á dar principio por 
Mendoza y no creyó conveniente despreciarla. 

— Los dos principales nc salen del palacio, — se dijo 
—sale el tercero, pues á éste y luego á los otros. 

Era Alejandre en religión ateo, en filosofía mate- 
rialista y en sociedad una culebra que podía muy bien 
irse deslizando suavemente hasta ahogar al infeliz que 
sitiaba sin que la víctima se apercibiera, puesto que era 
astuto, reservado, hipócrita y tan sin corazón, que 
nada le impresionaba. 

Un hombre así era temible, era un verdadero pe- 
ligro para los desgraciados á quienes se proponía ma 
tar aun cuando fueran tan elevados y poderosos como 
los hijos del príncipe de Italia y del duque del Im- 
perio. 

Observador, cuidadoso, enérgico, cuando tuvo rea- 
lizados sus bienes y los de su hermano se dedicó con 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



587 



incansable celo á espiar á nuestro amigo. Vió que sa- 
lía uno solo y mandó un negro detrás para que le si- 
guiera á pie; supo que se alejaba tres ó cuatro leguas 
y concibió la idea de arcabucearlo en uníén de les tres 
que le acompañaban. No conocía á los últimos, nada 
le habían hecho, dos eran míseros sirvientes, pero eso 
nada le importaba á él; iban con su contrario, serían 
capaces de defenderlo, pues esto bastaba para que él, 
si pedía, los matase. 

Precavido como pocos, buscó la retirada; sabía que 
jugaba su vida y trataba de defenderla por cuantos me- 
dios estuvieran á su alcance. 

Todo estudiado, todo dispuesto, se emboscó con su 
gente, y esperó. 

El primer día se retiró Mendoza una legua antes de 
llegar al punto elegido por aquel cobarde asesino. 

Flaviano adivinaba, y su consejo á Mendoza, de 
que no se alejase más de una legia do la Habana, y se 
retirase con luz, salvó su vida y la de los tres que le 
acompañaban. 

Lorenzo discurrió en los medios de atraerle, y á la 
siguiente tarde les mandó el negro con el recado de que 
le esperaba Pineda. 

El acto fué hábil; dos tardes habían estado en la 
posesión de aquél, y los acercó á ella do una manera 
que no tenían otro remedio que ir á hacer un desairo 
á persona que los admiraba y quería extraordinaria- 
mente. 

Guando los vió cruzar por delante, se ensanchó su 
corazón, si es que lo tenía, y radiante de júbilo, esperó 



588 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



dos horas. Después agrupó diez negros, que esperaron 
con el mosquete preparado, y destinó otro para que lo 
sirviera de yigia y avisara el momento en que regre- 
saban. 

Cada uno de los arcabuceros se hallaba detrás de 
un árbol, pero efecto de su falta de experiencia en asun- 
tos de guerra, en vez de colocarlos en ala, los situó en 
grupo, para hacer una descarga cerrada. 

Por fin llegó el negro vijía á la carrera, diciéndole: 
— Señor, ahí están; vienen á escape. 
— ¡Apunten! — exclamó Lorenzo. —Vais á ganar una 
onza de oro, cada uno, si los matáis. 

Pronto los vieron llegar como exhalaciones. 
— ¡Fuego! —gritó Alejandre, — y huir si no caen. 

Cayeron, pero fué sobre ellos, á tiro limpio, ma- 
tando á dos é hiriendo á cuatro; la mitad de aquél ejér- 
cito de asesinos. 

Heridos y sanos tiraron los arcabuces y se em- 
boscaron, corriendo cada uno por su lado. Era aquello 
la de «sálvese el que pueda. > 

Sigamos á Lorenzo. 

Este malvado tenía, como dijimos, estudiada la 
huida, y si bien cayó en tierra por la certera bala de 
Rogelio, se levantó con presteza, corriendo por entre 
los árboles que impedían el paso á un caballo. Veinte 
minutos continuó corriendo, llegando de aquella ma- 
nera al centro de un espeso bosque. Allí cayó rendi- 
do de fatiga y de debilidad, por la sangre que iba per- 
diendo. 

Buscó agua, cuando hubo cobrado aliento, y con 



LOS HÉROES DEL SIGLO X*II 



ella y un pañuelo empapado, cortó, al eabo de algún 
tiempo, la hemorragia. 

Pero sentía unos dolores intensos, comprendiendo 
desde luego, dos cosas, que le había quedado la bala 
dentro, y que perdía el ojo derecho. 

Su desesperación llegó al grado máximo. 
— ¡Maldición!— decía, — me ha herido el canalla que 
tiró á mi hermano sobre el pavimento, el peor de to- 
dos, ¡Voto al demonio, qué mala suerte tuve, y ellos 
qué acierto! ¿Será verdad que esos hombres son inven- 
cibles? ¡A qué distancia me tiró, y en qué poco estuvo 
que no metió su pelota en mi cráneo! ¡Más me valiera? 
¡Qué dolor, qué tormento! 

Y cayó cuan largo era. 

Así permaneció durante algunos minutos exhalan- 
do quejas, maldiciones y palabras en fin, propias do 
un réprobo. 

La cara se le había hinchado atrozmente y lóseme- 
les dolores qae sentía iban ja acompañados de una fie- 
bre ardiente y muy alta. 

S* rentó de nuevo en el suelo, exclamando: 
— No debo dejarme dominar por el dolor ni por la 
espantosa desgracia que me abruma. Tengo oro, mu- 
cho oro y con éste todo se consigne. ¡ Ay, que torpe es- 
tuve y qué acertados ellos! Pasaban como exhalacio- 
nes é iban tan bien armados, tan dispuestos... Sí, por 
cada gota de sangre que me han hecho verter, y he 
regado más de media legua de terreno, he de matar 
uno de ellos. He de estar matando de ellos mientras 
viva. Sus padres, sus hijos, si los tienen, sus deudos. 



590 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



sus amigos, sus criados, todos, todos... ¡Ay, qué dolor, 

que agonía! 

Volvió á quedar tendido y en aquella postura per- 
maneció una hora. 

Supo elegir sitio, pues de lo contrario dan con él 
los soldados y prácticos que mandó Gonzalo, pero se 
hallaba en el centro de un bosque que ni aun á dos pa- 
sos hubieram podido verle. 

Hizo por último un gran esfuerzo sobre sí, se puso 
de pie y comenzó á andar yendo de árbol en árbol para 
no caer. 

A cada diez minutos desoansaba una hora. 

Hubiera ganado con que lo descubrieran los solda- 
dos y Ros lo hubiera muerto. Su vida era ya una ago- 
nía insufrible. 

Se dirigía á casa de un ourandero que no vivía le- 
jos de donde estaba, una legua, y tardó en llegar cinco 
horas. 

Era la madrugada y tales golpes dió con una pie- 
dra á la puerta del curandero, que despertó á éste y le 
hizo abrir. * 

«—Curadme, — le dijo,— me han dado un pelotazo en 
la cara y ved como vengo. Os pagaré en el acto cuanto 
me pidáis. 

— ¡Qué horror,— exclamó el curandero, — como te- 
neis la cara! Entrad y tendeos sobre mi cama, yo os 
ayudaré. 

Luego lo reconoció, añadiendo: 

— Yo no puedo sacar la pelota que tenéis ahí. 

— ¡Por qué? 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



591 



— Perqué lo impide el hinchazón y me faltan instru- 
mentos. 

— ¿Qué podéis hacer? 
—Calmar los dolores y fijar un apósito. 
— Hacedlo lo antes posible. 
—Bien, continuad en mi lecho y esperad. 
Asi lo hizo. 

El curandero maohacó yerba y con su zumo hizo 
líquido que depositó en un Taso y una cataplasma que 
le aplicó luego al carrillo cubriéndola con un apósito. 
Después le dió á beber el zumo mezclado con agua. 

—Ya hice por vos todo lo que podía,— le dijo el im- 
provisado cirujano.— Ahora buscad un facaltativo que 
os estraiga la bala. 

— En efecto, — le contestó,— parece que mis dolores 
se mitigan algo. 

—Sí, y la fiebre calmará el ardor. 

— Tomad ese doblón por la cura. {Está bien? 

—¡Ya lo creo! 

—Y este otro para que no digáis á nadie quien soy 
si me habéis conocido ni qué camino llevo. 

—No os conozco ni os he de ver salir. Me vuelvo á 
acostar en cuanto os marchéis. 

—Ahora mismo. Hasta otra vista. 

— Id con Dios. 

Salió Alejandre y pude andar mejor, pero estaba 
tan débil que á cada cinco minutos sa detenía para co- 
brar aliento. 

D» ese modo llegó á una población que le era co- 
nocida, cuando empezaba á amanacer. Estaba situada 



592 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



en medio de inmensa arboleda, no era camino para 
ninguna parte y allí podía estar sin ser descubierto. 

Todavía no andaba nadie por las calles cuando en- 
tró en el pueblo. 

Llegó á casa de un facultativo que no lo conocía, 
llamó hasta que abrieron la puerta y encerrado con el 
doctor, le dijo: 

— Vengo herido y deseo me curéis, quedando en 
vuestra casa. Os daré un doblón diario por la asisten- 
cia; treinta por la cura y veinte porque á nadie digáis 
que estoy en vuestra morada. ¿Aceptáis? 

—Si, señor. ¡Sois rico por lo que veo! 

— Guando peligra la vida todo se da por ella. 

— Es verdad. Venid, os voy á llevar á una alcoba 
interior en la que hay una cama dispuesta y allí solo 
os veremos una negra que os servirá y yo. 

— ¿Qaiéa es esa negra! 

—Una indígena, que no sabe hablar ni apenas com- 
prender. 
— Muy bien, vamos. 

— Cinco minutos después Alejandre estaba acostado 
y el médico fué por una luz para reconocerlo detenida- 
mente, llevando á la vez instrumentos de cirugía. 

Media hora estuvo estudiándolo; al cabo de este 
tiempo, le dijo: 

— Habéis recibido una herida grave, pero no la con- 
sidero mortal. 

— ¡Me podéis extraer la pelota? 

—Sí, pero aún no es tiempo. Si tenéis confianza ab- 
soluta en mi, os curaré. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



593 



—No volveré á preguntaros nada. Haced lo que 
queráis de mí. 
— Ese es. 

Era un cirujano práctico que empezó á tratar con 
acierto á Lorenzo 7 'que debía curarlo. 
Veremos si lo consigue. 

Ese hombre funesto vino á la tierra con índole tan 
perversa que nada era bastante á desviarlo del mal ca- 
mino en que había entrado. Constante y fiero, debían 
las dificultades ensoberbecerlo más y más hasta pere- 
cer ó lograr el todo de su criminal intento. 

Nos ha de sorprender en lo sucesivo su terrible 
conducta. Juró veagarse y no podía faltar á su pala- 
bra. Lo dirigía Lucifer. 



TOMO I 



16 



CAPÍTULO XXXI 



La salad de un malvado — El diablo y su ahijado. — A Méjico 



El cirujano que asistía á Alejandre extrajo á éste 
la bala y el ojo. La fiebre fué calmando y al mes de 
estar en casa del facultativo pude dejar el lecho conva- 
leciente. 

Cuando Lorenzo se vió en el primer espejo después 
de su cura, se horrorizó. Si antes de ser herido era 
bastante feo, ahora, con un corcusido en la cara, tuer- 
to y demacrado estaba realmente horroroso. 

¡ Ah, cuánta hiél depositaba aquella enfermedad en 
la economía de Alejandre! Con índole perversa, con 
intención dañina y con sufrimientos crueles, aquel des- 
dichado debía necesariamente ser funesto para aquellos 
hombres contra quien dirigiese su venganza. 

Al segundo día de haber dejado el lecho, dijo al ci- 
rujano: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Me siento bien y con vuestro permiso quisiera 
salir esta tarde al campo. 
— No os lo permitirá. 
—¿Per qué! 

— Porque no quiero que nos encierren á los dos en 
un calabozo. 
— ¿A. los dos? 
-Sí. 

— ¿Qué hemos hecho? 

—En cuanto á vos, vuestra conciencia os lo dirá. 
Yo, he cometido la gran falta de haDeros ocultado en 
mi casa. 

— ¿Vinieron á prenderme? 

—Dos veces han estado en el pueblo en busca vues- 
tra. 

—¿Alguna delación? 

—Felizmente no; es que os buscan por todas partes 
— ¿Qué hago entonces? 

—Permanecéis aquí hasta terminar vuestra conva- 
lecencia; después os salís de noche á huis lo más lejos 
posible de Cuba. 

— Lo haré así. 
Ocho díts después pagó al cirujano el importe del 
ajuste y á las nueve de la noche, cubiertos los ojos con 
gafas de color salió del pueblo, á pie y sin que nadie 
le acompañase. 

Fuera ja de la población y entre los árboles tiró á 
la izquierda, luego á la derecha y después de frente. 
Con esos rodeos se propuso hacer perder la pista al 
que hubiera pensado seguirle desde la población. 



696 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



Se sentía faerte y en cuatro horas anduvo las cinco 
leguas que distaba de la Habana. 

Conocía bien el terreno y pudo entrar en la ciudad 
sin que lo reconocieran. 

Llegó á nna calle estrecha y poco habitada, abrien- 
do la puerta de una casita que tenía sólo piso bajo. En 
ella encontró el corto ajuar que había encerrado allí 
antes de cometer el crimen que presenciamos. 

No dejó sirviente alguno y tenía alquilado aquel 
pequeño local, con nombre supuesto, para hallar en 
caso de apuro nn refugio donde esconderse; es decir, 
para nn caso como aquel en que se hallaba. 

Se había dejado crecer la barba y estaba tan desfl - 
gnrado que era punto menos que imposible recono- 
cerlo. 

Durmió aquella noche en su cama, pero sólo cuatro 
horas. A las cinco se levantó y salió á la calle, llegan- 
do hasta el muelle. Allí averiguó que el príncipe y loa 
que le seguían se marcharon hacía un mes, que nadie 
sabía donde fueron y que era inútil intentar averi- 
guarlo. 

Preguntó Alejandre la facha, luego se enteré del 
día en que se hixo á la vela el navio Invencible coin- 
cidían ambas fechas, supo que el barco se dirigió á 
Méjico, y no vaciló en creer que salieron en este buque 
sus enemigos. 

Desde aquel momento dispuso su marcha á Nueva 
España. 

Guatro días después, con nombre supuesto y una 
colección de trajes distintos pertenecientes á diferentes 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



597 



clases sociales, se embarcó en una pequeña galera que 
salla para Veracrz. 

Llevaba les documentos en regla para demostrar 
que era un negociante en ganado y el traje que le cu- 
bría adecuado á esa ocupación. 

Llegó con toda felicidad á Veraoruz, tíó anclado 
en el puerto el navio Invencible, sonriendo de un modo 
siniestro. 

Horas después se hallaba alojado en una casa mo- 
desta de pupilos. 

Sepamos ahora lo que había sido de nuestros amigos. 

Los dejamos á bordo del Invencible, donde fueron 
recibidos como ellos merecían. Su entrada en el barco 
fué saludada con burras vítores y aplausos. Su per- 
manencia en el navio era gratísima á cuantos navega- 
ban en él. 

A los ocho días anclaron en Veracru* y á los pocos 
minutos llegó Godínez. 

Nuestros amigos lo recicieron en la cámara de popa 
y conversaron con él sobre asuntos de Cuba. 
Después le preguntó Osorio: 
—¿Conoces ya á Méjico! 
— Poco prácticamente, mucho en teoría. 
— {Empleaste bien el tiempo que llevas aquí? 
—Sólo he dormido cuatro horas en cada veinti- 
cuatro. 

— jCon provecho? 

— Creo que sí. 

— ¿Cómo está Méjico? 

— ¿Ah, señor, esto se halla en peores condiciones 



598 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



que Cabal Allí bastó con arrojar íaera de la isla un 
ciento de hombres, aquí sobran muchos millares, ma- 
chos, y es lo peor que tanta gente no puede echarse de 
una nación. 

. — Hay otro medio más correcto, Gedínez. 
— No lo alcanzo, señor. 

— Se premia á los buenos y se obliga á los malos i 
que no lo sean. 

— {Por la fuerza de las armas? 
— No, por la íaerza del entendimiento. 
—¿También á los semisalvajes? 
— También. 

— ¿Cómo hacerse comprender de ellos? 
— Hablándoles en su idioma. 
—¿Quién sabe eso? 
— Por lo ménos Julio y yo. 

Tenéis razón; no me fijé bien en la persona con quien 
hablaba. 

— Síntesis de lo que ocurre en Méjico; dámela. 

— Con mucho gusto. Hay déspotas y tiranos por 
cientos, insubordinaciones, inmoralidad en los altos 
empleados, desvergüenza en los bajos y una corrup- 
ción completa. Esto entre los españoles. Respecto de loo 
indios, puedo aseguraros que continuamente se sublevan 
caciques con todos sus cacicazgos; se hacen la guerra 
entre sí y nos la hacen á nosotros. ¡Qaé prostitución, 
señor, qué costumbres tan deprabadas, qué desarrollo 
en las pasiones bastardas y qué multiplicación tan gran- 
de de delitos! 

—¿Y eso te admira? 



LOS HÉROES DEL S GLO XVII 



599 



— Macho, señor. A vas ¿no os sucede 1# mismo? 
—No. 

— Cuando lo veáis de cerca ya será otra cosa. 

— ¿Te parece á tí, que el rey, el príncipe de Italia y 
el duque del Imperio nos han mandado aquí á estudiar 
historia natural? Cuando nosotros hemos atravesado 
los mares y desafiando toda clase de peligros caemos 
sobre Nueva España, mucha necesidad tiene este país 
de justicia, mucha falta hace un brazo redentor. 

— Es verdad, don Flaviano, era ya indispensable un 
rayo asolador que limpiara este país de tanta maldad 
como lo aflige. 

— jY por qué un rayo asolador y no una Providen- 
cia que lo salve, lo proteja y lo eleve? 

— Antes de llegar á ese caso, tendréis que hacer de- 
rramar mucha sangre. 

— Godínez, si para llegar al bien no hay otro cami- 
no que el de la guerra, ó sea el del mal, al bien vamos 
y al bien llegaremos, si la muerte úo detieue nuestro 
paso. 

— Como vuestros padres. 

—Como ellos, que será una dicha imitarlos. Hábla- 
nos ahora de esa plaza que tenemos onfrente. Por ella 
hemos de empezar. 

— Veracruz es una plaza fuerte, la más importante 
de las exteriores de Nueva España. Es el punto de em- 
barque y desembarque para todo el comercio de Euro- 
pa, y para casi todo el de América. Es además, cabeza 
de un distrito importantísimo. Lo gobierna el maestre 
Rodrigues de Pantoja, hombre impetuoso, déspota y 



600 



LOS H ÉRCES DEL SIGLO XVII 



tan avariento de riquezas, que tiene abrumados á los 
indígenas con multiplicados tributos y exenciones ex- 
traordinarias. Por esta causa se sublevan de continuo 
los caciques, casi siempre está en guerra con ellos, y 
mata y atrepella sin compasión. Es la deshonra de Es- 
paña, la tiranía de los españoles, el azote de los meji- 
canos. 

— ¿Estás seguro de lo que dices? 
— Mi general, segurísimo. 
— ¿No hay aquí un virey? 

—Sí, señor, pero jamás viene por aquí, y es tan an- 
ciano, que no se cuida de otra cosa que de terminar 
sus días con la tranquilidad posible. 

—Creo que el maestre no habita en esa plaza. 

— En efe oto, como es tan rico, se hizo construir á 
legua y media de la costa, un castillo feudal, y en él 
habita rodeado de quinientos españoles y mil indios que 
le obedecen por la autoridad que tiene, y el terror que 
inspira. 

— ¿Qué fuerza queda entonces para la defensa de la 
plaza? 

—La puramente indispensable para hacer las guar- 
dias, pero en el caso de ser atacada, correría en su 
defensa; es valiente y osado. 

— Alguna cualidad buena había de tener. ¿Quién 
manda la plaza cuando no está en ella? 

—Den Raimundo Izquierdo. 

— No le conozco. 

— Es un noble, que sirvió con vuestros padres, y pi- 
dió venir aquí por disgustos de familia. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



601 



— Tolera con paciencia á ese maestre. 

— Tres reces ha pedido su retiro al virey, pero aquél 
lo juzga indispensable 7 no da curso á sus solicitudes. 

— ¿Qu¿ grado alcanzó en el ejército? 

— Fué nombrado en Francia por el señor príncipe de 
Italia capitán del segundo tercio 7 de capitán quedó. 

—Dame más noticias de él. 

— Es valiente, comedido, honrado 7 obedece al maes- 
tre con digusto. 

— ¿Por qué no se quejó al vire7? 

—Lo ha hecho 7arias veces. 

— Decidme ahora,— exclamó Julio: — ¿qué remedio 
halláis para los males que añijen á Méjico. 

— Destituir á todas las autoridades que no ocupen 
bien su puesto; batir 7 entrar en cintura á los caciques 
rebeldes, 7 poco á poco moralizar el país é implantar la 
justicia. Pero como se trata de un territorio tan vasto, 
se empleará mucho tiempo 7 correrá bastante sangre. 
¿Si viniérais acompañados de ocho ó diez tercios? 

—Para llenar nuestra misión á sangre 7 fuego. Casi 
todos los hombres pensáis lo mismo. ¿Qué fuerza lleva- 
ron nuestros padres al Perú? 

— Bastante más que nosotros, 7 eran además seis 
Invencibles , tres Za7a 7 la rebelión se concretaba á 
Lima. 

— Pues no hemos de hacer nosotros menos,— dijo 
Flaviano,— seamos más ó menos que nuestros padres. 
¿Es cierto, Mendoza? 

—Hemos de hacer más, hermano; ese majadero no 
sabe que tú representas un ejército, otro nuestro que- 

TOMO I 76 



602 



LOS HÉROES DEL SIGLO TVII 



rido Julio y y© ana máquina de destrucción, que movi- 
da p«r tí, será en tierra la ballena de los mares. 
—Ya le oyes, Godínez. 

— Hgga el cielo que vuestro gran talento, supla bien 
la falta de so dados que pronto echareis de menos. 

— Nos han de sobrar. Sepamos; ¿nos tienen casa dis- 
puesta? 

—Sí, señor. 

—¿Modesta? 

—Modestísima. 

— ¿Caballos? 

— Para todos. 

— En cuanto anochezca desembarcaremos y desde 
mañana daremos principio al cumplimiento de nuestra 
misión. 

— En ese caso me Dermitireis que me retire y al 
anochecer volveré para acompañaros. 

—Decid al capitán Fajardo que cuando concluya 
venga á hablar con nosotros. 

Se retiró el jefe de policía y una hora después se 
presentó el capitán, diciendo: 

— Mi general, estoy á vuestras órdenes. 

— Sentaos y oid. 

— Hablad, señor. 

—Quisiéramos mi hermano y yo nombraros comán- 
dente efectivo del navio Invencible y capitán al tenien- 
te Guzmán. 

— ¿Quién os lo impide, señor? 

— Los pocos años que lleváis de marino, es decir, 
la justicia. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



603 



—Es un i carveninnte, bien lo ve©. 

— Pero con servicias extraordinarios se puede su- 
plir esa falta. 

—Yo me hallo dispuesto á prestarlos. ¡Oh, seria 
una dicha para mí seguir á los hijos como mi maestro 
Roch siguió á los padres . 

— De eso se trata, Fajardo. 

— ¡Qué felicidad, señor! 

—Es que los hijos no son más cobardes que los 
padres. 

—Lo vi la noche del ciclón; sin ser marinos estuvis- 
teis más valientes que nosotros. 

—Dando estocadas nos sucede lo mismo. 
—Lo he dado por hecho. 

— ¿Os contó Roch que él se batió en la mar y peleó 
junto á mi padre en tierra? 

• — Yo lo creo; los buenos marinos son anfibios para 
defender su patria y su rey. 

—¿Y vos?... 

— Yo me batiré siempre que me lo mande mi gene- 
ral, en los mares, en todos los mares, y en la tierra, 
lo mismo en los llanos, que en los montes, en las calles 
y en la¿ plazas. 

— Nos vamos entendiendo, Fajardo. 

—No podía por menos, señor. 

— ¿Qué opináis del teniente Guzmán? 

—Respondo de él. 

— ¿Y los restantes oficiales? 

— Os obedecerán con entusiasmo. 

- — Hablemos de la tropa. 



604 



LOS HÉROES DEL SIGLO X*II 



— Mi general, todos saben que os deben la vida, 
aplaudieron el aoto de justicia llevado á cabo con Igle- 
sia, no ignoran lo que hicisteis los tres en Cuba y ya 
os ven como los ejércitos españoles veían á vuestros 
padres. 

— {Se batirán en tierra? 

—Gomo en la mar, hasta con heroísmo. 

—Grata noticia me dais, comandante. 

— Antes me Uamásteis capitán. 

— Voy variando de opinión. 

— A. vuestras órdenes, mi general. 

—Oíd, señor comandante; os mando en nombre del 
rey dejar anclado este navio en el puerto de Veracruz 
por tiempo indeterminado. 

— Muy bien, señor. 

— Dais á la tropa y marinería las espansiones de 
que carecieron en la Habana; pero á la vez que vayan 
instruyéidose diariamente para funcionar en tierra. 

—Empezarán desde mañana. 

— Os advierto que venimos á imponernos á todo eso 
vasto imperio y sólo contamos por ahora con la fuerza 
de este barco. 

— Como vuestros padres; el genio con poco tiene 
bastante. ¡Quá felioidad, señor, qué felicidad! ¡era mi 
sueño dorado imitar en lo posible á mi maestro Roch! 
Si el halló seis héroes yo tengo ya tres que valen por 
aquellos seis. 

— No tanto, comandante. 

— Perdonad, mi general, creo que me he quedado 
corto. 



LCS HÉROES DEL 8I6L0 XVII 



605 



—Ello dirá, Fajardo. 

— Dirá le que yo digo ya, señor. 

— Este pais es insano; dejareis aquí los marinos que 
estén ya aclimatados para el servioie del navio y los 
restantes todos saldrán de esta zona á la mayor bre- 
vedad. 

—Admirable. 

—Los que queden y los que partan, que estén bien 
alimentados y que cobren desde el comandante hasta 
el último grumete el doble que hasta aquí. Donde no 
lleguen las arcas reales alcanzan las nuestras. Los 
quiero contentos y satisfechos; la muerte al malvado, 
mis brazos al valiente y leal. 

— ¡Guando dije yo que los tres se sobrepondrían i 
los seis! Mi general, hoy se vuelven locos de alegría, 
como yo lo estoy, todos mis subordinados. 

—Más que les he de dar. y pienso darles mucho, 
les voy á pedir; que necesito la vida de todos y nada 
vale tanto como la vida. 

— Los tres dais la vuestra de balde y esas valen ma- 
cho más que lae nuestras. Se las dan.es á nuestra pa- 
tria, porque de ella son. 

— Es verdad. Desembarcaremos en cuanto regrese 
Gtdínez. 

—¿Y los equipajes, señor? 

— Mañana, lo más temprano posible. De todo ese 
está encargado Godínez. Guando abandonéis vosotros 
el ¿ano, de entre los aclimatados dejad un jefe leal y 
con carácter duro, lo más dure posible. Tendremos 
necesidad de encerrar en el buque muchos malvados. 



,606 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— No escapará ningún*. 

Todavía continuó Osorio dando instrucciones á Fa- 
jardo, secundarias ya y que no necesitamos saber. 

Al anochecer volvió Godínez. 

Todos los botes del navio los echaron al mar y 
nuestros amigos salieron sobre cubierta dispuestos á 
partir, hallando toda la tropa formada y la marinería 
en sus puestos, como si entre ellos estuviera una perso- 
na real. 

Al ver á nuestros amigos prorrumpieron en hurras 
y vítores hijos del entusiasmo y de la admiración. 

Viendo esto Flaviano les hizo seña para que calla- 
sen, y poniéndose en sitio en que todos pudieran oirle, 
dijo: 

—Soldados, marineros, hemos venido á salvar este 
país; pocos somos, pero fío en Dios que hemos de ser 
bastantes. La patria, el rey y la religión serán nues- 
tra bandera, la justicia nuestra norma, los españoles 
nuestros hermanos, los mejicanos nuestros amigos. 
¡Ay de los que rehusen nuestra fraternidad, nuestra 
amistad! por encima de ellos pasaremos gritando: ¡Viva 
España con honra, viva el rej ! 

— ¡Viva!— le contestaron;— ¡vivan nuestros gene- 
rales; burra y venga el combate cuando quiera. 

El entusiasmo de todos fué indecible; las voces que 
daban atronaban el espaoio y los vítores no cesaron has - 
ta que los botes desaparecieron entre las ondas del mar 
y la bruma de la noche. 

De este modo abandonaron nuestros amigos el na- 
vio Invencible, llegando á Veracruz. 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVII 



607 



Delante de todos Godínez, nadie les estorbó la en- 
trada ni les hizo pregunta alguna. 

Minutos después entraron los catoree en una casa 
grande, no del major aspecto, pero digna en su parte 
interior de reoibir á los ilustres huéspedes que acaba- 
ban de llegar. 

Godínez cumplía las órdenes de Osorio con exacti- 
tud matemátioa. 

A las ocho cenaron todos. Al concluir dijo Osorio 
á Godínez: 

—Di al capitán Izquierdo que le espero mañana á 
las ocho y que no Tenga después de esa hora. 
— ¿Quién le espera? 
— Et general Osorio. 
— ¿Nada más? 
—Eso sólo. 

— Creo que no faltará. Aun me queda que hacer 
algo más en la plaza. Si me lo permitís me retiro y 
hasta mañana. 

— Id con Dios. 

Poco después buscaron el lecho Osorio y Julio. 

Tenían la alcoba en un salón espacioso, alhajado 
á la americana, es decir, como da verano, pero con 
lujo. Enfrente estaba la de Rogelio. 

Cerca dormían los cuatro hermanos Ros, en otra 
alcoba grande, y Godínez en otra más pequeña. 

Los criados estaban en el piso bajo. 

No tardaron en quedarse dormidos á excepción del 
jefe de policía que se retiró después de media noche. 

El dueño de aquella vivienda era un habanero, su- 



608 



LOS HEROES DEL SIGLO XVII 



bordinado que fué de Godínez, pupilero después y 
siempre «hediente á les mandatos del polizonte. 

Dejémosles que destarasen esta noche, que pronto 
les faltará tiempo para dormir y hasta tierra en que 
pisar. 

La situación de Méjico en aquella época era la que 
Godínez había sintetizado. 

Les españoles que ce trasladaban á tan remotos 
países, ni pecaban de virtuosos ni de prudentes; pare ■ 
cían, con algunas exoepcienes, buscados ad-hoc para 
honrar poco á su país. 



CAPITULO XXXII 



El capitán don Raimundo Izquierdo. — Diálogo importante.— 
Los preparativos. 



A las ocho de la mañana del día siguiente se pro* 
sentaron á la puerta del salón el capitán Izquierdo y 
G-odínez. 

Ya estaban esperando al primero los tres herma- 
nos, vestidos con su traje modeste, si bien lucían la 
cruz de Santiago en sus pechos. 

Avanzaron, Godínez hizo la presentación del capi- 
tán y éste, después da una acentaada reverencia, echó 
un pass atrás asombrado y con sorpresa exclamé: 

— ¡Aquí los hijos de mis generales! ¡Desterrados co- 
mo yo! ¡Qaé sopresa tan grande! 
— ¿Nos conocéis, Izquierdo? 

—¿Cómo no? El señor príncipe de Italia me ascendió 
á capitán en los campos de batalla, le seguí luego á 
Madrid, hasta que un femaste acontecimiento de fami- 

TOMO I 77 



610 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



lia me obligó á pedir destine en la India, y el señor 
duque del Imperio me dió el nombramiento oon el car- 
go que todavía desempeño. Visité varias veces á vues- 
tros padres y en vuestro palacio os vi á los tres varias 
veces; disputando os ballábais la vez última con el ge- 
neral Roch. 

— También yo os recuerdo, capitán, pero entended 
que no venimos desterrados, venimos de incógnito y el 
rey ha prohibido que se nos descubra. ¿Por qué decís 
que estáis vos desterrado? 

— ¡ Ah, señor, con mi jefe inmediato no se puede 
servir al rey! 

— Eso ha concluido, Izquierdo. Venimós los tres á 
Méjico á moralizar, confundiendo á los malos y pre- 
miando á los buenos. ¿No oísteis referir el viaje de 
nuestros padres al Perú? 

—Más de una vez. 

—Pues parecido ha de ser el nuestro á Nueva Es- 
paña. 

—Dios os manda, señores. ¡Cuánto malo hay aquíl 
¿Traéis mucha fuerza? 

— La de todos los españoles que residen aquí; ¿son 
pocos? 

—¿Os obedecerán? 

— ¡Qué remedio tienen! 

— ¡Los hay tan malos! 

—¿Nos juzgáis incapaces de hacernos obedecer de 
todos? 

— Si os parecéis á vuestros padres.. . 

— Los años os han hecho muy desconfiado, ¿Creéis, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



611 



p«r ventara, que nuestros padres nos hubieran manda- 
do sin un solo soldado, si no hubieran oreido que nos 
habríamos de haoer obedecer de todos los españoles que 
aquí existen? 

—Es cierto, señor. 

— Decidnos, Izquierdo, ¿deseáis rotor á España? 

— Todo lo contrario; he pedido varias veces mi re- 
levo, pero no para regresar á mi patria; hay en ella 
una mujer, que he jurado no volver á ver en el resto 
de mi vida. Su solo recuerdo me atormenta. 

— Lo creo; oí decir á mi padre que vuestra esposa 
fué mala, matásteis á su amante en desafío, pero no 
ora el único... 

— P«r Dios, donFlaviano... 

—Si tanto os afecta no hallo inconveniente, en cam- 
biar de conversación. Sentaos y oidme con atencién 
que os importa mucho lo que os voy á decir. 

— Perdonadme, señor, si me vi obligado á interrum- 
piros. Ya estoy sentado y espero vuestras érdenes. 

— Empiezo manifestándoos, señor Izquierdo, que 
nuestra venida puede mejorar vuestra suerte, ó puede 
hacer vuestra desgracia. 

— Mayor desgracia aún de la que sufro? 

— Jazgadlo vos; puedo y lo haré si me dais moti- 
vo, mandaros á Madrid bajo partida de registro, como 
ya hemos hecho con el comandante del Invencible, con 
el gobernador de Cuba y con otros, y obligaros A que 
por un año viváis cerca, muy cerca de vuestra esposa. 

—Sería peor que mandarme á un patíbulo. 

— Pues ya lo sabéis; no me basta que seáis buen es- 



612 LOS HÉROES DEL SIOLO XVII 



pañol, buen funcionario pública, necesito que me ayu- 
déis, para que la unión de los buenos da al traste con 
la maldad de los perversos. Con que faltéis á la verdad 
ú os vea vacilar ante el cumplimiento de mis órdenes, 
que son las de su majestad, estáis andando para Madrid. 

—Decía el general Roch, vuestro maestro que érais 
un retrato de vuestro padre, pero hallo en vos y, per- 
donar la franqueza, algo que no tiene mi antiguo pro- 
tector el señor duque del Imperio. 

— ¿Qué suponéis, más fiereza, más intransigencia? 
pues sea; más fiero y más intransigente, os mandaré á 
Madrid. ¿Os parece que hemos venido aquí á perdonar 
y á transigir? ¿Empecé mi carrera de general en jefe 
de mar y tierra para andar con contemplaciones? 

— ¡General en jefe! 

— ¿No decís que me parezco á mi padre? Pues un 
afortunado ser que se parezca á aquél héroe merece 
empezar de eso modo, mísero capitán. Perdonadme si 
contra mi costumbre he estado algo inmodesto; era in- 
dispensable y no he podido prescindir. 

— Oí ciertamente á Roch vuestro maestro y á otras 
eminencias que podíais imitar al señor duque, pero... 
Julio le cortó con viveza, diciendo: 

—Pero el hijo, no obstante lo mucho, lo muchísimo 
que vale el héroe su padre, se sobrepone á éste en ta- 
lento, en virtud y hasta en heroísmo. Y tened en cuen- 
ta que estáis hablando con vuestro general en jefe, 
grande de España, heredero del duque del Imperio y 
con un príncipe de la sangre, que esa gerarquía traigo 
y todo el poder de mi primo don Felipe III. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



613 



Aturdido y confuso se puso en pie el capitán con- 
testando: 

— Perdóneme vuestra alteza y vuestra excelencia, 
señor don Flaviano, si mi edad, el haber servido á las 
órdenes de vuestros padres y mis desgracias. 

— Esas no nos importan, — volvió á interrumpirle 
Julio,— nos traen aquí la de tantos infelices como su- 
fren por culpa de villanos como el maestre Rodríguez 
de Pantoja y de tolerantes y consentidores como Iz- 
quierdo. 

— ¿Qué había de hacer, alteza? 

— Luego lo sabréis. Volveos á sentar, contestan- 
do categóricamente y con toda verdad á lo que es pre- 
gunte mi hermano. A la primera vacilación os mando 
sepultar, señor Izquierdo, en las bodegas del Inven- 
cible. 

— No habrá motivo, señores. Preguntad excelentí- 
limo señor. 

— No queremos tampoco tratamiento; queremos sólo 
oir la verdad y que nos obedezcáis como es vuestra 
obligación. 

—Dispuesto me hallo, señor. 

— ¿Qaé hace aquí el adelantado Pantoja? ¿Como ad- 
ministra, como representa al virey! 

— Se enriquece, no administra más que para él y de 
injusticia en injusticia hace correr arroyos de sangre 
humana, perturbando este distrito, cuyo mando tiene. 

—Eso es contestar. ¿Qué hace en estos momentos? 

— Señaló un nuevo tributo á los cinco cacicazgos de 
la parte oriental, se han negado á pagarlo por in- 



614 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



justo y porque les es impasible abonar cantidad tan 
crecida y se dispene á obligarles per la fuerza de las 
armas, según su costumbre. Debo advertiros, que se- 
gún parte que he recibido esta mañana, los cinco caci- 
ques han reunido más de veinte mil hombres y lo es- 
peran parapetados en la sierra para defenderse como 
leones. Es incalculable la sangre que va á correr. 

— No temáis, que no se verterá ninguna. Sabe él 
eso último? 

—No, señor, hoy pienso remitirle el parte. 

— No se lo mandéis. ¿Por qué causa vive á legua y 
media de esta poblaoión? 

— Veracruz es una población mal sana; se sufren en 
ella fiebres malignas, particularmente los europeos y 
ésta ha sido la causa de edificar un palacio en forma 
de castillo feudal entre árboles y aires puros y sanos. 

— ¿No viene á Veracruz? 

—Rara vez. Me hace ir allí. 

—¿Con qué dinero mandó construir ese edificio? 

—Con el de los infelices á quienes impone tributoe 
extraordinarios y con el de la nación. Todo le que tie- 
ne en fincas y en sus arcas es mal adquirido. Con su 
sueldo no tiene para el gasto diario por el trato expíen - 
dido y fastuoso que se da. 

— ¿Tiene familia? 

—No, señor; perdió á su esposa y á una hija que 
tenia; hizo luego venir de España un sobrino carnal 
para que lo heredase y viviera con él y á los seis me- 
ses lo abandonó y regresó á Europa por no poderlo 
aufrir. 



LOS HÉ&OES DBL SIGLO XV; I 



615 



—May bien, señor Izquierdo. Oid ahora la orden 
qne me veo en la necesidad de imponeros. No mandéis 
á Rodríguez de Pantoja comunicación alguna ni reca- 
do. Para vos ha dejado de ser adelantado. 

—Muy bien, señor. 

— Y desde hoy, sin levantar mano, os dedicáis á re- 
dactar una acusación justificada, en cuanto sea posible, 
de todos los hechos punibles que ha realizado en este 
distrito Pantoja. 

— Grave es el mandato, pero lo quiere el rey y no 
puedo negarme. 

— Ni vacilar, Izquierdo,— le dijo Julio. 

— Ni aun vacilo, señor. 

Todavía le hicieron algunas preguntas, retirándose 
luego previas algunas protestas de lealtad y eficacia. 
Quedaron solos los tres hermanos con Godínez. 
Julio exclamé: 

— Ese capitán es aragonés y me he visto en la ne- 
cesidad de aplicarle una dureza que no merece su hon - 
radez y lealtad. 

— Muy bien hecho, Julio,— le dijo Flaviano.— Es- 
tuviste oportuno. Con esos caracteres testarudos no se 
puede obrar de otra manera. 

— Ahora comprenderá lo que debió haber hecho para 
no aparecer solidario de Pantoja. 

—Temió, y ese es el mal de muohos valientes; se 
atreven á morir y les falta valor para el exacto cum- 
plimiento de su obligación. 

— Mucho nos va á dar que hacer ese terrible ade- 
lantado,— dijo Godínez como hablando consigo mismo. 



6i6 



LOa HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Otro ignorante,— exclamó Osori©.— Izquierda nos 
desconocía por completo, tú nos conoces á medias. 

— Tengo la más alta idea de vos, digno heredero del 
invicto duque del Imperio, pero es tan desconfiado y 
malo ese Pantoja. 

— ¿Qué diréis que voy á hacer con él? 

— ¿Quién es capaz de adivinarlo? 

—Mi hermano Julio, pero ves, ni en toda vuestra 
vida. 

—¿Tenéis la bondad de decírmele? 

— Sí, para que acabes, con mil santos, de conocer- 
nos, te diré que voy á prenderlo cuando se halle en 
medio de su ejército. 

—-Señor, eso sería más que temeridad un milagro. 
¿Cuánta faerza llevareis? 

—Un hombre sólo, mi hermano Rogelio. 

— Valiente ejército, dijo Godínez, — Os mata, señor; 
ese hombre no hace caso de nombramientos ni de re- 
presentaciones. 

—¿Tienes miedo? 

— ¿Qué mayor dicha para mí que morir á vuestro 
lado defendiendo vnestra vida? 

—Ni hemos de deanudar la espada. ¿Qué dices, 
Julio? 

—Que lo harás, si tú te propones. ¿Qué parte me 
reservas? 

—A tí te tocó el gobernador de Cuba y en verdad 
que lo hiciste á maravilla. Este me teca á mí. 
— Tú me ayudaste contra aquél en su día. 
—También tú me ayudarás en lo de Pantoja. 



LOS HÉROES DEL SIALO XVII 



—Ganará yo mi grado de maestre, hermano?— le 
preguntó Mendoza. 
—No, en otra ocasión. 
— Que no tarde, hombre. 

— Por desgracia llegará más pronto de lo que fuera 
de desear. Godínez, necesito saber qué día sale en son 
de guerra el adelantado; en qué sitio acampa frente al 
enemigo; el paraje en que se hallan situados los indios; 
la fuerza de que disponen, y la historia de los cinco 
caciques que manda esa fuerza contraria. Quiera ade- 
más saber quiénes son los jefes españoles que lleva 
Pantoja, sus nombres y cuanto se pueda averiguar de 
ellos. Desde hoy te dedicas á las indagaciones nece- 
sarias. 

—Muy bien, señor. 

— Todos los días me das cuenta de lo que descubras. 
— Trabajaré por el día y al cenar con vos os dará 
cuenta de todo. 
—Muy bien. 

— Señtres, hasta la noche. 
—Di, Godínez, {montas bien? 
—Corrí al lado de vuestro padre siempre detrás del 
enemigo, jamás delante, y lo alcanzábamos. 
—Hasta la noche. 

Minutos después montaba á caballo Godínez para 
desaparecer de Veracruz como una exhalación. 

Llegó la noche y el jefe de policía no regresaba. 
Nuestros amigos no habían querido salir durante 
el día. 

A las nueve de la noche preguntaba Rogelio: 

TOMO I 78 



618 



LOS Há&OEfl BEL BiGLO XVII 



— ¿Cenamos, hermanos? Yo estoy abarrido. 

— Ten paciencia, hermano,— le dijo Osorio, — que 
ya verás cosas nuevas. Descansa, porque has de ren- 
dirte. 

—Yo no estoy cansado y me hastía esta vida. 
—Haz lo que Julio y yo. 
— ¿Estudiar? 
-Sí. 

—Ya he leido y aprendido más que Séneca. 
Julio y Oaorio se echaron á reir. El primero le 

dijo: 

— ¡Qué feliz eres, hermano! Tú sabes más que Sé- 
neca y nosotros, con tanto leer y estudiar; nos juzga- 
mos ignorantes. 

— Porque no os hacéis justicia y yo sí. 

— Puede que consista en eso. 

—¿Pero no cenamos? 

— Ddbemos esperar á Gtodínez, Rogelio. 

—No me acordaba de él. Dame un libro, Fia- 
viano. 

— ¿Qué obra quieres? 

—La que deba aprender. Para mí todas son iguales 
porque todas me molestan cuando tengo apetito. 

— Toma, una novela que te distraiga: El Quijote de 
la Mancha. 

~ Baena elección; esta obra me gasta mucho. 
Leyendo unas veces y hablando otras permanecie- 
ran hasta las once de la noche en que impaciente y 
desasosegado Flaviano, tiró el libro en que estudiaba, 
exclamando: 



LOS HÉROIS DEL SIGLO XVII 



619 



— Esto es ja mucha tardar; á Godínez le ha ocu- 
rrido algo. 

—Temo lo mismo, hermano, — dijo Julio. 

—Su interés por servirnos lo habrá llevado más 
allá de la... No, llega un caballo; para; él debe ser. 

Minutos después entraba Godínez cubierto de polvo 
y tostado del sol que habia cogido. 

— ¡Con qué impaciencia me tenías, Godínez? — lo 
dijo Osorio. 

— ¡Ah, señor, anduve más de doce leguas y la ver- 
dad es que no me ha sucedido nada por milagro do 
Dios. 

—Me complace ese milagro. 
—Si lo tenéis á bien hablaremos cenando; sólo comí 
hoy frutas. 

— ¡La cena! — gritó Mendoza con voz campanuda. 
Se sentaron á la mesa, diciendo Osorio: 

—Habla, Godínez, que me tienes impaciente. 

—Os diré, señores,— contestó el de policía,— que á 
las nueve de la mañana monté á caballo, dirigiéndome 
á la cordillera oriental, que dista de aquí cinco leguas. 
Continué por la falda hasta llegar á los montes Traspal- 
meros, en los cuáles hay en efecto cerca de veinte mil 
indios, casi todos montañeses, levantando parapetos y 
fortificándose lo mejor que pueden y saben. Vacilaba 
entre meterme en medio de ellos, con peligro de que 
me extrangularan, ó concretarme á estndiar sus traba- 
jos á respetable distancia, cuando vi á lo lejos á un 
misionero que cruzaba por medio de ellos y se dirigía 
hacia Veracruz. Cuando los indios perdieron do vista 



620 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



ai fraile corrí en su busca, y lo halló en el bosque 
comiendo frutos y descansando cerca de un arroyo. 
Echó pie á tierra, dejó suelto á mi potro para que pas- 
tara, y cogiendo algunas frutas más, aumentó la fru- 
gal comida del religioso, dicióndole: 

— Padre, que Dios os guarde. Ahí vá mi ración, 
que junto con la vuestra; comamos. 

— ¿Sois pobre como yo?— me dijo. 

— No, pero tengo hambre, y por aqui no hay otros 
manjares. 

—¿Servís al adelantado? 

— No, sirvo al rey. Y vos, sois encargado de Pan- 
toja. 

— Jamás lo seró de ese hombre, caballero; es funes- 
to á Dios y á todos sus hijos. 
—Es verdad, padre. 

— ¡Cuánta sangre hizo derramar á sus hermanos, 
cuánta hará verter en breve! 

— Padre, deplorad el pasado, pero nada temáis so- 
bre el porvenir. Está ya en Nueva España la Provi- 
dencia que evitará los males del más allá. 

— ¿Quién es esa Providencia, hijo mío? 

— No puedo yo decirlo á nadie; me está prohibido; 
pero es verdad lo que os dije antes. 

— El Dios de los ejércitos temple la faria de esos 
hombres. 

—La templará; no lo dudéis. ¿Cuántos indios habrá 
entre esos montes? 

—Dicen ellos que veinte mil. 
— ¿Quiénes los mandan? 



LOS HEROES DBL SIGLO XVII 



62! 



— Ginoo caciques. 

— ¿Sabéis sus nombre»? 

Sí; Oaxacay, Tirase», Juárez, Loxa y Balaoo. 
—¿A quién han confiado el mando superior? 
— Al primero, que es un cacique guerrero, inteli- 
gente y muy superior á todos sus compañeros. 
— ¿Qué edad tiene? 

— Más de cincuenta años, y armoniza la prudencia 
con su natural bravura. 
— ¿Construyen parapetos? 
—Moches y bien dirigidos. 

— ¿Qué armas usan? 

— De todas. La mayoría con flechas; pero tienen ar- 
cabuces, picas, espadas y hasta un cañón. 

— ¿Piensan bajar al llano? 

— No, temen mucho á la caballería y entre sus mon- 
tes no puede penetrar aquella. 
— ¿Qué se proponen? 

— Les han impuesto un tributo extraordinario é in- 
justo, no pueden ni quieren pagarlo, y comprendiendo 
que el adelantado iría á cobrarlo al frente de mucha 
tropa se disponen á rechazar la fuerza con la fuerza. 

— ¡Otra sublevación por causa de una injusticia. 

— Casi todas son así. 

—¿Tienen con ellos á sus mujeres! 

— No; estas les llevan por la mañana el alimento del 
día y se retiran á las poblaciones que tienen en el inte- 
rior de los montes. 

— ¿Cren triunfar? 

-Sí. 



622 



LOS HÉROES DEL S OLO XVII 



— j Y tos, padre, qué opináis? 

—Que csrrerá mucha sangre, y los hijos de Dios pe- 
recerán de nna y otra parte. 

Lo demás que hablamos no os interesa. Me despedi 
del misionero, monté á caballo de nuevo y corrí hacia 
el castillo de Pantoja. Llegué ya de noche; había per- 
dido oerca de dos horas con el religioso; llevaba más de 
diez leguas andadas y mi caballo no podía ya correr. En 
el castillo tengo amigos; logré dieran un pienso á mi po- 
tro, y supe que el adelantado sale para el monte pasa- 
do mañana; acampará frente á los indios, y después 
de reconocer sus posiciones y fuerzas, dispondrá el 
ataque. Jefes españoles que sirven á sus órdenes: 
los capitanes Muro, Suárez, Almeida, Zamora y Pela- 
yo. Estáis servido, mi general. 

—Gracias, Godínez,— le dijo Osorio. — Estáis pres- 
tando á la patria y al rey servicios importantes y en 
su dia recibiréis la recompenra á que os estáis haciendo 
acreedor. 

—Si no quedamos hechos pedazos en el campo do ba- 
talla 6 somos asesinados por mano alevosa. 

—Si eso sucede, todo nos sobrará en si mondo, Ge- 

dínez. 

— Lo cual me tiene á mí tranquilo. 
— Veo que cenas con apetito. 
— Y yo,— exclamó Rogelio. 
— Creí que te ahogabas hermano, — le dijo Sil ra. 
Osorio continuó: 
— Dime, Godínez, ¿el capitán Almeida, lo es don 
Francisco, de la familia de los Olmos? 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



623 



—Sí, señor. 

— ¡Cómo está aquí cuando yo lo hacía en Lisboa! 

— Tavo un duelo con un caballero principal, lo hirió 
y para bien librar fué condenado á continuar sus ser- 
vicios aquí. 

—Es valiente y entendido. 

— Es acaso lo único bueno que tiene el adelantado 
cerca de él. 

—¿Cómo se aviene á servir á las órdenes de Pan- 
toja? 

—Cumple una condena, señtr, y nada puede pedir. 
— Basta por esta noohe; mañana continuaremos. No 
sales de casa hasta que volvamos á hablar, G¿dínez. 
Terminada la cena todos se faeron á descansar. 



CAPÍTULO XXXIII 



Tres Indios falsificados y uno verdadero.— Los montes Traspal- 
meros.— Un cacique como hay pocos. 



A las ocho de la mañana siguiente decía 0*©rio A 

Gedínez: 

—Basca un indio leal que te sirva de criado. 

— ¿Para qüó, señor? 

— Que sea listo, conozca bien los montes Traspala 
meros y hable con perfección su idioma. 

— ¡Su idioma! ¿Para qué, señor? 

— Que comprenda también el castellano. 

—¿Para qué, señor? 

— Para que te sirva. 

— ¿De criado? 

—Sí. 

— ¡De criado! 

— Qne se tanga bien á caballo. 
—Cada vez lo entiendo menes. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



623 



— ¿Eres ta el listo, el inteligente? 
— Sí, señor, mucho, pero todo es relativo; compa- 
rado eon vos, soy tonto. 

— Busca ese hombre y vuelve con él. 
— ¿Qué mis, señor? 

—Que vaya un criado y diga á Fajardo que venga 
á almorzar con nosotros. 
— jQaó mis, señor? 

— Por hoy nada más, ayer trabajastes mucho, y ma- 
ñana trabajarás más, hoy descansa. 

—El día lo pasaron tranquilos sin que ocurriese 
nada que de contar sea. 

Osorio volvió nuevamente á ensimismarse, contes- 
taba con monosílabos y todos dieron por hecho al verlo 
así, que estaba encima un grave acontecimiento; tan 
grave era que ni aún Julio se atrevía á interrumpir 
aquel sabio silencio. 

Guando Flaviano se halló frente á frente con Fa- 
jardo, al cual había hecho venir, le dijo: 

—¿Tenéis elegida la gente que ha de quedarse en el 
Invencible? 
— Sí, señor. 

—¿Están dispuestos los restantes á seguirnos? 
—Todos. 

—¿De qué fuerza dirponemos en tierra? 

—De cuatrocientos cincuenta hombres. 

— ¿Bastan cincuenta para el servicio del naví*? 

— Estando anclado si, señor. 

— ¿Todos aclimatados? 

—Todos. 



TOMO I 



79 



623 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Los tenéis preparados para entrar en campaña! 
—Muy poco falta. 
—¿Cuando acabareis? 
— Entre hoy y mañana. 

—Almorzad con nosotros, volved al navio y pasado 
mañtna al amanecer formáis en la plaza, dispuestos á 
seguirnos. 

No le dijo más. 

Poco después regresó Godínez, diciéndole: 
—Ahí está ese hombre. 
—¿Quién es ese hombre? 
— El indio. ¿Le hago pasar? 
-No. 

—¿Qué hago con él? 

— ¿Tiene todas las condiciones de que te hable? 
—Todas. 

—Que te sirva de criado y cuando sea necesario 
darle otra aplicación ya se le daré. 
Y la volvió la espalda. 

Godínez que ya le iba conociendo sonrió excla- 
mando: 

— Se prepara la tormenta, pronto estallará. Vale 
más sún que su padre, pero es ménos espansivo, mé- 
nos alegre. ¡También es fácil arrancarle una palabra 
cuando se pone así! 

Osorio pidió la comida á la doce y la cena á las 
ocho. 

Terminé el último acto á las nueve, y esperó ese 
momento para decir á Godínez: 

- Saldremos con el primer crepúsculo matutino, á 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



627 



caballo, tú, mi criado Reina y ta indio. Te vistes coa 
el traje que te dá mi sirviente. Hasta mañana. 

En su alcoba le esperaba el criado, le dió algunas 
órdenes, se dejó desnudar y se metió en cama. 

Lo mismo hizo Julio. 

Cuando el último estavo ac§st*d© dijo á Flaviano: 
— ¿Qaé preparas, hermano? 
Flaviano le contestó: 

—Un acontecimiento que invalide á Pantoja, sin 
verter sangre, hermano. 
— ¿C«mo encargó mi padre? 
— ¡Qaién de nosotros sería capaz de desobedecerle! 
—Es verdad. $Tú solo?... 

— No, hermano, jo empiezo, pero todos tomaremos 
parte, y muy particularmente mi elevado Julio, cuyo 
talento admire. 

-¡Tú! 

-Yo. 

— ¿Cuándo empiezo yo? 
— Pasado mañana. 
— ¿Expones tu vida mañana? 
—No lo creo y la prueba es que no me acompañas. 
—Tarda lo znénos pasible, porque he de estar impa 
cien te. 

— No lo creo. 
— ¿Por qué? 

—Porque ma csnooes, tú tienes confianza absoluta 
en mi, y cuando no vienes conmigo... 

—Flaviano, solo ibas cuaui© aquella fuuesta mu- 
jer... 



6*8 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



— ¿Quién, Magdalena? 
-Sí. 

— Con las traiciones no podemos contar ninguno de 
los dos. 

—Cierto, pero... 

-Duerme tranquilo, qne mañana cenaremos juntos 
como hoy. Hasta mi regreso, hermano. 

Julio le miró; tenía los ojos cerrados, y parecía 
entregarse al sueño. 

— ¡Qué cerebro tan hermoso! — exclamó. — Duer* 
me, hermano, del que discurre como tú, no es posible 
dudar. 

Y también cerró los «jes, entregándose á Morfeo. 

Al despuntar la aurora montaban á caballo, vesti- 
dos de indios Flaviano, Oodínez, el criado Reina y el 
indio. 

Minutes después salían de la ciudad. 

—Tú,— dijo Osen© al indio,— ves delante, y nos 
llevas lo más cerca posible del sitio en que hallemos al 
cacique Oaxacay, que se enouentra con su gente de ar- 
mas en los montes traspalmeros. Reina, tú vas detrás. 
Los cuatro al trote, cuando amanezca á esoape. Tengo 
mucha prisa, indio. 

— Bien, señor. 

Y rompieron al trote sin esperar más frases. 

Amaneció: el terreno no era malo, y salieron á es- 
cape hasta internarse en la espesura de un bosque, que 
les impedía ver otra cosa que árboles y el suelo que 
pisaban. 

Osorio no volvió á desplegar los labios. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



6¿9 



Iban más despacio, Godinez miraba á Flaviano, y 
se deeia: 

— ¡Qué hermoso va con ese traje de indio! Parece 
un ángel que viene á la tierra á derramar el bien. El 
bien 6 la muerte; lo que cuentan de él en Madrid, 
prueba que ese rostro tan perfecto y esa ñgura tan ele- 
gante y bella mata con más facilidad aun que su admi- 
rable padre. Es una dicha para mí acompañar á ese 
privilegiado sér. 

Entraban ahora en un paraje lleno de colinas, y 
subían y bajaban por ellos á escape. 

— ¡Cómo monta! — volvía á deoir Godinez, — va co- 
sido á la silla, y no he visto mano izquierda como la 
suya. ¡Vaya un jinete! ¡Pardiez, que el mozo no tiene 
alma! Están en rebelión veinte mil indios y se va 
á meter enmedio de ellos. ¡Y cómo se mete, seguido de 
un guía, del criado y por único acompañante de un je- 
fe de policía! Ardo en deseo de averiguar cómo vamos 
á salir de esta empresa, pues la juzgo superior á to- 
das las difíciles y espuestas del prlnoipe de Italia y 
del duque del Imperio. Aquellos vencían, pero iban 
rodeados de ejércitos; éste para dominar y vencer, va 
solo. [Pardiez, qué zanja ha saltado su potro! Aoaba 
de montar y ya conoce la resistencia y brío de su caba- 
llo como si lo hubiera experimentado un año. ¡Y me 
juzgo yo tan valiente y entendido!... Al lado de ese gi- 
gante todos somos pequeños. ¡En fin, le admira Julio 
de Silva, que vale tanto como valió su padre, el prín- 
cipe de Italia! 

Volvieron á entrar en otro bosque más espeso aún 



63) 



LOS HÉROES DEL SIGIO XVII 

» 



que el anterior. Ahora sólo podían caminar á un cas- 
tellano lento. 

— Acercaos, Godínez,— dijo Qsorio. — Tengo ya arre- 
glado todo mi plan; el paraje que atravesamos no nos 

permite ir de prisa, y podemos hablar, 

— Gracias á Dios que os dsis á luz, mi general; lo 
deseaba vivamente. 

—Esa es el mal de muchas personas, amigo mío; • 
pssizi el tiempo hablando, y cuando liega el acocteci- 
miento no están prevenidas y sucumben. 

—Es verdad; pero no comprendo yo cómo podéis 
prever lo que nos vaá ocurrir es medio de eses indios 
rebelados. Harán c©n nosotros lo que les dé la gana, 
porque supongo que nos vamos á elíss. 

«—Dalo per hecho; estaremos entre ellos. 

— Hoy nos descuartizan, señor. 

—No; todo lo contrario. 

— Per©¿ señor, si no los conooeis. 

— Ese eres tú, jo los conozco bien. 
—¿Cuándo habéis podido?... 

—No seas ignorante; la compañía de Jesús los cono- 
ce admirablemente; los conocer les misioneros; escri- 
tos están sus usos, costumbres, caracteres, cuanto han 
hecho y cuanto son capaces de hacer. 

— ¡Ah! Eso es otra cosa. 

—Vengo á evitar la guerra, — dijo Flaviano, — por 
eso no traigo soldados; si viniera á vencer, traería 
ejércitos. 

—Aun suponiendo, y es mucho suponer, que con- 
venciérais á estos indios, ¿quién convence á Pantoja? 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



631 



{Le vais á dar el dinero que necesita y quiere arran- 
car á esos indígenas? 

—No; ese adelantado no volverá á coger un cénti- 
mo; á ese le sucederá lo que al gobernador de Gnba; 
ptsible es que libre peor. 

—Lo último es más difícil que 1© primero, —dijo Go- 
dínez. — Cuentan horrores del carácter y hechos del 
adelantado. 

— Sí; por eso obra de la manera que lo hace, y por 
eso quedará destituido y castigado. 

— Veo, señor, que vuestro padre todo lo conseguía 
guerreando, y vos. 

— Aquellos eran ©tros tiempos; ahora se vence do 
otra manera. 

—Con el talento. 

—Con ese, con la previsión, con muchas otras co- 
sas, y en último caso , en el desesperado , con la 
guerra. 

— ¿Por qué tenéis tanta prisa en llegar, señor? 

— Porque aun cuando empieza ahora la primavera, 
abrasa ja el sol de este país, y me molestan sus rayos. 
Par aquí ya se puede correr. A escape. 

Y volvieron á volar por entre árboles; pero claros, 
y aunque el terreno era accidentado, no iban mal á 
aquel paso. 

Ya comprenderán nuestros lectores que no camina- 
ban por arrecife alguno, sico á campo traviesa, dando 
no obstante algunos rédeos impuestes por mayores es- 
pesuras de las que dejaran atrás. 

Distaban cinc© legcias de l«s montes trsspalmeres, 



632 



LOS HÉROES DEL SIGLO XT1I 



y á las tres horas vieron aquellos un enjambre inmensa 
de indi «s trabajando en la superficie. 

— - ¡Alt o!— exclamó Osorioalllegarcercadel monte. — 
Indio, cumple mi encargo, si te preguntan quiénes somos 
y tienes neceiidad de decirlo, contestas que otro caci- 
qae desea hablar al jefe Oaxacay. Ni una palabra más. 

Y continuaren corriendo hasta llegar al pico del 
monte. 

El indio echó pie á tierra, y salió por entre breñas, 
volviendo acompañado de otro indio. Nada habló, pero 
hizo señal á Flaviano para que los siguieran, y cogien- 
do su caballo del diestro, echó delante al lado de su 
compañero. 

De ese modo continuaron por la falda del monte, 
viendo á lis indios formar parapetos, otros abrían un 
camino estrecho entre los montes y á varios que diri- 
gían las obras. 

Gomo Oiori© y les que le seguían iban vestidos de 
indios apenas si reparaban en ellos lo que estaban en 
el monte. 

Andarían por la falda un cuarto de legua cuando 
se detuvieron los dos indios, señalando á Flaviano una 
casita de juncos y palma hecha en la altura. Compren- 
dió nuestro joven que aquella era la tienda de campa • 
ña del cacique que deseaba ver y acercándose á los dos 
indios, le dijo al que llevó él en su idioma: 
—¿Está ahí Oaxacaj? 

— Sí,— le contestó el otro. 

— Toma mi caballo,— añadió, echando pie á tierra, 
—y te quedas oon el otro criado que hemos traído entre 



LOA HÉROES DEL SIGLO XVII 



633 



esos árbol, s. Desensillas, que pasten les potros, des- 
pués os mandará esmida y de ahí no os movéis. 
— Está bien, señor. 

Como Godínez no habia entendido una palabra de 
lo que Osorio hablaba, continuaba á caballo, pero una 
seña del joven general le indicó lo que debía hacer 7 
dió tu caballo al criado. 

Osorio dijo, siempre en indio, al que ahora los 
guiaba: 

— Llévanos á donde esté Oaxacay. 
Y Ocerio, Godínez y el indio traspalmerano treparon 
por el monte, cruzando riscos y despeñaderos, por entre 
indígenas que trabs jaban, hasta llegar á la puerta de la 
casa del oacique. Este se hallaba á la puerta de su impro - 
visada vivienda con otros indios, jefes también al pare- 
cer, mirando con recelo á los que habian visto subir. 

Llegaron los tres, Osorio hizo una reverencia que 
aquellos le devolvieron y preguntó en indio: 

— ¿Quién es el cacique Oaxacay? 

— Yo, — le contestó el más viejo de los indios. 

— Deseo hablar contigo á solas. 

— ¿Quién eres? 

Flaviano lanzó una interjección india parecida á 
nuestro pardiez, añadiendo: 

— Yo no he tenido miedo al venir á verte, entre- 
garme á todos vosotros pasando por cerca del adelan- 
tado Pantoja. ¿Tienes tú miedo de quedarte solo con- 
migo? 

Picado el amor propio de Oaxacay, exclamó: 
— Djadme solo con estos dos; ouando conoluya os 

TOMO I SO 



634 L08 HÉROES DEL, SIGLO XVII 



avisaré. Vosotros, — añadió á nuestros amigos,— en- 
trad y sentaos. 

Flaviano ció una moneda de oro al guía que lleva - 

ren, diciéndole: 

—Vuelve donde estabas y guárdate esa moneda. 

El indi© le hizo una reverencia y desparedió por 
entre las breñas. 

Osori© se sentó en una silla de palma frente á 
Oaxacay y después de estudiar su fisonomía se dispuso 
á hablarle. 

Godínez se sentó en otro asiento igual al lado de 
Osorio. 

Era Oaxacay alto, fornido, representaba más de 
cincuenta años, tenía la barba larga y canosa y era 
casi venerable su fisonomía. 

Cerca de él, sentada en un taburete bajo y también 
de palma, se hallaba una india joven, con facciones 
perfectas, mirando con fijeza á Flaviano. También 
nuestro joven se fijó en ella, y notándolo el cacique, 
le dijo: 

—Si te estorba mi hija menor la haré retirar. 

— No,— le contestó Osorio, — la he mirado porque 
llamó mi atención su hermosura y la firmeza de carác- 
ter que revelan sus miradas y rostro. 

— No te has equivocado, me sigue á la guerra y á 
todas partes: es valiente y sus resoluciones inquebran- 
tables. ¡Oh, es tan cacique como yo! 

— Y muy bella. ¿Hablamos? 

— Hablemos. 

La india habia escuchado lo que de ella hablaban 



LOi HÉROES DEL SIGLO XVII 



635 



»u padre y Fia vían© sin demostrar impresión alguna de 
agrado ó desagrado; fija en Flaviano, no apartaba su 
mirada de nuestro joven. 

Güdínez se h&lkba en el limbo; ni comprendía 
nada de lo que hablaban, ni le era posible adivinar 1* 
que hacía allí, y men»s que todo podía descifrar el 
pensamiento de Osen©. Pér fin dijo ésts: 

—Antes de entrar en explicaciones que han de agra- 
darte, Oaxacay, de*eo conocerte bien: ¿Eres el jefe del 
cacicazgo más poderos© de esta oomarca? 

-Sí, 

— ¿Te han dad© tes compañeros, los cuatro restan- 
tes caciques, el mando en jtfo de tedo este ejército? 
-Sí. 

— Comprendéis la gran responsabilidad que pesa so- 
bre tí. 

— Sí, y la acepto gustoso. 

—Es una rebelión contra el poderoso monarca espa- 
ñol, al cual juraste obediencia. 

—Es verdad, pero y© no me he rebelado contra el 
rey; nos hemos sublevado todos contra el pago de un 
tributo que no podemos satisfacer por lo enorme y por 
lo injusto. 

—Muy bien; pero la guerra segará la vida de mi- 
llares de infelices que están baje tu amparo y protec- 
ción, y tu primer deber es el de velar p«r ellos, el de 
librarlos de perecer. 

—Ya lo hice; ofrecí al adelantado todo el dinero que 
teníamos y no lo quiso; le daba la mitad de la injusti- 
cia, pero ál la quiere entera; quiere que robemos para 



636 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



que él se regale, y eso no lo podemos hacer; preferí - 
mes la muerte. 

— ¿Tenéis pagado el tributo ordinario? 

— El que nos comprometimos á satisfacer siempre 
lo entregamos por adelantado. 

— ¿Eres cristiano? 

—A mucha honra; 70 7 todos los mits. 

— Muy bien, Oaxacay; como extranjero entre los 
tuyos me tocó preguntar primero; ahora te tooa á tf , y 
luego hablaremos de lo que más importa. 
El cacique meditó, dioiéndele luego: 

—¿Eres mejicano? 

—No, 

—¿Menos indio? 

— Menos. 
—¿De dónde eres? 
—Español. 
— ¿Jefe? 

—Y muy elevado. 
—¿Más que Pantoja? 
— Mucho más. 
— ¿Puedes con él? 
—Puedo. 

— ¿Cuándo has llegado á Méjico? 

— Hace cuatro días. 

— ¿Viste al adelantado? 

— No; ¡ay de él ol día que yo le vea! 

— ¿Por qué te vistes con mi traje? 

—Para poder llegar hasta tí sin dificultad alguna. 

— Pero esas ropas son mentira. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



637 



—No hay ley que me prehiba usar el traje que tenga 
por conveniente. Me gasta, tenia necesidad de él, pues 
es verdad este traje en mí; puesto que yo no niego á 
nadie qne soy español. 

—¿Bien discurres, castellano: dende aprendiste mi 
idioma! 

—¿En Madrid? 

— ¡Tad admirablemente! 

— Yo todo lo bago así. 

— ¿Qué eres en tu país? 

—El hijo de un poderoso. 

-¿Y aquí? 

—Un general. 

— ¿Tanto como el virej? 

—Más. 

— ¿Más aún! 

— Mucho más. 

—¿Dónde aprendió un general tan joven el arte de 
la guerra. 

—En el mismo sitio que tu idioma; en los libros. 
—¿Mandaría una batalla? 
— Y ciento. 

—¿Cómo encuentras la defensa de estos montes? 

— Mal, porque cogéis mucha extensión y quedan 
claros en las trincheras y parapetos por donde el ene- 
migo se puede meter; y estéril por la causa expuesta y 
porque sobra oon las árboles y el valor de vuestros 
montañeses. 

— Bien dicho, general. Hija, sírvenos tres tazas de 
leche. Es la primera vez que mi hija sirve á nadie, 



ése 



LOS HÉROES DEL SlQLO XV II 



faera de su padre, y ese líquido que nos ya á dar es 
con el que los de mi raza obsequian á sus amigos. 
— Le beberemos con gusto. 
La india al argó á Osori© una taza de leohe con 

azúcar. 

Todo el servicio era de madera labrada, 
Flaviano se puso en pie, preguntando á la joven: 

— ¿Cém© te llamas? 

— Luisa. 

Oserio bebié el vaso de leche, volviéndole á pre- 
guntar: 

—¿Es puñal lo que llevas al cinto! 
— Sí, soy el perro que sigue al cacique y este el col- 
millo con que lo defiendo. 
— Enséñamele. 
— Míralo. 

—De hierro y toscamente labrado. Con este arma 
no se puede herir bien. No es digno de la valerosa hija 
de un tan poderoso cacique. Luisa esto no sirve. 
Y Flaviano lo arrojó al mente con toda su fuerza. 

— ¿Qué has hecho?— Le preguntó la india sorpren- 
dida. 

— No te cuides de lo que he hecho, sino de lo que 
voy á hacer. Toma, ese tiene la vaina y el mango de 
oro y la hoja de un acero admirablemente templado. 
Para tí; con ese se hiere fácilmente y jamás se rompe. 

Flaviano se habia quitado su puñal y dado éste á 
Luisa. Esta lo examinó y dijo á su padre: 

— Es hermoso, padre mío. 

— Ya es tuyo, hija; ponió en lugar del otro y culpa 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



639 



es del general si tan cara te paga nna taza de leche. 

— Voy á añadir un beso en la frente; ¿me lo per- 
mites? 

La joven la aoercó y Osorio la besó, diciéndtle: 
—-Faltan dos tazas de leche. 
— Tres; yo tomaré otra á ta salud, generoso caba- 
llero. 

Y los tres apuraron igual ración á la que habia be- 
bido Osorio, sentándose de nuevo. 

El cacique dijo á Flaviano: 
— ¿Qué te propones al venir aquí? 
—Evitar la guerra. 
—¿Cómo? 

— ¿Tienes empeño en que la haya? 
— No, pero no puedo pagar. 

—Yo no vengo por dinero, Oaxacay, he desembar- 
cado para hacer justicia y dar en este país á cada uno 
lo sayo. 

— ¿Te obedecerá Pantoja? 

—Sí, contra su voluntad. 

— ¿Qaé vas á hacer con ól? 

—Saldrá de Nueva Eipaña para no volver jamás. 

— ¡Si tú pudieras hacer eso! 

—Yo nunca miento, cacique. 

—¿Traes ejército? 

— Oaxacay, hemos venido á Méjico un príncipe 
primo del rey de España, y yo. Desembarcamos hace 
cuatro días y el que en este país nos desobedezca mo- 
rirá. 

— ¿Te manda el príecípe á mi? 



b'40 



LOS HÉROES DEL SIGLO XV A 



— No, me mando yo, porque les dos mandamos lo 
mismo. 

—No te comprendo bien, pero te impenes á mí; me 
gasta oirte; yeo que sabes mandar, que eres un hom- 
bre superior á todos los españoles que conocí y te rue- 
go me digas lo que te propones, y quiera Dios que sea 
oierto lo que me figuro. 

— Lo será; acaso más de lo que tú supones. 

— Habla y que Dios te inspire. 
La india continuaba mirando á Osorio, pero no con 
desconfianza, más bien con admiración; también tenía 
el oacique fijos sus ojos en él, velados por una espe- 
ranza alhagadera, y Godínez continuaba en el limbo, 
y en verdad que su situación iba siendo cada vez más 
molesta. Vió sin asombro que nada les hacían los in- 
dios, que Osario dominaba ya al cacique, pero de nada 
se daba razón, porque nada entendía. 

— Mañana,— dijo Fia viano,— acampará á mil varas 
de aquí el adelantado. Después entraré yo en fu tien- 
da, saldrá él y será reemplazado por el príncipe. Das - 
de ese instante habéis dejado de pagar tributos extra- 
ordinarios; deponéis las armas; jurareis de nuevo obe- 
diencia al rey don Felipe III, regresando á vuestros 
hogares sin temor á que nadie os moleste ínterin per- 
manezcáis leales. 

—-¿Será asi, señor! 

—Así será, yo os lo juro. 

— ¿Qué debo haoer? 

— Te reuues con tus compañeros, examináis al in- 
dio que hemos traído de guia y convencidos de la ver- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



641 



dad da mis frases, relaetais un escrito dirigida al rey, 
en el cual le hagáis presente todas las injusticias que 
se han cometido con vosotras, sin olvidar una sola, y 
los fundados motivos que habéis tenido ahora y en 
otras ocasiones para rebelaras, no contra su autoridad, 
que respetáis, sino contra la tiranía y desenfreno de 
Pantoja. Luego redactáis otra en que le ofrecéis depo- 
ner las armas y ser sus súbditos más leales desde el 
momento que la autoridad de este distrito so atenga al 
cumplimiento extricto de las leyes. Me traes firmadas 
las dos por los cinco; y si alguno rehusa, por los cua- 
tro. Ya aquí con ellas comeremos contigo, mandas á 
nuestros criados alimento, cuando el calor lo permita 
partiremos y mañana se hará todo cuanto te he ofre - 
cido. 

—¿Será posible, señor? 
—Te lo he jurado, cacique. 

— ¡Qué dichoso seré si evitáis una guerra en que 
iban á perecer mis hijos y probablemente á sucumbir 
como en otras ocasiones! 

—En tu mano está, Oaxacay. 

— Tú no mientes; tú eres un hombre superior; un 
gran general, no me cabe duda. Voy á hacer lo que 
no hice jamás; voy á responder del cumplimiento de 
tu palabra ante mis desconfiados compañeros. 

—Harás bien. 

—Hija, ¿me sigues ó te quedas con el general? 
— Me quedo. 

— Es la primera vez que lo hace, señor. 
— Ni al padre ni á la hija le ha de pesar. 

TOMO II 81 



612 



LOS HÉROES DEL SIOLO XYI1 



Todavía cruzaron algaras frases Oaxacay y Fia- 
viano sobre el buen éxito del encargo qne llevaba el 
primero y con un afectuoso apretón de manos, excla- 
mé el indio: 

— ¡Qne Dios me ayude y proteja en la empresa 
de hoy! 

T salió Oaxacay dejando á su hija con Osorio y 
Godínez 

La imptsioión de Fia viano era ya absoluta. 



CAPÍTULO XXXIV 



Una India brava.— Los escritos. — La comida.— Tedo 
empieza bien. 



Después de marchar el cacique miró Flaviano 4 
Godínez y le di6 lástima el mal rato que estaba lie - 
▼and*. 

—¿Hablas español?— pregunté á Luisa nuestro jo* 
Ten compadecido del polizonte. 

— Sí, como tú. Gomo tú no, pero bien, ya lo ves. 

— Ta padre debe tardar mucho, Luisa, ¿no sientes 
miedo quedándote sola con nesotres dos? 

— Nunca tuve miedo á nada ni á nadie. Ahora 
menos. 

— ¿Por qué menos ahora? 

— Porque tengo ya, gracias á tu generosidad, el 
mejor puñal del mundo. Mira, puño y vaina de oro, 
que es el metal más fuerte, y esta hoja punzante y afi- 
lada que quitará la vida instantáneamente. 



644 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— jPero te atreverías á clavarla? 
—AI que ofendiera á mi padre ó á mi, si, sin va- 
cilar. 

— ¿Ha» clavado el otro alguna vez? 

— No, aquí todos me respetan y me temen. 

— ¿Eaióncas, cómo lo sabe*? 

— Porque lo siento en mí. Cuando hay algún peli- 
gro arde mi sangre y siento deseos de herir. ¿No sien- 
tes tú lo mismo? 

— No; yo quisiera que todos nos miráseiLOs como 
hermanos. 

—Pero eso no puede ser. 

—Ya lo veo y lo siento. 

—¿A. ningún hombre has muerto? 

—Por desgracia á varios. 

— jTe acometieron? 

-Sí. 

—{En España? 

—En Madrid. 

—¿Fué uno solo? 

— Jamás; fueron muchos. 

— ¿Y á todos les diste la muerte? 

—A todos. 

— ¡Qué valiente serás I 
—Tenía que vencer ó morir. 
— Bien hecho, que murieran ellos. ¿Quieres mucho 
á tu padre? 
—Gomo tú al tuyo. 
— ¿Qué es? 
—General. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



645 



— jSóle eso? 
— Y duque. 

— ¿Por qué no habla ese que te acompaña? 

—Primero porque no entiende tu idioma y ahora 
porque te oye á ti. 

— ¡No entiende mi idioma! Pues yo hablo el suyo; 
ya lo ves. 

— Toma la lección, Gedínez. 

— Lo he de aprender. 

— Di, Luisa, ¿qué instrumento es ese que hay col- 
gado allí? 

—Una lira mejicana. 
—¿La tocas? 
—Sí. 

—¿Cantas? 

—Todas las tardes al ponerse el sel me obliga mi 
padre á que cante la oración del anochecido. 
— No la conozco. 

— Es á la Virgen que despide el día. 
—¿Quieres cantarla? 

— A tí no puedo negarte nada, pero esa es una can- 
ción muy triste; cantaré una española. 

—¿También sabes una española? 

— No, muchas; mi maestro era de tu pais y aprendí 
ouantas sabia. 

— Quisiera que cantases una propia de estas monta- 
ñas; las españolas las conozco todsa. 

—Entonces la de la Aurora. 

— Sea la de la Aurora. 

La jóven cogió la lira; más que lira era un arpa 



•46 



L03 HÉROES DEL SI9L0 XVII 



pequeña, toscamente lábrada, pero de excelente made- 
ra hueca que hacía vibrar los sonidos y les daba faena 
y un timbre sonoro y agradable. 

La templó mal y to?6 sóio de oído y sin arte al- 
gún®. 

Daspuós, con voz de contralto, canté la canción 
de la Aurora, melancólica como aquellas montañas, 
terminando semigrosera como era la cantante. 

— ¿Qué te ha parecido? 

— Que tienes una hermosa vez sin educar. 

—Toma. 

—¿Para qué me das esta instrumento? 

— Para que ahora cantes tú. 

—¿Quién te ha dicho quo yo sé cantar? 

— Si no supieras, no conocerías, según has dicho 
todas las canciones españolas. Tienes que cantar como 
yo he cantado; si no cantas te devuelvo tu puñal me 
voy con mi padre y le digo que no eres bueno. 

— Cantaré, pero con una condición. 

— Dila. 

—•Que sólo ha de ser una estrofa. 
— Si no quieres más, sea una sola. 
Osorio cogió la gran lira y la templó bien. 
A los primeros preludios quedaron Godínez y Lui- 
sa como arrobados. 

Hizo varias escalas nuestro joven y luego sin es- 
forzar la voz entonó la estrofa. 

La india cruzó las manos al oírle, mirando al cie- 
lo. Godínez exclamó sin poderse contener: 
— ¡Hasta en eso aventaja á su padre! 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



647 



Flaviano había oantado á tres cuartos de voz, pe- 
ro terminó dando un dó de pecho que asombró á sus 
oyentes. 

Y dejando el arpa para no oir elogies, desapareció 
de la casa, diciendo al salir: 

— Godínez, habla con Luisa, mientras jo temo un 
poco de aire. 

—¿Quién es ese caballero, español? — preguntóla jo- 
ven absorta y sin darse cuenta de lo que acababa de 
oir. 

— ¿Quién es?— le dijo Godínez, —figuraos el hombre 
más valiente, el más caballero, el de más talento, el 
más hermoso del mundo y el que más vale de los 
nacidos y decid después: Flaviano vale mucho más 
que ese. 

— ¿Qué es, señor? 

—Es general, manda aquí tanto como el rey y vale 
más que todos los reyes del mundo. 
— ¡Qué afortunado es su padre! ¿Le quiere mucho? 
—El duque del Imperio lo adora. 
— ¡El duque del Imperio! Ese estuvo en el Perú. 
— ¿Qué sabes tú? 

— Pronto veréis si sé ó no. ¿Creéis por ventura que 
soy tonta? Entre estas montañas no hay tontos. Pronto 
os convencereis. 

Dió un salto y desapareció de la casa corriendo por 
el monte como un corzo. 

Godínez le llamó varias veces, pero no lo oyó 6 no 
quiso hacer caso. 

A la media hora regresó Flaviano deciéndole: 



648 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— ¿Dónde ha ido Luiia que la he visto correr por el 
monte como una cabra? 

— No 1© sé; hablábame* de ves, le ocurrió una idea 
y ha desaparecido de aqui sin decirme nada. 

— jSe habrá ofendido? 

—No, señor; cuando regrese lo veréis. Nos concre- 
tamos á elogiaros. 

—Si no es más que eso, me tranquilizo. 
—Es una india brava. 
—Con buen entendimiento, Gedfaez. 
—No me parece tonta. 

Todavía esperaron una hora que tardaron en regre - 
sar el padre y la hija, p€ro cada uno llegaba por su lado. 

El uno volvía del concejo de caciques y la otra de 
examinar la cernida de sus huéspedes y padre. 

Sentóse Oaxacay y con semblante risueño dijo á 
Osorio: 

— Debatía con mis compañeros, niDguno quería ac- 
ceder sin probar antes la suerte de las armas, cuando 
llegó mi hija y enterada de lo que ocurría, exclamó: 

—Sois torpes; sois insensatos, y esa desconfianza es 
va á perder. El caballero que está en mi cata es hijo 
del invencible duq^e del Imperio, de aquel héroe que 
estuvo en el Perú, según nos contaron é hizo c«n sus 
compañeros tantas heroicidades. Pues bien, este héroe 
que hoy tenemos aquí es aún más héroe que su padre, 
y si le disgustáis no deja con vida uno de nosotros. Mi 
padre, yo y todo el cacicazgo estamos ya de su parte, 
con que obedeced á mi padre ó preparaos á morir 
todos. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



649 



— ¿Vuestra hija ha dicho es©?— preguntó Flaviano 
admirad». 

—Si, yo,— contestó ella,— te elogiábamos, se le es- 
capó sin querer, estoy segura, á tu compañero que eras 
el hijo del duque y como yo sabía toda su historia la 
referí para coefundir á aquellos torpes. 

— ¿Qué dices? 

— Flaviano se llama, padre ocio, como su padre. 

— ¿Qué decís, noble y poderos» señor? 

— Que no puedo negar á mi padre; que soy el pri 
mogénito del duque del Imperio y que en el puñal que 
he regalado á tu hija está nuestro escudo de armas, la 
corona ducal y mis iniciales. 

—Aquí, aquí; vedlo padre, F. de O. Flaviano de 
Osario. 

Y lo besó, añadiendo: 

— No te separaré nunoa de mi cintura. Este puñal, 
padre mío, debe ser invencible como su dueño. 

—Os diré, señor,— dijo el cacique con gravedad, — 
que de los cinco, cuatro hemos firmado. 

— 4 Y el quinto? 

— Ese no quiere firmar; ese pretende hacer la 'gue- 
rra á los españoles: los odia y no hay medio de obli- 
garle por la razón á que deponga las armas y se 
someta* 

—¿Por qué causa obra de esa manera? 
—Señor, el cacique Balaco, que es al que me refie- 
ro, tiene su cacicazgo en la selva. Son guerreros todos 
los que le obedecen, fuertes y valientes hasta la teme- 
ridad. Casi siempre estuvieron en guerra cen los es- 



■ 



TOMO I 



82 



650 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



pañales 7 hasta con nosotros. Entre sus breñas no en- 
traren la religión ni las costa mbr os españolas, 7 por 
esta causa conservan na salvajismo ñero. 

—Es preciso que eso desaparezca 7 tú, auxiliado 
por mi, eres el llamado á civilizar á esos hombres. 

— ¿Cuándo, señor? 

— Después que haya terminado el acontecimiento 
que tendrá logar mañana, 7 no ha ja motivo ni pro- 
testo que justifique ni sostenga la sublevación. 

—Me parece bien. 

— Conor atémonos ahora al asunto de mañana. Yo 
no hago nada, O jxacay, que no esté justificado con 
pruebas irrecusables. Por lo mismo que mi poder es 
en Méjico tan grande como el del rey, tengo después 
que dar cuenta al monarca del buen ó mal uso que 
hice de los poderes que me dié. Me veo en la necesi- 
dad de destituir á Panttja, de colocar en su puesto á 
un hombre recto 7 justo, que so concrete al cumplí - 
miento de la ley 7 para el logro de este fin me es in- 
dispensable que hagas lo siguiente: Gomo cacique 7 
jefe de los cinco cacicazgos rebelados extiendes una 
proposición dirigida al adelantado, demostrando en 
ella lo injusto de la exacción que es pide á los cinco; 
la imposibilidad en que os halláis de satisfacerla 7 ta 
sentimiento al verte obligado á rechazar la fuerza con 
la fuerza antes que consentir en que vuestros hogares 
sean saqueados como otras veces. Declaras tu lealtad 
al rey, tu amor á la jsuticia 7 ofreces en nembre tuyo 
7 de tus compañeros nna sumisión completa si se os 
levanta ese nuevo impuesto 7 sólo se os exijo en ado- 



LOS HÉROES DEL SIOLO XTII 651 



lar te el tributo que es corresponde come súbdites del 
rey y leales servidores de España. Aquí tienes el be* 
rrador, si lo hallas conforme escríbelo de ta puño y le- 
tra, lo firmas y mañana será entregado por vosotros á 
Pantoja. No aceptará tu proposición, y como ella es 
justa, en el acto me daré á cenocery será encerrado en 
las prisiones del navio Invencible para no volver á pi- 
sar esta tierra. 

— Veamos ese eecritt, señor. 
Oaxacay leyó un borrador que le dió ©serie, di- 
ciendo al terminar: 

— Me gusta much©, creo conveniente ese paso y 
ahora mismo lo pongo en limpio. 

Así lo hizo devolviéndoselo firmado. 
Ya en peder da Flaviano cuanto necesitaba, se 
sentaron á la mesa los cuatro, siend servidos por dos 
iadies. 

La comida era mejicana, hecha con esmero, abundan - 
do en los postres varias frutas que le eran desconoci- 
das á Flaviano; frutas delicadas producidas ea aquellos 
valles y selvas. 

Desde el momento en que se sentaron á la mesa so- 
lo hablaron español. Osorio no quería martirizar más 
á Godínez. 

Después combinaren el plan del siguiete día, jura- 
ron ambos no faltar á nada de aquello á que cada cual 
se había comprometido, y terminado esto se despidió 
Flaviano del padre y de la hija 

—Señor, — le dijo Godínez,— quedan todavía dos ho- 
ras de mucho calor. 



«52 



L03 HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Ya lo sé y lo deploro,— le contestó el joven, — pa- 
ro tenemos un teroio más de camino que esta mañana 
7 necesitamos aprovechar la lnz del díe. 

Oaxaoay y su hija llegaron hasta donde se hallaban 
los caballos de Fia nano, y no se separaron de su lado 
hasta que lo vieron montado. 

Flaviano preguntó al indio qne llevaron: 

-—¿Comisteis bien? 

— Perfectamente, señor. 

— ¿Pastan n los caballos? 

* — Sí, señor. 

— ¿Buen pasto? 

—Excelente. 

— ¿Podrán resistir seis ó siete leguas? 
— Creo que sí. 

—Pues fíjate en mis frases. El adelantado salió al 
amanecer de su castillo, y debe eitar en algún bosque 
próximo á estos lugares, para avanzar mañana y for- 
mar su oampo frente á estos montes. Calcula el paraje 
donde habrá pasado las horas de calor, y llévame lo 
más cerca posible. ¿Podrás hacerlo? 

— Sí, señor. 

—^Podremos verlos sin que nos vean? 

—Creo que áí, per© es posible que antes de ponerse 
el stl continúen avanzando hasta llegar al sitio donde 
fijarán su campamento, que será allí enfrente. Es posi- 
ble que trabajen hoy algo en la formación de su campo. 

— No discurres mal, indio; puede que aciertes. 

— Me fundo, señor, en 1© que han hecho otras veces. 

— Pues guia por donde tú quieras. 



LOS HÉ&OES DEL SIGLO XVII 



653 



Y salieren al trote en la forma qne habían ido. 

Al despedirse por última vez Osoiio y Godínez del 
cacique y su hija, y volverles la espalda, se oyeron 
multitud de descargas en el monta y grandes voces. 

Eran los indios que despedían á nuestros amigos 
con salvas y vítores. 

La imposición de Flaviano entro todos aquellos ra- 
dios debía acabar por ser absoluta. 

Pronto lo hemos de ver. 



CAPITULO XXXV 



Las faenas del adelantado.— Bi capitán español Almeida.—Una 
carrera a mata caballo . —Regreso a Veraora*. 



Bajaban nuestros amigos per la falda de los montes 
traspalmeros, iban despacio por prohibirles lo agreste 
del terreno caminar de etr* manera, y pegando Godí - 
nez sn caballo al de Oacrio, le dijo: 

— Hoy habéis hablado bastante, señor. 

— Sí, era indispensable. 

-¿Y ahora? 

— Pregnnta lo que quieras. 
— jVais satisfe3ho? 

— Orei que me ibas á pregunsar otra cosa; juzgué 
que ibas á decirme: «{Cuándo me arcabucean?» 

— ¿Vos mandar eso; el hijo del duque del Imperio! 
Eso es imposible, señor. 

— Me has descubierto, has faltado á la ley y tienes 
pena de la vida. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



e55 



— [Quién se había de figurar que ana salvaje!... 

— ¡Salvaje! ¡Qué diaparate! ¡Una salvaje que habla 
des idioma», que canta mejor que muchas europeas, y 
que tiene más inteligencia que tú, y tanto valor co- 
mo yo! 

— Eso lo supe después. Os elogiábamos, yo no creí 
que entre esas breñas fuese conocido el nombre de vues- 
tro padre, y tanto me peí turbo al hablar del padre y 
del hijo, que cometí esa disculpable imprudencia. 

— La cual contribuyó, sin que tú pudieras com- 
prenderlo, á que mi cuestión con los caciques se resol- 
viera á medida de mi deseo. Pero es preoiso, Godínez, 
que no te entusiasmes nunca ni te perturbes jamás, si 
quieres continuar á mi lado. 

— Lo haré, señor. 

— Eres inteligible, enérgico, puedes prestar grandes 
servicios á tu patria y regresar á España rico y con 
una gran posición. 

—Sería el colmo de mi felicidad. 

— En tu mano está. 

—No volveré á cometer otra imprudencia: y puesto 
que la primera, lejas de hacer daño, sirvió para hacer 
bien, perdonádmela. 

—Ya lo está. 

— Gracias señor. No he entendido una palabra do 
lo que habéis hablado con el cacique. 

— ¿Qué culpa tengo yo de que seas ignorante y no 
entiendas un idioma fácil de aprende?? 

—Eso ya no tiene remedio. Veo con placer que re- 
gresáis muy satisfecho. 



656 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Sí, tenemos la mitad más fácil andada, falta el 
resto y en el legro de éste poieaaos perecer. 

— Si nos matan habremos perecido defendiendo la 
honra de nuestra patria. 

—Más aún, en defensa de la justicia ultrajada y de 
la razón pisoteada y escarnecida. 

— ¡Qué hemos da parecer, señor! El que lucha y 
renca á los ciclones, el que se apodera da Cuba con 
doscientos hombres que no dispararon un solo arcabuz 
y triunfa y domina con pasmosa facilidad y el que por 
último se mete solo, casi solo, enmedio do veinte mil 
indios en rebelién y los domina y sa imponed ellos, no 
ha nacido para sucumbir á manos de Pantoja. Señor, 
conozco toda la hutoria, grande, extensa, gloriosa de 
los seis Invencibles que todavía aplaude el mundo, pe- 
ro aquellos con ser tan grandes ni supieron dirigir na - 
víos ni luchar contra los ciclones, ni domesticar 
cafres... 

— Godínez, que son mis padres, que encima del prin- 
cipa de Italia y del duque del Imperio no puede [estar 
nadie. 

— iNo puede? vaya si puede... 
—Hablemos de otra cosa, ó no vuelves á oir mi voz 
esta tarde. 

—Por caridad, señor, quo estuve hoy mudo y sordo, 
peor que sordo. 
— Pues á otra cosa. 

— De qué manera tan extraña os miraba la india, 
señor. 

— Ta vas á suponer que se ha enamorado de mi. 



LOS HÉROES DEL 8IGLO XVII 



657 



— No lo supongo; lo doy por hecho. 

—Te equivocas; aquellcs ojo» gran les y brillantes 
como dos laceres se fijaban en mí con admiración, no 
de otra manera. E*toy seguro. 

— ¡Cómo serán tantas las que se habrán enamorado 
de vti! 

—No doy motivo á ninguna, ni á Alice sa lo di. 
—A esa última la amáis. 

—Estás en un error; yo no amo ahora más que á 
Dios, á mis padres y hermanos, á mi patria y al cum- 
plimiento de mi deber. Tengo para Alise un recuerdo 
grato, afdctaoso, pero nada más. El amor á la mujer 
perturba y yo necesito que mi cerebro está despejado, 
que no lo enturbie la nube más ligera. 

—Ella entre tanto m# rirá de am«r. 

—No, la sostiene una esperanza. Ella puede sufrir, 
ella puede amar, ella puede entregarse hasta al delirio, 
¿Tiene ella, por ventura que defender su patria! ¿Tiene 
que amparar la justicia contra tanto malvado como la 
pisotea? 

— ¡Qué ideas tan elevadas! ¿Nada sentisteis al es - 
tampar un beso en la frente de la bella india? 

— Nada; á lo sumo lo que se sieate al darlo en la 
peana de un santo. Luisa es una virgen y de creer yo 
que algo sentiría no la habría besado, porque hubiera 
sido una profanación. 

—Señor, en vuestro cerebro y en vuestro ctrazón 
hay una savia, un fluido tan puro y poderoso, que es 
desconocido para la totalidad de los restantes seres 
humanes, c$n rarísima excepción. 

TOMO I 83 



058 



tOS HEROES DEL SIOLO XVII 



— Julio tiene también eso que tú llamas savia ó 
fluido. 

— También su padre lo tuvo. 
— También. Corramos. 
Entraron en el llano, picaron á los potros y co- 
rrieron. 

Eran las cuatro y media de la tarde y el sol tropi- 
cal abrasaba aún; pero Flaviano ni aun se tomaba la 
molestia de secar el sudor que aún corría por su 
frente. 

A la media hora penetraron en un bosque espeso y 
quejaron al paso. 

Pasaron por cerca de un arroyo y Osorio pidió 
agua. 

El indio echó pie á tierra y trepó á un árbol, tiran- 
do al suelo varios cocos. 

Abrió uno, y dijo á Flaviano: 
—Bebed este líquido, señor, que es mejor que el 
agua. 

—Es verdad. 

Los cuatro bebieron coco y continuaron su ca- 
mino. 

Cinco minutes después el indio detuvo su caballo, 
eché pie á tierra, y ñjando el oído en eí suelo, os- 

sachó. 

Al levantarse vió á Osorio cerca de él, y le 

dijo: 

— Señor, el ejército del adelantado está cerca de aquí. 
He oído el relincho de los caballos. 

—No basta eso; es necesario más. T&, según vi an- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XTII 



m 



tes, trepas bien; sube á la cima de esa palmera, y ob- 
serva donde están acampados y el sitio por donde de- 
bemos pasar sin ser vistos por ellos. 

El indió le obedeció, bajando del árbol á I®s diez 
minutos. 

—Señor, le dijo;— las tropas del adelantado se hallan 
á la derecha, bastante cerca y entre los daros de este 
bosque. Creo que en este momento empiezan á levan- 
tar el campo. 

— La ocasión es excelente,— le contestó Osorio.— 
(Podrías tú llegar hasta ellos sin que te hicieran 
daño? 

— Nada más fácil; me conocen mis p&isanos y mu- 
chos españoles de los que están ahí. 

— Pues iremos los tres, y nos dejas emboscados, y de 
modo que no puedan vernos, lo más cerca posible de 
ellos. Sigue tú alelante, penetras en el campamento, 
buscas al capitán Álmeida, y le dijes sin que ninguno 
otro pueda oirta, que U siga para hablar cinco minutos 
oon un general español que acaba de llegar y tiene que 
comunicarle á él solo órdenes del rey. Si vacila, le di- 
ces que el general es un pariente allegado del duque 
del Imperio. Con eso bastará. 

Sin más explicaciones marcharon los cuatro hacia 
la derecha, yendo delante el indio: 

Poco después se detuvo el último, diciendo: 

— Estamos encima, señar, y de aquí no podéis 
pasar. 

— Está bien; parte, y no vuelvas sin el capitán Al- 
meida. 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



Marchó el indio 

Desde el sitie en que estaba Osorio oia las voee» 
del campamento, los relinchos y piafar de los caballos 
y el raido de las arma?; pero á nadie vaia, efecto de la 
espesura del bosque en el sitio en que 83 hallaba. 

El indio conocía peí fáltame ate el terreno por don- 
de los cuatro andaban. 

Así, y hasta sin expresar frase alguna permane- 
cieron los tres un cuarto de hora. Al oabo de este 
tiempo o jaron hablar, viendo aparecor al indio que iba 
delante de un capitán. Los dos venían á pie, pues el 
indio dió las riendas de su caballo al criado de Osorio 
y fué andando al campamento. 

Naeslro joven echó pie á tierra, y adelantándoselo 
que pudo dijo al indio: 

— Toma mi caballo, y esperad los tres un pico dis- 
tantes de aquí. 

Frente ya del capitán le preguntó: 
— 4N0 me conocéis? 

— {Esa voz?— le contestó el capitán; —pero no pue- 
de ser. 

— ¿Par qué no ha de poder ser? ¿Por qué no ha de 
estar en medio de estos bosques Flaviano de Os;rio? 

— ¡Con que sois vos! Pero ese traje, ese color. 

— El hijo, Almeiia, imita á su padre. 

— ¡Sois vos Fiavi»no, no me queda duda! Mas pa- 
rece un sueño. 

—Pues es la realidad. 

— ¿S¿3or, qué os trae á Méjico? 

— Ante todo debo deciros que tiene pena de la vida 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



MI 



oi que me descubra. Y ahora añadiré que estamos aquí 
Julio, Mendoza y yo por la misma causa que nuestros 
padres fueron al Perú. 

—Dios os manda, señor, esta es el país ds las infa- 
mias, de las tiradas, de la degradación. 

— ¿Por qué eatais vos en él? 

— ¿Lo ignoráis acaso? porque me obligan. ¡Si tos 
me protegieseis! 

— Para eso os be llamado. 

— Qae Dios 01 premie el bien que hagáis á este des- 
graciado. 

—¿Hace muches años que sois oapitán? 
— ¡A.h, señor, eso no me afecta! Mi ardiente deseo 
se costrae á regresar á mi patria. 
— ¿Las dos cosas, no? 
— ¿Podéis hacerlo? 
-Sí. 

— ¿Tenéis facultades? 

— Tantas como el principe de Italia y el duque del 
Imperio llevaron al Perú. 

—Pedidme cuanto queráis, señor, mi vida os per- 
tenece, pero llevadme á España. 

—Yo nada necesito de vos, Almeida, pero la patria 
necesita muoho. 

—Suya es mi existencia. 

— ¿Me obedeceréis en todo? 

— Sin vacilar. 

—¿Qué vais á hacer con Pantoja? 
— Vamos á cometer una nueva infamia con esos po- 
bres inlios. 



LOS HÉKOES DKL SIGLO XVII 



— Yo lo evitará, pero necesito que tos me ayudéis» 

— Cantad con mi oompañia, conmigo», coa todos lo» 
amigos que aquí tengo.., 

— ¿Para qué tanto? Oid lo primero que la patria ne- 
cesita de voz: Haced lo posible porque mañana den loo 
soldadcs de vuestra compañía la guardia al adelantado» 
Sobre las once llegará jo á la tienda de ese miserable 
con el capitán marqués de Aballa. Estad cerca, á dos 
varas y protejed lo que hagamos dentro nosotros. Des- 
pués llegará mi hermano JqIío con toda la dotación del 
navio invéncible y desde ese instante todos obedece - 
reis al primo y representante del rey y á su general 
en jefe que soy yo. 

—No puedo adivinar vuestro pensamiento, pero lo 
secundaré con tanto interés como si el mismo Feli- 
pe III me lo mandase. 

— Mañana lo veremos, señer Aimeida. 

—Mañana lo verá mi general en jefe. 

— Sey en Méjico, la espada de la justicia que ha do 
oortar todas las infamias, todas las injusticias, todas las 
maldades que deshonran á España, nuestra amada pa- 
tria. 

— Excelencia, este mismo capitán que os ha ofrecí - 
do hasta su vida, llegará en pcs de su general donde 
pueda llegar el mejor españtl. 

— Hasta mañana, Aimeida. 

— Llevo muchos años de sufrimiento en este país; 
permitidme como una gran recompensa estrechar por 
una sola vez la mano del héroe. 

—-Tomad, os la doy con mucho gusto. 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVII 



«-Gracias, gracias. Hasta mañana. 

Almeida desapareció, y montando de nuevo á ca- 
ballo Osario dijo al indio: 

—Hemos concluido por hoy; llévanos por donde se 
pueda correr. Quedan tres horas de luz, y no quiero 
llegar de noche á Veracruz. 

Y partieron, dando un pequeño rodeo para salir de 
aquella espesura, sin ser vistos del ejército. 

Luego picaron, saliendo como exhalaciones. 

Debajo de unos cuantos guayacanos, se acababa de 
hacer un convenio de gran trascendencia para Méjico, 
como veremos más adelante. 

Flaviano, apoyando los extremos superiores de sus 
piés en los estribos, el trasero en la silla y un poco 
inclinado hacia adelante corría como nna exhalación. 
Hábil jinete y con buena sangre la fiera que montaba, 
dejaban atrás las leguas en vertiginosa carrera. 

Godínez iba asombrado, mirando á Osorio; los otros 
dos se fijaban en él con sorpresa. 

Era 6 estaba demostrando aer el más fuerte de los 
cuatrow 

Antes de desaparecer el último crepúsculo vespertf- 
tino entraban los onatro caballos en el zaguán de la 
casa de Veracruz. Iban los animales cubiertos de espn - 
ma y de polvo, y tan rendidos que les faltaba poco 
para caer en tierra. 

Al tirarse del caballo Flaviano lo recibieron los 
brazos de Julio de Silva; que á la vez le decía : 
— -.¡Cómo vienes, hermano! 

Salieron abrazados. 



LOS HE&OES DEL 8 OLO XVII 



Ya en el salón, contestó Flavian© cea cierta indi- 
ferencia: 

— Sí, hemcs corrido algo. 
— ¿Habéis tenido que huir! 

—Eso nunca; corrimos tanto porque supuse que es- 
tarías con cuidado. 

—Gracias, hermano. Ante todo, — añadió Julio, — 
cambia de traje y refréscate; luego hablaremos. 

Así lo hizo, volviendo al salón donde Silva le espe 
raba. 

—Este preguntó á Flavian©: 
—¿Tuviste algún contratiempo? 
—Ninguno. 

— ¿Cuántas leguas habéis andado? 
—De doce á catorce. 

— ¿Sin carretera? 
—Claro es. 

-Refiéreme lo importante. 

— Casi en medio de les indios, me encerré con el 
cacique principal, hizo cuanto le mandé y conmigo 
vienen los escritos firmados. Después vi al capitán Al- 
meida, y queda á nuestra disposición para todo. Na- 
da más. 

— ¿Te parece poco? 

— Fué solo el acto que prepara el acontecimiento de 
mañana. 

-Que lo facilita; que hace posible lo que parecía lo 
contrario. 

— Porque lo hice yo; como si tú no fueras capaz de 
hacer más. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



666 



—Mas no; con hacer tanto me tendría por dichoso. 
Bien, hermano, acaso nos lea dable igualarnos á nues- 
tros padres. 

—Por lo menos, los imitaremos. 

— Vendrás cansado. 

— No mucho. ¡Qué país, Julio, qué encantos de na- 
turaleza! 

—¡Pero qué calor; cuanto habrás sufrido! 

— No; veo con placer que mi materia obedece admi- 
rablemente á cuanto le pida. 

— ¿Podré igualarme á tí, Flaviano? 

—Si, como nuestros padres. 
En este momento entró Rogelio, diciendo á 
Osorio. 

— Salí á caballo á recibirte, acompañado de Andrés 
Ros; pero á media legua de aquí os vi mes á mucha 
distancia cruzar como exhalaciones. ¡Vaya un modo de 
correr! 

—No íbamos de paseo, hermano. 
—Pero, hombre, si aquello era velar. 
— ¿Qué hiciste tú? 

— Correr detrás de vosotros; per© ya ves la delan- 
tera que habéis traída. 

— No hubieras tú podido seguirme. 

— Creo que sí; hoy no me interesaba; quería verte 
regresar lo antes posible; lo había logrado, y por eso, 
aunque corrí, no pude alcanzarte. ¿Nada malo te ha 
ocurrid©? 

— Nada. 

— Ya me lo figuraba yo, contigo no puede ni el 

TOMO I Si 



000 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



mismo demonio. Créelo, Flaviano; eres al único hom- 
bre que yo temo en el mnndo. 

— é \ mí? ¿Per qué me temes? 

— Parque tienes más talento que tu padre y más ha- 
bilidad y destreza que los seis Invencibles juntos. 

— Eso te lo figuras tú. 

— Eso me consta. 

—Hablemos de otra cosa, Rogelio, que ahora de- 
liras. 

— Buenos delirios están. Oye, ¡cenamos? el pasco y 
la carrera despertó mi apetito. 

—Oreo que jamás padece de insomnios, Rogelio, — 
le dijo Julio riendo. 

— Hombre, lo mismo era mi padre. 

—Es verdad; yo estaba entrado en años, y todavía 
trabajaban sus mandíbulas como ruedas de molino. 
Pero cenemos, que Flaviano no habrá comido hoy 
nada apetitoso. 

Poco después cenaban. 

Terminado aquel acto enteró Flaviano del todo 
de su plan á sus dos hermanos, dió varias órdenes 
explicó á cada uno lo que debía hacer al siguiente día 
y caando estuvo convencido de que ninguno podría 
faltar por torpeza ó por falta de comprensión se retiró 
con su hermano á descansar. 

Nuestros jóvenes iban á llevar á cabo un aconteci- 
miento digno de sus elevados ingenios; cuando el prín- 
cipe de Italia y el duque del Imperio tuvieran noticia 
de lo que hacían debían admirarlos. 



CAPÍTULO XXXVI 



Principian ¿os acontecimiento!.— Un pequeño ejército. — Delanto 
el genio, detrás otro genio y la fuerza.-— El campamento es- 
pañol. 



Al aparecer en los espacios el primer crepúsculo 
matutina, se sentaren sobre las camas Julio y Fiaría - 
no 7 comenzaron á vestirlos. 

Todos llevan este dia cota de malla con media ar- 
madora, á excepción del indígena y de Godínez que iban 
Testidea de indios. 

Mendoza lucía su banda roja de capitán. 

Loé úaicfls distintivos de Julio y Flaviaco eran dos 
ligeros cascos de plata con relieves de oro, si bien el 
primero, llevaba oculto con la coraza el ttisón. 

Media hora después todos montaron á caballo, di- 
rigiéndose á la plaza de Veracruz. 

En aquel momento llegaba el capitán Fajardo con 
toda la dotación del Invencible. Separados Julio, Oso- 
rio j el marino hablaron oinco minutos, partiendo acto 



958 



LOS HÉROES DEL S.GLO XVll 



continuo Flaviano, Mendcza, Gadínez y tres criados. 

En pos de ellos salieron Julio, Fajardo, los cuatro 
hermanos Ros, los tres criados restantes y toda la 
fuerza del Invencible, llevando la misma direoaión anos 
que otros. 

Sigamos á Flaviano y sus cincos acompañantes. 

Los seis se dirigieron hacia los montes traspálate- 
ranos. Rogelio iba que no cabía en la coraza. Era va- 
liente, ardía en de*eo de imitar á su padre, tenia pocos 
años, y la banda de capitán y la proximidad de un 
acontecimiento guerrero formaban su felicidad. 

Godínez miraba á Oaorio y éste ni iba triste ni 
alegre. 

Parecía dirigirse á una partida de caza. 

Rogelio sabia la mayor parte de lo que iba á ocu- 
rrir, pero Godínez todo lo ignoraba; por esta causa, no 
pudienio leer nada en el rostro de su joven general, le 
preguntó: 

— Señor, ¿tenéis la bondad de decirme si hoy os os- 
municais con los vivientes! 
— ¿Qué quieres saber? 
—Poca cosa. 
—Pregunta. 

— ¿No vienen con vosotros don Julio y la fuerza que 
ya le obedece! 

—Conviene que nosotros nos adelantemos. 

—¿Insistís en prender al adelantado entre vos y don 
Rogelio ó aquello fué una broma? 

—Yo no gasto bromas nunca, Gídínez. 

—Pues no lo entiendo, señor; porque nada más fa- 



LCS HÉROES DEL SIGLO XVII 



cil que sorprender á Pantoja con las fuerzas que tañe- 
rnos sin exponeros á que os mande arcabucear. 

— Era preciso para lograr esa sorpresa entrar en el 
campamento á sangre y faego y no qaiero que se vier- 
ta una sala gota. 

—¡Contáis, señor, canque Pantoja es capaz de man- 
daros arcabucear en el momento que le digáis quien 
sois y el poder de que disponéis? 

-Si. 

—¿Cantáis conque es capaz de hacer lo mismo con 
el hijo del Santo? 
-Sí. 

—Es capaz de arcabucearnos á todos y dar parte de 
que habéis perecido batiéndoos. 

—Todo eso es cierto, i\né más? 

—Si todo eso io habéis pasado en cuenta, nada ten- 
go que replicar, señor. 

— Todo y mucho más. 

— ¿Y vais solo, casi rolo á encerrares con el leén 
que se halla rodeado de fieras. 
— jNo lo ves? 

— Aun es tiempo, señsr; la vida de cualquiera de los 
tres hermanos suponen y válan más que las de todos 
los individuos que manda Fajardo. 

—Sigue aconsejándome, hombre; soy un muchacho 
y tú un hombre maduro. 

—Si me hicierais caso. 

— Ahora corramos ya que el terreno lo permite* 
Luego hablaremos. 

No pudieron correr mucho, otro bosque se lo im- 



670 



LOS KÉRCKS DEL SIGLO XVII 



pidió y Gadínea notando que el rostro de Osorio no 
demostraba espansión continuó en silencio. 

Rogelio miraba los árboles, las plantas, admiraba 
aquella naturaleza exhuberante y sonreía contemplan- 
do su banda de capitán. 

No parece que Osorio llevaba este día tanta prisa 
como el anterior; quería dar tiempo á la tropa que 
le seguía á pie para que solo distasen de él media 
legua. 

Llegó la hora de la salida del sol, pero no lo vie- 
ron. Espesas nubes empezaban á cubrir el espacio. 

Cinc© he ras caminaron, muy pocas veces á esca- 
pe, solo dos trezas cortos» algunos al trote y la mayor 
parte del tiempo al paso. 

Dieron un gran rodeo pera dejar á Godínez al pie 
de los montes Traspal meros, frente al campamento de 
Pantoja, retrocediendo para entrar en el campamento 
por el centro. Gadínez había recibido instrucciones 
claras y terminantes de lo que debía hacer. 

Los des hermanos y sus criados anduvieron lenta- 
mente y de esta manera fueron recorriendo las tiendas 
de campaña hasta llegar á la de Pantoja que examinó 
Osorio, viendo á la puerta al capitán Almeida. 

Allí echaron pie á tierra, dieron las bridas de sus 
potros á los sirvientes, y habió Flavh.no con el capitán I 
cinco minutos, en vez tan baja, que nadie pudo oirlo 
más que la persona á quien te dirigía. 

Almeida recibía en aquel momento las últimas ins - 
trucciones de Flaviano. Al terminar, levantó la lona do I 
la tienda, y desapareció en ella. 



LOS HÉROES DIL SIGLO XVII 



671 



Sallé á los diez minutos, dieiendo á Flaviano y á 
Mendoza. 

— Podéis entrar. 

Ambos penetraron, Almeida dejó caer la lona, que- 
dando solo los tres dentro de la tienda. 

Osorio 7 Rogelio estaban frios, serenos, casi indi- 
ferentes. 

Hallaron á Pantoja firmando un escrito, Acabó, y 
ve Móndese hacia nuestros jóvenes, les devolvió la re- 
verencia que aquellos le hicieron, y sentado como es- 
taba en una silla de las dos de campaña que habia en la 
tienda exclamó: 

—Dice Almeida que acabáis de llegar de España. 

—No ha faltado á la verdad, señor adelantado,— le 
contestó Oserio. 

—Añade, que traéis una misión importante para mi. 

— También es verdad. 

— ¿Cómo dejásteis nuestro país! 
— Bien. 

— jPensais visitar al vire}? 

— Sí, señor; por ese debíamos haber empezado, pero 
hallándoos al paso... 

— ¿Tanto urge, que os ha detenido mi estancia on el 
campamento? 

—Ignoro lo que nos detendrá el virey, y como la 
guerra no nos asusta, quisimos ganar tiempo. 

— Muy jóvenes sois para desempeñar embajada. 

—Al rey don Felipe III, le ha parecido 1© contrario 
señor maestre. 

— jAl rey! 



072 



LOS HÉROES BEL SIGLO XVII 



—Sí, señor. 

— $El rey os manda? 

—Su majestad el rey. 

—¿No fué el señor duque de Uoeda? 

—Su majestad el rey en persona. 

—Traeréis documentos que lo justifique. 

— Sin duda alguna. 

— ¿Es urgente el desempeño de vuestra misión? 

— Deseo abreviar, pero sin urgencia. 
En este instante cortó el diálogo la presencia de 
Almeida, que apareció diciendo: 

— Sanar maestre, usa embajada del enemigo desea 
entregaros un escrita, de parte de los caciques rebela- 
dos. Dice que es urgente. 

—Puesto que lo vuestro no lo es,— dijo Paatoja á 
Osorio , — me entenderé primero con ese embajador. 
Capitán; que entre el emisario indio. 

Un minuto después, entraba Gadínez con su traje 
de indio, su color apropiado, serano y con la actitu i 
tímida de un indígena que se hall a frente á un jefe su • 
perior. 

Después de hacer el adelantado una exajerada re- 
verencia, quedó esperando á que aquel le preguntase: 
Panttja le miró con desdén preguntándole: 
—¿Qué qsrieren los rebeldes? 
—Señor,— contestó Godínez, — los caciques os man- 
dan ese escrito. 

Era el último que firmó y dió á Osorio Oaxacay. 
— Aqui no hay caciques ni otra cosa que súbditoa 
mejicanos,— contestó con ira Pantoja, cogiendo el es* 

I 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



673 



orito 7 leyéndolo. Caandf» hubo concluido, añadió: 
— No acepto disculpas, do oigo razonas, es indispen- 
sable pagar el tributa impuesto 6 entro mañana á san- 
gre y fuego en yueitra comarca. 

—Señor, — replicó Gadiaez,— jme permitís dirigiros 
algunas frase*? 
—Habla. 

— Se h\ tratado de reunir esa suma, pero ha sido 
imposible; no la hay, 7 esta desgracia va á producir 
arreaos de sangre. El frente tenéis veinte mil hombres, 
que no dejarán pasar un soldado mientras tengan vida. 
Yo os ruego en nombre de la humanidad, desistáis por 
imposible de cobrar tributo que no debe pagarse por 
injusto, que no puede pagarse por no haber dinero su- 
ficiente. 

— Si no lo pagáis pasaré por encima de todos 7 no 
dejaré uno con vida hasta que lo cobre ú os sepulte á 
tolos en las simas de esas montañas. ¿Quiénes sois 
vosotros para califhar de isjusto el tributo que yo im- 
pongo? Siervos de España, os encierro en este dilema: 
ó pagáis ó perecéis par rabeldas. 

— Pero si no podemoi pagar,— ex damó Gadínez, — 
si no hay entre nosotros suficiente dinero, ¿de dónde 
lo sacamos! 

— R conoced de nuevo vuestros bolsillos 7 hallareis 
lo suficiente. 

— Lta hemos hecho 7 no lo encontramos. 
— La guerra os hará encontrarlo. 
— ¡Va á correr mucha sangre, señor! 
—Peor para vosotros. 

TOMO I 65 



674 



LOS HÉROES DEL SIGLO XYII 



— La humanidad sucumbirá por una suma que Tale 
bastante mecos que ella. 
— Pues dad la suma. 

— Los montes se cubrirán de cadáveres, la tierra se 
teñirá de sangre 7 el Dios de la justicia pedirá un día 
estrecha cuenta á los que n© han querido evitar la ca- 
tástrofe. 

— jTe mandan para que me predique»? 

— No, señor, para que os ruegue y os demaestre los 
males que vais á causar. 

«-Me voy cansando de oirte; jp&gais ó no? 

—Nos pedís un imposible, señor. 

—Pues disponeos á perecer. 

—Las esposa?, señor, os maldecirán, las madres pe • 
dirán á Dios os destruya como vos destruis sus casas, 
sus bienes y sus inocentes hijos, y en medio del fragor 
de las batallas, del incendio, del aniquilamiento y la 
muerte, el Dios de las misericordias se compadecerá 
de las víctimas y... 

— Basta, no quiero escucharos más. Toma, ahí va 
mi ultimátum, ó pagar 6 morir, no hay otro camino. 
Y que no vuelva á oir tu vez, porque regresarás entre 
los tuyos sin lengua. 

El adelantado alargó á Godínez el pliego que fir- 
maba cuando llegó O-sorio, y le despidió con un signo 
despreciativo. 

Godínez se guardó el escrito y sin expresar frase 
alguna ni hacer ademán de despedida desapareció de allí. 

£1 adelantado meditó un poco, diciendo luego á 
Flaviano y á Mendoza: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 675 



—Eses indígenas son tan fiaros come insolentes, 
pero mañana doblegarán la cerviz ante nuestro im- 
perio. 

—¿Es el tributo ordinario el que se niegan á pagar! 
—le preguntó Flaviane con intención. 

— No, es el extraordinario. 

—Pero ese no les obliga la ley á satisfacerlo. 

—No conocéis este país; á esos indigenas no se les 
gobierna con lejes, *ino con palos. 

— Si les enseñamos á ser ic justos, lo serán ellos á 
su vez y no habrá nunca p*z en este país. 

— Dalirios de un español que acaba de llegar de Nue - 
ya España. 

—Verdades de un caballero que se inspira en la jus- 
ticia y en la rectitud. 

— ¿Quién se atreve á hablarme de ese modo? 

—Vuestro general, vuestiojef3. 

— ¡Mi general, mi jefe! Insensato, queréis morir? 

—No, quiero obedecer á mi rey Felipe III y lo haré. 

— ¿Quién sois, miserable? 

—Ya os lo he dicho. 

—¿Pero como os llamáis? 

— Osorio. 

Este apellido paró por un momento al adelantado, 
miré fijamente á Flavi&ne, preguntándole. 

— ¿Sois pariente del duque del Imperio? 

— Si, pariente muy allegado. 

— ¡A.h, comprendo! Pertenecéis á usa familia de 
aventuraros que el vulgo llamó Invencibles y seguís la 
huella de aquellos farsantes. Hacéis mal, porque el rey 



676 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



ni su primer ministro gustan ya de esa clase de tam- 
bres. 

El insulto no podía ser más grosero y cruel. ES 
semblante d* Rogelio se puso lívido, per» le miró 
Osorio y haciendo un gran esfaerzo sobre si sa centa- 
vo. Por el contrario Fhviano, sin darse señales del 
más leve disgusto y con sargre fría pasmosa, preguntó 
al adelantado: 

—¿Oreéis que f aeron farsantes y aventureros el prin- 
cipe de Italia, el duque del Imperio, el marqués de 
Abolla, el duque de les Andes... 

—Los seis, sí. 

—¿No pasa por santa el primerof 

— Para el vulgo. 

— ¿Qué es para los demás? 

— Ua beato que pretende hacer un poco de bien 
en remuneración de tanto mal como extendió por el 
mundo. 

— ¡Un beato, aventurero y farsante, el vencedor 
de Malta, de Cambray, del Peiú, de Ñipóles, de tantas 
otras batallas, tío además da su majestad el rey! 

— Cuanta el beato acunas aventaras afortunadas 
para él, harto caras para el reino. Su parentesco es 
otra farsa ridílula. 

— Veo que estáis bien enterado, señor Pantoja, pero 
os advierto que os dip aates que era vuestro general 
vuestro j ifo y on ejutostiii insultan lo á mi padre, el 
duque del I npario á los héroes da España. 

— ¡Vuestro padre! ¿Qi4 tango yo que ver coa vues- 
tro padre? 



LOS KÉROEfí DEL SIGLO XVII 



677 



— j Y c«n el rev? 
— Con 606 sí. 
-—Leed ese escrito 

Flaviano le dió su nomtramiento de general en je- 
fe. Pantt ja lo lejé quedando per el pronto descolorido. 
Pero bien pronto £e repuso y mcLtado en cólera, lo 
dijo: 

— Esta es otra farsa, de las que habéis aprendido do 
vuestro padre. Falsas las firma* ; filio el sello... Con 
esto hago jo... 

Y faó á romper el nombramiento. Mss ligero Ojo- 
tío se lo arrebató de las msnos ccntestáudole: 

—Voy á enseñaros las farsas que de mi padre 
aprendí... 

— ¡Almeida! — gritó Partoja. 
Pero Almeiia no pareció. 
— ¡Ssldado*! — exclaocó. 
Tampcca le hicieron cas©. Flaviano continuó: 
—Parece que tenéis miedo al hijo y llamáis en 
vuestro auxilio. Creí que érais menos cobarde. 
— ¡Cobarde yo! 

—Ya lo veis; vuestro semthnto se halla pálido, 
tembláis... ¡Va ja un adelantado femenil que mandó el 
rey á esta tiem ! 

—Os voy á pulverizar ahora mismo... 

— Muy bien, pero con calma; ¿por qué no me imi- 
táis! Les hombres de cerszén jamás zos aturdimos, ni 
temblamos, ni aun teremes priea. Oidme primero y 
luego será... lo que pronto veréis. D¿cía que iba á en- 
señaros las farsas que aprendí de mi farsante padre, 



Q1S 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



del aventurero Oaorio. Per® cen calma, adelantad®, 
los Oierif n jamás nos precipitamos. 

Pantoja ¡adraba ahora á Flaviaro ctn asombro, 
ccn aturdimiento, con sorpreia. Aquella sangre fría, 
aquel predominio sobre sí, llegaba á él y 1® dominaba 
hasta el extremo de no tener acción para levantarse. 

Miró á Mendoza y 1® vió lívido, cen la saliba en 
les labits y el fuego en los ejes. Era el león qué 
aguardaba el más leve ademán de su jefa para caer 
sobre la víctima y despedazarla. 

Pantfja se hdlaba entre una fiera que anhelaba 
pulverizarlo y un ángel frío y sereno que oprimía o®n 
su diestra el destino de ks hombres. 

Almeida había hecho retirar el centinela que vigi- 
laba la tienda del adelantado, su compañía que 1® ama - 
ba esperaba sus órdenes, ccn los arcabuces cargados 
y los aceros dispuestos y por una abertura de la tienda 
veía 1® que allí pasaba, di?pue*t© á perecer por Oiorio. 

En estes momentos se decía: 
— ¡Qué hombre! ¡No vi jamás msyor predeminio! 
¡Él que tanto ama al hérce su padre, c®n qué indife- 
rencia oy® á ese bárbaro que lo insulta, lo calumnia y 
1® envilece. Eso es el gran homtre, ese; lo domina ya 
se ha impuesto á él y al marqués que brama de coraje 
y anhela devorar á ese villano. ¡Tiene razón, el hijo 
ha conseguido el imposible de sobreponerse á su padre! 
Es la mirma sangre mejorada; el mismo talento más 
profundo y elevado, el héroe entré los héroes. Por eso 
dicen que el principo de Italia lo ama tanto ó más que 
á su propio hijo. 




Mendoza sujetó por la garganta á Pantoja. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



619 



Por primera vez se fijaba Pantoja en h* relieve» 
de # ro del casco de plata de Flaviano; en la empuñadu- 
ra de su espada, en las espuelas del mismo metal y en 
la belleza de aquel joven que ya le asustaba ó imponía. 

Sin perder Flaviano nada de su calma, desesperan- 
te para Mendaz*, y de su sangre fría, mortificadora 
para el terrible león, reanudó sus frases, añadiendo 
lentamente: 

—En nombre del rey y en virtud de las facultades 
de que me hallo revestido, os destituyo, Pantoja; os 
quito todos vuestros empleos y consideraciones per la • 
drón, tirano y fementido; por hiber pisoteado las leyes 
y haber convertid? vuestro gtbierno en una dictadura 
despótica, avasalladora y cruel. 

—¡Miserable!— exclamó Pantoja, y foé á levantarse 
pata caer sobre Flaviano, pero un golpe en el hombro 
dado por Mendoza, lo desplomó cayendo nuevamente 
sobre la silla. 

— Obra,— Rogelio, — exclamó Flaviano. —Llegó el 
momento, pero no lo mates, te lo prohibo. 

Mendoza sujetó por la garganta á Pantoja deján- 
dole mudo y casi sin aliento. 

Siempre con su oalma habitual, se quitó Osorio 
una doble escarcela que llevaba, la abrió con cuidado y 
sacando de ella una mordaza de seda se la fijó al ade - 
lantado diciendo á Rogelio: 

—Déjalo y ven. 

Y rompiendo con su puñal un costado de la lona 
que formaba las paredes de la tienda, sacaron por allí 
la cabeza para respirar la atmósfera del campo. 



6E0 



LOS Hé&OES DEL SIOLO TVII 



Per la misma abertura arrojó Osori© la escaroela 
en que había ecultade la mordaza. El canto superior 
de ésta se hallaba empapado de un líquido igual al que 
dió á oler Magdalena á Flavian© la noche que le apre- 
tó. Dicho canto quedó pegado á la nariz de Pantoja y 
aspiraba aquel olor cnanto á Osorio convenía: 
A los cinco minutos dijo Fiamno: 
—Ya tiene bastante. 

Descorrió las lonas para que entrase mucho aire y 
no bastándole con esto, cogió un vaso lleno de agua 
que había sobre la mesa y lo vertió en la mordaza y 
rostro del adelantado. Este había caido al suelo y páli- 
do y descompuesto parecía un cadáver. 

Al verlo Mendoza preguntó á Flaiiano: 
—¿Le has muerto? 

— No; está narcotizado por seis horas lo menos. Lo 
cargué la mano. 

—Por Dios, hermano, regálamelo, para que le mar- 
tirice y sea yo el que le mate. 

-No. 

— Llamó á tu padre, al mío y al Santo, farsantes y 
aventureros; y á tí miserable. 
—No importa. 

— Qaiero en nombre de tu madre vengar á cu espo- 
so y á su hijo. 

—No y no. Si le matas dejará de sufrir; loco. 
—Tienes razón. 

—Tu padre aprendió al lado del mío. Y tfi jqué 
piensas? 

—Lo mismo, lo mismo. ¿Qaé hago, hermano? 



LOS HÉROES DEL g.OLO XVII 



681 



—Tiendes á ese hombre sobre el arzón de la silla de 
tu caballo; mentas, lo sujetas para que no caiga y lo 
llevas á un calabozo del Invencible. Ya encerrado, te 
vas con la escolta que te ha de seguir al castillo que 
fué de Panttja. Sin prisa, hermano, que hay tiempo 
de sobra. 

Osorio salió fuera de la tienda, diciendo al ca- 
pitán: 

— Almeida, primera señal. 

Este la hizo, dando en el acto un clarín tres sono- 
ros golpes de atención. 

Das minutos después se precipitaron en dirección 
de la tienda, ks cuatro hermanos Ros, otros tantos 
criados y dos jefes de marina, precedidos de Gtdicez y 
su criado indio; á ellos se mió el finiente de Mendo- 
za que le había acompañado al campamente. 

Rogelio obedeció á Flaviano y en estes momentos, 
á caballo y sujetando con la derecha el cuerpo inani- 
mado de Pantoja picó á su potro y salió á un trote lar- 
go delante de los cnce individúes que contaba su 
escolta. 

FJaviano desde la puerta de la tienda los vió 
partir y no se movió hasta que desaparecieron da su 
vista. 

—Almeida, — exclamó luego;— segunda señal. 
También la hizo el capitán, sonando en les clarines 
seis golpes de atención. 

Ambos quedaron á la puerta de la tienda. El capi- 
tán quería hablar con 0¿orio, pero no se ¿trena á 
preguntarle nada. Ahora lo miraba cen más asombro 

tomo I ¿6 



LOS HÉROBS DEL SIGLO XVII 



que nunca , con más respeto que á su propio padre el 
duque del Imperio. 

Poco después se oyeron los clarines y alambores 
de una fuerza que llegaba, y no tardaron en presentar- 
se por entre una arboleda los cuatrocientos cincuenta 
hombres del Invencible mandados por Julio de Silva 
qne llevaba á su izquierda al capitán Fajardo. 

Les que componían el campamento ignoraban todo 
lo que pasaba y al ver aparecer la fuerza del navio que- 
daron sorprendidos y confusos. 

Todos los jefes corrieron á la tienda del adelantado, 
pero antes de llegar eran detenidos por las vooes de 
vaiits centinelas de la compañía de Almeida que les 
decían: 

—Atrás, no se puede pasar. 

Vacilando estaban, cuando vieron llegar la fuerza 
de Silva gritando: 

—¡Viva el rey de España! ¡viva el principe! ¡viva 
nuestro general en jefe! 

Esas voces salían por encima del atronador ruido 
de los clarines y ¿tambores. 

Y aumentó la sorpresa de todos al ver llegar A Sil- 
va que lucía ya encima de su coraza de plata y oro el 
toisón. 

Un teniente del campamento, reconoció á Julio, y 

exclamó: 

—Señores: es el hijo del príncipe de Italia, el primo 
de su majestad. Ved, saleá recibirle Flaviano de Osorio 
hijo del duque del Imperio. Conozco á los dos muy 
bien. Se quieren como hermanos y jamás se separan. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI í 683 



Eo Madrid se dice que valen tanto como les padres. 

Estas ideas cerrkrcn por el campamento y todrs 
quedaron pendientes de algo extraño que esperaban y 
no podían prever. 

Las faerzas de Fajardo formaron, rodeando la tien- 
da con sn capitán y oficiales al frente. 

Julio echó pie á tierra y unido á Osorio hablaron 
un peco; después exclamó el segundo: 

—Maestre Almeida: Su majestad el rey, y en su 
nombre el príncipe Jalio, os ha ascendido por vues - 
tra lealtad y valor. Decid á todos los jefes del campa- 
mento que hemos llegado el príncipe Julio y el general 
en jefe de las faerz&s de su majestad de mar y tierra, 
y que pueden venir á e*ta tienda los que gusten. Des- 
pués hacéis la tercera señal. 

Poco después comeczó á llenarse la tienda con to- 
dos los capitanes y oficiales del campamento. A la vez 
se oyeron tres cañonazos tirados al aire, contestando 
á sus detonaciones otro cañonazo y varias descargas 
del campamento enemigo. 

— ¡A las arma si— gritaron los que entraban en la 
tienda. 

— No, les dijo Osorio; — son salvas; es la paz entre 
españoles y mejicanos. Se acabaron las injusticias y 
las guerras injustificadas. 

Todes fueron dando la bienvenida á Jalio y Fia- 
viano y se iban colocando detrás de las dos sillas en 
que aquellos estaban sentados. 

Después se abrieron las filas de los soldados de 
Fajardo, cruzando por medio de ellos los cuatro oaci* 



034 LOS HéROES DIL S OLO XVII 



ques, la hija de Oixac*y y basta doscientos indios 
más, tados j fes á las órdenes de los cuatro caciques. 

Según llegaban iban besando las manos de Jalio, 
y de Osorio. 

Los cinco primeros quedaron dentro; los restantes 
formaron en dos filas delante de la tienda. 

Maravilloso era para los jefes del campamento es- 
pañol todo Id qae presenciaban. Caando creyeron ca- 
minar hacia la muerte, se encuentran con que entra 
en su campo el enemigo, se postra ante los jefas espa- 
ñoles y les besan las manos con la mayor humildad y 
respeto. 

Sin saber cémo ni per donde, desaparece el tirano, 
y hallan en su lug*r dos jóvenes guerreros que triun- 
fan y vencan con *u inteligencia, con su talento; que 
entran dando á uno de ellos, al capitán Almeida un 
merecido ascenso; y todo el conjunta do lo que veían 
es para ellos sorprendente, inesperado, admirable. 
Hasta los más refractarios al bien; los que más podían 
asimilarle á Pantej 9, se inclinan ante el cambio su- 
frido y aceptaren til murmurar los hechos consu- 
mados. 

Al acabar de befar la mano los indios á Julio y á 
Flavhnt y colocarse en les sitios que les correspondía, 
hablaron en voz baj a ks dos hermanos, convinieron 
en lo que debía de hacer le, y haciende uso de la pala- 
bra Silva, di ja: 

— Espíeles y mejicanos; á todos voy á dirigiros la 
palabra, á todos os voy á 0Lt»rar de una metamórfosis 
que ha empezado á cambiar la faz de este país, y con 



LOS HÉROES DEL SIOLO WII 



685 



la cual habéis sido hoy scrprendidos. Sabedor el rey 
mi augusto primo, de las faltas, delitos y hasta críme- 
nes que se cometían en Nceva Espfia per algunas au- 
toridades, al saber que la ley era aquí bollada por los 
miamos que debieran imponerla; afiliando, por último, 
que en esto» sus estados, cundía la inmoralidad y co- 
rrupción, nos mandó á mi hermano Fjavian© de Ojeo- 
rio, de general en jefa de sus ejércitos de mar y tierra, 
y á mí como representante sujo, revistiéndome de toda 
la regia autoridad que á él le concedió el cielo. Nuestra 
misión es la de corregir y la de c¿ stiger, hssfca impo- 
ner en este hermoso ÍUrén de su diadema, la justicia, 
la moralidad, el trden y la paz, que afra >,n y multipli- 
can la prosperidad y ventura de ks puebles. Esa es 
nuestra misión difícil y peiosa, pero agradable á Dios 
y á todos lis hombres da bueaa valuatad, si la Divini- 
dad nos inspira, si no erra nos, si nuestros dáseos se 
cumplen. Llegamos á Méjico vimes con dolor que no 
habían engañado al rey, que en este pd* sucedía todo 
loque le refHeros, y cerno la llaga empezase en Ve- 
racruz, aquí no hemos detenido, para empezar por 
aquí la cura. Ni un so ! o soldada hornos t raido de Es- 
paña, nosotros, que de ejércitos disponíamos allí, ve- 
nimos solos, perqué creemos qne ks m&leB no *e curan 
matando sino convenciendo. E*o intentamos con el 
adelantado Pantoja, r o atendió ni entras fiases, desco- 
noció nuestra autoridad, y en un calabazo se hallará 
pronto, le juzgará un tribunal recio, y m sentencia 
será cumplí d& en el acto de dictada. Trac nos la espa- 
da do la justicia, el que no tema á su cortante filo, que 



686 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



no culpe á nadie del tajo recibido por esa misma espa- 
da. ¡Mtralidad completa, rectitud en absoluto, paz, 
orden, concierto y armonía, eso venimos á imponer en 
Nueva España, eso impondremos Flaviano de Osorio, 
como general en jefe de todas las fuerzas de mar y 
tierra de España y sus dominios, y yo como represen- 
tante del rey mi primo! Hasta aquí hablé á todos y 
muy particularmente á las autoridades españolas en 
Méjico; ahora me dirijo á vosotros los nacidos en este 
país: el rey os quiere como á hijos; el rey manda que los 
españoles os traten como hermanos; de vosotros es este 
país, de nosotros la civilización, que ya unida á él, for- 
man dos mitades exactamente iguales. No quiere el rey 
guerras fratricidas, y los que á su poder se sometan, 
tendrán su paternal protección. ¿Os sometéis gustosos? 
Les de dentro y fuera, contestaron: 

—Sí, lo juramos. 

— ¿Queréis justicia? 

-Si, sí. 

—Pues pedídsela al general ó á mí, y quedareis 
hartos de ella. ¡Viva Eipaña! 

— ¡Viva! —contestaron todos ks presentes. 
—¡Viva Méjico! —añadió Silva. 
— ¡Vi val 

T los indios continuaron blandiendo sus armas y 

gritando: 

— ¡Viva la paz! ¡Viva la justicia! ¡Viva el príncipe! 
¡Viva el general! 

Las fuerzas del navio añadieron: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



687 



— ¡Mueran les enemigos del príncipe 7 del general! 
¡Harra, si cerramos contra ellos! 

—Nosotros iremos delante, si nos dejais!— añadieron 
los indios. 

De esa manera acabó aquella importantísima es ce 
na para el bien de Méjico. 

Inspirado Flaviano de Osorio de distinto modo que 
su invencible padre, quería dominar, y ya lo estaba 
haciendo, por la idea, por el elevado pensamiento. 

Su sistema de guerra era más humano y más dig- 
no de una cultura y civilización que sólo podían com- 
prender los que se adelantasen á su siglo. 



CAPITULO XXXVII 



Un dialogo precursor da una gran tormentarse levanta el caro» 
pj, — Todo en boy paz.— El castillo. 



Cuando los víctcres acabaren, mandó Osorió se die- 
ra de comer á la tropa, y que en el acto se levantara el 
campo, pues quería que todcs durmiesen aquella noche 
en el castillo. Las dos jornadas que el adelantado em- 
pleó, las redujo á una 0¿orio, favorecido por el toldo 
de nubes que cubrían el sel. 

Los jefes corrieron á dar las órdenes y los indios 
volvieron á tesar las manos da Jalb, de (hcrio y se 
dispusieron á retirarse cuando se llevó Flaviano á un 
extremo á Oixacay y ls preguntó: 

— ¿Salo h&bíis veniio cuatro caciques? 

— Caatro, s(£br. 

—¿Y el quinto? 

— Levantó su campo y ee ha marohadocon todos los 
sayos á su valle y montes. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



689 



— ¿Por qué? 

— Ese cacicazgo, señor, estuvo s iempre rebelado 
contra España. 

— Es indispensable que desaparezca ó que se some- 
ta. No venimos solo contra los rebeldes españoles sino 
también contra los mejicanos. 

—Os advierto, señor, que ese cacique y muchos de 
los suyos continúan en el estado primitivo. No matan 
ya á los misioneros por temor del castigo, pero les 
niegan hasta el agua y los espantan de su territorio. 

—Mañana visitas á Balaco. ¿No es ese el nombre del 
rebelde? 

—Ese es. 

— Le propones que se someta, se lo mandas en mi 
nombre ei necesario es, y en el último caso le das un 
corto plazo para que te obedezca ó para arrancarle sa 
poder cuando haya espirado esa plazo. 

—¿Cómo le quito ese poder? 

— No hay más que un camino, declarándole Ja 
guerra. 

— Será larga, señor, aun cuando de éxito seguro. 
— No, muy breve. ¿Tenéis caminos interieres en los 
traspalmeros? 
— Sí, señor. 

— Manda abrir el trozo que falte, para unir con los 
palmerales. Quiero llegar á tu casa á caballo. 
—Eso es fácil y breve. 

—En el momento de declarar la guerra á Balaco 
me avisas y empezarás las hostilidades bajo mi di- 
rección. 

TOMO I 87 



690 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Entonces no será larga la guerra. 

— Dispón cuadras en tu casa para once cabollos y 
sitio en que podamos dormir ciento once hombres. To- 
dos los gastos son de cuenta del rey. 

— Muy bien. 

— Adiós, Oaxacay. 
Luisa había permanecido siempre junto á Osorio, 
al retirarse ahora con su padre, volvió á besar la mano 
del joven preguntándole: 

—¿Nada me das, señor? 

—Si, hija mía. 

La joven puso su frente y Flaviano la besó. 

Todos los indios desaparecieron, llegaron al monte, 
se unieron á los suyos y marcharon á sus pobla- 
ciones. 

Cuando Osorio despidió al cacique y á su hija se 
volvió, hallando á Julio hablando con Fajardo y junto 
á él á Almeida que esperaba sus órdenes. 

—Maestre,— le preguntó Flaviano:— ¿hay comida 
para nosotros? 

— Juntadlas y que nos la sirvan aquí. Comeréis con 
Julio y conmigo, Fajardo y vos. A las fuerzas del na- 
vio y muy particularmente á los oficiales que les den 
la mejor alimentación. 

—¿Nada más? 

—Maestre, si alguno murmura, traello á mi pre- 
sencia. 

— En el acto, señor. 

Media hora después comían, á las cuatro levanta- 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



691 



ron el campo y se dirigieron al castillo que fué del 
adelantado. 

Fajardo iba en el caballo de Panto ja y Almeida en 
otro que él había llevado. 

Marc biaba delante una descubierta de veinte caba- 
llos; después Jalio y Flaviano enmedio de Fajardo y de 
Almeida, inmediatamente los marinos, después el res- 
to de los españoles y en pos de todos los indígenas que 
servían la causa de España. 

Ya eran las ocho de la noche cuando llegaron al 
castillo sin haber hecho parada alguna. 

• Se hallaba éste situado en lo alto de una colina, 
rodeado de varias otras, cubiertas do una vegetación 
exuberante. Millares de árboles rodeaban el palacio- 
castillo y el agua cristalina y pura corría por varias 
partes, refrescando la atmósfera y dando al contorno 
aquél belleza y salubridad. 

El adelantado había sabido elegir el terreno para 
edificar; ge hallaba el castillo no muy dis ante de Ve- 
racruz, pero estaba á cerca de mil varas del nivel del 
mar, lo cual hacía imposible el desarrollo de la fiebre 
amarilla. 

Toda el agua que lo rodeaba era corriente y ésta, 
la altura y los muchos árboles y plantas le presta- 
ban una temperatura agradable en las cuatro esta- 
ciones. 

Sa hallaba á tiro de arcabuz del camino que iba 
de Veracruz á Méjico y si bien el exterior tenía la for- 
ma de castillo, era en el interior un suntuoso palacio. 
Pantoja lo hizo para vivir y morir en él como un ca- 



692 



LOS HÉROES DKL SIGLO XVII 



bailero feudal sin cuidarse para nada del rey de Espa- 
ña ni del virrey de Méjico. 

Podían alojarse en aquel gran edificio cuatro 6 
cinco mil hombres y quinientos caballos en sólo la 
planta baja. En la alta hallaron Julio y Osorio una 
profusión de criados que los asombró pero no hallaron 
mujer alguna. Dos únicas que vivían en él desapare- 
cieron en cuanto los de la descubierta les dijeron lo 
que había ocurrido. 

Dieron orden los dos hermanos para que no se des- 
pidiese á nadie por el pronto y todos se quedaron. 

En el salón pricipal hallaron Julio y Elaviano á 
Mendoza y Godínez, descansando de las fatigas de 
aquel día que para ellos fueron muchas y molestas. 

— ¿Qué ha ocurrido, hermano? — preguntó Oüorio á 
Rogelio. 

—Llevé sobre el arzón de mi caballo, — le contestó, 
— á esa hombre, que más parecía cadáver que un ser 
vivo. Bregando para que no se me cayera, trotando 
primero y luego á escape, llegamos á la playa. Allí nos 
esperaba un boto del navio, le arrojó en él y dejando 
Godínez y yo los caballos á nuestros criados nos tras- 
ladamos en el bote al Invencible. Fué encerrado sin 
mordaza en un calabozo de Pantoja. Lo echaron en una 
cama y á la media hora volvió á la razón. Estábamos 
frente á él Godínez y yo. 

— ¿Quiénes sois? — nos nreguntó. 

— El marqués de Abella, — le dije;— el hijo del far- 
sante y aventurero, y Godínez, jefe de policía. 

«—¿Qué queréis de mí?— volvió á preguntar, mirando 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



693 



con ojos espantados el camarota-calabozo en que se ha - 
llaba i 

—Nada, no queremos nada,— dije; — yo, que tengo 
aun más fuerza que tuvo mi padre, hubiera deseado 
ahogaros cuando os cogí del cuello, pero no, me dijo 
mi hermano Flaviano, y á eso debéis la vida, que es- 
pero arrancaros á la primera ocasión, 

Dió un salto y se eohó sobre Godínez para quitarle 
el puñal que llevaba al cinto, lo cual logró, pero á la 
vez lo levanté yo en alto y lo arrojé al suelo, quedan- 
do otra vez sin sentido. En tal estado le abandonamos, 
contó al oficial lo que acababa de hacer y lo he man- 
dado sujetar con una cadena. 

— ¡Con una cadena 1 

— Sí; es la única manera de que no mate á nadie y 
de que no ee escape. 
—¿Qué más? 

^ Nada; comimos en el navio, mandamos alimento 
á los que esperaban en tierra y montados luego á ca- 
ballo para venir aquí, donde mal nos recibieron, pero 
donde estamos muy bien. 

Entraron Alaieida y Fajardo, y Julio y Osorio los 
dejaron en el salón con Mendoza y Qoáímz y acompa- 
ñados después de los hermanos Ros. 

Primero hicieron ia distribución en la parte alta, 
colocando en ella todos los jefes y oficiales, pies para 
todos había y aun sobraba palacio, y después bajaron, 
reconociendo una por una las cuadras, las habitaciones 
todas, dispusieron nueva colocación y no se sentaron 
á la mesa para cenar hasta dejarlo todo correcto. 



m 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



No prescindía ninguno de los hermanos de la res- 
petabilidad que les daban sus altos cargos, pero sin 
perder ézU cuidaban de todos los que servían á sus ór- 
denes con paterna! solicitud. 

Ninguno había murmurado, ninguno murmuraba 
y antes del tercer día eran nuestros jóvenes elogiados 
por todos. Hasta los más malos reconocían la gran su- 
perioridad de Julio y Osorio. 

A la m&ñanaeiguienterecibieronsusnombramientos, 
Fajardo de comandante del Invencible, maestre de campo 
en tierra, y de maestre también el capitán Almeida. 

Seguidamente íormaron un tribunal para instruir 
sumaria al maestre Pantoja, compuesto de dos magis- 
trados que había en Veracruz, del comandante Fajar- 
do, del marqués de Aballa y del capitán don Raimundo 
Izquierdo, como acusador ó fiscal. 

Recibieron orden de abreviar en lo posible, y des- 
de el siguiente día comenzaron á reunirse en la casa 
destinada en Veracruz. 

Interin el tribunal llenaba su misión, Julio y Oso- 
rio ge entretenían en organizar los dos mil hombres 
que próximamente tenían en el castillo, en hacerles 
maniobrar y disponerles en fia para poder entrar en 
batalla en caso de necesidad. 

Tal era el gran estudio que ambos hicieron y tan 
profundo era el talento de ambos, qua el mejor general 
del mundo no hubiera podido dar mejor organización 
á aquellos dos mil soldados,; 

Los caatro hermanos Ros fueren agregados al ter- 
cio que mandaba Fajardo. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



695 



Al décimo día de organizarse quedó Julio sin com- 
pañero. 

SeÍ3 indios montados en pequeños pero ligeros ca- 
ballos mandados por Luisa, se prísentaron en el casti- 
llo, y llegando ésta hasta Osorio, después de besar su 
mano le dijo: 

—Señor, mi padre te envía este pliego. 

— Supongo lo que es, Luisa. 
Y lo leyó, añadiendo: 

— ¡No han querido someterse esos indios! 

—No, y mi padre, siguiendo sus instrucciones les 
ha declarado la guerra hoy. 

— Bien, descansa esta noche y al amanecer partire- 
mos. ¿Viniste á caballo? 

— Sí, seguida de dos hermanos y cuatro jefes. 

—¿Montas corno nosotros? 

— Lo mismo. ¿Por qué me haces esa pregunta, señor? 

— No te ofendas; en España montan las mujeres da 
otro modo. 

— Sí, he visto á una en Veracruz. 

—¿Quieres comer con nosotros ó con los tuyos? 

— Contigo, pero no puede ser, nos divide la clase y 
condición, comeré con los míos. 

Al amanecer del día siguiente salieron del castillo 
Osorio, Godlnez, que quiso acompañarle, los cuatro 
hermanos Ros, cinco criados que lo mismo servían 
para vestir y desnudar á sus amos que para batirse, 
los seis indios, Luisa y cien soldados de marina arma- 
dos de arcabuz. 

Sigamos con ellos. 



CAPITULO XXXVIII 



Entre los montes pa^meranos.— La casa de un gran cacique. — El 
cacicazgo de Balaco.— La ferocidad primitiva. — Una escaramu- 
za sangrienta. 



Los cien arcabuceros iban á pie y Osorio los echó 
delante para que sólo anduvieran lo que buenamente 
les fuera posible; los guiaba un hermano de Luisa é 
iban mandados por los Ros; ningún otro oficial lle- 
vaban, 

Luisa se puso á la izquierda de Flaviano, Godínez 
á la derecha, detrás los cinco indios y en pos de todos 
los criados. 

A excepción de los indios, todos, desde Osorio has- 
ta el último criado, llevaban armaduras de baqueta á 
prueba de saeta, si bien Flaviano usaba debajo una finí- 
sima cofa de malla de hilillo de plata. 

Llevaban un castellano sostenido, de ahí no podían 
pasar por causa de los peones. 

A las tres leguas, mitad de la jornada, dió á la tro- 



LOB HÉROES DEL SIGLO XYII 697 



pa Flaviano una hora de descanso. Se hallaban en un 
bosqu8, compuesto en su mayoría de árboles frutales y 
los peones en vez de sentarse á descansar andaban por 
entre ios árboles en busca de fruta que comían cantan- 
do y como si fueran á una corrida de toros. Iban á ser 
mandados por su general en jefe y tal era la confianza 
que á todos inspiraba el vencedor de ciclones, (ese nom- 
bre le daban entre ellos), que suponían llevar el triun- 
fo en la mano de su general. 

Flaviano no quiso echar pie á tierra y claro es 
que Luisa tampoco ge bajó. Pegó su caballo al del jó- 
ven y le dijo: 

— ¡Qué chasco se va llevar nuestra gente y cómo me 
voy á reir de todos. 

—¿Por qué, Luisa? 

—Creen que vas seguido de un ejército inmenso. 
— ¿Para qué lo necesitamos? 

— Pues yo pienso decirles que el ejército viene, pero 
que ellos no lo ven. 

— ¿A. cien hombres llamas un ejército? 

— No, á uno sólo. Tú eres un ejército. 

— Qué disparate, Luisa. 

— No es disparate, es la verdad. 

— ¿Por qué supones que yo soy un ejército? 

— Porque con tu genio haces más aún que un ejér- 
cito. 

— Excelente galantería; ni la cortesana más adula- 
dora lo hubiera inventado mejor. 

—Ni es galantería, ni yo la inventó: es una verdad 
hecha por Dios que puso en tu f renta el genio. 

TOMO I 88 



698 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Pobre niña, escondida entre umbrosas montañas; 
no sabe lo que es el genio. 
—Veamos si lo sé. 
— Veamos. 

— Genio es el que demostró tu padre; mandando ba- 
tallas y triunfando siempre. 
—Es verdad, pero yo... 

— Tú vales más que tu padre; todo el mundo lo 
dice. 

—¿Quieres que hablemos de otra cosa? 

— Te llaman esos soldados que traes, héroe y vence- 
dor de ciclones, y dicen que tu padre no sabía luchar 
contra esos cataclismos. 

—Te callas. 

—Ni respetar á las mujeres con la dulzura y vir- 
tud que tú. 

— Te mando que calles. 

— Ni dió batallas, como tú hace pocos días, sin de- 
rramar sangre. 

— ¿No me obedeces? 
—No. 

— ¿Por qué? 

— Porqae tú eres tan galante con las mujeres como 
tu padre, y más respetuoso aún que galante, lo cual 
no podía decir el señor duque del Imperio, 

— Pero tú abusas. 

— ¿No me llama ese ignorante Godínez india brava, 
casi salvaje? No le has reprendido, y ahora sufres las 
consecuencias. El hablar con una salvaje, tiene esas 
contras, las del abuso. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



699 



— Estí bien, di lo que te se antoje, 
—Salvaje, que ha estado un año en Méjico estudian- 
do día y noche, y veinte veces en Veracraz. 
— Pues no te enseñaron áser respetuosa. 
—No he querido yo aprender eso. 
—Mal hecho. 

— Peor es dejarse en Madrid una dama hermosa y 
venirse á la guerra. 

— ¿Qui¿n te ha contado eso? 

— Godínez que me llama india brava ó salvaje, y el 
salvaje es él. Le hago decir con habilidad todo lo que 
quiero. 

— ¡A. él que es tan reservado! 

— Ahí verás. 

— ¿Qué más te dijo? 

—Me ha contado toda tu historia. Cómo vencistesal 
rey y á tcdos los suyos; cómo salvaste á tu amada Ali- 
ce... ¡Ira de Dios; eso es un hombre! 

— Luisa, vas á concluir por echar votos. 

— No, eso no. 

— Milagro, 

— Debiste traer á tu Alice y que velara por tí. 
— ¡Qué disparate! Tú no sabes lo que son las damaa 
europeas. 

—-Como si no las hubiera visto yo en Méjioo. Estu- 
ve entre el!as, y las conozco. 

— Las mujeres nacieron débiles. 

—En ese caso, y para defender á un hombre que 
vale lo que tú, la mujer hace un esfuerzo y se convier~ 
te en leona. 



700 



LOS HÉROES DEL SXGLO XVII 



— Blasfema, señor, —dijo Go Jíaez que estaba oyen- 
do el diálogo.— Lo más bello, sensible y tímido de la 
creación, pretende esta india brava convertirlo en una 
de esas fieras que andan entre sus montañas y son ami- 
gos de ellas. 

— No conozco hombre alguno en Méjico que se igua- 
le en belleza á tu señor, Godínez; la mujer más hermo- 
sa quisiera parecerse á él, y sin embargo, es el más 
valiente, es más fuerte que pudo venir al mundo. Yo 
soy fiera, tienes razón, y en prueba de ello, que lasti- 
men á tu señor delante de los dos y no serás tú sino yo 
la que atraviese el corazón del osado. 

Y continuó Godínez debatiendo con Luisa, logran- 
do ser derrotado por la india y entretener á Flaviano, 
hasta que trascurrió la hora y volvieron á emprender 
la marcha. 

Osorio estaba maravillado no del valo? de Luisa, 
sino de su claro entendimiento. Comprendía que su 
arrogancia y fiereza eran propias de las montañas en 
que se había criado, pero su ingenio y modo de discu- 
rrir íormaba una rarísima excepción en las mujeres de 
su clase. 

Los acontecimientos nos probarán más adelante que 
Flaviano se maravillaba Con sobrado fundamento. 

Continuaron su penosa marcha hasta llagar á los 
montes traspalmeros; entre éstos no sentían ya calor, 
pero iban por un sendero estrecho y sinuoso en el que 
los peones sólo podían marchar á dos en fondo y los 
caballos uno tras de otro. 

Á la una de la tarde llegaron á un hermoso valle 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



701 



que no tenía menos de una legua de longitud y media 
de latitud. Por el centro cruzaba un río estrecho y cau- 
daloso y todo el terreno firme estaba poblado de árbo- 
les y plantas, espontáneos unos y plantados muchos. 

Qainientas casas había repartidas en aquella super- 
ficie y entre éstas y los montes que rodeaban el valle 
más de mil chozas. 

El río tenía su puente y la temperatura del valle era 
tan agradable é igual que jamás se sgostaba la fresa. 

Había naranjos, limoneros, algunos otros árboles 
europeos y no lejos de éstos muchos tropicales. 

Osorio al verlos, exclamó: 
—¡Esto parece un paraíso! 

Aquel era el valle y pueblo que componían el caci- 
cazgo de Oaxacay. 

En la parte más elevada de aquella gran planicie se 
destacaba ía casa del cacique con su piso bajo y prin- 
cipal, única que tenía este segundo piso y ocupaba un 
área que no mediría menos de veinte mil piós cuadra- 
dos. Era da construcción muy moderna, de piedra y 
no muy mal construida. 

Era este el cacicazgo más populoso de toda la par- 
te oriental de Méjico, el más inteligente, tenía dos 
iglesias católicas y atendiendo á que ofrecía un contin- 
gente de cuatro mil doscientos guerreros, se puede cal- 
cular que su población no bajaría de doce mil almas. 

Oaxacay y todos los individuos de su familia espe- 
raban á Osorio al pie del monte. Al llegar allí nuestro 
joven, empezaron á sonar descargas y se oían vítores 
que repetían los cóncavos de los montes. 



702 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Todos los individuos allegados de la familia del ca- 
cique besaron la mano de Flaviano con entusiasmo no 
exento de respeto. 

Llegaron á la casa, y todos fueron alojados de un 
modo conveniente. 

Después que hubieron descansado, comieron to- 
dos, sentándose solos en una mesa Flaviano y Godínez; 
estos dos eran servidos por individuos de la familia de 
Oaxacay. 

Terminado ese acto se encerraron el cacique y 
Osorio, preguntando el último: 

— ¿No pudiste convencer á Balaco? 

—No, señor; unido á mis tres compañeros, emplea- 
mos todos los medios de persuasión imaginables inú- 
tilmente. Es hombre feroz, sus cince hijos se le pare- 
cen y quieren la guerra, desean matar españoles, por- 
que dicen que les roban su país, y no salen de este di- 
lema: Vencer ó morir. 

— ¿Y los que le obedecen? 

— Loa hay fieros, y hay también gente sencilla que 
entregada á los misioneros serían buenos cristianos 
como nosotros. 

— Sabiendo ya que era imposible someterles, ¿qué 
hiciste? 

— Darle ocho días de tiempo para que lo pensara 
mejor. 

— ¿Y luego? 
—Declararle la guerra. 
— $En qué forma? 

— Como es costumbre entre nosotros. Fué mi hijo 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 703 



menor coa cien hombres bien armados y sesenta de 
los tres cacicazgos vecinos como testigos presenciales 
veinte de cada uno, y en forma de pregón les hice sa- 
ber á todos que declaraba la guerra á Balaco y no de- 
jaría las armas hasta que ól y sus hijos murieran y el 
cacicazgo entero se me entregase. 
— ¿Qué contestó? 

— Que aceptaba, y que no dejaría las armas mientras 
viviese uno de nosotros y hubiese españoles, en Mé- 
jico. 

—¿Hiciste la declaración en nombre del rey? 
—Sí, señor. 

—Habrá posibilidad de llegar hasta cerca de ellos, 
sin que seamos sorprendidos. 
—¿Quiénes? 
—Tú y yo. 
— Cuándo. 
— Ahora mismo. 

— Está bastante lejos y el terreno es quebrado... 
— Vamos, Oaxacay. 
—¿Tenéis empeño? 
—Más que eso necesidad. 
—Pues vamos. 

Y sin participar á ninguno dónde iban, ni qué pen- 
saban hacer, salieron ambos, dirigiéndose á buen paso 
hacia el cacicazgo de Balaco. 

Sólo Luisa se había fijado en aquella repentina 
marcha, y subiendo á lo máe alto de su casa, observó 
la direcoión que llevaban su padre y el joven ge- 
neral. 



704 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Adivinando lo que podía ser, se dijo: 
—Mi padre no es tonto, y el otro es un sabio; pero 
una emboscada, una sorpresa, una casualidad... No, 
no... moriremos todos ó ninguno. 

Y se precipitó escalera abajo. 

Sigamos nosotrcs al cacique y á Osorio, 

Primero por veredas, y luego á monte traviesa, 
anduvieron una hora embelesado Osorio con los pa- 
noramas que se presentaban á su vista; las ruidosas y 
espumeantes cascadas, los lindos arroyuelos que * o- 
rrían formando inmensas fajas de plata, las aves de 
colores bellísimos; la variedad de árboles, plantas y 
flores todos espontáneos, y una naturaleza, en fin, vi- 
gorosa y primitiva, casi virgen, y tan exuberante, 
que encantaba. 

Oaxacay miraba á Osorio y no Sb atrevía á dis- 
traerlo con preguntas que lo despertasen de su arro- 
bamiento, pero llegaron á un sitio peligroso y le 
dijo: 

—Señor, ¿queréis decirme qué os proponéis? 
—Ver al enemigo y estudiar el paraje en que lo he- 
mos de batir. 
— ¿Qué más? 

—Vencer, evitando en lo posible el derramamiento 

de sangre. 

—Lo primero te será fácil, los segundo muy difícil. 

—Para quo me ayude el previo conocimiento de am- 
bas cosas venimos. 

— En ese caso crucemos por este sitio que es algo 
peligroso, pero que nos acorta el camino y nos lleva á 



L08 HÉROES DEL SIGLO XVII 



705 



sitio en que podrás ver al enemigo y el paraje en que 
se ha de encastillar. Cógete á mí. 

— No, ve delante que yo llegaré donde tú. 
Y cruzaron por el borde de una gran sima, sitio 
tan peligrosa que hasta las cabras rehuían cruzar 
por él. 

Pero ambos lo atravesaron, entrando luego en otro 
bosque donde ni les daba el sol ni aun veían el cielo. 
Allí se unían las copas y ramas de los árboles, for- 
mando un techo natural, prodigioso. 

Por él anduvieron un cuarto de hora. 

Se detuvo de pronto Oaxacay, diciendo: 
— Hemos llegado, don Flaviano. A vuestros pies 
está el valle y población de Balaco; todo lo que com- 
pone ese cacicazgo lo podéis ver desde aquí, Asomaos. 

Se hallaban á la orilla de un monte elevado, en la 
parte más alta y cuya vegetación descendía con él has- 
ta llegar al valle de Balaco. 

Oaxacay entrelazó varias ramas y por el pequeño 
hueco que quedó miraba ahora Osorio. 

El monte en que se hallaban descendía hasta llegar 
al valle, que era la mitad más pequeño que el de Oaxa- 
cay. Sólo había una casa de madera que habitaban el 
cacique y su familia. Las demás eran chozas más ó 
menos grandes y no se conocía industria alguna ni la 
tierra se labraba. Los habitantes de aquel valle vivían 
de la caza, de la pe3ca y del producto silvestre de la 
naturaleza. 

No tenían religión alguna ni otra ley que la des- 
pótica voluntad del cacique. 

TOMO I 89 



706 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Osorio, al estudiar con la vista el terreno, hacia 
preguntas á Oaxaeay, y de esta modo completaba su 
estudio. 

Tenía un contingente el valle de tres mil guerreros 
entre muy jóvenes y entrados en edad, lo cual repre- 
sentaba una población de siete á ocho mil personas. 

En este momento trabajaban hombres y mujeres, 
viejos y muchachos en fortalecer el valle con piedras, 
árboles y juncos, formando parapetos en todo el valle 
y su circuito. 

El cacique y sus cinco hijo3 corrían de un lado 
para otro dardo órdenes, vigilando y dictando me- 
didas. 

Todo esto lo observó Flaviano con su vista prime- 
ro y más tarde con el anteojo que llevaba. 

Empleó una hora y cerca de media en reconocer, 
ayudado por la óptica, todos los. montes que rodeaban 
el valle. 

Cuando hubo terminado, exclamó: 
— ¡Caánta madera emplean esos desgraciados! Sin 
comprenderlo agrandan su sepultura. Regresemos, 
Oaxacay, qtie ya só lo bastante para arrancar ese ca- 
cicazgo de este valle y trasplantarlo en el tuyo. 
«-Como de y os es la idea. 
Y emprendieron el regreso. 
Flaviano enmudeció de nuevo, ensimismándose 
como tenía de costumbre cuando bullía en su mente 
algún plan difícil. Oaxacay le hizo varias preguntas á 
las cuales contestaba Flaviano con monosílabos. Lo 
dejó en consecuencia entregado á sus pensamientos, 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 707 



pero viéndolo tan preocupado lo dirigió por sitio dis- 
tinto del que faeron, por el temor de que al jovea ge- 
neral le sucediese algo grave en los bordes de la sima 
yendo tan preocupado. 

Esto dió lugar á un accidente caBual que puso en 
peligro sus vidas. 

Iban ladeando un monte menos poblado que los an- 
teriores cuando se hallaron frente á frente de diez in- 
dios feroces. Eran tre3 hermanos d 3 Balaco y siete 
hijos de estos, jefes todos en el cacicazgo que acababan 
de abandonar los otros. 

— ¡Son terribles enemigos, señor, —exclamó Oaxa- 
cay , y estamos perdidos! 

Nada le contestó Flaviano. Se contrajo á ponerse 
delante del cacique, demostrando indiferencia. Le em- 
pujó, sí, para darle á entender que quería ir delante y 
que no se opusiera. 

Seguían un sendero muy estrecho, por el que no 
podían andar dos en ala, y á la izquierda descendía el 
monte de una manera rápida y peligrosa para el que 
se cayera. 

Los indios habían reconocido á Oaxacay que iba 
acompañado de un español y quedaron parados al ver- 
los comunicarse entre sí. 

Luego blandiendo unas lanzas cortas que llevaban, 
se dispusieron á matará Oaxacay y á Flaviano. Este 
sigaió adelante sin alterar su paso. 

De pronto dió uno de los indios un grito espantoso 
y corrió lanza en ristre para atravesar á 0¿orio. 

Nuestro joven lo dejó llegar á cinco pasos de él en 



708 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



cuyo instante se detuvo, y con una de sus pistolas le 
metió una bala en el cráneo. 

El indio rodó monte abajo cadáver. Sus compañe- 
ros y el mismo Oaxacay que desconocían las pistolas, 
miraron en torno, buscando con la vista el arcabuz que 
había muerto al indio, produciendo el estallido consi- 
guiente. 

La primera determinación de aquellos fué echarse 
atrás, mas era inaudita su fiereza, y no distinguiendo 
á nadie más que á los dos que antas vieron, avanzaron 
dos, uno tras otro, levantando las lanzas y gritando. 

Llegaron á ciuco pasos y uno tras otro cayeron 
monte abajo con heridas mortales en la cabeza. 

Los siete restantes corrieron hacia atrás dando 
alaridos. 

Flaviano siguió frío, sereno, sin alterar su paso, y 
casi con indiferencia. 

Oaxacay lo miraba ahora maravillado, confuso, 
aturdido. 

—Parece que mata con el aliento, —se decía sin re- 
parar en las pistolas de Osorio ni comprender la causa 
de herir de aquella manera. 

Después de correr hacia atrás cien varas los indios, 
se detuvieron, hablaron, y puestos de acuerdo, ardien- 
do de ira, despecho y corage, como la fiera que huele 
la sangre, corrieron uno tras de otro, con las lanzas 
en alto, dando rugidos y con más fiereza que entendi- 
miento. 

Osorio se detuvo conociendo su intención, dicien- 
do á Oaxacay: 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



709 



— Atrás, cacique, cuatro varas lo menos de mí. 

Aquél le obedeció en los momentos que Oiorio ex- 
clamaba: 
— Acabemos. 

Ocho tiros llevaba Osorio en sus dos pares de pis- 
tolas, descargó las cuatro y ocho indios cayeron mon- 
te abajo con los cráneos deshechos. 

El pánico fué grande para los dos que quedaban 
con vida, y claro es que Flaviano lo aprovechó. 

Guardadas las pistolas vacías y con el acero desnu- 
do atravesó á uno el corazón y á otro el brazo derecho. 

Cayó en tierr a cadáver el primero de estos dos y el 
otro ein lanza, inútil y sufriendo dolores profundos, 
huyó de allí dando alaridos que los montes repetían. 

Osorio no dió tiempo á los dos últimos para que 
salieran del asombro que les produjo ver rodar á sus 
compañeros d3 una manera instantánea uno tras otro 
sin intervalo alguno. 

Ligero como el rayo tocó con su espada en el co- 
razón del uno y echándose á fondo atravesó el brazo 
derecho del otro. 

Con calma luego, sacó su fino pañuelo da batista 
con la corona ducal bordada en oro, limpió detenida 
y cuidadosamente su espada y lo arrojó sobre el cadá- 
ver que tenía á sus piés. 

Oaxacay lo cogió y doblándolo de manera que la 
sangre quedase oculta, lo besó guardándolo en uno de 
sus bolsillos. 

—¿Por qué pudiendo matar al último lo has herido 
solamente, señor?— le preguntó el caciqua. 



710 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Flaviano sonrió y mirándole con afecto, le dijo: 

—Ese lleva la noticia; ese imprime el pánico entre 
los suyos y mañana tendréis menos que hacer. 

—¡Es verdad! ¡De los diez uno solo; los diez más 
valientes del valle! 

— ¡Nueve muertos y un semicadáver!— exclamó Fla- 
viano como hablando consigo mismo;— | diez víctimasl 
¡Si el príncipe de Italia lo hubiera visto! Pero debía 
ser así; la civilización y la cultura fueron de Egipto á 
Africa, con la guerra, es decir, con la muerte; Grecia 
las llevó á infinitos estados con la muerte; Italia al 
mundo entero con la muerte, los califas de Córdoba á 
España con fa muerte, y España á la India ,con la 
muerte. Dios lo dispuso así y ha de cumplirse su ley. 
Feliz yo que soy el instrumento de esa sabía ley. Prín- 
cipe de Italia, bien muertos están esos salvajes; por esa 
puerta entrará la cultura y civilización en esta tierra 
virgen; pero aún es pequeña, mañana la abriré mayor 
para que entren á borbotones, como ha salido la sangre 
de esos desgraciados; 

— No os comprendo, señor, — le dijo Oaxacay. — ¿Qué 
queréis decir? 

Osorio le miró, una dulce sonrisa brilló en sus la- 
bios, replicándole: 

— Hoy no puedes comprenderme, Oaxacay; pero yo 
dejaré en estos valles un germen que os facilitará la 
fácil comprensión. Vámonos. 

Al abandonar aquellos sitios de muerte oyeron un 
aplauso y varios vivas al héroe; alzaron la cabeza y 
vieron en la cima del monte que ladeaban á Luisa, á 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVíI 



711 



Godínez, á los cuatro Ros, cinco criados y á todos los 
parientes de la primera, armados de arcabuz. Todos 
presenciaron la escena anterior y con [sus arcabuces 
preparados apuntaban á los indios sin ser vistos por 
los unos ni por los otros. Obedecían á Godínez, Ó3te 
conocía bien á Osorio, sabía que llevaba cuatro pisto- 
las de á dos cañones cada una, y no dió la voz de fue- 
go porque no juzgó en peligro á su general; supuso 
desde luego que con este bastaba para los diez y no 
quiso interrumpirle. 

— I Insensatos I ¿á qué habéis venido?— les preguntó 
Osorio, añadiendo: — Retiraos y que no os vuelva á ver 
basta entrar en la morada de Oaxacay. 

— Perdónalos, señor, el interés...— exclamó el ca- 
cique, pero Oáorio sin hacer caso de sus frases, le dijo: 
. — Vamos al valle por sitio que desconozcan esos im- 
prudentes. Ve delante. 

Pronto dejaron la ladera del monto y se perdieron 
en un bosque de árboles expontáneos, por algunos de 
cuyos parajes no había pisado planta humana. 

Flaviano volvió á ensimismarse y ni aún en la ad- 
mirable vejetación qüe podía ver reparaba. 

El pensamiento que bullía en su cerebro absorbía 
todo su ser, andaba como un autómata y más que hom- 
bre era en aquél momento un conjunto de luminosas 
ideas que debían producir grandes resultados. 

Oaxacay no le perdía de vista un solo instante. Lo 
miraba como una maravilla de la creación; como un 
modelo de esos que la Providencia manda á la tierra 
para ejemplo vivo de lo que debe ser el hombre. 



712 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Al entrar en el valle volvió en sí Flaviano. Estaba 
anocheciendo y preguntó al cacique: 
— ¿Cuánto hemos andado? 
— Más de tres leguas. 
— ¿Se puede ir por camino más corto? 
—Más corto, no; mejor, sí. 

—¿Habrán llegado ya á tu casa los que hallamos en 
el monte? 

— Si fueron deprisa, como supongo, ahora estarán 
llegando. 

— Saldremos para el valle de Balaco al ser de día y 
llevaremos alimentación para hacer dos comidas en el 
monte. 

— Es costumbre, señor, que las mujeres y los mu- 
chachos la lleven desde sus casas al campamento. 

— Si ellas se encargan que lo hagan; es una costum- 
bre que no hay motivo ahora para que sufra alteración. 

Y continuaron hablando hasta penetrar en la casa 
de Oaxacay. 

Luisa y cuantos le acompañaron estaban allí. Oso- 
rio los miró, pero nada les dijo. 

Después se sentó en un sillón de palma, Luisa se 
f cercó con algo de timidez y sentándose á sus piés en 
tin pequeño taburete, le preguntó: 

— Señor, ¿estás incomodado conmigo? 

— No, Luisa, — y le dió un beso en la frente. 

— No culpes á nadie; yo f ai la autora; yo los levan- 
ta de cascos para que me siguieran. Hice bien, señor, 
no estoy arrepentida; si en vez de diez hubieran sido 
ciento.,. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 713 



—Unos hubieran muerto, Luisa, y otros huirían es- 
pantados. 

— Vienes á demostrar que tú solo, señor, eres un 
ejército. ¿Lo niegas ahora? 

— ¡Un ejército! Un mísero mortal para el cual basta 
la picadura de uno de los más pequeños reptiles de esos 
millares que andan por vuestros bosques. 

— ¿Los has visto? 

-Sí. 

— Pero ya sabes que Dios misericordioso, junto al 
mal pone ei bien y hay aquí planta que cura en el acto 
la mordedura de esos dañinos animalitos. 

— También lo sé. 

— Luego no está tu preciosa vida tan á merced de 
los reptiles. Eres uu ejército como ya dije, y matas 
hasta con el aliento. 

— Con el aliento de la inteligencia. 

— Con ese y con el otro. 

— Calla, ignorante. 

— Sí, muy ignorante si contigo ó con el señor prín- 
cipe me comparas, todo lo contrario en relación con 
los demás. 

— Debes ser más modesta. 

— No; tú hablas mal, tú solo te equivocas cuando 
apareciendo modesto no te presentas verídico. Por lo 
cual no te imito en eso; porque la verdad es antes que 
todo. 

— Yo creo siempre lo que digo, y no es falta de ver- 
dad lo que aparece sino de convencimiento de lo que 
dicen de mí. 

TOMO I 90 



714 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



— Yo no puedo, señor, cuestionar contigo porque 

tienes mucho más talento. 
—Pues cállate. 

— Tampoco puedo. Me gusta mucho hablar contigo. 
— Pues habla. Las mujeres sois difíciles de con- 
tentar. 

— ¿Qaé va á suceder mañana? 
— Casi nada. 
—¿Eso dices, eeñor? 
— Y no miento. 

— ¿Tú sabes todo lo que mañana va á suceder? 
-Sí. 

—¿Adivinas? 
No. 

— ¿Cónoo lo sabes? 
—Previéndolo. 
— ¿Quién te enseñó á prever? 
— El estudio y la meditación. 
—Y tu talento. ¡Fatal talento que mata y destruye 
á su antojo! 

—Es verdad, pero á la vez enseña, civiliza y lüego 
hace la ventara de los pueblos. He traido la muerte 
aquí, Luisa, pero al perder de vista estos valles dejaré 
una savia que honrarán los siglos con sus aplausos. La 
civilización, hija mía, viene ligada con la muerte. 

— ¿Por qué? 

— Porque Dios lo dispuso. 
—¿Y siempre será lo mismo? 
—No; llegará día en que venga adornada con la paz 
y la prosperidad de las naciones. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



715 



—¿Por qué ahora no? 

—Porque los pueblos son muy ignorantes y hay que 
imponerles lo que más le conviene. 

Continuaron hablando, muchos otros oyendo, cena- 
ron después y á las diez tados buscaron el descaneo. 

Les dejaremos descansar seis horas. 



CAPITULO XXXIX. 



Al amanecer.— La marcha. — Sorpresa sin consecuencias. — 
Empieza la pelea.— Peripecias. 



Osorio esperó media hora sentado sobre su cama 
y cuando juzgó que todos dormían, abrió dos venta- 
nas que tenía su alcoba, una al Norte y otra al Occi- 
dente, y observó algunos minutos cuanto alcanzaba su 
vista. 

Vió los centinelas que el cacique había colocado en 
el monte para que evitaran una sorpresa, cerró las 
maderas que había abierto y se acostó diciendo: 

— A lo más que se atreverá Balaoo es á defenderle 
en su valle, pero aun cuando la ignorancia y ferocidad 
le trajesen á este paraja, se halla el monte bien vigila - 
do y noes posible una sorpresa. Puedo dormir cinco ó 
seis horas tranqailamente por si mañana no lo hago 
una sola. 

Y sa quedó profundamente dormido. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI ¡ 



717 



Cuando iba á amanecer le despertó el ruido de ins- 
trumentos guerreros que llamaban al combate. 

Pronto lo vistieron sus criados con una armadura 
ligera y fuerte, de baqueta, que lo encerraba por com- 
pleto entre jacerina ó su equivalente. 

Cuando bajó, ya le esperaban todos los que ól ha- 
bía llevado y Oaxacay que se adelantó para decirle: 

— Señor, todo está dispuesto para la marcha, y solo 
esperamos vuestras órdenes. 
— ¿Van las teas? 
—Sí, señor. 
— ¿En gran cantidad? 

— Llevamos más de la que podamos necesitar. 

— ¿Tienes elegidos cien tiradores? 

— Los mejores que tengo; manejan la flecha admi- 
rablemente y ponen la saeta en el punto en que fijan 
la vista. 

— Esos irán de descubierta. En cuanto vean un in- 
dio de los de Balaco le disparan. No pretendo sorpren- 
der al enemigo para atacarle, sólo para que la sorpre- 
sa le impida estorbar la colocación de las fuerzas. 

— Comprendo, y lo harán. 

— Que partan, y vuelve. 
Oaxacay ilustró á sus cien tiradores y regresó, di- 
ciendo á Flaviano: 

—Ya han partido, señor. 

— Muy bien; delante vas tú con tus hijos. Seguirán 
mis cien arcabuceros, después nosotros, y en pos toda 
la gente de guerra. Podemos partir, que los tiradores 
pronto nos cojerán la delantera necesaria, puesto que 



718 LOB HEROES DEL BIGLO XVII 



están prácticos en vencer las dificultades del terreno. 

Y rompieron la marcha en la forma que mandó 
Oíorio. 

Luisa iba al lado de su padre. 

Todos caminaban á pie; no era posible caballerías 
en el terreno que debían andar. 

Por mandato terminante del joven general, ningu- 
no hablaba, pero aparecían en sus rostros una confian- 
za grande y hasta la satisfacción del que defiende una 
causa justa. 

En efecto, el cacicazgo de Balaco se hallaba en el 
estado primitivo, y formaba ya la deshonra de aquella 
parte oriental. 

En estos momentos amanecía, y los primeros albo- 
res de la mañana teñían aquellos bosques virgenes, de 
colores tan diversos como poéticos. 

Las aves con sus distintos y vistosos plumajes 
abandonaban sus nidos y volaban en tropel en busca del 
alimento cuotidiano. 

Las flores abrían su cáliz embalsamando la atmós- 
fera con su fragancia. 

Y una brisa fresca y juguetona llevaba al rostro el 
perfume que robaba, con un beso que parecía prestar 
fuerza y alegría á la existencia humana. 

Ante espectáculo tan sublimo se olvidó Fiaviano 
por un momento de la guerra, y en estos instantes se 
decía: 

— |Quá naturaleza tan prodigiosa! Todo en ella con- 
vida á vivir; esos variados colores que forman los cre- 
púsculos con los montes, los árboles, las plantas y las 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



719 



flores; esos cánticos de las aves más bellas del mundo; 
el plañidero y eterno murmullo del agua en ríos, cas- 
cadas y arroyos; el ambiente suave, fresco y odorífero; 
todo lleva á la vida, en tanto que yo conduzco á la 
muerte á millares de infelices. Pero esa naturaleza in- 
comparable lleva á una vida intelectual, á una vida de 
sentimientos elevados, de peasamientos profundes, de 
ideas que brotan de la religión, de la poesía, del enten- 
dimiento ilustrado y en estas montañas no ha entrado 
todavía el rayo explendente de la civilización. Este 
llegó á todas partes entre el fragor de las batallas, el 
estruendo de las guerras y el doliente quejido de la mí- 
sera humanidad. ¿Será llegado el momento que penetre 
en ellas el rayo de ese sol naciente? ¿No estoy yo aquí? 
Pues si yo he llegado y traigo conmigo la civilización 
aquí está ella y pronto debe empezar á brillar. 

Mil varas antes de llegar al valle de Balaco esta- 
ban formados los tiradores de flecha que salieron de 
descubierta. Osorio los interrogó, sabiendo por ellos 
qae no habían visto un solo indio de Balaco, 

Acto continuo dió el joven general varias órdenes 
que fueron cumpliéndose con exactitud. Oaxacay y to- 
dos los jefes indios se multiplicaban, y corriendo de un 
lado para otro, fué el ejército avanzando y colocándo- 
se donde había dispuesto Osorio. 

Dejémosles que tomen posiciones y sorprendan al 
enemigo con su presencia, y sepamos por qué éste 
anda tan descuidado. 

Trabajando se hallaban en la formación desús para- 
petos, cuando llegó el sobrino de Balaco vertiendo 



120 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



sangre por la herida que Flaviano le hizo en el brazo 
derecho y dando alaridos por los crueles dolores ^ue 
sentía. Refirió lo que acababa de acontecer, corrió la 
noticia como chispa eléctrica y todos dejaron de traba- 
jar para comentar el hecho. 

Se recogieron los cadáveres, y al verlos y conside- 
rar que un solo español había muerto á nueve y dejado 
fuera de combate al décimo, único que quedaba, en- 
tró el desaliento y hasta la pavura. 

Muchos familiares hicieron objeciones á Balaco, 
censuraron su temeridad, paro todo fué inútil; dijo 
que había jurado vencer ó morir y que cumpliría su 
palabra. 

La idea de Osorio de dejar uno vivo para que ex- 
tendiera el desaliento entre los de Baiaco se cumplía. 

Pasaron el resto de la tarde cuestionando y llegada 
la noche quedaron sin acabar las obras de defensa, y 
en el peor estado moral los combatientes. 

Hasta tuvieron la desgracia de que el herido, por 
efecto de la mucha sangre que había perdido y por el 
abandono en que lo dejaron, se le gangrenó la herida 
en muy pacas horas y murió maldiciendo á su tío y á 
todos sus primos. 

Entre las sombras de la noche todos se fueron re- 
tirando á sus chozas sin hacer nada más ni acordar co- 
sa alguna. 

Aquella pobre gente no se daba razón de nada por 
estar más cerca del salvajismo que de la civilización, 
pero instintivamente comprendía que la resistencia que 
opusiera á Oaxacay, unido á los españoles, no podía 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



721 



dar otro resultado que el de sucumbir, pereciendo mu- 
chos de ellos. 

D rmieron aquella noche los más valientes, y al 
salir el sol fueron Hadados con instrumentos guerre- 
ros todos les que podían empuñar un arma. 

No tenían un solo arcabuz ni otra cosa que flechas 
mal construidas y lanzas ó palos con grosera moharra 
en el extremo superior. Los jefes usaban además puña- 
les adquiridos en tiempo de paz en Veracruz á cambio 
de caza y de frutas. 

Reunidos en el centro del valle los tres mil hom- 
bres próximamente, que era el máximo de la fuerza de 
que disponía Balaco, les habló éste para excitarlos 4 la 
pelea, cuando se oyó un grito desgarrador, imponente 
por lo dolorido y lastimero. 

Eran las mujeres que vieron coronadas las cimas 
de sus montes por soldados indígenas y españoles. 

Más perezosos este día que ningún otro tardaron 
en reunirse, cuando fueron llamados por I03 instru- 
mentos de guerra, dando lugar con esa tardanza á que 
el enemigo tomara todas las alturas y las dos únicas 
entradas y salidas que tenia el valle. Este había que- 
dado encerrado en un círculo de hierro. 

Cogían á Balaco sin darle tiempo para haber con- 
cluido sus fortificaciones y con la fuerza moral que- 
brantada. 

No era eso sólo; los contrarios que veía á tiro de 
ballesta se hallaban forrados de baqueta y los que no 
tenían armadura se hallaban situados á una distáncia 
que ni la saeta ni el bodoque podía hacerles daña. 

TOMO I 91 



722 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



Estos hombres, en vez del verdadero bodoque, 
tiraban chinas redondas recogidas á la orilla de los 
ríos. 

Balaco se mordió los puños, gritando: 
— Son muchos, pero ¡ay del que se acobarde! A ven- 
cer ó morir y sepa el que huya que lo mataré yo. 

Lo que más impuso á esta gente fueron las bocas 
de arcabuz. En tra Osorio y Oaxacay reunían cuatro 
cientos cincuenta con los cuales bastaba para no dejar 
en seis horas un solo indio de este valle con vida. 

Uno de Ion montes que rodeaban aquel paraje, en 
una época en que se sintieron grandes temblores de 
tiena se abrió por su ba¿e, dejando una abertura y un 
hueco en el que cabían millare3 de personas. Las mu- 
jeres de los indios corrieron con todos sus hijos pe- 
queños y con los ancianos á la inmensa cueva qae les 
ofrecía mucha más seguridad que sus míseros al- 
bergues. 

Quedaron en consecuencia todas las cabanas vacías 
sin verse en ellas otra cosa que las hojas secas que les 
servían de lecho y objetos de madera despreciables para 
otros que no fueran ellos. 

Cerno un loco corría de un lado para otro, seguido 
de sus cinco hijos Balaco, daba órdenes y contra órde- 
nes, aumentando el pavor de los tímidos con su aturdí • 
miento y coraje* 

Trascurrieron dos horas continuando unos y otros 
en la misma actitud. Balaco no comprendía aquella cal- 
ma, aquel retraso de un enemigo que tan fuerte se pre- 
sentaba. Si ól hubiera estado en lugar de Oaxacay, se 



LOB HÉROES DEL SIGLO XVII 



723 



indudable que hubiera ya dado fin de cuantos en el va- 
lle había» 

Desde abajo los veía en este momento almorzar 
grandes trozos de carne con pan de trigo, luego pesca- 
do y después fruta que las mujeres les iban llevando. 

— ¿Qió se proponen? — se preguntó, añadiendo: — Yo 
no puado continuar así. Pronto los sacaré de esa indi- 
ferencia que tanta me mortifica. 

Corrió y cuando hubo reunido los doscientos hom- 
bres más valientes, es decir, más salvajes de cuantos 
tenía, dispuso un ataque contra los que habían tomado 
una de las entradas del valle. 

Los doscientos iban provistos de ballesta y lanza. 

Se pusieron á tiro y descargaron, sin derribar uno 
sólo de los cincuenta soldados que estaban forrados de 
baqueta. 

Casi á la vez se oyó una descarga de arcabuz. 
Treinta indios rodaron. De las cincuenta balas aprove 
charon los soldados de Osorio más ds la mitad. 

Empujados los indios por su cacique tiraron las 
ballestas, y blandiendo las lanzas se precipitaron con- 
tra los soldados; pero estos se habían echado atrás 
y se encontraron con quinietas moharras de otros 
tantos súbdítoi de Oaxacay que en fila compacta ocu- 
paron todo el ancho de la salida. Fué el equivalente á 
una muralla de hierro que mataba al que á ella lle- 
gaba. 

Varios que quisieron romper la valla de moharras 
cayeron heridos en el corazón. 

Los restantes huyeron dando espantosos gritos y 



724 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



dejando cincuenta hombres tendidos ¿in haber logrado 
herir á un solo enemigo. Aquellos desgraciados acaba- 
ron de estender el pánico entre las filas da Balaco. 

Fuera de sí el cacique, más salvaje que nunca, y 
casi dando rugidos, corrió con los sujos al lado opues- 
to. Tenían de frente otros cincuenta soldados: pero no 
veían los que se ocultaban detrás y á los costados cu- 
biertos con los árboles. 

Más da dos mil hombres le seguían ahora. Cuando 
estuvo á tiro de ballesta mandó disparar siendo obede- 
cido, pero con tan mala puntería, que unida esta cir- 
cunstancia á la fortaleza de las armaduras de baqueta, 
tampoco ahora lograron derribar un soldado. 

Todos, imitando á su cacique, tiraron las ballestas 
y empuñaron la lanza siguiendo adelante. 

Los paró una descarga de cincuenta arcabuces. 

Volvieron á correr y les hicieron otra, cincuenta 
indios que estaban detrás de los soldados. 

Insistieron y recibieron otra de un número igual de 
indios que estaban detrás de los anteriores. 

Más de cien hombes habían pardido ahora sin lo 
grar acercarse al enemigo más de veinte varas. 

De pronto desaparecieron los qae manejaban arca- 
buz y en su lugar se presentaron dos mil entre solda- 
dos ó indios armados con largas lanzas que formaron 
allí otra muralla más compacta y formidable que la 
anterior del lado opuesto. 

Esta presentaba á la derecha á Osorio con Godínez 
y los cuatro Ros y á la izquierda á Oaxacay con ocho 
individuos de su familia. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Balaco gritó á los suyos y corrieron, pero al lle- 
gar á ?as lanzas contrarias morían sin poder romper 
aquel muro de acero, y como si esto fuese poco las 
pistolas de Osorio, de Godínez y de los Ros empezaron 
á matar jefes sin que en esta ocas^n se desperdiciara 
una bala. 

De pronto se abrió el centro de los lanceros que 
defendían la salida, y por el hueco aparecieron cincuenta 
arcabuces que descargaron con metralla á boca de ja- 
rro, haciendo una mortandad cruel. 

Los de Balaco dieron un grito horripilante, volvie- 
ron la espalda, corriendo desaforadamente. 

Habían dejado tendidos en tierra más de doscientos 
compañeros entre muertos y heridos. 

Pronto apareció una bandara blanca, avanzó un 
sobrino de Oaxacay y dijo á los de Balaco que podían 
retirar sus muerto3 y heridos sin cuidado alguno en las 
dos horas de suspensión de hostilidades que les conce- 
dían. 

Balaco se negó, pero los suyos teniendo entre les 
heridos parientes y jsfes le obligaron, y dió la or- 
den de retirar anos y otros. 

Sepamos ahora como tenía dispuesta Osorio su 
tuerza. 

Empezó por coronar las cimas de los montes, des- 
pués de tomar las entradas del valle, para que todos 
los de Balaco vieran el número de soldados conque 
contaba. 

Después hizo replegar Jas fuerzas ds las alturas á 
la aproximación de las entradas repartiéndolas por mi- 



126 



LOS HÉROEB DEL SIGLO XVII 



tad, de me do es, que había cerca de dos mil quinientos 
hombres á cada lado. 

Ambas mitades se comunicaban por un cordón de 
hombres que daba media vuelta al monte, para cen- 
cluir en la parte opuesta, de donde empezaba. 

De esta manera podía el joven general comunicar 
sus órdenes á la mitad de la fuerza que tenia enfrente 
en pocos minutos. 

El, Godínez, los Eos, los criados, Oaxacay y sus 
parientes, sa quedaron en la parte más ancha de las dos 
entradas del valle; era la que ofrecía más peligro de ser 
atacada. 

No obstante haberse replegado las fuerzas en la 
forma que dejamos expuesta, no veían los del valle in- 
dio alguno de Oaxacay, íntarin no peleaban. 

Cubrían las entradas los cien soldados forrados de 
baqueta, y todo el ejército de Oixacay dividido en dos 
mitades, se hallaba á derecha ó izquierda, bastante de- 
trás de los marinos y entre los árboles. 

Osorio, casi biempre entre los soldados, y avanzan- 
do algunas veces más que éstos, miraba de continuo 
con su anteojo cuanto pasaba en el valle, y la verdad es 
que lo que no podía distinguir, lo adivinaba. 

Oaxacay, Godínez y todos los restantes jefes, obra- 
ban como autómatas; ninguno conocía el pensamiento 
de Flaviano, pero estaban maravillados de la precisión 
con que todo se hacía, y más aun de haber rechazado 
dos formidables ataques, en los que causaron al enemi- 
go trescientas bajas, sin contar ellos con un solo he- 
rido. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 727 



Casi una Providencia veían ya en el novel general. 

Y la verdad es que el plan de Flaviano se desarro- 
llaba matemáticamente. 

No £e habían equivocado los que creyeron ver en 
su frente el genio de la guerra; pero no resultaba el 
héroe intrépido y avasallador, sino el genio frío, seve- 
ro que dirigía la destrucción de su enemigo con una 
impunidad maravillosa. 

—Es preciso matar, — se decía, — pero es más preci- 
so aún que no mueran los que me obedecen. 

Veremos cómo cumple su casi irrealizable propó- 
sito. 



CAPITULO XL 



La calma. — El anochecido —Lucha á muerte sin batalla. — A] la 
vez el incendio.— Acabó la pelea. 



Balaco pensó que al terminar las dos horas que 
Oaxacay le había concedido para retirar Jos herido3 ? y 
cadáveres, sería atacado, y se preparó, no á vencer, 
que de esto no tenía esperanza, sino á morir matando. 
Pero trascurrieron, no la dos horas, sino tres, y vió 
con «orpresa que el enemigo comía tranquilamente, sin 
cuidarse para nada de su contrario. 

Nada de lo que Balaco veía, era conocido por él; 
verdad es que lo mismo sucedía á Oaxacay y á Godíj 
nez; dar batallas y librar uno de los contendientes á 
todos los suyos de la muerte, y hasta de recibir heridas, 
era una cosa nunca vista, ni aun por los que se batie- 
ron anteriormente con los Invencibles. 

Pero Balaco sólo veía en este casi milagro, una ca- 
sualidad; si es que había reparado en ella. 



L08 HEROES DEL SIGLO XVI L 



7¿9 



Ni mandó enterrar los cadáveres ni prestar socorro 
á los heridos; el afortunado de éstos, que tenían un pa- 
riente ó un subordinado que le quería, halló quien le 
enrase, los reatantes sufrían agudos dolores , sin que 
nadie se cuidase de ellos. 

Había entra aquellos hombres más ferocidad que 
entendimiento y más estupidez que ferocidad. 

Distaban muy pocos grados del mono. 

Por esta causa, el bondadoso Flaviano los veía ro- 
dar por el suelo, con la indiferencia del que acepta un 
mal para producir un bien. 

Balaco no comprendía en estos momentos otra cosa 
que la imperiosa necesidad que tenía de morir matan- 
do, pero no matando á cualquiera de sus contrarios, 
sino á Oaxacay; culpaba á éste de todo lo malo que le 
sucedía, y daba por la vida del recto cacique, la saya 
y la de sus cinco hijos* 

Cuando vio quo el enemigo no intentaba nada con- 
tra ellos, comprendiendo que su gente rehusaría todo 
nuevo ataque por parte suya, dejó la fuerza montada 
y rodeado de solo sus cinco hijos, se dirigió por entre 
los árboles hacia el sitio en que habían visto varias ve- 
ces á Oaxacay. 

Próximo a 1 paraje donde el cacique estaba con Oáo- 
rio acechaba la ocasión de caer gobre el con la feroci- 
dad de la pantera. 

La tarde fué lentamente transcurriendo; los de Oa- 
xacay hablaban y hasta reían y cantaban sin hacer caso 
alguno del enemigo que tan cerja tenían; los de Bala- 
co esperaban en el centro del valle el momento de ser 

TOMO I 92 



730 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



atecados y el de perecer. Balaco seguía acechando la 
ocasión de caer sobre Oaxacay y sólo Flaviano no ce- 
saba de mirar con su anteojo, de lo cual deducirán 
nuestros lectores que nada de lo que ocurría en los dos 
campos se escapaba de su perspicaz mirada. 

Peco antes de anochecer se notó en las filas de 
Osorio y Oaxacay bastante movimiento, pero luego 
quedaron todos quietos y nada más sa oyó. Nadie can- 
taba ya, ni reía, ni hablaba. 

Todos esperaban algo. 

Los de Osorio y Oaxacay miraban al valle y apa- 
recía en sus labios una mirada siniestra. 

Los de Balaco dirigían la vista á sus enemigos con 
terror. 

En la naturaleza había esa calma y silencio que 
parecen presagiar el cataclismo. Ni aun las hojas de 
los árboles se movían aJ soplo de la brisa más ligera, 
ni las aves daban señales de vida, ni los reptiles y las 
fiaras abandonaban sus guaridas. Sepultado el sol tn 
£u ocaso, apareció el primer crepúsculo vespertino y 
en el mismo instante se oyó la clara y arrogante voz 
de un tenor privilegiado, que exclamó primero en cas- 
tellano y luego en indio: 

—¡Soldados del rey 5 llegó el momento! |Cúmplanse 
mis órdenes! 

En el mismo instante se vió un gran resplandor y 
luego se precipitaron al valle en multitud de grupos 
cuantos habían seguido á Osorio y á Oaxacay. 

Iban en la forma siguiente: 

Delante de cada grupo diez arcabuceros; seguían 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



731 



diez indios, llevando en una mano la hnza y en otra 
o na gran tea encendida, y acababa el grupo con ochen- 
ta lanceros. 

El ejército estaba dividido en cuarenta y cinco gru- 
pos iguale3 y marchaban en ala rara en caso de ataque 
apoyarse mutuamente. 

De este modo empezaron á incendiar todas las cho- 
zas y la casa de Balaco. 

Empezaron por las primeras y continuaron avan- 
zando en ala sin adelantarse unos á otros. 

Esta terrible operación se estaba llevando á cabo 
con exactitud matemática. Iban en ella Godícez, los 
cinco criados y los cuatro Ros con las pistolas monta- 
das y el acero dispuesto. Tanto interés tenía Osorio en 
este incendio, que había impuesto pena de vida al que 
vacilase, dudara ó retrocediera. 

— Quiero. — les dijo, — borrar del mapa este valle; 
que no quede de él otra cosa que el recuerdo. 

¿Qué hicieron los de Balaco? 

Asombrados por el incendio, acobardados por lo 
que antes sucedió y no viendo por ninguna parte á Ba- 
laco, tiraron las armas y en alas del instinto de conser- 
vación se precipitaron todos en la inmensa cueva en- 
tre sus mujeres y niños poniendo á estos delante de 
ellos. 

El incendio empezó y seguía sin dificultad ni opo- 
sición al gusa. 

Dejaron de tomar parte en él solamente el que lo 
había mandado llevar á cabo, es decir Flaviano de 
Osorio, Oaxacay y su hija Luisa. 



732 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



Les tres quedaron solos en la entrada del valle por 
la parte que empezó el incendio. 

En medio el joven general del cacique y de Luisa 
miraba como éste y su hija los progresos del incendio 
y la exactitud conque se llevaba á cabo sin poder ima- 
ginar que los tres estaban sitiados por la muerte. 

La soledad en que habían quedado y hasta la hors, 
estaba anocheciendo, formaban la ocasión que andaba 
acechando Balaco hacía ya bastante tiempo. 

Oáorio no obstante se hallaba preocupado. 

Unido á £us cinco hijos el cacique faoron los seis 
arrastrándose como ia culebra nasta llegar á pocos pa- 
sos de Flaviano, Oaxacay y Luisa. 

Iban perfectamente armados con lanza y puñal y 
les bastaban tres botes para matar á sus más crueles 
enemigos, dentro de perfecta impuni !ad, pues el ejér- 
cito estaba ya distante de ellos, slo 83 cuidaban de 
incendiar y Balaco y sus hijos no solo podían matar á 
los tres sino que les era dable huir con toda libertad y 
«in inconveniente alguno. 

Después tenían segura la hui^a. 

Algo temía Flaviano, pues contra su costumbre 
sujetaba en las manos las dos únicas pistolas que or- 
dinariamente usaba. 

No se le ocurrió que en aquellos momentos pudie- 
ran matarle, pero su noble instinto y su fina penetra- 
ción le aconsejaron que estuviese prevenido y realmen- 
te lo estaba. 

Tenía á su derecha á Oaxacay y á su izquierda á 
Luisa. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



733 



Da pronto oyó un grito que más parecía bramido 
d6 león que voz humana y casi á la Tez lió Osorio dos 
golpes uno en el pecho al cacique y otro á Luisa en el 
hombro. 

Tan fuertes fueron, que ambo* cayeron al suelo 
desprevenidos como estaban, A le vez dió un salto 
atrás nuestro jóven dejando de este modo burlados tres 
botes de lanza horrendos, dirigidos por Balaco y sus 
dos hijos mayores. 

La escena fué rápida, instantánea, casi milagrosa. 

A Osorio pudo salvarle por el pronto su coraza, 
pero hubiera rodado al suelo, tenía el rostro deacubier- 
to y un hijo de Balaco se lo hubiera machacado con su 
lanza. 

En cuanto á Oaxacay y Luisa, muertos hubieran 
quedado con el primer bote de lanza 

Al dar Oiorio los dos terribles golpes á sus amigos 
gritó: 

— No os mováis. 

Á la vez metía cuatro balas una detrás de otra en 
los cráneos de Balaco y sas tres bijos mayores. 

Tiró al suelo las pittolfís, volvió á saltar, y sacaa- 
do el acero atravesó á otro hijo de Balaco. 

El quinto dió un salto parecido al de la pantera y 
huyó eo n la rapidez de la exhalación. 

Flaviano limpió con calma su acero, cuando lo es* 
tuvo tiró el pañuelo ensangrentado y exclamó: 

—Levantaos, si podéis. 

—Me habéis lastimado, señor, — le dijo el cacique 
levantándose. 



7?4 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—A mi me ha deshecho este hombro, padre mío. — 
añadió Luisa poniéndose en pié. 

— ¡Cinco cadáveres!— continuó Oaxacay,— Balaco y 
cuatro de sus hijos. 

—Que os hubieran muerto á los dos sin los golpes 
que yo os di, — dijo Fiaviano, — ¿Os duelen todavía? 

— |Ah, señor, los dos os debemos la vida! 
Padre, — dijo Luisa con tono solemne; — siguiendo 
la costumbre de nuestros abuelos, yo consagro mi exis- 
tencia al general, Nos libró á los dos de perecer noble 
y generosamente. Mi vida le pertenece. 

—Saya es, hija mía. 

— Le seguiré donde vaya y seré su esclava. 

— Lo qu3 él quiera que ^eas, le perteneces. 
Osorio parecía no oírlos; con su calma habitual 
metió cuatro cargas en sus pistolas y cuando hubo con- 
cluido se acercó á Luisa, diciéndole: 

—-¿Te he lastimado mucho? 

— Bastaníe. Parece imposible que una mano tan fina 
tenga tanta fuerza. 

— Al caer; ¿donde te hiciste d&ño? 

—En la cabsza principalmente; creí perder el sen • 
tido. Eres el único hombre que me ha pegado. 

—Bien á pesar mío. 

Y le dió un beso en la frente. Después se volvió 
hacia el caeiqüe, preguntándole: 
—¿Te duele el pecho? 

— ¿Qaién piensa on eso? Veis esos cinco cadáveres, 
las lanzas que aun oprimen sus manos, con ellas debie- 
ron ser atravesados los corazones de mi hija y el mío. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



735 



|Oh ; nos habéis salvado la vida, vengando á la vez la 
más inicua de las traiciones! 

— Hoy ; amigos míes, soy el ángel del mal, perdonad- 
me; mañana seré el del bien; de¡?de mañana derramaré 
la ventura en este país. ¡Ay, Oaxacay, el bien de los 
pueblos entra constantemente por la paer ta del mal! 
La vida inteligente y culta llega sienpre precedida de 
la muerte. Hoy todo es sangre j exterminio, pronto 
vendrá la hora de la paz y de la civilización. Mira 
como arden esa3 viviendas, cómo el fuego destruye las 
moradas de millares de seres humanos; esta noche ni 
aun cama en que acostarse tendrán, ni aun esperanzas 
de conservarla vida. ¡Qué cambio van á sufrir. ¡Quó 
metamórfosis tan completa! 

Y les volvió la espalda para contemplar el cuadro 
aterrador que tenia ante sus ojos. 

Mil columnas de humo se elevaban silenciosas y 
potentes, alumbradas por llaraas que destruían el tra- 
bajo de millares de seres. Todas las plantas y arbustos 
ascos ardían también, el fuego se propagaba y cerca de 
cinco mil personas corrían por el valle sin que se oye 
ra una voz, un grito, ni otro ruido que el producido 
por el fuego devastador. 

Oaxacay y su hija apartaron la vista con horror 
da aquel espectáculo grandioso á la vez que aterrador. 

Osario, por el contrario, fija su vista en el impo- 
nente cuadro, meditaba en las consecuencias que aque- 
llo debía tener. 

A las tres horas los guerreros todos habían con- 
cluido su terrible misión, volviendo á quedar como al 



*736 LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



principio, la mitad guardando una de las salidas del 
valle y la otra mitad la de enfr ente. 

— ¿Qaé es esto?— preguntó Godínez visado ios cadá- 
veres de Balaco y sus cuatro hijos. 

— Nos sorprendieron á los tres,— le contestó Luisa, 
— y quisieron asasinarnos. 

— A mi general no le sorprende nadie. 

— Es verdad. 

— Los habrá muerto con el aliento. 

— Con las pistolas y la espada. 

— Es igual; él mata de todas maneras. Soldados,— 
gritó, — estos cadáveres al fuego; que ardan como los 
otros. 

—¿Qué has hecho con les heridos?— le preguntó 
Flaviano. 

— Los llevaron á la cueva y se hicieron cargo de 
ellos las mujeres. 
— ¿Y los hombres? 

—Supongo que estarán en el fondo de asa inmensa 
abertura. No hemos visto á ninguno. El miedo los do- 
mina como yo no vi jamás. 

— Tienen dos exiremos antitéticos: ó de muestran el 
valor de la fiera ó la pavura del niño. 

—Ahora están en el último. 

—Así los quería yo, Godínez; harta sangre se ha 
derramado. 

— De la de ellos, señor, de la nuestra ni una sola 
gota. ¿Sabéis lo que dicen de vos los indios de Oa 
xacay? 

—Algún diaparate. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



737 



—Dicen que no sois hombre. 
— ¿Paes qué dicen que soy? 

— Para los vuestros un ángel, para ¡el enemigo el 
mismo demonio. 
. — ¿Y los soldados? 

— Esos os llamaban antes el vencedor de los ciclo- 
nes, ahora el dios de las batallas. 

— Todos supersticiosos y fanáticos, es natural. 
—¿Pero no lo es lo qae vos hacéis? 
—¿También tá? 

— Señor, por María Santísima, vos que siempre de- 
cís la verdad no neguéis la evidencia. 
—¿Me dejais en paz? 

—Guando estáis siendo la admiración, el asom- 
bro... 

— Godínez, veo que empiezan á llegar las mujeres 
con las cenas de sus padres, maridos ó hijos, da la or- 
den de que ninguno cene hasta que yo avise. 

Y subió á una altura, seguido únicamente de Luisa. 
Desde allí contempló los restos del incendio, que poco 
á poco fueron extinguiéndose por falta de combustible. 

Se habían convertido en cenizas la casa de Balaco; 
todas las chozas y cuantas plantas y arbustos secos ro- 
deaban á aquellos. 

Los dos medios campamentos se alumbraban aho- 
ra con teas. 

Osorio descendió, guiado por la luz de un farolito 
que llevaba Luisa. Unido á Godínez, se situó en me- 
dio de la fuerza que estaba en aquel lado, y dijo quedo 
á Godínez: 

TOMO 1 93 



788 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



—Guando yo acabe de hablar, atraviesas el valle y 
repites con entera exactitud todas mis frases para que 
los de allá bagan lo que voy á mandar hacer á los de 
aquí. 

Y alzando después la voz, exclamó con toda su her- 
mosa y extensa voz de tenor: 

—Mejicanos y españoles, hermanos míos, concluyó 
el incendio, acabó la guerra, vino la paz y con ella la 
ventura. Es propio de nobles guerreros ser tan valien- 
tes en las batallas como generosos después de la victo- 
ria. Yo perdono á todos esos desgraciados que sepulta- 
dos en las montañas de esos montes esconden su pavu- 
ra y lloran su desdicha; los perdono, repito, y por el 
pronto les mando toda mi cena. Ofrecedles vosotros la 
mitad de la vuestra, dadles la noticia del perdón y con 
eoladlos. Han pasado el día batiéndose y están en ayu- 
nas. A nobles mejicanos y españoles no debo decir 
más; cenad primero, y luego el que quiera que lleve 
su mitad á la cueva. 

Los marinos contestaron á las frases de Osorio con 
un hurra que repitieron los montes, los indios con un 
|Dios lo bendiga) seguido de las siguientes frases: 

—Nadie cena esta noche; todo para los desgracia- 
dos; el que quiera comer, en los árboles tiene fruta. 

No tardaron en llevar la cena á los de la cueva; para 
que estos no temiesen, iban con las viandas sus mujeres, 
á las cuales precedió Oaxacay, que les ofreció el per- 
dón en nombre del rey y del general. 

Aquellos infelices no comían, devoraban lo que les 
iban llevando, y tal fué la confianza que les inspiraron 



LOS HBR0B8 DEL SIGLO XVII 



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las frases del cacique, que basta los más tímidos salie- 
ron fuera de la cueva para cenar. 

Por las mujeres supieron que todos por consejo del 
general habían cedido sus cenas para que ellos comie- 
sen, quedándose sin nada desde Fia vi ano basta el últi- 
mo sirviente. 

A la media noche todo había concluido, y los in- 
dios de Balaco dormían debajo los árboles fuera de 
la cueva. En ésta solo quedaron las mujeres y los 
niños. 

Flaviano hablaba con Godínez, los Ros y Oaxacay; 
los soldados comían frutas, y Luisa había desaparecido 
con seis de los criados. 



CAPÍTULO XLI 



La paz— Hasta las fieras son agradecidas— Retirada.— 
Recibimiento.— Otra vez el cacicazgo de Oaxacay. 



Poco después llegó Luisa con sus criados, llevando 
multitud de frutas. La joven mandó que se las presen- 
taran á Osorio, preguntándole: 

— ¿Te gustan, comerás algunas? 

—Buena idea, Luisa; tengo sed y beberé el agua de 
un coco, comiendo media pifia. 

Ella apartó una piña grande y los dos cocos maye- 
res y mandó á los criados diesen todos los demás á su 
padre, Godínez y restantes españoles é individuos de 
su familia. 

Con su puñal abrió un coco y dió las dos mitades 
á Osorio, bebiendo ella el agua del otro. 

Después ofreció media pifia y ella comió la otra 
media. 

A la una, unos dormían, otros paseaban y Flavia- 



LOS HÉROES DEL 1IGLO XVII 



741 



no daba instrucciones á Oaxaoay para lo que debía ha- 
cer al siguiente día. 

Luego se sentó por primera vez en aquel día nues- 
tro joven, en un ribazo, sobre varias hojas que había 
colocado Luisa. 

— ¿Vas á dormir? — le preguntó la joven, 

—No. 

—¿Estás cansado? 
—No. 

—Pues si tú velas yo duermo. 
Puso á los piós del joven otro asiento de hojas que 
le llevaron sus criados, se sentó en ellas y luego apoyó 
la mitad de su hermosa frente en la parte inferior, casi 
en la rodilla de Flaviano. Este la miró con afecto, ex- 
clamando para sí: 

—¡Qué inocente; qué alma tan candorosa! 

Y añadió fuerte: 

—Así no, Luisa, que te vas á lastimar con la ba- 
queta. Toma, une ese pañuelo al tuyo, que á mí no me 
queda más que ese, y ponlos bien doblados debajo de 
la frente. 

— Gracias. 

Y Luisa lo hizo asi, quedando dormida á los pocos 
minutos. 

A ninguno extrañó este acto; todos sabían ya que 
Julio y Flaviano^ eran refractarios á toda clase de vi- 
cios. Comprendieron una gran verdad, que el que pien- 
sa dominar á los demás debe dominarse así propio y 
ambos lo hacían, empezando por rechazar toda idea li- 
viana. 



742 



LOS HÉROES DIL SIGLO XVII 



Entregado á profunda meditación, esperó Osorio 
en aquella postara la llegada del primer crepúsculo 
matutino. 

Luego despertó á Luisa y hallando cerca de allí á 
Oaxacay y á G-odínez, les dijo: 

— Vamos á levantar el campo y á regresar. Que 
preparen todas las angarillas que hemos traido para 
llevar en ellas á los heridos y enfermos de ese valle. 
Que den luego los primeros toques de alerta y segui- 
damente que me sigan los de las angarillas. 

Estas órdenes fueron en el acto ejecutadas. 

Osorio se quitó el casco y la espada, tiró las pisto- 
las y daga junto al primero, y exclamó: 
— Que sólo me sigan los de las angarillas. 

T se dirigió al valle llevando á su lado á Luisa que 
no obedeció la orden ni el joven quiso rechazarla, y 
seguido de los angarilleros. 

Acababa de amanecer cuando llegó á la cueva don- 
de estaban los hijos de aquel valle, y ya en medio de 
ellos les dijo: 

—Desde este valle os vais á trasladar al de Oaxacay. 
Os he quitado un cacique fiero, bárbaro y cruel y os 
voy á dar otro humano, caritativo y el mejor de Méji- 
co» Se os darán casas y chozas, alimento bueno y cuan- 
to necesitéis. El que sea trabajador tendrá mucho, el 
holgazán poco. Vais á tener religión y lo que hace fal- 
ta al hombre, porque en este día dejais todos de ser 
salvajes. Nada temáis, ved mi ejemplo, teniendo tantos 
que me defiendan los dejé lejos y enmedio de vosotros 
estoy indefenso, ya lo veis. Hijos, seguidme todos; os 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVI I 



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arranco en nombre del rey del mal, para llevaros al 
bien. |Viva el rey de España y de Méjicol 

— ¡Viva! |Viva el general! — le contestaron. 

— Angarilleros, llevad con cuidado á todos los en- 
fermos y heridos. Seguidme todos al valle de Oaxacay. 

Y echó delante sin que tino solo dejase de obede- 
cerle. 

Luisa los miraba y sonreía con ellos, demostrándo- 
les que nada debían de temer. 

Flaviano les había hablado en su idioma y sus fra- 
ses ejercieron sobre aquellos caires tal influencia, que 
le seguían hasta satisfechos. 

Salieron del valle, Oaxacay los recibió con dulzura, 
se hizo cargo de todos y emprendieron la retirada. 

Delante iba Osorio, Godínez, Luisa, Ros, detrás los 
criados, después los cien soldados españoles, seguían 
los del valle de Balaco, y detrás todos los de Oaxacay 
oon éste á la cabeza. 

Cerca de tres horas tardaron en llegar. A la entra- 
da salieron á recibir los sacerdotes y un millar de mu- 
jeres á Flaviano. 

Los primeros colmaron de elogios á Osorio, elogios 
que él oía con disgusto, contestándoles al concluir: 

—Ministros del altar, yo he concluido; ahora os to- 
ca á vosotros. Si lo hice bien, si he sabido cumplir con 
mis deberes imitadme. 

Y continuó adelante dejando que todas las mujeres 
besasen su mano, según cruzaba por medio de ellas. 

Al fin entró en la casa de Oaxacay y se vió libre de 
cota de malla y de baqueta. 



744 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVII 



Con un ligero traje de seda qae le hablan llevado á 
prevención, almorzó con Luisa y Godínez. 

Quisieron que durmiera tres ó cuatro horas, y lejos 
de acceder, se fué al valle, para ver como colocaban y 
trataban á los de Balaco. 

Nada tuvo que reprender, Oaxacay y los que á éste 
secundaban, cumplían sus órdenes admirablemente. 

No destinaron una parte del valle para los recien 
llegados, los mezclaban con los otros, les hacían tra- 
bajar, los enseñaban, y desde el siguiente día comen- 
zaron á construir casas y chozas. 

Vinieron después todos los misioneros que había en 
Veracruz, y por orden de Osorio empezaron á ense- 
ñarles la religión católica y el idioma español. 

Al principio les costaba trabajo las faenas mate- 
riales y morales á que los dedicaban, pero pronto se 
fueron acostumbrando y acabaron por igualarse á los 
de Oaxacay, contribuyendo bastante sus mujeres é hi- 
jos con 8 us consejos y más íácil comprensión. 

El cacicazgo de Oaxacay, contaba ya veinte mil 
personas, y hasta se podía imponer á los tres vecinos. 

Al llegar Osorio entre aquellos montes la civiliza- 
ción había convertido en dueño y señor de ellos á 
Oaxacay, que en verdad lo merecía por su mayor ilus- 
tración y su modo de obrar. 

En este día recorrió Flaviano todo el valle, entró 
en algunas casas y chozas, dió varios consejos al caci - 
que, volviendo á las dos para comer. 

Cuando hubo terminado, le dijo Luisa: 
— Duerme un poco, señor, que debes estar rendido. 



LOS HÉROES DBL SIGLO XVIL 



745 



— Aun debo escribir hoy, pero es tanto, que no ten- 
dré tiempo suficiente. Lo haré mañana, y dos dias des- 
pués partiré. Lo que me resta hacer aquí es lo más im- 
portante. Luisa, haz que lleven ese sillón á la derecha 
de tu casa, en medio de esa floresta, quiero respirar la 
deliciosa atmósfera que hay en ella, y si me quedase 
dormido tú me depertarás. 

— Excelente idea, señor. Al instante. 
Y ella misma colocó un silloncito de junco y pal- 
ma, con brazos y respaldo bajo, en el centro de la 
floresta. 

— Esto es delicioso, — le dijo Flaviano sentándose. 
—Sí, es lo mejor del valle. 

—¡Qué variedad tan infinita de árboles, arbustos, 
plantas y flores! 

— Tienes razón, señor. 

— Me rodean plátanos arancasias, tuliperos, pacaz- 
cos, paraísos, supindos, enebros y alisos. En arbustos 
y plantas, la variedad es mucho mayor, y en flores veo 
desde la gardenia hasta el jazmín más pequeño. ¡Ah, 
esto es maravilloso I 

— ¿No lo tenéis en España? 

— Aquella naturaleza es distinta; aquellos climas no 
pueden producir estos encantos. 

— Gomo me he criado aquí nada de esto me llama la 
atención. 

— ¿Qué es lo que más te gusta, Luisa? 

—Montar á caballo, correr, ver campos, montes, po- 
blaciones, grandes señores, imitarlos y á ser posible 
cruzar el mundo de un extremo á otro. 

TOMO I 94 



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LOS HBROBS DEL SIGLO XVII 



— ¿No has tenido nanea amores? 
—No. 

— jPor qué? 

— Jamás he pensado en eso. La vida del matrimonio 
sujeta, aprisiona y yo la rechazo por instinto. Ahora 
menos que nunca, porque estando libre puedo velar 
por tí y seguirte á todas partea, y teniendo mari- 
do, no. 

— Yo marcharé muy pronto y no volverás á verme. 

— ¡Qué locura! Los dos partiremos cuando tú quie- 
ras y te veré todos los días y te serviré á todas las 
horas. 

—Ni tu padre puede consentir eso, ni yo. Eres hija 
de un cacique, dueño y señor de estas tierras, y no pue- 
des ni debes servir á nadie, Luisa. 

—Mi padre lo desea porque es tuya mi vida desde 
anoche que nos libraste de morir á él y á mi, yo lo 
quiero y tu voluntad no tiene ahora fuerza. 

— ¿Mi voluntad no? 

— Ninguna. Sino me quieres llevar, te seguiré yo 
y aun cuando vaya pidiendo limosna iré donde tú. 

— ¿Y el día que me embarque y no te permitan en- 
trar allí? 

—Veré partir el barco y al perderlo de vista me 
arrojaré al mar y habré dejado de existir. De ese modo 
te seguiré mientras viva. 

Osorio miró asombrado á Luisa, notando con ad- 
miración que estaba resuelta á hacer lo que decía. 

—Supongamos, — le dijo,— que yo puedo y quiero 
llevarte; ¿qué dirán de tí y de mí la maledicencia? 



LOS HÉR0B8 DEL SIGLO XVII 



— Nada, que soy tu esclava y que sigo á mi señor. 
— No; dirá que eres mi manceba. 
Luisa contestó con una carcajada á Osorio. Luego 
le dijo: 

— ¿Y cuando me vean servir de rodillas á tu esposa, 
á tu amada Alice, no se avergonzarán de habernos ca- 
lumniado? ¡Yo manceba de un hombre que puede aspi- 
rar á la mano de una reina y puede tener de mance- 
bas á las duquesasl Ni me harían ese favor, ni á tí tal 
ofensa. 

— jPero qué bien discurres , montañesa de los tras- 
palmerales! 

— Por eso quiero seguirte, porque yo sólo puedo es- 
tar á tu lado, aun cuando sea de esclava. 

— De esclava, no; eso jamás. 

—¿Por qué si yo me avengo? 

—Porque la esclavitud es la infamia. 

—Pues entonces de paje, de lacayo, de camarera de 
tu esposa cuando la tengas... 

— Basta. Si has : de ser feliz de esa manera, te llevo 
de paje. 

—¡Qué talento tienes! Era mi ilusión, el sueño de 
mi vida. 

— Pues lo vas á conseguir siempre que seas honrada. 
Otra carcajada contestó á las palabras de Osorio. 
— jPor qué ries así? 

— Sólo honrada puedo estar al lado de un hombre 
tan grande como tú, quiero ser honrada porque hasta 
mi naturaleza me lo impone y no hay en el mundo 
hombre capaz de deshonrarme. 



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LOS HBEOBS DBL SIGLO XVH 



—Te llevaré. 

— ¿Iremos á la capital de Méjico? 
-Sí. 

— ¿A todo Méjico? 
—Probablemente á todo. 
— jY á Europa? 
-Sí. 

—¿Y veré mundo, mucho mundo? 
-Sí. 

— ¿Y me embarcaré? 
-Sí. 

—¿Y te veré vencer esos ciclones que devastan los 
países y destruyen los navios? 
-Sí. 

— Señor, te pertenecía mi vida, porque salvaste la 
de mi padre y la mía; ahora te pertenece por eso y por 
que me vas á hacer la mujer más íelix de la tierra. 

—Olvida esa frase para siempre; te haré el paje más 
dichoso del mundo. ¿Es eso! 

—Eso es. 

— ¿Y cuando tengas que correr á caballo cien leguas? 
—Donde llegue otro, llegaré yo; acaso vaya de- 
lante. 

— ¿Y;; cuando en medio de los mares estalle la tor- 
menta, rujan los aquilones, bramen las olas y se abran 
las cataratas del cíelo? 

— ¡Qué grandioso debe ser eso! en calma como 
ahora, parece muerta la naturaleza; en esos cataclismos 
está viva y es cuando puede y debe admirarse. 

—¿Qué harás en Europa? 



LOS HÉROES DEL SIOLO XVII 



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— Ante todo servirte como criado, como lacayo y 
goiarme en servirte. 

—Luisa, eres un sór extraordinario; dicen que yo 
también lo soy, y de venirte conmigo quiero elevarte 
lo más cerca de mí, porque si extraordinario soy yo, 
también tú lo eres. Vas á ser mi amigo, mi compañe- 
ro. Se me cierran los ojos, ¡ Ah pobre materia humana 
flaca y débil como todas! Como... 
Y quedó dormido. 



CAPITULO XLII 



El sueño. —La muerte disfrazada de indio.— La estrangulación.— 
Una india de oro. 



Luisa estaba sentada en un pequeño taburete de pal- 
ma, vió dormido á Osorio y apoyó su cabeza sobre el 
muslo de aquél. 

Amaba ya á Flaviano tanto ó más que á su padre, 
sin que aquella naturaleza virgen y poderosa sintiera 
por el joven nada liviano ni indigno de la más casta 
doncella. 

Era, como había dicho Flaviano ún sér extraordi 
nario, un sér privilegiado por muchos conceptos. 

Al lado de Osorio debía crecerse hasta llegar á lo 
admirable. 

Las frases de Flaviano, su aquiescencia en llevarla 
de paje, la habían hecho la mujer más feliz de la tierra, 
pero tenía esta (arde un presentimiento, sentía un mal 
estar que no se explicaba. 



LOS HÉROES DHL SIGLO XVII 



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— No estoy satisfecha,— se decia,— mi corazón me 
indica algo qne yo no adivino, que no puedo compren- 
der. ¿Supondrá que ese héroe? Suya soy, todo en mí le 
pertenece, pero es incapaz... Delirios; él lo ha dicho 
voy á ser su paje, su amigo y nada más. Es decir, al- 
go más, el centinela que vela día y noche por su vida 
y que lo defiende hasta perecer. Pero este malestar que 
siento; esta zozobra... Algo va á ocurrir y como no 
puedo adivinar me concreto á estar alerta, muy alerta. 

Y levantó la cabeza, miró en torno, fijándose luego 
en el rostro de Flaviano. 

— |Qué hermoso es y qué rostro tan varonil! Ese 
hombre debe arrebatar á las que se enamoran, á las 
que buscan en un compañero el brillo de que ellas ca- 
recen. 

Y quedó mirándole y pensando en el mérito del 
héroe. 

Llegó el anooheoido y fué á despertarlo, pero le pa- 
reció haber sentido un roce cerca de ellos, y miró. 

— Nada, — se dijo,— me he equivocado, y no lo des- 
pierto hasta que llegue la noche. Por fuerte que sea su 
martirio, debe haber quedado rendido. 

Y volvió á recostarse sobre el muslo de Osorio. 
Otra vez levantó la cabeza añadiendo: 

—Oreo haber percibido el mismo roce; pero nada 
veo; algún ave, y hasta puede ser un reptil que ande 
entre las plantas. 

Y volvió á recostarse, pero atenta al nuevo roce 
que pudiera sentir. 

Su presentimiento no la engañaba: la vida de Oso- 



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LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



rio y aun la suya pendía en estos momentos de un solo 
instante de desgracia. 

En tal instante aparecía el héroe sentenciado á 
muerte; se hallaba profundamente dormido, y Luisa, 
casi conñada en que nada ocurría, en que ningún peli- 
gro les amenazaba. 

Hé ahí la razón que nosotros hemos tenido siempre 
para ser fatalistas. Por una casualidad que jamás nos 
explicamos, salva su vida, cuando debía perecer. T 
por otra casualidad perece el sér humano de mil ma- 
neras distintas, por una bala dirigida á otro, por un 
envenenamiento inconsciente; por un rayo, por mil 
cosas que matan á unos y á otros respetan, sin que 
nunca nos demos cuenta de la causa. 

Una casualidad, decimos, nunca ó rara vez, el 
destino, la sentencia divina, el último grano de arena 
del reloj de la existencia humana. 

¿Estaba decretada la muerte de Osorio? Pues mori- 
rá antes de cinco minutos. ¿No lo está? Entonces puede 
dormir tranquilo, que no hay en lo humano poder que 
le arranque la vida. 

Sepamos lo que dice el decreto. 

Otra vez el oído fino y seguro de Luisa volvió á 
sentir el roce, más cerca y más marcado. Tan oerca y 
tan marcado fuá, que se puso en pie de un salto, lle- 
vando su mano al mango de oro del puñal que le rega- 
ló Flaviano. 

En el mismo instante, una cuerda con nudo escu- 
rridizo se rodeó en la garganta del héroe. En el extre- 
mo llevaba un pedacito de hierro. 



LOS HÉROES DEL SIGLO XVII 



753 



Aquel lazo estaba echada por mano hábil y diestra. 

Después de enroscada la garganta era suficiente un 
pequeño esfuerzo para estrangular á Flaviano, Lo difí- 
cil, lo principal estaba coneegaido. 

Un ignorante de lo que eran esos lazos echados 
por mano diesfera deja matar á Osorio, porque para re- 
coger la cuerda sobrante y tirar, bastaba un segundo, y 
el que había echado aquel lazo tenía fuerza bastante 
para estrangular á un toro. 

Pero Luisa no era europea y conocía perfectamen- 
te lo que eran aquellos lazos. Así es que, en vez de 
fijarse en el lazo ó en la cuerda, cogió esta con suma 
rapidez y mientras con la mano izquierda tiraba en 
sentido contrario que el estrangulador, con la derecha 
la cortó su puñal que tenia felizmente al aire. 

Rápida como una exhalación corrió seis varas que 
la separaban del estrangulador, el cual al sentir rota 
la cuerda se volvió para coger la lanza que dejó apo- 
yada en el árbol que antes le había ocultado.